"El tiempo trae consigo la noche y tiñe de negro el cielo que vi contigo. Más allá del mañana donde yace nuestro amor sin resolver... ¿aún sigues ahí?"

Kyoka suigetsuMafumafu

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Marie era el nombre de la enfermera del turno de mañana, ella estaba casi siempre junto a Yuu. Abby era la otra, la que estaba junto a ese niño rubio y dormilón del otro lado de la cortina: Mikaela. Ella era más divertida, había logrado que el otro niño se riera y que comiera esa asquerosa mezcla de vegetales apachurrados. No era que la madre de Yuu cocinara mejor... ella lo rellenaba de arroz y comida china para llevar. Su padre le daba galletas de avena y cereales grises con sabor a "qué demonios". Yuu no extrañaría esas comidas.

Aunque habían cosas que de alguna manera le harían falta, como cuando su madre le cantaba para dormir o le contaba historias antes de que su padre llegara a casa. O cuando su padre le enseñaba cosas, como a abrocharse las cintas de los zapatos o a armar fuertes con almohadas. Todas esas cosas las guardaría dentro de si y las ahogaría con los malos recuerdos, como cuando su padre finalmente llegaba a casa borracho y arrastraba a su madre fuera de su habitación.

También extrañaría al conejo con ojos de botón que bubu le había regalado en Japón.

Yuu decidió no seguir pensando en el pasado, cerró los ojos por un segundo y cuando despertó, Marie estaba ahí, acomodando el almuerzo en su mesita móvil. La siguió con la mirada en silencio, luego buscó el gran reloj analógico que estaba al lado de la puerta, eran apenas las 9:24 a.m. y, hoy, si sentía algo de hambre.

Pero la mala suerte nunca lo dejaría de lado. El niño de al lado se fue y, luego de un rato, él también fue trasladado. No sabía a dónde había ido Mikaela, pero él estaba en traumatología. En la nueva habitación, solo estaba él y una cama vacía. El aburrimiento sería su compañero. Y quizá Guren, que iba a verlo todos los días y se quedaba todo el tiempo hasta que necesitaban que se encargara de algún asunto de adultos.

Guren, su nuevo guardián. No era tan malo. Era un poco bueno, de hecho.

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Guren se había ido a Londres. No podía ser, no podía estar pasando. ¿Cómo es que perdió el control que ejercía sobre él? No le agradaba para nada, sobre todo porque estaba más que segura de que había ido por Shinya. ¡Después de tantos años pensó que no había de qué preocuparse! Pero al parecer se equivocó. La jugada le salió mal.

Mahiru tendría que usar una carta que no pensó que sería necesario usar. Solo tenía una tirada para corregir ese error, no podía fallar. Guren y Shinya no estarían juntos. No mientras ella siguiera con vida. Guren no sería de nadie mas que de ella. Y si no era de ella, entonces terminaría con él. Terminaría con cualquier persona que se atreviera a poner los ojos sobre él.

Sus dedos se movieron en la pantalla táctil de su celular. Comenzó a teclear una vez que abrió la aplicación de mensajería instantánea. Riku Bathory era un idiota si pensaba que se vendería por la miseria que le había pagado.

Nada sería suficiente si al final Guren y Shinya terminaban juntos. Y Mahiru solo tenía claras dos cosas: primero, sin ella, esos dos terminarían uno de la mano del otro; segunda, ella no dejaría que eso pasara. Incluso si se le iba la vida en impedirlo.

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—Mikaela está finalmente en Traumatología —anunció Krul cuando fue a recoger a Shinya para llevarlo a ver a su hijo—. Lo trasladaron esta mañana y...

—¿Podemos parar aquí? —interrumpió el albino, que había estado pensando en comprarle algo al pequeño. No había ignorado a su amiga, pero si se pasaban la tienda no conseguiría ese muñeco de peluche.

La pelirrosa asintió mientras se estacionaba frente a la tienda de peluches, esperó a su amigo en el auto y cuando ambos estuvieron listos, arrancó hasta el hospital. Ella se despidió de Shinya y le pidió que le dijera a Mikaela que lo vería por la noche.

