ADVERTENCIA: Este fanfic incluye contenido sexual.

Este es un Aomei en el que he trabajado por unos días y deseaba publicar. También está publicado en inglés en Ao3 en caso de que prefieras leerlo allá.


Ao se encuentra supervisando el entrenamiento de los reclutas recién ingresados a la división de Cazadores en ANBU cuando un subordinado le entrega un mensaje de la Mizukage. Su presencia es requerida en la oficina para cubrirla con el trabajo administrativo y cualquier audiencia que se convoque hasta nuevo aviso.

El mensaje es corto y muy vago. No da explicación sobre el paradero de la Mizukage ni por cuánto tiempo se ausentará, pero Ao cierra el pergamino y deja a cargo a Chojuro antes de retirarse. No da explicaciones al respecto. Él mismo no las necesita, ni tampoco ellos.

Cuando llega a la oficina no hay rastro visible de la Mizukage, pero él no es un héroe condecorado de guerra y capitán de la unidad de rastreo sino es por sus méritos como sensor. El chakra, su esencia está ahí, más él no hace nada para dirigirse a ella o reconocer siquiera que está presente. Simplemente avanza a través de la habitación hasta llegar al escritorio.

El escritorio de ella, no el suyo.

Sentarse en el escritorio de la Mizukage siempre le brinda una sensación extraña, incómoda. Ejercer una posición de poder no lo intimida, pero él sabe que ese puesto en definitiva no es para él. Intenta acomodarse en el asiento que le resulta ajeno, aunque no es la primera vez que las tareas de Mei quedan relegadas a él.

Aún sin sacarse esa sensación particular de encima, se dispone a llenar el papeleo que espera por su atención sobre la mesa. De nuevo, no hay indicaciones pero él sabe cómo proceder porque ya está acostumbrado a lidiar con estas gestiones desde que Mei decidió mantenerlo como consejero y escolta personal.

Hablando de, la Mizukage permanece oculta pese a que su compañía no es secreto para él. Ao sabe que no se encuentra en el rango de visión de la mujer, pero no puede ignorar la sensación de ser observado pulsando sobre su nuca. Lo pone de nervios y tiene la necesidad de tirar del cuello de su suéter porque empieza a sentir calor en su lugar. No entiende cómo es que accedió a esto.

En el fondo le da vergüenza admitir que por más mortificante que le resulte la idea, también le genera curiosidad. Y eso sólo lo hace entrar más en calor bajo el sofocante ambiente de la oficina.

Concentrado en leer un reporte sobre la misión más reciente en una isla cercana con un problema de mercenarios desertores de Kiri, presiente movimiento antes de que la persona bajo el escritorio se atreva a tambalear sus dedos por la parte trasera de su pierna, ascendiendo lentamente. Un movimiento seguro, curiosamente sutil pero difícil de ignorar. En especial para un ninja sensor como él.

Le niega el beneficio de obtener una reacción por parte suya, aunque se ve obligado a retener la respiración por tan sólo unos segundos más de lo común y dejarla salir a través de sus fosas nasales con suma lentitud, su ojo descubierto aún leyendo el reporte frente a él.

Los dedos continúan subiendo sin prisa alguna, hasta que al segundo siguiente algo se apoya junto a su rodilla. No tiene duda alguna que se trata del rostro de la Mizukage esperando algún tipo de indicación de que su tacto es reconocido, presionando ligeramente su mejilla contra el costado interno donde comienza su muslo.

Decir que no siente nervios al tener el rostro de la Mizukage apoyado contra su pierna sería una mentira descarada, pero Ao no es un capitán ANBU sino por su adecuado autocontrol ante situaciones comprometedoras. Continua su lectura con la mandíbula tensa al sentir a Mei presionar sus labios justo en su muslo sin darle importancia a la tela de sus pantalones.

Reportes. Misiones. Tecnicismos que conoce a la perfección pero de los que no logra registrar el contexto porque Mei, tras unos segundos de quietud, desliza tentativamente su mano a través de su cuerpo. Él trabaja de manera automática, sabe que más tarde tendrá que checar todo de nuevo para asegurarse que no hay error alguno en la revisión. La mano femenina pasa de largo y Ao siente un alivio momentáneo hasta que los dedos se cierran sobre el cinturón de su haori, provocando que se estremezca.

