"Quererte a ti...
es querer ganar el cielo por amor,
es haber perdido el miedo al dolor,
es luchar contra nadie en la batalla
y ahogar el fuego que me nace en las entrañas".
Quererte a ti — Kika Edgar
(Me gusta más su versión)
(N/A: Originalmente, el fragmento que leerán a continuación estaba en el capítulo IX, pero, por cuestiones de edición—y luego de modificar y agregar algunas cosas—, lo pondré acá ahora).
Ferid Bathory cepillaba su cabello frente a uno de los muchos espejos en su mansión. Desde la adolescencia temprana, había decidido dejar de cortar su cabello, aunque debía admitir que algunas veces iba a alguna peluquería a que le dieran forma y recortarlo con el afán de mantenerlo bien cuidado.
Normalmente no se veía ese color de cabello, era una especie de lila con plata. No le extrañaba el plata, ya que su familia llevaba aquel tono en su cabello desde generaciones anteriores a la de sus abuelos. Le gustaba, el destello bajo el sol le resultaba bellísimo.
Su padre tenía el cabello de un morado bastante fuerte, aunque su madre tenía el cabello blanco con destellos plateados. Sus tíos, por parte de su madre, lo llevaban de ese color. Por parte de su padre, el plata era el que predominaba, en realidad no sabía por qué su padre era la excepción. No, no era adoptado ni nada por el estilo, tampoco hijo de alguien más.
—Ferid, ¿estás ocupado? —Crowley tocó a su puerta mientras hablaba. No respondió, sabía que de todos modos su amigo entraría—. Respóndeme, joder —dijo entrando.
—Si tocabas de nuevo, lo hubiera hecho —dijo Ferid, sin despegar la vista de su reflejo—. Sabes que no respondo hasta el segundo llamado.
—Eres increíble —se quejó Crowley.
—Lo sé.
Ambos se quedaban callados por un rato. Ferid ató su cabello en una coleta y se levantó.
—¿Cómo está ella? ¿Encontraste a mi exesposa? —preguntó Ferid, volteándose para ver finalmente a su acompañante. Crowley frunció los labios y miró al suelo.
—No encuentro el rastro. Desde que Krul se lo llevó de nuevo, y a pesar de que tengo a gente buscando en Rusia y otras partes de Japón... no he dado con él —respondió el pelirrojo. Pasó una mano por su cabello y suspiró—. Sería más sencillo si me dijeras si ella...
—No tengo información de ella, ¿de acuerdo? Su nombre es todo lo que puedo darte. Krul Tepes, rusa, el niño debe tener...
—¿Por qué te interesas tanto en ella?
—Krul Tepes se llevó lo único que me importaba, además ella tiene que mantenerse lejos de mi hermano si quiere seguir viviendo —explicó con una sonrisa—, ¿no es obvio?
—Tu hermano sigue en Japón, encargándose de lo de los Hiiragi —gruñó Crowley. Siempre le dolía la cabeza cuando tenía que escuchar a Ferid sin recibir la información que necesitaba para que todo cobrara sentido—. Tampoco hemos podido encontrar a tu sobrino, aparentemente se fue con Krul y el niño.
—¿Qué? Me dijiste que solo trabajaban juntos, ¿crees que ellos...?
—No lo sé. Solo son especulaciones, Ferid. Llevan desaparecidos para nosotros el mismo tiempo, trabajaban juntos y parecían llevarse muy bien, ¿no crees que sea una posibilidad? Ya sabes que no tengo suficiente personal, de todos modos —interrumpió Crowley. Ferid se dio la vuelta para verse nuevamente al espejo, acarició su cabello y enredó un mechón en su dedo índice.
Quizá era momento de visitar a los Hiiragi. Encontrar a su sobrino lo llevaría a encontrar a Krul. Y a Mikaela.
—Llama a Riku —pidió después de unos segundos—. Pregúntale por la dirección de... Esos Hiiragi.
