Gohan visualizó a lo lejos la figura de Videl.
Estaba en un prado lleno de flores, lleno de vida, y parecía sostener la mano de otra figura más pequeña.
Cuando pudo enfocar su vista, se dio cuenta de que era un niño pequeño.
Sonrió feliz. La vida era preciosa con su familia al lado, todo era perfecto y no podía recordar la última vez en la que su corazón había latido con tanta dicha.
Sin embargo, de repente, el cielo se oscureció, el niño se desvaneció y Videl se dio la vuelta con sangre saliendo de sus ojos, que estaban vacíos, huecos, negros, que no podían mirarlo y tampoco volverían a hacerlo nunca más.
—¡Videl! —gritó mientras estiraba la mano para alcanzarla.
Pero no podía hacerlo.
En cambio, Videl comenzó a ser absorbida por una mancha oscura del suelo. Y sus ojos, aún negros, estaban justo dirigidos en su dirección, pidiéndole ayuda.
Gohan sintió un escalofrío y siguió gritando su nombre, pero la voz, de un momento a otro, ya no le salía, sus músculos no se movían y Videl desaparecía sin que él pudiera hacer nada para remediarlo…
Con un fuerte jadeo de impotencia, Gohan despertó aquella madrugada empapado en un sudor frío y que le recorría todo el cuerpo.
Se sentó por mero instinto en la cama y se dio cuenta de que tenía los puños fruncidos a los lados de su cuerpo. Se sintió aliviado por no haber gritado entre sueños para no despertar a la persona que estaba durmiendo a su lado.
Videl, con la respiración en calma, le daba esa noche la espalda. Gohan podía sentir que estaba profundamente dormida por el vaivén tranquilo de su cuerpo y suspiró.
Estaba ahí, no había desaparecido ni nunca lo iba a hacer. Porque él se aseguraría de resguardar su bienestar. Le acarició levemente el pelo y después el hombro. Videl se dio la vuelta entre sueños y Gohan se quedó fijamente mirando su rostro.
Detrás de esa expresión de sosiego, sabía que había dolor, que había rabia y frustración. Y lo sabía porque él también sentía lo mismo.
Se inclinó un poco para darle un beso en la frente y después decidió levantarse.
Eran las cinco de la madrugada, pero sabía que, después de experimentar esa pesadilla llena de horror, no podría volver a dormirse.
Ese día comenzaría mucho antes de lo previsto y Gohan no lo sabía, pero también estaría lleno de inesperados acontecimientos.
-Vía de escape-
Capítulo 16. Una única oportunidad
Los días pasaban de forma inusualmente calma, sin cambios bruscos ni variaciones, pero con un ambiente de extrañeza que lo inundaba absolutamente todo.
La vida seguía su curso, las clases tanto de Gohan como de Videl en la universidad y en la escuela continuaban, todo pasaba igual que siempre, sin que nadie supiera que dos corazones estaban en vela, porque, aunque estaban juntos, nada parecía ser como antes.
Nada se sentía correcto ni mucho menos igual que en los tiempos en los que Gohan y Videl empezaron su relación.
Llevaban algunas semanas viviendo juntos, pero la sensación de desasosiego que los dos tenían instalada en el centro de su pecho no los abandonaba.
La mujer simplemente le había dicho a su padre que se había separado de Hiro porque su relación llevaba muerta desde hacía mucho tiempo, pero que siempre habían conseguido seguir aparentando que todo iba bien y que seguían siendo felices, aunque eso último sí era cierto.
Sin embargo, no había sido capaz de contarle ni sobre el intento de acabar con su vida por parte de su esposo ni tampoco que había estado embarazada y había sufrido un aborto debido a aquel ataque.
No podía hacerle eso a su padre. Sentiría tanto dolor, tanta culpa por no haber sabido ver lo que le estaba pasando que eso le destrozaría el corazón. Y, en consecuencia, a ella también.
