Videl jamás pensó que podría volver a verla. Nunca. Estaba muerta. Ella misma había visto a su padre llorando por su pérdida, le había dicho adiós a su cuerpo sin vida entre sollozos inquietos, sabía que su existencia no era posible.

Entonces… ¿acaso ella también…?

¿Mamá…?

La mujer se dio la vuelta y sonrió. Su pelo era negro y estaba recogido en una trenza larga que le caía por la espalda. Sus ojos eran tal y como los recordaba; azul brillante, puros, nítidos, absolutamente preciosos y cálidos. Ojos que daban sosiego, que daban paz, que cobijaban a quienes los miraban, que se sentían como un bálsamo entre la oscuridad, entre todo lo lóbrego. Eran los ojos de su madre, esos que tanto había echado de menos, esos que eran idénticos a los de ella aunque ya no lo recordara.

Videl, cielo, ven aquí, pequeña.

Videl miró hacia abajo y alzó sus manos para verlas. Eran pequeñas, sus brazos y sus piernas, cortos, y llevaba una falda infantil. ¿Volvía a ser una niña de nuevo?

Perfecto, así tendría la excusa adecuada para quebrarse del todo, para abrazarse a su madre como nunca, para poder sentirse expuesta, frágil y vulnerable otra vez.

Por lo tanto, así lo hizo. La vio agachándose para recibirla entre sus brazos y se fundieron en un abrazo único e irrepetible, que a Videl le supo a felicidad, a infancia, a todos los momentos que sus padres le regalaron, a las historias que su madre le contaba antes de dormirse o a la forma en la que la cuidaba cuando estaba enferma.

Sin embargo, cuando su madre la soltó y se volvió a mirar, todo había cambiado. Su cuerpo había crecido y con él estaba su alma desgastada y quebradiza, a punto de explotar en miles de pedazos que jamás se volverían a reconstruir si no tomaba las medidas oportunas a tiempo.

No quería eso, no le gustaba. Quería volver a ser una niña que disfruta de su tiempo libre en familia, quería no cargar nunca más con el peso de su triste realidad. Quería, pero no podía. Porque en el fondo sabía que debía enfrentar las cosas como la adulta responsable que era.

Videl, estás preciosa —comentó la mujer mientras le acariciaba el cabello de forma amorosa—. Siempre te dije que estabas más guapa con el pelo largo y no me has hecho caso.

Una risa melodiosa inundó los oídos de Videl y, al hacerlo, sonrió mientras dos gruesas lágrimas le bajaban por las mejillas de forma incontrolable.

Soy un desastre, mamá. No me gusta que me veas así. Yo no soy… alguien de quien te puedas sentir orgullosa… —finalizó desviando la mirada hacia abajo.

Inmediatamente después, sintió la calidez de las manos de su madre tomándole la barbilla y levantándole la cabeza para mirarla con decisión.

No tienes ni idea de lo orgullosa que me siento de ti. Eres preciosa, inteligente, noble. Lo tienes todo, cielo. Simplemente, el destino no te puso en el camino a la persona adecuada. Pero creo que eso está cambiando, ¿verdad?

¿Te refieres a Gohan?

Sí. Te equivocaste en el pasado, pero no es algo que todavía no puedas enmendar. Te toca avanzar.

Pero, si estoy aquí significa que yo también estoy…

No ha llegado tu momento todavía, Videl. Tienes mucho más para dar. No me defraudes. No olvides que mamá te quiere y confía en ti.

Las palabras le resonaron en el cerebro con fuerza, pues la frase del final fue una de las últimas que le dijo antes de partir para siempre.

Lo recordó entonces todo. El embarazo, su matrimonio, su relación con Gohan, las manos de su esposo estrangulándola hasta que no pudo más. No quería volver a ese bucle sin salida.

Quería acurrucarse entre los brazos de su madre y quedarse dormida mientras le acariciaba el pelo.

Quería que su padre la pusiera sobre sus hombros mientras paseaban por el parque.

No obstante, se dio cuenta de que también quería otras cosas en su vida; tomar un café con Ireza y Sharpner, ver la sonrisa de Riu o seguir dando clases a sus alumnos en la escuela.

