Bueno, hola. Volví de la muerte para seguir publicando incoherencias. Normalmente no dejo que pase más de 1 mes sin publicar nada pero en esta ocasión tuve varias complicaciones. Sufrí de una terrible depresión de escritor que me sustrajo toda inspiración durante un tiempo, y cuando tuve el valor de salir de tan miserable estado la pantalla de mi computador se dañó por "accidente". Afortunadamente el problema tenía arreglo pero por desgracia padecí graves problemas de salud. En fin... dejando de lado las excusas, para este capítulo quería hacer algo diferente, y decidí diseñar a los personajes que protagonizan la historia.
No teman, soy un artista decente. La favorecida en esta ocasión sera Alejandra Sagir-Lazzuli. Lo consideré conveniente desde que este es su arco argumental, así que próximamente, en este mismo capítulo, estaré posteando un link con "arte oficial" de nuestra querida mujer rota.
Tal vez sea mucho que decir. Como sea, después de los ya conocidos asuntos legales que no van a parar en el interés de nadie, pueden continuar con esta historia que seguramente tampoco llegara al interés de mucha gente. Saludos.
Como ya saben, esto es un parodia del lore original de League of Legends, y de ninguna manera estoy asociado con Riot ni asumo derechos sobre la propiedad de ningún personaje aquí presentado, excepto aquellos de mi propia creación. Por demás, todo parentesco con la realidad es pura coincidencia. Ahora que conocen estos detalles legales sin importancia, sobre estos asuntos sin importancia, pueden continuar leyendo esta historia sin importancia.
Capítulo 4.2: Persistente estado de paranoia
Por algún motivo que no entra en mi comprensión, desde el balcón de la habitación 304 de esta clínica, a las 3:00 a.m. de la mañana del 9 de agosto, yo, Alejandra Sagir-Lázzuli, reconocí a una distancia de 15 metros el vehículo que se accidentó conmigo. De forma empírica, sin ninguna base experimental, identifiqué un objeto del que jamás llegue a ver nada.
Simple y llanamente lo reconocí bajo la tutela de un sexto sentido o destreza de vidente. Es decir, no era algo que pudiera explicar racionalmente.
Se lo señalé a Alesksai, quien a partir de ese momento no volvió mencionar palabra alguna, de hecho, desapareció.
Parece algo tonto ahora, pero no me di cuenta que él ya no estaba ahí. Se desvaneció en algún momento inadvertidamente, como en un sueño. Conservaba la tenue idea de estar acompañada por él, sentía tenerlo cerca, pero en realidad el había desaparecido hace mucho ya, y tan solo quedaban remanentes de su presencia que yo erróneamente identifiqué como Aleksai. Solo sombras, o tal vez algo menos que eso.
Algo menos que una sombra.
~Ahem~.
De cualquier manera, el bólido en cuestión se estacionó quedando justo frente a mí. Era un Toyota Corolla modelo 2001 de color gris, algo descuidado. Dados de juguete en el retrovisor y la estampilla de una mujer en la puerta del conductor.
Las abolladuras y el oxido del que hacían gala sus costados dejaban una tétrica impresión de abandono y descuido.
El parabrisas se encontraba surcado por algunas grietas.
Y las llantas estaban totalmente desgastadas.
No había recibido un mantenimiento apropiado.
Ahora, volviendo al asunto de los neumáticos, las llantas lisas no tienen ninguna clase de tracción o agarre al suelo y suelen producir accidentes en carreteras húmedas o de alta velocidad. Sea como sea, dicha textura produce un sonido bastante particular al acelerar, y yo jamás olvidaré el sonido de esos viejos neumáticos desgastados abandonándome a mi propia suerte con la mitad del alma por fuera.
No necesito ser adivina para saber que neumáticos provocaron ese espantoso chillido.
Sin recurrir a empirismos o pseudociencias adivinatorias, sencillamente deduje el sonido que provocarían tales deformados neumáticos por pura y física mecánica. Llantas desgastas como esas producen un sonido particular.
Entre tanto el vehículo se ubicó justo frente a mi habitación.
El motor liberó un rugido sacándome de mis cavilaciones.
Yo estaba pálida como un fantasma con los pies plantados al piso.
No podía mover un solo músculo.
Estaba aterrada.
En ese momento, las escenas del accidente se reprodujeron frente a mis ojos de una forma tan escalofriantemente real que mi cerebro perdió la capacidad de diferir entre el pasado y el presente, y en ese instante me obligó a arrodillarme y vaciar mi estómago frente a mis pies. Tan espantada estaba que sentí revivir aquella traumática experiencia del 4 de agosto. Quede postrada sobre mis rodillas apoyándome sobre las manos, como un animal cuadrúpedo. Bueno, en cualquier caso o posición, mi mente estaba hecha un embrollo.