Y no era justo.
Así que le había dicho que se iba a vivir con una amiga mientras él le suplicaba que fuera a vivir a su casa.
Había pensado en contarle a Mr Satán que ahora estaba viviendo con otro hombre porque se había enamorado de él, pero, tristemente, sabía que eso le daría una imagen que no se esperaba y que tampoco quería que su padre tuviese.
Videl, además, había decidido no interponer una denuncia contra Hiro. Sabía que se estaba escondiendo en algún sitio y probablemente Gohan lo tuviese controlado al poder percibir su ki, así que no había problema con eso.
Por esa parte, no estaba asustada porque sabía que el semisaiyajin la protegería a toda costa —ahora mucho más que antes—, pero no quería que se produjese un enfrentamiento entre ambos hombres, porque no soportaría la idea de ver a Gohan con la furia que expresaban sus ojos en la habitación del hospital cuando se enteró de que había sido Hiro el causante de todo su dolor durante años.
No quería tenerle miedo como se lo tenía a su esposo.
Gohan era un ser puro, cuya bondad era inexplicable y le producía verdadero terror pensar que ella con su pasado lóbrego y tóxico lo convirtiera en alguien violento, alguien oscuro y vengativo. En alguien opuesto a su esencia.
No obstante, sabía que algo entre los dos se había quebrado desde el día en el que volvieron a la casa de Gohan e hicieron el amor entre suspiros arrepentidos y angustiosos, que marcaron un antes y un después en su ahora resquebrajada relación.
Gohan intentaba olvidarlo todo, comportarse como siempre, dedicarle a Videl todas las atenciones que merecía. Y lo estaba haciendo, pero sabía que ella no estaba bien y que no podía esconder la soledad y la desesperanza en el brillo azul de su mirada y en sus silencios melancólicos y llenos de un sentimiento vacío, pero que él no podía llegar a interpretar totalmente.
Nunca podría comprenderlo, en realidad.
Videl todavía no había tenido la oportunidad de ir a su antiguo apartamento a recoger sus pertenencias, porque Gohan no quería que fuera sola, ya que le aterraba la idea de que Hiro pudiera atacarla de nuevo y que él fallara en su objetivo de mantenerla a salvo.
Porque si algo estaba estancado en el corazón de Gohan, era un sentimiento de decepción consigo mismo.
No se había sentido de esa forma desde que su padre se sacrificó para derrotar a Cell. Y, probablemente, ahora esa sensación la tenía pero multiplicada por cien.
Esa memoria sería ahora también imborrable y estaba seguro de que jamás podría eliminar de sus recuerdos ni la sonrisa de su padre antes de morir, ni los ojos asustados y tristes de Videl mientras le contaba que nunca estarían seguros de si era el padre del hijo que una vez creció en su vientre.
Además, sus más recientes pesadillas apoyaban el hecho de que no podría soportar que Videl se alejara de él.
Aquel día, cuando Videl se levantó, le dijo a Gohan que iría a visitar a Ireza. Era fin de semana y la mujer de mirada clara le comentó que necesitaba distraerse un rato con su amiga.
Gohan no entendía que le diera tantos detalles e incluso en su tono de voz parecía estarle pidiendo permiso, pero suponía que era a lo que estaba acostumbrada a hacer con su esposo.
No podía evitar estar constantemente sintiendo su ki mientras no estaba en casa. Y no se sentía bien haciéndolo porque era como si coartara así su libertad, como si la estuviera controlando, pero no podía controlarlo.
Entonces, cuando Videl se fue y se quedó solo en su casa, empezó a pensar sin cesar en todo lo que le había ocurrido en los últimos meses.
Su estado mental no estaba en su mejor momento y él mejor que nadie lo sabía, pero debía aparentar que era fuerte para que Videl no se desmoronara. Porque sabía que si ella estaba mal, en consecuencia, estaría intranquilo también.
