-Vía de escape-
Capítulo 2. Lo que debió ser y no fue
Cuando Videl llegó a su casa, se dedicó a colocar todo lo que había comprado en la nevera. El camino de vuelta se le había hecho más corto de lo que era de por sí. No había podido dejar de pensar en Gohan.
Cierto sentimiento de rabia no abandonaba la mente de la mujer. ¿Por qué? ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? No es que deseara que a él le fuese mal pero no podía alejar de su cabeza que, tal vez, solo tal vez, ella también merecía alcanzar las metas que se había propuesto cuando era adolescente.
Durante mucho tiempo la imagen de Gohan había desaparecido completamente para ella; se había disuelto en los pensamientos de su nueva vida. Pero, una vez que lo había vuelto a ver, no podía eliminar los recuerdos de la época en la que se conocieron y en la que entrenaban juntos.
Porque sí, en aquella época, Videl era engreída y bastante soberbia, pero, sin saber realmente cómo, Gohan se había colado lentamente entre las rendijas de su testarudez y un sentimiento extraño había brotado en su impenetrable corazón. En ese momento, se sentía extraña y no comprendía muy bien qué era lo que la impulsaba a buscar algo de él. Ni siquiera sabía qué era ese algo que estaba buscando.
Con el paso del tiempo se dio cuenta de que le gustaba y por eso quería tenerlo cerca. Pero Gohan no se veía ni mínimamente interesado en ella. ¿Qué podía hacer si él no se daba cuenta de sus sentimientos? Le daba señales claras, que cualquiera captaría, menos él, por supuesto.
Peor aún fue cuando entrenaron durante un tiempo juntos, pues sus sentimientos se intensificaron mucho más. Le había enseñado poses y movimientos nuevos, bastante buenos, pero nunca llegaron a batallar en serio porque él se negaba constantemente. ¿Qué era lo que escondía ese chico? Tenía un halo de misterio que la atraía a él irremediablemente y no sabía cómo pararlo.
Incluso, en una ocasión, había conocido a su hermano. Creía recordar que se llamaba Goten. Era un niño hiperactivo y con el pelo con una forma muy peculiar, pero que tenía una sonrisa adorable y unos ojos que desprendían gran ternura y calidez. Nunca había visto unos ojos que expresaran tanto antes de conocerlo y nunca lo volvió a ver después. Pensó que ese niño debía estar ya hecho un hombre. ¿Lo reconocería si lo viera? Era probable porque la veracidad de esa mirada era algo que nunca olvidaría.
Sin embargo, Videl pensaba que Gohan le había ocultado muchas cosas que ella ansiaba en esa época desvelar con todas sus fuerzas. Esa familia no era normal y, en ese tiempo, se fijó el propósito de descubrir el porqué, mas nunca lo consiguió. De hecho, en cierta ocasión había visto a su madre a lo lejos y la mirada de desconfianza que le dedicó la dejó congelada. Por lo que sabía, su padre había muerto varios años atrás y, en las pocas ocasiones en las que el chico hablaba de él, la melancolía lo embargaba. Seguramente por eso no le conversaba mucho sobre ese tema.
Videl suspiró. No entendía por qué se hacía tantas preguntas de una época que pensaba que ya tenía totalmente superada y dejada atrás.
¿Cómo hubiese vivido si Gohan se hubiese percatado de lo que ella sentía? ¿Hubiesen estado juntos? ¿Su vida sería mejor? ¿Podría haber alcanzado sus sueños? En cualquier caso, no valía la pena atormentarse por algo que no había llegado a suceder y tampoco tenía la oportunidad de volver al pasado e intentar ser honesta y mucho más clara con sus sentimientos. Tal vez hubiese estado bien confesarse, declararse, besarlo sin previo aviso. Pero ya era demasiado tarde. Videl pensó en ese momento en que era muy cierto aquello de que es mejor arriesgar en la vida; al fin y al cabo, con el paso del tiempo, te vas a acabar arrepintiendo de no haberlo intentado, de lo que no llegó a pasar por miedo a perder.
Con ese pensamiento e intentando evitar que la reaparición fugaz de Gohan en su vida nublara su juicio, se dirigió a la terraza a tomar el aire. Lo que no sabía es que el reencuentro con su excompañero cambiaría muchas cosas en su futuro. Y no sería algo pasajero.