De un hemisferio a otro mi cerebro se bombardeaba a sí mismo con recuerdos divergentes, unos que parecían implantados a la fuerza, y otros que intentaban devolverlo a la realidad. A la larga, de tanto pensar solo me quedo una insípida sensación de confusión. Honestamente, si lo pienso detenidamente, no tenía ninguna memoria gráfica del accidente, más sin embargo, una retorcida certeza intentaba convencerme que estaba frente al mismo auto que hace solo unos días me impactó dejándome en un estado bastante cercano a la muerte.
Sentí volverme loca.
No sabía en qué creer.
Entonces, aún sumergida en dicho dilema existencial, todo se oscureció.
Yo me desmayé.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Algo incesante.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Incansable.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Repetidamente, de forma inalterable, una sensación de atemporalidad sincronizaba el silencio y el caos impasiblemente.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Segmentando los eventos, volviéndolos irrepetibles a cada paso. Un episodio tan breve que cuesta creer en su existencia.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Imposible de detener o manipular.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
¿Qué es esto?
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
¿Dónde estoy?
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
O en vez de eso, ¿Cuándo? Tal vez sea una cuestión de duración en vez de extensión.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
De acuerdo. Entiendo que en estas circunstancias tan confusas mis palabras no puedan arrojar nada de luz a nuestros estimados lectores, y no es para menos. Quiero decir, en esos momentos solo estaba desvariando.
A esas alturas, los últimos trozos de consciencia que conservo son algunos recuerdos retorcidos que no encajan sobre el vehículo del accidente. Todo lo que ocurre ahora no son más que voces distorsionadas de mi subconsciente buscando encontrar la realidad a tientas.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Así que debo presentar mis excusas, solo estoy alucinando con alguna fantasía bizarra. Difícilmente encontraran alguna frase con mediana lógica.
Pero incluso así, esta sensación no era extraña a mi mente. Probablemente no sea extraña a nadie, después de todo, cualquier persona se siente así después de un sueño. Todos soñamos, y la mayoría despertamos. Es en ese momento en que la mente no es capaz de diferenciar entre el sueño y la realidad al despertar, y el efecto de mezclar ambas nociones durante el despertar es muy común.
Aunque no es el término oficial, se le puede llamar soñar despierto.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Si, las anormalidades que estaban ocurriendo dentro de mi mente eran por causa de un sueño a punto de reventar. Estaba despertando.
Solo el incesante "tic, tac" permanecía invariable.
Un reloj.
Si, el sonido de un reloj, ahora puedo decirlo con claridad. Estoy comenzando a despertar. Probablemente, incluso desde que me desmayé, estuve escuchando ese sonido tan conocido. Yo tengo un sueño muy ligero y desde que anochece hasta que amanece suelo escuchar el sonido del reloj de pared en mi cuarto haciendo tic, tac toda la noche.
El sonido del reloj es muy familiar para mí.
Me hace sentir en casa.
Fue precisamente esa sensación de familiaridad la que me sumergió en la idea de estar precisamente en mi hogar, en mi alcoba, tendida en mi cama dentro de mis cobijas.
Si, en ese momento, dentro mi mente… yo había vuelto a casa. Todo había sido una pesadilla, nada fue real. Solo esperaba el sonido de la alarma para despertar.
Yo me olvidé de todo. Solo por un dulce instante… olvidé absolutamente todo.
Olvidé que todo fue real.
Y probablemente olvide que lo único falso era esa sensación de estar en casa.
Pues es obvio, yo definitivamente no estaba en casa, aunque en ese momento así lo creyera, inmersa dentro de mis apáticos y distantes sueños.
Pero entonces–
– ¡…AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA…!–
Esa horrible carcajada.
Abrí los ojos.
Un crujido sordo y la bocina de un auto me trajeron de vuelta a mis sentidos. El suelo bajo mis pies y las luces en los edificios a los lados se movieron hacia adelante mientras mis ojos perdidos en el cielo veían la luna moverse de un lado hacia el otro en el firmamento. Todas las cosas en el cielo y en la tierra se movían a una espeluznante velocidad en dirección contraria a mí.
Pero en realidad nada se estaba moviendo, nada aparte de mí.
Fui yo la que cambio de posición. Tanto las estrellas como los edificios se encontraban plantados en su lugar.
Fue un sencillo movimiento parabólico, de un punto A hasta un punto B.
Una fuerza externa estrelló mi cuerpo enviándolo a volar por los aires como una muñeca de trapo hasta golpear secamente el suelo. La estructura interna de mis huesos y órganos internos se reorganizó de forma poco anatómica producto del fuerte impacto. Dolió. Dolió muchísimo. Fue un maldito dolor del infierno, y varios gritos atormentados no tardaron en confirmarlo.
Salieron de mi boca muchos quejumbrosos gritos de dolor.
Gritos. Insultos. Dolor manifestándose a través de la voz.
Puro sufrimiento transformado en alguna suerte de berridos sin sentido.
– ¡¿Qué clase de pesadilla maldita es esta?! ¡Duele, duele, duele, duele, duele, duele, duele, duele…!– Aullé desesperada.