Sin embargo, mientras estaba sentado en el sillón del salón de su casa, escuchó las llaves metiéndose en la cerradura y la puerta abriéndose.
—¿Has echado de menos a tu hermanito? —dijo el menor de los Son en tono de broma cuando entró a la estancia.
Gohan sonrió débilmente, pero también con sinceridad.
—Claro que sí —dijo mientras posaba sus ojos en los idénticos de su hermano.
Goten pudo notar que algo no andaba bien, pero decidió no indagar porque no quería presionarle y porque sabía que su hermano mayor no era alguien a quien le gustara hablar de sus propios sentimientos.
Siempre había sido así. Recordaba bien cuando era un niño y él era adolescente. Nunca, jamás había visto a Gohan llorando o tan siquiera un poco triste. Y sabía por todo lo que había pasado porque todo su entorno se había encargado de contarle las hazañas y aventuras del héroe que resultaba ser su padre.
Por supuesto, también conocía la parte mala.
La soledad de su madre. La culpa de su hermano. Las noches enteras que pasó sin dormir porque Chichi lloraba desconsolada y Gohan se daba cuenta de que estaba triste e iba a intentar animarla.
Sabía que su madre y su hermano tenían una relación especial, un vínculo inquebrantable y jamás se había sentido celoso de ello. Porque fue por Gohan que Chichi fue capaz de resurgir, de prosperar y de criarlos a los dos con un amor infinito e inconmensurable.
Se dirigió entonces hacia la cocina y abrió la nevera en busca de cerveza. Cogió dos y se fue de nuevo al salón.
Cuando llegó, se sentó a su lado y deslizó una hacia su hermano en ofrecimiento, pero este negó con la cabeza y con la sonrisa melancólica todavía instalada en sus labios. Goten se quedó mirándolo con el gesto serio. No le agradaba nada verlo así.
—¿Cómo has estado? Llevo un tiempo sin venir por aquí, ¿verdad? Eso no debería ser así.
—Estoy bien, Goten. Y sí, deberías venir más a visitarme.
El menor de los hermanos comenzó a viajar con su vista por la habitación. Había algo un poco raro en el ambiente y se dio cuenta de lo que era en cuanto vio que había unas zapatillas de mujer al lado de un mueble del salón.
—Gohan —dijo arrastrando las palabras con un tono de picardía inevitable—, ¿de quién son esas zapatillas? Y no me digas que son tuyas porque no tienes los pies tan pequeños.
Gohan miró en la dirección que apuntaba Goten y después le habló.
—Son de Videl —contestó rotundo—. Estamos viviendo juntos ahora.
Goten abrió los ojos con sorpresa. Eso era totalmente inesperado para él sin duda alguna y que lo dijese con tanta naturalidad fue lo que de verdad lo asombró.
Si bien Gohan le había contado a su hermano que había tenido algo con Videl —sin especificar realmente qué era—, también era consciente del hecho de que la mujer estaba casada y de que entre ella y Gohan existía una relación adúltera y, por lo tanto, compleja.
—Eso es… ¡Eso es genial! —exclamó sonriendo con alegría—. Entonces, ¿ha dejado a su marido?, ¿estáis ahora juntos?
La respuesta de su hermano mayor, sin embargo, lo dejó frío.
—Sí… —susurró con un leve asentimiento de la cabeza y con la maldita sonrisa vacía y sin sentido en sus labios.
Cómo odiaba Goten esa sonrisa.
Los dos hombres estaban sentados en el sofá, uno al lado del otro, con las remembranzas de la misma escena, pero años atrás y siendo los dos mucho más felices e inocentes.
Goten tenía siete años y miraba a su hermano mientras le contaba cómo le había ido el día en el instituto y lo intrigado que estaba por una chica de su edad que acababa de conocer mientras su madre preparaba la cena.
Pero eso solo era un recuerdo.
