-Vía de escape-
Capítulo 17. Catarsis
Al despertar aquella mañana, lo primero que vio Videl fue la ancha espalda de Gohan, que dormía a su lado. En realidad, no se podía considerar que fuera por la mañana y tampoco que hubiese despertado, pues su noche había estado llena de sueños intermitentes y muy ligeros.
Habían pasado varios meses desde que todo con Hiro acabó y estaba en una relación verdadera con Gohan. Era ya una mujer divorciada que intentaba escapar de los recuerdos lúgubres de sus años de matrimonio. Sin embargo, la espantosa huella que su exmarido había dejado era grave, era profunda y todavía la tenía malherida y con el corazón sangrándole y gritándole en su interior que no estaba bien.
El agujero era hondo. Era demasiado intenso el vacío que sentía desde hacía años. En los últimos tiempos, con la llegada del semisaiyajin a su vida, había pensado que podría llenarlo. Porque el amor es así, lo ocupa todo, lo sana todo, lo revive todo. ¿Pero de verdad el amor de una persona valía para hacer florecer todas las cosas muertas en el interior de su corazón, si no era aún capaz de amarse a sí misma? Unos días atrás, había llegado a la conclusión de que no. De que vivía en una mera ilusión de mejora, de cambio y, aunque su situación en compañía de él había mejorado notablemente, se sentía igual: vacía.
No era culpa de Gohan. Realmente no lo era. Ni tampoco de ella misma. La vida sigue con su influjo de contradicciones para siempre y, aunque Videl tenía la oportunidad de construir todo lo que siempre había soñado, no se sentía con derecho de hacerlo. No aún. No sin haberse recuperado completamente.
Podría ser que toda la carga de emociones no hubiese sido en vano. Le había calado hasta lo más profundo de los huesos y de la mente. La montaña rusa de emociones que se había producido en su ser desde que Gohan reapareció en su vida la había desestabilizado. Pero, sin duda alguna, el hecho trascendental por el cual Videl estaba estancada en un abismo del que no se veía capaz de salir era haber perdido a su hijo.
Soñaba casi todas las noches con un bebé que sostenía entre sus manos, pero cuyo rostro no podía ver. Nunca. Y sabía que eso era real, que jamás sería capaz de observar las facciones pequeñas de aquel ser que tanto anhelaba.
Había pensado que podrían tener otro hijo, pero había dos problemas. El primero era que el embarazo no llegaría con facilidad por su condición y no quería sentirse tan frustrada como en su matrimonio al darse cuenta de que el paso de los meses y los múltiples intentos eran en vano. El segundo, que no se veía mentalmente preparada para dar ese paso porque su duelo aún no estaba resuelto.
Videl, entonces, tomó una decisión. Ni podía seguir mintiéndose a sí misma ni tampoco engañando a Gohan de forma indirecta. Porque él no lo merecía. Sabía que sería muy duro para el hombre, doloroso, pero también estaba segura de que era, a largo plazo, lo mejor para ambos.
Por eso, aquel día salió de la cama muy temprano. Se quedó observando a Gohan durante mucho tiempo. Completamente en silencio, recordaba todo lo que había avanzado gracias a él, todo lo que su vida había progresado. Pero necesitaba más y era algo que nadie más que ella misma podía proporcionarse.
Las cosas a veces no salen como uno las espera y lo que creemos que nos va a dar libertad, simplemente nos otorga desasosiego e incertidumbre.
Cuando consideró que ya era suficiente, abandonó la habitación y fue a buscar su maleta al trastero. Después, con sumo cuidado y haciendo el menor ruido posible, la llenó con sus pertenencias. En cualquier situación normal, Gohan se hubiese despertado con oírla poniendo un pie en el suelo, pero llevaba una semana especialmente ajetreada y estaba muy cansado, así que Videl sabía que esa era una buena oportunidad.
No se marcharía sin despedirse de él porque le parecía desagradecido, ruin y cruel, pero sabía a ciencia cierta que, si Gohan la veía haciendo la maleta, la convencería de un modo u otro, de la manera que fuera, para que permaneciera a su lado. Y eso solo significaría prolongar la ilusión y convertirla en un bucle infinito de frustración y sufrimiento. No era justo; no lo era para ninguno de los dos.
