Resumen: Un poema escrito por Hermione recordando todo lo que Draco significó para ella desde que lo conoció y que él jamás llegó a leer. Dramione. Inspirado en la canción Con las ganas de Zahara.

Nota de la autora: ¡Hola a todos / as! Es la primera vez que escribo un Dramione, soy nueva aquí (no seáis demasiado duros conmigo porfa) y después de leer varias historias, me sentí con el ánimo suficiente para poder escribir algo y así contribuir al fandom. Esta poesía está inspirada en la canción Con las ganas de Zahara de la cual tomé el título para la historia. Recomiendo leer el poema con la canción de fondo. Advierto que no siempre he tratado de buscar una rima al poema ya que es de verso libre y las palabras fueron fluyendo mientras escribía. El universo y personajes de Harry Potter no me pertenecen, son propiedad de JK Rowling pero esta historia sí es mía, quiero aclarar que no todos los sucesos se correspondan con la realidad. También quiero pedir perdón de antemano por las posibles faltas de ortografía y errores. Espero que la disfrutéis tanto como a mí me gustó escribirla. Y sin más dilación, a leer.


Con las ganas.

Era un día especial, hoy era el día de su aniversario, Hermione se puso su mejor vestido, escogió sus zapatos, se pintó los labios de carmín y se puso un bonito collar de perlas relucientes.

Cogió aire y empezó a recitar una larga oda titulada A Draco Malfoy:

La primera vez que te vi apenas me dirigiste la mirada,

era nuestro primer año en Hogwarts,

en el Colegio de Hechicería y Magia

estabas más interesado en darle la mano al famoso Harry Potter

y en humillar a Ron por ser un Weasley,

desde ese día

supe que no surgiría fácilmente una amistad sincera entre nosotros.

Rubio, arrogante y perfectamente peinado,

caminabas con paso decidido, en el Gran Comedor, como si el mundo comiera de tu mano,

con aires de grandeza,

o tal vez todo eso era una mera apariencia,

el Sombrero Seleccionador me eligió para Gryffindor

y acto seguido,

a ti para Slytherin.

Draco Lucius Malfoy, de la ancestral estirpe de los Black,

astuto, ambicioso y engreído,

desde ese momento nuestros caminos

estaban separados

y difícilmente se irían a entrecruzar.

Siempre te molestaba que levantará la mano al saber las respuestas,

tampoco podías aguantar la risa cuando Snape se encaraba con Harry,

quien le recordaba a James,

o cuando Seamus pronunciaba mal algún conjuro,

Neville Longbotton solía ser otro blanco de tus pesadas bromas,

te molestaba que Harry fuera del centro de atención hasta cuando recuperó su Recordadora.

Ibas presumiendo de tu inteligencia y habilidades mágicas,

con tu impecable túnica y tu perfecto apellido del que tanta gala hacías,

ibas regalando falsas sonrisas, estrechando manos y coleccionado seguidores,

pero, ¿de qué te servían todas esas cosas,

libros, escobas de última generación y amistades beneficiosas?

Sobre todo, te encantaba meterte conmigo,

sabelotodo, pelos de escoba, listilla y ratón de biblioteca eran tus palabras favoritas

tres, cuatro, cinco veces por semana

disfrutabas con ello porque siempre estabas aburrido

ni siquiera me llamabas por mi nombre, como si te diera asco decirlo,

solo por el apellido,

Sabelotodo Granger, amiga de Harry Pottah.

Una malvada sonrisa se dibujó en tu rostro

cuando te escogieron buscador de Quidditch,

en segundo año,

me clavaste la mirada con odio,

a lo que estabas acostumbrado,

por creerte superior a los demás,

me llamaste sangre sucia,

una idea que desde pequeño te inculcado tus padres, Lucius y Narcissa,

un punto de vista intolerante hacia los nacidos de Muggles,

que en tiempos de los Fundadores Salazar Slytherin ya proclamaba.

Desde aquel día supe que estabas en otra división, pertenecías a otro mundo,

uno selecto y exclusivo para las élites de magos al que yo no podía aspirar,

solamente soñar con alcanzar.

Para ti, era simplemente Granger,

la chica empollona,

la que se escondía en la biblioteca con la única compañía de los viejos libros de magia,

era tu enemiga, enemiga de la pureza de sangre

y de tu familia de pura sangres.

Eras tan prepotente y engreído,

capaz de provocar y plantar cara a todo el mundo,

que no dudabas enfrentarte

a cualquiera que para ti pasase desapercibido.

Pero un día me armé de fuerzas para enfrentarme contigo,

harta de tus abusos, desprecios y miradas de superioridad,

te apunté con la varita al cuello,

como un cobarde me suplicabas que la retirara,

estabas atemorizado por la amenaza,

te temblaba el labio y cerraste los párpados,

sin pensarlo mucho ni darme cuenta, te golpee con fuerza en la nariz,

de la rabia que sintió y tenía acumulada desde hace años,

en ese momento te lo merecías, Draco Malfoy.

Acabaste en la enfermería rodeado

de Crabble, Goyle y Pansy Parkinson

¿Quién no iba a sentir lástima por un niño tonto como tú?

incluso quería pedirte perdón con gentileza,

llevarte ranas de chocolate y flores como disculpa.

Me volví a armar de valor, cuando entré por la puerta,

te sobresaltaste, me apuntaste con la varita,

alterado y con miedo, me gritaste que no me acercara a ti,

que te las iba a pagar.

Con tristeza me fui corriendo de allí con el ramo en la mano,

que dejó perplejos a Harry y Ron

derramando amargas lágrimas,

que la profesora Sybill Trelawney podría adivinar.

