You can take my heart if yours won't beat.
We're forever unstoppable.
Forever unstoppable – Hot Chelle Rae
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Mikaela estaba de mal humor. De muy, muy mal humor. Veía a sus compañeros y todos eran unos bebés. A diferencia de él mismo, ellos tenían 5 casi 6, él 6 casi 7 y odiaba estar en un grado inferior a los compañeros con los que debió haber estado. Todo por el maldito idioma, ¿qué importaba que su inglés fuera no tan bueno? No lo necesitaba para colorear, recortar y hacer manualidades para el día de la madre. ¿Sus profesores no lo entendían?
En fin, sus amigos ya estaban en otro nivel educativo y él seguía en Kinder, pero eso iba a cambiar muy pronto, lo sabía porque se escuchaba por todos lados la palabra "graduación". Estaba feliz de poder salir, imaginaba su nueva futura escuela como un gran castillo, quizá como Howards, porque estaba en Inglaterra.
—Muy bien, niños, ¿pueden poner sus colores de vuelta en el bote? —la maestra les hablaba como si tuvieran con dificultades para escuchar o entender—. Mika, ¿puedes ir por la escoba? Maggie la tiene.
Maggie era la maestra del salón de al lado. El niño asintió y salió, pensando en que quizá era de esta manera en la que le demostraban que sabían que era mayor, que podía hacer muchas más cosas que cuando tenía 5 casi 6. Y, ahora, era bilingüe. No sabía bien qué responsabilidad traía eso, tampoco podría definirlo con más palabras que "hablar dos idiomas", pero era suficiente entenderlos y estaba orgulloso de si mismo.
A la hora de la comida, cuando le contó aquel orgullo a su madre, ésta le dijo algo en lo que jamás había pensado. Estaba repitiendo año para acostumbrarse al idioma, para hacerlo bilingüe sin perder tiempo o conocimientos nuevos.
Decidió que ella podía tener razón, aunque seguía siendo innecesario saber inglés para colorear un camión de bomberos. No se lo dijo, pero, algún día, cuando tuviera 7 casi 8, se lo diría y ella iba a estar de acuerdo, porque sería mayor.
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—Entonces tu hermana de 6 años sabe escribir... y casi sin faltas —murmuró Mito mientras veía los mensajes de la menor. Shinya le había pedido ayuda para conseguir un regalo para la niña, así que estaban intentando descubrir algo en lo que decía, cualquier cosa que les diera una pista de algo que pudiera encantarle.
Shinya la conocía, le encantaba colorear, pero ya tenía mucho material para hacerlo. También había recibido libros para aprender a dibujar un montón de cosas, lápices distintos y... Algo de eso ya no le haría falta. Pensó en algún peluche, pero recordó que en su último cumpleaños había dicho que no quería más peluches o tomarían el mando de su cama, donde apenas y cabía ella por todos los juguetes que tenía sobre ella.
—Tiene casi 7, aunque escribe desde los 4 -5. Papá la enseñó a leer y la ha obligado a leer al menos un libro por semana—dijo Shinya.
—Entonces compra un libro.
—Tiene libros por doquier, a la orden del día —murmuró Shinya, con una mueca. Estaba cansado de pensar, no había nada que pudiera darle a Shinoa que ella no tuviera ya.
—¿No tienen vacaciones de primavera en una semana? Podrías traerla aquí, un viaje le podría hacer bien...
El albino volteó a ver a su amiga con los ojos abiertos como platos, sonrió y, sin pensarlo ni un segundo, se acercó a ella y la abrazó tan fuerte, que la pelirroja tuvo que aguantar la respiración. Se lo sacudió como pudo, haciendo que Shinya diera un par de pasos hacia atrás.
—Nada de afecto en público, ¿eh, mi amor?—dijo Shinya, cuando se pudo parar adecuadamente en el suelo. La verdad es que había exagerado al recibir el empujón por parte de Mito.
—C-calla ya—el furioso sonrojo en las mejillas femeninas hizo a Shinya reír y acercarse a dejar un beso en una de ellas. Le encantaba ver a la pelirroja avergonzada, molesta y tratando de ocultar una sonrisa.
