-Vía de escape-
Capítulo 6. Quien en realidad eres
Hay muchísimas ocasiones en las que un ser humano se arrepiente de lo que hace. Demasiadas, podríamos decir. Decisiones que tomamos erróneamente, algo que hacemos egoístamente o, por qué no decirlo, todo aquello que hacemos por estupidez. Porque así somos. Imperfectos.
Claro que también sucede al contrario: hay veces en las que nos arrepentimos de no haber hecho algo. Por miedo, por vagancia, por lo que sea. Tal vez, la realización de esa acción que hemos evitado nos podría haber deparado un futuro distinto. Aunque, por supuesto, eso no es algo seguro. Es por eso por lo que decidimos no arriesgar demasiado comúnmente; quedarnos en nuestra zona de confort, en nuestra vida monótona donde nada cambia y nadie nos hace daño.
Pero esto también puede suponer un grave error. Porque no es lo mismo arrepentirse por algo que hemos hecho que por algo que no fue. Porque quedará la duda de qué podría haber pasado; duda que es posible que jamás se resuelva. Y es que hay veces en las que el tren solo pasa una vez y nunca vuelve.
Y eso era justo lo que pensaba Videl. Llevaba viviendo ya casi un mes en casa de su padre. Esa afirmación solo quería decir que se acercaba demasiado rápido el momento en el que regresaría a su casa y se perdería la oportunidad de acercamiento con Gohan.
Porque sí, era cierto, lo había rechazado con malas formas, pero le había salido directamente así. Cuando observó aquella tarde que los labios de Gohan se aproximaban a ella y se terminarían por posar sobre los suyos, sintió dicha pero también rabia. No entendía qué se creía. En primer lugar, estaban en un lugar público, a la vista de todos, en un vecindario que ella frecuentaba y en el que la podían conocer y saber el dato de que ella estaba casada. Porque no estaban en Ciudad Satán pero allí ella y su padre también eran reconocidos por la mayoría de la población.
Sin embargo, el motivo principal del rechazo fue que Videl se asustó de todo lo que podría llegar a significar Gohan para ella si seguía adelante. ¿Por qué tenía que llegar de repente cambiando todos sus esquemas? Había hecho que la antigua Videl –la auténtica, más bien– saliese a flote y no sabía si eso era bueno o malo. La había hecho pensar en muchas cosas, replantearse muchos aspectos de su existencia; de su matrimonio. La había hecho desear a alguien después de mucho tiempo. Y todo eso había ocurrido sin que pasase nada entre ellos, en una simple conversación.
En el fondo más profundo de su alma, no obstante, se arrepentía de haberlo rechazado; de no haber consumado ese beso. Pero, claro, ¿qué más podía hacer?
En las semanas que había estado con su padre, este había mejorado tremendamente su salud; incluso se veía mejor que antes del infarto. Hiro la visitaba de vez en cuando, preguntando siempre insistentemente que cuándo volvería, diciendo que la echaba de menos y que su lugar estaba en su casa, con él. Y era muy cierto que ese temido momento estaba muy próximo a suceder y no podría hacer nada al respecto para evitarlo.
Sin embargo, la amalgama de emociones extrañas seguía allí, muy bien instalada en su pecho, tan afianzada que daba miedo, y no sabía qué podía hacer para alejarla de ella.
Tocaron a la puerta y Videl alejó su mente de esos razonamientos, dirigiéndose a abrir. Al hacerlo, se encontró a su esposo muy sonriente, a lo que ella respondió con un gesto serio, neutro. Lo dejó pasar y fue a la cocina a prepararle un café, mientras el hombre se acomodaba en el sillón de la sala.
Se encontraba en esa tarea cuando sintió un cuerpo pegándose a ella por detrás, una mano apartando su pelo con cuidado y unos labios fríos y rígidos depositando besos y, posteriormente, lamidas y mordiscos lujuriosos en su cuello. Estaba tan concentrada que no había escuchado cuando su marido había entrado.
Cuando empezó a sentir la mano de Hiro colándose por debajo de su pantalón e intentando desabrochar el botón, la apartó bruscamente con su propia mano y se giró encarándolo.
