-Vía de escape-
Capítulo 11. ¿Qué somos?
El día en el que la tormenta se desató entre Gohan y Videl, por la mañana, todo era calma. Los pájaros, en la lejanía, adornaban el ambiente con sus cantos. El sol era resplandeciente y el cielo despejado.
En el parque por el que Gohan pasaba cada día para ir al trabajo, algunos ancianos se sentaban en los bancos para darles de comer a las palomas; un grupo de estudiantes que se había saltado las clases se encontraban en el césped reunidos hablando a voces y riendo con la alegría propia de la juventud, que lo llenaba todo; y, en un lugar un poco más apartado, una pareja se ponía demasiado cariñosa como para estar en un lugar público.
Era extraño que, en ese ambiente tan apacible y cálido, en ese día en el que el semisaiyajin se sentía renovado e incluso feliz, fuese a desarrollarse todo de la forma en que lo hizo.
Todo comenzó –como suele ocurrir– con un malentendido. Pero, a partir de entonces, los sucesos lóbregos se irían repitiendo sin cesar entre los dos amantes escondidos hasta que ninguno de los dos pudiera volver a ser la misma persona que antes de su reencuentro.
Cuando el parque acababa, justo enfrente, había una calle llena de comercios, entre los que destacaba una pastelería que tenía bastante fama y a la que iba gente de todos los rincones de la ciudad.
Gohan caminaba tranquilamente por la acera, que estaba llena de almendros en flor en aquel mes en el que la primavera estaba en su máximo apogeo. Iba a paso sosegado, sin darse demasiada prisa, con el maletín donde llevaba unos cuantos exámenes corregidos colgado de su hombro y cruzando su pecho.
Sin embargo, la tranquilidad se le iba a acabar rápido al escuchar una voz femenina de la que había estado rehuyendo bastante tiempo.
–¡Gohan!
Al hombre se le descompuso la cara y frenó su paso en seco. Sintió que Meg llegaba a su lado y se ponía justo enfrente de él. Una tenue sonrisa, aunque también melancólica, adornaba sus labios. Sus rizos se movían libremente a causa del viento.
–Hola Meg. ¿Cómo has estado?
Gohan decidió que lo mejor era disimular, hacer como si no hubiese pasado nada, fingir que no llevaba semanas enteras ignorando sus mensajes y llamadas o evitando cruzarse con ella en los pasillos de la universidad.
Se sintió como si fuera alguien muy cruel, casi desprovisto de alma, pero es que realmente no sabía cómo debía afrontar aquella situación sin que la chica saliese lastimada. Por eso, hizo lo más fácil y cobarde que estaba al alcance de su mano: huir.
–Bien. Mis investigaciones van genial y probablemente me alarguen el contrato unos años más –explicó la chica mientras lo miraba intensamente a los ojos.
–Me alegro mucho. Eso es una gran noticia.
–Si quieres, puedes acompañarme a mi despacho cuando lleguemos a la universidad y te enseño los últimos informes –ofreció sonriendo.
Gohan puso a su cerebro a pensar con rapidez. No quería estar a solas con ella, le resultaba demasiado incómodo siquiera pensar en abordar el tema de forma directa.
–Bu-bueno, tal vez otro día, hoy estoy realmente ocupado así que… –dijo, divagando, en un estado de nerviosismo bastante notable, mientras se rascaba la nuca con su mano derecha en aquel gesto heredado de inocencia e inseguridad.
–Ya veo… –musitó Meg, algo decepcionada.
–Nos veremos por allí. ¡Suerte!
Gohan pasó de largo y suspiró aliviado. Pero aquella sensación duró poco, pues la chica, valiente como nunca había sido en su vida, decidió que no dejaría aquel asunto en el limbo como si entre ellos nada hubiese ocurrido.
–Espera, Gohan –lo detuvo sujetándolo por el brazo y él se dio la vuelta de nuevo para mirarla–. ¿Por qué… me estás evitando?