La realidad era mucho más tensa, pues Gohan parecía tener todos los elementos precisos en su vida para ser feliz y no lo era. Y eso le producía mucho desasosiego a Goten.
—Ey, Gohan… ¿qué pasa?
—¿A qué te refieres? Todo va bien.
El chico, al ver los ojos negros de Gohan gritando por auxilio en silencio, suspiró y se decidió a hablar. Aunque al principio había pensado que era mejor no indagar más —y en realidad no lo haría—, no podía dejar las cosas así.
—No me lo cuentes si no quieres, pero no intentes engañarme o tratarme como si aún fuera un niño, por favor. No soy tan estúpido como todos pensáis.
Gohan desvió la mirada aterrorizado de abrirse y expresarle toda la angustia que estaba experimentando a alguien. Aunque fuera su hermano. La sonrisa falaz por fin se desvaneció.
Tras unos segundos, lo miró serio.
No, realmente no se lo contaría explícitamente, porque no quería compartir sus cargas con nadie, mucho menos con alguien que le importaba tanto.
Sin embargo, necesitaba derrumbarse, necesitaba dejar de ser la persona perfecta que todo el mundo pensaba que era. Necesitaba expresar que absolutamente nada estaba bien en su vida últimamente, a pesar de que por fin había conseguido lo que más anhelaba, es decir, tener a Videl a su lado.
Por lo tanto, sin mediar una palabra más, Gohan abrazó a su hermano como nunca, jamás, lo había hecho y tembló; tembló bruscamente contra su cuerpo.
No lloró, no le contó nada, no se quejó. Solo lo abrazó y, en ese momento, los papeles parecieron intercambiarse: Gohan era ahora el hermano inexperto, inseguro, expuesto, que necesitaba el cariño de Goten.
Y él, sobrepasado por las emociones de ver a su más absoluto referente rompiéndose, solo afianzó el abrazo, dándole una ruda pero cálida caricia con un movimiento en su espalda de forma intermitente.
Después de unos minutos, Gohan cortó el abrazo algo avergonzado, pero increíblemente aliviado por haberlo propiciado.
El ambiente se relajó y los hermanos hablaron durante horas, comieron juntos y pasaron la mayor parte de la tarde en la casa de Gohan.
A las pocas horas cuando el menor de los Son se había ido, ya siendo de noche, el hombre se percató de que Videl no había llegado, pero también de que, con la emoción del sentimental momento con Goten, no había tenido controlado su ki en todo el día.
Le extrañó que llegara tarde, pero no quería que Videl sintiera que a él no le gustaba que estuviera con su amiga.
Pensó, en un principio, en llamarla o incluso a Ireza, pero sabía que era mucho más rápido sentir su ki y quedarse tranquilo al saber que estaba bien.
Fuera, comenzó a llover con fuerza y algunos rayos a precipitarse contra la ciudad.
Cuando Gohan logró dar con el ki de Videl, se levantó de inmediato, su ceño se frunció con furia y, a pesar de la lluvia torrencial que estaba cayendo, salió de la casa y comenzó a volar en su dirección.
Porque Videl no estaba sola en ese momento, no. Pero su compañía no era la de Ireza, sino la peor que podría imaginar.
Eran las cinco de la mañana cuando Videl despertó por el sobresalto de Gohan. No era la primera vez que lo escuchaba teniendo pesadillas.
Se hizo la dormida porque no quería atosigarlo, pero era muy consciente de que todo ese asunto le estaba dejando una huella psicológica terrible, la cual ni siquiera estaba segura de que ella misma pudiese borrar.
No quería alejarse de su lado, pero no sabía si eso era lo mejor.
Si Videl tenía poco amor propio antes de perder a su bebé, ahora era nulo.
Llevaba semanas sin mirarse detenidamente a un espejo, sin pensar en ella, ni siquiera le había importado demasiado no ir a recoger su ropa al apartamento que solía compartir con su marido.
