Como ya saben, esto es un parodia del lore original de League of Legends, y de ninguna manera estoy asociado con Riot ni asumo derechos sobre la propiedad de ningún personaje aquí presentado, excepto aquellos de mi propia creación. Por demás, todo parentesco con la realidad es pura coincidencia. Ahora que conocen estos detalles legales sin importancia, sobre estos asuntos sin importancia, pueden continuar leyendo esta historia sin importancia.


Capitulo 4: La mujer rota


Bueno, esto puede resultar algo molesto. Quiero decir, cambiar el rumbo de las cosas de repente.

Cambiar de historia. Ah, y de narrador.

Bueno, en este caso sería narradora en vez de narrador.

De cualquier forma debo disculparme por eso. Por esto. Por inmiscuirme de forma tan torpe en esto. Aleksai lo estaba haciendo bien, pero yo usurpé su lugar.

Oh, bien, supongo que eso es suficiente.

Por lo pronto seré yo quien se encargue de la pluma y de la tinta.

Es un placer. Mi nombre es Alejandra Sagir Lazzuli y tengo 23 años. Mis pocos amigos suelen llamarme Alexis. Me he presentado, creo que es lo mínimo que debería hacer. En realidad no se me dan muy bien las introducciones o las despedidas, pero soy consciente que puede ser confuso solo ir y escuchar a otra persona contando otra historia de la nada. Soy más organizada y metódica que Aleksai en ese aspecto por lo menos.

Tengo entendido que él abrió la historia describiendo sus frustraciones por los apagones que recientemente ha sufrido toda la ciudad.

Bueno, es algo típico de él. Jajajajajaja.

~Ahem~.

Como sea. Debo admitir, no obstante, que tampoco tengo la habilidad de hacer amena e interesante una historia. Ni esta, ni cualquier otra que haya contado jamás. No soy como él. Todo lo que tengo es mi estilo metódico y organizado. Soy algo rígida. Me apego a los estándares, y eso puede terminar siendo aburrido. No soy precisamente divertida ni entretenida. Aún así, espero no decepcionar las expectativas de nadie, y aunque desconfío de mis habilidades de composición y narración, sin duda prometo hacer mi mejor esfuerzo para atrapar toda su atención.

En cualquier caso, no estoy aquí para hablar ni de mis falencias ni de mis faltas de carácter. Mi presencia, aquí y ahora, así como todo el tiempo que requiera el cubrir este asunto, se debe de forma exclusiva a relatar la historia que Aleksai ya venía retratando a su propia manera. Sin embargo, no puedo simplemente contar la historia como Aleksai lo haría, es algo imposible para mí. No puedo continuar las cosas desde el lugar en que él las ha dejado, porque yo no estaba en escena en ese momento. Además tampoco puedo emular su despreocupado estilo, ni sus locas experiencias o puntos de vista extravagantes. Todo lo que puedo hacer es limitarme a hablar de lo que ha ocurrido desde mi experiencia.

De lo que yo he vivido.

De una forma un poco aburrida.

De cualquier forma, mi historia y la de Aleksai son solo parte de un todo, así que, de muchas más historias entrelazándose para dar forma a la versión completa del relato, hare un pequeño aporte desde lo que he vivido. Comenzaré a hablar de una historia sobre la que él nunca supo, la historia que yo viví.

Mi propio aporte a la versión completa.

Oh, bueno, ¿Por donde debería empezar? ¿Tal vez debería describirme a mi misma?

Supongo que es adecuado. Desde que soy quien está a cargo de esta pequeña historia, es justo que sepan qué clase de persona es quien lo redacta. Qué clase de persona soy yo.

Ya dicho esto, comenzaré por mi aspecto físico.

Es algo difícil. Ciertamente la idea sobre la apariencia personal de cada persona es puramente subjetiva, pero puedo decir un poco sobre mí sin perder la imparcialidad. Mi cabello es rubio, mis ojos son azules y mi piel es blanca. Mi estatura es de 1.72,9 centímetros y mi peso es de 50 kilogramos, así que supongo que estoy en la media. Oh, bien. Yo diría que esos rasgos superficiales son suficientes para hacer un arquetipo aceptable de mí.

No hablaré más sobre mi aspecto.

Puede que resulte agradable o desagradable, pero es así como soy.

Bueno, admito que si tuviera que elegir diría que soy atractiva, pero como ya dije, la estética es puramente subjetiva. Dar tales veredictos sería dejar a mi vanidad hablar en mi lugar. La noción de belleza es enteramente personal. Por ello, y desde que las características de mi perfil son bastante ordinarias, solo háganse la idea que deseen de mi apariencia por favor. Cualquier arquetipo que tengan en mente está bien.

