«¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque!»

Bodas de sangre, Federico García Lorca.


-Vía de escape-

Capítulo 7. Fundirme en ti


Deslizando sus dedos por la camisa blanca que llevaba Gohan, Videl se topó con los botones y comenzó a desabrocharlos de arriba hacia abajo. Él la miraba impaciente mientras se ocupaba de esa labor.

Divisó su pecho desnudo y pasó las yemas de sus dedos por la superficie. Era duro pero, contradictoriamente, también suave. Cuando desabrochó todos los botones, pasó sus manos por los hombros para deshacerse de la prenda. Sus labios volvieron a interceptar los de Gohan con una pasión desmedida. Sentía el deseo corriendo por sus venas y también veía el mismo sentimiento cada vez que él abría los ojos y la miraba.

Se separaron un instante y Gohan bajó sus manos hasta dar con el borde del vestido, el cual ya había desabrochado anteriormente de la parte de la espalda para que saliera con más facilidad. Lo subió lentamente y Videl alzó sus brazos para que pudiera cumplir su objetivo.

Al terminar la observó, deleitándose con su figura. No llevaba sujetador, así que había quedado casi desnuda por completo, algo que lo fascinó. Comenzó a acariciar todo su cuerpo hasta llegar a los pechos, por los que pasó la lengua agachándose para poder hacerse con ellos, arrancando así los primeros gemidos de la sinfonía de ellos que saldría esa noche por la boca de Videl.

Cuando se incorporó para conducirla a la cama, se fijó en uno de sus brazos, donde tenía una marca rojiza con tonos morados. Deslizó sus dedos por ahí y ella se estremeció ante el contacto. Luego, la miró sin comprender, preguntándole sin palabras qué le había causado ese daño. Lo que él no sabía era que no había sido un qué, sino un quién y que eso no era nada comparado con lo que le había llegado a hacer en el pasado.

–No te preocupes. Me di el otro día un golpe con un mueble –contestó ella a su duda para tranquilizarlo. No quería que ese momento se arruinara por nada del mundo; solo quería disfrutarlo lo máximo posible.

Gohan se deshizo entonces de la ropa que le quedaba, poniendo de manifiesto su excitación que ya molestaba y que liberó al quitarse las prendas, y se tumbó en la cama bocarriba, esperando que ella lo acompañase. El gesto no podría haber sido más significativo para Videl, aunque de eso él no era consciente. Dejar que ella se pusiera encima le dejaba control de la situación, haciendo que pudiera buscar su gozo propio –aquel que hacía mucho tiempo que no experimentaba– y hacerlo disfrutar a él; que disfrutaran los dos juntos. Sin saberlo, Gohan había hecho por ella lo más bonito que recordaba que le hubiese sucedido en años. Porque, a veces, los gestos más simples son también los más importantes; los más plagados de significado.

Videl bajó su única prenda de ropa interior, deslizándola por sus piernas, haciendo que Gohan desease hacer el mismo recorrido con sus manos y con sus labios.

Se subió a la cama y, sin darle inicio aún al acto, besó todo su cuerpo. Pasó la lengua por su cuello, su clavícula y su mentón, saciándose así del deseo de saber qué sentiría cuando lo hiciera. Bajó la mano hacia su masculinidad para acariciarla lujuriosamente, mientras la cara del hombre se descomponía por el placer. Sin querer quedarse atrás, Gohan acarició el cuerpo que estaba encima de él y volvió a besar los senos, que consideraba que eran los más perfectos que había podido observar alguna vez.

Sujetó su rostro de nuevo con sus manos para darle un beso que los dejó a ambos sin aliento, deseosos de sentirse en su totalidad, de fundirse el uno en el otro por fin. Era el momento.

Videl se separó, levantando sus caderas para así poder comenzar el vaivén de cuerpos, pero Gohan la detuvo sujetándola suavemente de la muñeca. No podían permitirse un embarazo en sus circunstancias, por tanto, lo más sensato era protegerse.

Ella lo miró sin entender. Era más que obvio que ambos ardían en deseo por hacerlo, entonces, ¿por qué la detenía? Pero lo comprendió cuando vio que Gohan estiraba su mano hacia la mesita de noche para abrirla y dejar a la vista una caja de preservativos.