Quería volver a ver a Gohan.

Entonces, su madre comenzó a alejarse entre una niebla blanquecina y extraña.

¡Mamá! ¡Espera! —gritó entre lágrimas.

Es tu momento, Videl. Sé que harás lo correcto. No me defraudes —le repitió de nuevo.

Eso fue lo último que escuchó.

Después, voces alarmadas, las ruedas de una camilla, ajetreo generalizado.

Entreabrió los ojos y una luz blanca y cegadora impactó contra la claridad de sus iris.

Tal vez era mejor seguir durmiendo un rato.


-Vía de escape-

Capítulo 15. Por protegerte


Llevaba un tiempo sin volar, pero en cuanto Gohan recibió la llamada de Ireza y escuchó las palabras «Videl» y «hospital» en la misma frase, no dudó en abrir la ventana de su despacho e irse deprisa surcando el cielo.

Gohan quería ser humano por completo, alejarse lo máximo posible de su parte saiyajin porque le hacía daño recordar el pasado que su linaje había construido. Había decidido años atrás, por tanto, no volar y no sentir el ki de nadie a no ser que fuera estrictamente necesario. Como en ese momento, por ejemplo, en el que se concentró en sentir el ki de Videl, pero no pudo.

Las pulsaciones se incrementaron en su corazón de forma inigualable, pero intentó tranquilizarse. Tal vez estaba demasiado lejos para sentirlo o había perdido práctica. Pero claro, también existían las posibilidades de que estuviera tan débil que le fuera imposible percibirlo o que no pudiera sentirlo porque simplemente se había extinguido.

Y si eso sucedía, Gohan sabía que su vida no volvería a tener sentido nunca más.

Aceleró todo lo que sus fuerzas le permitieron y pronto llegó a la puerta del hospital que Ireza le había indicado. Entró corriendo y fue directo a hablar con la recepcionista.

—Perdone, necesito saber dónde está Videl Satán —dijo de forma atropellada, tanto, que la chica ni siquiera lo entendió.

—¿Disculpe…? Tranquilícese y después hable, señor. ¿Necesita un vaso de agua?

—No necesito nada —respondió Gohan intentando vocalizar un poco mejor y respirando profundamente en un vano intento por calmarse—, solo que me diga dónde está Videl Satán.

—¿Videl Satán? Oh, es la chica que entró ayer. Está en la habitación 405.

A Gohan no le hizo falta nada más. Se dirigió de nuevo hacia allí y cuando llegó, Ireza y Sharpner estaban en el pasillo, justo enfrente de la puerta. No podían ocultar sus caras de preocupación y de cansancio.

Si mal no recordaba, la recepcionista le había comentado que Videl llegó al hospital el día anterior, así que supuso que sus amigos llevarían allí toda la noche.

—¿Y Videl? ¿Cómo está? Necesito verla.

Gohan se aproximó hacia la muerta, pero Sharpner lo detuvo antes de que abriera.

—Gohan, sé cómo debes sentirte, pero tienes que tranquilizarte. La doctora acaba de entrar y todavía no sabemos nada. Nosotros no podemos pasar, solo podemos esperar.

—¿Sabes cómo me siento? ¿Lo sabes? ¿Está Ireza ahí dentro?

El hombre rubio abrió los ojos con sorpresa. Jamás habría esperado una reacción tan ruda proveniente de alguien tan calmado y pacífico como era el semisaiyajin. Claro que él nunca lo había visto consumido por la ira y la frustración.

—No está, tienes razón. Pero entrando ahora solo entorpecerás las cosas. Videl es mi amiga y también estoy preocupado por ella. Tal vez no al mismo nivel que tú, pero también lo estoy.

Gohan miró a sus amigos. Era cierto, se les notaba muy inquietos, por lo tanto, trató de respirar y calmarse.

Después de una hora en absoluto silencio, mientras Gohan sopesaba todas las posibilidades, recordó que Videl llevaba allí horas y él no había sido informado.

—Videl está aquí desde ayer, ¿verdad?