Cuando terminó, se dirigió hacia el salón de la casa. No había pasado demasiado tiempo instalada allí, pero sentía que se había convertido en su verdadero hogar y esa sensación llevaba mucho tiempo sin experimentarla.
Pasadas unas horas, escuchó ruidos provenientes de la habitación. Todo el tiempo lo había pasado sentada en un sillón, inmóvil, mirando la maleta y perdida entre los miles de recuerdos que Gohan le suscitaba. Eran sumamente preciosos en su mayoría y quería volver a repetirlos algún día, pero no estaba segura de que pudiera llegar a hacerlo.
Gohan se adentró en la misma estancia en la que Videl se encontraba y le sonrió con el rostro somnoliento. Le sonrió con genuinidad, con amor, de la manera tan dulce que lo solía hacer habitualmente y no pudo sentirse más culpable. Después de todo, iba a ser ella la causante de que esa sonrisa se destruyera por un largo período de tiempo. Pero Videl sabía que Gohan era fuerte y que podría recuperarse pronto. Al menos, lo esperaba de todo corazón.
Se levantó antes de que el hombre se sentara a su lado, mostrando algo de frialdad y comenzando a construir ese necesario muro de distancia entre ambos. Gohan la miró sutilmente extrañado, pero no fue algo que le molestara expresamente.
—Buenos días —saludó mientras le seguía sonriendo. Justo cuando iba a preguntarle si todo iba bien, ya que la notaba un poco apagada y más seria que de costumbre, se puso a observar con cuidado la habitación. Cerca del sofá, donde la mujer había estado sentada, había una maleta. El corazón se le estrujó momentáneamente, porque un mal presentimiento lo acechaba desde hacía semanas, pero se tranquilizó enseguida. Era Videl. La Videl libre que había decidido por su cuenta estar con él. Seguro que había una explicación. Tenía que haberla—. ¿Y esa maleta? ¿Vas de viaje a algún sitio?
La joven de mirada clara presionó los labios y frunció el ceño ligeramente. Sabía que Gohan era extremadamente inteligente y que su raciocinio habría llegado de forma rápida a la conclusión adecuada. Sin embargo, el velo de sus sentimientos lo tapaba todo, porque confiaba plenamente en la voluntad de la mujer a la que tanto amaba y que estaba a punto de romper su corazón.
—Gohan, me voy —informó ella sin titubear, aunque sentía el ritmo desbocado de su corazón latiendo y las manos sudándole de los nervios.
—Sí, lo sé. ¿Te acompaño al aeropuerto? ¿Dónde vas? No me habías dicho nada. ¿Será por mucho tiempo?
Los iris de Videl temblaron. Incluso habiéndole dicho explícitamente que se marchaba de su lado, él seguía confiando en su amor. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. O tal vez sí y ese era el problema; que su vida se había convertido en un pozo sin fondo y al que no le veía escapatoria posible, incluso estando ahora al lado de la persona adecuada.
Su alma estaba hecha pedazos y una relación —por pura y maravillosa que fuera— no podía recomponerla. Debía aprender a ser ella misma de nuevo y por sus propios medios, no siempre con el apoyo y soporte de terceros.
—No me has entendido, Gohan. Me voy de aquí. Me voy para estar sola. No podemos seguir con esto.
Al oír aquellas palabras, el semisaiyajin deseó que sus sentidos nunca hubiesen llegado a percibirlas. Dolía, dolía como el más mortífero ataque del más peligroso de sus enemigos. El mal augurio que presentía se había cumplido. Pero no lo dejaría así. Gohan era racional y calmado, pero cuando estaba entre la espada y la pared solía sacar a relucir una actitud persuasiva propia de sus días de lucha. No se dejaría vencer. Perseveraría hasta que le hiciese entender a Videl que lo mejor para ambos era seguir juntos. Que se amaban y se necesitaban y que nunca, jamás, volverían a ser tan libres como estando el uno con el otro.
—Videl, escúchame —dijo mientras se aproximaba hacia ella y Videl ni se inmutaba—, no sé qué he hecho, pero sabes que siempre podemos hablar.