Dejando de lado mi fisionomía, hablar de mi personalidad me da un poco más de libertad.

En realidad creo que el nivel psicológico es más importante que la apariencia física. Quiero decir, es mi cerebro y no mi rostro quien toma las decisiones.

De ahí surge todo.

Es el núcleo de mí ser.

Es esta tonta cabeza mía la que me llevó a entrar en esta historia de fantasía.

Precisamente hablando de eso, en un intento por filtrar toda descripción intrínseca sobre mi personalidad, dejaré que los rumores y habladurías de otras personas hablen sobre mí en lugar mío. No será un problema, he escuchado a la gente a mí alrededor nombrarme de diferentes formas desde que tengo memoria. Algunas crueles y otras pocas dulces.

Por ejemplo, durante mis días de secundaría, mis compañeras de clase me describían como fría, apática, indolente, impasible, displicente, insensible, inalterable, imperturbable y estoica, mientras que mis compañeros masculinos me tenían en la estima de ser inalcanzable, hermosa y perfecta, inteligente, talentosa, solitaria, capaz, aterradora y calculadora. Algunos otros me han llamado manipuladora, vanidosa, orgullosa y antisocial.

Para muchos otros simplemente soy un monstruo.

Tales seudónimos me he ganado a lo largo de mi vida.

Bueno, teniendo en cuenta mi forma de ser no puedo culpar a nadie por estigmatizarme de esa forma pero, aún así, son palabras difíciles de aceptar.

Son dolorosas.

Aunque nadie lo sabe, esas palabras me lastimaron.

No es como si yo quisiera ser así. No vivo para lastimar a otras personas, pero a veces pienso que hay personas que viven para lastimarme a mí.

Como sea. Es verdad que muchos de los apelativos que he recibido encajan bien con mi personalidad, más no todos son ciertos. Es decir, no soy inalterable. No soy imperturbable. No soy impasible. No soy indolente. No soy perfecta, ni inalcanzable o insensible. No soy aterradora.

No soy ninguna clase de monstruo.

Yo también soy humana. Siento miedo, dolor y tristeza. Me equivoco. Puedo llorar y reír. He amado y me han decepcionado. Todo en mí es normal, no hay nada que temer. De hecho, para ser sincera, entre más revelo de mí, más fácil es darse cuenta de lo decepcionantemente ingenua y débil que puedo llegar a ser en ocasiones. Es cierto que soy perfeccionista, estricta y hasta exigente. Puede que sea inteligente y talentosa, tal vez, pero eso no significa que sea intachable ni exenta de defectos.

Simplemente me he dedicado a pulir mis virtudes tanto que he terminado opacando mis falencias, que por cierto, son muchas. Las oculto. En secreto, donde nadie pueda verlas.

Lo que me avergüenza.

Mis fallos.

Mis errores.

Todo oculto tras una fachada de perfección que, sinceramente, no me queda.

Por ello se que no me he ganado la fama que tengo por nada, es más, me la tengo bien merecida. Puedo llegar a ser desagradable. Soy desconfiada. No espero mucho de nadie, más sin embargo no estoy dispuesta a pasar por alto los fallos de los demás. Soy estricta. No admito excusas.

No es de extrañar que cause una mala impresión.

Una pequeña tontatorrona arrogante y exigente que no tiene ni 30 años.

Creyéndose superior solo por ser un poco inteligente.

¿A quién no le desagradaría una persona así?

Si eso es todo lo que las demás personas saben de mí, ¿Entonces como podría yo culparlos?

Esa es la imagen que me he labrado.

Pero es falsa. No, digamos incompleta. Es solo la mitad de la verdad.

No hay persona en el planeta con quien sea más estricta, dura y crítica que yo misma. He vivido decepcionada de mí desde que nací. Nunca me he pasado por alto una falla, nunca me he dado el placer de esconderme bajo una excusa… porque las excusas no sirven. No tienen valor. En este mundo pequeñito y sencillo solo cuentan los resultados, el esfuerzo no tiene ningún valor en absoluto.

A nadie le importa que tan dura sea tu vida ni que tanto te hayas esforzado para conseguir lo que tienes.

A este planeta capitalizado solo le importan los resultados.

El paradigma del trabajo duro solo se ve en los cuentos.

Siempre lo he sabido.

Es por ello que, naturalmente, a mi juicio la única que no puede fracasar nunca soy yo.