—Me sorprendió que me permitieras venir a verlo... si aún no pasa mi cita con...

—Mika ha insistido muchísimo —interrumpió Krul, con una sonrisa de lado. La verdad era que, incluso después de tanta insistencia del niño, ella había logrado persuadirlo y hacerlo esperar hasta que ya no estuviera cerca de Ichinose.

El albino no comentó nada más, mientras bajaba del auto. Entonces se dieron cuenta de que era necesario que Krul fuera a hablar con los nuevos guardias y doctores o enfermeras para que le permitieran a Shinya entrar. En cuanto se presentó a Shinya como el padre de Mikaela, se le fue abierto el camino a la habitación del pequeño. (N/A: Obviamente he exagerado un poco, niños. No crean que las cosas son así de fáciles en los hospitales para que un adulto se quede cuidando de un menor, mucho menos para dejarlos solos en las habitaciones compartidas). Krul le regaló una pequeña sonrisa y se despidió de él con la mano, lo vio marcharse y entrar al elevador.

—Señor Ichinose —escuchó a la mujer que le había dado la noticia de que Mika había sido trasladado. La pelirrosa se dio la media vuelta, ya no tenía que preocuparse por que esos dos se encontraran. No tenía que seguir protegiendo tanto a Shinya ni privarlo a él y a su hijo de verse. Comenzó a caminar sin voltear a ver al que alguna vez fue algo así como un amigo—. Yuuichiro ya está en traumatología, lo trasladaron esta mañana a la habitación 4-11.

Krul se paró de golpe, dio media vuelta y corrió escaleras arriba con dirección al cuarto piso. Shinya ya debería estar ahí, pero se las ingeniaría para hacerlo marcharse lo suficiente como para tener una charla con Ichinose sobre mantenerse alejado del 4-10, que era la habitación de su hijo, y que, casualmente, estaba frente a la de ese tal Yuuichiro.

Llegar no fue difícil. Recorrió el pasillo y, efectivamente, Shinya ya estaba dentro, hablando con Mikaela. Bien, el verdadero desafío sería deshacerse de su amigo por un rato y mandarlo por un lugar en el que no se fuera a topar con Ichinose. Lo impediría aunque se le fuera la vida en ello.

—¡Mamá! —exclamó Mika al verla. La mujer entró sonriendo, luego fue a besar la frente de su hijo—. Qué bien que trajiste a Shinya... ¡mira lo que me trajo! —señaló sus regalos.

Su madre solo asintió. Volteó a ver al peliplata y se acercó un poco. La idea perfecta no aparecía en su cabeza... sería complicado. O quizá no.

—Sé que acabas de llegar —dijo, intentando sonar lo más fluida posible—, pero necesito que me hagas un favor enorme —bien, ahora solo faltaba la mentira creíble. Una que sonara bien y que, además, fuera complicada y le tomara tiempo.

—Por supuesto —sonrió—, ¿de qué se trata?

No le costó ni un poco el mentirle. Pronto, Shinya estaba en otro lugar, ocupado por unos quince minutos. O quizá más. No contaba con el departamento de laboratorio, que fue el lugar al que lo había enviado, estaría cerrado.

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Riku Bathory había comenzado a utilizar velas desde que perdió a su esposa. Solía verla bailando en las llamas y se le unía, bailaban ambos. Luego, su estómago crecía y un pequeño fuego de color azul salía de él. Aquel pequeño fuego azul lo envolvía. La única cosa que podía extinguirlo, era el hacer crecer el fuego. Entonces Riku avivaba la llama y todo se iba.

Ferid alzó la vista de la pantalla de su celular. Su hermano estaba preparando la cena. Estaba cansado de tenerlo en casa, porque significaba que todo tenía que ser alumbrado por velas. No se quejaba, sabía que era una manera de tenerlo controlado y, de cierto modo, feliz.

—¿Tienes noticias de Alemania? —la voz de Riku, el hermano mayor de Ferid, llenó la cocina.

—¿Para trasladar las...?

