-Vía de escape-
Capítulo 4. Toma de decisiones
Los hospitales son los edificios más deprimentes que alguna vez ha creado el ser humano. Y no solo se debe a lo que todo el mundo sabe que hay en su interior; es que ni siquiera se esmeran por hacerlos un poco más reconfortantes en su arquitectura.
Videl levantó la vista y se encontró con el monstruoso edificio que se alzaba delante de ella. Tendría más de diez plantas y su fachada era lisa y de color gris, solo adornada por las ventanas con rejas de un tono de gris más oscuro. Totalmente desalentador.
Entró a gran velocidad, atropelladamente, chocándose en ocasiones con la gente que deambulaba por el lugar. Cuando llegó a la recepción, casi no podía hablar. Le faltaba el aliento por la carrera y las prisas con las que había recorrido el trayecto al hospital y también por los nervios. Sentía que se le estaba abriendo un agujero en el centro del pecho y que la haría desaparecer en cualquier momento.
Después de un vano intento por calmar su respiración y pulsaciones, se dirigió al mostrador de información y preguntó a una chica que atendía allí al público. Le indicaron que su padre se encontraba en la unidad de cuidados intensivos y que allí podría informarse con más profundidad de su estado de salud.
Sentada en la banca blanca del exterior de las salas de aquella área del hospital, Videl no podía dejar de pensar en su madre. En el momento en el que la había perdido, más concretamente. También estaba sentada en ese tipo de sillas, aunque el tamaño de su cuerpo era mucho más pequeño y su vestimenta más infantil. Sujetaba, por ese entonces, un conejo de peluche que no se separaba de ella ni un instante y su pelo estaba recogido en dos coletas adornadas por lazos. Presente y pasado se fundieron en su alma y le dio la sensación de que ambos momentos eran el mismo. Solo rezaba para que el desenlace fuese totalmente el contrario.
Tenía muy pocos recuerdos de su madre. La imagen que de ella tenía era de una mujer bellísima, no muy alta, con piel de porcelana, con el cabello muy oscuro, del color de la misma noche, y tremendamente largo. Era pura dulzura pero también carácter, orgullo y tenacidad. La recordaba, casi, como un ser espiritual inalcanzable que le cantaba por las noches antes de dormir.
En momentos así se alegraba de que su madre ya no los acompañase. Y podía sonar duro, triste, horrible. Pero era la realidad. Porque imaginársela en esa sala viendo como su padre se debatía entre la vida y la muerte le arrancaba el alma. Y, para qué se iba a engañar, no quería tener constancia de la desilusión que se llevaría al ver la situación tan lamentable en la que ella misma se encontraba. Porque ella se veía así; devastada, sin futuro posible.
Muchas veces, algunos conocidos o amigos de la familia habían resaltado el increíble parecido de Videl con su madre. Sin embargo, ella estaba en total desacuerdo. ¿Cómo parecerse a una mujer tan pura, fuerte y decidida, si ella era todo lo contrario? Puede ser que en el físico se pudieran ver algunas remembranzas –pues los genes son los que son–, pero ese carácter era inigualable, irreproducible, irrepetible aunque pasasen un millón de años. Lo que la mujer de ojos claros desconocía era que, en algún punto de su vida, eran una copia exacta la una de la otra. Pero eso se había perdido por su triste situación. Claro que eso no era su culpa.
Vio, a lo lejos, a un médico que miraba de un lado a otro, como buscando a alguien o algo, y que acababa de salir de una habitación, quitándose la mascarilla. Sus miradas se cruzaron y el hombre se acercó con parsimonia a ella.
–¿Familiares de Mr. Satán? –preguntó con cierto desgano y cansancio plasmados en la voz.
–Sí, yo. Soy su hija –afirmó Videl con la angustia reflejada en su rostro.
–Bien. Su padre ha sufrido una parada cardiorrespiratoria severa. Lo encontró un vecino que escuchó un fuerte ruido en su casa, seguramente provocado por una caída. Le hemos practicado un cateterismo y se encuentra estable dentro de la gravedad. Podría ser necesaria una intervención. Necesitaríamos su consentimiento y…
Videl se perdió entre tanto tecnicismo y palabrería, que ya la tenían levemente mareada. Al menos, dentro de lo que cabía, estaba bien. Esperaba y deseaba con fuerza que se recuperara pronto.
