Tengo esta ship culpable y no podía vivir sin exorcizarla.

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*Spoilers del manga [básicamente, la identidad de Dabi]

*Boku no hero sigue sin pertenecerme, pese a mis esfuerzos por usucapirla.

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Llama a la puerta una única vez. Siempre de la misma forma, sólo un toque de nudillos contra la madera y después, espera. Si no lo oye, se va. O lo tomas o lo dejas.

Hawks ha decidido tomarlo.

Le abre la puerta sin preguntar quién es y se da la vuelta sabiendo que es él. Que podría aprovechar para apuñalarle por la espalda, para golpearle, para quemarle hasta que no quedase de él ni el cartílago de sus plumas.

Hace frío en Hosu, y tampoco ayuda que haya dos ventanas abiertas en el piso. Abiertas quiere decir rotas, con los quicios de madera hechos añicos y los cristales agrietados, permitiendo que el viento se cuele, silbando canciones estridentes y desacompasadas, en mi menor.

—La profesión ha vivido momentos mejores —dice Dabi tras él, y sabe que está sonriendo, pero Hawks no se gira. Se dirige a la cocina en silencio y abre la nevera. El único electrodoméstico del lugar, y tiene rastros de las pegatinas que alguna vez lo decoraron. La bombilla, apenas pendiente del cable pelado, tintinea en el techo.

—¿Sake? —pregunta, sin volverse.

—Como si tuvieses otra cosa.

Sirve los dos vasos y los lleva junto a la botella hasta el salón. O lo que debería ser un salón, si aquello fuese un apartamento y no un piso franco. Siente movimiento en la habitación contigua, y se imagina que serán ratas. De las de verdad, no como las que caminan a dos patas.

Se sienta en la otra esquina del sofá. Es de cuero oscuro, y está rajado por el centro, marcando el punto medio, la separación. Dabi está cerca de la grieta –siempre está cerca de la grieta-, con las piernas cruzadas, todo de negro salvo por la camiseta blanca; extiende la mano para recibir su vaso. Si fuese una película sus dedos se encontrarían sobre el cristal, pero Hawks sabe que no hay nada de ficción en todo aquello.

Es real. Y el niño que quería ser un héroe alado está caminando por el filo, otra vez.

Se tambalea. Sólo puede caer de un lado. Sabe en cuál quiere estar, pero puede acabar en el otro.

—Cuéntame algo bonito —dice Dabi, haciendo girar la bebida con un movimiento lento de su muñeca derecha.

—Los héroes se están reagrupando —Hawks abre y cierra la mano derecha, todavía dolorida—. Han estrechado la vigilancia. Tienen rastreadores para detectar cualquier intento de contacto con All For One, y parece que hay una pista sobre vuestra ubicación.

Dabi se lleva el vaso a los labios, bebe un sorbo y echa la cabeza hacia atrás. Después se muerde la punta de la lengua con los incisivos, blancos, perfectamente alineados y gira la mirada hacia Hawks.

—¿Y al número dos, cómo le va?

—Yo soy el número dos.

Dabi ríe, y hay una nota infantil en su forma de hacerlo. Más allá suena hueco, como si no supiese bien la mecánica.

¿Te ríes alguna vez, Dabi?

Se sorprende preguntándose si tendrá cosquillas. A lo mejor puede intentar comprobarlo.

Otra idea de mierda.

—No jodas, Hawks.

—Está vivo.

—Eso ya lo sé. Me interesan los detalles. ¿El nomu le sacó el ojo?

Hawks suspira, dando un sorbo a su vaso. El peor sake de Japón, por supuesto. Quizá el último que pasó por ese piso de mierda escupió dentro antes de largarse, como gesto de despedida.

—No. Pero le dejó una cicatriz bastante importante.

Dabi chasquea la lengua.

—Seguro que Shoto estará ahí para chupársela — Hawks le mira con el gesto contraído. Demasiado hasta para él; Dabi le dedica una sonrisa perversa—. La cicatriz, héroe.

Ahora es él quien sirve bebida de nuevo para los dos. Llena tanto los vasos que será imposible cogerlos sin hacer que todo rebose por fuera, y ver a Hawks preocupado por no derramar nada parece divertirle.