La pregunta salió de entre sus labios como un susurro quebrado y asustado. Daba la sensación de que no quería oír la respuesta, pero la intriga por resolver aquel asunto era mucho mayor que la posibilidad de salir herida.
–Meg, yo…
–Desde aquella noche –la chica hizo una breve pausa tensa–, no me has contestado a las llamadas ni a los mensajes. Me estás ignorando, Gohan. Soy algo ingenua, pero no tonta.
Al contrario de aquellas palabras tan entristecidas, Meg sonrió, clavándole la mirada de nuevo. Era una chica bastante modesta y humilde, pero cuando tenía que decir las cosas, las decía cruda y directamente.
–Lo siento…
Gohan miró hacia abajo con culpa, pero la chica de cabello azul le alzó el rostro entre sus manos porque no quería que se sintiese avergonzado. Básicamente, porque ella sabía bien lo que sucedía con él; podía notarlo en su mirada y en la felicidad que irradiaba en los últimos tiempos. Todos lo comentaban, tanto colegas del departamento, como los propios alumnos.
–Hay alguien más en tu vida, ¿verdad?
La sonrisa de Meg le dolía mucho más que si le hubiese recriminado, que si le hubiese gritado, porque eso demostraba la bondad que la caracterizaba y solo hacía que Gohan se sintiera mucho peor por su actuación. El semisaiyajin asintió simplemente. Bien era cierto que había alguien en su vida, pero la indefinición que predominaba en su relación lo abrumaba.
–Lo siento de verás, Meg. Soy….
–Eres un gran hombre –interrumpió la chica antes de que empezara a autoflagelarse. Después, llevó las manos hasta el cuello masculino y se acercó a él hasta que sus frentes se juntaron y se acariciaron con cariño–. Te mereces todo lo bueno que te pase.
Meg posó brevemente sus labios en los de Gohan, en un gesto que para ella fue una dolorosa despedida y para él, el comienzo de un amor fraternal.
Al separarse, los ojos color miel estaban repletos de lágrimas anhelantes, pero la chica no permitió que se desprendieran y recorrieran su rostro. Se las apartó antes de que cayeran y sonrío con simpatía.
–¿Vamos y me enseñas esas investigaciones de las que me has hablado? –preguntó Gohan con cariño mientras le acariciaba la cabeza.
–Claro –contestó Meg, aliviada por una parte por haberse quitado esa espina que tenía clavada en el corazón.
Después, ambos se dirigieron juntos hacia su puesto de trabajo sintiendo que, en otras circunstancias, tal vez todo entre ellos hubiese acabado con otro final muy distinto.
Videl se despertó muy temprano ese día. Una ligera jaqueca premonitoria la acompañó desde el momento en el que abrió los ojos, pero se tomó un analgésico y decidió ignorarla.
Su vida, para bien o para mal, seguía su trascurso marcado.
Estar en el trabajo o con Gohan le daba alas; tenía la sensación de ser un ave que vuela libre, sin ataduras, por la inmensidad del cielo azul. Sin embargo, cuando estaba en su casa, se ahogaba, se sentía atada, en una lujosa jaula en la que ya no podía ni quería estar más.
Mientras se tomaba un café antes de salir hacia la escuela, pensó en que tal vez debería comenzar a ser valiente de una vez por todas. Recordaba que, en sus años de júbilo adolescente, era alguien quien plantaba cara a todos y cada uno de los problemas a los que se tenía que enfrentar. Incluso luchaba contra ladrones peligrosos y colaboraba con la policía cazando a todo tipo de delincuentes.
¿Dónde había quedado aquella chica?
Tal vez en el fondo de algún rincón de esa casa en la que estaba enclaustrada junto a su esposo. De cara al exterior, por supuesto, Videl tenía la vida perfecta, el marido perfecto, la situación económica perfecta. Pero qué infame irrealidad.