–Gracias –interrumpió ella de repente–. Firmaré todo lo que sea necesario, pero ¿podría verlo?
–No por el momento –dijo el doctor con firmeza en la voz–. Eso sí, debo advertirle de que, cuando su padre sea dado de alta, necesitará supervisión durante las veinticuatro horas del día durante uno o dos meses –finalizó y se retiró posteriormente.
Volvió a sentarse con un poco menos de preocupación en su pecho. No era una opción llevar a su padre cuando se recuperara a su casa. Hiro se negaría y no quería que él viviese en un ambiente de negatividad tan grande como el que allí se respiraba. Pensó que era buena idea si ella se mudaba con él durante ese tiempo a su casa, aquella que había comprado años atrás para que siguieran cerca el uno del otro. Eso le daría oxígeno y tranquilidad. Alejada de su marido, sentía que mejoraría su estado de ánimo considerablemente.
Hilando pensamientos, la amenaza de Hiro azotó su conciencia con fiereza de nuevo. Sintió que su pulso se volvía a acelerar. ¿Había sido él? ¿Le había hecho daño a su padre? Suspiró, intentando controlar sus ideas. Pensó fríamente. Era poco probable que estuviese envuelto en el asunto, pues un infarto es algo difícil de provocar de forma intencionada. Es algo que suele pasar, sin más, producto en muchas ocasiones de la edad o de malos hábitos. No se fiaba de él, eso era cierto. Si su padre hubiese sido asaltado o algo de ese estilo, sin duda, todas las sospechas hubiesen recaído sobre Hiro. No obstante, al tratarse de ese tipo de enfermedad irremediable, descartó la posibilidad.
Estaba sola y tremendamente nerviosa, pero no sabía a quién llamar. Su círculo social era inexistente y, por el momento, no le apetecía avisar a su esposo, pues él solo le suscitaría más nervios e incertidumbre. También debía razonar sobre cuáles serían las palabras y formas adecuadas para anunciarle que viviría con su padre un tiempo para asegurar su pronta recuperación. Perdida en su maraña de pensamientos, decidió dejar ese tema para más tarde.
Una persona, sin tenerlo previsto, atravesó su mente como un rayo. El remitente del mensaje que no llegó a contestar; Gohan. Por una milésima de segundo, se le ocurrió llamarlo para que la acompañara y reconfortara, mas, tan rápido como esa idea había llegado a su cerebro, Videl la desechó. No tenía sentido. Sospechaba que el hombre podría ser un buen apoyo en momentos duros, pues era una gran persona, pero no se sentía con las ganas ni la confianza para pedirle algo como eso.
Los sentimientos que la invadían cuando se trataba de Gohan eran sumamente contradictorios ya que eran una amalgama de envidia, rechazo, admiración y ternura que no lograba procesar bien. Había llegado a tal punto de inestabilidad emocional que ni se entendía a ella misma.
Después de unos cuantos trámites protocolarios y papeles que firmar, una amable enfermera salió de la habitación para confirmar que su padre se recuperaba a medida que pasaban las horas, que para Videl se hacían un mundo de lo largas que le parecían que eran. Pudo pasar a verlo y eso la reconfortó. Tenía una mascarilla que le proporcionaba oxígeno y algunos cables pegados a su cuerpo, incluso estaba ligeramente pálido, algo contrario a su característico tono de piel. Sin embargo, tenía la certeza de que se recuperaría y no la abandonaría. No todavía. No cuando su vida era un completo desastre. Era demasiado pronto para eso.
Salió de la habitación y, mucho más tranquila, fue a una de las máquinas expendedoras del hospital a tomarse un café. Necesitaba una fuerte inyección de cafeína en su cuerpo en esos instantes. En un par de horas llamaría a Hiro para comunicarle la noticia. Por el momento, disfrutaría de no contar con su compañía durante un tiempo más.