Sharpner abrió la boca para contestar, pero su esposa posó su mano en su brazo para que se callara y poder responder ella. Porque Gohan merecía una explicación apropiada.

—Así es.

—¿Y por qué no me lo has dicho antes, Ireza?

—No sabía… No sabía cómo hacerlo… —le respondió entre lágrimas. Entonces, Gohan se permitió también llorar.

Su llanto era silencioso, pero eso lo hacía mucho más doloroso de ver. Ni siquiera luchaba por apartarse las lágrimas del rostro.

En ese momento, Gohan se dio cuenta de que ni siquiera había preguntado por el motivo por el cual Videl estaba allí. Estaba tan preocupado que se había olvidado de algo tan fundamental como aquello.

—¿Qué es lo que le ha pasado?

Ireza tragó saliva.

Por Kami, ¿cómo le contaba que Videl había sido estrangulada y que sospechaba que había sido su marido quien lo había hecho?

—Gohan, yo… yo…

Sin embargo, justo antes de que la mujer rubia hablara, la puerta de la habitación se abrió y la doctora que llevaba el caso de Videl salió.

—¿Familiares de Videl Satán?

—Sí, somos nosotros.

—¿Cuál es vuestro parentesco con la paciente?

—Somos sus amigos —contestó Sharpner decididamente.

—¿No tiene un familiar más directo?

—No hemos querido avisar a su padre porque está delicado de salud y una noticia así no le haría bien —dijo Ireza.

En cierto modo, aquello era cierto, pero si había sucedido lo que ella sospechaba, tampoco era nadie para meterse en los asuntos de Videl y contarle a su padre sus problemas con su marido. Probablemente eso era lo mejor, pero conocía a su amiga muy bien y sabía que algo así no le gustaría.

—Bien. Videl está estable por el momento. Hemos tenido que ponerle oxígeno y controlar sus constantes toda la noche. Sufrió una hipoxia debida a un ataque por estrangulamiento.

Gohan frunció el ceño mientras oía aquel discurso. Quien se hubiera atrevido a hacerle algo así, tendría que vérselas con él.

—¿Por… estrangulamiento? —preguntó con ira.

—Sí, al parecer fue atacada. Una vecina escuchó ruidos y vio a un hombre encapuchado salir de su casa. Llamó a una ambulancia y por eso pudimos salvarle la vida. Se recuperará por completo en algunos días, pero lamentablemente el bebé no ha podido soportar la falta de oxígeno. Lo siento. Pueden entrar de uno en uno, pero no la alteren ni permanezcan mucho rato dentro. Si me disculpan, tengo más pacientes que atender.

—¿Bebé? ¿De qué bebé está hablando…? —preguntó Gohan con los ojos abiertos, rojizos, furiosos, y eso le dio mucho miedo a Ireza.

—Videl estaba embarazada —dijo Sharpner sin titubear porque sabía que su esposa no sería capaz de pronunciar ni una sola palabra más.

—Decidme que no sabíais esto, por favor. Decídmelo —rogó Gohan con lágrimas en los ojos mientras miraba directamente a la mujer—. Ireza, por favor.

Ella solo pudo contestar con una asentimiento y una explosión de llanto. Después, Sharpner la atrajo hacia su pecho para que pudiera desahogarse.

Todas las palabras de su amigo en el día anterior cobraban ahora sentido. Que hablara con ella. Que lo hiciera antes de que se marchara. Pero no le hizo caso. Empecinado en su idea de respetar las decisiones de Videl, le había fallado. Y ya no podría recuperar eso porque no podía dar marcha atrás en el tiempo.

Gohan llevó sus manos a su rostro para frotárselo. Debía mantener la cabeza fría. Debía entrar y ver a Videl. Y decirle que la amaba, que lo sentía, que la necesitaba y que, aunque le había fallado, quería estar a su lado.

Se secó las lágrimas con los puños con furia y después sujetó el picaporte de la puerta. Justo antes de entrar, suspiró para calmarse.

Cuando sus ojos se posaron en la cama, sintió unas náuseas inexplicables. El solo hecho de ver a Videl tumbada de lado, dándole la espalda y escuchándola llorar le partía el alma.

