La Ministra
Flashback
Hermione Jean Granger jamás había sido de las personas que se acobardaban ante un reto.
Siempre acostumbraba a ser la mejor, incluso cuando todo parecía perdido. No había un solo lugar en Gran Bretaña donde su nombre no se pronunciara con un toque de admiración.
Heroína de guerra. Luchadora incansable por los derechos de las criaturas más vulnerables. La bruja más brillante de su generación.
Eran los cumplidos que siempre se escuchaban cada vez que alguien hacía referencia a ella.
Sin embargo, incluso con todos esos halagos como respaldo, el objetivo que se había planteado era probablemente uno de los más difíciles que se había planteado hasta ahora.
Kingsley Shaklebolt se preparaba para dejar el puesto de Ministro de Magia después de casi cinco años en el puesto. Había sido media década de paz, progreso y reconstrucción, y el mundo mágico se había unido de nuevo después del terrible reinado de Voldemort. Pero, ahora que deseaba su jubilación, podía ser momento de que el Ministerio tomara un nuevo rumbo. Una oferta demasiado tentadora para cualquiera. Media Gran Bretaña se preparaba para sustituirlo y por supuesto, ella estaba incluida entre ellos.
Había comenzado a trabajar en el Ministerio desde su salida de Hogwarts, ganándose fama como la fundadora de P.E.D.D.O. e impulsando el desarrollo del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Se había labrado una reputación por sí sola y era feliz en el lugar en el que estaba, pero ser Ministra de Magia...
Era exactamente la clase de puesto que había soñado tener desde que estaba en Hogwarts, desde que descubrió que tenía magia. Un puesto donde verdaderamente podría cambiar al mundo mágico, hacer la diferencia, crear un mundo mejor.
El problema era por supuesto, que no era la única que lo deseaba. Había muchos candidatos, en realidad. Y aunque la mayoría tenían la misma posibilidad de ganar las elecciones que de volverse millonarios, había tres nombres con peso que podían dar una buena lucha, aunque no exactamente por su habilidad política.
El primero era Marcus Flint, famoso jugador de quidditch mundialmente conocido. Su presentación como candidato había tomado por sorpresa a más de uno dentro del Ministerio y había muchos se cuestionaba si estaría bajo el encantamiento confundus. Pero pronto había quedado claro la verdadera razón detrás de su misteriosa candidatura: todas las familias de sangre pura lo respaldaban, hartos de sentirse desplazados por las políticas de Shaklebolt al final de la guerra.
Los Nott, los Malfoy, los Parkinson y muchos más financiaban la campaña del primogénito de los Flint, esperando recuperar por fin el control del Ministerio después de años siendo excluidos, limitados e incluso desplazados.
Por otro lado estaba Cormac McLaggen, a quien ella recordaba perfectamente No había cambiado nada, aún era altivo, arrogante, prepotente...
Pero su padre y su tío tenían contactos bien posicionados dentro del Ministerio, lo que lo proveía de múltiples aliados.
Y finalmente, Percy Weasley. Ambicioso como pocos (George y Ron aún se preguntaban cómo no había terminado en Slytherin), se había labrado una buena reputación dentro del Ministerio y aunque no tenía tantos contactos como McLaggen o Flint, se había ganado la confianza de los miembros más viejos y veteranos, con los cuales compartía ideales (o al menos eso era lo que ellos le decían).
Hermione, en cambio, era la menor de todos y aún así era probablemente la que más impresionaba. Innovadora, inteligente, enérgica, perseverante, trabajadora y eficaz eran muchos de los adjetivos con los que la describían. Pero era precisamente esa juventud e inexperiencia las que jugaban en su contra, sobre todo en un lugar donde la influencia y los contactos jugaban un papel crucial.
La competencia entre los tres candidatos sería feroz y larga, y sólo había algo que le habría podido adjudicar el triunfo sin demasiados problemas a cualquiera de los tres, aunque había quedado claro que era una opción descartada.
Todos sabían que el candidato al que el Elegido apoyara ganaría sin mucho problema. Pero Harry Potter había decidido permanecer neutral respecto a esa situación, queriendo que las elecciones fueran mucho más "justas" y que no se dijera que él había influido secretamente en ellas (lo cual habría sido una grave acusación), aunque deseaba secretamente que su mejor amiga obtuviera el título que tanto merecía.