Me retorcí del dolor en el suelo maldiciendo mi suerte.
En medio de mis contorsiones terminé tocando el pavimento frío con la frente.
Arqueé mi cuerpo violentamente agarrando mi estómago, hasta que finalmente fui capaz de superar el dolor y levantar mis ojos empapados.
Observe a través de las lágrimas una autopista que no reconocía, un lugar extraño, ajeno a mí conocimiento. Y a unos 10 metros de distancia pude reconocer el auto gris que había visto en el hospital. Sinceramente no estoy segura de lo que pasaba por mi mente en esos instantes, estaba tan confundida, asustada y adolorida por semejante incongruente locura que estaba ocurriendo en frente de mis narices que no podía organizar los eventos en orden cronológico. Solo tenía claro que fue ese auto gris el que envío mi cuerpo a través del aire como una golondrina con las alas rotas. Más allá de eso reinaba la incertidumbre y la desesperación.
Todo estaba entremezclado.
No era capaz de pensar.
Simplemente estaba enloqueciendo.
Pero de pronto…
ONE, TWO… ONE, TWO, THREE, FOUR…
Ese tono irritante.
Es irritante, si, pero debo admitir que me trajo algo de cordura. Una extraña y fortuita serenidad me invadió al escuchar aquella molestosa melodía que, para empezar, fue la que dio inicio a toda esta tragedia.
Revise mis bolsillos.
Saqué mi celular. Lo vi y escupí una desagradable cantidad de sangre, producto del anterior impacto. De una mente al borde la ruptura saque la sensatez y el juicio necesario para manipular el aparato. Debo admitir que es un misterio para mí el cómo lo conseguí.
En cualquier caso, se trataba de otro mensaje.
El número era extraño. Bueno, tal vez "extraño" no sea la palabra adecuada. Lo extraño no era el número, lo extraño era recibir un mensaje de ese número. Quiero decir, la remitente era yo misma. Nadie esperaría recibir un mensaje desde su propio número.
El número en la bandeja de mensajes era el mío. Mi número. Yo misma envíe un mensaje para mí, y desde el mismo celular.
¿Qué clase de paradoja era esta?
¿Tal vez debería decir paranoia en vez de paradoja?
¿Puede ser que me haya enviado este mensaje a mi misma desde el futuro? ¿Tal vez desde otra dimensión?
Cada posible respuesta me parecía más ilógica que la anterior.
Contra todo pronóstico decidí darle una oportunidad al misterioso mensaje, pase el dedo pulgar por encima del recuadro donde en claras letras negras decía "leer". Sin grandes reparos el aparato abrió el mensaje de texto y lo desplegó en la pantalla como dictaba su protocolo.
El discernimiento de los vivos pesa sobre el mundo de los falsos… lol.
Ese era el contenido del mensaje.
No entendí bien el significado del mensaje. No, más bien no entendí la razón de ser del mensaje.
– ¿Qué exactamente…?– Murmuré confundida.
En medio de mis cavilaciones, el celular sonó una vez más.
Otro mensaje. Del mismo número.
¿Qué significa esto?
Tal vez no fue el mensaje adecuado. Pensarás en algo más.
– ¿Pero… que significa esto?– Me pregunté
Pasaron unos segundos.
Pronto pasaron minutos.
Y poco después cada minuto esperaba la muerte en el nacimiento del siguiente, como si fuera ganado. Así fue pasando el tiempo lentamente sin que yo misma me diera cuenta como se escapaba cada instante de vida mientras esperaba por otro mensaje sin sentido, de un remitente que al parecer no conocía la lógica más elemental.
Fue entonces que mi celular volvió a timbrar, y aquellos mensajes extraños llenaron nuevamente la bandeja de entrada.
¿Lo entiendes ahora?
Eso decía el primero. Solo unos momentos después llego otro:
Existe la posibilidad de que aún estés confundida.
Los antes esporádicos mensajes ahora no dejaban de llegar. El siguiente decía:
Solo tienes que levantar los ojos de la pantalla.
Obedecí. Subí la mirada.
Entonces lo vi.
Entonces comprendí.
Que ese sitio no era lo que parecía.
Que ese lugar no era un lugar.
La autopista, los edificios, el auto y hasta la luna y las estrellas habían desaparecido. No había ya nada. Todo lo que podían alcanzar mis ojos eran las paredes de una pequeña habitación pobremente iluminada.
Casi estuve cerca de darme cuenta que nada de eso era real.
Fue entonces cuando el celular volvió a timbrar. El último mensaje. La respuesta más obvia a toda esta irregularidad. Más pronto el sonido del timbre fue ahogado por el bramido de un motor. La habitación se llenó de luz.
Y poco después, solo unos instantes demasiado jóvenes para ser incluso segundos, presencié una escena de lo más inverosímil.
Un auto.
Un vehículo de 3000 libras entrando por la puerta de una habitación.
Como si se tratara de una persona, simplemente entró por la puerta de la habitación.
Las farolas del auto me enceguecieron.