—Videl… —susurró tras cerrar la puerta y colocarse enfrente de la cama.

La mujer se movió para ponerse recta y poder mirar directamente al semisaiyajin. Las lágrimas corrían libres por sus mejillas y por más que intentaba quitarlas, sentía el rostro mojado continuamente, así que decidió desistir y no volver a hacerlo.

Mirar a Gohan no se sentía igual porque sus ojos negros ya no eran bondad radiante, sino tristeza y pesar. Videl sabía que todos los sentimientos sombríos que estaba experimentando eran culpa suya. En ese momento, deseó que jamás se hubieran vuelto a reencontrar, aunque ese fortuito encuentro para ella hubiese sido su salvación. Porque sabía que, a Gohan, su miserable vida lo había condenado.

—Estabas embarazada… Pensaba que no podías tener hijos.

—Yo también lo pensaba. La doctora me ha dicho que tengo endometriosis. Es difícil que me embarace, pero no es imposible.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Iba a hacerlo, lo iba a hacer de verdad, pero no pude… —susurró de forma quebrada—. Ni siquiera sé si era tu hijo… Era tan injusto para ti.

Gohan miró hacia el suelo mientras sentía una punzada de dolor en el centro del pecho. Si tan solo hubiese tenido la oportunidad de sentir su ki, estaba seguro de que lo habría sabido. Si el ki le indicaba una fuerza superior a la de un humano normal, no habría cabido duda de que el bebé era hijo suyo. Pero ya esa posibilidad se había esfumado y no regresaría jamás.

—Me da igual —contestó con decisión—. Era mi hijo.

Videl empezó a sollozar porque esas palabras confirmaban lo que sospechaba: que Gohan nunca la habría juzgado y la habría apoyado en absolutamente todo.

El hombre se acercó entonces a la cama y se sentó en el borde, justo enfrente de Videl, para sostener su mano entre las suyas.

—Lo siento tanto.

—Esto no es tu culpa. No lo es… —Gohan, quien estaba acariciando la mano de Videl con ternura, frenó en seco. Claro que no era su culpa, sino de la persona que la había atacado—. ¿Quién te ha hecho esto, Videl?

La mujer de mirada clara alejó sus ojos de los de Gohan con vergüenza y miedo y eso fue como un detonante que le hizo comprenderlo todo.

Los marcas que había visto más de una vez en su cuerpo. La forma nerviosa en la que reaccionó las primeras veces que se encontraron. El simple hecho de que alguien tan leal como Videl estuviese envuelta en una relación adúltera.

Todo cobró sentido y le hizo sentirse como el más inútil y miserable de los hombres.

Él, que siempre era reconocido por su gran inteligencia, no se había dado cuenta de que a la mujer que amaba la maltrataba su marido. Y las señales estaban ahí; siempre habían estado. Y ahora Gohan se sentía como alguien negligente, culpable, como si las hubiese ignorado deliberadamente.

—Gohan… —murmuró Videl todavía sin ser capaz de entrelazar su mirada azul con la negra de Gohan.

—Ha sido él, ¿verdad? Tu esposo ha sido quien te ha hecho esto.

Videl, por fin, fue capaz de mirarlo. Asintió débilmente, esperando cualquier reacción excepto la que Gohan tuvo.

El semisaiyajin se levantó de la cama y fue hacia la ventana, apoyó las manos en el alfeizar y se quedó mirando hacia el cielo con los ojos perdidos en la inmensidad del horizonte.

Lo que Videl no pudo prever fue que el muro que estaba al lado de la ventana comenzó a resquebrajarse por la fuerza del agarre. El color del cabello de Gohan comenzó a volverse rubio de forma intermitente y, al darse la vuelta, pudo ver que sus ojos también cambiaban de color a un verde esmeralda. La mirada afilada y los puños, que ahora se apretaban a los costados de su cuerpo, no se sentían como un buen presagio.

—Te juro que le haré pagar. Te juro que esto que te ha hecho no quedará así.

