-Vía de escape-
Capítulo 12. Querer no siempre es poder
Los sábados por la mañana era una visita obligada para Videl ir a casa de su padre. En los últimos años habían sido muy unidos, especialmente en los pasados meses, desde que Mr Satán sufrió el infarto. En ese momento, Videl se dio cuenta de que su progenitor no iba a estar en el mundo para siempre y de que debía aprovecharlo, cuidarlo y hacer que se sintiese acompañado todo el tiempo que pudiera.
Además, estar con él la revitalizaba, hacía que se olvidara de su inestable cotidianidad, podía salir de la cárcel de oro que era su casa y se olvidaba –aunque fuera por poco tiempo– de los últimos acontecimientos que habían tenido lugar entre Gohan y ella.
Todo estaba mal, en realidad, aunque quisiera aparentar que no.
Esa discusión fue realmente absurda, no debió reclamarle nada, mucho menos en su situación, y lo echaba tanto de menos que en más de una ocasión pensó en ir a buscarlo sin importarle nada más.
Sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, al final siempre se acobardaba porque sentía que no tenía siquiera derecho de estar delante de él, porque le daba vergüenza haberse mostrado tan insegura, porque se arrepentía de no haberlo escuchado apropiadamente.
Apenas habían transcurrido setenta y dos horas desde el incidente, pero ya veía su situación como algo irrecuperable, pues ambos se habían equivocado.
Ninguno de los dos había sido capaz de ponerse en contacto con el otro, asustados como estaban del fantasma de sus errores, de la culpa de haber roto algo tan especial como el vínculo que se había formado entre aquellas almas que tal vez debieron entregarse la una a la otra hacía muchos años atrás.
Quizás, ahora ya era demasiado tarde para volver a recomponer ese sentimiento, que, aunque seguía estando presente en los dos, no se podía sacar a la superficie.
Al entrar en la casa de su padre, Videl escuchó un murmullo de dos voces masculinas procedentes de la cocina. Se extrañó bastante, pues Mr Satán no solía recibir visitas de casi nadie que no fuera ella. Tal vez era algún vecino que había ido a pedirle algo.
Se miró en el espejo del pasillo, arregló su pelo cuidadosamente y fingió una sonrisa de cortesía como si su alma continuara aún dentro de su cuerpo, como si fuera todavía un ser humano estable emocionalmente; todo para fingir ante los demás que su vida idílica, aquella que todo el mundo pensaba que tenía, seguía existiendo.
Pero la realidad es cruel y cuando Videl entró en la cocina, la sonrisa se desvaneció. Allí no estaba un amigo o un vecino, sino su esposo charlando animadamente con su padre, fingiendo que podía soportarlo.
–Oh, Videl, cariño, Hiro ha venido esta mañana a desayunar conmigo –contó el hombre de forma cariñosa mientras se acercaba a su hija para saludarla con un beso en la mejilla.
–Ya veo…
No era casualidad en absoluto que aquella mañana, cuando Videl despertó, la casa estuviera vacía. Pensó que su marido habría ido a una reunión extraordinaria o algo por el estilo, pero lo que nunca imaginó era que estuviera allí. Era extraño y sabía que, probablemente, había algo más detrás de todo aquello. Porque Hiro era así, no hacía las cosas trivialmente, sin pensarlas con detenimiento antes. Era demasiado calculador como para hacer lo que fuera sin esperar obtener algo a cambio.
Para su desgracia, Videl lo conocía demasiado bien.
–Bueno, ¿no piensas saludar a tu esposo?
–Eso digo yo. Esta mañana he salido temprano y no nos hemos visto –dijo el hombre de ojos verdes mirándola fijamente, sabiendo que su plan ya había triunfado.
Se acercó hacia ella y le dio un beso en los labios que a Videl le provocó repugnancia. Todos esos gestos llevaban mucho tiempo produciéndole aquella reacción, pero no podía evitarlos y mucho menos frente a su padre.