—No te la quiso dar a ti y se la has pedido por años —dijo Crowley con una mueca, acercándose a Ferid—, ¿qué te hace pensar que me la dará a mi?
—Bueno, porque nunca en los últimos años lo había amenazado —se rió Bathory—, Riku no tiene nada sin mi. Lo perdió todo en ese incendio... sin mi dinero no podría mantener la boquita de Mahiru Hiiragi cerrada.
—¿Por qué no amenazar a Mahiru, mejor? Las mujeres son más...
—Alto ahí —le interrumpió el pelilila—, Mahiru es la mujer más fría, calculadora y fuerte que he tenido la desgracia de conocer. Ya intenté con ella, cuando mi hermano me pidió que probara su lealtad. Aunque no es lealtad cuando pagas siete u ocho cifras en dólares por ello.
Crowley aún no entendía. Es que Ferid nunca fue claro. Su pasado con Krul... ¿para qué iba a escarbar en él por un mocoso que solo iba a estorbarle? Le irritaba, pero no permitía que sus propios sentimientos interfirieran con nada.
—Siempre podemos encontrar a otro niño...—gruñó Crowley por lo bajo mientras salía de la mansión de su amigo.
—Riku, ¿qué haces aún por aquí?—la voz de Mahiru llegó de sorpresa. Vio al hombre darse la vuelta y alzar una ceja—. Pensé que te irías tan pronto como terminaras de hablar con mi padre.
—Bueno, puede que alguien me haya pedido que me quedara—respondió algo confundido. La chica le había pedido que la esperara, que no se fuera sin hablar con ella antes. ¿A qué estaba jugando?—. ¿Te suena?
—Oh, claro, qué torpe—rió Mahiru. Extendió una mano con la palma hacia arriba. Esperó que el hombre entendiera la indirecta.
Lo hizo. Suspiró mientras sacaba la chequera y entregaba uno que había firmado con anterioridad. Sabía que sus visitas siempre le costaban más del doble de la dichosa "pensión". Por suerte tenía un hermano que era rico hasta lo obsceno, uno al que no le importaba en absoluto darle dinero.
Honestamente, no sabía de dónde sacaba el dinero. Tampoco le importaba.
Ferid dice: ¿Ya te dijeron dónde está Shinya?
Riku ignoró el mensaje, aceptó el beso en la mejilla que le dio Mahiru y se marchó.
—Buenos días, Shinya—dijo Krul cuando vio llegar a su amigo. Ya estaba lista para marcharse al restaurante, pero primero pasaría un rato con su hijo.
Era su madre, debería estar pegada a él cada segundo. Se lo recriminaba muchas veces, sobre todo cuando se permitía dormir. Estaba preocupada, ¡por supuesto que lo estaba! Y era difícil alejarse del niño, pero sabía que necesitaba descansar, también. Y que Shinya necesitaba ver a Mika también. Y que la necesitaba.
Su prioridad siempre sería Mikaela, eso no estaba a discusión.
Ya ni siquiera sabía por qué seguía ahí en lugar de correr a su pequeño. A pesar de que ya no estaba tan grave, de que había estado pegada a él durante las primeras semanas... su lugar estaba junto a él. Dios...
—Hola—murmuró Shinya mientras dejaba colgado su abrigo. Suspiró pesadamente y volteó a ver a la mujer—. Mika está muchísimo mejor—le contó—, se ríe como lo hace siempre, ya no se ve pálido...
—Pero tú si...—dijo ella con el ceño fruncido, acercándose para tocar su mejilla—. Shinya, ¿estás bien?
Moría por decirle que lo dejara en paz. Seguía enojado. Seguiría enojado. Pero no podía evadirla, no podía hacer que dejara de portarse como siempre se portaba, ni de tratarlo de ese modo. Los límites no se establecerían solos, pero Shinya no sabía cómo ser sutil al hacerlo. No cuando se sentía así de molesto. Además, solo la tenía a ella ahora.
