-Vía de escape-

Capítulo 8. Luz


Se miró los dedos de las manos. Estaban ligeramente arrugados por llevar mucho tiempo mojados y el agua de la bañera se había empezado a enfriar. Pero no le importaba porque la compañía de ese momento solventaba aquellos inconvenientes.

Sentía el pecho duro de Gohan detrás de su espalda y las manos acariciando sus brazos y bajando de vez en cuando a sus piernas. Llevaban un rato en silencio pero habían conseguido que no fuese incómodo.

Habían acordado verse todos los martes y viernes, pues esos días Videl debía quedarse un rato más en la escuela y así aprovechaba la excusa y se encontraban. Estaba muy feliz con la labor que estaba desempeñando. Lo que no sabía era que el director del colegio había llamado a Gohan para agradecerle la recomendación ya que era una excelente profesora. Y el orgullo que él sentía por ella no podía ser mayor.

Videl entrelazó sus dedos con los de Gohan debajo del agua. Se sentía demasiado bien cuando estaban juntos. ¿Qué era lo que sentía por él? No lo sabía realmente. La felicidad la embargaba estando en su compañía, era un gran conversador –debido a su inteligencia– y se preocupaba por ella. Le solía preguntar por el trabajo, por cómo había estado y se interesaba por su pasado, del que Videl, por razones más que obvias, no le hablaba mucho.

Nunca hablaban de su marido cuando estaban juntos. Era como si tuviesen un pacto de silencio respecto a ese tema que nunca habían llegado a acordar explícitamente. Además, sentía que la brecha entre Hiro y Gohan se abría cada vez más y más. No había punto de comparación entre los dos hombres.

Sin embargo, no estaba segura de qué era la calidez que sentía en su pecho cuando estaba con él o cuando pensaba en él. Sabía que le tenía gran cariño, pero ¿estaba en ese punto enamorada de Gohan? Su corazón aún no estaba preparado para contestar esa incógnita.

–Deberíamos salir –susurró Videl–, el agua se está poniendo fría.

–Espera un poco más –le contestó Gohan con voz tenue, volviendo a pasar sus manos por los brazos de la mujer.

–Pero me tengo que ir.

Y era cierto. Podía alargar sus encuentros unas horas pero tampoco podía llegar entrada la noche a su casa. Hiro no tenía un horario fijo y, si llegaba a su apartamento y no la encontraba allí, le haría sospechar. El pretexto era el trabajo y no era nada creíble que pasara tantas horas encerrada en la escuela.

–Lo sé –dijo Gohan–, pero hasta el viernes no nos volveremos a ver, así que deberíamos aprovechar este tiempo.

En ese aspecto, llevaba razón. La estrechó entre sus brazos y Videl pudo notar la dureza en la parte baja de su espalda. Gimió al sentirlo. Gohan bajó su mano hasta dar con la intimidad de la mujer e introdujo sus dedos, comenzando después los movimientos ondulantes. Videl abrió las piernas, permitiendo así que el placer la inundase.

No sabía qué sentía por él y tampoco quería pensarlo. Lo único de lo que era consciente era de que la hacía sentir viva, de que había hecho que se reconciliase con el sexo y con el placer y de que debía disfrutar del momento porque, como Gohan había apuntado, no volvería a sentir aquel goce hasta el viernes y sentía que se le iba a hacer eterno.


Un punto blanco brillante era lo único que podía discernir entre la masa oscura que se presentaba ante sus ojos. El punto centelleaba. Fijó su vista y se dio cuenta de que el punto no era otra cosa que una luz resplandeciente, clara, nítida. Y esa luz la atraía irremediablemente; era como si la invitase a acercarse a ella, como si la llamase. Se acercaba, seducida por el destello de luz, y acababa sumergida en él.

Videl despertó. Sueños como ese se habían repetido con insistencia en los últimos meses. No sabía qué significaban exactamente pero iban presentando variantes a lo largo del tiempo. Cuando empezó a tenerlos, el punto blanco era tan pequeño que la oscuridad lo engullía fácilmente. Pero, conforme el sueño se repetía en bucle, la luz se iba ensanchando, agrandando y su brillo se iba intensificando cada vez más. Al principio, esa luz siempre acababa desapareciendo, pero, en los últimos sueños que había tenido, la luz se expandía y ella acababa siendo parte de lo que en principio era un simple punto blanco en medio de tinieblas. Y eso, a pesar de que no entendía el porqué, le daba una paz inmensa a su alma.