–¿Qué haces? Mi padre está en su cuarto. Nos puede oír.
–No nos oirá, te taparé la boca si es necesario –dijo acercándose de nuevo a ella. Ante el gesto, Videl volvió a apartarse.
–Te he dicho que no –sostuvo con tono firme y seguro, uno que Hiro hacía mucho tiempo que no escuchaba.
–Y yo te he dicho que sí –volvió a acercarse y le sujetó las muñecas con fuerza suficiente para que no escapara, o eso pensaba él–. Eres mi mujer y debes hacer lo que yo diga.
Pero Videl estaba demasiado cansada de ser la mujer sumisa en la que se había convertido y que nunca había sido; aquella que le producía tanta repulsión. Ejerciendo ligera fuerza con sus brazos, se pudo soltar las manos y se apartó de nuevo de él, dirigiéndose a la otra parte de la estancia. Al ver que se volvía a acercar, decidió adoptar un gesto desafiante.
–No querrás que grite, ¿verdad? El yerno perfecto no es así –Videl vio como la cara de Hiro cambiaba y sonrió con gran satisfacción, viendo sus planes cumplidos con éxito–, no querrás que mi padre te oiga, supongo.
Hiro bufó, casi gruñendo ante la veracidad de sus palabras. Uno de sus ases bajo la manga era aparentar que su matrimonio era perfecto y, si alguien se enteraba de sus comportamientos, estaba seguro de que esa sería la debacle de su relación con Videl. La imagen que tenía Mr. Satán de él era impecable y eso no podía cambiar porque estaba seguro de que, si su esposa se atreviese alguna vez a contarle algo a su padre, este no la creería. Eso debía seguir siendo así.
–Esta vez te sales con la tuya. Me voy, tengo una reunión.
La mujer de ojos claros observó como su marido salía de la casa y no pudo sentir otra cosa que una inmensa alegría. La Videl de siempre volvía con fuerza y no estaba dispuesta a dejarse dominar por ningún hombre nunca más.
Y como ahora era ella la que marcaba su propio camino, se comunicaría con Gohan porque simplemente era lo que más le apetecía en ese momento.
El tiempo es un concepto extraño. Cuando disfrutamos del momento es efímero y cuando detestamos lo que estamos haciendo es eterno.
Para Videl, el tiempo que había pasado con su padre le había parecido un segundo. Los dos meses se habían cumplido y se encontraba sentada en el asiento del copiloto del coche negro de Hiro, con sus maletas instaladas en la parte trasera y con destino a su casa.
En el último mes, los encuentros con Gohan habían sido continuos; todos desde una perspectiva de amistad pues él se veía cohibido por el rechazo en el parque. Era lo más lógico, por otra parte. Cuando se encontraron después de ese suceso, él se disculpó en múltiples ocasiones. A partir de ahí se habían visto bastante, pero ahora que volvía a su casa no sabía cómo iba a hacer para mantener la amistad sin que su esposo sospechara nada.
Porque era cierto que intentaba recuperar su personalidad auténtica, su esencia, pero no podía apartar a Hiro así como así. Aparte de que no olvidaba la amenaza hacia su padre de hacía un tiempo y que se podía cumplir si le pedía el divorcio, sería un escándalo que la hija de Mr. Satán se separara de su idílica pareja. Las apariencias muchas veces también son importantes y las malas lenguas abundan demasiado. Aquello podría dañar no solo su reputación –algo que no le importaba en absoluto–, sino la de su padre. Eso le resultaba sumamente frustrante.
Cuando llegaron, se instaló de nuevo en el apartamento y su marido se fue a trabajar ya que todavía era por la tarde. Suspiró de alivio. Sabía que no podría retrasar mucho más los encuentros íntimos con Hiro y eso le producía un gran desasosiego.
Escuchó la vibración de su móvil y decidió contestar.
–Buenos días. Me gustaría hablar con Videl Satán –escuchó al otro lado de la línea.
–Sí, soy yo.
–La llamo del Colegio de Educación Primaria de la Capital del Oeste. Nos gustaría hacerle una entrevista, si está usted disponible.
