Esta historia está escrita sin ánimo de lucro. Algunos de los personajes, lugares y los propios pokémon pertenecen a Pokémon Company.
Los pensamientos de los personajes irán entre comillas latinas «». Las palabras pertenecientes a otros idiomas y las citas estarán en cursiva.
Y ahora sí. La historia ;-)
CASO EN PUEBLO TILO
Ciro se incorporó de golpe, con el corazón desbocado y la boca seca, esperando sentir en su espalda los colmillos de la bestia… solo para descubrir que en realidad se trataba de otra de las pesadillas que lo acechaban últimamente.
No se encontraba en medio del bosque, a punto de ser devorado, sino descansando en la habitación de un centro pokémon, entre sábanas húmedas y arrugadas por culpa de sus sueños.
Era noche cerrada en Pueblo Tilo y el silencio de la madrugada cubría el pueblo como un manto. Suspiró. Solo había sido otra horrible pesadilla.
Se pasó una mano temblorosa por el rostro y la recogió húmeda de sudor frío. Una de las piernas aun temblaba ligeramente, agotada por el soñado esfuerzo de avanzar a través de un suelo pegajoso y áspero. Con los agudos chillidos de muerte a sus espaldas. Sintió un escalofrío. Esos sueños eran tan vívidos…
Sueños.
Solo eran sueños, se repitió a si mismo disgustado. Parecía un crío. A su edad seguía asustándose con las pesadillas como si tuviera seis años. Trató de respirar profundamente masajeándose el puente de la nariz, disgustado. Debía descansar porque al día siguiente tenía una larga caminata por delante. Miró el reloj de la mesilla de noche y suspiró frustrado. El problema era que aún sentía la adrenalina en sus venas, como si hubiera corrido de verdad. Debía relajarse, o no pegaría ojo en lo que quedaba de noche.
Dos ojos rojos y brillantes lo observaban atentos desde la pared.
—Hola compañero. Solo era una pesadilla, no te preocupes. Anda ven conmigo —dijo golpeando la cama con la palma de la mano.
Él mismo no pudo ver su propio gesto debido a la oscuridad completa de la habitación, pero su pokémon veía perfectamente en ella. En seguida saltó hacia su entrenador sin hacer ningún ruido y caminó a cuatro patas sobre la colcha arrugada. Ronroneó suavemente y lamió la mano de Ciro con delicadeza. Su pokémon lo miraba con intensidad, preocupado. Sus rojas pupilas tenían una cualidad hipnótica.
—No pasa nada Umbreon, estoy bien —le dijo rascándole la cabeza entre las orejas. Sintió como el pokémon abría la boca y se estiraba disfrutando de las caricias. Ciro tanteó su cuerpo y lo abrazó a tientas.
—¡Oye como pesas! Hacía mucho que no te cogía. Creo que has engordado Umbreon.
El pokémon, por toda respuesta le mordió el brazo, juguetón.
Ciro disfrutó un rato acariciando la suave piel de su pokémon. Era como terciopelo. Un pelaje tan minúsculo que no se apreciaba a simple vista. Mucho menos en la oscuridad.
Todo el sueño que tenía se había esfumado. Se había desvelado. Suspiró de nuevo.
—¿Quizás un vaso de leche caliente me ayude a reconciliar el sueño?
Umbreon siguió frotándose contra el pecho de su entrenador mientras enroscaba la cola en su brazo y apoyaba las patas en sus piernas. Le estaba dando mimos porque había escuchado sus gemidos. Estaba seguro. Umbreon era un pokémon nocturno, por eso lo solía sacar de la poke ball por la noche, para que paseara y estirara las piernas. Y por eso mismo estaba al tanto de sus pesadillas.
—Vamos a tomar algo a la cafetería Umbreon.
El pokémon ronroneó por toda respuesta y bajó ágilmente de la cama.
Ciro se vistió a tientas para no molestar a Umbreon. La luz eléctrica lo deslumbraría seguro. Fue poniéndose sus prendas poco a poco; pantalón, camiseta, chaleco y cinturón de poke ball, colocándolas bajo la atenta mirada del pokémon.
—Y luego puede que salgamos a dar un paseo ¿Qué te parece? —le susurró.
Umbreon estuvo encantado con la idea, lo que demostró alzándose sobre sus patas traseras, y dando pequeños saltos alrededor de Ciro. Sus ojos danzaban en la oscuridad, brillantes como los rescoldos de una hoguera.
Ciro se metió la tarjeta de la habitación en el bolsillo y ambos salieron al pasillo de luces tenues. Caminaron con cuidado para no molestar hasta las escaleras, donde se detuvieron. Se oían voces provenientes de la sala común, en la planta baja. Pokémon y entrenador se pararon al unísono y se miraron extrañados. Eran las tres de la mañana, en un pequeño pueblo de montaña ¿Quién estaba despierto a aquellas horas? Bajó, desconcertado, con su pokémon pisándole los talones.
La sala común del centro pokémon era pequeña y acogedora. Junto a la entrada habían instalado tres mesitas de madera sobre un entarimado, también de madera, desde el que se podía contemplar la calle principal a través de un gran ventanal. El resto de la sala estaba dominada por una gran barra continua en forma de ele, de madera labrada, y por unas discretas escaleras. Aquella barra servía para todo. En un lateral tenían la máquina de café y estantes con productos y dulces de todo tipo, que se podían consumir en las mesitas. Además servía de recepción a los entrenadores que deseaban alojarse en el hotel. Y, por supuesto, frente a la puerta, estaba el equipo de restauración de pokémon.
A esa hora lo normal hubiera sido que la sala estuviera vacía, a excepción de la enfermera1. Sin embargo había dos mujeres sentadas, cada una en una mesa y un hombre de pie, algo apartado, hablando con la enfermera. El hombre estaba uniformado con el traje de la policía regional y llevaba poke ball al cinto. La enfermera, una mujer menuda vestida de blanco, se encontraba en ese momento de cara a las escaleras. Se tapaba la boca abierta con ambas manos, sorprendida, mientras miraba de reojo hacia las mujeres que no parecían prestar la mas mínima atención. La mayor de ellas no apartaba la mirada del teléfono móvil. Parecía nerviosa y contrariada. La otra en cambio, muy joven, parecía aturdida y temblaba. Tenía la mirada perdida y las mejillas brillaban bajo la luz blanca de la sala. Había estado llorando. Una manta térmica cubría sus hombros. La expresión de todos los presentes era grave.
Ciro no quería molestar así que se deslizó, sigiloso como un liepard, hasta la barra de la cafetería, tratando de no llamar la atención. Se sentó en un taburete y esperó en silencio a que pudieran atenderlo. Umbreon se tumbó a los pies del taburete y comenzó a lamerse las patas delanteras.
—Uy que susto, por favor ¡No ha hecho ningún ruido! ¿¡pero cielo es que pretendes matarme!? Dame un segundo y ahora estoy contigo —le dijo la enfermera al verlo.
La mujer puso dos tazas sobre la barra y empezó a calentar agua, murmurando para sí. Ciro aprovechó el momento para mirar de reojo al agente. Se había sentado aparte con la mujer joven, apenas una chiquilla. Ambos hablaban en voz baja así que no escuchó nada, pero la joven temblaba visiblemente alterada. A su nariz llegó entonces el aroma del té. Con manos expertas, la enfermera preparó las infusiones y lanzó una sonrisa cómplice a Ciro, entonces llevó las tazas humeantes a la mesa del policía y volvió enseguida.
—Dígame, ¿qué desea? —le preguntó secándose las manos en un trapo.
—Solo quería un vaso de leche por favor.
—Un vaso de leche, por supuesto cielo. Me la traen de Johto, de la mejor calidad ya verás. Pero, no te he oído entrar, así que debes estar alojado aquí ¿qué haces despierto a estas horas? Si puede saberse claro —preguntó la mujer con aire despreocupado.
—No podía dormir —respondió secamente Ciro, sin querer entrar en detalles. La enfermera no lo escuchó y continuó con su monólogo.
—No te vas a creer lo que ha ocurrido —dijo bajando la voz y cambiando el tono repentinamente aprovechando que sacaba una botella de cristal —¡Hay tres muertos en el camping de la sierra!
—¿Cómo? —Ciro no pudo evitar alzar la voz ante la noticia.
La mujer, satisfecha por haber captado la atención del joven, asintió vigorosamente mientras servía la leche en un vaso de cristal.
—Tres muertos, así es. Es horrible ¿verdad?
Su tono morboso no expresaba horror en absoluto y Ciro se dio cuenta de que estaba hablando con una chismosa profesional. Torció los labios, asqueado, gesto que la mujer no vio al estar buscando azucarillos.
—¿Te caliento el vaso encanto?
—Si… por favor.
—La jovencita de ahí detrás fue la que lo descubrió todo. Parece que era la novia de uno de los muertos. ¡Que horror! ¿cómo ha podido pasar algo así?, ¿aquí? Este es un pueblo muy tranquilo ¿sabes?
Ciro había dejado de escuchar a la mujer. Su atención se había desviado a la conversación que mantenían el policía y la joven. El agente trataba de hablar en voz baja, pero estaban solos en la sala y el resto del pueblo dormía, así que algunas frases sueltas conseguían llegar a sus oídos a través del parloteo susurrante de la enfermera.
—… y entonces fue cuando escuchó esa risa siniestra? —preguntaba el agente en ese momento.
—Si —sollozó la joven —salí de la tienda y… y … lo… encontré caído en el suelo, y… temblaba, temblaba mucho. No paraba de temblar. Estaba pálido y frío y… y… Grité, pero no vino nadie. Corrí a la tienda de Cathy y estaban igual… los dos, temblaban… y estaban fríos y blancos…
La joven comenzó a llorar de nuevo.
—… Yo le dije a Marga que no era buena idea, que un camping da mucho trabajo y poco dinero y a su edad… —la enfermera seguía con su soliloquio e impidió que Ciro escuchara las frases siguientes, pero ya había oído lo suficiente. Puso unas monedas en la barra con una palmada y se dirigió hacia el agente de policía, seguido de su pokémon.
—Gracias por todo señorita. Marga ¿puedo tomarte declaración a ti ahora?
—¿Otra vez Tom?, no se que quieres que te cuente, de verdad. Ya se lo he contado todo a tus compañeros.
—Ya lo sé Marga, y lo… lo siento… de veras, pero por favor. Debo anotarlo todo para preparar el informe… Me lo ha ordenado el inspector. Además cualquier detalle nuevo que puedas recordar podría ser de utilidad.
La mujer dejó el teléfono en la mesa y suspiró. Tenía las ojeras muy marcadas, arrugas y canas en las sienes, pero seguía siendo una mujer muy enérgica.
—Perdóname Tom. Es que estoy cansada. Y esto ha sido tan… —la mujer tembló involuntariamente y su mirada se perdió en la sala, sin dirigirse a ningún lugar en particular. El agente pasó una página de su cuaderno y se dispuso a escribir. Ciro por su parte decidió no interrumpir, esperando a captar más detalles antes de presentarse. Ninguno de los tres se había percatado de que esperaba a unos pasos de la mesa. La enfermera seguía parloteando en la barra, al parecer ni siquiera le importaba que nadie le escuchara.