Hiro se encontraba tumbado en una gran cama. Había alquilado secretamente un apartamento en las afueras de la ciudad para saciar sus necesidades, pues su mujer, desde hacía bastante tiempo, se mostraba reticente a satisfacerlo. Con Videl, el sexo al principio de su relación era perfecto. Ardiente, apasionado, tierno, sucio, dependiendo de la situación; todo lo había encontrado en esa mujer. Pero, de un tiempo hasta la actualidad, la necesidad de dominación que sentía para con su esposa había hecho que quisiera tomar el control total de la situación siempre. Nunca le permitía una posición en la que él no dominara el acto porque así le mostraba que le pertenecía y que no podía escapar de sus afiladas garras.
Cuando quería algo diferente, recurría a otras mujeres, normalmente de la oficina; chicas con rangos inferiores o bajo su mando, que no pudieran contar nada por miedo a las represalias o a ser despedidas de la empresa.
Por eso, Hiro estaba recostado en la cama de aquella estancia, con la privilegiada vista de unos grandes senos rebotando por el vaivén de los movimientos de la chica que estaba colocada sobre él. Se dejaba hacer, aunque de vez en cuando colocaba sus grandes manos en las caderas femeninas para marcar el ritmo que deseaba o masajeaba los pechos de su compañera de turno.
No era la primera vez que buscaba sexo fuera del hogar. Sucedió después de una pelea –más bien paliza– con Videl. Desesperado por la furia que le hacía sentir que otros hombres desearan a su esposa, se marchó de su casa y se adentró a un bar de carretera muy poco transitado. Una vez allí, divisó a una hermosa chica pelirroja que lo miraba con descaro y lujuria incontenibles. Solo se comunicaron con miradas y ella le indicó que se dirigiera al baño. Allí, la poseyó con violencia y rudeza contra las azulejos blancos y azules de la pared. Y, al contrario de lo que pensaba, se sintió revitalizado. Pensaba que la culpa lo iba a consumir, pero se equivocó. Por eso lo volvió a hacer en innumerables ocasiones. Con el tiempo, comenzó a hacerlo en la oficina pero, ante el riesgo de ser visto por algún superior –lo que supondría su despido inmediato e irrevocable–, decidió alquilar un apartamento que no estuviera cerca del trabajo ni de la casa que compartía con Videl.
Cuando el acto concluyó, apartó con cierta brusquedad a la chica que le había dado placer, se levantó y fue directo a ducharse. Cogió el móvil que descansaba sobre un mueble de la habitación y lo desbloqueó por curiosidad antes de entrar al baño. Se dio cuenta de que tenía ocho llamadas perdidas de Videl y se asustó. No podría perdonarse que le hubiese pasado algo y que él no hubiese estado disponible para ella. Porque la amaba, de la manera más sucia y oscura en la que se puede amar, pero lo hacía. O eso era lo que él creía.
Porque el amor no es eso; el amor es libertad, es pasión, satisfacción mutua y plena. Es ser totalmente libre pero elegir a alguien para que camine a tu lado, siempre respetando el espacio del otro.
Hiro marcó el número de su mujer y colocó el móvil cerca de su oído.
–Videl, ¿qué pasa? –el tono de sus palabras era atropellado y nervioso, algo que extrañó mucho a Videl.
–Hiro, no sé ya cuántas veces te he llamado –escuchó que contestaba la mujer con tono cansado–. Estoy en el hospital. Mi padre ha tenido un infarto, pero ya se recupera. ¿Por qué no me has contestado antes?
Así que era eso. Ese imbécil engreído y sabelotodo había estado a punto de irse al otro barrio. Le habría hecho un favor sin duda porque no lo soportaba en absoluto y solo le daba una excusa a Videl para salir de casa cuando iba a visitarlo. Su mente se puso a trabajar rápidamente para inventar algo verosímil. Era hora de oficina, así que lo tenía fácil.
–Estaba en una reunión –mintió pero con total credibilidad por la experiencia que tenía–. Voy enseguida.
–No es necesario que vengas inmediatamente. Ve a casa y tráeme mis cosas, por favor. Me quedaré aquí el tiempo que haga falta. Puedes venir en un par de horas.
–Está bien –respondió y colgó sin más preámbulos.