Era por eso que Hermione tenía que trabajar por su cuenta, incluso cuando las dificultades parecían superarla.
Financiar su campaña había sido complicado.
Las familias de sangre pura, incluso después de la Segunda Guerra Mágica, seguían siendo las más ricas de Reino Unido, por lo que Flint y McLaggen no había tenido problemas en conseguir el dinero. Percy lo había tenido un poco más difícil, pero había salido adelante con la ayuda de varios "patrocinios" hechos por sus "amigos" dentro del Ministerio.
A diferencia de ellos, ella había tenido que arreglárselas sola. Las recaudaciones y donaciones no estaban en su mejor momento y comparada con las campañas de sus adversarios, la suya era apenas un mero puesto de propaganda. Justo cuando las elecciones parecían perdidas incluso antes de comenzar, su salvación había llegado en la persona de Arthur Weasley, quien se había ofrecido a ayudarla con la organización y gestión de todo y ella lo había apreciado, demasiado ocupada y cansada como para negarse.
Era un poco doloroso en realidad, porque el hecho de tener a Arthur como mentor significaba tener que dar vueltas constantes en la Madriguera, donde Ron solía estar de vez en cuando, cuando su agenda lo estaba tan apretada.
Las cosas no habían funcionado del todo bien entre ellos.
Siempre habían sido diferentes, pero aquello había sido más que evidente después de la batalla de Hogwarts. Ron se había convertido en un jugador de quidditch exitoso y aunque no era tan pretendido como su hermana, Ginny, varios equipos habían solicitado sus servicios. Su vida estaba prácticamente consistía en reuniones rodeado de fans, viajes constantes, disfrutar del dinero, de la vida, de la libertad. Algo que no encajaba muy bien con la obsesión al trabajo y la seriedad de Hermione.
Habían roto hacia un año y aún era doloroso pensarlo. Tal vez si hubiera dejado ese deseo por destacar, tal vez si dejara esa competencia por ser la mejor y volvieran a intentarlo... Pero no, no debía dejar que eso dominara su mente. Ron era la última persona en la que quería pensar ahora.
Aquel día, Arthur le había concertado una reunión con quien decía, era un excelente candidato para patrocinarla. Probablemente había dicho más cosas sobre él en el camino, pero Hermione estaba demasiado ocupada haciendo cálculos en su cabeza y repasando sus próximos discursos mentalmente como para entender de que estaba hablando Arthur.
"Él es el chico americano del que te hablé Hermione, ¿recuerdas?" dijo el señor Weasley con una voz un poco más alta de lo normal, haciendo que Hermione saliera de su aletargamiento y mirara al hombre frente a ella.
Alto, cabello castaño oscuro, casi negro, piel bronceada y ojos color avellana. Tenía una barba bien definida, complexión atlética y un aire de aristocracia que le recordaba un poco a Malfoy. Aunque, definitivamente, no tenía esa mirada de superioridad. En realidad, sus ojos eran cálidos y reconfortantes de cierta forma, como si se tratara de dos llamadas ardientes. No debía ser mucho mayor que ella, tal vez un año o dos. Y sobre todo, era el hombre más atractivo que Hermione había visto en su vida.
Pero de nuevo, no era tiempo de pensar en eso. Había demasiado trabajo, demasiadas entrevistas, demasiados discursos y, como ya le había dicho al patriarca Weasley, no quería la ayuda de ninguna persona externa, ni siquiera si se trataba de un guapo extranjero desconocido.
Aun así Hermione le dirigió una sonrisa amable, aunque sus ojos no reflejaban lo mismo.
"No necesito ayuda, podré sola" le susurró al oído al señor Weasley con irritación mal disimulada. Arthur no pareció ofenderse, pero si preocuparse.
"Aceptar ayuda externa podría ser clave en este momento. Además el chico no parece tener otras intenciones" dijo tratando de convencerla.
Hermione suspiró pesadamente. No quería ser grosera y rechazar la ayuda de Arthur. Mucho menos cuando su campaña estaba atravesando un momento tan difícil.
"Eso lo veremos" dijo entre dientes. Su atención volvió a ponerse en el apuesto mago delante de ella.
"No nos hemos presentado correctamente. Hermione Granger" dijo estirando la mano para saludarlo.
"Alexander Darkfire. Un placer conocerla, señorita Granger" respondió él aceptando el saludo.