–Gohan –musitó ella y él se detuvo–, no es necesario –Gohan se sorprendió ante esas palabras porque no pensaba que fuera una persona irresponsable en ese sentido–. Yo… no puedo tener hijos.

Bajó la mirada de forma triste, recordando todos los intentos fallidos que había tenido con su marido. Llevaban años intentando una y otra vez ser padres y nunca lo conseguían. Videl quiso ir a un médico para realizar unas pruebas de fertilidad y, en caso de ser necesario, recurrir a algún método para que pudieran lograr el embarazo, pero Hiro se negó. Le contó que él no tenía ningún problema porque había dejado embarazada a una antigua novia en sus últimos años de instituto. Ambos decidieron que era mejor no seguir adelante por su extremada juventud e inexperiencia y, al poco tiempo, se acabó la relación.

Videl, por tanto, supuso que la que no podía tener hijos era ella, aunque no tenía confirmación oficial porque nunca quiso ir sin compañía a realizarse un análisis para salir de dudas. Consideraba que era algo que tenían que hacer juntos y, si no sentía el apoyo de su pareja, no se veía capaz de hacerlo.

Gohan alzó su mano y acarició el rostro de Videl con su pulgar, bajándolo luego a su boca para acariciar sus labios. Intentaba reconfortarla. Era notorio que ese tema le producía gran dolor y quería que, mientras estuviese a su lado, lo único que sintiera fuera felicidad.

Alejando esos tortuosos pensamientos, Videl alzó de nuevo las caderas y concretó la unión finalmente. Cuando Gohan comenzó a adentrarse en su interior, sintió que el alma se le desprendía del cuerpo, atravesaba el techo de la habitación y volaba libre por el cielo. No tenía ni idea de cuánto necesitaba sentir ese placer.

Se movía insistentemente y llegó un momento en el que no sabía en qué punto acababa su cuerpo y comenzaba el de Gohan. La unión entre ellos había sido plena.

Videl posó sus manos en el pecho masculino para acelerar sus movimientos. Lo miró directamente a los ojos, con el deseo impregnado en los suyos. Él la sujetó de las caderas suavemente para acompañarla en sus movimientos y alcanzar una velocidad que no podría lograr ella por sí misma.

En la habitación solo se oían los gemidos que no cesaban por parte de ambos y el choque repetitivo de la carne. De un momento a otro, se oyó un ligero grito y después otro. Ambos habían llegado a la cúspide del placer juntos y no podía sentirse mejor.

Videl apoyó su cabeza en el hombro de Gohan, sin sacarlo de su interior todavía, para regular su respiración mientras él acariciaba su espalda con insistencia. Levantó la mirada y lo besó de la forma más dulce que podía.

Se tumbó a su lado en la cama. Él estaba bocarriba y ella bocabajo. Guio su mano para acariciar la mejilla masculina. Hablaron durante unos minutos sobre el nuevo trabajo de Videl, la ilusión que le hacía y las tremendas ganas que tenía de empezar y, en poco rato, el cansancio venció a Gohan y se quedó completamente dormido.

En sueños, se dio la vuelta y Videl pudo observar los lunares que adornaban su ancha espalda. Intentó trazarlos con sus dedos, pero no quería despertarlo, así que decidió no hacerlo. Quería volver a la cama, quedarse con él toda la noche, sentir su calor de nuevo, pero se obligó a marcharse. Su padre se asustaría si no estaba allí por la mañana y sabía que, si se quedaba a dormir con él, al día siguiente no podría abandonarlo de nuevo.

Se vistió, se puso los zapatos y escribió en un trozo de papel de una libreta que encontró en una estantería: «Gracias por todo». Miró el reloj colgado en la pared: eran más de las tres de la madrugada. Salió en silencio para evitar que Gohan se despertara y caminó hasta la casa de su padre, mientras la suave brisa de primavera acariciaba su cuerpo.

Al llegar, abrió la puerta y la cerró una vez había entrado. Se quedó mirándola. Luego, se dio la vuelta, posó la espalda contra la madera y el llanto explotó. Puso sus manos en su boca para silenciar los sollozos. No sabía si lloraba de felicidad por todo lo que había experimentado aquella noche o de miedo por la complicada situación a la que debía enfrentarse.