El vecindario que había elegido, sin duda, era perfecto para él. Aunque estaba al lado del centro de la ciudad –algo que una persona acostumbrada a la naturaleza como Gohan detestaba– era uno de los más tranquilos que había. Además, era precioso. De vuelta a casa, se desvió del camino directo para explorar zonas nuevas. Se había topado con un parque muy bonito, lleno de almendros que adornaban el paisaje.
Cierto es que no era comparable a la belleza de la montaña Paoz, pero, para su gusto, no estaba nada mal. No le disgustaba demasiado vivir en ese sitio. No sabía qué le depararía el destino; si se quedaría allí a vivir durante toda su vida o no aguantaría su estancia en la ciudad por demasiado tiempo.
Después de unos minutos, llegó al lugar en el que se había establecido. Era una pequeña casa que había alquilado. Estaba relativamente cerca de la universidad; a unos veinte minutos a pie. Aunque había apartamentos del mismo precio mucho más cercanos, se negó a vivir entre el tumulto de la gente del centro mismo de la ciudad. Le gustaba más la tranquilidad que se respiraba allí. Todo le quedaba un poco más lejos como, por ejemplo, el supermercado, pero tampoco veía ningún problema en ese sentido. Vivía solo –si obviamos las múltiples visitas que su hermano pequeño le hacía– y con su fuerza saiyajin no le costaba transportar grandes cantidades. Pero, claro, para pasar desapercibido solía pedir a domicilio las compras más grandes.
Abrió la cerradura, se descalzó, relajando la tensión de sus pies, y observó el panorama.
–¿No eres muy joven para beber tanta cerveza? –preguntó a su invasor, al que solo se le veía la parte posterior del cuerpo, ya que tenía la cabeza y el torso prácticamente dentro de la nevera.
–¿Cómo sabes que estoy buscando cerveza? A lo mejor es otra cosa.
–Ya, claro –Gohan sonrío al ver que su hermano sacaba el cuerpo del electrodoméstico, lo cerraba y le daba una lata.
Goten le sonrió genuinamente. Había cambiado mucho en los últimos años. Se había cortado el pelo en un intento de buscar su propia personalidad e identidad y alejar su imagen de la del clon de Son Goku. Quería ser él mismo; Goten, no el hijo de Goku, el que es idéntico a él. También su estilo había cambiado. Lejos de la influencia de su madre, su ropa era ahora mucho más juvenil, adaptada a un veinteañero universitario.
El hermano de Gohan se había mudado hacía un año escaso para estudiar contabilidad. La odiaba con todas sus fuerzas, pero Bulma le había dicho que, en cuanto acabara los estudios, si obtenía buenas notas, trabajaría para la Corporación Cápsula. Y, claro, ¿quién rechazaría estabilidad económica asegurada y trabajar con su mejor amigo? Con un poco de esfuerzo y dedicación extras iba sacando calificaciones decentes para conseguir el trabajo que le había sido prometido. Además, le permitía independizarse de sus padres y cumplir con el objetivo primordial que, tanto él como Trunks, tenían: conocer chicas.
Gohan siempre se echaba unas risas cuando su hermano le contaba las noches de alcohol y desenfreno de estudiante universitario que tenían los dos. Él recordaba que nunca había sido así en aquella etapa de su vida, pero no le reprocharía nada a su hermano menor; de todas formas, la época universitaria es para disfrutar.
–¿A qué se debe esta grata sorpresa?
–Estaba aburrido –contestó Goten con simpleza–. Además, he venido a interesarme por tu vida de profesor de universidad perfecto –ambos rieron por aquella frase–. ¿Qué tal? ¿Hay profesoras guapas? ¿O alumnas?
–Qué simple eres. Siempre estás pensando en lo mismo –reprochó Gohan sonriendo–. No estoy interesado en eso por el momento.
–Matarás a mamá si no le das un nieto pronto –afirmó el más pequeño entre más risas–. Créeme que alguien se lo tiene que dar y no voy a ser yo.
Gohan se quedó pensando. Lo último que estaba en su escala de prioridades en ese momento era el amor. Estaba totalmente focalizado en su trayectoria profesional, en seguir estudiando y seguir subiendo puestos en la jerarquía de la universidad. Todo lo que no fuera trabajo o familia en ese momento le sobraba.
