Las dudas de nuestra existencia


Campos Elíseos

(Francia)

29 de Septiembre, 18:15 CET.


La cafetería estaba desierta salvo por ellos dos.

El camarero, Adrien, había entrado en el almacén poco después de servir sus bebidas, que seguían intactas y frías sobre la mesa. Un libro de cubiertas de piel marrón y páginas amarillentas descansaba en medio de ambos y suspirando el mayor abrió el libro por la primera página.

Ephraim Newhouse, rezaba en ella.

Uno por uno, los nombres se fueron sucediendo unos a otros.

Henry Ballard

Alexander Stauton

Felix Harmon

William Cobb

...

Ambos temblaron al ver el nombre y lo cerraron de golpe. Una página se desprendió y cayó al suelo, mostrando su contenido a ambos. La tinta había marcado un nombre gris sobre el papel.

—Necesito que me digas si hay algún modo de...

—¿De matarlos? —preguntó, seco y mordaz, sin mirarlo a los ojos.

Tragó saliva y asintió.

—... Sí esto no sale bien... Si no consigo escapar... yo... Necesito saberlo.

—... —Se pasó una mano por el desordenado pelo castaño de su cabeza y fijó sus ojos marrones sobre él—. Si hay una manera de acabar con ellos no sé cuál es. Créeme. —dijo y se llevó un cigarrillo a los labios. Había un cartel en la puerta de entrada que prohibía fumar dentro del local. —Lo sé —aseguró—, lo he intentado.

Sus ojos azules se dirigieron entonces a la garganta del hombre, y el recuerdo de una cuerda rodeando su cuello lo golpeó, fresco y nítido tras los párpados, como si los cuatro años que habían pasado desde entonces no hubiesen ocurrido.

—... Debe haber algo que no hayamos probado.

El hombre dio una calada a su cigarrillo. Larga y profunda.

—... Huye.

—... Sabes que no puedo...

—Chico, ellos no pararán hasta atraparte, y una vez que lo hagan, ellos...

—No hace falta que me lo recuerdes —interrumpió, alzando la voz y colocando ambas manos sobre la mesa. Y luego, ante la mirada sorprendida del hombre frente a él, suspiró—. Lo siento, yo...

—... No hace falta que te disculpes conmigo, muchacho.

Tal vez no hacía falta. Después de todo, probablemente él fuera el único capaz de entender la desesperación que sentía en ese momento.

—Es solo que el tiempo sigue corriendo y siento que aún hay algo que se me escapa.

—Tal vez... podrías pedirle ayuda a "ya sabes quién''.

Había un tono burlón en su voz y un matiz de algo que no entendía, pero eso no importaba.

—¡No! —respondió exaltado—. Él no puede saber de esto, sólo conseguiría que lo matarán...

—Pero esa es la cuestión ¿no? —preguntó, sin esperar respuesta y se inclinó hacia él, apoyando los brazos sobre la mesa—. Si huyes, no podrán atraparte, y entonces buscarán a alguien que haga el trabajo por ti y ellos morirán, pero si te atrapan, te obligarán a ti a matarlos … Desde mi punto de vista, hagas lo que hagas ellos acabarán muertos.

—... Yo...

El hombre suspiró y en ese suspiro dejó escapar el humo del cigarrillo. Su vista volvió al techo y de nuevo al chico frente a él.

—¿Cuánto tiempo te queda?

Se encogió de hombros, con los ojos fijos en la superficie cristalina de la mesa.

—Tres meses, tal vez cuatro o cinco... no lo sé.

—El veneno irá cada vez más rápido... Deberíamos pensar con un margen de tiempo más pequeño... un mes o dos como mucho antes de que se adentre por completo en tu sistema, y apenas unas semanas antes de que...

—No creo que sea suficiente.

—Lo sé... Ese amigo tuyo... Wil… —No le dejó terminar.

—No es mi amigo.

El hombre se encogió de hombros.

—Dices que le inyectaron algo parecido en el ejército ¿no?

—Sí... Él... está intentando desarrollar un antídoto.

—¿Crees que lo consiga?

—No lo sé... pero lo consiga o no, necesito un plan de respaldo.

—... Si tu amigo no ha conseguido el antídoto en dos meses...

—Lo sé.

Miró tras las ventanas de la cafetería, hacia los árboles y la gente fuera, tan en calma, tan pacíficos...

Estaba empezando a oscurecer.

—Debería irme.

Se levantó, arrastrando la silla, y recogió la página que aún seguía en el suelo. Se detuvo a mirarla un segundo y la colocó en su lugar, cerrando el libro y guardándolo en el interior de su chaqueta. Las bebidas seguían intactas sobre la mesa y depositó un billete sobre la mesa por ambas.

Se colocó el abrigo negro y cubrió su cuello con la bufanda de cuadros grises y líneas rojas.

Estaba junto a la puerta, con la mano derecha alzada para agarrar el picaporte dorado, cuando el hombre volvió a hablar:

—Aléjate de Gotham.

Asintió. No fue capaz de decir nada, no se atrevía a mentir.