Porque si algo tenía claro era que no quería ni podía alejarse de Gohan. Porque, en ese preciso instante, se dio cuenta de que él era la luz que podría iluminar su camino. Y no estaba dispuesta a desaprovechar la única oportunidad que tenía de alejarse de las tinieblas.


El incesante movimiento de la cuchara no paraba. Videl removía con insistencia una y otra vez el líquido oscuro que había dentro de la taza. Satán pensó que desintegraría el café si seguía así. La mujer tenía la cabeza apoyada en su mano izquierda y mordía la uña de su dedo meñique mientras movía la cuchara sin cesar en un movimiento circular y repetitivo. No era normal ver a Videl tan distraída. Estaba completamente en su mundo. Su padre pensó que tal vez estaba cansada, pues la noche anterior había llegado bastante tarde, ya de madrugada. De hecho, él ni siquiera la escuchó llegar.

–Videl.

No escuchó nada. Seguía envuelta en sus pensamientos, en los recuerdos de la noche anterior. En los labios de Gohan recorriendo su cuerpo y en el choque de pieles. Sonrió inconscientemente.

–¡Videl! –gritó Satán ligeramente para que lo escuchara. Cuando captó su atención, prosiguió–. ¿Te encuentras bien?

La sonrisa en su rostro se ensanchó. No había forma posible de que se encontrara mejor. Pero era normal que su padre se preocupara algo por ella. No había levantado la vista del café que se había servido y no había abierto la boca desde que su padre había llegado a la cocina.

–No podría estar mejor, papá –confirmó y Satán le sonrió de vuelta, alegre por ver la felicidad inundando el rostro de su hija.

–¿Lo pasaste bien ayer? –preguntó inocentemente, sin siquiera imaginar lo que realmente había estado haciendo Videl la noche anterior.

–Mucho –respondió sinceramente.

Y no podía imaginar cuánto. De hecho, estaba deseando volver a repetirlo. No por el simple hecho del goce sexual, sino porque en los brazos de Gohan se sentía cobijada, protegida, y eso era algo que llevaba necesitando bastante tiempo.

Se levantó, le dio un beso en la mejilla a su padre y se despidió de él. Debía marcharse a su casa, con el pesar de que debería volver a ver a su marido. Las comparaciones son odiosas, pero Videl estaba segura de que, en cuanto lo viera, comenzaría a contrastar todas las diferencias que había entre ambos hombres. Y estas eran abismales.

Si alguien le hubiese dicho hacía unos años que le sería infiel a su marido, ella se hubiese reído con burla en su cara. Si se lo hubiese dicho hacía unos meses, habría imaginado la situación, pero el remordimiento y la culpa no la habrían dejado actuar. Pero, justo en ese momento, sentía la mismísima liberación de su espíritu. Y, lo que sospechaba pero todavía no sabía con certeza, era que esa sensación no estaba producida por el adulterio en sí, sino por la persona con la que había estado.

Aproximadamente a la misma hora, pero en otra parte de la ciudad, Gohan comenzó a despertar un poco desorientado. Distintas imágenes asaltaron su mente y, en principio, pensó que solo había sido un sueño o una imaginación, tal y como le pasó cuando estuvo con Meg, pero, cuando su mente se aclaró y sus ideas se asentaron, recordó todo con claridad. Videl encima de él. Videl gritando su nombre. Videl mirándolo a los ojos con lujuria. Videl acariciándole el rostro y besándole los labios con ternura.

Estiró la mano, tocando las sábanas en la otra parte de la cama. Estaban frías y vacías. Videl se había ido hacía varias horas. Se apenó un poco, pues pensaba que se quedaría toda la noche con él, pero lo comprendió. Su situación no le dejaba más margen de actuación.

Se levantó con pesadez y se dio cuenta de que estaba desnudo aún. Se dio una ducha rápida y se encaminó hacia la cocina para preparar algo de desayunar.

Realizando el recorrido hacia aquella estancia, se fijó en que en la mesa del salón, junto a las copas que habían sido abandonadas la noche anterior, había un trozo de papel pequeño. Lo desdobló y leyó el mensaje. Sonrió. La echaba de menos y apenas habían estado juntos hasta hacía unas horas. Pero es que realmente apreciaba su compañía.