Antes de salir de su casa, dejó la taza vacía cerca del fregadero, como testigo de que un alma humana llenaba ese hogar repleto de vacío y desesperanza.
Quizás era una buena idea hablar con su padre. Sin duda alguna, le iba a costar creer que el Hiro que conocía no era más que una máscara, pero era el único que podía ayudarla en esos momentos.
No quería que su padre sufriera y era obvio que, al conocer la verdad, lo iba a hacer y mucho. Lo más probable sería que se autoculpara por todos los años de desgaste emocional que Videl llevaba a cuestas, pero es que ya no veía otra salida posible.
Contárselo a Ireza no era un opción porque ella no podría hacer nada. Además, creía que su amiga ya sospechaba, pero no estaba al alcance de su mano cambiar las cosas.
Otra posibilidad era Gohan. Sin embargo, esa era la última y la más remota. No porque él pudiera hacerle daño a su esposo –eso a esas alturas, ya le daba un poco igual–, sino porque no quería que fuera testigo de su asquerosa debilidad. No quería que la mirara con ojos de pena y culpa, que se compadeciese de ella, cuando lo que estaba acostumbrada a ver en su mirada negra eran solo sensaciones agradables: la bondad, el cariño, la lujuria o la alegría, pero no soportaría que sus ojos se le clavaran con lástima.
Intentó apartar todo aquello de su cabeza. Pensar a veces la atosigaba demasiado y, si seguía así, no sería bueno para su salud mental.
Decidió que aquel día tomaría otro camino, pues quería ir a una pastelería muy famosa de la ciudad a echar un vistazo.
Mientras recorría el parque que la llevaba hasta el establecimiento, se dio cuenta de que le era muy familiar. Entonces, recordó que ya lo había transitado junto a Gohan el día en el que la historia entre ellos había empezado.
Una sensación nostálgica le inundó el alma, pero, en cierto modo, se sentía bien.
Y, de pronto, en la lejanía, cerca de la pastelería hacia donde ella iba, lo vio. Iba sereno, caminando despreocupadamente –seguramente se dirigía a la universidad–. Cada vez que lo miraba se daba cuenta de que lo quería un poco más. Reconocerlo le daba mucha paz a su deshilachado corazón.
Sin embargo, igual que lo vio a él, también observó la escena que se desarrolló delante de sus ojos casi a cámara lenta justo después, quebrándole el ánimo al instante.
En un principio, cuando vio a Meg, pensó que era una amiga suya, que solo estaban charlando e incluso meditó la posibilidad de unirse a la conversación para que se la presentara. No obstante, después empezó a notar el ambiente algo tenso, vio a Gohan muy nervioso y, por último, el broche final perfecto para destrozarle el corazón.
Gohan se mostraba cómplice con la chica, estaban medio abrazados en mitad de la calle, juntando sus frentes amorosamente –como había hecho con ella en tantas ocasiones que ya había perdido la cuenta– y, finalmente, se besaron.
Y fue un beso lleno de ternura y dulzura, uno que le reveló una suerte de conexión entre los dos que, en realidad, no existía.
Todo lo que quedaba de jornada, Videl estuvo antipática y malhumorada para ocultar así la tristeza en la que estaba sumida. Y, al finalizar, decidió poner rumbo a la casa de Gohan para reclamarle por todo lo que había visto, a pesar de que ese día no era martes ni viernes, es decir, los días que tenían fijados en el calendario para sus encuentros.
No podía creer que le hubiese hecho algo así. Había vuelto a caer en las mentiras de un hombre y eso la hacía sentir mucho más estúpida aún. La cabeza le daba vueltas, estaba incluso mareada ante la inmensa cantidad de emociones que ese día estaba experimentando.
Estaba, en realidad, demasiado hastiada.
