Aunque sus ojos se niegan a abrirse él puede sentir cada pequeña cosa a su alrededor, su imaginación le permite visualizar las olas que desaparecen en la orilla, oscureciendo la fina arena; la brisa marina inundada su nariz y cree oír algunas aves a lo lejos. El calor es sofocante, lo abruma tanto incluso si él se encuentra refugiado en las sombras.
—Touya —le llama alguna mujer.
Conoce esa voz, es suave y pronuncia su nombre con cariño.
—Touya, ya está la comida —le avisa ahora un hombre.
Esta voz también es conocida, es grave e imponente, su tono es serio pero no siente enojo o molestia en sus palabras.
Sus ojos por fin se abren, se levanta del piso de madera estirando su cuerpo hasta que sus ojos ven el mar tan extenso y cristalino que se combina con el cielo; el agua reluce con el sol y la arena es un manto dorado. Las aves están en el cielo, vuelan libres. Entonces a su nariz llega el aroma de la comida y su estómago ruge.
Voltea buscando a las personas que le llamaron hace un momento, encuentra a dos adultos sentados en la mesa, esperando por él. Ahí está una mujer que le sonríe y un hombre de brazos cruzados que le mira a los ojos. Esos son sus padres, ahora lo recuerda: ha venido con ellos, lo han traído a que conozca el mar por primera vez.
Su cuerpo se mueve atraído hacia ellos, se acerca y abraza a su madre que lo recibe encantada, después va con su padre, quien posa una mano en su cabeza y remueve sus cabellos. Ellos le piden que los acompañe y él acepta de inmediato.
La comida es exquisita, su madre ha preparado los mejores platos; no cree posible que siquiera los restaurantes más caros y lujosos puedan igualarla.
Su madre ríe con las palabras de su padre, por un momento esconde su rostro pero él puede ver su sonrisa. Su padre, alguien de pocas palabras, le ha felicitado por la grandiosa comida, se muestra satisfecho y busca llegar a ella para acariciar su mejilla.
Ambos demuestran su casto cariño frente él, le recuerdan lo feliz que ellos son a su lado; cada uno toma una de sus manos y lo unen al pequeño momento íntimo. Ah, la realidad es tan dulce, es como volar entre sueños, con sus padres a su lado mientras le repiten lo mucho que lo quieren.
—Vamos, Touya —le avisa su madre.
Ella le tiende su mano y él la sujeta, entonces mira a su padre que también le ofrece su mano y él la toma. Ambos le guían, caminan a su lado sosteniéndolo mientras lo llevan hasta el mar. Salen de la sombra y sus pies sienten la arena; caliente, sus pies arden apenas se posan en el manto dorado, y por un momento, desea salir de ahí, pero su madre presiona con levedad su agarre llamando su atención. Ella le sonríe. Entonces la arena ha dejado de arder, ahora puede caminar sobre esta sin preocuparse por lastimar sus pies.
Ha sido su madre, ha usado su poder para ayudarle, le ha protegido y ahora puede seguir a su lado.
Los tres caminan sobre la cálida y suave arena, que cubre su pie y le hace cosquillas. Pronto el mar está a solo unos pasos, tan infinito que puede creer que el cielo también es agua salada. Le está llamando, el mar le llama sentir el agua. Sus padres lo llevan, los tres entran y él puede sentir por fin el agua. No es fría; también es cálida. Todo es cálido.
El agua lo cubre; es el cielo cubriéndolo. Así se debe sentir el cielo, lleno de agua que recorre su cuerpo. Puede moverse en ella y con ella; se adapta a él y es libre de hacer lo que quiera.
Sus ojos suben hasta el pulcro cielo de ese día, donde las aves siguen acompañándolos. Ellos también son libres. Todos son libres.
Esta es la vida, esto es la libertad, este es su mundo; suyo y de sus padres. Quienes a su lado nunca soltaron su mano.
La realidad es como un volar entre sueños. Los sueños se combinan con la realidad. La realidad y los sueños son lo mismo.
Ninguno existe.
Sus ojos vuelven a abrirse, su cuerpo ya no puede moverse, ha vuelto a sentir dolor después de tantos años. A su alrededor solo hay escombros y destrucción. Sus manos solo tienen quemaduras y piel muerta. El cielo está opaco, lleno de humo. Puede oler las cenizas y el fuego. Y lo único que escucha son gritos. Entonces mira al frente y encuentra un mar. Un mar de fuego que está a punto de alcanzarlo con sus llamas que cubrirán su cuerpo.
Así debe sentirse el cielo, lleno de esta libertad. Su libertad y de nadie más.