Siempre había sido una chica con un carácter indomable, luchadora, carismática. Su personalidad le había fascinado prácticamente desde que la conoció. Aunque estaba casada y la situación era compleja, Gohan estaba convencido de que el trabajo en la escuela les daría la oportunidad para seguir viéndose sin que su marido se enterara porque no quería romper el contacto con ella por nada del mundo. Y eso era algo de lo que estaba completamente seguro.


Lunes. Despertador sonando temprano. Dos cosas que resultan odiosas para cualquiera, pero, ese día, a Videl le sonó como una dulce melodía. Normalmente, no le costaba mucho despegarse de las sábanas, pero ese lunes le resultó mucho más fácil. Casi saltó de la cama.

Al llegar y ver la fachada del edificio, los nervios comenzaron a aumentar. Porque era cierto que le hacía mucha ilusión comenzar a trabajar, pero le daba algo de intranquilidad todos los años que habían pasado desde que se graduó y la poca experiencia que tenía. Antes de entrar a la clase, suspiró nerviosamente.

Vio a todos los niños que la miraban con sorpresa e intriga y palideció un poco. Respiró profundamente. Debía demostrar que valía para eso. Tenía que hacerlo porque se lo debía a Gohan, pues él había puesto la mano en el fuego por ella y no podía permitir que quedara mal con el director del colegio. Sin embargo, por sobre todas las cosas, tenía que hacerlo por ella misma, para sentirse una mujer plenamente realizada, con los pies puestos en el mundo real y no el pajarillo enjaulado que había sido en los últimos tiempos. Porque habían intentado cortarle las alas, pero no habían podido, aunque sí habían conseguido encerrarla. Pero ahora sentía que por fin empezaba a recuperar su libertad, aquella de la que había sido privada por muchos años.

Empezó con algo de timidez e inseguridad pero, conforme iban pasando las horas, iba perdiendo la vergüenza y soltándose, demostrando que esa era verdaderamente su pasión y vocación. La mañana pasó volando entre juegos, ejercicios y explicaciones y, sin darse cuenta, ya había llegado la hora de salida de los niños y las niñas que estudiaban en ese colegio.

Saliendo del edificio después de pasar a conocer la sala de profesores, divisó a una mujer que le resultaba familiar. Sumamente familiar. La mujer rubia sostenía a una niña pequeña de la mano. Se acercó a ella y le tocó el hombro. Ireza se volvió y se abalanzó sobre ella para abrazarla. El colegio tenía comedor, así que la niña ya había almorzado y se disponían a ir a dar un paseo al parque. Ireza invitó a Videl a que las acompañara y esta aceptó.

La pequeña rubia corría y corría sin cesar. La energía de la niñez es casi inagotable. Videl la observaba constantemente, casi sin parpadear. Se es tan feliz cuando estás en tus primeros años de vida. No tienes preocupaciones; solo piensas en jugar y en divertirte. Echaba de menos esos tiempos en los que era una niña con el pelo recogido en dos coletas siempre, que corría en el parque de al lado de su casa bajo la atenta mirada de su padre, sin los agobios de la vida adulta.

–¡Riu! ¡Ven a descansar un poco! –gritó Ireza para que su hija la escuchara. La niña, al oír el llamado de su madre, fue enseguida hacia ella–. Tiene energía infinita –dijo esta vez dirigiéndose a Videl–. Normalmente me canso yo antes que ella.

Videl rio alegremente ante el comentario. Luego, se apenó un poco. Ella nunca iba a poder sentir la alegría de ver a su propio hijo o hija corretear. No iba a poder sentir el cansancio de todo un día cuidándolo sin parar. No iba a poder enfadarse, reñirle, jugar, atarle los cordones. Nadie nunca iba a llamarla «mamá». Y eso dolía tanto como mil cuchillos atravesando su pecho. Pero no había remedio y estaba resignada.

Riu llegó hasta Videl y se sentó en su regazo y la mirada clara de la mujer se iluminó aún más. Habían hecho buenas migas, pues la niña reunía la dulzura de Ireza y la simpatía –aunque chulesca– de su padre.