Se duchó rápidamente, se vistió y se dispuso a salir, cuando se percató de que la chica –de la que, por cierto, ni recordaba su nombre– se había dormido en la cama. La sacudió levemente para que despertara.
Ella observó al hombre. No podía ser más guapo; era castaño, altísimo, de ojos verdes y su cuerpo estaba definido. Se moría de ganas de ver la reacción de sus amigas de la oficina cuando se enterasen. No podía creer que Hiro hubiese decidido meterla entre sus sábanas y esperaba volver a repetirlo.
–Vete –espetó groseramente– y ni se te ocurra contar lo que ha sucedido aquí si quieres conservar tu puesto.
Ante la fría mirada del hombre, la chica tembló ligeramente. Se vistió y salió disparada del lugar.
Hiro se fue con dirección a un bar a tomarse un par de copas. Más tarde iría a preparar lo que Videl le había pedido y a llevárselo. Se interesaría falsamente por el carcamal de su suegro y se iría después a su casa a dormir. No pensaba desperdiciar ni un segundo de su valioso tiempo en la sala de espera de un hospital.
El parque de almendros cercano a su casa se había convertido en uno de sus lugares preferidos para pasar el rato. Allí descansaba, leía, pensaba, incluso, a veces, trabajaba. Lo recorría con tranquilidad de camino a una heladería cercana, en donde se iba a encontrar con Meg, una compañera de trabajo.
Al llegar, ella ya lo estaba esperando. No se podía negar que era muy linda. Llevaba un vestido blanco de flores azules y muy pequeñas. Tenía el pelo de color azul oscuro y muy rizado y sus ojos color miel deslumbraban a hombres y mujeres a su paso. No era demasiado alta ni tenía grandes atributos físicos pero sí un magnífico intelecto, que, al fin y al cabo, era lo que conseguía llamar la atención de Gohan.
Se saludaron con un beso en la mejilla, pidieron un helado y comenzaron a charlar. A Gohan le había extrañado mucho la petición por parte de su compañera de salir juntos porque la veía como una persona tímida en exceso. Gohan podía notar que le gustaba a Meg, algo que, hacía unos años, pasaba totalmente desapercibido para él. Su inteligencia le había permitido descifrar, más o menos, el comportamiento femenino. Y ella le daba claras señales de querer un acercamiento entre ambos. En primer lugar, estaba lo más evidente: la invitación. Pero, claro, Meg podría tener intenciones de ser amigos únicamente, así que ahí ya entraban en juego otras señales más gestuales: la forma en la que miraba hacia el suelo cuando llevaban mucho rato mirándose a los ojos directamente mientras hablaban, cuando se tocaba el pelo insistentemente y lo recogía detrás de su oreja o la forma en la que movía los dedos índices de las dos manos, uno contra otro, sin parar, cuando él se acercaba.
Aunque estaba pasando un rato más que agradable, Gohan no pudo evitar pensar en el mensaje que mandó a Videl hacía más de tres semanas y que nunca recibió respuesta; es más, que nunca fue leído. Perfectamente, la mujer que tenía enfrente podría ser su excompañera de instituto. Desechó ese pensamiento y se sintió horriblemente mal. Meg no merecía que él quisiera que su acompañante fuera otra persona. Se obligó a reintroducirse en la conversación.
–Me alegro mucho de que hayas aceptado venir, Gohan –repentinamente, la chica posó su mano sobre la del semisaiyajin, que la tenía depositada en la mesa de la terraza de la heladería en la que se encontraban.
No se atrevió a cortar el contacto. Era cierto que podría haber química entre ellos y que le gustaba físicamente. Además, le parecía que era muy culta e inteligente, algo primordial para él. No estaría mal para un revolcón. Hacía mucho tiempo que no tenía sexo y él tenía necesidades sexuales, como todos. Sin embargo, Meg era demasiado buena y dulce para tratarla así y de eso Gohan fue consciente cuando la miró a los ojos y vio la ilusión reflejada en ellos.
–Go-gohan, me gustas –soltó de repente, titubeando un poco. La frase podría parecer un tanto aniñada e infantil pero, en alguien tan insegura como ella, suponía un paso de gigante y Gohan lo sabía, pues él experimentó lo mismo muchos años atrás, con su primera relación.