Había tenido un par de relaciones pero ninguna había cuajado del todo. Nunca había llegado a sentir esas mariposas en el estómago ni esos sentimientos tan maravillosos de los que todo el mundo le había hablado.
La primera chica con la que estuvo fue una compañera de la universidad. Fue, de hecho, con quien perdió su virginidad. Ella siempre decía que el amor que sentía por él era fuerte, sin embargo, Gohan nunca se enamoró de ella. Le había tomado mucho cariño, pero más parecido al de una amiga que al de alguien con quien quieres compartir tu vida como pareja. Había acabado de una manera triste porque ella lo amaba genuinamente; no obstante, el amor es así. Es un sentimiento que puede darte la mayor dicha, hacerte volar por los cielos, o sumirte en el dolor y el fracaso más absolutos.
Después, tuvo una corta relación con una de las jefas del departamento de investigación en el que había entrado en la universidad de la Capital del Sur. Pero, en realidad, estaba más basada en el sexo y en la lujuria que en sentimientos amorosos.
Y hasta ahí llegaba la experiencia de Gohan en las relaciones interpersonales con el sexo opuesto.
En ese momento, sin saber por qué, se acordó de Videl. Pasaba muy buenos ratos con ella cuando iban al instituto juntos. Se había alegrado de verla, sin embargo, notaba algo raro en el brillo de su mirada. Él recordaba a una Videl decidida, fuerte, un poco pedante incluso. Pero verla tan cohibida le había supuesto una gran sorpresa e, incluso, algo de decepción. Su apariencia había cambiado algo con los años; su ropa ya no era deportiva y llevaba una pequeña melena por encima de sus hombros adornada con un flequillo que se posaba en su frente.
Negó con la cabeza. No quería pensar demasiado en eso. Por el momento, se relajaría disfrutando de la compañía de su hermano.
–Bueno, hablemos de otra cosa –intentó cortar Gohan los derroteros que estaba tomando esa incómoda conversación.
Goten sonrió. Le daba curiosidad que su hermano, con lo maduro que era, no hubiese sentado la cabeza a su edad. La vida despreocupada que llevaba en el terreno amoroso era mucho más propia de él que de Gohan sin duda. Cuando iba a retomar la conversación, su móvil vibró con fuerza en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y observó que le acababan de mandar un mensaje. Sonrió al ver el nombre de la emisora de este y le contestó rápidamente.
–Me tengo que ir, Gohan. Bébete la cerveza por mí –se levantó veloz y se marchó a encontrarse con la chica que le había escrito el mensaje.
Gohan se quedó mirando la puerta por la que su hermano había escapado. Ya le pediría explicaciones por la salida tan repentina y por esa sonrisa boba que había compuesto y de la que se percató mientras Goten observaba fijamente la pantalla de su móvil.
Hiro llegó esa noche más temprano de lo normal. Había acabado pronto sus quehaceres en la oficina y estaba hambriento de su esposa. Porque para eso estaba. Para satisfacer sus necesidades. Esa noche ni siquiera pasaría por el bar donde se reunían sus compañeros a beber normalmente. Solo deseaba llegar y tomar una y otra vez a su mujer.
Al entrar a la habitación, observó que estaba dormida. Moviéndose se había destapado un poco y el fino y pequeño camisón que la cubría se había movido, dejando a la vista parte de sus pechos y sus muslos.
No se lo pensó dos veces y se abalanzó sobre ella, besándole el cuello mientras restregaba su erección contra su cuerpo.
Videl despertó sobresaltada, notando el aliento y la saliva ajenos impregnando su piel. Desorientada, logró enfocar la vista y se encontró con la imagen de su esposo sobre ella. Hacía mucho tiempo que Hiro no la despertaba para tener relaciones sexuales. Cuando se casaron, lo hacía cada noche. Al llegar a casa, se desnudaba, se metía en la cama y le hacía el amor con una pasión indescriptible. Sin embargo, esa situación, a estas alturas, a Videl le producía repugnancia.
–Hiro, para. No me apetece –dijo con voz somnolienta mientras intentaba quitárselo de encima empujándolo por los hombros.
Sin embargo, él movió sus manos a las muñecas de su esposa y las apretó con fuerza, ignorando su negativa. Videl intentó resistirse pero la fuerza del hombre acabó imponiéndose.