—A Akemi, si —dijo antes de que su hermano terminara. No le gustaba pensar en su esposa como cenizas. No le gustaba que ella estuviera muerta—. ¿Deanira dijo algo?

Deanira era una empleada de ambos.

—Solo que el mausoleo estaba listo, ¿estás seguro de que quieres mudarte? —preguntó Ferid mientras dejaba su celular de lado. Por mucho que le fastidiara la iluminación a medias, le gustaba tener a su hermano cerca.

—Aquí nunca estoy tranquilo, Ferid.

—¿Eh? ¡Pero si soy una buena compañía! —se quejó el menor.

—Pero todo me recuerda a ella.

—Te la vas a llevar. Pondrás sus restos en tu patio, ¿no la recordarás cada que salgas? —preguntó irritado el pelilila.

Riku no dijo nada. Dejó que el silencio los atrapara a ambos. Una de las velas se apagó y tuvo que volver a prenderla.

—Riku, ¿por qué no dejaste a Shinya morir dentro cuando viste que Akemi estaba muerta? —la pregunta saltó de repente. El mayor de los Bathory volteó como si escuchar su nombre le doliera, a pesar de que él lo decía cada noche antes de dormir.

Como si hubieran invocado al peliplata, un celular timbró una vez. Ferid volteó ver el suyo, pero no era el culpable. Tenía que ser el de Riku.

—Tienes un mensaje —dijo el menor de los hermanos. Se levantó y tomó el celular de Riku, luego se encaminó a través de la cocina.

—¿Quién es? ¿Es Deanira?

—No, es... —Ferid dudó antes de continuar, revisó el mensaje y bufó—. Ma-hi...

—¿Mahikari? Salí de esa cosa hace...

—Mahiru Hiiragi.

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Shinya esperó menos de cinco minutos antes de desesperarse. Era obvio que nadie vendría. Luego de revisar su celular, para corroborar la hora, concluyó que quizá estarían en su hora de comida. No importaba, ya bajaría más tarde a hacer el encargo de Krul.

Subió al piso en el que Mika estaba. Estaba a punto de entrar a la habitación del pequeño rubio, cuando lo escuchó. Era Krul, algo alterada y... ¿Guren? No, no podía ser.

—Tienes que irte —la escuchó decir. Una risa amarga le siguió, pero no era de ella. Era la de Guren. Era Guren en la habitación frente a la de Mika—. Si él te ve...

—¿Shinya está aquí? —su voz. Sonaba sorprendido. Escuchó a Krul gruñir, quizá había estado escondiendo su ubicación—. ¡Te lo pregunté mil veces y...!

—Tú no tienes derecho a saber de él —escuchó escupirle con ira—. No dejaré que lo sigas atormentando con...

—Han pasado más de seis meses desde la última vez que te pregunté por él, más de un año, más de...

—¿Y? ¿Pretendes que él olvide...?

—Lo que pasó entre él y yo solo nos concierne a nosotros —interrumpió Guren. Y tenía razón—. Y tú... tienes años escondiéndome su paradero. Me has negado hablar con él, has evitado que intente arreglar las cosas y...

—Él no va a sufrir más por ti, ¿sabes lo mucho que me costó hacer que te olvidara al menos por media hora de cada maldito día? —preguntó. Parecía que la mujer escupía ácido mientras hablaba. Incluso cuando intentaba no alzar demasiado la voz, el hecho de que no estaba hablando en inglés, atraía la atención del personal. Y de Shinya—. No sabes cuantas noches tuve que pasar a su lado para que pudiera dormir al menos por un par de horas.

El corazón de ambos dolió en aquel punto. Esas noches de insomnio que usualmente compartían... ¿Por qué Shinya no llamó a Guren entonces? ¡Era lo que siempre hacía! Pero... ya no. Hacía mucho de la última noche que pasaron juntos. Aquella en la que terminaron molestos y no volvieron a intentar arreglar sus problemas.

—Yuu está dormido, por favor, sal de aquí —pidió Ichinose con tanta amabilidad como pudo. Era casi nula.