Cuando los maltratos por parte de Hiro comenzaron, Videl decidió que nunca más volvería a confiar en otro hombre. En cambio, la presencia de Gohan en su vida había sido como un bálsamo de agua fresca, un rescate a contracorriente del naufragio en el que se estaba convirtiendo su existencia, la única vía de escape que veía posible entre todo aquel sufrimiento.
Y él parecía que había conseguido su confianza para enterrarla aún más.
Todo aquello dolía incluso más que las humillaciones, las vejaciones, las palizas de su esposo. Porque las heridas del alma no dejan marcas visibles, pero eso no impide que sangren y que hieran por dentro.
Al llegar, tocó con decisión. Estaba seria, pero no pensaba mostrarle su debilidad a nadie nunca más.
–¿Videl? ¿Qué estás haciendo aquí? –al ver los ojos fríos y lacerantes de la mujer, se asustó–. Quiero decir, no es que me moleste que vengas, pero no te esperaba hoy aquí.
Videl entró sin saludar siquiera y llegó al salón, mientras Gohan iba detrás de ella sin entender su visita y mucho menos su actitud.
–Videl –la llamó temeroso–, ¿qué te pasa?
Ambos se quedaron de pie, mirándose el uno al otro sin cesar.
–Esta mañana te he visto, ¿sabes?
Así que eso era. Videl probablemente había visto el encuentro con Meg y lo había malinterpretado todo. Y no le extrañaba, pues él sabía lo que significaba aquel inocente beso, que para la chica de cabello azul había sido más bien una liberación y una suerte de adiós que una demostración de amor, pero ella no.
–Videl, déjame que te explique…
–¿Qué me tienes que explicar? ¿Que te estabas besando con una chica en mitad de la calle como si fuera tu pareja? –preguntó, al borde de perder los nervios.
–No es lo que te piensas.
–Bueno, porque a lo mejor sí lo es, ¿no? Y yo no lo sabía –a esas alturas, la mujer de mirada clara había empezado a adoptar un tono de ironía para que no se le notara lo molesta y triste que estaba.
–Si me dejas que te explique…
–¡Que no quiero que me expliques nada, Gohan! –interrumpió gritando–. No eres alguien en quien se pueda confiar.
Eso fue suficiente para él. ¿Cómo podía decirle todas esas cosas ella, que estaba casada? Gohan se molestó mucho, como hacía tiempo que no le sucedía, y se acercó hacia ella para encararla.
–¿Por qué me estás reprochando nada? –espetó y Videl abrió los ojos con sorpresa porque nunca había mostrado esa faceta delante de ella–. ¿Por un beso que ni siquiera sabes qué sentido tiene?
–Sé lo que significa un beso. Además…
–No, ahora me vas a escuchar tú a mí –esta vez fue él quien la interrumpió–. No puedo más con esta situación. Nos encontramos aquí a escondidas, como si lo que estamos haciendo fuera un crimen, nunca hablamos del hecho de que tienes marido y de que no puedo soportar la idea de que todas las noches duermes con él. Puede ser que aquí pases algunos ratos, pero después regresas junto a él. ¿Sabes lo que es eso para mí?
Videl se quedó callada y algunas lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos. Gohan tenía toda la razón del mundo y ella no tenía derecho alguno de reclamarle nada.
–¿Tú te has acostado con tu marido desde que nos vemos, Videl? Porque yo con Meg, no.
La mujer apartó la mirada avergonzada, revelándole la realidad al semisaiyajin, pero él quería escucharlo de sus labios. Gohan, en ese punto, era una bomba de relojería y su detonación había sido inevitable.
–Contéstame, por favor –rogó, musitando, con la voz rota por el dolor.
–Sí –reconoció Videl y la primera lágrima cayó.
Gohan apretó uno de sus puños con fuerza. De lo único que tenía ganas en ese momento era de destrozar algo o de pelear con su padre hasta quedar exhausto para destensarse.
Por supuesto que imaginaba que la respuesta a esa pregunta era afirmativa, pero la confirmación lo había roto en pedazos tan pequeños, que ya no sabía si podría volver a recomponerse.
