¡Sostente!
JUNIO
Ino entra en labor de parto la primera semana de junio, y da a luz alrededor de un día y medio más tarde. Sai no se pierde ni un solo segundo. Hinata y yo les hacemos una visita en el hospital el día después. A ellos y a su bebé.
Hay abrazos fuertes y besos en la mejilla, todo el interior de la habitación llena de flores y globos azules. Ino se encuentra en la cama, con los ojos cansados y la sonrisa más dulce que he visto.
Sai coloca un pequeño, envuelto en una manta color azul bebé en mis grandes manos.
—Este es Inojin —dice, con total adoración en cada sílaba.
Hinata apoya su cabeza en mi brazo, bajando la mirada.
—Es tan lindo. ¿Cómo fue el parto? —pregunta.
Se dirige a Ino, pero Sai le responde con energía.
—Increíble. No dejes que nadie te asuste, Hinata. Esta cosa del parto de bebés es pan comido.
Luego Ino le da la verdadera respuesta.
—Toma las drogas, Hinata. Toma todas las drogas.
.
.
Dos semanas más tarde, estoy en el tribunal. Justo en medio de un interrogatorio continuo. El teléfono se encuentra en mi bolsillo, bien muerto, porque mi cargador escogió esta mañana para dejar de funcionar. Hinata se encuentra en casa y aún falta una semana para su fecha de parto, así que asumo que no es gran cosa. Hasta que la conmoción en el fondo de la sala me revela exactamente el gran problema que es.
Chõchõ, Log, Namida, Hima y Ronan en fila, agitando sus brazos y gesticulando hacia mí.
—¿Por qué hay niños en mi sala? —resuena el malhumorado juez desde el banquillo—. ¿Es este un viaje de clase?
Levanto un dedo.
—Son míos, Juez.
—¿Todos?
—Sí señor.
—El día de "traiga a su hijo al trabajo" fue hace unos meses, señor Uzumaki.
Veo a Log hacer un arco gigante frente a su estómago, luego aprieta su rostro como si tuviera un mal caso de estreñimiento y mi corazón se salta tres malditos latidos.
—Mis habilidades de mímica están oxidadas, pero estoy bastante seguro de que están aquí para decirme que mi esposa entró en trabajo de parto.
—¡Sí! ¡Eso es! —grita Hima.
—¡Silencio! —le sisea Namida.
—¡No me calles!
Namida abre su boca con una réplica ingeniosa, pero el golpe del martillo del juez la detiene en seco. En serio debería conseguir un martillo para la casa.
—¿Aplazamiento de emergencia, Juez?
Asiente.
—Concedido. Buena suerte, señor Uzumaki, parece que la necesita.
Tan pronto como golpea el martillo de nuevo, estoy frente a Chõchõ, su rostro está pálido y salvaje.
—Tía Hinata entró en trabajo de parto. Está bien, está bien, se planificó para esto. No es como si no supiéramos que iba a suceder. Programamos que mi madre se quede con los niños, la maleta de Hinata se encuentra lista.
—¿Está en el hospital?
—No, está en casa. Mitsuki se quedó con ella. No quería ir sin ti, y no respondías tu teléfono, así que vine por ti. Todo el mundo quería venir y no quise perder el tiempo discutiendo, así que manejé la furgoneta.
—¿Manejaste la furgoneta?
Chõchõ nunca ha conducido la furgoneta, es un gran auto para una adolescente.
Asiente.
—Tumbé dos buzones en el camino aquí y no me detuve a dejar una nota. ¿Voy a recibir una multa?
Tomo su brazo y la llevo por la puerta con el resto de la pandilla siguiéndonos detrás.
—No... lo resolveremos.
Cinco minutos después, todos están abrochados y estoy conduciendo como un campeón de NASCAR para llegar a mi esposa. En el asiento del pasajero, Chõchõ baja su teléfono.
—Aún no contestan.
—¿Por qué diablos no contestan? —Aprieto el volante, justo lo suficiente para no enloquecer.
—¿Por qué se están volviendo locos chicos? —pregunta Log desde el asiento trasero.