—Creo que discutí con Guren—le contó. La vio apretar los labios, pero al parecer se obligó a relajarse—. Bajé a buscar café, porque faltaba poco para despertar a Mika y darle su medicina... Me lo encontré ahí. Y dijo que le había mentido sobre mi relación contigo... o quizá que solo lo dejé pensar que estábamos juntos.
—¿Aún con eso?
—Lo sé—suspiró—. Me habló de sus celos, de cómo arruinó nuestra relación porque no se permitía sentir lo que sentía por mi. Lo que sigue sintiendo. Le dije que ya no nos conocíamos, que... que podíamos volver a empezar, pero no podíamos retomarlo como él parecía querer...
—Shinya, ¿estás bien con volver a tenerlo en tu vida?
—Ya no tengo 18 años, Krul—dijo algo irritado. Tenía que controlarse, no era con ella con quien estaba molesto por eso. Es decir, estaba molesto con ella, pero por algo distinto. No iba a dejar que se mezclara.
—Lo sé—exclamó. Se sentía aliviada porque Shinya estaba confiando en ella a pesar de todo. Quizá era un buen momento para hacerle saber que estaría con él decidiera lo que decidiera—. Solo me preguntaba si no era demasiado rápido.
—Es como tiene que ser.
—Ve a dormir, te ves enfermo.
—No cambies el tema de ese modo—gruñó—. Yo sé lo que hago. No soy un niño. No soy un adolescente... Lo extraño y lo quiero de vuelta. ¿No puedo?
—Puedes. Pero no a costa de tu salud.
—Estaré bien. Siempre lo estoy...
—Pues no luces bien. Debo irme—suspiró la pelirrosa—. Descansa, te llamaré más tarde. Dejé el almuerzo listo...
—Gracias...—dijo aún de malas.
La vio partir y él se fue a la cocina.
Yuu estaba despierto, viendo fijamente a la pared que tenía enfrente. Guren fingía leer, aunque tenía toda la atención puesta en el niño.Había tensión en el ambiente, una de la que Guren hubiera escapado de haber sido más joven, de no tener un deber ahí acostado en la cama, adolorido y malhumorado con forma de un pequeño de siete años.
—Te pareces a bubu —dijo el niño de repente.
Parecía querer hablar. Guren no sabía si volcar toda su atención en él y arriesgarse a abrumarlo, o a fingir ignorarlo y, entonces, arriesgarse a que Yuu se cerrara a él.
—Debe ser porque era mi madre —respondió el mayor dando vuelta a la página de su libro. Volteó a verlo por un momento—. Tú luces como...
—¿Como mi mamá? —se aventuró el niño.
—Como una rana aplastada.
La risa del niño burbujeó por la habitación. No se lo había esperado. Y Guren no se esperaba esa risa, eso lo hizo voltear a verlo con el corazón encogido. Yuu, al parecer, no había querido reír, lo supo cuando lo vió tapar su boca con una de sus pequeñas manos.
—Mis ojos son color rana —dijo Yuu, mirando a otro sitio—. ¿Por qué los tuyos son morados? ¿No podías elegir un color más normal? Los del niño que vi en el otro cuarto eran normales. Los de su madre eran igual de raros que los tuyos y luego ese sujeto... El que me preguntó si necesitaba ayuda...
Guren quiso pensar que se trataba de alguien más. Pero no había visto a Mikaela con nadie más. Solo podía hablar de Shinya.
—¿También eran de un color raro?
—Sí, aunque eran azules —asintió—. Todo él se veía raro. Se veía como mi... antes de que él...
Y se quedó en blanco.
No volvió a decir nada. Solo miró a otro sitio. Se veía triste.
—Yuu, puedes llorar si quieres hacerlo —a pesar del fastidio que suponía tener una responsabilidad tan grande como lo era un niño, así tan de repente, sabía que el menor necesitaba que no se ausentara. Lo necesitaba interesado en él. Lo necesitaba concentrado.