En fin, ya tenía el regalo perfecto para su hermana. Alguien tendría que acompañarla y sabía que ninguno de sus hermanos querría, así que solo quedaba Mahiru. Por desgracia.
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Shinoa estaba segura de que, cuando fuera grande, escribiría. Escribiría sin parar hasta quedarse seca por dentro. Ahora aún era pequeña y cada segundo brotaban palabras nuevas, palabras que podría usar para contarlo todo de una manera fascinante. Shinoa quería que la gente escuchara todo lo que había en su interior.
Había cosas de las que no podía hablar con nadie, era aquello de lo que escribía actualmente. Nada le hacía más feliz que poder hacer aquello, cada cuaderno era su confidente, su mejor amigo. Sus lápices hacían un trabajo estupendo, cada que estaba aburrida en clase, se quedaba viendo la punta, el grafito le hacía preguntarse en qué iba a convertirse luego. ¿Qué palabras contenían los lápices? ¿Realmente cualquiera que ella quisiera escribir? A veces le costaba creer que fuera así.
Mika ya no está. Guren ya no está. Shinya ya no está.
Perdí a Jabón y ahora Mahiru ya no juega conmigo.
En la lista de las cosas malas del 2017 de Shinoa, esas eran las que más dolían. Se sentía sola, aburrida y ya no tenía a nadie con quién hablar. Quería a su hermano de vuelta, quería que las cosas volvieran a la normalidad.
A veces te veo en mis sueños
A veces te veo y me muero
A veces revivo y te miro
A veces siento que no te has ido
Había mejorado su letra. Shinoa había escrito aquello en la parte trasera de una foto del cuarto de Shinya, en donde el vacío calaba bastante. La había hecho salir de la computadora de Kureto, su hermano mayor no tuvo problema con ayudarla, en realidad solo quería que lo dejara solo.
Tomó un post-it rosa de su carpeta y tomó una pluma de gel con glitter, la abrió y dibujó onditas al rededor, como si fuera un marco. Tomó otra pluma y comenzó a escribir, era su ritual antes de irse a la cama. Ya el reloj marcaba las 10:30 y su padre o Kureto iban a ir a revisar si estaba durmiendo o no. No quería un castigo, así que comenzó a escribir con rapidez.
Jabón, Jabón, te extraño. Hoy compré una flor para ti, amarilla, como te gustan.
La luna hoy brilla, las estrellas se escondieron.
Seishirou me dijo que era por la iluminación artificial de la ciudad.
Shinya no me llamó y Mahiru me dijo que era mejor así.
No entiendo qué va a pasar su Mahiru y Shinya no se hablan y al final no se casan...
Ojalá Shinya se case con Guren, porque, enojados o no, siempre se ven felices juntos.
No se hablan, ya lo sé, pero... ellos van a volver a ser amigos.
Al final, agregó algo, mientras dejaba que la culpa se asomara en su pequeño pecho. Lo peor es que estaba tan segura de aquellas palabras, que no se arrepentía. Mahiru era todo lo malo que le pasaba últimamente. Por su culpa Shinya se había ido. Shinya, el único que la quería y le prestaba real atención.
Mahiru tiene que irse.
Si, un lápiz realmente escribiría cualquier cosa, incluso si era incorrecto.
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—¿Shinya? ¿Ya terminaste? Debes ir a dormir, acuérdate que temprano es la graduación de Mikaela y...
—Lo sé, Krul, pero... Mira esto—dijo, mientras le pasaba un par de audífonos. La mujer se los puso, estaba cansada, pero sabía que Shinya había estado las últimas tres semanas investigando más y más sobre su padre.
Krul no estaba segura de que esto fuera sano, pero aún así, había prometido ayudarle y lo haría. Se sentó, para que su amigo pusiera al fin la cinta a correr.
"Señor Ferid Bathory, ¿puede describir la escena que encontró al llegar a casa de su hermano?" Fue lo primero que se escuchó. Parecía una entrevista para radio, después de todo, no pasaron en las noticias nada del accidente. Bueno, por lo menos nada de video y mucho menos algo que pudiera hacer que el tal Ferid mostrara la cara.