"Tiene un acento demasiado británico para ser americano, señor Darkfire" comentó con desconfianza. La guerra le había dejado la costumbre de ser observadora con cualquier desconocido, no se sabía cuando podría ser una persona disfrazada con poción multijugos.
Él pareció tomárselo como una broma.
"Eso es porque mis padres lo son, sólo que crecí en Norteamérica. Ya sabe, las cosas por aquí se pusieron un poco oscuras..."comenzó a contar él.
"Me alegra que sepa bien la historia del mundo mágico británico " lo cortó Hermione rápidamente.
"Pero quiero ir al punto ya" apremió con prisa. Por un momento le pareció ver un brillo dorado en sus ojos, pero desapareció tan rápido que pensó que había alucinado. Después de todo, había pasado más horas sin dormir de las que eran saludables. Él sonrió.
"Bueno, tengo una pequeña oferta que podría interesarle. Pero creo que sería mejor platicar lo en un lugar más tranquilo. ¿Me acompañaría a tomar un café?" le dijo, ofreciéndole nuevamente su brazo. Granger miró al señor Weasley inquisitivamente. Arthur le hizo una señal con la cabeza, como indicándole que siguiera y regañadientes, Hermione tomó su brazo.
"Sería un placer".
Aquella era una hermosa mañana en Londres. La amplia y elegante casa de West End, blanca como la nieve, resaltaba incluso en aquel barrio rico. La luz del sol entraba por las grandes ventanas iluminando la sala y el comedor, dándole un ambiente reconfortante y cómodo.
Ella estaba en la barra, con un elegante vestido, el diario del Profeta en una mano y un café en la otra. Estaba tan concentrada en lo que hacía que ni siquiera se dio cuenta de que ya no estaba sola.
"Te ves hermosa con ese vestido" dijo una voz masculina desde la sala. Ella desvió la mirada del periódico levemente sólo para ver a Alexander Darkfire con una gran sonrisa. Vestía un pantalón elegante y una camisa blanca que resaltaba su piel bronceada y su rar su reloj y seguir leyendo.
"¿Has escuchado el término "vacaciones" o "tiempo libre"?" dijo él burlonamente mientras tomaba el diario del Profeta de sus manos. Ella se apresuró a recuperarlo, sus reflejos aún veloces después de la guerra.
"Pues lo consideraré" dijo mientras leía distraídamente las últimas páginas. Finalmente terminó y cuidado dobló el diario sobre la mesa.
"Pero sabes que no sería mucho. No me gusta dejar mi trabajo" finalizó, tomando el ultimo trago de café en su taza. Él la miró completamente embelesado, como si estuviera bajo el influjo de una poción de amor.
"Y si lo hicieras no serías tu".
Hermione sintió la mirada de profunda devoción de su prometido y su pecho se llenó de una sensación cálida. Era completamente adorable.
"¿A dónde irás tú?" le preguntó con interés, dándose cuenta de que se había olvidado por completo de que él también saldría ese día.
"Al parecer el señor Weasley encontró a alguien a quien le interesa invertir en mi negocio" explicó él mientras se ponía un elegante abrigo negro colgado estratégicamente cerca de la sala.
"Suerte, mi amor" le deseó ella con cariño.
Él le respondió con una sonrisa, tomó sus cosas y con un suave "crack" desapareció de la casa. Común suspiro ella procedió a organizar sus papeles, tomando su varita y su propio abrigo, antes de quedarse un par de segundos mirando su foto juntos en el mueble junto a la chimenea y con una sonrisa se dirigió hacia la red flu, directo al ministerio, sin saber que su día daría un giro radical.
Aquella mañana definitivamente encajaba con el término "fuera de lo común".
Sorpresivamente el ministro de magia francés había tenido un accidente con la red flu que lo había enviado directamente a un castillo de Bulgaria en lugar del Ministerio de Magia Británico. En consecuencia, la conferencia de prensa se había adelantado aproximadamente cuatro horas y cuando menos se lo esperaba, Hermione se encontraba libre de trabajo alguno apenas a las 11 de la mañana. Si se apuraba tendría tiempo de desayunar y probablemente ir a la Madriguera por Ginny.
Oh, aquel día iba mucho mejor de lo que había pensado.
De pronto, una voz masculina que le resultaba bastante conocida gritó a sus espaldas.
"¡Hola Hermione!"