–Harás lo que yo quiera. Para eso eres mi mujer –se separó de ella y la observó–. Desnúdate –ordenó con frialdad en su voz y mirada.
Videl, asustada por el tono que había usado, le hizo caso. Se desnudó lentamente, deseando que en ese momento se detuviera el tiempo o que ella desapareciera. Le daba igual lo que fuera, pero no quería entregarse a él. Pero no solo esa noche, sino nunca más. Sin embargo, el momento, irremediablemente, llegó. Cuando se vio desnuda y con el hombre encima de ella en igual situación y relamiéndose los labios, sintió las lágrimas agolpándose en sus ojos, luchando por liberarse pero siendo retenidas con una férrea fuerza de voluntad.
Él se introdujo en su interior de una forma un tanto violenta y escondió su cara en el hueco que se formaba entre su hombro y su cuello.
Podía sentir su aliento y respiración cerca, pero, de un momento a otro, su mente se puso en blanco. Su mirada estaba perdida en cualquier punto del techo. Miraba en la penumbra hacia arriba pero no conseguía ver nada; oía los ruidos que expulsaba su marido causados por su disfrute pero no escuchaba absolutamente nada; notaba algo colándose entre sus piernas pero no llegaba a sentir nada en profundidad.
A eso se habían reducido sus encuentros sexuales en los últimos años de su relación: a una situación de satisfacción por parte de él y de dominación total, en la que la postura elegida era siempre ella debajo de él, sin depender de si estaba bocarriba o bocabajo. Porque así tenía mejor control y manejo de su cuerpo. Porque la quería así; dispuesta siempre y, sobre todo, sumisa y sometida ante él.
Con los brazos apoyados en el colchón, las piernas inmóviles y sintiendo el asfixiante peso extra sobre su cuerpo, Videl se dio cuenta de que estaba vacía. De que ya no le encontraba ningún sentido a su vida. De que si tenía que pasar por eso de nuevo no lo resistiría.
–Hoy tengo el día libre. Vamos a salir a dar un paseo –y no había sido una sugerencia por parte de Hiro, sino, más bien, una orden.
Videl solo quería contestar que no, que no estaba de humor, que simplemente no quería salir en su compañía. Mas no tuvo el valor de enfrentarlo. No entendía, además, esa repentina acción. Hacía mucho tiempo que no salían juntos porque, según él, no soportaba que nadie contemplara su belleza. Si se negaba sabía que le tocaría una sesión de golpes y, después del forzado encuentro sexual que había tenido la noche anterior, consideraba que era más que suficiente.
Se dirigió hacia su cuarto sin contestarle siquiera. Abrió el armario y se detuvo a pensar concienzudamente en qué atuendo debería usar; algo lo suficientemente discreto para que nadie, absolutamente nadie, se fijara en su existencia. Escogió un pantalón negro y una blusa de color rosa muy claro. No llamaba mucho la atención y le gustaba cómo quedaba. No se puso ni una gota de maquillaje, pues las marcas y hematomas de la cara –aunque no del resto del cuerpo– habían desaparecido y su esposo no quería que se maquillara; siempre decía que su belleza era natural y no le hacía falta.
Salieron del apartamento en dirección a un parque cercano. Ese día Hiro estaba de muy buen humor. Incluso pensaba que, después del paseo, Videl podría ir a cambiarse y podían salir a cenar juntos. Debía mimar a su esposa de vez en cuando.
Hiro se pasó todo el camino hablándole sin parar sobre el trabajo, sus reuniones, las posibilidades de un ascenso inminente y sobre chismes de sus compañeros a los que ella conocía.
Al principio se limitó a asentir sin ningún entusiasmo, pero, después, observando la vitalidad y la simpatía con la que su marido la trataba, decidió intervenir en la conversación. Recordó los mejores tiempos por los que habían pasado. En esos momentos, parecía que todo era perfecto entre ellos, incluso que se querían. ¿Era posible, acaso, la salvación para ellos? ¿Podrían volver a caminar juntos sin más problemas, como en los inicios de su relación?
Por un solo instante, uno que fue efímero, Videl pensó que sí. Todas sus esperanzas se desvanecieron cuando apareció ante ella, a lo lejos, una figura familiar. Tensó sus hombros y notó que las manos le empezaban a temblar y a sudar. Intentó huir apresurada y desesperadamente.