—¿No sabes controlarte? —pregunta, irritado, cuando el sake desborda un poco y le gotea en el muslo, manchándole su pantalón preferido.

—¿Para qué? —Hawks le lanza una mirada gélida. Odia cuando pone esa sonrisa de medio lado, igual que la forma en que le llama héroe, como si tuviese cincuenta años y fuese su jodido senpai. Niñato de mierda, quiere gritarle, y pegarle una patada en los huevos. No dice nada, y le observa acercar la cara a la mesa y agacharse a beber directamente del vaso, como si fuese un perro.

—Exquisitos modales —dice, levantando una ceja—. No entiendo co-

—Arréglalo para mañana —le corta Dabi, cogiendo el vaso en la mano ahora que ya no rebosa—. Voy a entrar de noche. A las doce en punto, como en las mejores películas.

—Olvídalo.

—Arréglalo —repite, calmado. Le mira con unos ojos azules que tienen demasiado de los de Enji.

—Te dije que eso no estaba en nuestro trato.

—Muchas cosas no estaban en el trato, héroe —dice, apoyando la espalda en el sofá y echando la cabeza hacia atrás. Entonces le mira, todo fuego—. Voy a hablar con él. Puede ser algo íntimo y rápido, o una carnicería. Tú verás.

Hawks conoce el juego. Dabi sabe jugarlo muy bien.

—No puedo fiarme de tu palabra.

—Es que no te he dado mi jodida palabra —contesta Dabi, dejando el vaso sobre la mesa. No da un golpe, pero es evidente que está tenso. Siempre es así cuando se hace personal.

—¿Cómo sé que no le harás nada?

—No lo sabes. Ni siquiera yo lo sé —dice, encogiéndose de hombros, trazando con los ojos el recorrido de la grieta que surca la pared, frente al sofá— ¿Qué sería de la vida sin emoción?

—Shoto es-

—No —dice, apretando los labios—. A nadie le interesa tu opinión.

Hace calor allí dentro. Pese al viento que se cuela por las ventanas.

—No estoy opinando, estoy negociando —aclara Hawks, intentando retomar el control del asunto. Dabi exhala, despacio, y hay humo en su aliento, como si estuviese ardiendo muy dentro, entre las costillas.

Touya, quiere decirle. La palabra muere en sus labios.

Sabe que no debe hacerlo.

—Me gusta negociar —dice, casi en un susurro—. Quince minutos. A solas con él.

—No.

—Creí que estábamos negociando —ríe, aunque Hawks sabe que no le hace ni puta gracia. Pero menos a él. Es una idea absurda y le coloca en una posición imposible. Está saltando a la comba entre héroes y villanos, pero para Dabi no es suficiente. Quiere colocarle la cuerda alrededor del cuello y que baile una lambada.

No te jode.

—Una llamada. Puedo pasarte un teléfono con-

—¿Te ríes de mí? —dice, levantando las cejas. Sus ojos se abren de par en par. Mete la mano en el bolsillo y saca su teléfono—. Eso puedo hacerlo ahora. Quiero verle la cara. Que vea él la mía.

Ya te vio, le gustaría decirle. Te vio una vez y ni te reconoció, idiota.

—Lo que me pides-

—No te estoy pidiendo nada, héroe —dice, bajando la voz. La palabra suena como un insulto. Le mira desde su lado del sofá, serio.

—Diez minutos.

—Son muchas cosas de las que hablar —extiende los brazos y levanta los hombros, y es evidente que ha heredado el porte de Enji, aunque no tiene ni la sombra de sus músculos. Parece muerto de hambre, más bien—. Ya sabes, cómo te va en el cole, cómo llevas las notas, qué tal se te dan las chicas.

Hawks suspira.

—Doce minutos.

—Quince.

Se pone de pie y se estira como un gato. Sigue haciendo calor. La camiseta se le levanta y Hawks se fija en el hueso de su cadera, blanco, prominente. Piel sana, sin cicatrices.

—Creí que estábamos negociando.

—Estamos negociando —dice Dabi, y hace crujir los dedos. Hawks también se levanta. El viento que se cuela por el cristal roto hace caer el rollo de papel de cocina que hay sobre la mesa del salón, junto a la botella. Rueda por el suelo, y ninguno de los dos se agacha a recogerlo—. Quince minutos y le dejo con vida.