Las excusas no son más que patrañas hipócritas, no tengo ninguna justificación para fallar. No tengo el derecho. Tal vez las personas a mi alrededor me han malinterpretado, porque sigo esta filosofía obstinada y tonta, pero no es arrogancia… solo es miedo a fallar.

Desgraciadamente las personas no comprenden esto. No llegan a entender el esfuerzo que requiere el éxito. No serían capaces de contar las cientos de derrotas que se necesitan para moldear una sola victoria. Justifican su propia mediocridad poniendo en otro nivel a las personas que consiguen subir la cuesta y llegar a la cima, y aún así no hacen nada para cerrar esa brecha. No están dispuestos a sacrificar nada para sobresalir. No intentan progresar. Y yo no lo permitiré. Para remediar esa mediocridad y ponerlos en el buen camino estoy dispuesta a aceptar cualquier etiqueta por insultante que sea.

Diga lo que se diga sobre mí, alguien debe corregir esa forma de pensar.

Si por ese motivo soy despiadada, entonces estoy bien con esa sentencia.

Esta soy yo.

Oh, cielos. Eso fue decir demasiado, en verdad lo siento. Esta introducción ya se ha dilatado demasiado por causa de mis desvaríos, mis disculpas por molestarlos con detalles insignificantes. A partir de ahora hablaré de lo que es realmente importante.

El día en que mi historia se hizo parte de esta historia.

En realidad es difícil determinar un punto exacto. Que evento exactamente inició esta cadena de sucesos es una pregunta que aún ahora no puedo contestar con claridad, ni para mí ni para nadie. ¿Acaso pudo ser mucho antes de que me diera cuenta? ¿Puede ser que yo estuviera destinada a vivir esta historia?

¿Era mi destino?

¿O solo fue una coincidencia?

Es curioso como entre más me esfuerzo en separar ambas nociones, más terminan por entremezclarse. Tal vez el destino sea solo un capricho del azar, no lo sé.

En cualquier caso, a mí no me agrada mezclar las cosas. Todo debe ser simétrico, nunca asimétrico, todo necesita un orden determinante, un suceso que lo inicie todo.

Siempre debe existir un punto donde todo converja.

Lo que en informática sería un archivo de restauración, el punto de retorno.

El momento en que todo comenzó.

Nada puede quedar al azar.

En este caso diría que dicho punto de inicio o evento desencadenante ocurrió exactamente a las 4:00 de la tarde, o las 16:00 horas del 4 de agosto, aunque como ya dije, realmente no estoy muy segura. De todas formas, ese día, a esa hora, mi jefe, el señor Wildhosen, me llamó a su oficina donde me esperaba un escarmiento verbal por las pérdidas porcentuales en la compañía donde soy asesora comercial.

Es un cargo importante. La responsabilidad del sector financiero de esta compañía pesa sobre mis hombros. Cualquier error y desbalance está ligado directamente a mí, y por supuesto, a mi sueldo.

En cierta forma el arqueo de las cuentas bancarias de la compañía, la pérdida de control sobre el mercado y la oscilación de las finanzas dependen de mí. Bueno, ciertamente hay más gente a cargo, pero quien tiene que dar la cara por ellos soy yo, pues es mi deber supervisar a estas personas. Sus fracasos y falta de responsabilidad me producen más trabajo a mí, más pérdidas financieras a esta compañía y a mi jefe, que tiene efectivo corriendo por las venas, le provoca hipertensión, hiperventilación o que se yo. Alguna enfermedad relacionada con el dinero.

Es un total avaro.

Ese día en particular me dio la orden de permanecer en mi oficina, pese a mis protestas, y trabajar en un proyecto para aderezar el desbalance de la empresa que satisficiera sus demandas. Tendría que salir muy tarde del trabajo ese día, y tengo un hermano por el que responder. Si su hermana mayor no va a recogerlo a su colegio nadie lo hará y ese niño no puede regresar a casa solo. Aún es muy pequeño.

Ahora que tengo la oportunidad esclareceré algunas cosas sobre mi familia. Vivo con mi hermano menor desde hace un par de años porque consideré que estaría mejor conmigo que con mis padres. No quiero que este niño se convierta en alguien como yo por mi influencia de esas personas. El no repetirá mis errores.

Mi pequeño hermano depende de mí. No quiero adjudicarme potestades que no tengo, pero en cierta forma he sido una madre para él.

Más que su hermana, soy como su madre.