Pero aún así fui capaz de reconocerlo.
Un Toyota Corolla modelo 2001 de color gris.
Aceleró.
En un espacio tan pequeño, ese monstruoso vehículo aceleró forzando los límites de la capacidad de su motor.
Y me golpeó.
En una habitación tan pequeña solo cabe esperar que me estrellara contra las paredes, y justamente así sucedió. Un gigantesco espejo detrás de mí se quebró en pedazos al estrellarme con él.
Fui lanzada contra un espejo.
Y se hizo añicos.
Justo como yo.
– ¿P-P-Por… Por qué?– Sollocé miserablemente.
Rompí en llanto.
– ¡¿Por qué me haces esto?!–
Solo grité y grité con la fuerza que no debería tener una víctima de semejante impacto.
– ¡Haré lo que quieras…! ¡Por favor, solo detente!–
Renuncie a mi humanidad.
Y estaba dispuesta a renunciar a mucho más que eso.
Pero entonces, en medio de mis desesperados sollozos y amargas lágrimas, entre los escombros del espejo, mi celular que aún se esforzaba por llamar mi atención timbró con fuerza.
Mucha fuerza.
La última respuesta.
El último mensaje.
La última oportunidad.
Deslicé mis ojos por la pantalla.
"Razonar y convencer, ¡qué difícil, largo y trabajoso! ¿Sugestionar? ¡Qué fácil, rápido y barato!"
Esa es una cita de Santiago Ramón y Cajal, un médico español ganador del premio nobel a la medicina. Recuerdo haberla leído alguna vez en un libro. Un recuerdo alojado en mi memoria, algo que yo reconocía como real. Pero eso no tenía importancia, pues una vez más la potente luz de las farolas del auto iluminó la habitación, dejando ver solo fragmentos de lo que antes fue un espejo esparcidos por el suelo, y mi propio reflejo sobre ellos.
Un reflejo ciertamente desgarrador.
Tanto que aún me duele hablar sobre eso. Tal vez hasta me aterra.
Pero no hay tiempo. No, no, no. No hay tiempo.
No hay tiempo para dolor.
No queda nada de tiempo para el autocompadecimiento, mucho menos para patrañas hipócritas. El tiempo debe invertirse sabiamente.
El sonido del motor del Toyota resonó en toda la habitación con fuerza irrumpiendo secamente en mis reflexiones. Se preparaba para embestirme de nuevo.
Pero en ese momento, aún al borde de la locura, ya había tomado yo una determinación. Para bien o para mal, me había decidido, y estaba decidida a cumplir esa decisión… oh vaya, que recurso literario tan curioso acabo de utilizar… ah, estoy divagando.
No seré débil, pensé para mí misma.
El auto se acercó a mí y se detuvo solo a unos cuantos metros.
Deslicé mis manos por el suelo y acaricie el filo de un trozo de espejo. Mi piel se dividió allí por donde pasó el espejo. Sangre caliente brotó al exterior como espuma hirviendo por dentro de la carne.
Agarré toscamente el pedazo de espejo y lo sujeté con mis manos frente a mi pecho.
Me liberé de todos mis prejuicios.
Me deshice incluso del miedo a la muerte, o por lo menos me esforcé en ignorarlo.
El auto volvió a rugir.
Cerré los ojos y estrujé con fuerza mi fragmento de espejo solo para profundizar los cortes en mis manos. La sangre salía a chorros.
Aceleró. A toda máquina, el vehículo aceleró. Diez mil revoluciones por minuto empujaron 1400 kilos de aluminio, plástico y combustible hacia mí a máxima velocidad.
Yo solo necesitaba algo de valor.
Levanté el espejo destrozado por encima de mi cabeza lentamente.
Tome algo de aire.
Abrí los ojos y mire desafiantemente el auto que se encontraba solo a centímetros de mí.
– Que fácil es… sugestionar. Sugestionar. No… que fácil fue engañarme, bastardo hijo de puta– Dije en voz baja, y entonces, con toda mi fuerza, enterré el fragmento de cristal en mi estomago.
El espejo, que parecía una cuchilla, se hizo camino sin resistencia en mi delicado vientre. Vísceras y sangre no se hicieron esperar e inmediatamente acudieron al exterior de mi abdomen y, pronto, al suelo.
Mi cuerpo se desbarató.
Esto debe ser lo que se conoce como muerte.
La sensación no me es desconocida.
La sangre se escapa por las heridas.
Es entonces que los órganos comienzan a fallar. Los órganos vitales. Esos pedazos de carne dentro del cuerpo que te mantienen con vida, si fallan no hace falta ser muy listo para darse cuenta que la vida correrá peligro. Si... no me hizo falta ser muy lista para darme cuenta. Los síntomas son simples pero brutales. Primero el corazón entra en crisis, diástole, sístole, latidos, contracción, relajación... ninguno de esos términos médicos tiene sentido si no hay sangre que bombear. Las extremidades se enfrían y debilitan por la falta de irrigación sanguínea. El cerebro, que necesita un 20% del oxigeno y los nutrientes que transporta la sangre también desfallece, las desagradables nauseas y los mareos no suelen ser raros en esta fase. Pronto la vista se nubla, los oídos ensordecen y el tacto se pierde. Entonces empiezas a sentir mucho frío, y poco a poco vas perdiendo la consciencia.