El corazón de la mujer comenzó a bombear con fuerza. No podía ser cierto lo que acababa de escuchar. Tenía la oportunidad de trabajar por fin, de dedicarse a lo que le gustaba realmente. Su sueño, la escuela de artes marciales, todavía quedaba lejos pero ese sería un gran avance profesional sin duda alguna.
–¿Está usted ahí? –se había quedado tan callada que la voz la volvió a interpelar.
–Sí. Disculpe –contestó de manera firme–. ¿Cuándo se realizaría la entrevista?
Quedaron en hacer la entrevista al día siguiente a las nueve de la mañana. Videl colgó y la sonrisa no abandonaba su cara. Se le pasó por la mente que su marido no querría que ella fuese, así que de momento no le diría nada, pero, si le daban la oportunidad, la aceptaría sin dudar.
A la mañana siguiente, se levantó muy temprano; en realidad, apenas había dormido de los nervios. Se puso un traje formal, se maquilló suavemente para que quedara natural y salió de casa.
Estaba tan contenta que sentía que flotaba, que estaba en una nube.
Llegó, fue a recepción y un hombre alto y corpulento la recibió en su despacho; se trataba del director del colegio. Después de una batería de preguntas sinfín sobre su formación, sobre sus cualidades y características, el director le anunció que les encantaría contar con su trabajo. Ella aceptó sin titubeos.
–Me alegro de que se nos una, señorita Videl. Será un gran refuerzo para nuestra plantilla –dijo el director mientras le estrechaba la mano.
–Estoy muy agradecida por la oportunidad –le respondió ella el gesto con una sonrisa–. Le aseguro que daré mi mejor esfuerzo.
–No espero menos de alguien que viene recomendada por el profesor Son Gohan de la Universidad de la Capital del Oeste.
Al oír esas palabras, la cara de Videl cambió. O sea que no la llamaban por su talento o sus cualidades, sino porque había sido recomendada. La furia estalló en su interior. No quería volver a estar a la sombra de un hombre nunca más en su vida. Gohan había sido demasiado atrevido inmiscuyéndose de esa forma en sus asuntos y eso la había conseguido molestar y mucho. Su orgullo, que consideraba que estaba muerto –sin embargo, solo se encontraba dormido–, había despertado repentinamente y de manera muy intensa. Volvió a componer una sonrisa en su gesto para despedirse de su ya jefe y salió del edificio, echando mano de su móvil con presteza y marcando un número que últimamente era frecuente en su historial tanto de llamadas como de mensajes.
El tono de llamada sonó y la impaciencia subió. Por fin, Gohan contestó el teléfono.
–¡Hola, Videl! –la voz se escuchaba alegre, ilusionada.
–¿Por qué tienes que meterte donde no te llaman? –le soltó ella bruscamente, cortando el clima calmado y amistoso que había intentado crear el semisaiyajin.
–¿Qué? –preguntó él confundido y sorprendido; eso no se lo esperaba.
–La entrevista en el colegio. Sé que estás detrás de esto –le contestó con voz de enfado–. ¿Crees que puedes llegar e intentar cambiar mi vida a tu antojo? ¿Quién te crees que eres?
Gohan no sabía qué contestar. Su intención no había sido mala en absoluto, al contrario, él solo quería que ella se sintiese bien, realizada. Tal vez se había equivocado. La semana anterior se habían visto y cuando Videl comenzó a hablarle de su profesión pudo observar la vocación, la ilusión en su mirada, en su gesto, en sus palabras. Y como él tenía contactos en distintos círculos escolares, decidió intervenir para que ella pudiese realizar aquello que tanto le gustaba. Ahora se daba cuenta de que había sido un error.
–Videl, lo siento. Yo… pensaba que te alegrarías.
–Pues deja de pensar por mí –fue lo último que dijo pues colgó, cortando así la conversación.
Al otro lado de la línea, Gohan suspiró. Parecía que tenía gusto por cagarla una y otra vez con Videl. Lo único que él quería era que ella estuviese bien, que estuviese contenta, que riese sin parar y, por sobre todas las cosas, que no se alejara de él.