—No has hecho nada. No eres tú el problema.
—¿Entonces? —preguntó confundido.
Las lágrimas comenzaron a acumularse sin remedio en los ojos azules de Videl, que se había jurado mantener una actitud completamente apática y fría durante toda la duración de esa conversación. No lo había logrado. Y no lo había hecho porque sus emociones la habían desbordado. Porque ni siquiera en los primeros e idílicos estadios de su relación con Hiro se había sentido tan enamorada de alguien ni había experimentado aquella sensación de hogar y vínculo tan sumamente intensa.
—Es que yo… Gohan… —musitó con la voz entrecortada por su frenética respiración— no puedo hacerte feliz.
—¿Cómo que no? Claro que me haces feliz —afirmó con el semblante completamente seguro. Se acercó de forma definitiva a su cuerpo y tomó sus manos entre las suyas. Videl se quedó mirándolas. Eran mucho más grandes y rudas, pero la calidez que transmitían era inconmensurable. Se sintió afortunada por haber tenido la oportunidad de amar y ser amada por un ser tan lleno de luz y bondad como lo era Gohan—. Nunca he sido más feliz que en este momento, que estando contigo, Videl.
Por un segundo, dudó. Las palabras, los gestos cariñosos de Gohan la hicieron dudar. Se imaginó una vida pacífica a su lado, se imaginó miles de cosas buenas y positivas, pero la incógnita siempre volvía a su mente. ¿Era ella feliz realmente? No había cumplido sus propósitos. Se dio cuenta de que no había ni rozado sus sueños, no sabía quién era en la actualidad, porque de la Videl de antes solo quedaban la apariencia y el nombre; nada más. Su esencia no estaba, sus anhelos no estaban, sus metas, sus aspiraciones, su carácter a veces difícil pero apacible en el fondo no estaba por ningún lado. Era incapaz de encontrarlo. Era incapaz de ser de nuevo. Y si seguía al lado de Gohan lo único que conseguiría sería esconderse en su protección. Estaba segura de que algún día esa sobrecarga de insatisfacción personal terminaría estallándole en la cara y ya sería demasiado tarde para los dos.
Por lo tanto, le soltó las manos y miró por unos segundos hacia el suelo. Necesitaba ser valiente y clara. Apretó los ojos haciendo que las lágrimas, furiosas, se deslizaran por sus mejillas de forma silenciosa y volvió a levantar la cabeza para posar sus ojos cristalinos sobre los confusos de Gohan.
—No puedo hacerte feliz, Gohan, porque yo no soy feliz.
Aquella aseveración retumbó con fuerza en el cerebro del hombre. No se sentía como si ese momento fuera real, sino más bien como un espejismo, una ilusión o un mal sueño.
Durante toda su vida, su cerebro maquinaba estrategias con suma rapidez para tenerlo todo controlado, especialmente después de la muerte de su padre, ya que la responsabilidad de la felicidad de Chichi y de su hermano era de él, o eso se intentaba autoimponer durante esa época.
Por lo tanto, su raciocinio había empezado a trabajar sin descanso para averiguar cuáles eran los errores que había cometido para que Videl no pudiera alcanzar ese estado de felicidad al que aspiraba. Sin embargo, ese era el problema de Gohan; que pensaba que el bienestar mental de Videl dependía exclusivamente de él. Que podía salvarla, sanarla con solo su apoyo. Ella necesitaba mucho más, necesitaba tanto que no se lo podía proporcionar una fuente externa a su propio ser.
—¿Tú… no eres… feliz…? —cuestionó al aire, aunque en realidad esa pregunta se la hacía a sí mismo. No había encontrado la solución a los miles de interrogantes que le estaban estallando en la cabeza.
—No es tu culpa. No tienes nada que ver en esto. No soy feliz porque no sé quién soy. Creía que, al estar contigo, hallaría la respuesta, pero… no puedo. No me encuentro, Gohan.
¿Cómo podía decir que no era su culpa? Estaba convencido de que sí lo era. A pesar del intento de Videl para que no sintiera que se había echado todo a perder por él, sus palabras no le convencían.