Por primera vez en su vida y para su pesar, Videl sintió miedo de Gohan. El hombre siempre había sido un aluvión de esperanza para su ser, pero esa mirada asesina y furiosa le daba pavor. No quería sentir eso, no con alguien tan especial, bondadoso y puro como lo era él.

Por lo tanto, cuando pasó por su lado para salir de la habitación, Videl sujetó su mano antes de que se marchara.

—No me hagas esto, Gohan. Tú no. Cualquiera menos tú.

Gohan abrió los ojos y la transformación lo abandonó por completo. Los ojos cristalinos y exhaustos de Videl le decían que no podría soportar otra decepción así y él no quería suponerle una carga ni ser motivo de su sufrimiento.

Por eso, se le ocurrió una idea que la volvería a hacer sonreír. Que volvería a mostrarle a la Videl que era cuando estaban juntos.

—Tengo que irme —dijo dirigiéndose hacia la puerta—. ¿Vendrás a vivir conmigo cuando te recuperes?

Videl, entre las lágrimas amargas, sonrió.

—Por supuesto que sí.


No recordaba la última vez que había volado durante tanto tiempo y tan rápido, pero el motivo merecía la pena.

Al salir del hospital, Gohan fue a casa de Bulma, le pidió el radar para buscar las Bolas de Dragón, las reunió en tiempo récord y se fue a un sitio apartado para que nadie pudiera verlo.

Shenron apareció después de que pronunciara las palabras adecuadas. Lo había visto en varias ocasiones, pero ninguna había sido tan determinante y trascendental como esta para él. Para su estabilidad emocional y mental, más bien. Para no cargar con la culpa para siempre.

—Bien, ¿cuáles son tus deseos?

Gohan cerró los ojos y respiró profundamente antes de contestar. Iba a salir bien, tenía que salir bien o su alma no podría soportarlo porque no podría arrastrar tanto peso.

—Devuélvele la vida al hijo de Videl.

—Lamentablemente, no puedo hacer eso. No puedo devolverle la vida a un ser que aún no había nacido. Esto trasciende mis poderes.

Las piernas del semisaiyajin se quedaron sin fuerzas y sus rodillas chocaron contra el suelo produciendo un gran estruendo por el impacto.

—No… Tiene que haber alguna manera…

—No la hay —continuó el dragón solemnemente.

Toda su vida había estado acostumbrado a que, cuando las cosas salían mal, siempre había una solución. Porque su padre y sus amigos eran seres extraordinarios con poderes, porque conocía a dioses y a héroes, porque tenían un artefacto mágico que cumplía deseos imposibles.

Y saber que esto no tenía arreglo le había caído como un jarro de agua fría. La culpa, que se cernía sobre él, tenebrosa, había aterrizado sobre sus hombros y nunca más lo abandonaría. Sería algo con lo que tendría que lidiar durante el resto de su vida.

Entonces, Gohan estrelló sus puños contra el suelo, abriendo grietas debajo de sus manos, mientras temblaba y sollozaba. Porque había fallado.

Y, al contrario de lo que sucedía siempre, esta vez no lo podría arreglar.


—¿Estás lista?

—Sí —afirmó sonriendo Videl tenuemente.

Sus sonrisas ya no eran las mismas que antes, pero necesitaba hacer un esfuerzo para que Gohan estuviera bien; para que ella misma lo estuviera.

Como el deseo que Gohan había pedido a Shenron no había sido posible de cumplir, le había solicitado que sanara por completo a Videl. Podría haberlo hecho con una senzu, pero ya que lo había llamado, que no fuese en vano.

Por lo tanto, esa misma tarde, Gohan había ido a recoger a Videl al hospital para llevarla a su casa. Porque ya nunca volvería a permitir que algo le pasara. Ahora estaría al cien por cien para ella, justo como debió haber estado siempre.

Sharpner e Ireza se ofrecieron a llevarlos en coche, pero prefirieron ir en taxi.

El camino no fue muy largo, pero sí estuvo sumido en un silencio tenebroso y extremadamente incómodo; el más extraño y desesperanzador que habían compartido jamás.

Al entrar en la casa, Gohan, con los nervios a flor de piel, se puso a hablar en una verborrea constante para destensar el ambiente.