—Doce minutos y no le tocas un pelo.

Dabi se acerca a él, rodeando la mesa, despacio.

—Quince minutos y prometo no quemar nada.

El calor empieza a hacerle sudar. Dabi está más cerca.

—Doce —dice, obligándose a no retroceder— en el aparcamiento. Donde yo pueda veros desde lejos.

—Quince mañana con Shoto —Dabi da otro paso y le tiene a medio brazo de distancia— y esos tres que intentas regatearme te dejo cobrártelos ahora.

Puto niñato.

—Estás jugando demasiado fuerte —dice, mostrando su mirada más amenazante. Pero Dabi sonríe.

—Me gusta jugar con fuego, ¿no es evidente?

Estira el brazo derecho y le agarra de la camieta. Hawks, casi por acto reflejo, le sujeta de esa misma muñeca, pero Dabi da otro paso hacia delante obligándole a retroceder.

Touya.

—No me llames así —gruñe, y en el siguiente paso le arrastra y le hace chocar contra la pared destartalada del piso; las alas tocan primero, y amortiguan el impacto. Con la mano izquierda le levanta las gafas y se las coloca sobre el pelo, mirándole a los ojos. Está muy cerca, y así, a esa distancia, su mirada es completamente distinta de la de Enji. Opuestas. Hay mucho de hielo rodeando las pupilas que tiene delante, azul sobre azul, hielo sobre fuego. Como ya vio antes en el otro, el chaval. El aspirante a héroe. Shoto.

Querría decírselo. Ey, tu hermano tiene tus ojos, ¿qué gracioso, no?

No es probable que sobreviva a la confesión, así que calla.

—Trece minutos —cede, y hace demasiado calor cerca de ese tío—, y te vas por donde has venido.

—Acepto catorce —dice Dabi, sonriendo, y gira la cara hasta su cuello y los aros le rozan la mejilla y debería darle grima o asco pero no, y qué cojones está mal conmigo—, pero no me voy a ir todavía, Keigo.

Dice su nombre despacio, como si fuese parte del trato.

—Nunca te ofrecí catorce —responde, mirando al techo, contando hasta diez en silencio. Y luego hasta veinte. Y luego hasta cien—. Y te estoy echando.

—No resultas muy convincente.

Abre la boca sobre su cuello y le muerde. No lo hace fuerte, sino con suavidad, y se estremece ante el contacto. Frío. Como si tuviera un trozo de invierno atrapado en el pecho, huyendo a través de sus labios.

—Qué cojones estás haciendo —dice, sin moverse. Dabi suelta la mano derecha de su camiseta y le sujeta la cara con ella, echándosela hacia atrás mientras recorre su cuello con la boca.

—Tú qué crees.

—Aparta —le empuja ligeramente. Dabi sonríe en su oreja y le muerde el lóbulo. Es extraño, porque exhala frío pero su cuerpo desprende un calor terrible.

—Hueles como un pájaro que siempre le cagaba en la ventana a mi viejo —dice, echándole más la cabeza hacia atrás con poca delicadeza, haciendo que pegue contra la pared—. Me gustaba ese bicho. Le llamábamos Pocpoc.

—Qué entrañable —murmura Hawks y cómo puede alguien sobrevivir a este calor, cómo—. Estoy sudando. Quítame esa mano de la cara.

Dabi desliza los dedos hasta su mejilla y mueve la cara despacio hasta que sus labios se encuentran, pero no podría decirse que es un beso. Se queda sobre ellos, mirándole con los ojos abiertos.

—La otra vez no te hacías tanto el digno.

—La otra vez estaba borracho —replica Hawks. Dabi sonríe contra su boca.

—Yo también. Cosas que pasan. ¿O es que te robé tu primer beso? ¿No eres un poco mayor para eso?

—No me toques los huevos, Touya.

Baja la mano derecha hasta sus pantalones, rápido y sin clemencia, y le aprieta allí abajo, hablando entre dientes.

—Vuelve a llamarme así y te robaré otra cosa.