Un aire frío se coló por la puerta cuando se marchó, desapareciendo entre la gente.

El hombre se acomodó en su sitio y le dio una calada a su cigarrillo.

—Buena suerte, Dick.


Kiev

(Ucrania)

1 de Octubre, 16:00 EET.


"—¡Rose! ¡Será mejor que no estés muerto!"

"—Eres el polluelo de Cobb, ¿no?—aseguró Calvin, que ya había encendido el cigarrillo, cubriendo el apartamento de un fuerte olor a nicotina —. Tienes sus ojos."

"—No eres un Talón —dijo, ante la mirada asombrada de Calvin Rose— Y yo tampoco"

Calvin echó a reír."

"—¡No lo entiendes! ¡El circo era su maldito coto de caza! En el momento en el que pisábamos Gotham... ya estábamos muertos."

Dick despertó agitado, con la vista nublada y el aire atascado en los pulmones, pensando que se estaba ahogando.

El ajetreo imperturbable de la ciudad, en medio de la monotonía, entre los silencios y la música que la dotaban de color y vida, inundó su mente en el compartimento a oscuras. Solo unos finos rayos de sol conseguían atravesar las cortinas, débiles y sutiles en el atardecer del invierno, apenas suficientes para alejar los recuerdos que lo atormentaban.

—¿Dick? —una voz grave atravesó su mente entre la penumbra de la habitación y el crujir de la puerta al abrirse. Y Dick no dijo nada, pero tarareó una melodía, perteneciente a una vieja canción de cuna que no había creído recordar. Últimamente, los recuerdos que creía haber olvidado azotaban su mente con fuerza, causando estragos en medio del olvido, y ahora, entre el olor de la nicotina y el murmullo que atravesaba la habitación.

En la penumbra, Dick solo consiguió ver la llama del cigarrillo que Phil llevaba apretado entre los labios, y las puntas metálicas de sus gruesas botas marrones, balanceándose de un lado a otro en el camino que recorrieron hasta llegar junto a él.

—Nos has dado un buen susto, pajarito —murmuró, aún con el cigarrillo entre los labios, sentándose sobre un pequeño taburete de madera casi destartalado al lado de la cama—. Raya estuvo al borde de un ataque de nervios… pensaba matarte, pero luego recordó que eres el padrino de su hijo —explicó con una sonrisa ladina, que parecía ocultar una mala broma— y decidió hacerlo igual —aclaró, y luego, como si hubiese olvidado algo, añadió—: Tuve que detenerla o no podríamos estar aquí ahora.

Dick intentó reírse ante la imagen formada en su mente, pero no pudo hacerlo. Le dolían las costillas y su sangre parecía arder.

—¿Por qué no me extraña? —murmuró entre dientes, a través del dolor y el sonido incesante de su corazón—. Gracias.

Phil hizo una extraña mueca, mezcla de la ira y la tristeza y tiró el cigarrillo en el vaso de agua que llevaba sobre la mesilla toda la noche. Se puso de pie, volcando el taburete que se astilló aún más por el golpe contra el suelo y sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta un paquete de Marlboro sin empezar.

Eran los mismos que solía fumar Johny a escondidas, antes, durante las noche de invierno en Europa, en el viejo compartimento que compartían y cuando ninguno había podido dormir.

Dick se preguntó, en aquel momento, si alguien más lo había sabido, y luego recordó que ya no importaba.

Y aquel pensamiento dolía.

—No recuerdo el color de sus ojos —murmuró, bajo y quedo, y si Phil lo oyó, Dick no lo supo nunca. Sus pensamientos quedaron opacados por el sonido del encendedor y nuevamente, por olor de la nicotina.

—Sabía quién eras —murmuró Phil, con un tinte amargo en su voz, dejando escapar el humo de su boca. Su espeso cabello rojo apenas era visible en la penumbra de la habitación, pero sus ojos marrones parecían observar la lejanía con una extraña calma, y el presagio de una tormenta—. Todos estos años, supo que su sangre recorría tus venas, supo que la derramaste en las calles de Gotham cada noche... y que estabas destinado a llevar una corona de plumas sobre tu cabeza. Y no hizo nada.

Ninguno de los dos dijo su nombre, pero no hacía falta.

Su nombre estaba grabado tras sus párpados.

Amelia Crowne.

Dick podía sentir el rencor de Phil en su propia piel, pero había algo devastador en ello.

—¿Sé lo diréis a Damian? —Preguntó, atragantado por el dolor—. Si no consigo…

—¡Ni siquiera te atrevas a decirlo! —gritó Phil. Su cigarrillo cayó al suelo, y acabó aplastándolo bajo la gruesa suela de sus botas, maldiciendo entre dientes y un destello de dolor atravesó sus ojos—. No volveré a decirle a un niño que ha perdido a su padre.

Dick asintió y desvió la mirada, hacia el papel con su nombre que descansaba en la mesilla, junto a un libro de cubiertas marrones.

Y un último rayo de luz atravesó el vaso de agua, y destellos de luz iluminaron la habitación.