Por eso, esa mañana decidió que debía ir a respirar aire fresco y llamó a Ireza, que siempre había sido y sería una buena compañía.
Pasó toda la mañana con ella y después fueron a comer juntas, recordando los viejos tiempos en los que eran unas adolescentes alocadas —Ireza mucho más que Videl— y también, épocas donde eran mucho más unidas.
Era cierto que su amistad era muy especial, pero Videl tenía que reconocer que el distanciamiento que ella misma había impuesto obligada por su marido había hecho que estuvieran sin verse muchos años. Demasiados.
Sin embargo, al final eran las mismas, eran como hermanas y tenerse la una a la otra siempre era como un bálsamo de tranquilidad para las dos.
Sentadas en una cafetería por la tarde, Videl se quedó mirando el ventanal que tenía al lado en un momento en el que ambas estaban en silencio.
Una de sus manos yacía sobre la mesa, mientras que la otra estaba posada en su mejilla, y su codo, apoyado en la superficie de la mesa.
Repentinamente, sintió la calidez de la mano de Ireza envolviendo la suya y se giró a mirarla extrañada.
Su amiga la observaba con una especie de sentimiento de compasión que no le gustaba nada, porque, si algo detestaba Videl, era que le tuvieran lástima.
No había sido capaz de hablar con nadie que no fuera Gohan de los abusos y maltratos de Hiro —de hecho, ni a Gohan le había contado en demasiada profundidad—, pero sus amigos sabían bien todo lo que había sucedido.
—Videl, ¿estás bien? —cuestionó la mujer rubia mientras le apretaba la mano y le sonreía con comprensión y complicidad.
La hija de Mr Satán se quedó meditando esas palabras.
¿Estaba bien? No estaba realmente en condiciones de contestar porque no lo sabía. Se suponía que debería estarlo, porque por fin estaba al lado de la persona que amaba, pero la sombra de Hiro era demasiado alargada y le había hecho tanto daño que su mente y su alma todavía no habían sanado por completo.
Y, de hecho, no estaba segura de que pudieran hacerlo nunca.
—Sí —respondió en un suspiro.
—Yo… —musitó Ireza con un tono de arrepentimiento que hacía que su voz temblara— siento mucho no haber sido capaz de ayudarte.
—¿Qué?
—Siempre tuve la sospecha de que pasaba algo con Hiro y no hice nada…
Videl devolvió el agarre de la mano a su amiga y la miró con fijeza.
—Esto no es tu culpa. Es solo mía por no haberlo frenado a tiempo.
—No digas eso. La víctima nunca es la culpable, sino la persona que hace daño.
La víctima.
Qué palabra tan repugnante le pareció a Videl en ese momento. Porque esa palabra le recordaba lo ingenua, manipulable, moldeable y débil que había sido. Le recordaba que alguien había sido capaz de dominarla y cambiar su esencia por completo.
Y realmente no era su culpa —Ireza tenía toda la razón—, pero estaba convencida de que todo lo que había pasado no era responsabilidad de nadie más que de ella. Y ahí estaba el gran problema.
—Bueno, de todas formas, ahora estoy con Gohan y ayer fui a ver a mi abogado para ver si puedo empezar los trámites de divorcio. El problema es que puede ser que necesitemos el consentimiento de Hiro.
—Ya verás como todo saldrá bien. Estoy convencida.
Videl le sonrió a su amiga y después cambió de tema.
Con el transcurso de algunas horas más, decidió que ya era tiempo de marcharse. Estaba oscureciendo y no quería ser la causa de la preocupación de Gohan por nada en el mundo.
Sin embargo, de camino a su nuevo hogar, pensó en que no sería mala idea ir al apartamento donde solía vivir para por fin recoger sus cosas. Sabía que al semisaiyajin no le gustaría la idea de que hubiese ido sola, pero, en cierto modo, lo necesitaba para cerrar ese macabro capítulo de su vida.