—Yo escuché los gritos de esta joven. Estaba en la oficina, repasando unas facturas… Era tarde, no recuerdo la hora. Creo que me había quedado dormida encima de la mesa y… bueno. Oí los gritos y fui a ver que pasaba. Supuse que sería algún pokémon salvaje, buscando comida o algo así, por lo que me entretuve un poco para coger un poke muñeco. Llegué corriendo al área tres. Es una zona pequeña y apartada. Tardé… no sé… ¿cinco minutos, seis? No lo sé, no puedo precisarlo más Tom, lo siento. Y entonces lo vi allí tirado —suspiró —Vi su cuerpo. Temblaba mucho, parecía… no sé que parecía. Tom aquello no era normal.
La más joven sollozó aun más. Estaba hablando de su pareja probablemente.
—En la tienda estaba la otra pareja; igual. Tom, tendrías que haberlos visto. No dejaban de temblar y estaban tan pálidos.
Ciro vio como la joven temblaba bajo la manta térmica y decidió que aquel era el momento. El agente no debería estar interrogando a los testigos de esa forma. No debía de tener mucha experiencia en situaciones como aquella, así que debía de estar nervioso, así que tenía que entrarle con cuidado porque también era probable que no quisiera demostrar lo nervioso e inexperto que era.
—Disculpe que le interrumpa agente, buenas noches —empezó Ciro con tono agradable.
El joven policía se sobresaltó hasta dar casi un bote. Se giró con cara de pocos amigos.
—Oiga amigo estoy ocupado ahora mismo.
—Precisamente. Perdone mi intromisión, pero creo que acaban de sufrir un grave incidente y, quizás, pudiera resultarles de ayuda.
—¿Ah sí, acaso sabe lo que ha pasado? Y cómo va a saberlo si no estaba allí ¿Sabe qué ha pasado?
Ciro ignoró el tono escéptico del agente.
—Perdón. No me he presentado. Me llamo Ciro y soy entrenador pokémon... categoría especial y estoy convencido de que hay un pokémon implicado en este asunto. Aquí tiene mi tarjeta —Ciro rebuscó en el bolsillo interior de su chaleco hasta que encontró lo que buscaba y le tendió al hombre la identificación mientras Umbreon emitía un pequeño gruñido de confirmación tras él. Mientras el agente leía atentamente la tarjeta, Ciro se acuclilló frente a su pokémon. Al ponerse de rodillas, sus miradas se encontraban a la misma altura. Sus ojos rojos, profundos como lagos de sangre, siempre lo habían encandilado.
—Al final vamos a tener trabajo esta noche compañero. Necesito que me ayudes. Tenemos un caso.
Umbreon gruñó asintiendo y ladeando la cabeza mientras sonreía feliz. Sentía la luna en el cielo llamándole. Era un pokémon de tipo siniestro, un depredador de la noche.
—Umbreon, debemos ayudar a esta gente a averiguar qué ha pasado.
El pokémon lo miró fijamente, muy serio, y asintió.
—¡Un entrenador de categoría especial! —murmuró Tom al fin asombrado —Y trabaja para la Federación Pokémon Internacional —Su tono había perdido de golpe toda la hostilidad —¡Madre mía que suerte! —exclamó mientras se golpeaba la frente con la palma de la mano.
Ciro sonrió.
—Tengo una teoría sobre lo que puede haber ocurrido, pero necesitaría algo más de información.
—Por supuesto. Pero creo que debería presentarse al inspector. Aún se encuentra en el camping. Yo debo custodiar a la testigo así que…. Marga, ¿podrías llevar al señor…?
—Ciro.
—Ciro, claro. ¿Al señor Ciro hasta el inspector?
La mujer miró detenidamente al desconocido que acaba de presentarse por las buenas en la peor noche de su vida.
—Esta bien. De todas maneras tenía que volver… para ver como esta todo.
—Gracias Marga. Es mejor que vayáis cuanto antes, si el señor Ciro esta listo claro.
El aire traía el olor de la savia dulce y pegajosa de los pinares que rodeaban el pueblo. La calle, una de las principales, estaba alumbrada únicamente por el resplandor de neón rojo característico de los centros pokémon. Más allá, pequeñas farolas amarillas conformaban la iluminación general, aisladas unas de otras como salpicones apagados. Aun así la visibilidad era buena. El cielo estaba despejado y una miríada de puntitos brillantes iluminaban el firmamento, centelleando cada uno con un ritmo propio. Era un cielo majestuoso. O eso le pareció a Umbreon porque en cuanto salió, los anillos dorados de su piel comenzaron a brillar intensamente, feliz al caminar bajo la luna y el cielo estrellado. Marga dejó escapar un grito de sorpresa.
—¿Es bonito verdad? —dijo Ciro.
—¡Que susto! Por un momento pensé que se nos echaba un coche encima.
—Umbreon esta iluminando sus centros de poder. Es un pokémon nocturno. Es su manera de decirnos que esta feliz de poder salir —explicó Ciro acariciándolo.
—Pues hoy hay luna llena —replicó Marga sin apartar la mirada del pokémon.
—Por eso brilla con esa intensidad. Hace una noche estupenda. Fresca y agradable.
Ciro se dio cuenta entonces de que para la mujer no debía de ser una buena noche. Se mordió el labio arrepentido mientras Marga agachaba la cabeza.
—Él por lo menos puede disfrutarla —respondió la mujer cabizbaja.
Ciro siguió a Marga a lo largo de la calle. Atravesaron una plaza y dos manzanas de casas con muros de piedra, tras lo que giraron a la derecha y continuaron ascendiendo por una calle zigzagueante, dejando atrás viviendas oscuras y silenciosas, hasta llegar al final del pueblo. Al lado de la última casa se abría un camino de tierra con un gran letrero semicircular débilmente iluminado en el que se leía: Camping "Semilla de Bulbasaur" en vivos colores. Al fondo, entre los árboles, destacaba la luz giratoria de un vehículo policial.
—Ya casi hemos llegado —susurró la mujer.
El suelo, cubierto de arenilla suelta en varias zonas, crujió bajo los pasos de la pareja, mientras Umbreon correteaba entusiasmado entre los árboles a su alrededor, fundiéndose con la noche; apareciendo y desapareciendo entre las sombras. De vez en cuando dejaba escapar fugaces destellos de gozo.
En la entrada del camping había aparcados dos vehículos, cuyas luces azules daban vueltas sin parar tiñendo la noche de azul añil. Una sencilla valla metálica marcaba los límites del recinto, y en la puerta un agente de aspecto somnoliento montaba guardia. El hombre se puso firme al verlos llegar y saludó a Marga con mucho cariño. Luego se giró hacia Ciro.
—¿Usted es Ciro?
—Así es.
—Nos han informado de que venía. El inspector le espera. Personalmente le agradezco que nos ayude, así que… eh. El inspector… esto —. El hombre se rascó la nuca, buscando las palabras adecuadas… —bueno, no se lo tenga en cuenta. Y… eh… ¿ese pokémon es suyo?
—Si —Umbreon había aparecido a su lado de repente, como si nunca se hubiera separado, aunque su presencia puso algo nervioso al agente. Ciro sonrió.
—Viene conmigo.
—Vale… siga el camino principal y tome el primer desvío a la derecha por favor. No tiene pérdida. Es en la hondonada. La zona tres. Marga, ¿quieres tomar algo caliente mientras? No hace falta que vuelvas allí.
—Estoy seguro de que podré encontrar el lugar Marga, gracias —aseguró también Ciro por su parte.
La mujer asintió entonces, aliviada, y se dirigió al edificio principal. El agente saludó con una inclinación de cabeza al entrenador y Ciro echó a andar por el camping. Estaba ubicado en un bonito lugar. En la falda de la montaña, rodeado de pinares y con el pueblo a sus pies. Las distintas zonas de acampada estaban preparadas sobre terrazas artificiales en las que habían aplanado el suelo, y plantado césped. El ruido de los pokémon salvajes nocturnos era claramente audible en la lejanía. Pero allí en el recinto solo se cruzaron con un Oddish que deambulaba por el camino a la luz de las estrellas, murmurando alegremente su nombre una y otra vez2.
Tal y como el agente le había indicado, no tenía perdida. Ciro y su pokémon rodearon una gran explanada de césped, llena de tiendas donde la noticia comenzaba a extenderse. Pequeños grupos de personas cuchicheaban con los pijamas puestos, mientras los curiosos iban y venían del lugar. O lo intentaban, ya que la policía había acordonado la zona. Un par de agentes custodiaban el acceso al área tres de acampada. Habían colocado una valla portátil en medio del camino, cerrándolo y miraban con aire amenazador a los curiosos que iban acercándose conforme se enteraban de lo sucedido. Un growlithe a su lado ayudaba a los agentes, expulsando pequeñas llamas por la boca cuando algún campista se acercaba demasiado.
—Buenas noches agentes —saludó Ciro al acercarse.
—Usted es el entrenador —respondió uno de ellos mirando a Umbreon —Pase. El inspector le espera.
Ciro dejó atrás la zona bien iluminada y se internó por un caminito de piedra y losetas. El bosque a su alrededor se volvió más agreste; pinos altos como grandes casas, que entretejían una espesa urdimbre de follaje, con ramas gruesas y frondosas. La zona tres de acampada se internaba en el área de bosque más salvaje, ladera de la montaña arriba. La habían dejado así para dar mayor encanto a aquel rincón. De fondo se oía el rumor de una caída de agua en algún lugar cercano. Dos minutos más tarde desembocó en un pequeño claro, junto a una pared de roca, que era presa de una febril actividad. Agentes uniformados vigilaban el perímetro y rastreaban los alrededores con linternas mientras los técnicos analizaban los cuerpos y buscaban pruebas en las tiendas de acampada y la zona adyacente. Había tres cuerpos tendidos en medio del claro, cubiertos con mantas isotérmicas. A cargo de todo aquello se encontraba un hombre bajo y regordete con un prominente bigote, que hablaba en aquel momento con uno de los técnicos. A su lado se mantenía firme un gran ejemplar de herdier. Hombre y pokémon tenían casi la misma altura, formaban una pareja peculiar. Sin embargo el hombre no parecía de buen humor.
El técnico asintió y se alejó mientras el herdier se giraba para inspeccionar a Ciro. Después bufó y enseñó los dientes y Umbreon gruñó amenazador como respuesta, pegado a las piernas de su entrenador. El inspector se giró hacia Ciro y lo miró de arriba abajo sin dejar traslucir expresión alguna. Después se rascó la cabeza y movió sus prominentes bigotes.
—¿Sabe?, me gusta pensar que puedo calar a las personas con un simple vistazo. Me han dicho que es un entrenador extraordinario. Pero me pregunto cómo un entrenador pokémon va a poder ayudarme con el caso.
—Vaya, va directo al grano ¿eh?
—Hijo, aquí han muerto tres personas esta noche. De una forma terrible por añadidura. Mi deber es encontrar al culpable y llevarlo ante la justicia, y el rastro se enfría mientras hablamos.
—Comprendo. Vengo a ayudar. Me llamo Ciro —dijo tendiéndole la mano. El policía se la estrechó brevemente.