Krul salió de la habitación, sin reparar en la presencia del albino, esto quizá porque, preso del nerviosismo, dio unos cuantos pasos hacia atrás, lejos de las puertas; además la pelirrosa estaba molesta, con la mirada gacha y con la idea de que su amigo no estaba. Finalmente entró a la habitación de su hijo.

Ninguno de los dos estaba listo para lo siguiente. Guren se acercó a la puerta para cerrarla y no tener que ver a la mujer nuevamente. Sus ojos siguieron a Krul, finalmente se desviaron y se toparon con los de Shinya... ni siquiera supo qué fue lo que hizo que terminara viéndolo de aquella manera.

Quizá era que sus ojos siempre terminaban por coincidir. Quizá era esa especie de imán al que pocas veces intentaron ignorar, pero que inevitablemente siempre los hacía perderse uno en los ojos del otro. ¿Incluso después de todo ese tiempo? Aparentemente si.

—Shinya —susurró. O quizá no fue un susurro, quizá ni siquiera logró pronunciarlo. Pero es que, a pesar de los años, Shinya recordaba bien su voz al pronunciar su nombre.

Un nudo se formó en la garganta del albino. No podía hablar, si lo hacía seguramente se pondría a llorar. Sus ojos ardían. Se limitó a sonreírle. Pronto, se vio envuelto en los brazos del mayor, sus manos se aferraron a la ropa de Guren casi de inmediato.

Cerró los ojos y aspiró... su aroma no había cambiado ni un poco.

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A Shinoa le gustaba pensar que había un poco de bondad en las personas. Incluso en esa niña que la llamó rata violeta en la escuela. Incluso en el niño que la empujó desde la cima de la resbaladilla que le daba miedo. Pero Mahiru era distinta.

Mahiru se portaba raro. Te daba gomitas envenenadas y bombones bañados en sus deseos de venganza. Lo sabía porque la había visto. Era como verla ponerle el pie a un bebé que recién aprendía a caminar.

Tomaba a quien estaba en problemas y lo hundía más. Como a Erika, la asistente de su padre; a ella la había despedido por mandarle el café equivocado y le dijo a su padre que estaba robándole dinero cuando era ella quien lo hacía. O a Kai, el jardinero que olvidó que los rosales debían tener cierta altura para que a ella le agradara; Mahiru le dijo a Tenri que él había quebrado aquel costoso jarrón a propósito.

Pero todo tenía un común denominador. Mahiru estaba de mal humor, algo siempre le hacía salirse de sus casillas. Usualmente tenía que ver con Shinya, aunque algunas veces Shinoa no lo confirmaba. De cualquier modo, eso pasaba pocas veces en los últimos tres años. Y era por su usual buen comportamiento que Tenri Hiiragi le creía ciegamente a su hija. El único juego sucio que alguna vez el orgulloso padre admitiría en que ella había sido cómplice era en el de Riku Bathory.

Que si era el padre de Shinya. Shinoa lo había descubierto ella solita, porque a veces levantaba el teléfono mientras la línea estaba ocupada. Y el dinero que se suponía que era de Shinya, ella se lo llevaba. Desde siempre.

Riku le había pagado a su padre para quedarse con Shinya. Y Tenri recibía cada cierto tiempo alguna cantidad como pago y como "pensión alimenticia" de Shinya. Aquel dinero con el que Mahiru obtenía cosas como sus autos. ¡El ferrari que se suponía que era para Shinya, ella lo tenía!

No entendía muchas cosas, pero si que era mala. Su hermana mayor no era buena. No estaba bien.

Jabón ya no vivía con ella. Se había marchado hace unos años aunque a veces le mandaba cartas. Quizá se había quedado a vivir con Shinya cuando fue a visitarlo la última vez. Ya no lo extrañaba tanto. A Shinya si, a Jabón no.

Su trabajo de espía seguía en pie. Era así como se mantenía en contacto con Guren a escondidas. Aunque él casi nunca le respondía. Sabía que era porque intentaba no hacer enojar a Mahiru, ya había tenido que soportarla mucho tiempo. Era eso o que luego del cambio de número no reconocía que se trataba de ella. En realidad pensaba que eso era, porque el número lo había robado de la agenda de Mahiru la tercera vez que le confiscó su celular.