–Vámonos por ese camino. Creo que es mejor opción –sugirió con una sonrisa fingida mientras tiraba de la mano de su marido intentando arrastrarlo en la dirección contraria a la que se dirigían.
Hiro la paró. No entendía que, de repente, se hubiese puesto así. Se le notaba nerviosa en demasía. Cuando iba a hablar, preguntando qué le sucedía, notó una figura masculina enfrente de ambos. Alzó la vista y el rostro no le resultó conocido.
A Videl se le desencajaron los ojos. Justamente el único día en el que salía con su marido a pasear después de tantos meses tenía que encontrarse con Gohan. Habían pasado dos semanas desde su corto encuentro en el supermercado cercano a su apartamento y pensaba que no lo volvería a ver por los alrededores, puesto que la universidad quedaba más apartada de esa zona y lo más lógico sería que viviese cerca de su trabajo. Para su desgracia, no era así.
–Videl, ¡qué alegría verte de nuevo! –exclamó.
La mujer alzó su vista hacia la derecha y, en la fachada de simpatía que había construido Hiro en su rostro, pudo observar, en el fondo de su mirada, un destello de furia.
–S-sí. No esperaba encontrarte por aquí –respondió con voz pausada, dudando de cuáles eran las palabras que debía escoger–. Te presento a mi esposo, Hiro. Él es Gohan –prosiguió–. Íbamos juntos al instituto y se acaba de mudar aquí. Es profesor en la universidad.
Los dos hombres estrecharon sus manos en un cordial saludo. A Gohan le resultó curioso el apretón que el esposo de Videl le había dado. Era como si quisiera imponerse ante él. No obstante, decidió ignorar el detalle.
Hiro, en un arranque de posesividad, agarró a su mujer de la cintura, acercándola hacia él. Sin darse cuenta, apretó más de lo normal su costado, justo donde tenía una secuela de una paliza de hacía un par de semanas. Videl compuso una mueca de dolor casi imperceptible pero de la que Gohan se percató.
–El otro día en el supermercado te fuiste casi corriendo y no me dio tiempo a pedirte tu número. Como te dije, no conozco a casi nadie por aquí.
–Sí, bueno, tenía prisa –se excusó la mujer rápidamente.
–¿Os habíais encontrado en el supermercado? –Hiro intervino en la conversación mientras afianzaba el agarre de su esposa.
–Sí… –susurró Videl temerosa. Gohan la miró de arriba a abajo. No recordaba haberla visto con ese gesto de preocupación nunca.
–En fin, ¿me darías tu número? –ante la pregunta, Videl palideció.
–Yo… –musitó ella mientras dirigía su mirada al suelo.
–Dáselo, mujer –interrumpió Hiro.
–Cl-claro.
Intercambiaron sus teléfonos bajo la atenta e intensa mirada de Hiro. A Videl se le secó la garganta. Pensaba inventarse que no tenía móvil, que se le había roto o cualquier otra cosa que la librara de tener que interactuar más con Gohan.
–Bueno, me alegro de verte, Videl. Vamos manteniendo el contacto, ¿vale? –desvió su mirada hacia Hiro para dirigirse a él–. Un placer conocerte, Hiro.
–Igualmente –respondió de forma seca.
Gohan se despidió de ambos de nuevo y se fue. Llegaba tarde a la universidad, donde tenía una importante reunión, pero le hubiese encantado quedarse hablando más rato con Videl. Bueno, ya había conseguido su número así que sería mucho más fácil contactarla.
Hiro miró a su esposa casi sin pestañear. Le susurró macabramente un «nos vamos a casa ya». Agarró su brazo con fuerza, dejando una marca en él, aunque esa no sería la única que dejaría en su cuerpo aquel día.
Nota de la autora:
Antes que nada, muchísimas gracias a todo aquel que ha leído, comentado, puesto en favoritos o seguido esta historia. Gracias de verdad.
Aquí os dejo el segundo capítulo. Falta todavía un poco para que Gohan y Videl se relacionen más íntimamente, pero necesito asentar bien las bases de las circunstancias que los rodean e ir construyendo el momento adecuado para que se aproximen.
Sin más que añadir, me despido.
¡Nos leemos en el siguiente!