Se incorporó lentamente y se sentó en el borde de la cama de la habitación. Giró su cabeza un poco y observó el cuerpo del hombre que dormía plácidamente a su lado. Se movía ligeramente por su respiración tranquila. Su marido estaba dormido de lado, con el torso desnudo y con la sábana celeste tapándole hasta la cintura.

La noche anterior había tenido que satisfacer las necesidades de su esposo pues no podía permitir que sospechara nada. Así que, de vez en cuando, tenía que volver al papel de esposa sumisa. Era cierto que su marido estaba mucho menos violento en los últimos tiempos. Aún así, no quería compartir tiempo con él, mas no le quedaba de otra.

Mientras lo hacía con Hiro, con la mirada perdida en el techo del dormitorio como siempre sucedía, recordó a Gohan. La forma en que la tocaba, la besaba, la acariciaba y la tomaba. Cerró los ojos para que su fantasía se volviera mucho más real. Y ahí estaban los dos. Uno encima del otro, siendo el mismo ser, entregándose al placer que solo sabían darse entre ellos.

Hiro enfocó la vista en su mujer continuando con sus estocadas. La vio con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior y agarrando las sábanas con fuerza. Hacía mucho tiempo que no la veía así y eso lo motivó a seguir con más ímpetu. Sintió a Videl temblando y tensándose debajo de él.

La mujer de ojos claros estuvo a punto de gemir el nombre de Gohan producido por el placer que había experimentado, pero recordó dónde se encontraba y con quién. Abrió sus ojos y observó decepcionada que el hombre que la acompañaba no era quien ella deseaba.

Se restregó los ojos, intentando alejar esas imágenes de su mente. Se levantó y fue a prepararse para irse a trabajar.

Hiro comenzó a despertar y se revolvió entre las sábanas. Miró a Videl, que se estaba levantando de la cama.

–No olvides que esta noche es la cena con los accionistas –le recordó.

Cierto. Aquella noche, después de años, Videl volvería a acompañar a su marido en una cena de negocios. Le resultaba sumamente extraño el comportamiento de su esposo pero ya se daría cuenta de qué escondía. No era normal ni su amabilidad ni su buen trato para con ella.

Cuando observó que su mujer salía por la puerta después de despedirse con un tenue «hasta luego», salió de la cama. Se dirigió a la cocina y se sirvió un café. Desde que Videl trabajaba, prácticamente huía muy temprano de la casa y dos días a la semana, al menos, llegaba bien entrada la tarde, según ella misma le había contado pues él solía llegar más tarde de la oficina. Ella decía que era por trabajo pero Hiro no terminaba de creerse esa historia.

Saber que Videl estaba rodeada de hombres en la escuela lo ponía enfermo pero siempre se obligaba a calmarse, a pensar en el ascenso, en el futuro. Su mente solo pensaba en que debía tenerla contenta. Debía evitar que los resquicios de carácter que observó en Videl semanas atrás volvieran a suceder porque eso solo daría lugar a que su ira floreciese y no se podía permitir agredirla en un buen tiempo si quería convencerla de mudarse de ciudad.

En cualquier caso, pasaba demasiado tiempo fuera de casa, alejado de él, y eso no era algo bueno. Él debía tener el control de la situación siempre. Así que, tal vez, pensaría una forma de vigilarla para saber qué tan importante tenía que hacer algunas tardes cuando salía del colegio. Ya había pensado en hacerlo cuando Videl vivía con su padre y al final no llegó a concretar nada. Tal vez, ese era el momento de tomar cartas en el asunto.

La noche cayó. Videl estaba en casa, quieta y pensativa frente al armario, decidiendo qué ropa ponerse. Podría aprovechar la buena racha de Hiro para ponerse algo más llamativo, sin sobresalir demasiado, pues a ella misma no le gustaba. Finalmente, como no quería atraer a la mala suerte y a los problemas, decidió ponerse una falda de tubo negra que llegaba por debajo de las rodillas y una blusa de color violeta.

Una vez llegaron al restaurante y se sentaron, Hiro sintió todas las miradas sobre su mujer. Ardía de celos. Pensaba que no la debería haber llevado porque así habría disfrutado mucho más de la cena. Intentó tranquilizarse mediante un pesado suspiro.

–Videl, me alegro de que hayas venido. Llevábamos mucho tiempo sin verte –comentó el jefe de departamento de su esposo sin apartar la mirada de ella–. ¿Por qué no has aparecido por aquí últimamente?