Hawks es ahora el que sonríe. Mueve la pierna derecha con rapidez y con un toque propio de jiu jitsu, le gira, alternando sus posiciones, hasta que la espalda huesuda de Dabi choca contra la pared. Suelta una risa ahogada por el golpe en los pulmones y levanta las manos a ambos lados, con las palmas abiertas.

—Eso fue brusco, Keigo.

—¿Brusco? —dice, riendo mientras le aprisionaba contra la pared. Hace más calor que antes, y juraría que lo está haciendo adrede—. Hablas como un niño pijo que fue a colegios de pago.

—Es que fui a colegios de pago. ¿Dónde crees que aprendí a hacer esto?

Se echa hacia delante y atrapa su boca en un gesto audaz. Le muerde el labio, tentando, y Hawks se echa un poco hacia atrás, solo un par de centímetros. Se miran a los ojos.

—Qué quieres —le pregunta en un susurro.

—A ti qué te parece.

Bueno, piensa. A la mierda.

Hawks es ahora quien le agarra la cara y le besa. Lo hace profundo y húmedo, todo lengua y saliva. Dabi sonríe dentro del beso, con los ojos entrecerrados. Satisfecho. Hawks le dirige, y no necesita mucho tiempo para darse cuenta de que es torpe. Imita sus movimientos. Ya lo hizo la otra noche, aunque había tanto sake por medio que no lo recuerda.

A lo mejor hay parte de confesión en su burla.

"¿O es que te robé tu primer beso?", ha dicho.

Es malo hasta para construirse esa careta. Se le desmorona en las manos, y Hawks preferiría que fingiese un poco mejor, porque no está allí para salvarle. Si es que tiene salvación, que lo duda.

—No hay cama en esta pocilga —anuncia entre beso y beso. Dabi es un poco más alto que él, cuatro o cinco centímetros, pero eso no le intimida. Achina los ojos y le observa con las narices rozándose.

—Oh, vaya —dice, encogiéndose de hombros, todo huesos—. No sabía que los chicos de barrio necesitaban una cama.

Hawks ahoga una risa. Es un gilipollas, pero tiene sentido del humor. Eso sí que no lo heredó de Enji.

Dabi baja las manos hasta el cinto de Hawks y lo desabrocha mirándole a los ojos, serio. Cuando sus dedos le rozan la piel los siente fríos, como si se estuviese congelando.

—No me quemes —dice igualmente.

—Descuida —susurra, colando la mano bajo su ropa interior—. Ou, no hay plumas por aquí. Qué suerte.

—Cállate un poco —le dice, comiéndole la boca. Siente su risa helada sobre la lengua caliente, y la mezcla es jodidamente adictiva. Le agarra de la nuca y le ahoga en un beso largo y exigente. Con la mano libre intenta quitarle la camiseta, pero Dabi le agarra.

—Con ropa —. Hawks rompe el beso para mirarle, pero Dabi no dice nada más. Se desabrocha el pantalón, mordiéndose la punta de la lengua. Se separan lo suficiente como para que cada uno se haga cargo de sus propios zapatos. Las botas de Hawks salen solas, y aprovecha para sentarse en el sofá y observar a Dabi agachado, desatando los cordones de las suyas, con dedos ágiles y dedicados. Son largos y flacos y no hay quemaduras en ellos. Le gustaría preguntarle porqué, porqué te has quemado por todas partes y tienes las yemas suaves, pero no lo hace.

Le gustaría preguntarle si se lo hizo él. Si el hombre al que más ha admirado durante toda su vida, el que ha guiado sus pasos, le convirtió en un despojo de carne apenas unida por un poco de metal.

Mejor no saberlo.

La información está sobrevalorada.

Dabi se acerca y Hawks se quita la camiseta y la deja sobre uno de los brazos del sofá.

—Hace calor —dice, mirándole—. Tú haz lo que quieras, pero yo no quiero sudar mi camiseta.

—No tengo problema —contesta Dabi. Se acerca despacio y le besa suave. Hawks no está dispuesto a ningún nivel de dulzura con ese tío. Se recuerda que está haciendo un papel. Se recuerda que él es un héroe, y que ningún código moral que él conozca impide echar un polvo con un villano, pero debe haber al menos un par de normas éticas que prohíben hacerlo con ternura. Le empuja al sofá y Dabi cae de espaldas, sonriendo, impasible—. ¿Te va duro? No te pega.