"El humo llegaba alto", dijo el aludido. Krul abrió los ojos con sorpresa al reconocer la voz; su corazón dio un vuelco y fingió estar poniendo más atención ahora. Shinya no estaba viéndola realmente, pero aún así.
Intentó calmarse un poco, se dijo que debía escuchar más antes de sacar conclusiones. Se convenció de que Ferid Bathory no tenía nada que ver con ella.
"Antes de dar la vuelta en la calle de mi hermano, ya sabía lo que estaba sucediendo. De todas formas marqué a la casa, con esperanza de que este terrible asunto fuera en la casa junto a la de él. No le desearía a nadie un desastre como ese, pero solo pensaba en la integridad de mi familia" dijo Ferid.
No quería seguir escuchando, estaba molesta con su mente por jugarle bromas tan crueles.
Su pecho fue atacado por un pinchazo de angustia. Por Shinya, por Mika y por ella misma. Ya no estaba segura de querer ayudar a Shinya a encontrar a su padre. No cuando podían toparse con "Ferid Bathory" en el camino.
"¿Entró a ayudar o llamó de inmediato a los bomberos?", preguntó el entrevistador. La mujer se llevó una mano a los labios, para fingir que estaba concentrada. Shinya seguía sin verla, pero por si acaso.
"Ya habían llamado los vecinos a los bomberos, yo intenté encontrar un lugar para entrar, pero me fue imposible ver más allá del recibidor al abrir la puerta. Rompí algunas ventanas, con la esperanza de poder entrar, pero el humo me hacía imposible ver", respondió Bathory.
Krul no pudo continuar, se levantó y desconectó los audífonos del aparato y vio a su amigo fijamente hasta que él le prestó atención. Era obvio que no había terminado de escuchar, habían pasado apenas unos cuantos minutos, apenas un par y el audio completo duraba casi 20.
—¿Qué pasa?
—¿Recuerdas a Ferid Bathory? —preguntó ella, mientras se entretenía un poco enrollando los audífonos alrededor de dos de sus dedos—. Me refiero, en caso de que seas realmente parte de esa familia... ¿recuerdas haber conocido a tu tío?
—Tenía 5 años, Krul...
—Fue en octubre 15 del 2002, ibas a cumplir 6 en poco menos de dos meses —interrumpió ella.
—Pues no. No lo recuerdo...
—Entonces no eres tú. No es esa tu familia. Tu padre está muerto y Bathory vivo, lo decía en el periódico que me mostraste en japón —dijo ella. Hablaba muy rápido, estaba siendo asaltada por miles de dudas e inseguridades.
—Él está vivo. Voy a encontrar a mi tío y...
—No. No vas a hacer que un hombre reviva el dolor de perder a su familia —gruñó la chica, se dio la vuelta y caminó con pesados pasos hacia la puerta que daba al comedor—. Es inútil. Tu nuevo padre es Tenri Hiiragi y ellos...
—¡No voy a resignarme a algo como eso! —gritó Shinya. Sus ojos estaban húmedos—. Krul, ¿no te das cuenta? Si mi padre es el señor Bathory, yo voy a regresarle a una de las personas a las que perdió. Voy a poder...
—Tu padre está muerto. No sigas lastimándote con falsas ilusiones —escupió Krul—. No sigas haciéndote daño, por favor...
El albino se quedó callado mientras veía a la pelirrosa marcharse. Krul subió rápido hacia el segundo piso e irrumpió en la habitación de su hijo. Mikaela yacía dormido en su cama, abrazado a una jirafa de peluche. Se sentó a su lado y se inclinó para abrazarlo.
—Nadie va a hacerte daño, mi amor. Nadie.
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Guren Ichinose estaba completamente bañado en sudor. Sus ojos estaban cerrados y tiritaba por el frío que estaba sintiendo. Estaba mucho más que enfermo, sentía como si su vida estuviera yéndose a través del sudor. No había querido ir al doctor, aunque claramente necesitaba uno y se arrepentía ahora de su mala decisión.
Escuchó la puerta abrirse abajo. Parecía que todos los sonidos habían sido amplificados unas 10,000 veces más. Era Mahiru, lo sabía porque la había llamado. ¿O no? Ya no sabía.