—Bernard. En realidad me conformo con que no estorbe —dijo lanzando una fiera mirada. Ciro se la mantuvo sin amilanarse, y el cruce de miradas se alargó unos segundos. Entonces el inspector bajó la vista hacia los cadáveres sin decir nada.
Ciro supuso que aquello era una especie de aceptación y comprendió lo que el agente había querido decirle.
—¿Podría compartir conmigo lo que ha podido sacar en claro?
—Poca cosa —bufó molesto —Los cuerpos están blancos como la cera de un combee, y fríos. No presentan heridas superficiales…
—¿Alguien ha visto algo?
—Solo una testigo, la pareja de una de las víctimas. Si no me equivoco la ha conocido ya. Tom me ha dicho que vio a la joven en el centro pokémon.
El inspector parecía reacio a colaborar, pero Ciro esperó pacientemente, mirándolo sin pestañear. Quería confirmar el dato clave.
—Los cuerpos temblaban como un flan cuando Marga, la dueña del lugar, los encontró. Los tres. La pareja en su tienda y el otro joven ahí tirado. Pálidos, fríos y con una tiritona de tres pares de narices, como si el mismísimo Articuno estuviera batiendo sus alas en el bosque. No hay nada más, ni rastros, ni pisadas, ni restos de ninguna clase. El técnico del laboratorio me ha dicho que no hay nada de nada. Todo esta limpio.
Ciro asintió en silencio mientras el herdier del inspector lo miraba fijamente.
—¿Podría ver los cuerpos?
El hombre lo miró de forma extraña, como si fuera un voyeur morboso. Parecía un viejo gruñón y malhumorado así que por un momento se lo imaginó con pijama y gorro de dormir, calzando unas pantuflas y no pudo evitar una sonrisa, que trató de disimular llevándose una mano al rostro.
—No se preocupe, le voy a ayudar. De vez en cuando doy seminarios en academias de policía. Tengo experiencia en estos asuntos.
—¿Qué tipo de seminarios?
—Seminarios sobre crímenes y pokémon.
El inspector lo estudió entrecerrando los ojos, calibrando si le tomaba el pelo o lo decía en serio.
-Estoy convencido de que este crimen ha sido cometido por un pokémon llamado Haunter. No sé si lo ha visto alguna vez. Es una pokémon gaseoso, de tipo fantasma, púrpura, con ojos y boca muy grandes, y una lengua más grande aún.
El inspector negó con la cabeza sin dejar de escrutarlo.
—Aquí no tenemos pokémon fantasmas, nunca se ha visto ninguno.
—Comprendo. Entonces puede estar viajando por algún motivo, o… ser de algún entrenador… en cuyo caso esto podría convertirse en un asesinato.
El inspector Bernard bufó al darse cuenta de que el asunto se complicaba conforme pasaban los minutos. Detestaba que lo levantaran de la cama, y más aun por un caso grave. Un triple asesinato en Pueblo Tilo sería una noticia horrible.
—Oh, por la cola de Mew —maldijo Bernard.
—De momento lo del asesinato es solo una teoría, aunque estoy casi seguro de que el crimen lo ha cometido un haunter. Verá, haunter es un pokémon nocturno, pero no suele atacar a humanos, no mientras tenga otra fuente de alimento más asequible. Debemos encontrar al pokémon para empezar a atar cabos.
—Entonces ese pokémon, Haunter, ¿ha atacado a los campistas para robarles su comida? ¿Es eso?
—No exactamente. Ellos eran su comida. Se alimenta del espíritu vital, la energía, o el alma de las personas, como quiera llamarlo —dijo Ciro distraídamente mientras examinaba los cuerpos tendidos frente a ellos —¿le importa que eche un vistazo entonces?
—Haga lo que quiera —gruñó Bernard. La idea de que un pokémon pudiera comerse el alma hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Herdier lo sintió y se acercó a su entrenador, quien acarició su cabeza distraído mientras observaba como Ciro iba destapando brevemente los cadáveres y asintiendo con la cabeza.
La imagen de los cadáveres no produjo la mas mínima impresión en Ciro. No era su primer rodeo. Los cuerpos estaban pálidos y fríos al tacto, mucho más de lo que deberían con tan pocas horas. Los huesos eran claramente visibles bajo la piel que se había vuelto quebradiza y la cara estaba contraída, como si les hubieran metido un aspirador en la boca.
—Consunción —murmuró.
—¿Qué ha dicho?
—Consumidos. Los cuerpos están consumidos. Pasa a veces. Haunter tenía mucha hambre. En fin —dijo levantándose y mirando a su oscuro pokémon.
—Ese haunter sigue por ahí. Debo encontrarlo antes de que haya más víctimas.
—Eso puede dejárselo a mis hombres, no…
—Inspector, con el debido respeto —le interrumpió Ciro firmemente —Tanto si es un haunter salvaje, como si se trata de un entrenador, debo ir yo a por él. Este pokémon es peligroso, parece ser de un nivel alto y no quiero ofenderle, pero sospecho que sus pokémon no están bien entrenados.
—¿Qué es lo que quiere decir? —dijo Bernard envarándose y alzando la voz frente a Ciro.
—Es normal. Pueblo Tilo no tiene gimnasio pokémon. En Trínide ni siquiera se celebran desafíos pokémon, por lo que es normal que no haya entrenadores fuertes. Debe comprender que si nos enfrentamos a un entrenador experimentado, usted y sus hombres podrían verse en un aprieto. No queremos que haya más víctimas ¿verdad?
Alrededor de los dos hombres se había hecho un silencio incómodo. Agentes de policía y técnicos miraban a Bernard y al desconocido de forma alternativa. Nadie le llevaba la contraria a Bernard en pueblo Tilo, pero aquel extraño parecía muy seguro de sí mismo. Herdier por su parte plantó los pies firmemente en el suelo y lanzó un ladrido, como si quisiera refutar la opinión de que no era un pokémon fuerte y experimentado.
—Bueno, eso podemos comprobarlo —dijo uno de los agentes que había cerca, un tipo grande y musculoso, que se acercó confiado sacando una poke ball de su cinturón—Le voy a enseñar que en Pueblo Tilo sí hay buenos entrenadores.
Ciro se giró hacia el agente que acababa de entrar en escena y lo miró escéptico.
—El tiempo corre y ¿pretende combatir conmigo?
—Ha insultado el honor de los ciudadanos de Pueblo Tilo y no lo puedo dejar pasar. Señor si me da su permiso le enseñaré a este extranjero que estamos más que preparados para defendernos.
Bernard alzó la cabeza hacia su agente y miró su reloj. Después frunció el ceño y miró a Ciro.
—Sandro estoy convencido de que el señor Ciro estará encantado de combatir contra ti. Cuando acabemos con este asunto.
—Nunca digo que no a un combate pokémon —susurró Ciro mirando al agente al que habían llamado Sandro. Los anillos del cuerpo de Umbreon emitieron un leve resplandor dorado, como si aceptara el desafío propuesto.
—Ciro, usted acompañará a mis hombres si ese es su deseo. Pero de esto debe encargarse el cuerpo de policía de Pueblo Tilo.
Ciro se dio cuenta de que no le iban a dejar otra opción. Y en el fondo lo entendía. Aunque eso le supondría más trabajo, porque debería cuidar de ellos. Suspiró.
—Esta bien. Bernard, dígame ¿Existe algún edificio abandonado, ruinas, o algo así por la zona?
—No hay nada de eso en pueblo Tilo. Nos gusta cuidar el aspecto de nuestro pueblo.
—Pero hay unas cuevas monte arriba señor Ciro —intervino uno de los técnicos de repente —es el lugar mas oscuro y tétrico de la comarca. En lo mas profundo del bosque. Ni siquiera los Ranger3 se internan allí.
—Ese podría ser el lugar —respondió Ciro, agradecido por fin por algo de amabilidad. El hombre por su parte sonrió satisfecho.
El inspector frunció el ceño mirándolos, pero no dijo nada.
—Deberíamos ir a echar un vistazo. Parece el lugar más probable en el que encontrarlo. ¿Inspector?
—Esta bien. Sandro, te quedas a cargo de esto.
Ciro, el inspector y otros dos agentes salieron del pueblo en dirección norte veinte minutos más tarde. Para entonces prácticamente todos los campistas se habían enterado del triste hecho y pululaban de tienda en tienda comentando sus distintas teorías. Pero el creciente barullo quedó atrás en cuanto salieron del recinto del camping. El pueblo seguía durmiendo.
Caminaron por pequeñas callejuelas hasta llegar a la ruta que ascendía la montaña en dirección a Bosque Espeso. El principio de la ruta de montaña estaba señalizado mediante una gruesa línea roja pintada en el suelo y un gran cartel colocado a un lado que anunciaba el final de pueblo Tilo y el comienzo del área salvaje. También advertía sobre la presencia de pokémon salvajes a partir de aquel punto, y recomendaba encarecidamente no salir del camino si no se llevaban pokémon propios.
La ruta norte estaba bordeada por una densa arboleda que se espesaba en cuanto se dejaban atrás las últimas casas. Las ramas de los altos árboles se engarzaban en las alturas, formando un dosel que impedía ver las estrellas. Los dos agentes llevaban linternas de luces blancas, y Umbreon iba alumbrando el camino con una cálida luz dorada, pero la densa oscuridad parecía tragarse la luz mas allá de la linde del camino. Ciro confiaba ciegamente en Umbreon para guiarse. No dejaría que tropezara con nada o se saliera del camino.
Caminaron aproximadamente medio kilómetro, siempre subiendo por un camino zigzagueante, que pronto dejó atrás las luces del pueblo. El monte donde se asentaba Pueblo Tilo no era demasiado alto, pero si tenía laderas escarpadas y profundas hondonadas. Por lo que pronto tuvieron la sensación de encontrarse lejos de la civilización, en medio de la montaña. Esto, unido a los gritos de los pokémon nocturnos, invisibles en la oscuridad, comenzó a poner nerviosos a los agentes. Uno de los policías, el que iba delante alumbrando el camino, llevaba un revólver a pesar de que Ciro le había advertido, amablemente antes de partir, que los pokémon fantasma eran inmunes a las armas humanas. Bernard y el otro agente se aferraban a sus poke ball, sin embargo los pokémon que Ciro había podido ver no estaban bien entrenados y el entrenador sospechaba que no estarían a la altura de las circunstancias.
El silencio comenzó a ser opresivo. Los haces de sus linternas iban constantemente de un lado a otro, siguiendo el más mínimo ruido y uno de ellos lanzó un grito ahogado cuando un dustox apareció de repente y pasó volando sobre sus cabezas, atraído por la luz de las linternas. Bernard gruñó, molesto por la imagen que sus agentes estaban dando, pero Ciro no los culpó. Buscaban a un pokémon que había matado a tres personas en una noche oscura en medio del monte.
—Señor Ciro, un compañero me ha dicho que es usted un entrenador de categoría especial, y lo decía con mucho respeto, pero lo cierto es que no conozco ese título. ¿Es alguna clase de campeón de liga pokémon o algo así?
Ciro sonrió. Desde luego, en Trínide no "estaban a la última".