—¡Porque la tía Hinata está teniendo el bebé! —apunta Namida.
—¿Y? Los pájaros tienen bebés todos los días. ¿Cuál es el problema?
Hima se une a la conversación.
—Eres tan tonto, Log.
—¡Cállate!
—¡Cállate tú!
— Cállense —dije sin gritar. No tengo que hacerlo. El acero en mi tono cierra todas las bocas de golpe.
Nos detenemos en la casa quince minutos más tarde. Apenas consigo aparcar el auto que ya me encuentro atravesando la puerta principal.
—¡Hinata!
La casa parece sorprendentemente tranquila. Casi inquietantemente.
—¡Estamos aquí! —grita Mitsuki desde mi dormitorio. Tengo la sensación de que todos los niños me siguen mientras tomo pasos largos y rápidos en el pasillo. Mitsuki se encuentra fuera de la puerta de nuestro baño cerrado, pálido y preocupado.
—Algo está mal, Naruto. Sigue diciendo que está bien pero no suena bien.
Aprieto su hombro.
—Está bien, estoy aquí.
Entro al baño y sé de inmediato que Mitsuki tiene razón.
Hinata definitivamente no está bien.
Se encuentra sentada en el suelo, apoyada contra la pared; su cara pálida y húmeda de sudor y lágrimas. Hay un fluido en el suelo entre sus piernas y mojando el dobladillo de su vestido amarillo.
Aprieta el agarre en el teléfono en su mano cuando me ve. Y dice débilmente—: ¿Estás aquí?
Trago saliva.
—Sí, nena, estoy aquí. Parece que has tenido una mañana muy ocupada.
Ladea una pequeña risa, entonces habla en el teléfono—: Sí, mi esposo, Naruto, está aquí. Lo voy a poner.
En un instante me arrodillo junto a ella. Me pasa el teléfono.
—Él es Iruka. Del 911. Llamé a una ambulancia, pero hay una cañería principal de agua rota así que van a tomarse un tiempo. Tomo el teléfono, pero no lo llevo a mi oído.
—Puedo llevarte al hospital ahora.
Su cara se tensa de agonía y niega con la cabeza.
—Lo siento. Lo siento tanto, Naruto. Todo esto es mi culpa.
—Shhh, está bien.
—¡Todos los libros dicen que tarda horas y horas...! Sin ir más lejos, ¡Ino estuvo en trabajo de parto por dos malditos días! Así que cuando las contracciones comenzaron esta mañana, pensé que podría esperar hasta que llegaras a casa. Sabía que estabas en la corte... soy una idiota.
—Está bien, Hinata.
—Oh Dios, me duele. Necesito pujar, Naruto. No vamos a llegar al hospital.
No puedo decir por qué, pero pregunto—: ¿En serio?
Su cara se torna dura y furiosa.
—¿Me veo como si estuviera haciendo una maldita broma?
Está bien, es en serio.
Mierda.
—Chõchõ, Mitsuki, Log... ¡entren aquí ahora! —Me giro sobre mis rodillas cuando los tres se ponen de pie en la puerta—. Chõchõ... No tengo que decir nada más. Se coloca al lado de Hinata, sosteniendo su mano.
—Sí, estoy aquí.
Las lágrimas se escapan de los ojos de Hinata mientras acaricia el cabello de Chõchõ.
—Eres una buena chica. Siempre lo has sido. Me pongo de pie para hablar con los chicos. Permanecen completamente inmóviles y mirando fijamente.
—¡Mierda! —dice Log—. ¿Está bien?
Coloco mi mano sobre su hombro.
—Va a estar bien.
Me mira a la cara, exigiendo—: Dame tu palabra.
—La tienes. —Asiente y le digo—: Lleva a tu hermano y hermanas a la sala de estar. Que no se muevan de allí y mantenlos calmados. ¿Puedes hacer eso por mí, chico?
—Sí... estoy en ello. —Mira a mi alrededor—. Te quiero, tía Hinata.
Hinata sonríe, a pesar de su dolor evidente.
—También te quiero, Log. No te preocupes.