La prenda le resulta molesta, tiene muchísimo calor así que no detiene los dedos que comienzan a buscar una manera de desanudar su haori cerrado. Es la mano derecha de Mei la que logra deshacer la barrera antes de desaparecer de nuevo, abriendo la prenda lo suficiente para tener mejor acceso a él. No le da tiempo a acomodarse en su lugar siquiera cuando ella se acomoda entre sus piernas y comienza a frotar sus dedos contra su entrepierna.

Aprieta los labios en un intento por mantenerse callado. Su atención está dividida entre el papeleo sobre la mesa y las manos que ahora maniobran con sus pantalones; se pregunta si Mei es consciente que le aprietan o si sólo es su manera de proceder con la situación. Es, a fin de cuentas, idea suya.

El segundo reporte a su alcance requiere una leída más detallada, así que muerde el interior de su mejilla izquierda en un intento por darle sentido a lo que está en el papel. Una invitación abierta para colaborar en los próximos exámenes chunin. Murmura para sí mismo, haciendo un sonido con sus labios que no tiene nada que ver con los dedos que comienzan a masajear de arriba a abajo alrededor de su miembro.

Deben rechazar la solicitud. Si bien el deseo de Mei, cuya mano se mueve cada vez más vigorosamente debajo del escritorio, era comenzar a crear conexiones con las otras aldeas después de años de aislamiento y por más que los exámenes chunin representan una excusa perfecta para dicho plan, los trabajos por levantar Kirigakure están tomando más de lo planeado en un inicio.

Toma un papel en blanco para formular una respuesta, una negativa que deje abierta la posibilidad de ser invitados nuevamente dentro de seis meses. A mitad del primer párrafo, su pecho delata una respiración agitada que está a nada de convertirse en jadeos, Mei aprieta la base de su erección con firmeza. Esta vez le es imposible mantener sus labios sellados. Un gemido se escucha en la oficina, su mano se cierra alrededor del lápiz con firmeza y su documento queda arruinado de un solo movimiento.

No tiene oportunidad de recomponerse cuando la lengua de la Mizukage se desliza sobre su glande, palpando a través de su grosor de manera tentativa. Un temblor lo recorre por completo sin que él pueda hacer más que intentar recuperar algo de compostura en vano. Al enderezarse contra el respaldo de la silla, tratando de enfocarse nuevamente en el papel estropeado sobre el escritorio, los labios de Mei -y su mente convoca la maravillosa imagen de su boca seductora con labial rosa pastel- succionan y vuelve a estremecerse violentamente contra su voluntad.

Mei prosigue con su labor y él no puede hacer más que rendirse. Oculta su rostro en la palma de su mano libre, y si alguien pudiera verlo en ese momento concluiría que Ao -el respetable consejero de la Mizukage, héroe de guerra de actitud severa que no permite a sus subordinados salirse del protocolo- está experimentando algún tipo de frustración relacionado a la terrible situación en la que se encuentra la aldea. Si esa persona se tomase la molestia de observar fijamente, notaría que el aura de calor envolviendolo tenía poco que ver con frustraciones administrativas, así como la forma en que desde su cuello hasta su rostro su piel se torna de un color rojo bastante llamativo.

No puede dejar de pensar en todo eso mientras la lengua de Mei avanza a través de su pene erecto. Acariciando, sin dejar ni un solo lugar sin explorar. Deja a su paso rastro de su saliva hasta que usa sus labios también para chupar, haciendo sonidos húmedos con la boca que lo excitan aún más.

Pensar en cosas desagradables para recobrar algo de control sobre sí mismo no funciona, no ahora que Mei lo dirige al interior de su boca. Poco a poco, empezando por la punta rosada con la que juega usando su lengua una vez más antes de recibirlo dentro. Ao no es capaz de disimular los jadeos que salen de él. Si alguien se aproxima a la oficina es probable que poco le va a importar ya.