Tanto legal como financieramente él está a mi cargo, además soy yo quien se ha encargado de criarlo, incluso aún cuando permanecíamos bajo el fuero de mis padres. Yo lo despierto cada mañana y lo arrullo cada noche, preparo su comida y recojo su desorden, consiento sus caprichos y soporto sus berrinches. Es lo que hago para él. Bueno, a pesar de todo no podré ir por él ahora. Tendré que enviar un auto por él.

Lo llamé a su celular para informarle.

– ¿Hola?– Me contestó un niño al otro lado del teléfono.

– Hola querido Johan, hablas con tu linda hermanita– Le dije suavemente con algo de timidez en la voz, como quien trata de encubrir algo malo.

– ¡Ah, hermana! ¿Por qué no has llegado aún? ¡Ya es tarde!– Me reprochó en tono acusador.

– Discúlpame, pero saldré del trabajo muy tarde hoy así que no podré ir… Ah, pero no te preocupes, envié a alguien por ti, llegara muy…–

– Entonces otra vez no vendrás… de nuevo– El niño me interrumpió con voz sombría.

– Lo siento, son cosas del trabajo pequeño. Deje algo preparado en la cocina, pero puedes comer lo que quieras del…–

– ¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Ya nunca estás en casa! ¡No quiero! ¡No quiero verte más! ¡No te quiero y no quiero verte!–

Vaya… hizo un berrinche. Últimamente no he podido estar mucho con él por causa del trabajo así que debe sentirse algo olvidado, pero no puedo evitarlo. Cuido de él tanto como puedo, pero no puedo darme el lujo de perder mi trabajo por una de sus pataletas.

– Entiendo que estés molesto, pero tu hermana trabaja solo para ti, para que puedas…–

– ¡No quiero más mentiras, no iré a tu casa! ¡No te quiero ver más!–

– E-Espera ¡Johan, ¿Qué es lo que estás diciendo?!–

– ¡No quiero verte, no quiero verte, no quiero verte, mentirosa! ¡Te odio!–

– ¡O-Oye! ¡Cuida el tono con el que le hablas a tu herma…!–

Me colgó… Un niño de 11 años dejó a su hermana de 23 años hablando sola por el teléfono. Si, esa misma Alejandra Sagir que tantas personas han descrito como insensible, perfecta e inalcanzable. A esa misma mujer a la que todos temen la insultó un niño que no tiene ni la mitad de su edad, y para colmo, no fue capaz de replicarle nada.

¿Ya no parezco tan aterradora, o si?

Oh, bueno. Tal vez esto me gane varias burlas, pero este es el tipo de persona que soy. En casa no soy tan estricta.

Siempre he consentido los caprichos de este niño y nunca le he levantado la voz. Jamás he tenido corazón para castigarlo, ni me he atrevido a ponerle una mano encima Ah, no se equivoquen, lo he educado correctamente. Realmente me considero a mi misma una buena tutora, pero aunque le haya enseñado a tolerar a los demás y a comportarse adecuadamente, nunca le enseñé a respetarme a mí. Tal vez lo he consentido tanto que me ha perdido el respeto.

O quizás yo simplemente no le inspiro ningún respeto.

Hah…

Suspiré en mi solitaria oficina. A pesar de que he vivido con él por tanto tiempo aún no se cómo complacerlo del todo. Es el límite de mi capacidad. También tengo que dar la cara por las falencias en esta empresa, tengo responsabilidades que simplemente no caben en mis manos. No puedo quedar bien con todos al mismo tiempo.

No puedo hacerlo sola.

Hice otra llamada, esta vez a mis padres. No quería recurrir a ellos, pero alguien tiene que recoger a ese muchachito malcriado, y aunque yo misma fuera, él no quiere verme ya. Mi padre, quien contestó el teléfono, accedió sin problemas a recoger al chico. No obstante me sentí bastante incómoda con esa petición. Soy consciente que mis padres nunca estuvieron de acuerdo en que Johan viviera conmigo. Ellos no me consideran lo bastante buena para él. No creen que yo sea capaz de cuidarlo. Esto es porque de todas las personas que he conocido en mi vida, las únicas que me creen un fracaso… son ellos.

Tal vez en lo único que coincidamos sea en que no queremos ver a Johan convertirse en alguien como yo.