Con un asentimiento, se va.
Envuelvo una mano alrededor del brazo de Mitsuki, trayendo su atención hacia mí.
—Tu tía está teniendo el bebé.
—¡¿Aquí?!
—Aquí. Ahora. Y realmente necesito que no te asustes al respecto, Mitsuki. Tráeme toallas, tijeras, cuerda. Luego calienta un poco de agua, por si acaso.
Por lo que leí, el agua hirviendo es para esterilizar cosas, y no creo que vayamos a tener tiempo para eso. Pero eso va a mantener a Mitsuki ocupado así no se preocupará.
Le doy a su brazo otro apretón.
—¿Estás conmigo?
Su rostro se tensa con determinación.
—Sí. Tenemos esto.
—Ese es mi chico.
Tomo un último gran aliento mientras se va. Luego me arrodillo de nuevo junto a Hinata. Desde la sala de estar, puedo escuchar a los niños pequeños llorando. Discutiendo. Llamándola.
Hinata también los escucha.
—Chõchõ —digo—, ve a ayudar a Log con los niños. Tengo las cosas aquí.
Por un momento se ve insegura. Luego besa la mejilla de Hinata y se va.
Hinata me mira, y mi corazón se siente como si implosionara.
—Oye.
—Al fin solos —digo en mi voz más tranquila. Ladeo mi cabeza hacia el teléfono en el suelo—. Bueno... excepto por Iruka. Eso consigue una pequeña sonrisa. E incluso más lágrimas.
— Estoy muy asustada, Naruto.
Meneo la cabeza.
—Lo sé, pero no tienes que estarlo. No voy a dejar que te pase algo a ti o a este bebé.
—Esto no es lo que planeamos.
Rodeo su hermoso rostro con las dos manos.
—No te planeé a ti, Hinata. O a ellos. Y mientras viva, serás lo mejor que me ha pasado.
Cierra los ojos y se apoya en mi palma.
—Vamos a tener un bebé hoy. Y vamos a tener una jodida historia después de eso. ¿De acuerdo?
Toma una de sus respiraciones profundas, y ese rostro que amo se enfoca. Fuerte. Determinado, como siempre lo ha sido.
—De acuerdo.
Pongo el teléfono en altavoz.
—Hola, soy Naruto Uzumaki, ¿estás ahí, Iruka?
—Estoy aquí, Naruto. —Una voz ronca de hombre sale del altavoz. Me recuerda mucho al juez, parpadeo—. Voy a guiarte a través de cada paso del camino, hijo.
—Suena bien.
—Bueno. En primer lugar, echa un vistazo y dime qué está pasando.
La ropa interior de Hinata ya fue retirada. Agarro una toalla de la pila que Mitsuki dejó caer en la habitación y la coloco debajo de ella. Entonces pongo las manos en sus rodillas y miro entre sus piernas.
Santo jodido Cristo.
Hay una masa de cabello rubio y sé que no es de ella, empujando contra su apertura, estirándola.
—Veo la cabeza. Se encuentra todavía en su interior, pero se halla justo allí.
—Eso es bueno. Quiero que te laves las manos ahora, Naruto, consigue algunas toallas limpias cerca y alístate para atraparlo.
Me lavo y seco las manos, luego, Hinata se queja profundo y fuerte.
—Oh Dios, tengo que pujar. Tengo que hacerlo en este momento.
Le digo a Iruka que estoy listo y dice—: Adelante, Hinata. Unos buenos empujes y conocerás a tu bebé. Respira profundamente y céntrate, ¿de acuerdo? Tu cuerpo sabe lo que tiene que hacer, no luches contra él, deja que suceda.
Hinata agarra sus rodillas y dobla su espalda. Su barbilla cae a su pecho y gruñe mientras se gira hacia abajo duro. Y mientras espero entre las piernas de Hinata, silenciosamente hago algo que nunca he hecho antes.
Rezo.
Voy y vengo entre maldecir a Dios, diciéndole que él no puede tenerla, amenazando que si lo intenta, caminaré directamente hacia el cielo, agarraré a Hinata, y la cargaré a casa. Pero, sobre todo, solo pido.