Hawks se sienta sobre él. Le sobra ropa, le gustaría que se la quitase, pero no se lo va a pedir.

—Soy un chico de barrio, ¿no?

—Todo el mundo sabe que los chicos de barrio son los más románticos —dice Dabi. Hawks se agacha sobre él y le muerde la oreja, sobre los pendientes; el acero está aún más frío que su boca—, y que los chicos pijos lo prefieren duro.

Ahora es Hawks el que ríe.

—No va a ser romántico.

—Bien —dice en un susurro, y se pasa la lengua por los labios quemados, con ese gesto de me importa todo una mierda. Solo que no es cierto y Hawks lo sabe. Le dijo algunas chorradas el día que se bebieron tres botellas de sake y se comieron la boca en un callejón.

Niñato. No importa que le saque un par de años. Es un crío vengativo y solitario en un cuerpo adulto completamente jodido. Un vendedor de humo. Hawks es más listo que él, y no se va a dejar atrapar por sus artimañas.

Cada vez hay más calor entre ellos, pero la piel de Dabi está tan fría que parece muerto. Se mueve bajo él, intentando un roce que no es suficiente con tanta ropa en medio. Ni siquiera con los pantalones por debajo del culo le llega. Hawks se deshace de lo que le queda con rapidez, pero Dabi repite que no se quitará más prendas.

Pues que te jodan, quiere decirle.

—¿Cómo cojones quieres hacerlo vestido? —le pregunta. Él está en pelotas, y Dabi, tumbado en el sofá, lleva los calzoncillos y los pantalones enredados en las rodillas, y está en calcetines. También negros. El resto de la ropa sigue en su sitio. Y necesita pasar a la siguiente fase pronto, porque Dabi eleva la temperatura y Hawks hace tanto que no está así con nadie que el deseo se le hace bola en las entrañas y amenaza con arrebatarle el control.

—No te preocupes por mí.

—No me preocupo por ti. Pero para follar hay que desnudarse.

Dabi le sonríe. Solo que no es Dabi. Es Touya. Preferiría que fuese Dabi.

Hawks ya tuvo bastante con un Todoroki.

—Aparta —le dice, y Hawks se sienta a sus pies. Dabi se saca los pantalones y los calzoncillos, los dobla y los deja sobre la mesa. No hay quemaduras entre las caderas ni en los mulsos, pero comienzan otra vez en las rodillas y se pierden dentro de los calcetines. Están los dos sentados, mirándose. Hawks deja que la vista se cuele entre sus piernas. Tiene el vello blanco ahí abajo. Recuerda las fotos que encontró en Internet cuando indagó buscando respuestas que ya sabía. Tres niños y una niña. Tres de pelo blanco, uno de dos colores. Sin pensar, dirige los dedos hacia allí y toca el vello. Es suave. Dabi le aparta de un manotazo, mirándole a los ojos—. ¿Quieres hacerlo tú? ¿O prefieres que te lo haga yo?

—Yo.

—Perfecto —responde, sin emoción. Hawks le abre las piernas y se tumba sobre él, dejando que sus pollas se encuentren. Dabi no dice nada, no muestra ninguna emoción. Le mira con los ojos entrecerrados, azul invierno.

Le agarra con la mano derecha, y está duro. Aunque no tanto como él. Hawks siente palpitar entre las piernas, y le jode estar de esa forma por ese puto niñato. Por un villano. Aquello contra lo que siempre luchó. Es asqueroso. Dabi mueve las caderas contra él.

—No pienses tanto, héroe —le dice, serio.

—No tengo condones. ¿Tú tienes?

—¿Me ves cara de comprar condones? —levanta las cejas y el gesto le hace parecer más joven. Hawks le besa intentando arrancarle algún sonido. Es inútil.

—¿Has hecho esto alguna vez? —le pregunta, deslizando los dedos por su espalda baja hasta su culo. Es suave. Tampoco hay heridas ni piel quemada ahí. Con la otra mano agarra su polla, y espera alguna emoción, pero no la obtiene. El tiempo que Dabi se toma en responder es en sí una respuesta.

