Capítulo II - La Bóveda.

Se apartó del grupo de alumnos que no dejaban de hablar entre sí. No es que le molestara la gente, pero había sentido la necesidad de estar solo, situación difícil si era el docente a cargo de aquellos aprendices. Dejó su GPS activado para que lo encontrasen de ser necesario. Tomó su maleta con firmeza y comenzó a buscar alguna buena imagen que pudiese cautivarlo para pintar.

El mes que venía habría una exposición importante en Londres que determinaría quienes se presentarán en la exposición de París , uno de los eventos más esperados, ya que aquello abría las puertas para exponer en Firenze, Italia.

Se apartó notoriamente, adentrándose en un sector del cementerio que parecía bastante bien cuidado, las lápidas se notaban relativamente recientes, por lo que comenzó a observarlas, para luego darse cuenta que en su mayoría habían fallecido entre los años 2020 y 2022.

—La época de la Pandemia—dijo para sí, mientras recordaba sus clases de historia donde le explicaban lo difícil que fue el inicio de esa década. Alzó las cejas sorprendido al notar muchas de las tumbas con un símbolo que desconocía. Fue entonces cuando se acercó a él y lo escaneó.

—Símbolo Internacional que identifica aquellos profesionales sanitarios que fallecieron a causa del COVID-19—respondió Alexa.

Caminó en completo silencio, observando aquella zona que se revestía de un blanco inmaculado, decidió ir en dirección al norte del cementerio. Luego de caminar unos veinte metros entre bóvedas y lápidas, se encontró con una hilera de antiguos abetos, imponentes ante él. No pudo quitarle los ojos de encima, por lo que decidió alejarse de ellos para poder apreciarlos con más detalle. Retrocedió poco a poco, mientras escuchaba las ramas moverse suavemente por la ventisca. Era un sonido embriagador.

Se quedó de pie a unos diez metros admirando el paisaje. Dejó en el suelo su maletín y se arrodilló para abrirlo. Este estaba lleno de pinturas, pinceles, paletas paños, papel, una botella con agua y diluyente especial. Era un maletín profesional que le permitía tener acceso a todos sus materiales con sólo abrirlo. Absorto en su proceso de desempaque, no se dio cuenta que el sol se abrió paso entre las nubes, solo lo notó cuando iluminó tenuemente su rostro. Cerró los ojos por un momento y al abrirlos vio un suave haz de luz violeta iluminar su maletín. Inmediatamente dirigió su atención a aquel vitral que fortuitamente se había iluminado, dando un suave color violeta a toda la bóveda. Era francamente hermoso, tanto que olvidó por completo la belleza de los abetos.

Frunció el ceño al darse cuenta que por la posición del sol era imposible que se hubiese iluminado el vitral, pero fuese lo que fuese, lo agradecía. Redirigió su maletín y sus materiales, acomodó una pequeña banca desmontable y admiró la bóveda.

Louis tenía un don. Uno que su madre siempre reconoció. A los cuatro años, con gran sacrificio su madre le había comprado un set de acuarela para navidad. Era eso lo único que podía costear, para cenar esa noche solo hubo un pan de pascua y una taza de leche con chocolate. A pesar de la difícil situación económica, ella siempre se las arreglaba para darle a Louis algún regalo y desde que el pequeño niño, de ojos brillantes y cabello desordenado, vió los pinceles pareció amor a primera vista.

Los trazos de Louis eran certeros, detallados, la soltura de su muñeca y los movimientos por instinto notaban cierto talento que se consolidó con una beca en la Universidad, su profundo amor por la pintura lo llevó a especializarse y convertirse en uno de los profesores más jóvenes de la University College London.

Cerró los ojos por un momento y recordó el tono violeta en la bóveda, una vez fija la imagen en su memoria, plasmó su recuerdo sobre la tela.

—Profesor Deakin—escuchó una voz femenina, por lo que alzó su mirada sobre la tela y vio a Eleonor, su alumna—. Disculpe que le moleste.

—Señorita Calder—respondió, dejando su pincel en el vaso.

La chica le miró con curiosidad, pero fue incapaz de acercarse, hubiese querido observar lo que había plasmado en la tela, pero sabía que no era buena idea. Se mantuvo frente a él, mientras sostenía en sus manos su pintura.

—Estoy trabajando en los nichos cerca del gran abeto—le explicó, este asintió con su cabeza—. Pero quiero plasmarlos en óleo con puntillismo, pero hay zonas del cuadro que se ven demasiado…

—Pesadas—interrumpió, Louis—. ¿Intentaste diluirlo?

—Sí, con trementina—hizo una mueca con los labios y le mostró el avance de su pintura.

—Bien, veamos—observó la pintura con detalle y notó a lo que se refería Eleonor—. Creo que no solo es la consistencia, mira las luces, en estas zonas el óleo no le da lo vibrante, quizá acrílico y la haces mixta.

—El problema es la base, no puedo pintar sobre el óleo sin que se seque—volvió a ser otra mueca, pero Louis prestaba plena atención a la pintura.

—Si sigues con óleo tendrías que cambiar la tonalidad de la paleta, si esperas a que seque, podrías darle toques de acrílico al terminar—explicó, para luego centrarse en un pequeño bosquejo sin terminar en el centro—. ¿Y esto?

—Una silueta que aún no termino—explico mientras recibía de regreso la pintura—. ¿Participará en la exposición?

—Me lo han pedido, pero como bien sabes… —alzó una ceja.