Estresada pase una mano por mi cara en un intento por agarrar toda mi frustración y arrancármela de la piel y tirarla lejos. Hice el ademán de tirar algo apuntando a la cesta de la basura y acto seguido dirigí la vista a mi escritorio. Tenía mucho trabajo por hacer. Deslice mis manos por mi escritorio hasta alcanzar una taza de café que me había preparado no hace mucho tiempo, en realidad solo unos minutos antes de entrar a la oficina de Wildhosen. Sujeté la pequeña taza por la oreja y la lleve a mi boca mientras examinaba algunos papeles a la espera de que el ordenador de mi oficina se encendiera. Todo lo hice por reflejo, obra de mi rutinario subconsciente, pues debo admitir que mi atribulada mente no dejaba de revolotear alrededor de la imagen de mi pequeño Johan llorando.

Di un par de vueltas a la oficina tratando de concentrarme, pero no pude hacerlo. Así de tonta y obstinada soy que simplemente no puedo concentrarme si no arreglo las cosas con las personas que quiero. No podía dejar de pensar en mi hermano, que me gritó llorando "mentirosa".

Aunque lo intenté, no pude evitar pensar en que era mi culpa.

En que yo era una mentirosa.

¡Mentirosa!

Eso fue lo que él dijo.

En realidad tiene razón. Tienes razón Johan, tu hermana es una mentirosa. Una terrible mentirosa.

Sinceramente la idea de ir por él, recogerlo y decirle algo como "Era una broma, pequeño tonto" era casi insoportable. Se me escapaba del pecho. En realidad, conociéndome como me conozco, estoy segura que lo hubiera hecho aún bajo el riesgo de perder mi trabajo.

Pero si lo hago, si pierdo este trabajo, si no tengo manera de sostenerlo entonces perderé su custodia.

Bajo esa mezquina filosofía me sumergí en mi trabajo. No llego a entender yo misma como pude terminar con mi labor aún cuando mi caprichoso corazón no dejaba de palpitar con nerviosismo en mi interior enajenado en otras cosas. A pesar de ser yo una tonta y una obstinada, mi mente es como un reloj. Como un mecanismo de engranajes que no deja de funcionar pase lo que pase. A veces me siento como si yo fuera una maquina de trabajar. Antes de darme cuenta, todos los reportes y las estrategias comerciales que me habían sido encomendadas estaban listos. Ni siquiera yo me di cuenta en qué momento terminé. Fue como un "Ah, ahí están". Aparecieron casi por arte de magia.

Aunque haya dicho eso, ya eran más de la 10 de la noche. Son 3 horas por fuera del horario.

El edificio donde trabajo estaba completamente vacío. Si se viera desde lejos, seguramente solo la ventana de mi oficina estaría iluminada.

Era hora de partir. Comencé a prepararme para partir. Mi apartamento está muy lejos del trabajo, es casi una hora conduciendo. Pensando en eso, mi hermano está ahora en casa de mis padres. Descuidadamente agarré mis cosas, me puse mi abrigo y deje la oficina. Apagué las luces, y me despedí del solitario edificio. Por supuesto, no obtuve respuesta de nadie.

Entré en mi auto.

Deje salir un tremendo grito de frustración.

¡Maldita sea! ¡Maldito trabajo, maldito jefe, malditos reportes, malditos mediocres, malditos todos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos!

¡Aaaaaarrrgg!

Pise el acelerador con violencia. Suelo ceñirme con pasión a las leyes y las reglas, pero ahora eso no importa, a estas horas de la noche puedo tomarme algunas libertades de transito, las calles están vacías.

Aceleré con violencia mientras pensaba en la manga de incompetentes que trabajan en la empresa bajo mi liderazgo. Son indisciplinados, poco capacitados, perezosos y descarados. Todos sus errores recaen directamente sobre mis hombros. Todo el trabajo que omiten tiene que ser subsanado por mí. Todo lo que no hacen es todo lo que tengo que hacer adicionado a mis propios deberes.

Tengo que trabajar yo sola por un departamento entero porque mis subalternos no están bien capacitados.

¡Inútiles! ¡Imbéciles! ¡Incompetentes!

Llegué a mi apartamento con la ira a flor de piel todavía. Mi hermano que no es muy organizado había dejado el lugar hecho un desastre. Entre la oscuridad del departamento alcance a distinguir un parpadeo sobre la mesa. El computador portátil que le compré hace poco estaba sobre la mesa del comedor aún encendido.

Este niño no comprende los gastos que me provoca. La factura eléctrica me saldrá muy cara otra vez.

Encendí la luz y me dirigí a la mesa para apagar el aparato.

League of Legends, decía la ventana en la pantalla. Si mal no recuerdo mi hermano se ha encaprichado con este juego los últimos meses, y si mal no recuerdo también sus notas han bajado precisamente por dedicarle tantas horas a este pasatiempo.

En cierta forma es culpa mía.