—Dime qué tengo que cambiar, qué tengo que hacer para arreglar todo esto. Y lo haré. Te juro que lo haré.
La mujer de ojos claros negó ligeramente con la cabeza. Su reacción era normal. Estaba intentando salvar el naufragio a toda costa, sin saber que ya era imposible, pues la tormenta de su interior, a esas alturas, lo había arrasado todo.
No, Videl no había dejado de amar a Gohan. No podría hacerlo y menos de la noche a la mañana y sin un motivo. Sin embargo, estaba segura de que eso era lo mejor para ambos y no podía dar marcha atrás a esas alturas. Sería volver a defraudarse y estaba harta de sentirse como si no valiera nada.
Estaba segura de que esas eran las secuelas de su relación con Hiro y también de que debía empezar a tomar sus propias decisiones y a hacer las cosas de manera autónoma, sin depender de los demás, sin ser la sombra de un hombre, sin estar supeditada a alguien más que no fuera su propia voluntad.
—No tienes que cambiar nada. Eres asombroso —Pausó un segundo sus palabras al ver que Gohan empezaba a quebrarse. Jamás lo hubiera querido ver así, pero no tenía otro remedio—. Eres fuerte, guapo, listo, compresivo, cariñoso, amable... No tienes defectos apenas —explicó mientras una media sonrisa melancólica aparecía en sus labios—. Cualquier mujer se moriría por estar a tu lado. Y a mí me encantaría hacerlo, pero…
—Pues hazlo. Quédate conmigo.
Estaba sobrepasado. Se le notaba mucho, ya que las palabras le habían salido del cuerpo con un tono de ruego nada usual. Videl recordó que ya habían tenido una conversación parecida cuando ella le dijo que se mudaría de ciudad con su ahora exmarido. Sin embargo, la actitud del semisaiyajin por ese entonces fue completamente distinta; no fue de súplica, sino de comprensión. Le expuso sus sentimientos y las razones que tenía para que estuvieran juntos y, después, le dijo que eligiera libremente. Ahora no estaba sucediendo de ese modo.
En realidad, podía entenderlo. El miedo de perderla para siempre, la incertidumbre de saber qué sería de ellos, la pérdida irremediable del bebé y el encontronazo con Hiro también le había afectado a él. Y era normal, pues después de todo, por muchos poderes que tuviera, no era más que un ser humano.
—No puedo… —le aseguró con la voz entrecortada— Necesito primero ser feliz, estar bien conmigo misma para hacerte feliz a ti.
—Ya me haces feliz —repitió.
—No, Gohan.
—Sí me haces feliz. Tú no estás dentro de mí para saber lo que siento —respondió contundente.
—Puede que ahora sí. Pero no lo haré con el tiempo. Necesito aprender a estar sola primero para después estar con alguien más. Sé que suena complejo —admitió mientras aquella extraña mueca sonriente volvía a su rostro—, pero es lo que siento. Quiero saber quién puedo llegar a ser, a qué puedo aspirar. Y no lo voy a conseguir si me quedo aquí, bajo tu protección y en mi zona de confort.
Gohan guardó silencio. Sabía que aquellas afirmaciones tan decididas solo significaban que no podría convencerla. En realidad, estaba muy orgulloso de ella. Había sido capaz de liberarse de un terrible destino y era una mujer perseverante y con un carácter inquebrantable. Aunque, claro está, esos hechos no hacían que su decisión le doliera menos.
Videl agarró la maleta con su mano derecha con fuerza y se encaminó hacia la puerta. Todo estaba dicho, así que no tenía sentido seguir posponiendo el momento de la partida. Así sería mucho más fácil para los dos.
—¿Volverás? —preguntó él, tenue, haciendo que la mujer se detuviera unos instantes y se diera la vuelta para mirarlo.
Ella dudó unos segundos antes de hablar. ¿Cómo contestaba algo que no podía saber? Podría asegurarle que sí, que en cuanto se sintiera mejor regresaría y estaría con él para siempre, que se cobijaría en sus brazos para sentir su calor y ya no salir de allí nunca más, pero no quería mentirle. La realidad era que no tenía ni idea de si algún día volvería a ser capaz de ser libre.
—No lo sé.