—En realidad es un título honorífico concedido por la Federación Internacional Pokémon ¿Han oído hablar del proyecto Pokédex?
—Es el proyecto de enciclopedia pokémon ¿verdad? Lo vi en un reportaje.
—Eso es. Es un proyecto de ámbito internacional, subvencionado por la Federación, que pretende recopilar y ampliar toda la información que conocemos sobre los pokémon y hacerla accesible a todos los entrenadores del mundo. Es un proyecto que nació hace ya varios años y en el que participan grandes investigadores pokémon de todo el mundo. Su fundador es el profesor Samuel Oak, de Kanto.
—¿Entonces es usted un investigador pokémon?
—No, no, ojalá —rio Ciro llevándose una mano a la nuca —Yo solo soy un entrenador que trabaja para la Federación recopilando datos de campo para el proyecto pokédex. A los entrenadores que, como yo, trabajamos para el proyecto pokédex nos confirieron la categoría honorífica de entrenador especial. Simplemente.
—¿Y ya está? ¿Solo es eso? —preguntó el agente del revólver. Parecía decepcionado.
—Brian —empezó con tono cansado Bernard, participando por primera vez en la conversación —Los entrenadores que trabajan para la Federación son entrenadores excepcionales. Todos ellos son campeones de liga de alguna de las regiones federadas. No cogen a botarates como tú.
Ciro miró al inspector sorprendido, jamás hubiera imaginado que aquel hombre pudiera estar al tanto de aquellos detalles. Se sintió halagado por sus palabras, porque a pesar de su actitud, no había dudado en reconocer su valía, al menos como entrenador.
El otro agente, de nombre Maite, asintió vigorosamente con la cabeza a las palabras de su jefe y añadió:
—Además todos los entrenadores del proyecto pokédex han capturado, al menos, trescientas especies distintas de pokémon. Eso he leído.
-¿Entonces, cuantos pokémon tiene?
—Alguno más de trescientos.
—¡Que suerte tenemos de contar con su ayuda señor Ciro! —exclamó Maite entusiasmada —Entonces sus pokémon deben ser fortísimos. Yo solo tengo a mi Ampy —dijo llevándose la mano a la poke ball —Pero nos queremos mucho.
—Si, que suerte… —murmuró Bernard en voz baja.
Umbreon se detuvo de repente en medio del camino y se giró hacia los árboles, mientras alzaba las orejas, y después miró a Ciro con los ojos muy abiertos y expresión seria. Ciro asintió.
—¿Estamos cerca de las cuevas?
—De hecho —respondió el agente del revólver —la senda empieza a la vuelta del próximo recodo. ¿Cómo lo ha sabido?
—Mi pokémon lo ha intuido.
—¿Su pokémon? —Brian miró a Umbreon durante unos instantes. El pokémon negro los miraba con sus grandes ojos rojos, sin parpadear. Ni siquiera había gruñido.
—Umbreon es un cazador nocturno —explicó —Haría bien en fiarse de él. Deberíamos permanecer atentos a partir de ahora.
Al borde del camino nacía una enmarañada senda, tan oscura como una cueva. La tierra se abría en aquel punto como si alguien hubiera clavado un cuchillo gigante, y en la hendidura resultante hubieran supurado zarzas, líquenes y largas enredaderas. Grandes rocas salían de la tierra como huesos rotos. Puede que antaño hubiera existido una senda, pero estaba tan descuidada que las piedras habían saltado y en vez de pavimentar, se habían convertido en obstáculos. Árboles achaparrados y nudosos crecían a la sombra de los altos y, ahogados por ellos, extendían ramas y raíces muertas indistintamente de un lado a otro. El aspecto en conjunto era siniestro y antiguo. Los agentes dudaron unos momentos antes de adentrarse, y fue Bernard el primero en entrar dando un bufido. Umbreon se adentró de un salto en la espesura y desapareció en un instante cuando apagó sus anillos.
—¿Adonde ha ido?
—Ha ido a familiarizarse con el terreno —respondió Ciro despreocupado —Pero ¡ahora voy a necesitar sus linternas!
Brian desenfundó el revólver y apuntó a la oscuridad.
—Nunca me ha gustado esta zona del bosque.
Maite por su parte cogió la poke ball de su cinturón y dejó salir a su pokémon. Un pequeño aipom que en seguida trepó por su cuerpo hasta colocarse en su hombro.
—Vamos Ampy, tenemos trabajo que hacer.
Maite y su pokémon siguieron a Bernard. Brian echó un último vistazo a su alrededor y escupió en el suelo, como si quisiera alejar a los malos espíritus. Luego murmuró otra vez y siguió a sus compañeros. Ciro miró al suelo con asco mal contenido y dio una zancada para esquivar el salivazo. Después se adentró en la oscuridad para no perder de vista las luces.
En aquella zona, la más oscura del bosque, predominaban los pokémon tipo bicho. Sus telas colgaban por doquier de las ramas, como sudarios. Hilos que se unían formando auténticas redes entre las ramas o que colgaban flácidas. Pudo distinguir por un momento el brillo de la mirada de un kakuna en el hueco de un árbol.
Costaba trabajo avanzar por aquel camino. La conversación se acabó sin más, y fue sustituida por un silencio espeso como la oscuridad que los rodeaba. El único que parecía no verse afectado por aquella atmósfera era el aipom de Maite. Era un pokémon joven y juguetón que estaba más pendiente de jugar con la gorra de su entrenadora que de lo que ocurría a su alrededor, y encima el bosque le resultaba de lo más novedoso, ya que nunca había estado allí. Subía y bajaba de su entrenadora, correteando entre los troncos y piedras caídas. Bernard soltó otro bufido cuando pasó a su lado. Y casi al mismo tiempo Brian se paró y alzó el arma a un lado y al otro.
—He oído algo. ¿Habéis oído algo?
—¿Ampy? —El pokémon de Maite, que estaba sobre un tronco en ese momento, se alzó de repente sobre su cola y olisqueó el aire mientras Brian movía nervioso su arma. De repente Ampy salió corriendo. Trepó ágilmente por el tronco de un árbol y desapareció de la vista.
—¡Ampy, Ampy!
—¡No chilles! —le amonestó Bernard.
La mujer corrió hasta el tronco por el que había desaparecido su pokémon y al enfocar la linterna hacia arriba vio varios pares de ojos que los observaban desde las ramas. El haz de luz de su linterna pareció activarlos.
De repente varias sombras aladas se abalanzaron sobre el grupo, desde todas partes. Maite gritó, y Brian chilló de dolor. Las linternas apenas iluminaron borrones oscuro con alas que arañaban y picoteaban. Ciro se cubrió la cabeza con los brazos mientras se arrodillaba. Tanteó una de sus poke ball en el cinto mientras decenas de graznidos y aleteos los rodeaban. Más gritos y un disparo. Una rama lanzó un chasquido al romperse y cayó al suelo mientras los ecos del disparo se perdían rebotando entre los troncos.
Maite chilló llamando a su pokémon mientras Bernard sacaba a herdier de la poke ball. Eran murkrow, toda una bandada, que se les estaban echando encima.
Por un momento todo fueron graznidos y confusión revoloteando alrededor del grupo, hasta que una intensa luz dorada surgió de entre los árboles como una centella y se movió entre los murkrow derribándolos a su paso. Umbreon acabó con la bandada gracias a su Ataque Rápido, y dejó su recorrido zigzagueante impreso en las retinas de los humanos, que quedaron cegados momentáneamente.
Cuando Ciro pudo abrir los ojos de nuevo, la bandada se alejaba hacia el interior del bosque, aún protestando por el ataque del pokémon. Umbreon, firme ante el, esperaba paciente mientras sus anillos iban apagándose suavemente. El combate nocturno siempre excitaba a Umbreon.
—¿Dónde esta Brian? —gruñó el comisario mientras se levantaba del suelo sacudiéndose los pantalones.
El agente del revólver había desaparecido. Entonces Ampy bajó de un tronco cercano y correteó hasta Maite. Llevaba un bounsweet en la boca a medio masticar y sonreía, satisfecho con su presa.
—Oh, Ampy, ¿dónde estabas cuando te necesitaba?
—Guarda a tu maldito pokémon Maite. Estoy harto de este maldito bosque. ¡Brian! —gritó Bernard con voz potente —¡Brian! —Las palabras se perdieron en la oscuridad sin obtener respuesta.
—No os preocupéis, seguro que Brian esta bien. Habrá huido de la bandada de murkrow y se habrá extraviado.
Umbreon entonces movió las orejas y se tensó, estirando el cuerpo y agazapándose.
—¿Has oído algo chico?
—¿Brian? —dijo Maite ansiosa —Vamos a ver por allí —dijo empezando a correr.
—Espera maldita sea. No te lances a lo loco tu también, o te pasará lo mismo que a Brian. Mi linterna esta rota. Esos malditos pokémon pájaro. ¿Ciro, su pokémon puede alumbrarnos el camino?
—Por supuesto. Umbreon guíanos por favor.
Un horrible alarido cortó las palabras del entrenador. Había sonado cerca.
—Brian… —murmuró Maite sobrecogida.
—Venga vamos —gruñó el inspector.
El grupo se lanzó a la carrera en pos de Umbreon, quien saltaba ágilmente sobre rocas y troncos caídos.
Jadeantes, tras tres extenuantes minutos corriendo una carrera de obstáculos, llegaron a un pequeño claro. Los árboles estaban plagados de musgo y corteza muerta. La oscuridad y el silencio no presagiaban nada bueno. En el centro se encontraba Brian. Convulsionándose violentamente sin control.
Maite chilló asustada mientras corría hacia él y el herdier del comisario gruñó enseñando los dientes. Ciro tuvo la intensa sensación de ser observado. Algo los miraba con una sonrisa en la cara.
—Esta aquí —afirmó el comisario con tono lúgubre —Tengo los pelos de punta. Es como… si nos estuvieran…
No llegó a terminar la frase. Unos ojos enormes se materializaron en el borde del claro con una expresión burlona. Después apareció una lengua inmensa, mas parecida a una manta que se relamió sobre una boca invisible. Finalmente un pokémon morado surgió de entre las sombras, flotando sobre el suelo y con una expresión maliciosa en el rostro.
—¡Ahí estas cabrón! —aulló el comisario —¡Adelante herdier! ataque Placaje.
El pokémon del inspector se lanzó en seguida hacia el pokémon que flotaba frente a ellos, pero lo atravesó limpiamente como si de una nube se tratara. El haunter rio divertido mientras el comisario gruñía.
—Es un pokémon de tipo fantasma inspector, ¡los ataques de tipo normal no le afectan!
—Maldita sea -gruñó el hombre. En ese caso, herdier usa el ataque Mordisco.
El pokémon del comisario aulló, preparado de nuevo para el ataque, pero en cuanto saltó hacia el haunter este se movió muy deprisa, mucho más de lo que herdier esperaba, y le golpeó en el vientre en pleno salto. El pokémon del inspector cayó gimoteando al suelo y quedó allí tendido, aullando de dolor sin poder moverse.
—Qué diablos ha sido eso —gritó el policía perplejo —Herdier, en pie vamos, ¡a por él!
Herdier no se movió.