–Videl, ¿por qué no me lo has contado antes? –preguntó Mr Satán mientras miraba a su hija sonriéndole con comprensión.
Le hubiese encantado que esa pregunta se hubiese pronunciado en otro contexto, concretamente en uno en el que ella se hubiese sincerado con su progenitor y le hubiese revelado toda la verdad sobre la putrefacción de su relación. Pero nunca fue capaz y temía que nunca llegaría a serlo.
–¿A qué te refieres?
–Pues a lo de la mudanza a la Capital del Este.
Videl atravesó a Hiro con su mirada azul mientras él la observaba sonriente, triunfante y ella no vio otra cosa que no fuera la mayor de sus pesadillas, uno de los demonios más grandes que la habían perseguido y del que no se veía con capacidad de escapar.
Se sintió muy frágil, vulnerable por completo, como si estuviera sola y desamparada en ese mundo que últimamente estaba siendo tan injusto con ella.
Sintió un ligero mareo y se sujetó la cabeza, intentando que ninguno de los dos hombres que la acompañaban en esa sala se percatara del hecho. Después, se sentó en una silla alrededor de la mesa pequeña que estaba en el centro de la cocina. Su padre la acompañó, colocándose sentado justo enfrente de ella, mientras Hiro se ponía detrás para sujetarle los hombros entre sus manos en un gesto de cariño y complicidad fingidos.
–Pero… papá, no puedo dejarte aquí solo. Además, ya le comenté a Hiro que no quería separarme de ti.
–Lo sé, lo sé –comenzó a relatar Mr Satán mientras sostenía la mano de Videl entre la suya, ambas estando posadas en la superficie de la mesa–. Hiro me ha contado que estaba a punto de rechazar el puesto porque te apoyaba completamente en esto, pero debes hacer tu vida, Videl. Yo ya estoy bien. No puedes quedarte anclada a este viejo por siempre.
La mirada azulada de Videl se ensombreció. Si Hiro tenía alguna cualidad era el ser un perfecto estratega. Mentía a su antojo, manipulaba la voluntad de los que le rodeaban como quería, como si fueran títeres a su merced.
–Es que… no voy a estar tranquila si no estoy cerca de ti –le dijo mientras sus ojos empezaban a aguarse por la frustración que estaba sintiendo.
–Videl, deberías hacerle caso a tu padre –aconsejó Hiro mientras apretaba el agarre de los hombros de la mujer con sutileza para que solo ella lo sintiera, para que pudiera fingir que no estaba notando ese gesto que más bien era una advertencia.
–Pero…
–Videl –interrumpió Mr Satán–, yo solo quiero tu felicidad. Debes estar con tu esposo.
Las lágrimas, de forma involuntaria, empezaron a rodar por el rostro de Videl silenciosamente. Lloraba de rabia, de tristeza, intentando contener el sentimiento de furia contra sí misma que la invadía en ese momento porque ni siquiera era capaz de salvarse a sí misma.
–No llores, cielo. Voy a estar bien.
Videl apretó la mano contra la de su padre en un grito silencioso de auxilio que él no pudo interpretar y que consideró como preocupación por su bienestar.
–Bueno, es que… –empezó a decir, llevándose la mano hacia la mejilla para secarse las lágrimas– me da pena pensar que no voy a poder verte tan a menudo.
Mr Satán soltó la mano de su hija y se levantó para abrazarla. Ella, al entender sus intenciones, hizo lo mismo.
Rodeada por sus brazos se sentía como una niña pequeña y realmente deseaba con todas sus fuerzas volver a aquella inocente época en la que era mucho más feliz, en la que los problemas adultos no existían y vivía tranquila con su padre y su madre también.
Las responsabilidades, los dilemas, la situación anómala de su matrimonio la tenían sumida en una gran soledad y angustia, de las que solo se había podido refugiar con Gohan. Solo él había sido capaz de sacarla de la oscuridad, de darle la oportunidad de ser ella misma, de que se olvidara de que no le gustaba su vida y de que comenzara a disfrutar.