Porque últimamente se veían mucho y eso le agradaba infinitamente. Se olvidaba de todo cuando estaba con ella: de que estaba casada y de que algo más profundo entre ellos era imposible. Ella ya se había encargado de dejarlo claro.
Sin embargo, cada vez que se encontraban, las ganas de besarla, de acariciarla y de tenerla en su cama crecían sin control. Y lo estaban volviendo loco. Ahora tendría que pensar qué hacer para disculparse con Videl. Aunque, de repente, dos rostros aparecieron en su pensamiento. Sonrió. Esa era una muy buena idea.
El trabajo en una oficina puede ser muy tedioso. Ese día, Hiro se encontraba en su despacho tecleando rápidamente. Debía enviar una montaña de informes antes de que terminara su turno. El teléfono sonó y le anunció que su jefe de departamento se dirigía a su despacho.
Después de unas preguntas triviales sobre el trabajo, decidió preguntarle por su mujer, algo que le irritaba porque él era uno de los que no le quitaban el ojo de encima cuando Videl lo acompañaba a sus cenas de negocios en el pasado.
–Hace mucho tiempo que no veo a tu preciosa mujer. Ya no la traes a cenar con nosotros. ¿Hay algún problema?
–Para nada –le contestó conteniendo su furia–, es solo que ha estado ocupada cuidando a su padre últimamente, está delicado de salud.
–Bueno, pero un día es un día, hombre. Tráela a la cena de accionistas de dentro de dos semanas, anda. En esa reunión es posible que hablemos de tu ascenso.
Y eso sí que le interesaba a Hiro. Por todos era sabido en la oficina que había un ascenso en juego al que él aspiraba. Este supondría un puesto superior, un aumento considerable de sueldo y un traslado de ciudad.
No estaría mal cambiar por un tiempo de aires acompañado de Videl. Así que, aunque no le apetecía que sus compañeros babearan alrededor de ella, la tendría que llevar a la dichosa cena. Todo era por un futuro mejor juntos.
Con ese pensamiento, cuando por fin acabó su trabajo, se fue a su casa, donde Videl estaba sentada en el sofá de la sala, pintándose las uñas de las manos.
Se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata. Odiaba sinceramente tener que vestir tan formalmente día tras día, pero no tenía otra opción ya que su puesto de trabajo lo requería.
Se acercó a Videl y comenzó a acariciarle la pierna lentamente, a lo que ella respondió mirándolo con una sonrisa inocente. Ese gesto extrañó mucho al hombre de cabello castaño, mas le reconfortó. Necesitaba tener a su mujer contenta si quería que aceptara trasladarse de ciudad cuando le dieran su ascenso. Y eso iba a ser difícil porque ella se iba a negar debido a que no querría alejarse de su padre.
–Qué bien que has llegado –dijo sin saludarlo y volviendo a mirarse las uñas, concentrada en su tarea–. Necesito hablar contigo.
–Claro, dime –contestó él de forma amable.
–El lunes empiezo a trabajar en el colegio que está a unas tres calles de aquí –el gesto de Hiro cambió a uno de sorpresa y, seguidamente, a uno de molestia–. Sabes cuál te digo, ¿no? –continuó ella de la forma más natural–. ¡Ah! Y esta noche dormiré en casa de mi padre, no se encuentra muy bien.
A pesar de esas últimas palabras, Videl no se veía para nada preocupada y eso no era algo habitual, no si se trataba de Mr. Satán de quien estaba hablando.
Hiro la levantó tirando de su brazo por la parte de arriba del codo, apretando insistentemente. Pero, al contrario que en otras ocasiones en las que Videl agachaba la cabeza y suplicaba que la soltara, la mujer le mantuvo la mirada.
Videl sentía el ardor en el brazo y preveía que una marca rojiza quedaría allí como testigo del agarre, mas no vaciló en su enfrentamiento. Ya no más. Nunca más.
–Me estás haciendo daño –profirió con tono de enfado–. Suéltame.