No, tal vez debería asumir la responsabilidad completa.

Quiero decir, fui yo quien lo incitó a jugarlo para empezar.

Oh, así es, hace tiempo yo también fui una jugadora de League of Legends.

No me subestimen. No sería bueno para ustedes.

Puede que no lo parezca.

Quizás suene como una mentira.

Ciertamente no hay razón para creer en mis palabras.

Pero yo, de la segunda temporada, entre todos los jugadores, por más difícil de aceptar que sea, fui la jugadora número 1 del planeta. Por encima de todos. La mejor. La más habilidosa y la más temida.

BlurAlchemist. Ese era el nombre de la invocadora más poderosa de la segunda temporada, y también el nombre que me identificaba.

Pero esos son ya tiempos pasados. Historia antigua.

Viejos cuentos de cuando asistía a la universidad. Era más joven. Más dulce.

Y menos aburrida.

Como sea. Rememorar las glorias del pasado no me alejará de los fracasos del presente, por desgracia. Ahora no soy más que una simple ejecutiva saturada de trabajo.

Una mujer gris como las cenizas. Una llama que olvido como arder.

Estaba yo a punto de apagar el ordenador portátil con tales pensamientos rebotando de lado a lado dentro de mi cráneo, cuando mi celular me despertó del trance.

Una llamada de casa de mis padres. Era algo extraño de ellos llamar tan tarde en la noche. Bueno, para empezar ya es muy rara la ocasión que mereciera una llamada de parte de mis queridos padres, que no se dignan a contactarme siquiera en mi cumpleaños, así que ya imaginaran lo extraño que es recibir una llamada de esas mismas personas, que no profesan el menor cariño por mi persona, marcando el reloj las once del crepúsculo. Un momento, ¿Y si se trata de Johan? ¿Le abra pasado algo?

Me preocupé.

Contesté la llamada esperando escuchar la voz áspera y masculina de mi padre, pero, para mi sorpresa, la que hablo al otro lado del teléfono fue una voz tersa e infantil. Le pertenecía a mi hermano precisamente. Estaba llorando. En medio de sus ininteligibles sollozos, todo lo que pude entender fue: Ven aquí, llévame a casa contigo. Eso fue suficiente para mí. Era todo lo que necesitaba escuchar.

Me preocupé aún más.

No, fue incluso peor. Siendo honesta me asuste, y mucho. Tanto que mi corazón estuvo a punto de salirse por mi boca.

Agarré las llaves de mi auto y salí corriendo de mi casa. El estacionamiento queda a 2 calles de aquí.

Sera rápido, me dije.

Mi tonta cabeza obstinada cerró puertas y ventanas a todo pensamiento ajeno a mi hermano.

Incluso a mi atención. Ese fue un error. Un grave error.

Tal vez el peor.

Tal vez… el último.

Siempre he sido una fiel seguidora de las leyes. Esta ocasión no fue la excepción. Como dicta el conducto regular, me asegure que la luz estuviera en verde antes de pasar.

Es la verdad, no estoy mintiendo. Es cierto, soy una tonta y una obstinada, pero mi mente es como un reloj. Soy alguna clase de autómata estúpida que no puede dejar de pensar antes de actuar. No puedo escapar de ese procedimiento.

No es cosa de mi descuidada personalidad. Es un hábito que fue instalado a la fuerza en mi subconsciente.

Aún así, no soy tan perfecta. Lo olvidé. Que no todos se aferran a las reglas como yo, lo olvidé.

Que tonta.

Que descuidada.

Y por encima de todo, que olvidadiza. A pesar de lo impactante que fue, no puedo recordarlo.

Aún ahora mi memoria esta borrosa.

No sé como ocurrió. Mis recuerdos están segmentados en imágenes aisladas, como una película cortada en pedazos por unas tijeras escolares, reproduciendo una película por fragmentos.

Todo sucedió demasiado rápido.

Sé que el semáforo peatonal estaba en verde, lo vi con mis propios ojos. El semáforo estaba en verde, sí, y entonces atravesé la fría oscuridad de la calle pero, para cuando reaccioné, yo estaba de espaldas en la mitad de la vía. Antes de darme cuenta terminé tendida en el suelo. Allí tirada, sola sobre el piso helado y húmedo conseguí distinguir el resplandor verde del semáforo sobre un rojo amargo y oscuro. ¿Tal vez el semáforo estaba en rojo y no me di cuenta…?

No… no es eso. Este rojo no es del semáforo. Es rojo sangre. Es sangre… tal vez la misma que corre por mis venas. Tal vez sea el color del sabor que inunda mi boca ahora mismo.