—Esta debilitado inspector. Devuélvalo a su poke ball.
El haunter había utilizado el ataque Golpe Bajo de manera bastante efectiva. Parecía tener experiencia en combate.
—¡Umbreon! —urgió Ciro —te toca.
Haunter volvió a relamerse mientras soltaba una risotada. Después sus ojos comenzaron a brillar y a girar, tratando de dormir al pokémon de Ciro mediante el ataque Hipnosis, pero Umbreon sabía lo que tenía que hacer. Simplemente cerró los ojos. Ciro también desvió la mirada.
—Umbreon ataque Finta —gritó Ciro mirando hacia los árboles.
Umbreon saltó de frente hacia haunter, para después girar a la izquierda, como si fuera a lanzarse contra él desde esa dirección. Pero el salto que realizó en el último momento fue deliberadamente mas corto y cayó a los pies del pokémon fantasma para golpearlo desde abajo mientras éste esperaba un ataque por arriba. Umbreon golpeó con el cuerpo al fantasma, que soltó un alarido de sorpresa y dolor. Su sonrisa se esfumó del rostro. Una luz púrpura y negra surgió del cuerpo de haunter, una aureola maligna. El ataque Rencor. Ciro sonrió.
—Sin problema —le gritó al pokémon fantasma —Umbreon, adelante Pulso Umbrío.
En respuesta, el pokémon de Ciro se agazapó, como si fuera a saltar de nuevo pero en vez de ello, una onda de energía oscura surgió de su cuerpo y salió disparada contra el pokémon fantasma, impactándolo de lleno. Haunter gritó de dolor mientras la onda lo atravesaba. Sus manos, que flotaban junto a él sin que ningún brazo las uniera a su cuerpo, comenzaron a girar sin control. Su cuerpo cayó hasta flotar junto al suelo, demasiado débil en apariencia como para levantarse mientras soltaba quejidos lastimeros.
Entonces Ciro cogió una poke ball vacía de su cinturón y la lanzó hacia el pokémon fantasma debilitado con la intención de capturarlo. Sin embargo en cuanto la poke ball tocó el cuerpo de huanter, hubo un breve destello blanco que la repelió. La poke ball salió disparada como un proyectil y se hizo pedazos contra un árbol. El estupor invadió a Ciro, que entrecerró los ojos.
—Esto se acaba de complicar… —murmuró mirando de reojo al inspector.
—¿Qué ocurre? —gruñó Bernard — ¿No se ha capturado? ¿No esta lo suficientemente debilitado? ¡Lance otra poke ball!, yo no…
—Sería inútil —le cortó Ciro —Este pokémon ya tiene entrenador.
—¿Cómo? —preguntó el hombre sin entender.
—Ese destello que acaba de ver. Se debe a que haunter ya tiene un entrenador. No se puede capturar con una poke ball porque ya está vinculado a una.
El comisario miró a su alrededor. En el claro no había nadie más. Sus dos agentes, Ciro y su pokémon, haunter y él mismo. Ni un alma más.
—¿Y dónde esta su entrenador?
—Buena pregunta. Umbreon, ¿ves a alguien más por aquí? ¿Puedes ver al entrenador de este haunter?
El pokémon negó con la cabeza mientras sus ojos brillaban. Si el no podía ver a nadie, es que no había nadie más en las cercanías.
—Será posible —murmuró Ciro pensativo llevándose una mano a la barbilla —«¿Este pokémon ha estado actuando por su cuenta? ¿O acaso ha recibido órdenes de atacar a esas personas?»
—Mierda —murmuró el inspector al comprender las implicaciones de los hechos. El caso se complicaba cada vez más —Pero si es de un entrenador, ese pokémon nos podrá decir quién es ¿no? Debemos llevárnoslo a comisaría. En cualquier caso este pokémon es el causante de los ataques y no podemos dejarlo aquí, es peligroso. Habrá que interrogarlo.
Bernard sacó unas esposas de su bolsillo y se dirigió hacia el haunter caído en el suelo.
—No lo toque —le advirtió Ciro —Haunter es un pokémon de tipo veneno, además de fantasma. Lo mínimo que le puede ocurrir es que se le duerma el brazo entero. Además las esposas son inútiles, es un pokémon gaseoso. Puede atravesar incluso las paredes.
Bernard se detuvo en seco, estupefacto. Miró al entrenador sorprendido y luego al pokémon, que seguía quejándose en voz baja. No sabía que hacer, y odiaba sentirse así. Nunca había visto un pokémon de aquella clase, así que estaba en las manos de aquel tipo, Ciro.
—Maldita sea —gruñó con enfado —¿Y qué podemos hacer entonces? ¿Ni siquiera puedo darle una patada a este cabrón? —murmuró desesperado.
—Umbreon usa el ataque Mal de Ojo —gritó entonces Ciro.
Los anillos del pelaje de su pokémon brillaron intensamente por un instante y Bernard sintió cómo una energía invisible atravesaba el espacio hasta el pokémon fantasma.
—Ya esta. Ahora haunter no podrá escapar. Esta atado a Umbreon. Pero debilitado no puede ir a ningún sitio. No podemos llevarlo en una poke ball que no sea la suya y no podemos arrastrarlo, así que tendremos que sanarlo, parcialmente.
—¿Pretendes curarlo de nuevo?
—Tranquilo inspector. Esta atado a Umbreon. No puede escapar. Y Umbreon se encargará de que no vuelva a atacarnos. Entre herdier y él serán capaces de controlarlo —Añadió.
Ciro rebuscó en su mochila hasta sacar un par de revivir. Entonces le dio uno a Bernard.
—Déselo a su pokémon debilitado. Le permitirá volver a pelear.
—Gracias —respondió el hombre quedamente.
Se acercó entonces hasta el haunter y le dio el objeto bajo la vigilante mirada de Umbreon. El revivir brilló levemente un segundo y después desapareció, fragmentándose en pequeñas esquirlas de luz que flotaron fugazmente hacia haunter hasta desaparecer.
—Haun… haun…ter.
El fantasma se elevó hasta quedar a la altura de los ojos de Ciro y sonrió… maliciosamente.
—Esta bien, Umbreon, nos lo llevamos con nosotros de vuelta al pueblo.
Haunter en cambio rio con fuerza y voló hacia el bosque a toda velocidad. Umbreon aulló pero el fantasma lo ignoró.
El inspector, arrodillado junto a herdier, gritó frustrado mientras el fantasma desaparecía de su vista. Impotente, dejó caer las manos al suelo durante un segundo y dirigió su mirada hacia Ciro que miraba sin comprender lo que ocurría. Reaccionó justo a tiempo.
—¡Umbreon síguelo, rápido, que no escape!
Haunter huyó del claro sin dudarlo un instante, perseguido de cerca por Umbreon. Bernard cerró los puños con fuerza. Se había ido. No podía hacer más. Así que devolvió a herdier a su poke ball y corrió hacia sus agentes.
Ciro seguía paralizado sin comprender lo que había ocurrido. Había cometido un grave error ¿Qué había pasado? El movimiento Mal de Ojo de Umbreon debería haber atado a Haunter. No lograba comprender la razón por la que no había funcionado. Estaba irritado y avergonzado. Había fallado.
—¡Tenemos que sacarlo de aquí!, vamos ayúdame Maite.
Bernard y Maite se esforzaban por sostener el peso muerto de Brian, que seguía inconsciente.
—¿Qué ha pasado inspector? ¿Dónde esta ese pokémon?
—Se ha largado Maite, olvídate de él. Ahora tenemos que encargarnos de Brian. Maldita sea, como pesa. Ciro por favor, ayúdenos. Ciro. ¡Ciro!
Los gritos del inspector sacaron a Ciro de su estupor.
—Espere Bernard, en eso si que puedo ayudar. Llame a una ambulancia. Que vaya al centro pokémon de inmediato.
—¿Al centro pokémon? Es mejor que vaya a la salida del pueblo y en cuanto lleguemos allí…
—No se preocupe. Estaremos en el centro pokémon en un instante —dijo mientras tomaba una de las poke ball de su cinto. Alzó el brazo y un nuevo pokémon se materializó junto a ellos.
-¡Alakazam! —murmuró Maite asombrada —Tiene unos pokémon asombrosos señor Ciro.
—Alakazam llévanos al centro pokémon de pueblo Tilo por favor.
El pokémon levitó hasta el grupo y alzó unas pequeñas cucharas de plata que llevaba en las manos.
—Debemos sujetarnos a él —indicó Ciro posando la mano en el hombro del pokémon.
Maite en seguida sujetó el brazo amarillo de Alakazam mientras sostenía a Brian con el otro.
—Pero esto como…
Bernard no pudo terminar la frase. En cuanto tocó levemente la mano de tres dedos del pokémon de Ciro, el grupo desapareció del claro sin dejar rastro y apareció de repente frente a la puerta del centro pokémon, materializándose en medio de un gran destello.
—… funciona —terminó Bernard parpadeando —Vaya pero ¿cómo?
—Zaaammm —Susurró el pokémon satisfecho.
—Bien hecho alakazam. Gracias.
Bernard se recompuso rápidamente. Sacó su móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó el teléfono del médico del pueblo mientras Maite y Ciro ayudaban a Brian a entrar.
Ciro, sentado junto al ventanal, observaba como el cielo iba clareando lentamente. El sueño comenzaba a reclamarle las horas que le había robado, aunque la adrenalina y la vergüenza todavía lo mantenían espabilado. Bernard apareció a su lado con un vaso de café humeante en las manos y se sentó con él.
-¿Qué es eso señor Ciro? No ha dejado de leer ese cacharro en la última media hora. Ciro suspiró. Estaba claro que le debía una explicación.
—Un prototipo de pokédex inspector.
-¿Esa es la famosa enciclopedia pokémon? Si parece un teléfono móvil.
—Así es. Básicamente es un pequeño ordenador.
El inspector dio un sorbo a su café.
—¿Qué ocurrió en el bosque? Su plan falló —La pregunta era directa, pero Ciro era consciente de su error garrafal. A pesar de ello, el tono del hombre era amable.
—Cometí un error inspector —confesó Ciro compungido —Pensé que el movimiento de mi pokémon ataría al fantasma, pero esos movimientos no funcionan con pokémon de tipo fantasma.
—Vaya, así que hasta los entrenadores de categoría especial pueden equivocarse —dijo el inspector con sorna mirándolo fijamente.
—Se lo aseguro, aunque no hay tantos que lo reconozcan en público.
Bernard soltó una carcajada inesperada, no podía menos que apreciar la actitud del joven.
—No se preocupe, ¡aun es joven! Que haríamos los viejos si no tuviéramos nada que enseñarle a los mozos. Arreglaremos este desaguisado.
Ciro trató de sonreír, sin mucho éxito.
—En fin, yo solo… quería darle las gracias Ciro. Sin su pokémon; sin sus pokémon de hecho, la noche abría acabado bastante peor.
Extrañado ante el halago, alzó la cabeza.
—No se preocupe inspector. Es mi trabajo.
—Lo juzgué mal Ciro. Pensé que sería otro entrenador presuntuoso y arrogante.
Ciro no respondió. Hizo un gesto con la mano para quitarle hierro al asunto.