Por favor, Dios, por favor, no me dejes arruinar esto. No permitas que algo salga mal. Por favor, Dios, por favor, por favor, por favor, jodidamente por favor.
Y entonces mi voz se hace eco de las paredes.
—La cabeza está fuera.
La cara de mi hijo está quieta, cubierta de fluidos y manchada con una sustancia carnosa blanca.
—¡Esto no ha terminado! —gruñe Hinata y se esfuerza con más fuerza. Y luego, en una oleada de líquido, mi hijo se desliza en mis manos.
—¡Está fuera! —grito. Agarro una toalla y le seco la cara, despejando su nariz y boca.
—¿Está llorando? —pregunta Iruka.
La respuesta es un chirrido fuerte y cabreado. Y es el sonido más hermoso que he oído en mi vida.
—Sí. Está llorando.
Y no es el único.
Su pequeña boca se abre ampliamente e indignada. Sus diminutas y perfectas extremidades se sacuden mientras las seco con la toalla. Sus sonidos cambian a quejidos mientras lo envuelvo en una toalla nueva, seca y lo pongo en el estómago de Hinata. En sus brazos.
Ella llora mientras lo sostiene, lo mira. Y su susurro es una suave caricia.
— Hola. Todos te hemos estado esperando.
Me agacho a su lado y apoyo mi frente contra su sien, solo oliéndola. Sosteniéndolos a ambos cerca.
—Lo hicimos, Naruto.
Gracias, gracias, gracias.
—Seguro que lo hicimos.
Hablando de un puto día.
Los paramédicos se presentaron unos pocos minutos después de que Boruto nació... Hinata decidió ese nombre que es sinónimo del de Neji, que jodida casualidad, combina con el mío y en honor a su hermano.
Un enfermero se encargó del cordón umbilical, y de Hinata, y todas las cosas que deben ocurrir inmediatamente después del parto. Cada uno de los niños consiguió un buen vistazo de Boruto antes de que él y Hinata fueran cargados en la ambulancia. Los niños se hallaban encantados de tener un nuevo hermanito, y las chicas decidieron que era tan malditamente lindo, que ni siquiera importaba que tuviera un pene.
Sasuke y Sakura se quedaron con ellos, mientras acompañaba a Hinata. Madre y bebé se quedaron la noche, solo para asegurarse de que todo el mundo estaba bien para irse. Cuando llegaron a casa, dejamos que los niños faltaran a la escuela por el resto de la semana, lo cual es siempre un motivo de celebración.
Todos estamos tendidos alrededor de la sala de estar ahora, viendo la televisión en pijama, a pesar de que son las dos de la tarde.
Un grito lastimero del monitor del bebé nos dice que alguien se ha despertado, probablemente mojado y hambriento. Beso a Hinata, es como que soy incapaz de no besarla, cada vez que el bebé llora. Lo cual es mucho.
—Iré con él —digo contra su boca dulce.
Al final del pasillo, en nuestra habitación, lo levanto de la cuna y le cambio el pañal. Y realmente no le gusta eso. Lo envuelvo de nuevo y me siento en la mecedora, calmándolo.
Sus gemidos se apagan y simplemente me mira, de la forma en que lo hacen los bebés, como si esperara algo. Después de unos segundos, creo que tal vez quiere una canción, una canción de cuna.
Hay una banda que se reproduce en esta casa más que cualquier otra, por lo que, en contra de mi mejor juicio, es que elijo una de sus canciones.
Canto en voz baja, desentonado, hasta que el sonido de una risa solitaria flota por el pasillo y bajo la puerta. Luego se une otra.
Y otra.
Hasta que hay un coro de risas en la sala de estar.
Y la voz aguda de Hima me informa—: ¡Podemos oírte cantar One Direction!
Eso es cuando me acuerdo, el jodido monitor de bebé. Niego con la cabeza y me río de mí mismo. Entonces bajo la vista a la azul y pensativa mirada de mi hijo.
—Nunca vamos a salir de esta. Nunca.
FIN