–Meg, yo… –dijo suavemente el hombre, sin saber bien qué palabras elegir para contestar.
–No es necesario que contestes nada –interrumpió ella casi leyendo su pensamiento–. Solo… me gustaría que nos viéramos más y… dejemos que esto fluya –finalizó con timidez.
Gohan alzó su otra mano, la que tenía libre, y acarició la de la chica sutilmente, a lo que ella contestó con una cálida sonrisa.
Para evitar la incomodidad que presentía que vendría, Meg cambió rápidamente de conversación y siguieron juntos durante un par de horas más. Cuando el semisaiyajin decidió irse, la acompañó antes a casa –gesto que la derritió y le fascinó– y se marchó posteriormente a la suya. Necesitaba urgentemente una cerveza y a su hermano para que le despejaran la mente.
–Bien, ya hemos llegado. Ten cuidado, anda.
Videl dejó a su padre refunfuñando en el sofá cosas sobre que lo estaba sobreprotegiendo y que no era un viejo decrépito y fue a por su maleta para instalarse en una habitación que no estaba ocupada. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz.
Se tendría que quedar allí, como mínimo, un mes y medio para cuidar de su padre y hacer con él los ejercicios de rehabilitación. Se lo comunicó a Hiro en cuanto fue el primer día con sus enseres personales al hospital. Aunque no le gustó en absoluto la idea, aceptó porque ¿qué podía hacer para impedirlo? Además, prefería eso a tener que aguantar a su suegro en casa. De todas formas, encontraría la manera de tenerla vigilada el tiempo que no viviera con él.
La mujer terminó de instalarse y de acomodar las cosas de su padre y se tumbó en la cama con una sonrisa plasmada en el rostro. Por fin se podía alejar de él y no se lo podía creer. Recordó el dormitorio de su casa en Ciudad Satán. Solo le traía grandes y bonitos recuerdos: de sus padres, de su niñez, de mirarse al espejo intentando averiguar su identidad en una época tan complicada como es la adolescencia, de llegar borracha después de estar en una fiesta con Ireza, de tumbarse en la cama para pensar en algún chico, de cuando decidió que se iría porque se iba a casar; de tiempos más alegres que los de ahora, sin duda. La habitación en la que se encontraba en ese momento no le traía tantos recuerdos, pero estar allí la aliviaba profundamente.
Cuando la noche cayó y decidió ir a dormir después de haber atendido a Mr. Satán, se fijó en su móvil, que había dejado sobre su mesita de noche. Recordó, de forma instantánea, el mensaje de Gohan.
Ahora no tenía impedimentos para verlo y, no lo podía negar, le apetecía. Los sentimientos positivos y los recuerdos de su adolescencia le ganaron a la negatividad que la figura que Son Gohan le suponía. Desbloqueó el teléfono, pero miró la hora y se dio cuenta de que era demasiado tarde. Lo bloqueó y lo volvió a dejar en la mesita, enchufando antes el cargador. Sin embargo, el pensamiento de que quizás debía contestar aquel corto mensaje no la abandonaba.
¿Sería capaz, por fin, de arriesgarse?
Nota de la autora:
La figura de la madre de Videl siempre me ha causado gran intriga pues no sabemos apenas nada de ella. Supongo que para Videl fue muy duro crecer sin madre y eso es algo que se podría haber mostrado mucho más en la serie (es solo mi humilde punto de vista).
¿Es que Hiro es más horrible en cada capítulo que pasa y quiero que lo odiéis? Pues sí, la verdad, ahí no tengo justificación. Pero no ha tenido que ver nada con lo de Mr. Satán, al menos de eso no es culpable.
Bueno y si parece que las cosas entre Gohan y Videl estaban complicadas, introduzco un nuevo personaje que tiene que ver con Gohan: Meg. En fin, ya veremos qué papel cumple ella en la historia.
Siento que esto va algo lento, pero no quiero apresurar las cosas y que la historia quede como un boceto de lo que quiero expresar.
Por último, como siempre, me gustaría agradecer a todo el que lee, comenta, pone en favoritos o sigue este fic.
¡Muchas gracias y nos leemos en el próximo!