Y, al menos por última vez, quería volver a sentir todas esas cándidas sensaciones.
–Nos deberíamos ir ya –espetó Hiro, quebrando el ambiente confortante que el abrazo le había proporcionado a Videl.
La mujer de mirada clara se despidió de su padre, prometiendo que intentaría pasar el máximo tiempo posible con él antes de la mudanza.
El camino de regreso a casa fue un paseo tenso y silencioso. Videl no miraba a su esposo, no quería verle los ojos llenos de triunfo y burla, no quería sentir aquella humillación. Incluso cuando se proponía hacer lo que quisiera y ser autónoma, Hiro volvía con su manipulación a doblegar su voluntad y libertad.
Al cruzar la puerta, Videl sintió un impulso de darse la vuelta y salir corriendo. Quería escapar, quería ser libre, ser Videl y no la mujer que a todo dice que sí en la que Hiro la había convertido.
–¿Ves como no te tenías que preocupar por nada? Tu padre ha aceptado muy bien la noticia.
Videl, de pie junto a la puerta, observaba como su esposo se quitaba los zapatos y se sentaba en el sillón.
–Me estás arruinando la vida –susurró con la voz entrecortada.
El hombre se giró para mirarla, compuso una sonrisa sardónica y se levantó. Se acercó hacia ella y colocó algunos mechones negros de su cabello detrás de su oreja para susurrarle su victoria.
–No puedes escapar de mí.
Videl abrió los ojos con desmesura. Era consciente, lo había sabido durante demasiado tiempo, pero él nunca se lo había materializado con palabras.
Hiro se separó de ella y volvió al sofá, pero Videl no era capaz de moverse. Solo podía pensar en que necesitaba salir de ahí, que necesitaba ver a Gohan y que la protegiera y cobijara entre sus brazos.
Se dio la vuelta y abrió la puerta, pero justo antes de salir, Hiro volvió a hablarle.
–¿Dónde vas? –interrogó con demanda.
–Quiero pasar el día con mi padre. Me vuelvo a su casa.
Sabía que mentía, era consciente de que lo más probable era que fuese a pasar el día con la pareja rubia a la que detestaba profundamente, pero decidió que al menos le concedería eso.
–Está bien. Disfruta.
Videl salió entonces, no sin antes cerrar sin cuidado alguno, dando un portazo que resonó en toda la casa.
Mientras recogía la cocina de la ingente cantidad de platos que había ensuciado solo en el desayuno, Gohan escuchó un toque nervioso en la puerta. Le resultó extraño porque no esperaba a nadie.
El semisaiyajin se había propuesto ser un humano más, por tanto, había decidido no sentir el ki de nadie, olvidarse de las batallas, de las guerras y peleas que lo acosaron tanto en el pasado.
Se dirigió con pesadez hacia la puerta de su casa.
No podía negar que estaba desanimado. Videl le hacía mucha falta, pero no se atrevía a molestarla, no quería ver en sus ojos azules el reproche y la desilusión que pudo observar aquel día de la explosión de reclamaciones y dolor.
Al abrir la puerta y verla allí, con una sonrisa tenue pero pura, no se lo pudo creer. No sabía cómo reaccionar, qué decir, qué hacer. Quería abrazarla, quería besarla, pero su cuerpo no le permitía moverse.
–¿Puedo pasar? –preguntó ante la sorpresa de Gohan.
–Claro, ¡claro! –exclamó nervioso, se apartó y la dejó entrar–. ¿Quieres… no sé… tomar algo? –le dijo cuando llegaron al salón.
–No, gracias.
Era raro porque la sonrisa no la abandonaba un instante, pero en sus ojos había un brillo extraño de melancólica desesperanza que Gohan no entendería hasta pasadas bastantes horas más.