Además, no había visto al niño llorar en ningún momento. Dudaba que lo haya hecho en su ausencia. Dudaba verlo llorar pronto. Quizá era demasiado incluso para algo así.
—Él se ve como papá cuando me dijo que era mi turno, pero en su lugar, se lo hizo él mismo —soltó—. Guren, yo no maté a mis padres.
Guren se levantó de su asiento para ir a su lado. Tomó su rostro con cuidado, para buscar su mirada. No tenía ninguna expresión en especial, parecía incluso algo indiferente a pesar de que le interesaba lo que el pequeño quería decir, lo que ya había dicho.
—No importa si nadie más te cree —murmuró mientras iba frunciendo el ceño—. Yo te creo. Y se lo diré a todos, si es necesario.
—Tampoco van a creerte, porque todos piensan que estoy loco.
¿Por qué era tan difícil hablar con un niño? No podía saber qué palabras debía usar con él. Shinya sería mucho mejor manejando esta situación. Joder. Ellos eran tan similares...
—No todos.
Y, entonces, Yuu comenzó a llorar.
La noche llegó, fría y solitaria. No había ido a ver a Mika, sus manos estaban temblando desde más temprano. Estaba en pijama, mirando el televisor apagado, mientras mantenía el mentón sobre sus rodillas. Sus piernas estaban dobladas, pegadas a su pecho. Sus brazos las rodeaban. Su mente estaba apagada.
Escuchaba el teléfono timbrar. No estaba para responder. No podría ni siquiera moverse. Todo se sentía como impersonal. Todo era lejano. Todo era demasiado.
Incluso la soledad. Incluso el silencio. Incluso sus pensamientos callados. Incluso el cerrar los ojos. Incluso el sonido suave de una respiración agitada. Incluso el sonido de los latidos de su corazón.
No podría dormir. Sabía que no podría, porque su cabeza iba y venía. Sabía que le sería imposible mantenerse recostado sin que el terror lo paralizara. Y tenía que hacer algo antes de que dejara de darse cuenta de esas cosas, de lo que justo ahora lo mantenía preguntándose cómo salir del ciclo en el que se encontraba. Necesitaba un pequeño fallo en él, aferrarse a alguna pequeña distracción y buscar la medicina que le ayudaría a matar a los monstruos por un rato.
Pero el recuerdo de un par de ojos violeta los traía de regreso, más grandes y más poderosos. No porque él fuera lo que lo pusiera peor. Era más bien que quería correr a él una vez más. Se recriminaba el deseo de Guren a su lado. Se recriminaba querer rebobinar y no haberle dicho algunas cosas cuando se lo topó en la madrugada.
Antes de darse cuenta, ya estaba sollozando contra el dorso de sus manos. Sentía como si tuviera siglos sin llorar de verdad. Es decir, había llorado luego de los ataques de pánico, luego del terror que recorría su cuerpo, luego de todas esas cosas que no sabía controlar. ¿Hacía cuánto no lloraba por dejarse sentir? Era difícil de explicarlo de ese modo, sabía que la gente no lo entendería, que Krul le diría "hace dos semanas lloraste, ¿recuerdas?", pero eso no fue por él. Eso fue por los estúpidos químicos en su cerebro.
Su pecho dolía. De hecho, incluso sus ojos y el camino de sus lágrimas dolían. Eso lo hizo sollozar con más ganas, mientras abrazaba su cuerpo. Seguía con los ojos cerrados con fuerza, pero esta vez los puso contra sus rodillas. Su cuerpo temblaba.
Extrañaba a Guren. Y llevaba muchísimo tiempo extrañándolo. Muchísimo tiempo no se lo permitió. Y muchas veces dejó que Krul tampoco se lo permitiera. Fue fácil de sobrellevar de ese modo. Todo el nuevo ambiente ayudó. Se dejó envolver con arrepentimiento. Se dejó llevar por el torbellino de ideas negativas que lo rodeaban y querían arrastrarlo con ellas al abismo.
"Solo un momento", se prometió.