Ella se dio la vuelta casi de inmediato, con una gran sonrisa en los labios.
"¡Harry!" gritó corriendo hacia él, una escena muy impropia para una ministra, pero que a ella no le importaba en lo absoluto Y los dos amigos se fundieron en un abrazo que pareció durar horas. Hermione fue la primera en separarse y así, pudo echar un vistazo a su mejor amigo.
Al final de la guerra, cuando recién se había convertido en auror, Harry solía tener un aspecto desaliñado, producto de sus constantes viajes para atrapar magos tenebrosos en casi cualquier parte del mundo. Pero últimamente era raro que tuviera algo de acción. La mayoría de los seguidores de Voldemort estaban encerrados o demasiado asustados como para salir de sus escondites. Aquello aliviaba enormemente a Ginny y a la propia Hermione, pero a Harry no lo tenía especialmente contento. Y a pesar de que ahora tenía un aspecto elegante y saludable, no se veía muy feliz por ello.
"¿Cuándo volviste de tu misión en Gales?" preguntó Hermione notando su mirada desanimada. Hablar de sus misiones solía animarlo, como si reviviera cada parte de sus aventuras al narrarlo. Lamentablemente, esta vez no fue así.
"Hace más de dos semanas, de hecho" dijo en un gruñido, y por su tono de voz parecía genuinamente decepcionado.
"El trabajo de oficina realmente no te gusta, ¿verdad?" le preguntó. Él no contestó, con la mirada perdida como si pensara en otra cosa. Justo cuando Hermione comenzaba a preocuparse y preguntarse si estaba bien, Harry pareció recuperar la conciencia.
"¿Tienes algo que hacer ahora? preguntó con inocencia. Hermione lo miró, confundida por la pregunta tan extraña y fuera de contexto.
"No, ¿por qué?"
"Perfecto " dijo él, jalándola suavemente del brazo de vuelta al interior del Ministerio. Hermione no lo detuvo, pero comenzó a mirarlo con desconfianza cuando se acercó a una de las chimeneas de Red Flu.
"¿A dónde vamos?" preguntó con desconfianza.
"A visitar a una profesora " contestó él simplemente mientras seguían caminando. Ella frunció el ceño, cada vez más confundida.
"¿Hasta Hogwarts?" "No...de hecho aquí en Londres" dijo Harry nerviosamente. Estaban en pleno año escolar, así que no podía ser alguien a quien conociera, como la profesora Mcgonagall, la profesora Sprout, la señora Pomfrey. A menos que...
"¿A quién?" preguntó por fin, deteniéndose justo antes de que ambos entraran a la chimenea. Harry la miró como un niño pequeño que ha sido atrapado.
"Sybill Trelawney" dijo entre dientes, esperando que Hermione no lo entendiera. Para su mala suerte, ella lo hizo.
"¿La profesora Trelawney? ¿La loca de las bolas de cristal?" preguntó con sorpresa y cierto resentimiento en su voz que Harry fingió no notar.
"Es bueno que la recuerdes. Así tendremos cosas de que platicar" dijo tratando de continuar en su camino hacia la chimenea, pero tuvo que detenerse al sentir que no podía moverse y se giró vara ver a Hermione, quien esta vez era una estatua inamovible.
"Adivinación jamás fue de mis materias favoritas. Dudo mucho que se alegre de verme" dijo ella, dando un par de pasos hacia atrás. Harry supo que huiría a menos que le diera una explicación para convencerla.
"En estos momentos se alegrará de ver a cualquiera. Se aburre en su casa y no para de enviarme cartas advirtiéndome de grandes peligros y pidiéndome que vaya con ella para hacerme una predicción más precisa"
Hermione miró el reloj en su muñeca. Era temprano. Seguramente Alexander estaría en su reunión con su posible socio y si procuraban no quedarse más tiempo del necesario en la casa de Sybill Trelawney, probablemente tendría tiempo de visitar al menos una tienda de vestidos con Ginny. Además el pobre Harry tenía una mirada de verdadera súplica en sus ojos. No parecía hacerle mucha gracia la idea de tener que ir con la ex profesora solo.
"De acuerdo, vamos" dijo finalmente. Harry sonrió aliviado y los dos amigos fueron juntos a la chimenea más cercana.
"¡Callejón Diagon!" gritó Potter, mientras las llamas verdes los envolvían y transportaban a otro lugar.