Estaba prácticamente paralizado en su cama. Sus ojos viajaron de un lado al otro de su habitación mientras su consciencia se marchaba, dejando solo la sensación de estar despierto parcialmente. Parpadeó lentamente mientras la puerta se abría.
Shinya le sonrió desde la puerta. Llevaba una bolsa de plástico en la mano derecha, su celular en la izquierda. Lo vio acercarse y dejar el aparato a un lado, para luego sacar unas cuantas cajas de medicina y un termómetro nuevo.
—Ah, Guren~ —la voz de su mejor amigo sonaba como la recordaba. En su pecho burbujeó un cálido y agradable sentimiento—. Te ves terrible, amor.
El estómago le dio un vuelco y sonrió ampliamente. De estar bien y poder controlarse, lo haría. Había estado mucho tiempo pensando en cómo sería el reencuentro y nunca pensó que sería justo así.
—Ah, extrañaba tanto esa sonrisa —lo escuchó murmurar con ternura.
—No... no te vayas —pronunció torpemente Guren. Shinya se acercó y se sentó a su lado, tomó un paño y secó el sudor en la frente del pelinegro, para después posar su mano en ella para verificar su temperatura.
—No voy a irme, Guren —dijo él en respuesta—. Quién lo diría, puedes estar aún más caliente que de costumbre —comentó el albino.
—Id–idiota —tartamudeó. Había extrañado sus bromas extrañas y esa mirada en su rostro.
Sin una palabra más, el Hiiragi se inclinó a besar su frente, haciendo que Guren se quejara. No quería contagiarlo, además resultaba asqueroso estando completamente sudado. Shinya besó después una de sus mejillas y luego hizo que sus narices rozaran.
Guren había cerrado los ojos, pero, sintiendo su aliento contra sus labios, después de que no lo besara, los abrió. Y ahí estaban sus ojos, fijos sobre los suyos. Había algo que jamás había visto en ellos, una tristeza muy leve, un arrepentimiento y algo de ira. Frunció el ceño ante los ojos desconocidos, que fueron tomando un color marrón.
Ahora todo tenía sentido.
O no.
Shinya se había convertido en Mahiru. Mahiru se había llevado a Shinya para poder monopolizarlo. Los problemas empezaron cuando ella comenzó a ponerse celosa de su mejor amigo. Ahora Guren estaba furioso.
—Shinya —gruñó, haciendo que Mahiru le mirara confundida—. ¿Qué hiciste con Shinya?
—Amor, Shinya está en... —se interrumpió a si misma, se supone que no iba a decirle a Guren eso.
—¿¡En dónde!?
—No está aquí.
—Te lo llevaste. Lo hiciste irse, ¡tráelo de vuelta! —Guren gritaba, su rostro estaba furioso. Se incorporó y se mareó, pero no le importó—. Maldita sea, todo es mi culpa —cerró los ojos—, ¡es culpa tuya!
—Guren, estás enfermo, alucinando —explicó su novia—, no sabes lo que dices. Recuéstate, por favor —pidió.
—Lo alejaste de mi... —susurró él—, haz que vuelva a mi.
—Lo haré, lo haré —mintió. Comenzaba a seguirle el juego para hacerlo calmarse.
Le colocó el termómetro como pudo, mientras buscaba las compresas frías que había traído de la cocina. Guren se veía furioso, la miraba casi con odio, pero a ella le causaba más bien gracia. Nunca había visto a su novio tan confundido y sin poder pensar adecuadamente.
—Mahiru, llámalo. Necesito disculparme... quiero que tú le digas... que no quiero que esté lejos —murmuró.
—Primero voy a ponerte esto en la frente. Necesito que cooperes conmigo y me ayudes a quitarte la pijama, que estás empapado —dijo ella.
El aseo fue algo incómodo. Guren rozaba los 40 grados y era obvio por qué pensaba y decía cosas extrañas. Aún así, no podía detenerse y tampoco sabía qué estaba bien y qué mal. El agua que Mahiru trajo para limpiarlo, estaba muy fría y no podía dejar de tiritar.
—Llama a Shinya —pidió Guren una vez que estuvo limpio y seco—. Por favor, linda... —dijo con la voz más dulce que pudo poner.