Además, Hiro no era tan estúpido como para estar allí, porque si bien Videl había decidido no ponerle una denuncia, él podría sospechar que sí lo había hecho y no era buena idea esconderse en el sitio donde había intentado matarla.
La mujer metió la mano derecha en su bolso, comprobando después que tenía allí las llaves.
Al entrar en la casa, todos los recuerdos le golpearon el cerebro e incluso le entraron ganas de llorar, pero se contuvo. Todo estaba exactamente igual que el día en el que todo había sucedido. En el que había perdido a su bebé y casi su vida.
Respiró profundamente para calmarse y se dirigió hacia su habitación para hacer la maleta con toda su ropa y otras pertenencias.
Al terminar, fue hacia el salón y justo antes de salir, sintió un aliento conocido en su nuca.
—Videl…
El vello de todo el cuerpo se le erizó, tiró la maleta al suelo e intentó escapar, pero no pudo, pues Hiro la sostuvo del antebrazo para atraerla hacia sí mismo.
—Suéltame —le espetó con ira.
Hiro rio al aire.
—Llevo unos días siguiéndote, ¿sabes? Crees que tu vida va a ser perfecta porque estás con el idiota ese, pero tú eres mía y siempre lo vas a ser.
Videl, ante aquellas asquerosas palabras, le escupió en el rostro, lo que provocó que el hombre clavase sus ojos verdes, fieros, en los suyos. Después, le dio un puñetazo en el pómulo mientras le seguía sujetando el antebrazo para que no tuviera opción de escaparse.
La llevó a una silla para sentarla y atarla y, a lo lejos, el sonido de un rayo, antecesor de la tormenta que estaba por llegar no solo al exterior, sino también al interior de aquella casa, rompió el silencio.
—Tienes un problema muy grande. Esta vez no creo que pueda contener a Gohan —le dijo Videl con una sonrisa de superioridad en el rostro, pero deseando con todas sus fuerzas que su marido se asustara y se fuera y que realmente Gohan nunca llegara.
—¿Qué crees que me va a hacer el imbécil ese a mí?
Justo al acabar de proferir aquella frase, un ruido muy fuerte se escuchó y la puerta principal se desplomó en el suelo. Gohan lo miraba desafiante, estaba empapado y no llevaba sus gafas puestas.
Y entonces Videl vio la furia reflejada en sus orbes negros, pero de forma mucho más severa que en el hospital; mucho más severa que con la transformación que hacía a su cabello dorado y a sus ojos color esmeralda.
Sin embargo, viró su vista hacia ella por un momento y su mirada se suavizó por completo. Se acercó, le acarició la mejilla hinchada y después le dio un beso en la frente. La desató y la ayudó a ponerse de pie. Mientras tanto, Hiro, desde el otro extremo de la habitación, los miraba atónito.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió Videl suavemente mientras le acariciaba el rostro—. Vámonos a casa.
De un momento a otro, Hiro se comenzó a reír de forma desquiciada, con la locura latente en cada una de sus carcajadas.
—Esto es gracioso… ¡Esto es muy gracioso! —dijo entre risas—. ¿Me has cambiado por este imbécil? ¡Es increíble!
—Tú… —susurró Gohan con tono de voz bajo, pero grave, separándose de Videl y acercándose lentamente hacia él— Mataste a mi hijo.
—¿Tu hijo? —preguntó sorprendido, mirando esta vez a la mujer—. Espera, espera, espera. ¿Lo que me querías decir era que estabas embarazada, Videl? —Hiro empezó a reírse de nuevo—. No me lo puedo creer. Tu hijo. Es gracioso que digas eso porque, todo el tiempo que ha estado contigo, me he estado acostando con esta ramera. Así que, a lo mejor no era tuyo como pensabas. Pero, si soy sincero, me alegro infinitamente de que ese bastardo nunca vaya a nacer.