—En fin, me marcho. Tengo que organizar una batida por el bosque. Voy a llamar a algunos Ranger también. Debemos encontrar a ese pokémon. Nos vendría bien su ayuda.
—Espere inspector. Umbreon debe estar a punto de llegar. El nos dirá dónde se ha escondido haunter. Buscar por ese bosque nos llevaría demasiado tiempo.
—¿Su pokémon negro?
—Así es.
—Confía mucho en sus pokémon ¿verdad?
—Con toda mi alma Bernard. Sobre todo en mi equipo pokémon. A ellos les confiaría mi vida sin dudarlo.
—Curiosas criaturas, los pokémon —murmuró el inspector mientras le daba vueltas a su vaso en las manos —Lo cierto es que yo nunca les he prestado demasiada atención. Siempre me he puesto excusas, el trabajo, la familia. Todo lo he antepuesto a herdier, pero a pesar de ello nunca me ha fallado —Sacó su poke ball del bolsillo y la sostuvo frente a sí, dándole vueltas —¿Sabe? De pequeño quería ser el mejor entrenador pokémon del mundo, como todos los niños me imagino, pero después entré en la academia de policía y me olvidé de mi sueño. Este pokémon me lo regaló mi hijo cuando me ascendieron a inspector, hace ya doce años, y… tiene razón. Siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado. No se por qué le estoy contando todo esto la verdad. Nunca lo había hablado con nadie.
Bernard continuó mirando el vaso pensativo al tiempo que le daba vueltas.
—A mi los pokémon nunca me han fallado —respondió Ciro simplemente —algo que no puedo decir de las personas. Los vínculos que se forman entre humanos y pokémon son únicos y muy poderosos. Siempre he creído que humanos y pokémon estamos hechos los unos para los otros.
Bernard asintió pensativo y dio otro sorbo a su vaso de café. Fuera las últimas estrellas comenzaban a apagarse y el cielo adquiría un tono rosado en la lejanía.
La puerta deslizante del centro pokémon se abrió veinte minutos después y un gruñido familiar saludó a Ciro. Umbreon se acercó hasta su entrenador y le lamió la mano apoyada sobre su pierna.
—¡Hola chico! Bienvenido ¿Lo tienes?
El pokémon asintió satisfecho mientras buscaba las caricias de Ciro, restregando su cabeza contra la pierna de su entrenador. Bernard hablaba en ese momento con dos agentes de la policía regional y con la líder de los pokémon ranger, una joven de pelo largo y violeta vestida con pantalón corto y chaqueta de color rojo.
—Inspector, lo tenemos —dijo agachándose junto a su pokémon y acariciándolo en el cuello y la cabeza.
—Te has ganado un descanso campeón —le susurró entonces —pero necesito que nos lleves hasta el lugar en el que se ha escondido ese haunter.
Umbreon asintió y se dio la vuelta en dirección a la salida mientras Ciro se ponía su chaqueta, colgada en el respaldo de la silla. Le hizo señas a Bernard, quien asintió sin dejar de hablar, y se dirigió a la salida. El inspector también salió instantes después mientras hablaba por teléfono con la comisaría. Detrás de él salió la Ranger.
—¿Tu eres Ciro? —preguntó esta última a bocajarro.
—Así es.
—Y eres entrenador ¿eh? Ya veo —dijo con suspicacia.
—¡Pidgooot! —Un pokémon volador graznó desde el tejado del centro pokémon, sin apartar la mirada de Ciro y su pokémon.
Esta vez Umbreon enfiló la calle que llevaba al centro del pueblo, una calle adoquinada y bien cuidada; con bancos de piedra a ambos lados a intervalos equidistantes, generalmente a la sombra de grandes árboles que suponía un alivio en los días calurosos, pero aquel no iba a ser uno de esos días. Densas nubes comenzaban a formarse sobre el pueblo, confiriéndole al cielo un aspecto triste. La calle era lo suficientemente ancha como para que vehículos y pokémon pudieran transitar sin estorbar a los peatones, pero en aquella mañana cenicienta, estaban vacías y el aspecto era desolador. Iba a ser un día oscuro en Pueblo Tilo uno de esos días que tanto le gustaban a su antigua compañera, Shiori.
Un pequeño comité seguía a Umbreon. Además de su entrenador y el inspector Bernard, un grupo de cuatro agentes acompañaba esta vez a su superior, con armas y pokémon, preparados para cualquier problema que encontraran, y también los acompañaba Violeta. Además sobrevolándolos a todos, gorjeaba su pokémon, un pidgeotto. El grupo cruzó la plaza del pueblo, dejando a un lado comercios que abrían sus puertas y el delicioso olor del té y el café recién hecho, para tomar una avenida sombría de melancólicos árboles desnudos, que ascendía por la ladera del monte hasta morir en la verja de una gran mansión recostada entre los pinares. Una gran puerta doble de hierro forjado separaba el pavimento adoquinado del pueblo de una pequeña senda de asfalto en el interior, que conducía a la puerta principal. Umbreon dejó atrás la entrada principal y bordeó la verja hacia el oeste.
Ciro notó como el inspector se tensaba al llegar frente a la puerta y contenía el aliento mientras sus hombres murmuraban sorprendidos. No llegó a captar ninguna palabra. Violeta sin embargo, más que amilanarse, silbó entusiasmada. Como si aquello comenzara a ponerse interesante. Anduvieron junto a la verja un par de minutos, hasta que la casa principal quedó a la vista. Era magnífica. Paredes blancas, balcones dorados y acabados azules, tejas incluidas. Ventanas dobles y arcos ojivales. Sin lugar a dudas, era la casa más grande del pueblo. ¿Sería de algún famoso? Desde luego debía de pertenecer a una autoridad dentro del pueblo, lo que explicaría el hecho de que Bernard se sintiera incómodo. Involucrar a una persona así de importante en un caso como aquel… no sería plato de gusto para Bernard. De repente Umbreon saltó hacia el tronco de un árbol torcido. Trepó con agilidad por una de las ramas que se adentraba en la propiedad y cayó al otro lado de la valla sin emitir ningún ruido. Rebuscó entre la hierba con el hocico mientras el grupo se aproximaba.
—¡Ciro llame a su pokémon! Ha entrado en una propiedad privada.
—Eso parece inspector. No se preocupe, saldrá, igual que ha entrado.
Dicho y hecho. Umbreon tomó una poke ball del suelo con la boca y se aupó contra la vaya con las patas traseras para darle el objeto a su entrenador. Ciro tomó la poke ball de su boca y la estudió. Era una poke ball del modelo Ultra ball, amarilla y negra, un modelo de poke ball de buena calidad, que no vendían en Pueblo Tilo, y estaba bastante sucia, como si llevara a la intemperie varios días. En su interior descansaba un haunter que parecía agotado.
—Esto es una ultra ball inspector, la poke ball habitual de los entrenadores pokémon. No la venden en pueblo Tilo ¿Quién vive aquí? —preguntó Ciro.
Se hizo un silencio incómodo entre los agentes de policía.
—Vaya vaya —respondió Violeta jovial —Aquí vive, ni más ni menos, que el mismísimo señor Stendhal, el rey de pueblo Tilo —respondió con particular sarcasmo en la palabra rey. El inspector continuó en silencio mientras los agentes cuchicheaban —Deberíamos ver si su majestad esta en palacio—continuó Violeta con su tono ácido y burlón.
—Antes de eso —empezó por fin el inspector —¿estamos seguros de que ese haunter es nuestro pokémon?
—¡Por favor inspector! —protestó Violeta —no vaya a rajarse ahora.
El rechoncho hombre de la gabardina se volvió furioso hacia la Ranger.
—Escucha jovencita. ¡No me digas cómo hacer mi trabajo!
—Eso lo podemos comprobar rápidamente inspector.
Ciro sacó a haunter de la poke ball y el agotado fantasma flotó ante el grupo, confuso.
—¡Es él! —afirmó Maite sin reservas —¡Maldito seas!
—Haunteeeer —gruñó el pokémon.
Ciro volvió a guardar a haunter en su poke ball antes de que pudiera hacer nada más. El fantasma también los había reconocido, su expresión lo había confirmado.
Bernard la miró con el rostro contraído, pero no dijo nada. Inspiró profundamente, preparándose para lo que se le venía encima.
—Esta bien. Tenemos pruebas más que suficientes como para interrogar al señor Stendhal —les dijo a sus hombres.
Ciro le tendió la ultra ball al inspector quien se la guardó en el bolsillo.
Umbreon, que para entonces había vuelto a saltar la valla, gruñó cansado.
—Tu también quieres volver a la poke ball ¿verdad? Te has portado muy bien —le dijo en voz baja acariciándole la cabeza —Estoy orgulloso de ti.
Dicho lo cual Ciro devolvió a Umbreon a su poke ball. Y el grupo se encaminó a la entrada.
El inspector se colocó la gabardina, y se aclaró la garganta antes de llamar al portero automático de la mansión. Violeta soltó una risilla apagada al verlo, pero Bernard ni siquiera se dio cuenta. Parecía darle vueltas y más vueltas a lo que iba a decir a continuación. Nadie contestó, pero al cabo de un par de minutos apareció un mayordomo de ropa almidonada y aire de suficiencia caminando sin prisa hacia la entrada.
—Buenos días caballeros ¿que desean? —preguntó finalmente, después de haber inspeccionado unos grandes parterres de flores al borde del camino.
—Soy el inspector Bernard; policía regional de Trínide, y vengo a ver al señor Stendhal —dijo el inspector al tiempo que le mostraba su placa —Me acompañan la ranger Violeta, del cuerpo Ranger de Trínide y el entrenador especial Ciro de la Federación Internacional Pokémon, que se encuentra con nosotros en virtud de asesor —Todo esto lo dijo con una seguridad y confianza que no aparentaba unos minutos antes. Incluso Violeta se quedó mudamente impresionada. Sin embargo el mayordomo no lo pareció en absoluto.
—El señor Stendhal no puede atenderlos en este momento. Si me permite la sugerencia, llamen más tarde para concertar…
—Lo siento. No estaba expresando el deseo de ver al señor Stendhal. Lo que quiero decir es que vaya inmediatamente a despertarlo, porque el señor Stendhal esta implicado en un caso de homicidio múltiple, y tiene dos opciones. Hablar conmigo aquí y ahora, o hablar conmigo en comisaría en diez minutos y esposado —dijo mientras se abría paso y comenzaba a caminar hacia la casa.
El mayordomo bufó y murmuró algo al cuello de su blanca camisa pero se dio la vuelta y se dirigió a la casa con grandes zancadas.
—Vaya, vaya Bernard. Al final va a resultar que sí que tiene carácter.
—Te he oído Violeta —dijo desde la distancia.
Hicieron pasar al grupo hasta un salón decorado en madera de olivo y roble. Una gran mesa de comedor con sillas tapizadas en rojo y tres grandes sofás colocados frente a una chimenea de piedra totalmente limpia. La sala en sí misma era lo suficientemente grande como para celebrar una pequeña fiesta. Al menos el cuerpo de policía de Pueblo Tilo habría entrado en ella al completo, y cómodamente por añadidura. Pero tenía ese aire de vacía soledad que tienen las habitaciones en las que no vive nadie. Faltaba ese… olor a vida cotidiana que impregna los muebles y las paredes habitualmente. No tenía alma, como si fuera el decorado de un anuncio de muebles. Aún así, Ciro no dejó de admirar las alfombras que cubrían el suelo de parqué, su trama y sus vivos colores.