Pero el momento se volvió una hora. Y luego dos. Y la noche lo envolvió. Entró y salió del llanto y la desesperación. Cuando el sol salió, se sentía como si hubiera peleado con montones de personas. Se sentía como si le hubieran ganado, pero de alguna manera siguiera vivo. Una parte de él estaba agradecido de eso, de haber salido con vida de esa batalla. Otra, estaba decepcionada.
Se levantó del suelo del salón. No recordaba cómo o cuándo llegó ahí. Y tampoco se había dado cuenta de que, en realidad, había dormido más de un par de horas. Quizá estaba confundido, porque incluso en sueños siguió llorando. El descanso fue mínimo, pero ahí estuvo y, de nuevo, una parte en él lo agradeció.
Era momento de volver a la realidad. Iría a ver a Mika. Iría a trabajar. Quizá, incluso, iría a buscar a Guren.
Tomó su celular luego de darse un baño. Le escribiría a Krul. Según la conversación que escuchó, ella debía tener el número de su amigo. Quería hablar con él. ¿Estaría bien conseguir el número de ese modo?
Al final, no lo hizo. Se lo pediría cuando volvieran a verse. Quería que fuera esa noche, quizá quedarse de nuevo con Mika. Platicar con él en el pasillo mientras los niños dormían parecía una buena opción. Mantendrían la calma. Cuidarían sus palabras. Estarían solos, pero no del todo.
Mito se acercó a él cuando era hora de cerrar. Los empleados ya se habían marchado, solo quedaban ellos dos. La chica parecía no tener la intención de dejarle solo. No le molestaba, ella le agradaba bastante y, aunque no estaba en su mejor momento, ella no parecía sentirse disgustada con la pocaanimosidad del albino.
—Irás esta noche al hospital, ¿verdad? —preguntó ella, mientras terminaba de acomodar algunas cosas al azar. Se habían despedido de los meseros del turno vespertino hacía una media hora—. Krul me pidió que me quedara con ella esta noche...
—Sí, iré a ver a Mikaela —asintió—, ¿qué se traen tú y Krul? ¿Eh? —sonrió y pinchó su mejilla. Le dolían los hombros.
—¡No es lo que piensas!
—¿Y qué estoy pensando?
—En algo pervertido, claro —respondió ella con las mejillas infladas y los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Eh? ¡No, no! —se apresuró a decir Shinya—, ahí te equivocas. Sé que se viene el alta de Mikaela, Krul no me ha dicho nada, pero quizá ustedes dos ya están planeando algo... ¡Dile que me incluya! Soy el padre de la criatura, o eso piensan los médicos.
La cara de Mito, enrojecida, se fue relajando. La sonrisa de Shinya, amable y cansada, le hizo relajarse aún más. Suspiró y asintió.
—No sé qué tenga ella en mente —admitió, mientras ambos comenzaban a caminar hacia la salida. Cerrar juntos era algo que a la pelirroja le agradaba. Había algo reconfortante en ver a Shinya cansado por un día de trabajo. Su expresión y la manera en que se movía era diferente, causaba que quisiera llevarlo a algún sitio donde pudiera abrazarlo y sentirlo dormir—. Te mantendré al tanto —prometió.
—Te lo agradecería —la sonrisa de Shinya esta vez iluminó el lugar con un poco más de fuerza, como si tuviera algo más de real—. Nos vemos mañana, Mito. Ve con cuidado y descansen.
Ella se despidió de él con un beso en la mejilla. Su olor se quedó en la memoria de la pelirroja por un momento mientras lo veía caminar hacia la parada. Ella cruzó la calle para entrar a su auto y siguió mirándolo a través del retrovisor mientras pensaba en lo que Krul le había dicho la otra vez. No lo recordaba todo, pero la idea de que hubiera alguien que le había causado tanto dolor a su amigo y que aún así se mantenía en un lugar especial en su vida... ¿Por qué?