–Videl, yo… –tragó saliva sonoramente, preparándose para que le saliera bien todo lo que tenía que decir– quiero explicarte todo lo que viste el otro día. Verás, Meg es…
Pero su discurso se cortó repentinamente porque Videl se abalanzó sobre él para fundirse en un sincero abrazo que dejó al semisaiyajin sin habla.
–No quiero que me expliques nada –susurró con la frente pegada a su pecho mientras sentía los brazos de Gohan rodeando su cuerpo y posándose de forma temblorosa en su espalda–. Quiero que pasemos el día juntos. Fuera de aquí –añadió, esta vez mirándolo a los ojos, pero sin que los brazos de ninguno dejaran de estar en contacto con la piel del otro.
«Como una pareja real», añadió en su pensamiento, pero no consideraba que fuera oportuno decirlo.
–¿Estás segura? –preguntó Gohan después de que empezara a acariciarle la mejilla.
–Sí –afirmó ella tranquila.
Y así lo hicieron. Pasearon por el parque, fueron a una heladería, conversaron de mil cosas, del pasado, de vivencias que compartieron, porque Videl quería aprovechar aquellas últimas horas que estarían juntos.
Mientras caminaban por la calle, lo miraba de soslayo; tenía el rostro relajado y sus facciones masculinas eran preciosas. Se autorreafirmó que lo amaba; lo amaba tanto que no sabía cómo iba a soportar el resto de sus días sin tenerlo cerca.
Pasando por una calle céntrica, Videl divisó a lo lejos una exposición de murales de artistas independientes que se acababa de inaugurar.
–¿Podemos ir a ver aquella exposición? –cuestionó mientras la señalaba a lo lejos.
Gohan simplemente asintió.
Recorrieron la calle en la que los murales se distribuían uno enfrente de otro. Se detenían por un tiempo prudencial para admirarlos, pero especialmente uno llamó la atención de Videl, quien se quedó quieta observándolo.
El mural mostraba la inmensidad de la galaxia, de las estrellas, tenía unos trazos gruesos, pero se notaba todo el sentir que el artista había plasmado en su obra. Y lo más representativo era que, en la esquina del gigantesco mural, estaba la Tierra, pequeña, minúscula, como una mota de polvo. El título de la obra era: «La insignificancia del ser humano».
Videl se sintió muy conmovida ante la magnitud y el significado de lo que estaba presenciando y el brillo de sus ojos no pasó desapercibido para el semisaiyajin.
–¿Te gusta? –le preguntó con la vista fija en ella.
–Me recuerda un poco a mí, ¿sabes?
–¿Por qué? –cuestionó contrariado.
–Porque yo me siento así. Siento como si fuera una hormiga entre gigantes, como si no significara nada, como si me perdiera entre la inmensidad del todo, como si mi existencia fuera trivial y nimia.
Gohan frunció el ceño. Esas palabras, cargadas de desasosiego y amargura, no correspondían a la Videl que él conocía. Sus ojos azules rezumaban miles de sensaciones que no podía comprender totalmente.
–¿Estás bien?
–Claro –dijo ella mientras sonreía–. Perdóname, me he puesto demasiado intensa.
Como respuesta, el semisaiyajin condujo su mano hacia la de Videl y la estrechó en un gesto que la emocionó profundamente. Su cuerpo siempre había sido cálido, pero aquella caricia hizo que se sintiera en otro plano de la realidad.
Los dos se quedaron mirando el mural, siendo conscientes de que, a pesar de todo, jamás serían insignificantes el uno para el otro.
Después de unos minutos más, ambos se dispusieron a volver a la casa de Gohan.
Videl, al entrar, volvió a sujetar su mano y, sin decir una sola palabra, lo condujo al cuarto. Se puso enfrente de él y empezó a desnudarse con una lentitud ceremonial, mientras Gohan observaba cada uno de sus movimientos.
Al observar su desnudez directamente, se dio cuenta de que era pura, de que necesitaba estrecharla contra su cuerpo, de que el anhelo de sentirla era superior a cualquiera que hubiese tenido anteriormente.