Es una experiencia que con suerte solo tendrás que soportar una vez en toda tu vida.
No es algo que quieras repetir.
Simplemente quedas dormido sabiendo que no volverás a despertar.
Pero desperté.
Yo sorpresivamente desperté.
No estaba en una autopista fría y húmeda, ni en una habitación oscura y desconocida. Este lugar, este aroma, estas estrellas, estas cortinas blancas. Todo esta como debería ser. Todo se siente tal y como debería sentirse... tal vez aún mejor. Mi corazón late nerviosamente en mi interior, mis pulmones introducen aire agitadamente en un esfuerzo por oxigenar mi cerebro para recobrar la lucidez.
Esta sensación de estar viva.
Aunque sentía como si fuera a morir, desperté para sentirme más viva que nunca. El dolor desapareció, aunque me sorprendí a mi misma con las manos empuñando algo en mi estomago.
Curiosamente era mi celular.
Si, por extraño que parezca, estaba en la misma posición con la que, en mi mente, intenté suicidarme. Oh, vaya, ahora puedo decir confiadamente que todo sucedió en mi mente. Aunque no pueda decir en qué momento quede atrapada en esa desagradable ilusión, puedo decir con seguridad que ahora ha terminado.
Mire hacia los lados.
– Alejandra, despertaste…–
Sonreí tenuemente.
– Hola… Aleksai– Murmuré. Él se encontraba arrodillado frente a mí examinando mis ojos. Él, Aleksai. No era una sombra, ni un eco distante. Era él, junto a mí. Lo bastante cerca para tocarlo con mis manos. Lo suficientemente real para saber que no se ira a ninguna parte.
– Yo diría que ya estás bien… probablemente– Concluyó tras terminar su examen.
– Vaya –Dije a media voz–, ¿También eres médico?– Pregunté sarcásticamente.
Aleksai se limitó a sonreír socarronamente.
Observé mi abdomen, allí donde mi celular parecía estar apuñalándome, y por mi propia mano. Por supuesto, un simple celular no provocaría ningún daño incluso si te golpearas con él, pero ¿Por qué razón intente yo apuñalarme con mi teléfono celular?
Seguía confundida.
– A-Aleksai, ¿Qué fue lo que me pasó?–
Él joven señalo una cabeza de payaso tendida sobre el suelo.
– Fuiste… No, fuimos hipnotizados– Contestó.
– Entonces realmente fue solo una pesadilla… nada de eso fue real. Gracias a Dios, yo estuve a punto de…– Cubrí mis labios. Pero el astuto Aleksai ya lo sabía.
– No estuviste a punto de suicidarte, Alejandra. Realmente lo hiciste– Dijo señalando mi abdomen.
Dentro de mi mente intente atravesarme de lado a lado con un vidrio en forma de navaja. Tal vez mi cuerpo solo siguió de forma automática el movimiento.
Tomé de nuestro escaso tiempo algunos segundos para organizar mis pensamientos. Fui hipnotizada por una cabeza de payaso que saltó de una caja de sorpresas, y justo después creí reconocer el auto que me estrelló. Entonces, desde el inicio de este maldito capítulo quede atrapada en esa pesadilla.
Una paranoia muy persistente.
Pero finalmente pude reunir el valor y cordura suficiente para despertar luego de leer una serie de extraños mensajes enviados desde mi propio celular.
Los mensajes.
– ¡Ah, los mensajes! –Exclamé–, Aleksai, ¿Tu enviaste esos mensajes?–
– No–
– ¿Q-Qué no? –Balbuceé confundida– P-Pero no lo entiendo, los mensajes fueron enviados desde mi celular, yo pensé que tú…–
– No, los mensajes los enviaste tú misma–
Los mensajes… ¿Yo misma?
Pensé que Aleksai había tomado mi celular y enviado los mensajes tan extraños que me llegaron entre mis delirios, pero el clara y secamente respondió que no.
– ¿Qué fue lo que ocurrió?– Pregunté. Decidí darle una oportunidad a su extraña historia, aunque estaba convencida que era una mentira.
– Estoy seguro que no me crees, jovencita, pero lo único cierto aquí es que tú te salvaste sola –Me dijo Aleksai en la más absoluta seriedad–. Después de ver esa cabeza de payaso te quedaste de rodillas observando al vacío con el celular entre las manos hasta que, de la nada, comenzaste a escribir mensajes. Pero no enviaste ninguno, simplemente te limitabas a escribirlos y borrarlos inmediatamente. Tú, desde afuera, te ayudaste a ti misma–
Aleksai se levantó y observó al firmamento. Después de unos cuantos segundos se giro hacía mí y sentenció:
– Tu mente nunca dejó de pensar–
– ¡Ah…!–
Mi mente nunca deja de pensar. Tal vez sea yo una tonta y una obstinada, tal vez sea débil e ingenua, tal vez ya haya dicho esto antes muchas veces, pero mi mente es como un reloj. Jamás deja de pensar.