—Podemos ir a buscar tus cosas otro día. O comprar nuevas, como tú prefieras. Mi armario está medio vacío, así que…

—Gohan —lo interrumpió Videl, colocándose enfrente de él. Se aproximó todo lo que pudo a su cuerpo y posó las manos en su pecho para después besarlo despacio—, hazme el amor.

El hombre frunció el ceño con sorpresa, la sujetó por los hombros para apartarla suavemente y poder así mirarla. En sus ojos había desesperación, ansias, temor, pero también amor y verdad.

—Videl, creo que es demasiado pronto para esto. Yo…

—Por favor, lo necesito. Te necesito.

Gohan comprendió entonces que más que placer sexual, lo que Videl necesitaba era sentirse amada de nuevo, sentir que tenía un lugar en el mundo; sentir que podía volver a sanar sus alas rotas y a volar.

Entonces, la besó despacio, la condujo hacia el cuarto, la desnudó con paciencia y lentitud ceremoniales, la tumbó en la cama y se desnudó él también.

La besó como nunca antes, durante mucho tiempo, durante segundos que fueron una eternidad, que incluso le entumecieron los labios, pero le dio igual. Porque, si con sus actos podía aliviar un poco su dolor, lo haría. Haría todo lo posible por recuperar a la Videl de siempre, a la que nunca debió dejar ir con su indiferencia transformada en responsabilidad y respeto.

Le hizo el amor con caderas suaves, pausadas, pero que demostraban más arrepentimiento que amor. Y no se sintió igual. No fue amoroso ni pasional, sino más bien un grito desgarrado por el que ambos pedían redención por todos los errores que habían cometido.

Al acabar, Gohan se quedó tumbado sobre el pecho de Videl, repartiendo besos en su escote de forma intermitente.

Pero no estaba bien. Nada estaba bien. Y si no lo sacaba de sus adentros, no podría volver a estarlo de nuevo.

Videl sintió su pecho humedecido por las lágrimas de Gohan y llevó sus manos temblorosas hasta su cabeza para estrecharlo contra ella.

—Lo siento, Videl. No pude hacer nada por protegerte —sollozó contra los senos de la mujer y luego bajó su mano hasta colocarla en su vientre; aquel que ya no albergaba vida alguna en su interior—, por protegeros… Todo esto es mi culpa. Soy mucho peor que él.

—Ni se te ocurra decir eso —reprochó mientras pasaba las manos desde la parte de atrás hasta su rostro para que la mirara—. Tú me has salvado, Gohan.

La única respuesta que tuvo fue la del semisaiyajin hundiendo de nuevo su rostro en su pecho para poder descargar toda la frustración que tenía corroyéndolo por dentro. Ella, en silencio, le acarició el pelo.

Nunca se habían sentido tan vacíos estando en compañía del otro como en ese momento.


Respuesta a los reviews anónimos:

Sandy: ¡PERO NO ME DEJES ASÍ! Cuando tengas una teoría, cuéntamela, que me has dejado muy intrigada, jajaja. Muchas gracias por comentar.

A los que tenéis cuenta, os sigo contestando en privado. :D


Nota de la autora:

No soy tan mala como para matar a Videl, de verdad que no lo soy.

A veces, si soy sincera, se me olvida que escribo sobre mundos en los que todo es posible. La escena del deseo a Shenron no se me ocurrió hasta que leí un comentario. Por cierto, la idea de que no se pueden resucitar a bebés que no han nacido no es mía, sino de un fic Gochi que leí hace mil y del que no recuerdo ni autor ni nombre. Si alguien lo sabe, que me lo diga, por favor.

Y otra cosa, la hipoxia es una falta de oxígeno en el cerebro y la endometriosis es una enfermedad que afecta al sistema reproductor femenino y que puede dificultar el embarazo.

Solo dos capítulos para el final y yo estoy que me muero. No quiero pensar que va a llegar un día en el que no vuelva a escribir esta historia. Pero bueno, todo acaba y Vía de escape no será una excepción.

Gracias por vuestro cariño. Os adoro y os llevo en mi corazón para siempre.

Nos leeremos en el próximo capítulo.