La mujer se acercó hacia él casi con parsimonia y lo besó. Estuvieron rozándose los labios durante un tiempo que ninguno supo cuánto fue. Gohan le acariciaba la espalda con insistencia, le besaba el cuello, los párpados, las mejillas, cada rincón expuesto de su piel que tenía al alcance.
Entonces, Videl se separó de él y se tumbó en la cama, esperándolo con deseo. El semisaiyajin la imitó, quitándose la ropa, y se colocó encima de ella, mientras volvía a besarla, esta vez recorriendo mucho más debajo de la parte superior de su cuerpo.
Con los gemidos esparcidos por toda la habitación, Gohan le hizo el amor aquella tarde con la luz tenue que se colaba por entre las cortinas de la habitación, haciendo que un tonos anaranjados y dorados los recubriesen por completo a ambos.
Cuando llegaron a la cúspide del placer juntos, Gohan besó su frente y su mejilla izquierda. Se separaron y Videl se acurrucó contra él, posando la frente en el pecho de Gohan de nuevo.
–Quiero estar contigo, Videl.
Esa frase fue la declaración de intenciones más grande que le había hecho Gohan en toda la duración de su pseudo-relación. Con ella solo le estaba diciendo que quería que abandonara a su marido, que quería construir una vida juntos. Videl lo entendió perfectamente, porque entre ellos no hacía falta decirlo todo para comunicar lo que deseaban.
–Yo también –musitó ella, con el sonido de su voz rebotando contra su cuerpo.
Y no mintió. Era cierto; también quería estar con Gohan, pero no era posible. Porque aquella frase que se dice de que querer es poder es una farsa, porque hay veces en las que las obligaciones nos arrastran y desvanecen lo que en verdad anhelamos.
Rato después, arrullada por las caricias de Gohan, se quedó durmiendo y se dio la vuelta. Él siguió recorriendo su cuerpo con las yemas de sus dedos, sosteniendo sus manos, observando el perfil de su rostro, la línea que lo separaba de su cuello, su cabello y las curvas que conformaban su cuerpo.
Se alegraba de que hubiesen podido reconciliarse, pero no quería seguir escondiéndose, quería que libremente lo eligiera para caminar juntos.
Pasadas un par de horas, la vio revolviéndose y arrugando el rostro con cansancio. Abrió los ojos y vio los de Gohan, incesantemente clavados en su rostro. Le sonrió con ternura y se acercó para besarlo, para beber de sus labios aunque fuese por última vez.
–Lo siento, me he dormido.
–Oh, no te preocupes –susurró con comprensión.
Entonces, Videl se alejó de su cuerpo y se sentó en la cama. Se levantó y empezó a vestirse con su ropa, la cual había dejado tirada en el suelo.
–Me voy –le dijo, dándole la espalda.
–¿No puedes quedarte un rato más? –rogó recorriendo la cama y sentándose en el borde donde ella había estado segundos atrás.
–No me has entendido, Gohan. Me voy de la ciudad. Han ascendido a mi marido y eso supone un traslado también.
Videl salió de la habitación y se dirigió a la sala para no tener que darle más explicaciones, intentando huir inútilmente del dolor que aquellas afirmaciones le provocaban.
El semisaiyajin se vistió rápidamente de cintura para abajo para no perder demasiado el tiempo y la siguió, viendo que estaba a punto de marcharse de su casa.
No podía ser cierto, no quería que lo fuera. Acababan de volver a estar juntos y ahora Videl le decía algo así, sin ser consciente de que se estaba llevando su alma con ella.
–Videl, ¿tú quieres hacer eso? ¿Quieres… irte?
–Eso no importa realmente. Es algo que debo hacer –declaró dándole la espalda aún porque sabía que, si veía un solo resquicio de tristeza en sus ojos negros, no sería capaz de abandonarlo.