Esas palabras fueron suficientes para el semisaiyajin, quien no pudo contener su transformación por la ira que comenzó a recorrerle todo el sistema por completo.
Sin embargo, pensó las cosas con su parte guerrera, con sus instinto asesino, y la abandonó. Bajó su ki a cero y se dirigió hacia él despacio.
Como era un simple humano, estaba seguro de que sería muy fácil matarlo y lo quería hacer de forma lenta, tortuosa, para que sufriera. Quería regar el suelo de la habitación con su sangre, escuchar sus músculos desgarrándose y sus huesos rompiéndose.
Porque sí, en ese momento, lo único que Gohan quería era destrozar a quien había hecho daño a la persona que más amaba en el mundo; a quien no había permitido que viviese su futuro plenamente.
Le asestó un puñetazo que le descolgó la mandíbula casi por completo y sonrió de medio lado, como hacía mucho tiempo que no le sucedía.
La sangre comenzó a brotar, los gritos agónicos a ser expulsados de la garganta del hombre de forma incontrolada y su cuerpo se desplomó en el suelo.
Mientras tanto, Videl miraba a Gohan aterrorizada. No era capaz de moverse, no era capaz de actuar, pero, cuando lo vio con el puño alzado y haciendo el amago de agacharse, sus piernas por fin lograron moverse.
Sabía que si Gohan le daba ese golpe, sería el final. Y no quería que cargara con una muerte a sus espaldas para siempre, no podía permitir eso. Sería un cargo de conciencia demasiado grande para ella también.
Por lo tanto, se abalanzó para abrazar su espalda con anhelo y todos los movimientos de Gohan se pausaron.
—No hagas esto, Gohan —susurró contra su espalda entre tenues sollozos—. Tú no eres así. Eres… Eres mi única oportunidad. Por favor, no lo hagas…
El semisaiyajin respiró profundamente, tomó las manos de Videl entre las suyas, que estaban posadas en su estómago, las apartó y se dio la vuelta para mirarla.
Llevaba razón. No podía permitirse defraudarla él también.
Videl tenía el rostro empapado por las lágrimas y todo a causa de su rabia. Se las limpió con la mano y después le acarició la mejilla.
—Llama a la policía, Videl.
—¿Qué…?
—Vamos, hazlo.
—Pero, entonces, tú…
—Hazlo —insistió.
Cuando la policía y una ambulancia llegaron, Gohan y Videl fueron a la comisaría para prestar declaración, mientras que Hiro fue llevado a un hospital. Probablemente, su rostro quedaría desfigurado de por vida, pero era el precio que debía pagar por todos sus crímenes, aparte de pasar bastantes años encerrado en una celda.
Gohan sería investigado por el incidente, pero dejaron que se marchara. La justicia pondría en trámite forzoso, además, el divorcio de Videl y Hiro, al ser un caso excepcional de violencia de género reiterada.
Al llegar a casa, ambos fueron hacia el dormitorio y se tumbaron en la cama para abrazarse.
Y, a pesar de que ya todo había acabado, Videl no sabía si iba a ser capaz de volver a ser feliz, ni aun estando por fin junto a Gohan.
Nota de la autora:
No me lo puedo creer. Solo queda uno para el final T . T estoy triste. :(
Bueno, dejando atrás este sentimiento de melancolía que estoy experimentando, aquí está este capítulo. Creo que era muy necesario que algo así pasara porque Hiro realmente se merecía pagar, pero no puedo imaginar a Videl satisfecha viendo a Gohan haciéndole daño.
¿Apuestas para el final? Ya lo tengo pensado, pero me gustaría leer vuestras conjeturas.
Muchas, muchas gracias de verdad por vuestro apoyo. Nunca me cansaré de deciros lo geniales que sois.
Nos leeremos en el próximo y último capítulo de este viaje tan precioso que ha sido para mí Vía de escape.