Entonces Hiro recordó el ascenso, el traslado, el dinero, su reputación. E hizo lo que ella demandaba. Aceptaría porque no le quedaba más remedio. Porque sabía que necesitaba que ella estuviese satisfecha. La dejaría que jugase a las maestras de momento hasta que se mudaran. Una vez allí, lejos de su padre y de ese trabajo, volvería a estar bajo su dominio y no podría escapar de él nunca más.
–Está bien. Me voy a dar una vuelta. Dale saludos a tu padre de mi parte –y salió dando un sonoro portazo.
Justo lo que quería. Así podría elegir su atuendo tranquilamente porque lo que pensaba ponerse no era precisamente para ir a cuidar de su padre.
Unas horas atrás, había recibido un mensaje de Gohan que le había sacado la sonrisa más grande y satisfactoria que había tenido en mucho tiempo y que decía: «Siento mucho lo de la escuela. Para compensarte, te tengo una sorpresa.» y la había citado en un bonito restaurante que no era muy transitado para que nadie la pudiera reconocer. A pesar de lo que le había dicho por teléfono aquella mañana, sentía que Gohan había llegado a su vida para cambiarla, sí, pero para mejor. Tenía unas ganas tremendas de verlo y, para no arruinar los recuerdos de la velada de esa noche teniendo que acostarse en la misma cama que Hiro, decidió que se quedaría a dormir en casa de su padre. A él le había dicho que su esposo estaba de viaje de negocios y no quería quedarse sola, como tantas veces había hecho huyendo de él, de su maltrato. Aunque le advirtió que llegaría tarde, alegando que saldría con una amiga.
Se adentró en el dormitorio, se duchó y se puso un vestido verde esmeralda que resaltaba la blancura de su piel. Las mangas llegaban hasta debajo del codo, ocultando así la marca del brazo derecho. Tenía un escote en pico en la parte de delante y detrás y era por encima de la rodilla. Se veía a sí misma preciosa después de mucho tiempo. Su autoestima había descendido drásticamente en los últimos años, pero desde hacía poco había vuelto a recuperar algo de su amor propio, aunque no en su totalidad. Escogió un maquillaje que resaltara sus ojos y, una vez lista, se fue en dirección al sitio donde Gohan la había citado.
Lo que no sabía era que esa noche la sorpresa prometida iba a ser más inesperada y agradable de lo que ella imaginaba.
Volvió a mirar el reloj con impaciencia. Había citado a Videl a las nueve y media y ya habían pasado más de diez minutos de esa hora. Estaba nervioso. No sabía si lo que había planeado tendría un buen resultado. La hija de Mr. Satán no solía ser impuntual y ya se comenzaba a preocupar.
Fijó la vista en el horizonte y pudo divisar, a lo lejos, una figura femenina acercándose hacia él. Cuando se paró enfrente de él, quedó boquiabierto. No podía estar más espectacular. Su vista se concentró en la longitud de sus piernas y después se posó en su dulce rostro. Se veía atrevida, digna, despampanante; libre. Cuando se reencontró con ella aquel día en el supermercado, nunca pensó que la volvería a ver así, pero ahí estaba.
Se acercó a él y lo saludó con un beso muy cerca de la comisura de los labios, gesto que casi hizo que Gohan se derritiese.
Pero, de pronto, Videl fijó su vista detrás del hombre y lo que vio la dejó completamente anonadada. Allí estaban, ni más ni menos, que Ireza y Sharpner. Él le sonreía, alzando su mano para saludarla, y la mujer intentaba contener las lágrimas sin éxito tras sus manos posadas en la cara. Los ojos de la mujer de cabello negro se ensancharon y el agua salada comenzó a acumularse en el borde de su mirada, sin desprenderse aún. Se había comportado muy mal con ellos; con dos personas que habían sido fundamentales para su desarrollo como persona, sobre todo la mujer rubia. No sabía cómo reaccionar, ni siquiera sabía si tenía derecho a estar allí. ¿Todo eso había sido idea de Gohan? No tendría años de vida para agradecerle como debía.
Ireza se abalanzó sobre ella para abrazarla con cariño y alegría. Era tanta su dicha por ver que se encontraba bien. Su aspecto no se podía comparar con el del día que la vio en la calle. Se alegraba sinceramente y lo demostraba a través de sus abundantes lágrimas. Videl le correspondió el abrazo con duda porque creía que no lo merecía. Comenzó a disculparse sin parar, una y otra vez.