Le había dicho a Krul que no se metiera. Le dijo que era la batalla de Shinya. Ella tenía que, como era obvio, seguir su propio consejo; pero ahí estaba, deseando conocer a ese tal Guren y decirle que, si hacía llorar a Shinya una vez más, lo lamentaría por el resto de la eternidad. Deseaba estar ahí para él si eso pasaba. También deseaba poder mostrarle que el amor no tenía que doler, aunque no tenía idea de cómo hacer algo así. A ella misma el amor le había dolido algunas veces en el pasado.
Finalmente se marchó. Krul la esperaba. Shinya ya no estaba en la parada, su autobús estaba dando vuelta a lo lejos.
Cuando Shinya llegó, Mikaela estaba quedándose dormido. Krul acariciaba la nariz del niño con el índice y tarareaba algo en voz baja. Se detuvo al verle ya cerca de ambos y los ojos adormilados de Mika se cerraron unos segundos después de verle y sonreírle.
—Mito va en camino a casa —le comentó Shinya—, ¿cómo está él?
—Bien... Bueno, mejor —asintió Krul con una sonrisa cansada—, esta semana deberían estar dándolo de alta.
—Eso es genial. ¿Te dijeron cuándo?
—No, solo dijeron que pronto —volteó a ver a su hijo y suspiró. Tan pequeño.
—Un poco más —susurró Shinya acercándose a su amiga y envolviéndola en sus brazos. Ella soltó un suspiro tembloroso mientras correspondía, conteniendo las lágrimas—. Él estará corriendo y saltando muy pronto, ya verás. Ha sido muy valiente... Y tú igual.
—Fue un segundo, Shinya. Me descuidé un segundo.
—Lo sé. El mismo segundo que yo.
—Soy su madre.
—Yo no, pero lo has dejado a mi cuidado millones de veces desde que era una pulguita —dejó un beso en el cabello de Krul y ella volteó a verlo—. No te culpes, por favor.
—Dices que he sido valiente, pero estaba muy, muy asustada —admitió ella—. Tenía mucho miedo y aún lo tengo.
—Lo sé —siguió él—. Lo sé y lo entiendo. Yo estaba aterrado, para ti debió ser mil veces más difícil. Pero él ha mejorado muchísimo, no te tortures y... Será mejor que te pongas en marcha, Mito debería llegar pronto.
—Pasará por la cena, tardará —negó Krul—; aún así, debería irme. Muchas gracias, Shinya —seguía susurrando. Le abrazó una vez más y tomó su bolso—. Suerte con Guren. Espero arreglen alguno de sus asuntos.
—Dudo que hoy se pueda hacer algo así, no creo verlo... A menos que coincidamos de nuevo en la escapada para el café.
—Ve a saludar, me quedo un momento más —ofreció la pelirrosa.
—Yo... No estoy seguro de querer enfrentarlo justo ahora —admitió—, quisiera dormir un poco antes de cualquier cosa que lo involucre. Aprovecharé ahora que Mika acaba de quedarse dormido.
—Como quieras, entonces... —la mujer le sonrió un poco y comenzó a ponerse el abrigo y acomodar su bolso. Volteó a verlo, como si quisiera decir algo, pero en su lugar solo asintió.
—Buenas noches, Krul.
—Buenas noches. Nos vemos mañana, Shinya.
Y se marchó. Shinya se durmió junto a la cama un momento después.
Despertó cuando sintió la manita de Mikaela tocar su nariz. Había movido el sillón reclinable tan cerca del niño como podía. De inmediato buscó la hora en el reloj que parpadeaba en verde. Eran las 3:47 a.m. y había podido dormir bastante bien.
—Escuché algo afuera —dijo el pequeño en un susurro—. No vi a nadie pasar, pero...
—Hay varias enfermeras por ahí, seguro están viendo que todo esté bien, Mika —intentó tranquilizarlo el mayor. Le parecía curioso, ya que con el tiempo que llevaba internado, debería estar acostumbrado a tanto movimiento por las noches.