Sangre.

Mi sangre.

Mi sangre esparcida por el suelo. Mi vida escapándose por grietas en mi cuerpo. La vida de una mujer rota saliéndose a borbotones por las fracturas en su piel. De esa forma me sentí.

Tal vez ahora mismo yo esté muriendo.

¿Cómo sucedió todo esto?

¿Cómo paso todo tan rápido?

¿Cómo es que mi vida se está escabullendo de entre mis manos sin que yo pueda hacer nada?

Un auto me embistió mientras cruzaba la calle, eso fue lo que pasó. Un auto me arrolló y me dejo hecha pedazos, y el único testigo fue un semáforo al que no respeta nadie.

Si, suena como una escena apta para mí.

Bajo la triste luz intermitente de un semáforo que nadie respeta, yacía el cuerpo de una triste mujer a la que nadie respetaba tampoco. Una vida que no fue respetada desvaneciéndose a contraluz de un solitario semáforo. Esa fue la clase de accidente que se está llevando mi vida, tan patético como pueda sonar. Muy patético. Lo bastante lastimero como para no poder recordarlo incluso ahora. Nada. Ni el vehículo, ni la hora, ni el lugar, ni quién, ni por qué. No pude ver absolutamente nada. Lo único que recuerdo de ese accidente es el sonido de de los neumáticos rechinando contra el suelo alejándose de mí, abandonándome sin por lo menos revisar mi estado o llamar por ayuda.

A quien quiera que me haya hecho esto… no le importó matarme.

No sé donde fui golpeada. No sé qué tan graves son los daños. No se absolutamente nada. Solo sé que me duele mucho todo el cuerpo. Mover mis brazos es toda una tortura, mis piernas no responden, mi cuello está quebrado y mis dientes no paran de tiritar. Tengo frío… ah, es porque no traje mi abrigo, lo olvide en el apartamento. Eso significa que tampoco tengo mi celular, así que no podré llamar a nadie. Nadie vendrá a salvarme. Me moriré aquí de frio o de soledad. ¿Qué ocurrirá primero?

No. No quiero.

No quiero que ocurra ninguna de las dos.

Ayuda.

Alguien que me ayude.

No quiero morirme, ayuda.

Aún sabiendo que nadie vendría, pedí ayuda. En la medida que mis destrozados pulmones me lo permitieron, pedí ayuda con todas mis fuerzas. Mientras lloraba tendida en el suelo, forzando a mi cuerpo a hacer lo que no podía, grité por ayuda. Ah, acabo de decir "grité", pero esos tristes susurros y gemidos que tímidamente abandonaban mi garganta difícilmente podían ser escuchados por mí misma.

Se me arrebató la facultad incluso de gritar.

Pronto, ahogada por mis propias lagrimas, no fui capaz de llamar más por ayuda.

No podía hacer más que llorar con impotencia, llena de miedo. Miedo a morir. Miedo a desaparecer. Miedo a dejar de existir. Miedo a no volver a ver a nadie.

Entonces, me desesperé.

¡No quiero morir! ¡No quiero morir! ¡No quiero morir! ¡No puedo morir! ¡No puedo morir! ¡No quiero morir! ¡No puedo morir! ¡No quiero morir así! ¡No puedo morir aquí! ¡Por favor! ¡Por favor, alguien sálveme! ¡No quiero morir! ¡No me dejen morir! ¡Quiero vivir! ¡Que alguien me salve!

¡Alguien! ¡Por favor! ¡Alguien venga a salvarme!

¡No quiero desaparecer!

Alguien… por favor, no quiero estar sola… no ahora.

Sofocada por mi propio llanto. Desesperadamente lloré por mi vida, pero nadie vino en mi ayuda.

Nadie me escuchó.

Tengo frío. La hipotermia comenzó a surtir efecto. Parece que me matará el frío antes que las heridas. Puedo ver todo con claridad, pues estos ojos míos no han dejado de funcionar, pero comienzo a sentir sueño, y a la fuerza se están cerrando en contra de mi voluntad. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿En cuánto tiempo estaré muerta? Tengo la certeza de que aún sigo con vida, solamente porque aún me duele hasta el cabello más delgado de mi cabeza. Me duele. Es tan insoportable que casi me hace desear la muerte. Oh, vaya, hasta que punto he llegado. Como sea, sé que ya no puedo ver nada, pero aún puedo escuchar. Escucho mi pobre corazón latiendo débilmente, bombeando cada vez menos de esta ingrata sangre mía que se escurre por los agujeros en mi piel.