Gohan no lo entendió. ¿Por qué se disculpaba por un distanciamiento del que nadie tenía la culpa? Sacudió su cabeza, alejando aquellos pensamientos. No era momento de eso.
Videl, posteriormente, se abrazó con Sharpner y, después de algunas palabras de arrepentimiento y más lágrimas, todos se calmaron y entraron a cenar.
La noche no pudo ser más perfecta para Videl. No podía parar de mirar a Gohan con una sonrisa de agradecimiento y sincera, sí, pero también pícara en el fondo. Y eso fue algo que la mujer rubia captó perfectamente.
Después de muchos años sin estar los cuatro juntos, se contaron muchas experiencias, anécdotas y aventuras, incluso Gohan, quien era muy reservado con su vida privada.
Pasada la medianoche, la pareja comunicó a sus acompañantes que se debían ir, pues habían dejado a su hija con sus abuelos y ya tenían que pasar a recogerla. Los cuatro salieron del restaurante y se despidieron en la entrada.
–Déjame conocerla un día de estos, ¿vale? –pidió Videl, refiriéndose a la hija de ambos.
–Por supuesto. Cuando quieras –le contestó Ireza y se volvieron a fundir en un intenso abrazo.
Mientras Videl se despedía de Sharpner, Ireza pasó sus brazos alrededor del cuello de Gohan y le susurró en el oído un «cuídala» lleno de significado, pero que, por supuesto, él no podía descifrar ni entender completamente en ese momento. Porque la mujer rubia pudo ver la complicidad entre ambos y sabía a ciencia cierta que algo ocurriría entre ellos y eso podría alejarla de su marido. Porque estaba segura de que esa relación no era buena para Videl y esperaba que se acabara pronto. Sabía que, con ayuda de Gohan, podría salir de esa triste situación.
Gohan y Videl vieron a la pareja marcharse tomada de la mano. Se quedaron callados unos momentos, sin atreverse ninguno a expresar lo que realmente anhelaba. Es difícil sacar a la luz tus sentimientos cuando estás en medio de una situación de esas características. Por parte de Gohan, quería sentir mucho más cerca a Videl, aunque sabía que estaba casada. Y la mujer de ojos claros era consciente de que ese hecho abría una gran grieta entre ambos. Después de unos minutos en los que ambos seguían mirando hacia el mismo sitio, perdidos los dos en sus propios pensamientos, Gohan se atrevió a hablar.
–Es temprano –dijo en un tono de voz bajo mientras miraba su reloj de pulsera; era un poco más tarde de las doce de la noche–. Si quieres, podemos ir a mi casa a tomar una copa o algo –finalizó de manera tímida, sin mirarla directamente.
Videl giró su rostro, observando las facciones masculinas, deseando pasar sus labios por su mentón, preguntándose si su piel sería suave.
–Claro –contestó ella segura porque estar con él era una de las cosas de las que más se alegraba de haber hecho en los últimos tiempos.
De camino, no hablaron demasiado, sin salir de conversaciones triviales, casi sin significado. Gohan se moría por probar la delicadeza de su mano y estrecharla contra la suya. Y, aunque era de noche y las calles estaban desiertas, no se atrevía porque temía que ella lo alejara de nuevo.
Gohan paró delante de una casa de un vecindario modesto. A Videl le sorprendió que con su sueldo –pues siendo profesor de una gran universidad debía cobrar una suma bastante alta– hubiese elegido uno de los sitios más sencillos de la gran ciudad.
Luego, recapacitó. Era Gohan. Uno de los seres más puros y humildes que había conocido, si no el que más. Obviamente una vida ostentosa y llena de lujos no iba con él.
El hombre moreno la condujo a la sala y fue a servir dos copas a la cocina. Ella comenzó a mirar toda la estancia. Tenía un gusto bastante bueno, según su percepción. Era una casa acogedora, un verdadero hogar. En su apartamento había un sinfín de lujos, pero no se respiraba la calidez que allí podía sentir.