—No hables tanto, héroe —dice, cerrando los ojos.

—Puede que te duela si es la pri-

—Te he dicho que no hables —repite, poniendo un brazo sobre sus ojos, suspirando—. Sólo hazlo de una puta vez.

Hawks tuerce el gesto.

Podría hacerlo. A Dabi.

No a Touya.

Se levanta y se aleja, recogiendo sus calzoncillos. Dabi se sienta y le mira desde el sofá.

—¿Qué mierda haces?

—No soy un villano —dice. Como si a él le interesase—. Estoy hasta los cojones de los héroes, pero no soy como tú.

—Vale.

—No voy a entrar en tu juego.

—Vale.

—No voy a caer de este lado de la cuerda —le dice, ya con los calzoncillos y los pantalones puestos. Dabi se levanta y camina hacia él. Las alas se le tensan, pero no se mueve. Sigue avanzando, otra vez tomando la iniciativa. Todavía no se ha abrochado el pantalón, y ya se lo está bajando otra vez. Solo un poco. También los calzoncillos. Se la saca y la agarra fuerte, apretando. Le envía una ola de calor que le hace retroceder, pero Dabi no le suelta. Su mano está fría, pero desprende calor. La mueve despacio, y Hawks va avanzando hacia atrás, hacia la pared donde empezaron, caminando con torpeza con los pantalones enredados en las rodillas. Dabi le sujeta de la cadera con una mano helada y le bombea con un ritmo perfecto, y sigue haciéndolo cuando le tiene ya en la pared. Las alas se relajan y las plumas se hacen suaves, y Dabi se pega a él.

Recuerda lo que le dijo la otra noche, borracho, antes de besarle.

Siempre envidié tu don. Unas alas para volar lejos. Tengo el fuego más poderoso que existe, fuego azul; más temible que el de Endeavor. Me hubiese cambiado mil veces por ti.

Dabi extiende los dedos y le toca el ala con la mano izquierda. Hawks repite la operación. Suelta su mano y le gira, esta vez poniéndole de cara a la pared. No hay quemaduras en su nuca. Le sujeta del hueso de la cadera y escupe en sus propios dedos, empezando.

No hay quejas por parte de Dabi. No dice nada, no hace nada. Sólo silencio, y su interior, caliente.

Hawks sabe que no hay perdón para esto, pero ya ha cruzado todas las líneas.

Apoya la frente contra la parte posterior de su cabeza y mueve la mano trazando distintas rutas, probando ángulos, añadiendo dedos. Dabi respira un poco más fuerte.

—¿Estás vivo? —le pregunta, un susurro en su oído.

—Sigue —le dice, y su voz suena distinta. Es Touya. Hawks aprieta los párpados. A veces cree que le recuerda, aunque puede que sea una ilusión. A veces cree que le vio una vez, un niño cubierto de vendas, huyendo de su casa. Él ya tenía alas para rescatar, pero aún no era un héroe. Ahora es un héroe, pero no puede hacer nada. Se ríe contra su nuca y Dabi resopla. —¿A qué cojones esperas, Keigo? —le pregunta, ahogado. Hawks se limpia las lágrimas de los ojos con el brazo libre y agradece que no pueda verle.

Entra en él despacio, pero de una sola vez, sin darle tiempo a acostumbrarse a su presencia.

Dabi respira más fuerte, y le aplasta contra la pared al invadirle hasta el fondo, pegando la nariz y la boca a su nuca. Le besa ahí y lo hace con suavidad, sin darse cuenta. Dabi huye del contacto de sus labios, pero le retiene y vuelve a besarle mientras marca el ritmo con sus caderas, lento. Reparte besos por la línea que divide el cabello y la piel, besos suaves, solo labios, uno por cada embestida, y le siente deshacerse, su respiración se quiebra y se convierte en un gemido.

—Touya —repite, acariciándole el pelo con la mano izquierda.

—C-cállate —pero no es una orden, es una súplica. Intenta apartarle la mano de su pelo, pero Hawks atrapa sus dedos y los agarra, llevándolos a la pared, entrelazados a los suyos. Le embiste más fuerte, más profundo, cortándole la respiración.