El señor Stendhal aun tardó quince minutos más en reunirse con ellos, en bata y zapatillas, medio despeinado y con cara de pocos amigos. Tras él venía el mayordomo que les había dado paso a la finca. Preparado para cumplir la más mínima orden, como el fiel escudero de un caballero.
—Inspector Bernard —el nombre, en boca del magnate, sonó como el gruñido amenazador de un pokémon dragón —Espero que tenga una buena razón para venir a mi casa tan temprano blandiendo semejantes amenazas sin sentido. Precisamente el sábado que viene voy a cenar con el alcalde.
—Señor Stendhal, lamento importunarle tan temprano. Esta noche se ha cometido un triple homicidio en el camping Semilla de Bulbasaur, a un par de kilómetros de aquí.
—Ese lamentable incidente no me atañe en nada inspector. Espero que no este tratando de insinuar que tengo algo que ver con ello.
—Dígame señor Stendhal, ¿reconoce esta poke ball?
El inspector sacó de su bolsillo la sucia ultra ball y se la tendió despacio, pero el señor Stendhal no se molestó en tocarla. Con las manos en los bolsillos de la bata, la miró, suspicaz.
—Es una ultra ball inspector. Yo tengo varias claro. Es una poke ball algo cara. No asequible para todos los bolsillos. Pero si fuera mía no estaría así de sucia.
—Esta poke ball contiene un haunter señor Stendhal. ¿Posee usted algún pokémon de este tipo?
—Puede ser. Tengo muchos pokémon, y pokémon muy raros que no se encuentran en esta isla mas que en mi propiedad.
—La hemos encontrado en su jardín.
—No es de extrañar que haya encontrado una poke ball vieja tirada en mi jardín ¿Sabe cuantas hectáreas tiene mi jardín? Puede que mi hijo estuviera jugando con uno de mis pokémon y se lo olvidara.
—Los pokémon no son juguetes que puedan olvidarse —farfulló Violeta intentando controlarse —Son seres vivos.
—Los pokémon de esta propiedad son míos y pertenecen a mi familia. Están para servirnos.
La ranger apretó con fuerza los dientes, su rostro se puso rojo como una baya tamate y estuvo a punto de replicar, pero Ciro le dio un pisotón, con lo que la mirada furibunda de la Ranger se volvió contra el entrenador.
—Estábamos persiguiendo a este haunter, como sospechoso del triple homicidio, y ha venido a refugiarse a su mansión. A esta poke ball, que estaba tirada en su jardín concretamente.
—Alguien la habrá dejado ahí.
—Eso es… rebuscado… señor Stendhal —respondió el inspector.
—Antes de seguir señor Stendhal —interrumpió Ciro —debería saber que podemos preguntarle a haunter quién es su entrenador. Ni siquiera hace falta preguntarle. Si este pokémon es suyo, lo reconocerá sin tapujos.
—En esta casa solo hay un haunter y es propiedad de mi hijo. Un valioso regalo que le hice hace un mes por su decimotercer cumpleaños. Sebastián por favor, traiga a mi hijo, que a estas horas debería estar desayunando. Aclaremos este asunto de una vez.
—Enseguida señor.
El hombre salió presto a cumplir las instrucciones y todos esperaron en silencio.
El mayordomo apareció al cabo de unos minutos con un mozalbete de pelo rubio pajizo, pantalones cortos, que dejaban al descubierto unas rodillas con cicatrices, calcetines altos y zapatos. Una pequeña camisa blanca y una chaqueta azul marino. Sus labios seguían manchados de chocolate, a pesar de los esfuerzos del mayordomo por limpiarlos.
—¿Has llamado padre? —preguntó el niño en tono obediente.
—Hijo. ¿Dónde esta el pokémon que te regalé por tu cumpleaños?
—¿El pokémon morado? Lo tiré.
Siguió un silencio perplejo del padre.
—¿Cómo que lo tiraste?
—Si padre. No me hacía caso. Así que hice como tú siempre dices: darles su merecido a los que desobedecen —recitó el niño con una entonación más grave.
—Pero hijo, ese pokémon me costó muy caro —casi gritó haciendo visibles esfuerzos por controlarse delante de los agentes —¡Era un pokémon entrenado para combatir!
El niño se encogió de hombros.
—No me hacía caso, así que lo lancé por la ventana —respondió encogiéndose de hombros.
—¡No debes tirar los regalos hijo!
—¡Oiga! Los pokémon no son cosas. No los trate como tal.
-Violeta por favor...
—Jovencita no me diga como debo educar a mi hijo.
—Ranger para ti amigo.
—¡SUFICIENTE!
El grito del inspector Bernard calló a todos los presentes. El señor Stendhal, que no debía de estar acostumbrado a que le mandaran callar, cerró los ojos hasta convertirlos en meras rendijas, frunció el ceño y su rostro adquirió una mueca muy rara, con los mofletes hinchados como globos de helio. Uno de sus párpados comenzó a temblar de ira.
—Señor Stendhal. Nos va a acompañar a comisaría. Es el responsable civil de este haunter, que ha cometido tres homicidios y un intento de homicidio. Así pues queda detenido. Tiene derecho a ser representado por un abogado…
Ciro se encontraba en el jardín de la mansión, apartado del grupo de criados que se habían reunido para ver como detenían al señor Stendhal. Su mujer lloraba mientras el hombre era conducido hasta el exterior donde esperaba un vehículo policial. Una suave brisa había comenzado a soplar y mecía las copas de los árboles al tiempo que las nubes comenzaban a cubrir el cielo. Su estado de ánimo era del mismo color que las nubes que prometían lluvia. Otro pokémon víctima de un entrenador irresponsable. Tres personas muertas antes de cumplir la treintena. Las vidas de sus familias destrozadas. Todo por el capricho de un crío y la terquedad e ignorancia de un padre. Había días en los que su trabajo le provocaba un nudo en el estómago, y ese era uno de ellos. Además el cansancio comenzaba a pasarle factura. Apenas había dormido y estaba deseando llegar al centro pokémon para acostarse de nuevo. Escuchó pasos en el camino de grava del jardín que se aproximaban a él. El inspector Bernard se sentó junto a él y suspiró.
—Ya hemos acabado aquí. Caso cerrado.
—Así es comisario. Le felicito.
—Han muerto tres personas inocentes. No hay nada que celebrar.
Ciro bajó la mirada al suelo. Estaba de acuerdo. Su trabajo no dejaba lugar para muchas alegrías. Así que asintió sin más.
—Lo que no entiendo, es el motivo que tenía ese pokémon para atacar a esas personas. Usted que es entrenador quizá pueda iluminarme al respecto.
—Tenía hambre inspector. Simplemente eso. Haunter estuvo un mes encerrado en su poke ball, sin comer, sin salir. Los pokémon fantasma también necesitan alimentarse; a base de comida pokémon o del espíritu vital de los seres vivos. Cuando ya no pudo aguantarlo más, salió de su poke ball para alimentarse. Antaño los pokémon de tipo fantasma eran muy peligrosos. Temidos y odiados a partes iguales por personas y pokémon —Ciro se detuvo y miró al cielo —por fortuna hemos aprendido a convivir —dijo sin convicción. A veces no lo tenía nada claro.
—¿Y por qué no atacó a nadie de la mansión? Aquí había personas y pokémon… disponibles, ya me entiende.
—Bueno, solo puedo hacer suposiciones al respecto inspector, pero probablemente porque en el bosque había más pokémon salvajes, más presas. Y también porque en la mansión vivía su entrenador. Aún no he conocido un caso en el que un pokémon ataque a su entrenador para comérselo. Los vínculos que unen a los pokémon y sus entrenadores son muy poderosos. Y siguen siendo un misterio en gran parte.
—Pero atacar a personas…
—Los pokémon pueden ser peligrosos inspector, muy peligrosos. Pero también pueden ser nuestros mejores amigos. Son unas criaturas muy especiales.
Permanecieron en silencio mientras el inspector rumiaba las palabras de Ciro. Sobre ellos, las nubes se espesaban. Pero entonces un pokémon pasó volando y las atravesó, logrando que un rayo de sol cruzara la capa de nubes por un instante. Un atisbo de luz que infundió en Ciro algo de esperanza. Él debía de ser como ese pequeño rayo de luz y confiar en que hombres y pokémon se entendieran.
—Tengo que preparar un informe sobre lo que ha ocurrido aquí inspector, y necesitaría una copia del suyo para adjuntarlo si fuera tan amable. Yo le enviaré una copia del mío para que pueda entregársela a sus superiores.
—Por supuesto —murmuró pensativo Bernard —Otro asunto, ¿qué debo hacer con el haunter? No tengo ni idea de lo que se hace con los pokémon que cometen crímenes.
—Debe guardarlo en el ordenador del centro pokémon, porque asumo que no tendrán un ordenador pokémon en la comisaría, dado que nunca han tenido la necesidad.
strucciones. Asumo que en Pueblo Tilo no est En una caja especial asociada a la Federación internacional, mediante un código secreto de acceso que le habrán enviado a su dirección de correo electrónico oficial. Probablemente, lo tenga ya en su buzón de entrada junto con las instrucciones. La Federación se hará cargo de haunter y usted habrá cumplido con su deber.
A los ojos del inspector, el entrenador parecía cansado. Pero no físicamente, lo que era entendible, sino hastiado. Hablaba con desgana; igual que su predecesor antes de jubilarse, un hombre que había visto demasiadas cosas. Pero aquel entrenador era demasiado joven para estar así de hastiado ¿verdad?
—Vaya pedazo de cretino —interrumpió Violeta con voz jovial caminando hacia ellos. —Buen trabajo inspector. Pensé que se rajaría por tratarse de un ricachón mimado pero se ha portado usted magníficamente —Dicho lo cual le dio una fuerte palmada en la espalda que le hizo gruñir ante las confianzas que se estaba tomando la Ranger. Entonces se giró hacia el entrenador y miró a Ciro muy seria.
—¿Fue tu pokémon el que encontró a haunter?
—Así es.
—¿Me lo enseñarías?
Ciro dejó salir a Umbreon sin más palabras. La Ranger estaba mostrando la típica superioridad con la que muchos Ranger trataban a los entrenadores, pero a Ciro no le apetecía discutir. Sabía que no trataría mal a Umbreon a pesar de su brusquedad. El pokémon pestañeó rápidamente y entrecerró los ojos mientras se tumbaba, soñoliento. Pero alzó una oreja cuando la Ranger se inclinó sobre él.
—Umbreon ¿seguiste a ese haunter, desde el bosque hasta la mansión? ¿Ere ese haunter el que atacó a los campistas?
El pokémon asintió. Y luego volvió a bostezar, cansado. Aun así, se levantó y se colocó frente a Ciro.
—Tranquilo chico, no te preocupes —le dijo su entrenador dulcemente mientras le acariciaba el lomo.