—No, esta vez es diferente —insistió él—. Era mucho ruido y no pude ver nada...
—Eso es porque la puerta está cerrada, Mika —quería tranquilizarlo, pero al parecer sus esfuerzos no estaban ni cerca de dar frutos—. ¿Quieres que vaya a revisar?
Entonces lo escuchó. Era como un chirrido que hizo al niño buscar de nuevo la mirada de Shinya. El mayor se levantó y le sonrió para tranquilizarlo. No sonaba como nada malo, en realidad creía que sabía lo que pasaba. Alguna silla de ruedas, quizá un tripié o el carrito de las enfermeras. El metal se desgasta, se oxida, hace ruidos así a veces.
—No salgas, te van a atrapar.
—Mika, es solo... Están arreglando algunas cosas —le dijo—, no es nada malo.
El adulto se puso de pie y se acercó a la puerta. La temperatura comenzó a aumentar a cada paso. Pronto se dio cuenta de que por la ranura que quedaba entre el suelo y la puerta, un destello naranja se colaba. Apenas era consciente de ello, pero estaba como hipnotizado por aquello que había afuera. A lo lejos, la voz de Mika le pedía que regresara, pero no obedeció y salió al pasillo, donde el sonido chirriante del que el pequeño habló antes era ahora más audible.
Apenas salió, se dio cuenta del error que había cometido. El calor lo envolvió. La puerta de la habitación de Mikaela había desaparecido a sus espaldas. Había algo en su mano, un objeto pequeño y metálico del que se dio cuenta en cuanto el calor tocó su piel. Era un encendedor que había mantenido encendido hasta ese momento y que ahora, de algún modo, ayudaba a propagar el fuego.
Se sentía como si se estuviera ahogando. Tenía sentido, el oxígeno se iba acabando. Su desesperación no significó nada, su cuerpo parecía tener una consciencia distinta.
Al parpadear, su entorno cambió. Sus manos eran mucho más pequeñas. Todo él era más pequeño. Vio a su madre quitarse el sostén frente a él, extendiendo su mano para atrapar la suya y acercarlo. Puso la prenda sobre su nariz y boca mientras le pedía que se arrastrara hasta la salida sin quitar la mascarilla que le había preparado. El fuego lo consumía todo a su alrededor. Tiró de la mano de su madre y ella hizo el amago de seguirlo, pero estaba encadenada a una cama sin sábanas, el colchón ya ardía y ella estaba desnuda. Era inútil y ambos lo sabían.
—Busca la salida, te veré afuera —le prometió ella.
No había manera. Aún así, el niño obedeció. Encontró la puerta principal entre el desastre. La vio abrirse y luego sintió sus pulmones llenarse de humo. Cayó al suelo, rodeado del olor del fuego consumiendo todo. Volvió a sentirse incapaz de respirar.
Abrió los ojos. Estaba agitado. Se levantó de inmediato y, luego de ver que Mikaela estuviera durmiendo, salió de la habitación para poder calmar su respiración, que era bastante ruidosa. En el pasillo, no había a nadie a quien molestar. Las enfermeras y enfermeros estaban en su estación.
Como si le hubiera llamado, la puerta de la habitación de enfrente se abrió. Guren. Volteó a mirarlo como si hubiera salido de la nada, aunque había sido el último en salir. Su gesto se transformó de inmediato en uno de preocupación, sus orbes moradas le hacían todo tipo de preguntas y el albino quiso dar media vuelta y esconderse en la habitación de Mikaela.
—¿Tuviste esa pesadilla? —preguntó, rompiendo el silencio.
—No.
—Shinya, estás temblando —su tono era gentil, suave. Se le acercaba como si fuera un animal asustado. Intentaba ganarse su confianza y Shinya comenzaba a perder ante ello.
Quería confiar en él. Se había puesto tantos peros, que ahora estaba confundido. No sabía cómo reaccionar. No sabía cómo querer reaccionar, siquiera.