—El maestro no muestra su obra hasta que esté terminada—sonrió de regreso—. Muchas gracias por la guía.

—No hay de qué —dijo para ver cómo la alumna regresaba a su puesto de trabajo.

Conocía muy bien a Eleonor Calder, no había que ser un genio para saber qué pretendía con preguntas simples, pero él lo dejaba pasar, hasta el momento sólo se reducía a eso, mientras se mantuviese así no hacía ningún daño incluso le parecía bastante gracioso. Y aunque él no experimentó nunca aquella sensación de sentir algo por un profesor, lo encontraba un clásico universitario, así que no pensaba quitarle la ilusión a la chica mientras no le faltara el respeto.

Continuó con su propia obra, recordando cada detalle de aquella luz que iluminó la bóveda. Cuando Louis pintaba olvidaba todo a su alrededor, se abstraía completamente, su madre muchas veces le regaño por aquello. Mientras estaba en el Cementerio no escuchó los pájaros cantar, ni el viento en los abetos, todo estaba en silencio. Una vez que terminó observó por unos segundos la obra antes de proceder a guardar sus cosas. Todos menos el atril y la pintura que aún estaba fresca. Se levantó del asiento desmontable y lo guardó. Con curiosidad se acercó a la bóveda para admirar el vitral, absorto en aquello, se dió cuenta que no había visto a quién pertenecía el nicho, giró su cabeza para buscar el nombre del dueño de aquel hermoso vitral, cuando fue interrumpido por una voz masculina.

—Louis, al fin te he encontrado—al girarse se dio cuenta que Simon estaba allí, su maestro de Artes en su época de Universidad.

—¡Hey! —dijo contento de verle ofreciéndole la mano para finalmente unirse en un abrazo—. No esperaba que estuvieses aquí hasta el mes de la exposición.

Se separaron para quedar frente a frente.

—Bueno, negocios son negocios, me he enterado que vendían un viejo estudio de ballet y pensaba en convertirlo en una sala de arte—dijo Simon, caminando hacia el atril—. ¿Puedo?

Louis asintió.

Simon se quedó observando la pintura para luego mirar a los ojos a Louis. Le dio una amplia sonrisa mientras sus ojos se cristalizaron ante la emoción.

—¡Vaya, Kid!—dijo asintiendo con su cabeza—. Te has superado.

Conversaron de los nuevos eventos de arte en el país, el concurso de Francia y la exposición de Italia, parecía que el tiempo se detenía cuando ambos hablaban de arte.

—Debo irme, nos veremos pronto ¿Sí? —dijo Simon, para luego seguir caminando hasta perderse de vista.

Fue entonces cuando Louis se dio cuenta, no le había preguntado a Simon como le había encontrado o qué hacía él en Highgate.

Observó la pintura y notó que ya estaba seca, por lo que la envolvió en papel y guardó el atril.

Se acercó nuevamente a la bóveda y la miró por última vez, sin duda aquel sería un lugar para recordar.

—Ya, que ya marchó a casa—escuchó Louis una voz distante—. No estoy aquí por entretención, Emma—Hubo una pausa—. Sí, volveré otro día a buscar la bóveda.

Fue entonces cuando Louis vio a un hombre, relativamente alto, con un abrigo caqui, que se acomodaba su cabello hacia atrás y con el gesto logró ver su rostro. Era el hombre de las fotografías, en un Cementerio tan grande, era extraño que se encontrasen nuevamente. Louis lo tomó como una señal. No solía ser supersticioso, pero está vez algo ineludible le hacía creer que debía intentarlo de nuevo.

Tomó rápidamente sus cosas y caminó paralelamente a él. No quería parecer un psicópata, así que intentaba disimular y sólo de vez en cuando le observaba. Escuchó su conversación por teléfono, no podía evitarlo estaba muy cerca, luego de unos minutos Louis determinó que hablaba con su novia.

Intentó varias veces adelantarse y mirarlo entre las lápidas, el rostro del chico le había llamado la atención y le había querido pintar desde el momento en que lo vió, pero al ver que estaba tomándose fotografías, se sintió incapaz de pedírselo, ahora tampoco es que se sintiera capaz, pero hacerlo lucir como algo fortuito podría darle ventaja.

Una parte de él no comprendía la necesidad de hablarle, pero sin duda llevaba cerca de cuarenta metros siguiéndole. Miró hacia delante y vió que sus caminos se unían en la siguiente intersección. Se vió a sí mismo siendo completamente estúpido, pero aún así no podía detenerse, caminó rápidamente para adelantarse.

—¡Hey! —dijo para llamar su atención, a pesar que el chico seguía hablando por teléfono—. ¡Hey!

Fue entonces que sintió una mano sobre su hombro, al voltear se dio cuenta que era Zayn.

—¿Qué haces? Es hora de irnos, te estuve llamando, pero no contestabas—dijo, mientras le ayudaba a sostener el atril.

—Yo quería hablar con… —cuando Louis volteó a ver al chico, este había desaparecido.

—¿Con quién? —dijo Zayn frunciendo el ceño.

—¿No viste a un chico alto hablando por teléfono, estuve por alcanzarle? —dijo apuntando hacia dónde estaba el muchacho.

—Vaya, Louis—rió por lo bajo Zayn—. Parece que te han jugado una broma los fantasmas.

Imposible, lo vi junto a la chica tomándose las fotografías, lo vi ahora… Imposible