–Ha estado ocupada –interrumpió Hiro antes de que pudiera contestar Videl.

–Pero deja que conteste ella, hombre –intervino otra vez su jefe sin despegar los ojos de la mujer.

Videl compuso una pequeña sonrisa de satisfacción ante el comentario. En el fondo, se alegraba ligeramente de haber asistido por el simple hecho de ver la incomodidad instalada en los gestos, ademanes y mirada de su esposo.

–Mi padre ha estado enfermo y he tenido que cuidar de él –contestó–. Además, he empezado a trabajar en una escuela y eso consume todo mi tiempo.

Después de unos cuantos comentarios felicitando a Videl por su trabajo y halagándola, la conversación viró a una de negocios, estadísticas, mercado y trabajo. La mujer de cabello oscuro se distrajo con sus pensamientos sobre la escuela y las distintas actividades que tenía pensadas llevar a cabo en la próxima clase hasta que escuchó algo que llamó poderosamente su atención.

–Por otro lado, ya es oficial: Hiro es el elegido para el puesto de director de marketing de la sede de la Capital del Este. Enhorabuena.

Al escuchar las palabras, Videl sintió que todo el mundo desaparecía, que se quedaba sola y una especie de agujero negro la engullía. ¿La Capital del Este? Eso significaba que tendrían que mudarse. ¿Mudarse? No. Era lo último que quería. Porque eso significaba que debería dejar su trabajo y, aunque llevaba poco tiempo, le encantaba. Y también significaba que no podría ver a su padre y le asustaba tenerlo lejos y que volviera a sucederle algo malo.

Pero, sin duda, lo más importante y la principal razón por la que Videl no quería marcharse era Gohan. No imaginaba ni una sola semana sin ir a su casa los martes y viernes. Sin conversar amenamente, sin el interés que él mostraba por ella, sin las risas y sin que le hiciera el amor nunca más. No, no podía permitirlo.

Videl miró a su marido directamente, mientras él sonreía y recibía las felicitaciones de sus compañeros. Su mirada era reprobatoria y él lo sabía. La noticia le había molestado a pesar de que Hiro había estado intentando que llegase en el momento más propicio. No lo había conseguido al parecer. A partir de ese momento, Videl se ausentó. Seguía estando allí, es decir, su cuerpo estaba en ese restaurante pero ella no. No volvió a abrir la boca hasta que llegó la hora de despedirse y de marcharse a su casa.

–No pienso ir a ninguna parte –espetó al llegar a su apartamento mientras se quitaba los zapatos–. No me voy a mudar. Mi padre me necesita.

Hiro miró su espalda y resopló. Preveía esa reacción y adivinó el motivo –bueno, en cierta medida–. No sabía qué hacer para convencerla. Tal vez podría sugerirle que su padre se mudase con ellos pero esa idea desapareció rápidamente de su mente. No podría soportar la presencia de su suegro constantemente.

–Videl, piensa las cosas un poco más calmada y me das una respuesta cuando lo hayas meditado bien.

–Mi respuesta no va a cambiar, Hiro –se volteó para mirarlo al contestarle–. Me voy a dormir, estoy cansada –dijo Videl y se internó en la habitación.

El hombre de cabello castaño se quedó mirando la puerta de la habitación. Necesitaba convencerla, lo necesitaba. Necesitaba que abandonara el trabajo, los vínculos que la unían a esa ciudad y que se fueran juntos. Necesitaba tenerla bajo su yugo por siempre. Se quedó un rato más pensando en el sillón y luego decidió irse a dormir. Ya se le ocurriría algo y Videl no podría hacer nada para evitar que se marchasen a la Capital del Este.


«Quiero que te quedes esta noche a dormir conmigo. Invéntate alguna excusa». Videl le daba vueltas una y otra vez al mensaje. Lo leía, cerraba la aplicación de su móvil, la volvía a abrir y lo volvía a leer. Era más que claro que quería quedarse en casa de Gohan a dormir pero cierto miedo recorría su cuerpo. Las excusas para marcharse de casa eran constantes y temía que Hiro descubriese la relación que existía entre ambos. No quería ni imaginar de lo que sería capaz si se enterase. Solo de pensarlo le entraban escalofríos por todo el cuerpo.