Mahiru estaba seguro de que su hermano colgaría tan pronto como le dijera que estaba con él. No iba a perder nada, quizá solo les daría una razón más para odiarse mutuamente.
—Estás enfermo, probablemente te arrepientas luego, Guren —sonrió ella con paciencia, acarició su cabello húmedo y besó su nariz—. Mejor descansa un poco. Si más tarde, cuando te sientas mejor, quieres hablar con él, le llamo y lo obligo a escucharte.
—No, quiero que lo llames ya.
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Ferid Bathory cepillaba su cabello frente a uno de los muchos espejos en su mansión. Desde la adolescencia temprana, había decidido dejar de cortar su cabello, aunque debía admitir que algunas veces iba a alguna peluquería a que le dieran forma y recortarlo con el afán de mantenerlo bien cuidado.
Normalmente no se veía ese color de cabello, era una especie de lila con plata. No le extrañaba el plata, ya que su familia llevaba aquel tono en su cabello desde generaciones anteriores a la de sus abuelos. Le gustaba, el destello bajo el sol le resultaba bellísimo.
Su padre tenía el cabello de un morado bastante fuerte, aunque su madre tenía el cabello blanco con destellos plateados. Sus tíos, por parte de su madre, lo llevaban de ese color. Por parte de su padre, el plata era el que predominaba, en realidad no sabía por qué su padre era la excepción. No, no era adoptado ni nada por el estilo, tampoco hijo de alguien más.
—Ferid, ¿estás ocupado? —Crowley tocó a su puerta mientras hablaba. No respondió, sabía que de todos modos su amigo entraría—. Respóndeme, joder —dijo entrando.
—Si tocabas de nuevo, lo hubiera hecho —dijo Ferid, sin despegar la vista de su reflejo—. Sabes que no respondo hasta el segundo llamado.
—Eres increíble —se quejó Crowley.
—Lo sé.
Ambos se quedaban callados por un rato. Ferid ató su cabello en una coleta y se levantó.
—¿Cómo está él? —preguntó Ferid, volteándose pra ver finalmente a su acompañante. Crowley frunció los labios y miró al suelo.
—Perdí el rastro. Krul se lo llevó de nuevo y ya tengo a gente buscando en Rusia y otras partes de Japón —respondió Crow. Pasó una mano por su cabello y suspiró—. Sería más sencillo si me dijeras si ella...
—No tengo información de ella, ¿de acuerdo? Su nombre es todo lo que puedo darte. Krul Tepes, el niño debe tener...
—¿Por qué te interesas tanto en ella?
—Krul Tepes se llevó lo único que me importaba, ella tiene que mantenerse lejos de mi hermano si quiere seguir viviendo —explicó con una sonrisa—, ¿no es obvio?
—Tu hermano sigue en Japón, encargándose de lo de los Hiiragi —gruñó Crowley. Siempre le dolía la cabeza cuando tenía que escuchar a Ferid sin recibir información para que todo cobrara sentido—. Tampoco hemos podido encontrar a tu sobrino, aparentemente se fue con Krul y el niño.
—¿Qué? Me dijiste que solo trabajaban juntos, ¿crees que ellos...?
—No lo sé. Solo son especulaciones, Ferid. Llevan desaparecidos para nosotros el mismo tiempo, solo supongo que se fueron juntos. Ya sabes que no tengo suficiente personal, de todos modos —interrumpió Crowley. Ferid se dio la vuelta para verse nuevamente al espejo, acarició su cabello y enredó un mechón en su dedo índice.
Quizá era momento de visitar a los Hiiragi. Encontrar a su sobrino lo llevaría a encontrar a Krul.
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Mikaela nunca había llevado gel en el cabello, pero sin duda sabía de antemano que iba a ser horrible la sensación de tener el cabello pegado al craneo. Miraba a su madre pidiendo con la mirada que no lo obligara a usar esa cosa pegajosa. Krul no lo escuchó.
—Te ves muy bien, mi amor —le había dicho ella, mientras acariciaba la capa dura que quedaba arriba, como un casco—. ¿No es así, Shinya?