Nunca deja de funcionar.
Es casi como si fuera una entidad separada.
De alguna manera mi mente llego a una conclusión sin que me diera cuenta. De forma automática yo simplemente escribí mensajes que al pasar a través de mis retinas sutilmente entraron en mi confusa e hipnotizada consciencia.
Soy alguna clase de autómata estúpida.
Eso parece.
Y hasta ahora nunca me había sorprendido tanto.
Pero eso no era todo, aún había preguntas sin responder. Me levanté y agarré a Aleksai por las manos con fuerza, como a un niño que está siendo reprendido.
– Aleksai, no más mentiras. Quiero que me digas la verdad. Quiero que me digas todo– Le dije.
– Bueno… podrías empezar por definir todo…– Me contestó evadiendo mi mirada.
– Podrías comenzar con la herida que tienes en el pecho– Insistí.
– Oh, fue por una mujer– Me replicó sarcásticamente.
– No juegues conmigo. Merezco saber lo que pasa aquí y lo sabes bien– Le reprobé severamente.
– ... –Se quedo callado un rato, pero pronto volvió a hablar después de suspirar– De acuerdo, es verdad. De cualquier manera te enteraras tarde o temprano desde que estás involucrada en esto, pero debes prepararte Alejandra Sagir-Lazzuli. Debes estar lista para aceptar una historia que no encaja en la realidad, ¿Realmente crees poder hacer eso, mujer incrédula?–
Me limité a asentir.
El decidir si lo que me decía era mentira o no dependería de mí.
– Vamos a comenzar –Dijo soltando mis manos y apartándose unos pasos–. Para convencer a obstinadas personas como tú se necesitan pruebas, después de todo–
El asumió que yo no creería la historia que estaba a punto de contarme, y debo decir que ciertamente fue una presunción adecuada, porque apenas pronuncio aquellas palabras que yo, desde la perspectiva más escéptica juzgue, exclamó:
– ¡Akali, requiero tu presencia!–
El dijo en voz alta.
No pasaron más de 10 segundos. Mil ideas pasaron por mi cabeza, pero pronto todas y cada una de ellas perdieron validez, pues, desde su sombra. Si, desde la sombra de Aleksai que estaba de pie frente a mí a no más de 1 metro, no desde la puerta ni desde una ventana. No había posibilidad de que fuera un engaño, desde su sombra emergió una mujer de cabello oscuro y ojos verdes. De forma literal esa mujer a la que él llamo Akali surgió de entre su sombra.
– ¿Q-Que es…?–
Quede sin palabras. Enmudecida.
Ante tan fantástica entrada, yo, Alejandra Sagir-Lazzuli, quede en un estado de absoluto y total desconcierto. Estaba atónita. Mi escepticismo se hizo pedazos en menos de 10 segundos.
– Ella es Akali, de la antigua Jonia– Dijo Aleksai con naturalidad, mientras que yo aún no podía creer lo que veía, mucho menos lo que escuchaba. No estaba preparada. Creo que nadie lo estaría– Alejandra –Continuó Aleksai–, tú eres, al igual que yo, la invocadora de uno de los campeones del juego conocido como League of Legends–
Una… invocadora.
Di un paso atrás.
No puede ser posible.
Aleksai no me dio tiempo para procesarlo, el siguió hablando despiadadamente.
– Podrás pensar que es imposible, incluso yo aún tengo dificultades para aceptar que una historia como esta pueda ser real, pero la desgraciada verdad es que no solo eres la invocadora de un campeón, también fuiste atacada por uno… creo que eso fue lo que te trajo aquí–
El accidente.
¿Estás diciéndome que todo fue obra de un personaje ficticio?
No soy capaz de aceptarlo. El culpable tenía que ser una persona de carne y hueso, del mundo real, como Aleksai o como yo. Como mi hermano, como Elizabeth, nosotros somos reales.
No somos un cuento de ficción.