Esas tres palabras fueron las últimas que profirió.
Al escuchar la puerta cerrándose, Gohan se desplomó, sentándose de forma brusca en el suelo mientras escondía sus lágrimas en sus rodillas y se las abrazaba con desesperación.
Chichi escuchó unos ruidos ensordecedores provenientes de la puerta principal de su casa. Estaba sola, pero eso no le preocupaba porque sabía que se podría defender por sí misma. Alarmada, fue rápidamente a abrir. Lo que nunca se imaginó era que vería a Gohan allí y en aquel estado.
Era como ver a un fantasma. Se le veía realmente cansado y abatido. Las ojeras impregnaban todo su rostro y eran oscuras y profundas, recalcando claramente así que llevaba algunos días sin dormir. Tal vez, incluso no se había cambiado ni de ropa. Algo debía andar muy mal con su hijo para que estuviese en ese estado tan deplorable.
—Gohan, cielo, ¿qué te pasa? —le preguntó con preocupación.
—¿Puedo entrar? —dijo Gohan con la voz hueca.
Chichi solo le asintió y lo observó entrando en la casa. Recorrió el pasillo con parsimonia, como si el alma le hubiese abandonado el cuerpo. Finalmente, entró al salón y se sentó en el sofá. Se quedó con la mirada fija en una de las paredes de enfrente y, cuando su madre lo imitó y se sentó justo a su lado, sintió mucho miedo al ver un vacío tan profundo en los ojos de su primogénito. Ni siquiera lo había visto así cuando Goku murió.
Extendió su mano hasta dar con la de Gohan y la posó allí, apretando después su extremidad. Se quedó mirándola. El tiempo, de forma irremediable, había pasado. La mano de su hijo era mucho más grande que la de ella. Era un hombre y ya no más el niño que se refugiaba en su regazo cuando algo lo asustaba. Era muy fuerte mentalmente, así que a Chichi le dolía imaginar por todo lo que estaría pasando.
Justo cuando la mujer iba a hablar, Gohan se giró para mirarla, con lágrimas de genuina tristeza recorriendo sus mejillas. Los ojos negros de Chichi se abrieron con incredulidad, porque, por un momento, le pareció ver a su hijo de cuatro años que lloraba porque se había caído en el jardín trasero.
—Mamá… —musitó con la voz entrecortada— Se ha ido. La he perdido —Repentinamente, Gohan se abrazó contra el regazo de su madre y empezó a sollozar—. No sé qué he hecho mal… Yo… Yo…
El llanto explotó con más intensidad y empezó a articular frases incomprensibles, en las que los sonidos se ahogaban entre las lágrimas. Chichi lloró junto a él y lo abrazó. No, ya no era su niño pequeño, pero ella siempre estaría ahí para consolarlo.
Tras largos minutos de desahogo, Gohan le contó todo a su madre. Absolutamente todo. Y ella, al contrario de lo que muchos pensarían, no lo juzgó, no lo criticó y ni siquiera comentó algo con respecto a sus acciones. Solo le mostró su más incondicional apoyo. Porque, aunque esa situación le parecía surrealista y nada propia de la vida de su hijo mayor, no era momento de acusarlo de nada, sino de que sintiera el calor de su madre.
Videl miró hacia arriba. El edificio que había elegido era ciertamente bonito. En la entrada había un letrero gigante que rezaba «Escuela de artes marciales Videl». Sí, sin el apellido. Porque, aunque se había mudado lejos de la Capital del Oeste, sabía que su padre era conocido mundialmente y no quería ganar méritos por el nombre de otros.
Había estado ahorrando desde que encontró trabajo y, por fin, seis meses después de llegar a aquella nueva ciudad, había podido cumplir su sueño. Con suerte, todo iría como deseaba.
Hablaba con su padre casi todos los días para asegurarse de que estaba bien. Mr Satán estaba al tanto de todos los altibajos de la vida de su hija y decidió dejar que ella tomara sus propias decisiones. Se sentía, en parte, culpable por no haber sabido ver la situación en la que se encontraba cuando estaba casada con Hiro, pero Videl le había asegurado una y otra vez que él no tenía nada que ver y que, ahora, por fin, estaba bien. Así que se quedaba, de ese modo, más tranquilo.