La posibilidad de que alguien en verdad pueda entrar en cualquier momento no hace nada por aplacar sus ansias. Incluso, nota con vergüenza, ese pensamiento lo despierta más.

No es sino hasta que Mei está satisfecha con explorarlo con su lengua y labios que decide acogerlo en su boca por completo, engullendo de un solo movimiento su erección. Ao reacciona al instante, pegando la espalda contra el respaldo del asiento y sus manos aferradas sobre los reposabrazos hasta que sus nudillos se vuelven blancos por la presión. No hay más que pueda hacer. Está a merced de su boca caliente que lo aprisiona, succiona y lo libera para volver a repetir cada vez con más ánimo.

Con la cabeza inclinada hacia atrás, deja salir el nombre de la Mizukage entre jadeos. Mete la mano debajo del escritorio para alcanzar la cabellera pelirroja con cuidado y sujetarse. Su propósito no es dirigirla, pero sus intentos por ignorar lo que está sucediendo han fallado y a este punto necesita algo para confirmar que no se trata de ningún tipo de fantasía vívida suya.

La Mizukage lo devora con determinación de hacerlo llegar. Llega un punto en que ella lo deja ingresar de una estocada profunda, rozando el borde de su garganta y se mantiene quieta. Una ola de placer indescriptible sacude a Ao. Decide bajar la mirada a la par que cada una de sus extremidades tiemblan al ritmo de su corazón desbocado. Y es ahí cuando se enfrenta a los ojos verdes de Mei nublados por lujuria, deseo. Sus labios lo dejan salir con suma lentitud hasta que está fuera por completo. Hay un poco de líquido preseminal en su punta que ella se encarga de retirar con su lengua sin romper el contacto visual.

Ao no puede contenerse más. Empuja la silla hacia atrás lo suficiente para poder inclinarse hacia ella y reclamar sus labios. Ella sonríe contra su boca, consciente del poder que mantiene sobre su consejero mientras permite que la bese con fuerza, ansioso por explorar su tan maravillosa boca.

El roce de lenguas es interrumpido por Mei que posiciona una mano sobre su pecho para devolverlo a su asiento. Él aún no puede registrar lo que sucede hasta que la boca de Mei, de labios ensalivados y un desastre de labial, regresa a su erección para finalizar el trabajo.

Ao ahora no puede pretender que la situación no es comprometedora. Justo en la oficina Mizukage, sin esconder sus acciones ya. Entierra sus dedos en los cabellos de Mei, manteniendo su atención en ella mientras su boca vuelve a subir y bajar a lo largo de su erección con más ahínco que antes. Sus ojos revelando que estaba tan sino más excitada que él.

Ella sabe cuando está a punto de terminar. Su cuerpo se tensa por sus atenciones, Ao suelta una maldición junto al nombre de la Mizukage y Mei devora su erección de golpe para mantenerlo atrapado en su boca una vez más, justo a tiempo para recibir el orgasmo de Ao y a él se le escapa su nombre por tercera vez. Traga la esencia que invade su boca, tomándose su tiempo para no ahogarse con la combinación de esta con su propia saliva. Cuando no queda más libera el miembro de su consejero y se endereza, aunque permaneciendo sentada frente a él.

"¿Y bien?"

Ao aún nublado por el placer, la mira confuso.

"No fue tan mala idea, ¿o sí?"

Sus mejillas enrojecen de golpe, pero no hay nada que pueda decir contra la expresión victoriosa de la Mizukage. Chasquea la lengua para admitir su derrota y Mei lo acepta, soltando una risa.

"Entonces…"

"Mizukage-sama," él interrumpe tras guardarse y acomodarse los pantalones de nuevo. Es turno de Mei para mostrar curiosidad cuando él se levanta y le ofrece su mano. "Me parece que es su turno."

Ella parpadea. Y una sonrisa crece en sus labios. Acepta la mano de su consejero y está vez ella toma asiento mientras él se esconde bajo el escritorio.

Relame sus labios distraídamente, satisfecha.