Y me aterra.

¿Por cuánto tiempo más lo hará?

¿Duraré lo suficiente para que amanezca y alguien me encuentre?

No hay manera. Necesito moverme y salvarme yo misma. Nadie vendrá a hacerlo por mí, tengo que encontrar la manera yo misma. Tengo que caminar sola otra vez. Sí, eso intento, pero mi cuerpo no me responde. Ni siquiera mis ojos responden. Creo que he llegado a un punto más allá de la ayuda, no tengo salvación. Lo único que sé del exterior es el terrible frío que ha envuelto mi cuerpo como una manta, y la calidez de mis lágrimas sobre mis mejillas. Aunque estoy temblando de frio al borde de la muerte y he pintado el suelo de rojo con mi sangre, no puedo dejar de llorar.

Parece que, aunque no tengo energía para moverme, me sobra bastante para llorar. No puedo detener las lágrimas. Que lamentable mujer, tu hermana es una llorona, Johan.

Lamentable.

Muy lamentable.

No hago otra cosa más que gemir y sollozar como una plañidera. Entonces, ¿Cómo es qué no puedo dejar de llorar ahora? ¿Acaso fue por el accidente?

En ese caso, ¿Cómo fue que terminé de esta manera?

Tal y como lo dije desde el principio, todo empezó a las 4:00 pm del 04 de agosto. Por cosas de la vida. Por pequeñas cosas, una detrás de otra que terminaron por llevarme a este resultado. Antecedentes y resultados. Todo por tan fundamental y obvia razón. Con tan solo un evento fuera de lugar, probablemente yo no estaría en estas condiciones.

Seguramente mi vida no estaría amenazada.

Aún así, más que mi propia muerte, me amargó darme cuenta que esta situación fue causada por decisiones ajenas a mi voluntad.

El trabajo que omiten mis subalternos que tuvo que ser subsanado por mí.

Mi jefe que me ordenó quedarme en la oficina.

El trabajo que me obligó a permanecer hasta tarde.

Mi hermano que me suplicó ir por él.

Todo fue por capricho de alguien más. Todo fue porque ciegamente toleré los deseos de otra persona por encima de los míos. Por consentir la holgazanería, la codicia y el capricho. Ni una sola decisión mía estuvo involucrada en este accidente. Por mi falta de carácter terminé en este estado. Siento que ahora si está justificado llorar, pues estoy a punto de morir, y ni siquiera fui capaz de decidirlo por mí misma. Morí por complaciente.

Al menos hubiera deseado una muerte un poco más egoísta.

Tonta de mí. Estúpida.

¿En qué cosas estoy pensando ahora que estoy al borde de mi extinción?

Mis últimos pensamientos deberían ser un poco más geniales. ¿No es algo bueno acaso morir por los demás? Fue lo último que quería pensar, pero incluso esa convicción no me convenció. Al menos por un momento me habría gustado vivir solo para mí.

Y si no pudiera ser así, entonces morir solo para mí.

Toca.

¿Qué es esta sensación?

Toca. Toca. Toca.

Algo me tocó. No, alguien me toco. Sentí unas manos suaves y delicadas sobre mi pecho. Una persona tocando mi cuerpo inerte… no, examinándolo. Alguien estaba junto a mí examinando mi destrozado cuerpo.

Cuanta calidez. Bondad derramándose por la yema de aquellos amables dedos hicieron esta horrible noche un poco menos fría para mí.

Me sentí en la obligación de corresponder a la hospitalidad de esas manos suaves y agradables por lo menos con una mirada. Abrí mis ojos congelados.

Tal vez la muerte se compadeció de mí y me otorgó un último vistazo al mundo de los vivos.

Un bizarro encanto se apoderó de mis labios escarlatas, que sonrieron al encontrar mis ojos el rostro de la última persona que vería en mi vida. Una mujer de facciones encantadoras y delicadas, pálida como un tempano y hermosa como la vida misma.

Vida.

Vida como la que se extiende a lo lejos en el rojo de mí sangre.

Esa clase de intensidad vi en ese rostro. Intensa e impetuosa como la vida misma, digna de mi envidia.

La envidia de una llama a punto de apagarse.

Así me sentí al borde de la muerte, al ver tanta vida en tales mejillas sonrojadas.

Pensé, antes de desvanecerme.


Eso es todo por ahora. Espero haya sido de su agrado, preguntas y todo eso que siempre escribo pero que nadie lee en comentarios o PMs... o lo que sea.