Entonces, sin decir nada, le abandona de golpe. Dabi tarda en reaccionar. Se gira, con la mirada perdida, y Hawks aprovecha para quitarse otra vez los pantalones y los calzoncillos, y se abalanza sobre él, le besa con fuerza, busca su erección y la acaricia recorriéndola entera, no le deja tiempo para decir ningún chiste estúpido ni para llamarle héroe ni mucho menos para usar su nombre propio. Le empuja contra el sofá y cae sobre él, aplastándole.

—Abre las piernas —dice en su boca. Dabi las abre, sonriendo.

—Ahora sí que me está jodiendo un héroe —contesta, tragando saliva. Tiene las pestañas húmedas y Hawks no resiste el impulso de acariciarle la mejilla, sobre la piel quemada, y subir hasta su ojo, delineando su ceja y su párpado. El gesto de Dabi cambia—. ¿Qué mierda haces?

—Los niños pijos como tú no joden —le dice, besándole despacio; empieza un comentario en su boca, pero le acalla entrando otra vez en él de una sola vez, despacio—. Hacen el amor, así.

Dabi gruñe y después se ríe. Suena natural, como si no fuese un asesino.

—Los villanos no sabemos lo que es el amor —dice, con los ojos cerrados, en un susurro. La sonrisa sigue en sus labios, y Hawks aumenta su ritmo. Todo el cuerpo le arde, y querría taparle la cara con la mano para que no vuelva a abrir los ojos, para no encontrarse otra vez a Touya.

—Los héroes tampoco —susurra, más deprisa, más duro. Dabi, Touya, se ahoga bajo él, hace un calor insoportable y su voz se ha convertido en un jadeo quebrado y resbaladizo. Encuentra el punto de fuga, y lo abate sin piedad, desmontándole—. Pero yo no soy un héroe.

Dabi sonríe en su boca.

—Eres Keigo —dice, pero no suena a insulto. Se le quiebra la voz en la última sílaba—. Joder.

—Touya —le llama, y abre los ojos, intentando respirar. Exhala gélido, y le besa suave, errático, intuyendo la explosión. Con la mano izquierda le acaricia entre las piernas, dirigiéndole—. Touya, vamos. Córrete.

Como si hubiese estado esperando oírle, Dabi se encoge, aprieta los párpados, tiene las mejillas sonrojadas y la humedad de sus pestañas se le escurre por el lagrimal. Echa la cabeza hacia atrás apretando los dientes, y es tan humano que Hawks siente que llega con él, y la saca de un movimiento y se deja ir sobre su cadera, apoyando la frente en su pecho.

Dabi empieza a reír, y es una risa de verdad.

—Ah —dice, tosiendo. Le pone una mano en la cabeza, sobre el cabello—. Qué considerado.

—Cállate —le dice Hawks, sonrojándose, todavía sin aliento. Dabi mueve los dedos sobre su pelo, enredándolos, como si intentara una caricia.

—Nada mal para ser un chico de barrio —dice al final, mirándole. Hawks se deshace de su mano y se sienta, alcanzando el papel de cocina tirado en el suelo y arrancando un buen trozo. Empieza a limpiarle a él, aunque su camiseta está arruinada. No dice nada al respecto.

—Nada mal para un niño pijo y virgen.

Nada mal para un Todoroki, habría dicho.

Se visten en silencio. Hakws repasa mentalmente la lista de gilipolleces que ha hecho desde los dieciocho años, que son bastantes. No se le ocurre ninguna que supere a esta.

Dabi prende fuego al papel que han usado para limpiarse, y lo hace arder en menos de un segundo, en un recordatorio sin palabras de que está vivo porque a él le da la gana. De que podría haberle carbonizado entre sus piernas.

Hawks no necesita exhibiciones para saberlo. A fin de cuentas, es el más listo de los dos, ¿verdad?

No salen juntos del edificio. Dabi lo hace primero. Antes de irse le sonríe y hay en ese gesto más de Touya que de villano.

No importa. Hawks sabe que en cualquier momento le dará el zarpazo. Aún así, le devuelve la sonrisa.

—Hasta mañana, héroe.

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