–Videl, yo... te quiero –confesó Gohan por fin, provocando un vuelco en el corazón de los dos porque ambos compartían ese sentimiento, pero ninguno se había atrevido a exteriorizarlo–, pero te quiero libre. Quiero que hagas lo que tú verdaderamente quieres hacer. No por imposición de otros. No por deseo de otros. Solo porque es tu decisión. Si trabajas, si eres ama de casa, si quieres maquillarte todos los días, si quieres salir hasta las tantas de la madrugada o si prefieres quedarte todo el día encerrada en casa, debe ser tu elección. Quiero que tú seas la que lleve las riendas de tu propia vida. Por eso, si tu deseo es alejarte de mí, no te detendré. Pero no lo hagas porque alguien más te obliga a hacerlo, sino por voluntad propia. Hazlo por ti misma y lo comprenderé. No te pediré que te quedes, no te insistiré, no te buscaré más; lo prometo. Pero, si lo que realmente quieres es estar aquí, quédate conmigo.
Videl sintió sus ojos aguándose, su garganta escociendo y su voluntad quebrándose. Todo aquello significaba demasiado para ella. Sabía que era lo correcto, lo que debe ser en una relación de pareja y lo que, por el contrario, ella jamás tendría.
A pesar de que quería contestarle muchas cosas, se quedó en silencio, completamente callada, porque a veces las palabras no sirven para expresar la magnitud de lo que sentimos. Solo son caracteres o sonidos concatenados que no pueden mostrar lo que surge en el centro de nuestro pecho. No pueden. El amor que sentía por Gohan no se podía expresar a través del corrompido lenguaje humano, que tantas veces ha servido para engañar y manipular a otros. La pureza de lo que había nacido en su corazón era, por tanto, inefable.
Además, ¿para qué sacarlo de allí, si no podían estar juntos, si ya nunca podrían volver a besarse, tocarse, amarse? Su conexión estaba condenada al fracaso.
Ella se mudaría de ciudad con Hiro; él acabaría olvidándola y consiguiendo a alguien que no tuviese el alma manchada y podrida por las cargas de su matrimonio y de las vivencias que habían acompañado a este. Y eso era lo mejor para Gohan, al fin y al cabo.
¿Qué sentido tenía dejar a su esposo, empezar de cero con Gohan, si él merecía a alguien mucho mejor que ella? Llegó a la conclusión de que no lo tenía. Por eso, abrió la puerta sin darse la vuelta para mirarlo por última vez, sin decirle nada, sin demostrar lo que le hacía sentir. Con el rostro empapado por las lágrimas, salió de aquella casa en la que había sido tan feliz y a la que no volvería nunca más.
El sueño de una nueva vida acababa ahí.
Tumbada en la cama de su habitación, Videl se restregó el rostro con incredulidad y miedo.
Lo que acababa de descubrir justo dos días después de despedirse amargamente de Gohan le venía demasiado grande. Lo más grave era que lo había deseado durante demasiado tiempo y llegaba en el peor momento de toda su vida.
Todo se estaba desmoronando y deconstruyendo a su alrededor y quería huir, desvanecerse, desaparecer.
Sin embargo, era totalmente consciente de que no podría escapar de algo con tal magnitud.
Nota de la autora:
Pero bueno, ¿qué le pasa a esta mujer ahora?
Aquí os traigo un poco de miel entre tanto drama, aunque al final estos dos no pueden escapar de las redes que está tejiendo Hiro.
En fin, de verdad que muchísimas gracias, me honra mucho leeros y espero sinceramente que estéis disfrutando la historia, aunque esté haciendo sufrir a esta parejita que adoro más de la cuenta.
Cuando me he puesto a escribir este mediodía, pensaba que no me iba a dar tiempo a acabar, pero lo conseguí. Estoy contenta porque he logrado actualizar dos veces en el mismo mes y eso es demasiado para mí, xD.
Otra vez, mil millones de gracias.
Nos seguimos leyendo.