No obstante, prefería mil veces la compañía de Gohan a la de su esposo. Ahora recordaba por qué le gustaba tanto durante su adolescencia. Era culto, simpático, un poco testarudo, responsable en exceso y sensual como ningún otro hombre que había conocido. Cada faceta que descubría de él le gustaba más que la anterior. El deseo de descubrir todo sobre él que tenía en su etapa de estudiante volvió y, con él, el halo de misterio que lo envolvía.

Se puso a pensar. Si quería dormir fuera de su casa, la única opción que tenía era inventarse que su padre no se encontraba bien y que la necesitaba. Pero debía ser precavida. No podía permitir que su padre y su esposo se pusieran en contacto porque eso dejaría al descubierto la mentira y no le pediría a Satán que engañase a Hiro pues eso sonaría sospechoso y su padre empezaría a hacerle preguntas que no quería responder.

Era muy raro que Hiro hablara con su padre, pero la posibilidad estaba ahí. Volvió a mirar el móvil. Todavía no había contestado y suponía que Gohan esperaba su respuesta impaciente. Aquel día era viernes así que, de un modo u otro, iban a verse, pero lo que le pedía era difícil. Sin embargo, se moría de ganas de compartir la noche entera con él. Así, al menos durante unas horas, podrían vivir el sueño de estar juntos plenamente, permitiéndose ser algo más de lo que podían ser en realidad.

Ese día, cuando terminó su jornada laboral, no fue a casa de Gohan como acostumbraba, sino a su apartamento. Esperó unas horas a que su marido llegara sin hacer nada, solo pensando. Y pensar era algo que hacía muchísimo últimamente. Quería divorciarse de su marido, quería empezar una nueva vida con Gohan, pero no podía. Porque ahí entraban en juego las amenazas, la reputación de su padre, los cimientos mismos de su propia vida que, a esas alturas, estaban prácticamente hechos añicos.

Escuchó la puerta abriéndose. Hiro entró y observó a su esposa. A su lado había una especie de bolsa de equipaje ligero. Vio en su rostro cierta preocupación pero lo que no sabía era que la estaba fingiendo.

Videl debía hacer el papel de su vida así que hizo que sus manos temblaran un poco, sin exagerar para que fuera creíble.

–Mi padre no se encuentra muy bien, Hiro... –musitó y vio como la cara del hombre cambiaba a una de ¿comprensión?–. Me quedaré esta noche con él. Tal vez te necesite si empeora –finalizó bajando su mirada al suelo.

Hiro sintió un poco de compasión y empatía por su esposa. Se acercó y le acarició el rostro para calmarla. Videl, ante tan dulce gesto de su parte, lo miró sorprendida. Le recordó, por un breve momento, al chico sonriente y de ojos verdes que la había enamorado en el pasado. La pena la invadió y, con ella, el recuerdo de los tiempos en los que estuvo enamorada de él. Porque el amor era un sentimiento que había descubierto con su marido, pero él mismo se encargó de arrancarlo de su corazón.

–Si quieres, puedo llevarte.

–No –refutó Videl rápidamente con nerviosismo–. No es necesario, iré dando un paseo. Si necesito algo te llamo.

Videl intentó calmarse. Si se veía demasiado nerviosa haría que Hiro se empeñara en acompañarla y sus planes se echarían a perder.

–De acuerdo –Hiro le volvió a acariciar la mejilla y le dio un beso suave en los labios.

Videl se fue entonces de su casa. Estaba muy confusa con la actitud de su marido y no paraba de darle vueltas a la situación. Lo normal sería que se comportase rudo, tosco y violento con ella por haber rechazado que se mudaran de ciudad. Y se estaba comportando de forma opuesta a lo que se esperaba de él.

Llegó, por fin, a casa de Gohan. Cuando abrió la puerta, le sonreía de una forma tan radiante que le hizo olvidar todo lo relacionado con su esposo. Y entonces el mundo se reducía a ellos dos y a esa casa que era testigo de sus encuentros.

Se dio cuenta de que, tal vez, la luz de sus sueños era Gohan. Porque con cada gesto la arrancaba de su vida insulsa. Porque la luz cada vez la engullía más en los sueños, al igual que los sentimientos que nacían por él se afianzaban más y más en su corazón, aunque no quisiera admitirlo.

–¿Qué tal te ha ido hoy? –le preguntó una vez que Videl había entrado al salón mientras la abrazaba.

–Bueno, estoy un poco cansada. Los chicos han estado más revoltosos de lo normal –contestó y luego se alzó un poco para darle un beso corto en la boca–. Pero el día está mejorando –le dijo mientras lo miraba a los ojos. La razón de eso era claramente él.