El aludido cuadró la mandíbula y miró a otro lado. Se obligó a respirar más lento y a volver en sí. Las pesadillas eran el pan de cada día, ¿no? Tendría que dominarlas a estas alturas. Sobre todo aquellas que involucraban fuego y a su madre.
—Shinya...
—No hagas eso —pidió—, no me hagas...
—No estoy haciendo nada. Me aseguro de que estés bien, estás pálido y temblando —lo acusó una vez más Guren.
Se acercó y le puso la mano en su brazo. Shinya se alejó como si quemara, volteó a verlo con todo el miedo que había en su interior y comprendió que ese movimiento, probablemente insignificante para algunos, le había dolido al pelinegro más de lo que seguramente admitiría. Sin embargo, sabía que no podía simplemente caminar dentro de su vida por segunda vez. Tuvo esa oportunidad y la desperdició. Su historia era diferente en ese momento.
—Yuu está en un estudio, estará fuera un par de horas —le hizo saber el pelinegro—. Iba a bajar a beber algo, pero podría traer agua para ambos y quedarme contigo mientras Mika duerme —propuso, señalando las sillas que estaban en el pasillo, justo al lado de la puerta de la habitación de Yuuichiro. Con la puerta abierta, debería ser capaz de vigilar al pequeño rubio desde ahí—. Quizá prefieras jugo.
—Te acompaño a la máquina —le dijo Shinya, mientras su corazón iba volviendo a su ritmo habitual—. Mika está dormido y no debería despertar hasta dentro de un par de horas, para su primera dosis de medicamentos.
Quizá estaba pensando demasiado en la manera en que reaccionó, pero Shinya no podía evitar sentirse mal al recordar los ojos de su amigo cuando se alejó. No le temía. ¿O sí? No tenía sentido, de cualquier modo.
Fueron y volvieron en menos de diez minutos. Se acomodaron en las sillas y miraron hacia la habitación del niño. Él parecía dormir plácidamente, nada le perturbaba. Eso era algo que Shinya envidiaba. No podía recordar la última vez que había dormido así de bien, por lo menos. No sin estar medicado y con una sensación de haberse perdido las últimas horas de su vida. Eso era otro tipo de pesadilla para él.
—¿Qué le sucedió a Mika? —preguntó de repente Guren. Eso sacó al albino de su ensimismamiento—. ¿Cuánto lleva internado?
—Hace algunas semanas lo atropellaron —respondió Shinya. Volteó a ver al pelinegro e hizo una mueca—. Tuvieron que operarlo varias veces, antes estaba en el área de cirugía y... —se detuvo de inmediato. Recordó al niño que había estado en la habitación de Mikaela y se dio cuenta de que había algo raro ahí.
—Yuu estuvo en cirugía también, en la habitación de Mikaela —sí. Eso era—. No sabía que era él, al principio. Luego me topé con Krul... O ella se topó conmigo, no lo sé. Ella te cuida mucho.
—Demasiado, diría yo —murmuró—. Discutí con ella por eso, cuando me di cuenta de que sabía que estabas aquí. No me permitía venir y pensé que era porque no me encontraba del todo bien...
—¿Estás mejor ahora?
—Pensé que sí. Luego me encontré... —suspiró y cerró los ojos. Se sintió muy cansado de repente. Su mano se tomó la libertad de viajar hasta encontrar la de Guren posada en su propia rodilla. Con los ojos cerrados, podía fingir que el tiempo era distinto, que quizá estaban en pausa. El pelinegro no lo hizo alejarse y prosiguió—: Me encontré de nuevo pensando en ti. Y volver a verte me hizo confundirme muchísimo. No sé si quiero quererte en mi vida, pero eso no es algo que pueda elegir. No puedo fingir que nada ha pasado, que no he sentido nada por ti, pero quisiera ser capaz de no pensar en ello cada vez que te veo... porque cada vez que lo hago, recuerdo que hay algo que, de todos modos, hará que todo se arruine.
—Mahiru.
—Me voy a casar con ella, Guren.