Videl se había dejado el pelo largo de nuevo, como símbolo de que era completamente libre y de que las riendas de su vida estaban puestas sobre sus manos; no sobre las de otros, como solía pasar en otros tiempos que quería enterrar para siempre en el pasado.
Pensaba todos los días en Gohan, pero había cortado toda comunicación con él. Había cambiado su número de teléfono y ni siquiera Ireza y Sharpner conocían su residencia actual.
Por supuesto, sus sentimientos no habían cambiado ni un ápice, pero no estaba preparada para volver, no ahora que su existencia parecía estar tomando el camino y el sentido correctos. Aún debía sanar por completo. Iba en buena dirección, pero necesitaba más. Necesitaba sentirse realizada como en mucho tiempo no lo había hecho.
Miró por última vez el edificio y, antes de irse, el viento acarició su melena, moviéndola ligeramente. Al día siguiente empezarían sus clases y estaba muy emocionada, pero también nerviosa.
Recorriendo el camino de vuelta a casa se encontró un parque lleno de almendros en flor y decidió atravesarlo, desviándose así de su recorrido habitual. Su mente, de forma irremediable, viajó a los días de encuentro con Gohan; de besos, de esperanzas, de charlas interminables, de confesiones, de risas y de amor.
Sí, todo estaba impregnado de Gohan en sus recuerdos y, aunque la distancia era dolorosa, también era necesaria.
Solo el tiempo diría si su destino era estar juntos.
FIN
Córdoba (España), 3 de febrero de 2021.
Nota de la autora:
No me he vuelto loca, para la mayoría es 2 de febrero, pero para mí ya es 3, xD.
Bueno, pues sí, este es el final de Vía de escape. Sé que a muchos no les agradará porque nos suelen gustar los finales felices, pero era el que tenía pensado desde hacía muchísimo tiempo. Quería que Videl fuese capaz por ella misma de ser la persona que en realidad es. Y así lo he plasmado.
Como todos sabéis, este fanfic tiene un mensaje claro que comenté en el primer capítulo de la historia: que cada uno es libre de hacer lo que quiera y nadie tiene por qué imponer su voluntad sobre la de otro. Esto en cuestión de relaciones, desgraciadamente, suele pasarle más a las mujeres. Así que aquí queda esto dicho de nuevo. Espero, sinceramente, que haya ayudado a alguien, que le haya abierto los ojos, que le haya advertido de los límites que tiene una relación. No todo vale. No lo olvidéis.
Esta historia está en clasificación M, por lo cual, se supone que los adolescentes no deberían leerla, pero como sé que al final las leéis, pues espero que este mensaje haya quedado claro. Tenéis que saber poner límites. La privacidad es lo más importante que uno tiene y debemos preservarla a toda costa. Que se empieza con el registro del teléfono y podemos acabar en cosas mucho peores. Yo, por suerte, nunca he estado en esta situación, pero tenía muchas ganas de tratar esta temática. He intentado hacerlo con el máximo respeto posible, por supuesto.
Si soy sincera me duele el final, porque voy a echar muchísimo de menos escribir esta historia y porque he dejado a mi bebé Gohan destrozado, pero ya avisé de que este fic iba a ser muy dramático.
Bueno, por último, me queda agradecer: a todo aquel que ha leído, puesto en favoritos o seguido la historia; a la página de Facebook de Fanfics de Gohan y Videl en español, que es una ventana maravillosa para los fickers Godel y una plataforma realmente necesaria para darnos visibilidad y apoyo; y, por supuesto y sobre todo, a todo aquel que se ha tomado algo de tiempo para dejar comentarios. Gracias de todo corazón por tanto cariño. Gracias por sentir Vía de escape, por vivir Vía de escape.
Mi amor por estos dos no acaba, así que seguiré escribiendo de ellos, por supuesto. Pronto empezaré otro long-fic, porque además tengo el primer capítulo escrito desde hace más de un año.
Y nada más, me despido volviendo a decirlo: GRACIAS INFINITAS.
Si queréis, nos leeremos en Paradoja.
¡Hasta siempre, Vía de escape!