Mientras observaba una gran estantería con libros y algunos trofeos de la comunidad científica, Gohan se internó en la sala. Miró su espalda, que quedaba expuesta por el corte en pico del vestido y por la longitud de su cabello. Dejó los vasos en la mesa central del salón y se aproximó a ella, quien sintió que el pecho del hombre no tocaba su espalda por milímetros. Videl se dio la vuelta lentamente, posando sus ojos sobre él.
–Supongo que has rechazado el trabajo –susurró él con algo de tristeza.
–Claro que no –ante las palabras decididas de Videl, Gohan abrió los ojos con sorpresa–. Siento mucho haberte dicho esas cosas tan feas por teléfono. Es que quería que confiaran en mí por mis cualidades, no porque alguien más me recomienda –dijo, bajando la mirada hacia el suelo.
Gohan rozó su cuello de cristal con su mano y elevó su rostro para que lo mirara a los ojos, sin apartar la mano, acariciándola.
–Si no hubiesen valorado tus cualidades, no te habrías quedado con el puesto, créeme. Son muy estrictos –Videl le sonrió genuinamente–. Además, tu permanencia allí dependerá de la labor que desempeñes y ahí podrás demostrar tus méritos, la gran profesional que sé que eres.
Se quedó mirándola fijamente a los ojos, acariciándole la mejilla con su pulgar mientras su mano seguía en su cuello.
–¿Por qué haces esto, Gohan? –preguntó ella, después de unos segundos en silencio.
–¿El qué?
–Todo lo que estás haciendo por mí. El trabajo, la cena con Ireza y Sharpner. Todo.
–Porque quiero verte sonreír –le contestó Gohan mostrando un resquicio de todo lo que sentía –y todavía desconocía–, de la Videl que quería que fuera junto a él; nada más y nada menos que quien en realidad era ella.
A Videl le entraron unas fuertes ganas de llorar, pero se contuvo. No era momento de eso. Pero es que hacía tanto tiempo que nadie la elogiaba, que nadie confiaba en ella sinceramente, que le temblaban las piernas ligeramente ante esa afirmación.
Atreviéndose, guiándose por sus impulsos y sentimientos, se movió, alzándose un poco para alcanzar su rostro, y comenzó a rozar sus labios contra los de Gohan de una forma muy tierna, como dos adolescentes que comienzan a descubrirse. Como, quizás, debió haber sucedido en el pasado entre ellos.
Gohan puso su otra mano en el otro lado de su cuello y abrió la boca, invadiendo con su lengua la boca ajena, ante lo que Videl ahogó un gemido. Se separaron y se miraron, deseosos de tenerse, de sentirse el uno al otro. Volvieron a fundirse en un beso apasionado, mucho más que los anteriores, y Gohan comenzó a bajar el cierre de la espalda del vestido de Videl.
Entre besos, algunos tropiezos y risas se adentraron en la habitación sin separar sus bocas en ningún momento.
La mesa comenzó a mojarse por el hielo que empezaba a derretirse dentro de los vasos, los cuales habían sido completamente olvidados por ambos, ya que sus pensamientos se centraban en el otro y en la cama que los recibiría aquella noche.
Nota de la autora:
¡Por fin! Vaya que les ha costado.
Siempre he imaginado a Videl siendo profesora de artes marciales, policía o justiciera. En este fic, en principio va a ser profesora en un colegio, aunque ese no sea su sueño (por algo se empieza). Nunca la imaginé relegada al papel de esposa complaciente y sumisa que cuida del hogar como la pusieron en super (ojo, que lo respeto siempre y cuando se haga por voluntad propia), pero me parece insultante que las mujeres de Dragon Ball, en cuanto se casan, pasen a ser amas de casa (exceptuando a Bulma y porque son necesarios sus inventos para la evolución de la mayoría de las tramas).
Pero bueno, espero que estas cosas algún día cambien.
Y nada, gracias como siempre a los que estaban, siguen estando y a los nuevos que se incorporan a leer esta historia. Espero de todo corazón que la estéis disfrutando.
Nos vemos en la próxima.