Sin embargo, pensé. Pensé durante mucho tiempo en lo que dijo y en lo que sucedió. En lo que sucedía. Comparé las situaciones, analicé cada consecuencia y cada precedente, pero entre más pensaba, más me acercaba a la peligrosa posibilidad de aceptar semejante disparate. Dejando de lado el accidente, ese episodio de esquizofrenia que viví solo unos pocos minutos antes no me parecía obra de un humano… sencillamente no podía relacionar tan espantosa pesadilla con medios artificiales. Aleksai fue astuto, hizo tambalear mis convicciones al presentarme una prueba sin darme tiempo para refutar sus argumentos, el sabe cómo trabaja mi mente. Realmente estaba muy cerca de convencerme… pero yo no podía estar de acuerdo con esa noción, mi orgullo como humana no podía permitirse admitir que la respuesta no estuviera en algún lugar del planeta Tierra. Así que obstinadamente seguí pensando y pensando, y cuando ya no pude más, dije:
– Yo… yo no recuerdo ni siquiera por un segundo haber visto el auto que me arrolló, pero de alguna manera fui capaz de reconocerlo. No, no era eso, no es como si lo recordara, simplemente tenía la certeza de que ese auto gris fue el que me atropelló. No era un recuerdo mío… era casi como si alguien lo hubiera implantado por la fuerza en mi memoria… No, no, no, incluso eso podría no ser verdad–
– La hipnosis no es buena trayendo de recuerdos de vuelta –Comentó Aleksai–, pero si es muy buena creándolos, así que puede que ese recuerdo sea falso...–
– No, no era un recuerdo falso –Lo interrumpí– Ese recuerdo es real. Es anterior a todo esto… es de hace más de 2 años…– Murmuré con sorpresa para mí misma.
De acuerdo, pensé, asumamos por un momento que la historia de Aleksai es cierta. Si lo que él dijo es correcto, significa que el "campeón" que me atacó debe estar asociado a otro "invocador" como nosotros 2. Aleksai tiene un campeón, su nombre es Akali, yo tengo un campeón, aunque por ahora no lo conozco. Si esa es la regla general, entonces sería correcto asumir que el campeón "X" que me sumergió en esa ilusión también también debe tener un invocador para cumplir con dicha regla general.
Ahora, este campeón "X" nunca se ha relacionado conmigo, sin embargo fue capaz de socavar en mis recuerdos y obtener una vivida imagen de una memoria que yo casi había olvidado, que sería ese viejo Toyota gris. Ese auto estaba casi perdido en mis recuerdos, pero el campeón "X" intencionalmente resucito dicho recuerdo y lo hizo responsable del accidente. Si eso es correcto, entonces entre el bólido gris y el campeón "X" existe una relación, y esa sería el conductor del vehículo. La persona tras el volante. En ese caso, aquella relación no sería mera coincidencia, existiría una alta posibilidad que el dueño del auto sea también el invocador del campeón.
Esta sería la relación entre ambos personajes. Invocador e invocado. De cualquier manera, si el invocador es realmente el dueño de ese auto gris, entonces sería una persona que yo conozco... ugh.
Suspiré. Llegué a una conclusión desagradable en más de una forma para mí, pero no tenía más opciones someterme a ese razonamiento.
– El vehículo es real. Si la información que me revelaste es verídica, entonces el... –Me quede callada un momento, pues la palabra "campeón" aún era difícil de pronunciar para mí– …el campeón "X" que me hipnotizó debe estar bajo las ordenes de otro "invocador". Y si mis deducciones son correctas… no, si este presentimiento es correcto, entonces el invocador es una persona que yo conozco. El dueño de ese auto gris, el invocador... ambos son la misma persona–
– ¿Una persona que tu ya conoces? ¿Pero cómo lo sabes?– Preguntó Aleksai notablemente sorprendido. Inflé mi pecho con algo de orgullo y le respondí:
– No es que lo sepa, es que lo recuerdo. Ese auto es real, esta archivado en mis recuerdos. Le pertenecía a un antiguo ejecutivo de la compañía donde trabajo que fue reemplazado por mí… no fue decisión mía, ni tampoco era mi intención que algo como eso sucediera pero yo indirectamente lo hice perder su trabajo–
Aleksai no respondió nada, y yo tampoco estaba muy a la labor de decir algo más. No es una historia que me agrade mucho recordar, y no quiero pensar que por causa mía un hombre llego tan lejos como para intentar convertirse en un asesino.
Solo cruzamos nuestros caminos una vez. Fue un encuentro muy fugaz.
Recuerdo que ese día estaba muy emocionada. Era un excelente trabajo para una recién graduada, y el pensar que ahora reunía los requisitos para llevar a mi hermano menor a vivir conmigo era por mucho mi mayor regocijo. Levanté mis ojos distraídamente y me topé con un hombre que atravesaba sus 30 años, embalado en un traje de corbata, saliendo airadamente del edificio donde yo trabajaría a partir de ese día. Unas anchas escaleras me separaban de la puerta principal, y mientras yo subía el bajaba. Entonces llegamos al mismo escalón.
Nuestros ojos se encontraron. Aunque yo no sabía quién era, me observó con una mirada llena de ira, más la expresión en mi rostro solo manifestaba confusión.
Aunque la escalera era lo bastante amplia para que 10 personas pasaran al mismo tiempo sin tocarse, el hombre de mediana edad me hizo a un lado de forma brusca, casi tirándome al suelo, y siguió su camino.
Me gire aturdida, y entonces lo vi entrar en un auto gris. Un Toyota Corolla de color gris.
El mismo auto que vi en mis pesadillas.