—Entonces no hay más que hablar, haunter es culpable, aunque me duela admitirlo.
—¿No te fiabas de nosotros Violeta?
—Diré mejor que confío más en este umbreon. Los pokémon no mienten inspector —Después le rascó entre las orejas, pero sin tocar el anillo de su frente, justo como a él le gustaba. Umbreon ronroneó de placer y se dejó hacer con una sonrisa satisfecha.
—Este umbreon esta muy bien entrenado Ciro. Se nota que vuestro vínculo es fuerte. Os une una gran amistad. Empezó siendo un eevee me imagino.
—Si —sonrió Ciro al recordar viejos tiempos —Los dos hemos pasado por mucho.
—Sigue así. Y juntos conseguiréis mucho más. Pareces un buen tipo Ciro. Las personas que tratan a sus pokémon como amigos suelen ser de fiar —Sonrió. Y la sonrisa sincera y abierta de Violeta le encendió el ánimo y le hizo sonreír por fin.
—Esta chica… —murmuró el inspector mientras la joven se alejaba en dirección al pueblo.
-Es la típica Ranger inspector. Los pokémon por encima de todo —todavía sonreía.
Ciro no pudo llegar al centro pokémon hasta casi las diez de la mañana. Y lo único que deseaba era acostarse y dormir, como estaría haciendo Umbreon en ese momento. Le extrañó ver a algunas personas en la puerta, y aún más que se le acercaran cuando lo vieron a aparecer. Entonces el agente Sandro, salió a su encuentro.
—¡Por fin llegas señor entrenador especial! He venido a defender el honor de Pueblo Tilo, y por eso ¡te reto a un combate pokémon!
—¡Vamos hermanito!
—¡Eres el mejor!
Con Sandro había venido un compañero suyo que aun llevaba la ropa de agente y dos pequeñas que no debían de tener más de ocho años, por sus voces dulces y agudas.
—¡Enséñale al señor Agallas!
—No se llama señor Agallas, ¡se llama Mach! —le riñó su hermana muy seria, poniendo los brazos en jarras. Debía de ser la mayor.
—¡Vamos Mach! —corrigió la pequeña rápidamente, aunque con una sonrisa pícara en el rostro.
Sandro se giró hacia ellas y alzó los pulgares con una ancha sonrisa. Ciro sonrió.
—Como te dije. Nunca rehúyo un combate. Pero he de preguntarte ¿Estás seguro de ello? ¿Tienes el nivel necesario?
—¡Tengo medallas de gimnasio si te refieres a eso! Preocúpate por la paliza que vas a recibir.
El grupo se movió a la parte trasera del centro pokémon, en la que habían construido un pequeño campo de tierra para combates.
Ciro no estaba muy convencido. Nada de lo que había visto en Trínide le hacía pensar que pudiera encontrarse con un entrenador fuerte pero no debía confiarse. Sintió la adrenalina correr de nuevo por sus venas, lo que le ayudó a despejarse mientras se colocaba en uno de los extremos. Sandro, animado por sus hermanas en todo momento, se colocó en el otro.
—Vamos, saca a tu pokémon negro. Vas a ver que en Pueblo Tilo sabemos defendernos.
—¿Quieres luchar contra Umbreon? Me parece bien. ¡Adelante compañero! Te necesito una vez más —Gritó Ciro estirando el brazo. La poke ball se abrió por la mitad y un rayo de luz roja zigzagueó hasta el suelo donde se materializó en forma de Umbreon, que lanzó un gruñido desafiante.
Sandro sonrió complacido al tiempo que sacaba a su propio pokémon.
—¡Vamos Mach! A por él.
Frente a Umbreon apareció un machop, muy musculoso. Que enseguida comenzó a presumir, sonriendo con confianza.
—Buena elección —reconoció Ciro complacido —Pero no te va bastar con la ventaja de tipo.
—¡Ya eres mío señor entrenador especial! Mach ataca: ¡Tajo Cruzado!
—Umbreon, Rayo Confuso.
El machop de Sandro se lanzó al ataque recorriendo el campo a toda velocidad, pero antes de que pudiera llegar hasta Umbreon, una onda de energía impactó contra él. Machop se detuvo en seco a mitad de camino y abrió mucho los ojos, sin saber que hacer. Se miró una mano. Se miró la otra, y luego miró a su entrenador.
—Mach ¡ataca! A por Umbreon. ¡Esta frente a ti!
El machop lo miraba y parpadeaba confuso. Parecía no entender nada. Y de repente empezó a flotar. Los centros de poder del pokémon de Ciro, sus anillos, emitían un ligero resplandor. Y el propio Umbreon había cerrado los ojos, concentrado. Un aura de energía cubría su cuerpo, sobre todo su cabeza.
—¿Que… que es eso? —gritó Sandro sin comprender lo que ocurría —¿Qué le estas haciendo a mi pokémon?
—Es el ataque Psíquico —explicó Ciro —Ahora Umbreon controla a machop.
—¡Mach, lucha! ¡No te dejes manipular!
El machop, que se había alzado hasta los dos metros de altura, fue lanzado de repente contra su entrenador, como si hubiera recibido el impacto de una bola de demolición invisible. Su cuerpo chocó contra el suelo y rodó hasta quedar tendido a los pies de Sandro entre una nube de polvo. Después Umbreon abrió los ojos y gruñó satisfecho.
Una de las hermanas de Sandro lanzó un gritó ahogado cuando vio al pokémon inmóvil a los pies de su hermano. La otra no dejó de gritar y de animarle.
—Tu pokémon no puede continuar. ¿Tienes algún otro?
—¡Claro que sí! Me las vas a pagar —gritó Sandro con la voz quebrada. Sintió un nudo en el estómago cuando vio a su mejor pokémon en el suelo, dolorido —Lo has hecho muy bien viejo amigo —le susurró mientras volvía a su poke ball.
—Esto no ha terminado. Wingull adelante.
Un pokémon volador salió al campo, gorjeando contento. Pero Ciro no le dio ningún respiro.
—Umbreon ataca: Pulso Umbrío.
El pokémon de Ciro hizo salir una onda de energía de su cuerpo que impactó de lleno en el blanco pokémon de Sandro. La fuerza demoledora del ataque hizo que wingull cayera desmadejado a los pies de su entrenador. Ni siquiera tuvo la oportunidad de atacar. No fue lo suficientemente rápido.
Ciro apartó la mirada. Era evidente que los pokémon de Sandro no estaban entrenados apenas. Entendía algunos conceptos, como la ventaja de tipos, pero el nivel de sus pokémon era muy bajo. Derrotarlo no le aportaría nada. No estaba a la altura.
—¡Maldita sea! —gruñó Sandro cada vez más enfadado —Ahora verás. Metapod, cuento contigo.
Un pokémon verde se materializó frente a Umbreon que se preparó, flexionando las rodillas listo para atacar, pero Ciro lo detuvo.
—¡Basta Umbreon! Ya es suficiente —Umbreon se giró para mirar a Ciro mientras éste volvía a guardarlo en su poke ball.
—¿Qué estas haciendo? ¡Acaba el combate! —gritó Sandro con los puños apretados. Sus hermanas no dejaban de animarlo, a pesar de que dos de sus pokémon habían sido derrotados.
—Sandro no merece la pena —respondió Ciro con tono tranquilo —tus pokémon aún deben mejorar más.
—No menosprecies a los pokémon que tienen el valor de plantar cara. Son pokémon valientes.
—No fuerces a tus pokémon. Les harás daño si los llevas más allá de sus posibilidades. Eso no esta bien y no es digno de un entrenador.
—¡No puedo aceptarlo! ¡El honor de Pueblo Tilo esta en mis manos! —bramó con voz quebrada —Acaba el combate.
Ciro pudo ver cuan importante era para él la buena reputación de su pueblo, y también veía el cariño que le profesaban sus hermanas, y por un momento se arrepintió de haber aceptado el combate. No quería acabar con ese mal sabor de boca.
—El pabellón de Pueblo Tilo ha quedado muy alto Sandro. Créeme cuando te aseguro que admiro tu determinación. Estoy convencido de que puedes llegar a ser un gran entrenador pokémon. El cariño que profesáis, tú y tu familia, a vuestros pokémon lo demuestra. Así que escucha mi propuesta, no vamos a terminar este combate. Lo vamos a posponer. Te invito a que logres inscribirte en algún campeonato nacional, no importa la región. Para ello necesitas conseguir ocho medallas. Consíguelas. Cuando las tengas ven a desafiarme. Y entonces terminaremos lo que hemos empezado. Umbreon y yo te estaremos esperando.
Sandro no dijo nada, porque sus ojos brillaban y sus puños temblaban por una mezcla de vergüenza e ira. En el fondo sabía que Ciro tenía razón, a pesar de no querer admitirlo. Encontrarse cara a cara con un campeón de liga le había enseñado que éstos se encontraban a un nivel totalmente distinto. Un único pokémon de Ciro había derrotado a machop y a wingull, sin esforzarse. Al volver a la comisaría había escuchado que el tal Ciro había cometido un error en Bosque Espeso aquella noche, y eso le hizo pensar que tendría alguna posibilidad contra él. Se había equivocado. Sus pokémon eran tremendamente fuertes. Pero en vez de humillarlo en un combate pokémon, le había dado una salida honorable al lío en el que su arrogancia lo había metido. Al final el inspector iba a tener razón al decir que Ciro era un buen tipo.
—¿Qué me dices? —le preguntó Ciro con las manos en las caderas.
—Esta bien. Acepto tu desafío. Lograré ocho medallas y te demostraré que en Pueblo Tilo si que hay entrenadores fuertes —dijo golpeando su palma y su puño.
Sus hermanas lo miraban sin entender bien lo que estaba ocurriendo, pero al ver la sonrisa en el rostro de Sandro, pudieron alegrarse con él, y gritaron satisfechas. La emoción embargó al agente de policía, al darse cuenta de que debía marcharse de viaje para lograr las medallas. Sensación que llevaba años sin sentir, desde la primera vez que ganó un combate pokémon. Debía ponerse en camino de nuevo y volver a viajar. Entrenar, para cumplir su sueño.
Ciro asintió satisfecho al ver el brillo en su mirada.
Notas del autor:
Si has llegado hasta aquí. MUCHAS GRACIAS. Espero que hayas disfrutado. Me encantaría recibir un review constructivo.
1 Los centros pokémon funcionan las veinticuatro horas del día. Razón por la que, además, la mayoría de ellos ofrecen habitaciones donde pasar la noche a entrenadores pokémon registrados en la Federación de Entrenadores.
2 Los pokémon entienden el lenguaje humano sin embargo la mayoría de ellos se expresan con un pequeño repertorio de sonidos que varían en cada especie de pokémon. De hecho los nombres que los humanos han dado a las diferentes especies de pokémon suelen estar relacionados con la palabra o palabras que éstos suelen reproducir para expresarse.
Esto no es impedimento para que los pokémon puedan entenderse entre ellos perfectamente, aunque cada uno parezca hablar en "su idioma".
3 Los Pokémon Ranger conforman una organización independiente de la Federación Pokémon. Sus objetivos son el cuidado y preservación de la naturaleza y de los pokémon.
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