—Claro que si —dijo el aludido, con una gran y gentil sonrisa. Se acercó a él y le acomodó un poco la corbata que debía llevar. Su uniforme era muy elegante y no lo dejaba correr como a él le gustaba—. Te ves bastante mayor, además de elegante. Si resistes con ese saco hasta el final de la ceremonia, sin duda vas a merecerte esa banana split especial doble de la paletería del centro.
—¿¡De verdad!? ¿Para mi solo? —sus ojos se hacían grandes mientras pasaba la mirada de su madre a Shinya.
—De verdad —dijo su mamá, con una sonrisa. Sabía que él solo comería un poco más de lo que realmente le cabía, era así desde bebé. Cuando algo le gustaba e intentaba comer mucho, terminaba solo comiendo un par de cucharadas más. La pizza era la excepción, podía comer un pedazo entero más de lo usual, pero nunca llegaba a sentirse mal.
La ceremonia empezó temprano, los niños de tercero se alineaban de acuerdo a su estatura. Mika no era bajito, era más bien de los más altos, pero eso se debía a que era mayor. En comparación a él, todos iban más peinados. A pesar de que el niño pensara que tenía el cabello aplastado, Krul apenas le había puesto gel para que el cabello no tapara sus ojos.
—Shinya, él es tan... grande ya —dijo Krul con un nudo en la garganta. Shinya podía entender un poco lo que sentía ella, había visto al niño crecer y aprender muchísimo. También estaba Shinoa, ella crecía muy rápido. La extrañaba muchísimo.
—Si. Y todo gracias a ti —dijo él—. Krul, mira lo lejos que han llegado ambos —volteó a ver a la mujer.
Sabía que a veces Krul se sentía como si todo el tiempo estuviera escapando y no dejaba a su hijo crecer, pero eso era mentira. Shinya intentaba dejarla ver eso. Sabía que apenas era la graduación de kinder, pero el niño estaba sano, cuerpo y mente, llevaba una buena vida y ella nunca se daba por vencida. Todo esto era bueno, todo esto había hecho a Mika ser quien era ahora. También lo llevaría a ser un hombre de bien en el futuro. Sabía que ambos eran muy fuertes.
—Él es todo para mi, Shinya... y estoy tan orgullosa de verlo enfrentar todo y... —ella estaba a punto de ponerse a llorar—. Shinya, lo amo más que a mi vida propia... si algo alguna vez sucediera, necesito que me digas que vas a cuidar de él, porque eres lo más cercano a una familia que tenemos. Porque ambos confiamos ciegamente en ti.
—Nada malo va a pasarle a nadie. No mientras yo pueda evitarlo —aseguró el albino, inclinándose sobre ella levemente para besar su frente y dejar que lo abrazara con fuerza.
La historia de Krul no la conocía a la perfección, pero algo sobre su ex parecía ponerla nerviosa. La entendía en cierta manera, aunque se perdía mucha información que él nunca podría encontrar, al menos no sin que ella hablara.
—Los amo a ambos tanto... —susurró Shinya, dejando que el corazón de su amiga se derritiera entre aquel abrazo. Ella dejó sus lágrimas salir, mientras enterraba su rostro en el pecho de Shinya.
—Y nosotros a ti.
Ese día, Shinya decidió que iba a proteger a Krul y Mikaela de cualquier cosa que se atravesara en su camino. Él iba a derrotar dragones si era necesario, armaría la tercera guerra mundial si se precisaba. Le regalaría su corazón si ella lo necesitaba, daría su vida por ellos, incluso. Verlos felices sería lo más cercano a su propia felicidad que iba a tener.
Él ya no servía, estaba dañado en lo más profundo, así que no dejaría que eso pasara con ninguno de ellos dos. Su vida entera era para ambos.
—¿Por siempre?
—Y para siempre —ofreció Shinya con una sonrisa antes de tomar su mano, para volver a ver a Mikaela entre los graduados. Ella no la retiró, afirmó el agarre y sintió su corazón latir como un aleteo, burbujeando con felicidad y orgullo.
Krul estaba segura de que tenía al mejor hombre del mundo a su lado justo en ese momento. Sonrió hacia el frente y entrelazó sus dedos con los de Shinya. Quizá... quizá los tres estarían bien. Quizá no tendrían que irse a ningún lado nunca más. Podía dejar de preocuparse.