En ese tiempo el auto se encontraba en mejor estado. Sin abolladuras ni golpes, bueno, fue hace tiempo ya después de todo.
Pero tengo la certeza, casi la seguridad, que es el mismo auto.
Y que lo conduce la misma persona que vi en esa ocasión.
– Aleksai –Dije finalmente–, ¿Sabes? Hay un hombre que me odia. El piensa que arruine su vida… el día que le quite su trabajo–
– ¿Arruinar su vida dices? ¿Solo por perder un trabajo?–
– Era algo de esperarse, después de todo el era Joseph Wildhosen, el hijo de mi jefe. En otras palabras, por causa mía su padre se deshizo de él. Creo que es él. Creo que es el invocador–
Respondí yo en un tono sombrío al decir su nombre. Joseph Wildhosen. Creo recordar haber comentado al presentarme que el apellido de mi jefe era Wildhosen. Su nombre completo es Albert Stuart Wildhosen, y yo, al hijo de esa persona que es nada menos que mi jefe, lo reemplacé. En realidad sentía lastima por él, incluso después de que tratara de matarme. Siento algo de culpa aunque no fuera mi decisión ocupar su lugar frente a los ojos de su exigente y avaro padre, porque de cualquier forma estoy involucrada en el asunto y no me puedo desligar de esa responsabilidad refugiándome en la negligencia. Es solo una excusa, y yo, una obstinada mujer que no acepta excusas de nadie no puede ser tan hipócrita como para valerme de tal recurso. Por el contrario, debo ser más rigurosa conmigo misma en ese aspecto. Jamás aceptare una excusa de mi misma, aunque se me caiga el cielo encima. Bueno, aún así, el recurrir a la venganza cuando su propia incompetencia fue la mayor desencadenante del trágico desenlace de su vida me pareció injusto e infantil.
No lo sustituí solo por suerte.
Fue porque fui más eficiente en su trabajo que él.
Lo desfalqué porque fui mejor, y eso es todo.
No tiene ningún derecho a atentar contra mi vida.
Sin embargo, a pesar de sus acciones, siento el deseo de ayudarlo. Quiero que él pueda tener una vida plena, e incluso estoy dispuesta a olvidarme de este incidente, después de todo, no está en mi naturaleza el ser rencorosa.
Como ya dije, no vivo para herir a los demás.
– Entiendo. Ciertamente es una situación complicada –Repuso Aleksai– Pero de cualquier forma, esta situación da pie a muchas preguntas. Para empezar, ¿Cómo es que Joseph Wildhosen puede ser un invocador? ¿Tienes alguna prueba de que él haya jugado alguna vez League of Legends?–
Ah, vaya, esta pregunta no me la esperaba.
– Bueno… en realidad no podría responderte eso–
Ciertamente esa era una grieta muy grande en mi teoría.
Ser un invocador.
Eso significa que 40 jugadores de League of Legends recibieron un mensaje igual al que yo recibí, y él debió ser uno de ellos. Si esto es un torneo, entonces sería lógico que intentes eliminar a los demás competidores.
¿Entonces Joseph Wildhosen fue un jugador de League of Legends lo bastante bueno para ser incluido en este bizarro juego?
No puedo hacerme a la idea de que un hombre de 40 años como él, que dedicó su vida a la empresa de su padre, encuentre entretenido un simple juego online.
Es algo chocante.
No va con alguien como él.
No me da esa clase de impresión.
Pero si él no es un invocador… ¿Entonces cómo?
Pronto una posibilidad escalofriante cruzó por mi mente como una sombra en la noche. Miré a Aleksai a los ojos y sentí que el llegó a la misma espantosa conclusión. A juzgar por su mirada, creo estar segura que él ya sabía en lo que yo pensaba. El estaba en mi mente, y yo en la suya. Nos leímos el pensamiento con solo vernos a los ojos. No es como si hiciera falta decirlo, no es como si quisiéramos decirlo... y tampoco es como si supiéramos como decirlo, pero alguien tenía que hacerlo.
Como controlar a un campeón sin ser un invocador.
La respuesta es más que obvia.
Tan elemental que hasta un niño podría decirla.
Algo tan simple, pero al mismo tiempo tan difícil de decir.
Cerré los ojos.
– No recuerdo haber leído en ninguna parte que esté prohibido –Murmuró Aleksai. Entonces yo continué la frase que el dejó a la mitad– Cualquier persona, no importa quien sea, podría tener un campeón… si matará a su invocador…–
Nunca terminó de gustarme la forma en que se desarrolló este capítulo. Lo reescribí muchas veces, pero ninguna versión terminó por convencerme, es como una de esas partes tediosas de la vida que desearías saltarte. Incluso esta versión final tiene bastantes detalles que me gustaría ajustar, pero por lo pronto le dejaré la decisión a los amables lectores que desean invertir algo de su tiempo leyendo mi composición.
Como consejo del día... no golpeen la pantalla de sus computadores con un martillo. Desde el fondo de mi corazón les aconsejo.