Tenía hambre y ya no quería pensar en eso. Dejó su libro de lado y bajó de la gran silla en la que estaba. Caminó despacio y luego tuvo una gran idea.

—¡Seishiroooou~! —dijo mientras salía dando saltitos desde la biblioteca.

—¿Qué quieres? —preguntó su hermano con mal humor. Llevaba el cabello suelto, se veía... extraño.

—¡Ah! Por fin te encuentro en casa —exclamó la niña con una gran sonrisa que le causaba cerrar los ojos—. ¿Puedes ordenar una pizza?

—No tengo dinero —dijo el mayor alejando la mirada, posando los ojos en la pequeña molestia de cabello morado—. Dile a Mahiru.

Iba a protestar, pero el mayor la dejó sola. Bufó y subió las escaleras. No quería, pero no planeaba comer albóndigas por cuarto día consecutivo.

Iba a llamar a la puerta, pero casualmente estaba entreabierta. Escuchaba un murmullo. Ese tono de voz nunca auguraba nada bueno. Se acercó y agudizó el oído.

—Ni un millón de demandas me parará si no haces lo que te digo —se escuchaba molesta. Shinoa frunció el ceño—. Mira, Riku... el único aquí que saldrá perdiendo, eres tú —hubo silencio—. Guren está en Inglaterra y prefiero a Shinya muerto que a su lado.

¿Lo ven? Era mala.

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El abrazo de Guren no se sentía tan diferente. Podía sentir que había adelgazado un poco y que sus músculos estaban algo menos firmes. Quizá por el trabajo, quizá por la universidad. O quizá por algún aspecto de su vida que ahora desconocía. Tenían años sin verse, sin hablar... los cambios eran inevitables.

En cambio, Guren si sentía el cuerpo de Shinya como uno bastante... distinto. Siempre había sido delgado, sus músculos, incluso si se esforzara por trabajarlos, eran muy sutiles. Incluso con su fuerza, con su resistencia. Ahora parecía que abrazaba a un montón de huesos cubiertos de una capa delgada de carne suave. ¿Estaría demasiado ocupado como para ejercitarse? Quizá. De cualquier modo, no es algo que le incumbiera, aunque le preocupaba un poco.

No sabía qué hacer, tampoco qué decir. Parecía que todas esas noches en las que hasta hace unos meses había fantaseado con su reencuentro... no habían servido de nada. Su lengua se sentía como si pudiera enredarse si se atrevía a moverla aunque fuera solo un poco. Su voz también se sentía como si pesara, pues aunque intentó decir su nombre, aquel no salió.

Guren suspiró profundamente. Necesitaba hablar, necesitaba verlo a los ojos. Temía que Shinya se desvaneciera en sus brazos una vez que rompieran el abrazo. No quería arriesgarse, pero era necesario, ¿o no? Aunque, si pudiera, le encantaría quedarse así por siempre. La vida que le quedaba y la eternidad restante.

—Te busqué por todo Japón —le susurró el pelinegro. Shinya rió muy suave y se aguantó las ganas de llorar—. Incluso algunas partes de Australia.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó el albino.

—Fue casualidad...

—Eso no existe, Guren... —su voz seguía suave. Era el mismo canto dulce que tenía incluso cuando cambió la voz en la adolescencia. Pero incluso con todo eso, aquello que dijo parecía ir con tanta cautela como era posible.

Es que estaban en una burbuja. Cualquier cosa, por más sutil que fuera, la rompería. Y las cosas entre ellos ya se habían roto demasiado hasta formar un montón de escombros sin forma. No podía romper el momento. Los primeros segundos eran cruciales.

Se separaron sin dejar de abrazarse. Sus ojos se conectaron y aquello que habían intentado apagar por años, se movió dentro de ambos. Las manos de Guren se acomodaron en las mejillas de Shinya y borraron las lágrimas que bajaban por ellas. El albino ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba en silencio.

—Entonces fue el destino —decidió Guren con una sonrisa.