–Videl –preguntó la niña mirándola–, ¿tú tienes novio?

La mujer de cabello negro se sonrojó por un momento y sonrió. Ireza iba a regañarle por ser tan indiscreta pero Videl, dándose cuenta de su intención, la detuvo con un gesto de su mano.

–Sí –contestó ensanchando la sonrisa.

–¿Y es muy guapo? –volvió a preguntar Riu con la inocencia plasmada en su rostro.

–Mucho. Es el más guapo de todos –dijo pensando en Gohan y no en su marido y la sonrisa que tenía le revelaba a Ireza ese hecho.

Porque solo habían pasado una noche juntos pero sentía que un fuerte e indestructible vínculo se empezaba a formar entre ellos. Y, por eso, cuando la niña le preguntó por una pareja sentimental, la imagen del moreno atravesó su mente, aunque realmente no eran nada oficialmente –y no podían serlo tampoco–.

La niña rió fuerte y se volvió a alejar para seguir jugando después de pedirle permiso a su madre. Las dos mujeres se quedaron mirándola sentadas en un banco. Ireza no quería sonar atrevida, pero necesitaba conocer la relación que había entre Gohan y ella para así tener la certeza de que se estaba alejando de su marido. Eso la dejaría muy tranquila. Por fin, se atrevió a hablar.

–Videl, ¿puedo preguntarte algo?

–Claro –profirió Videl sinceramente.

–¿Tienes algo con Gohan? –a pesar de que pensaba que Videl se molestaría o se sorprendería por la pregunta, vio como su rostro ni se inmutaba.

–Sí –respondió ella de la forma más natural posible, como si no estuviese confesando que se encontraba envuelta en una relación adúltera.

La mujer rubia se alegró infinitamente. Sabía que el hecho de que Gohan se hubiese mudado a la ciudad donde vivía Videl sería decisivo para cambiar su vida. Quería preguntarle muchas más cosas: si era feliz con su esposo, si él la maltrataba, por qué no se divorciaba para estar con Gohan y poder ser feliz junto a él. Pero no lo hizo porque sintió que no era oportuno en ese momento y porque era probable que lo que había nacido entre ellos fuera muy reciente y no quería atosigarla con preguntas e ideas de esas características.

Todo entre ellos debía fluir de forma natural y, aunque a ella las infidelidades le parecían algo moralmente reprobable, en este caso lo entendía; tenía una justificación. Porque Videl se merecía algo mucho mejor que la vida insulsa que había tenido en su matrimonio con Hiro. Aunque pensaba que debía divorciarse de su marido si quería seguir con Gohan pero no se lo diría, al menos no de momento.

Videl pensó que tal vez debía volver a pedirle perdón a su amiga, que tal vez debía explicarle las razones que la llevaron a forzar el distanciamiento, que tal vez debía contarle todo el maltrato que había soportado; mas no lo hizo. No se sentía preparada para contarlo.

Por eso, de momento, disfrutaría de la compañía de la que volvía a ser, por fin, su mejor amiga. De la que, de hecho, nunca debió separarse.


Nota de la autora:

Yo dejo este lemon por aquí como quien no quiere la cosa...

Últimamente, no me están saliendo las cosas como me gustarían, pero escribir me resulta terapéutico, lo necesito y lo disfruto mucho. E incluso me gustó cómo quedó este capítulo. Soy tremendamente perfeccionista, leo y releo bastante lo que escribo, cambio, añado y quito mil cosas y, al final, nunca quedo conforme con la composición de los capítulos. Pero este me ha gustado. Espero que a vosotros también.

Por cierto, la cita del principio (soy la tonta de las citas, xD) es de una de las obras de mi escritor favorito. Me encanta García Lorca porque con palabras muy simples transmite muchísimo. Porque es cierto, ¿quién va a ser capaz de arrancarnos los sentimientos que se enraizan en nuestro pecho? Y Gohan lo ha hecho en el corazón de Videl y muy fuerte.

Gracias por los lindísimos comentarios, por continuar leyendo la historia y también a aquellas y aquellos que se incorporan ahora.

¡Hasta el próximo capítulo!