Gohan la miró y volvió a sonreír. ¿Qué tenía esa mujer en la mirada que lo tenía pensando en ella cada segundo que no estaban juntos? ¿Qué eran esos sentimientos que experimentaba cada vez que la imagen de Videl atravesaba su mente, que la miraba, que la besaba?

–¿Cenamos? –cuestionó Gohan señalando la mesa que estaba abarrotada de platos.

Videl se quedó mirando la gran cantidad de comida. ¿Es que había invitado a alguien más a cenar?

–¿Todo eso es para nosotros dos? –preguntó ella incrédula.

–No. Eso es para mí –le dijo rascándose la nuca en un gesto característico de su padre que él había heredado–. Esto es para ti –señaló un plato con la cantidad normal de comida para un ser humano de edad adulta.

Mientras Videl veía a Gohan comiendo tal cantidad de comida, la situación le parecía más y más inverosímil. Era un hombre alto y de complexión fuerte, pero ¿cómo era posible que toda esa comida cupiese en un solo cuerpo? Además, el día que habían cenado en el restaurante con Ireza y Sharpner no había comido de esa forma.

Gohan recogió todos los platos al terminar y le ofreció una copa de vino a Videl mientras lo esperaba. Ella, cuando escuchó el agua cayendo en el fregadero, se puso a mirar los muebles del salón. No pasaba mucho tiempo en esa estancia pues la mayoría de las veces estaba en el dormitorio. Se fijó en una fotografía, aquella que había contemplado Meg hacía un tiempo. Aparecían en ella cuatro personas. Reconoció, en primer lugar, al propio Gohan. Estaba exactamente igual. Después vio a su madre. Era tal y como la recordaba en apariencia, pero el gesto era mucho más tranquilo que el que le dedicó aquel día que se vieron cuando ella entrenaba con Gohan. También estaba en la foto un muchacho joven. Aunque su peinado había cambiado y también su estatura, supuso que ese era su hermano pequeño. Incluso se parecían un poco. Por último, había un hombre que agarraba la cintura de la mujer. Tenía exactamente el mismo peinado que llevaba Goten en su niñez. Por tanto, debía ser su padre. Un momento. ¿Su padre no había muerto hacía años? ¿Qué significaba eso? Sabía que esa familia era rara, pero eso era totalmente imposible. Es decir, ¿quién puede volver de la muerte?

Gohan se acercó por la espalda a la mujer y vio que sostenía la fotografía de su familia.

–¿Esto... Esto es posible?

Era claro que Videl estaba sorprendida por la presencia de su padre en una foto que no era demasiado antigua. Después de todo, ella sabía de la muerte de Goku.

–Te lo contaré todo. Pero después de hacerte todo lo que tengo pensado –le dijo con voz ronca al oído mientras colaba su mano por debajo de la camiseta y el sujetador de Videl y rozaba su pezón con los dedos.

Ella se sorprendió por las palabras cargadas de deseo que profirió Gohan. Echó su cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro masculino, soltó la fotografía y se dejó llevar, olvidando la sorpresa que sintió al verla.

Se dirigieron entonces a la habitación a darle rienda suelta a la pasión desbordante que los consumía a ambos sin saber que pronto esos encuentros estarían en peligro de seguir teniendo lugar.


Nota de la autora:

Este capítulo quiero dedicárselo a toda la comunidad Godel de Facebook y, en especial, a las chicas que administran la página de Fanfics de Gohan y Videl en español por permitirme participar a través de una entrevista que me hicieron el mes pasado. Cuando vi la publicación y todos los comentarios tan bonitos, me puse muy feliz porque llegó en el momento que más falta me hace. Os lo agradezco infinitamente a todos.

En fin, creo que Gohan y Videl están llegando a ese punto en el que sientes algo muy fuerte por alguien, pero en el que no te atreves a aceptar que te estás enamorando. ¿Qué pensáis vosotros?

Y, bueno, otra cosa son las intenciones de Hiro. ¡Que quiere que se muden! ¿Lo terminará consiguiendo o Videl será capaz de paralizarlo? Lo iremos leyendo en los próximos capítulos. Por cierto, son bienvenidas todas las teorías que tengáis sobre la historia.

Solo me queda agradecer a todo aquel que invierte su valioso tiempo en leerme. Gracias, muchas gracias de verdad.

¡Nos leemos pronto!