–¿Qué somos tú y yo, Videl?
La pregunta dolió de la misma forma para ambos. Porque aquella indefinición que arrastraban ya les estaba pasando factura y aquella situación se había vuelto completamente insostenible para los dos.
–Supongo que… nada –reconoció y después se llevó la muñeca al rostro para secarse las lágrimas.
Se dio la vuelta y se dispuso a irse. Y en ese preciso instante Gohan se dio cuenta de que se había dejado llevar demasiado por aquel desasosiego que lo perseguía a todas horas por no saber lo que Videl sentía por él. Se había equivocado. Debería haberle intentado explicar una y otra vez la situación con Meg y, sobre todo, debería haberle preguntado si ella lo quería. A partir de ahí, habrían podido pensar, entre los dos, qué hacer con el asunto de su matrimonio.
Ahora era demasiado tarde porque todas aquellas palabras de amargura y reproche ya habían sido expulsadas de sus labios.
–Espera, Videl. Lo siento.
–No te disculpes –dijo Videl dándose la vuelta, justo antes de salir–. Llevas toda la razón.
Gohan la vio yéndose y no pudo hacer otra cosa que quedarse allí quieto, de pie, sin saber cómo reaccionar y arrepintiéndose de cada una de las acciones que había llevado a cabo ese día.
Mientras todo parecía torcerse en la relación de Gohan y Videl, había alguien que siempre salía ganando.
Hiro estaba en su despacho trabajando, cuando de repente escuchó el sonido de su móvil, el cual le indicaba que estaba recibiendo una llamada entrante.
Descolgó el aparato y después se lo llevó al oído. El número era privado, así que sabía bien de lo que se trataba.
–Tengo las fotos que me pidió, señor. Y creo que no le van a gustar mucho.
–Eso lo decidiré yo –espetó con furia–. El jueves que viene me las traes a mi despacho y te pago lo que falta.
–Bien.
El hombre de ojos verdes colgó el teléfono y lo depositó en el escritorio.
Hacía un tiempo que no se fiaba de la actitud de Videl. La veía demasiado revuelta, en contra de él. Había dejado de ser la esposa sumisa que a él le gustaba y no estaba dispuesto a perder el control de su relación.
Por eso, había decidido que alguien la espiara un par de días y que sacara alguna foto si veía algún comportamiento sospechoso o comprometido.
Hiro pensaba que Videl se estaba viendo con sus antiguos compañeros de instituto, aquella pareja rubia que había tenido una hija, y que ellos estaban intentando convencerla para que terminara con su matrimonio. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir.
Por tanto, su siguiente paso era el más importante de todos. Era un movimiento magistral, pues le permitiría por fin alejar a Videl de esa ciudad y de las malas influencias que allí pululaban.
Era tremendamente sencillo y no entendía cómo no se le había ocurrido antes: hablaría con Mr Satán para que convenciera a Videl de que la mudanza era lo mejor para todos.
Así, volvería a tenerla entre sus garras, más sujeta que nunca y sin escapatoria posible. Y esta vez sería para siempre.
Nota de la autora:
Estoy muy contenta porque cada vez somos más en esta historia y yo no tengo más que palabras de agradecimiento, de verdad. Y a veces me resultan mediocres e insuficientes. En serio, muchísimas gracias. Sois geniales.
Sí, como veis la recta final de esta historia va a ser drama puro y esto es solo la punta del iceberg. Y precisamente para esto necesitaba al personaje de Meg; para que detonara la explosión de esta situación tan insostenible.
Gracias de nuevo por leer, por el cariño que me dais en los comentarios y por decidir poner en favoritos o seguir esta historia que el mes que viene cumplirá un año.
Me despido aquí, no sin antes pediros que paséis por mi perfil para votar en la poll que he abierto para intentar definir el rumbo de mi próximo long-fic de estos dos.
Nos leeremos en la próxima.