Poco a poco fuiste creciendo,

te volviste más alto, más esbelto y fornido,

la piel pálida, los labios perfectamente definidos y los ojos grises,

pero seguías siendo el mismo caprichoso y estúpido de siempre,

el niño de papá.

Me sacabas de quicio, continuamente, a todas horas,

me lanzabas miradas amenazadoras en el Gran Comedor,

cuando me encontraba a solas,

en el Torneo de los Tres Magos,

tampoco dejabas de meterte con Harry,

vendiendo mentiras a la prensa

y a Ritta Skeeter, la mayor mentirosa de todas,

quien había afirmado que una-señorita-aprovechada

mantenía un supuesto romance con el niño-elegido-Potter.

Trataba de no pensar en ti,

por la cantidad ingente de tareas que mandaban de Pociones,

Encantamientos y Maldiciones,

trataba de tener mi mente ocupada,

encerrada en la biblioteca, sin más compañía que los libros y la pluma,

pero veía como estabas continuamente rodeado de chicas, totalmente satisfecho de tener atención,

siempre rodeado de tu pandilla de Slytherin

con una estúpida sonrisa en los labios y el ceño fruncido,

dispuesto a burlarte una vez más de mí,

sin corazón.

A mediados de cuarto curso, se celebró el tradicional baile de Navidad,

todas las chicas cuchicheaban por las esquinas, deseosas de que las fueras a invitar.

Nos volvimos a mirar de reojo en la biblioteca,

me tiraste aviones de papel para llamar tu atención,

—Seguro que Granger va a ir sola al baile porque nadie quiere salir con ella —te burlaste con crueldad,

lo último que recuerdo es oír a Ron —Eh, tú, hurón, deja en paz a Hermione.

Una vez más conseguiste hacerme daño con tus palabras,

no eras capaz de imaginar cuanto herías mis sentimientos,

propio de una lengua afilada de serpiente,

aquel día el Sombrero no se equivocó

cuando te colocó en la casa de la maldad y ambición.

Harry iría con Parvati Patil,

Seamus con Lavender,

Cho Chang fue la pareja de Cedric,

te descubrí con Pansy,

mientras iba de la mano de Viktor Krum

antes de inaugurar el baile,

me miraste fijamente,

pero sonreí triunfante y orgullosa cual leona delante de todos,

algo que te horrorizó o por lo menos intentaste disimular.

—¿Quién se iba a dignar a mirar a la pobre sangre sucia? —Susurró Pansy con recelo,

esas palabras se volvían a enterrar profundo en mi interior,

pero no iba a dejar que nadie me estropeara el baile.

No me dejaste de mirar en toda la noche,

como un gato que tiene curiosidad,

y no le importaba arriesgar una de sus siete vidas,

entonces,

me pregunté que se sentiría al estar agarrada del brazo contigo,

bailando, riendo,

me pregunté que debería sentir Pansy Parkinson en esos instantes,

cálidos, inocentes,

a tu lado.

Al final de la fiesta, acabé sentada, sola, con los zapatos tirados,

la cabeza apoyada entre las manos y el vestido arrugado

mientras las parejas bailaban, mientras todos se divertían,

aquel no era mi lugar, pero me sentí bien allí,

—Eh, Granger, ¿Krum te ha dejado plantada? —Socarronamente te burlaste de mí—,

—Malfoy, déjame en paz—,

me pregunte que se sentiría que me trataras como una persona igual a ti

y no como alguien inferior.

En quinto año a ambos nos nombraron prefectos,

no cesaron tus insultos y vejaciones, a los que tan acostumbrada estaba,

me ignorabas cuando querías, pasando por alto mis miradas fulminantes

que tan divertidas te parecían

llegando a la conclusión de que lo único que querías era atención,

cambiándome las pociones de frasco,

mandándome notas estúpidas,

grageas de sabor amargo,

sonriéndome con prepotencia desde tu pupitre

y dejándome en ridículo delante de todo el que veías,

eras como un crío.

Hasta que un día harto de meterte conmigo, decidiste humillar a Ron,

porque sabías que tenía ciertos sentimientos hacia él,

te las ingeniaste para colocar un poco de Amortentia, el más potente filtro de amor

en una jarra de cerveza de mantequilla

que Lavender Brown le sirvió a Ron

y del cual quedó inmediatamente encaprichada,

—Mirad la cara de estúpido de Weasley —reíste con fuerza mientras Brown besaba a Ron—,

sin dejar de sostener la mirada hacia mí, desafiante y superior,

como queriendo advertirme de algo,

menuda ostentación de estupidez, Malfoy.

Tras nombrar directora a Dolores Umbridge, se creó la Brigada Inquisitorial,

que trataba de evidenciar la existencia del Ejército de Dumbledore,

te dedicaste a perseguir ya quitar puntos a Gryffindor por cualquier cosa

pero ya no me importaba ni lo más mínimo la calificación.

Un día me descubriste sola en la Sala de los Menesteres,

te acercaste hacia mí,

me agarraste con fuerza de la muñeca,

rozaste la varita de espino por mi cuello,

sin esperar que recorrieras mi mentón

con una mirada desdeñosa pero aburrida,

traté de escapar, pero solo podía dar pasos hacia atrás,

desesperada, no había escapatoria,

toqué la pared con el talón,

quedando atrapada.

—¿Y ahora qué vas a hacer, sangre sucia? ¿Dónde están tus amigos San Potter y la comadreja para salvarte?

¿Ya no eres tan valiente, Granger? -

entonces cerré los ojos temiendo lo peor.

Pasaste tus dedos entre el hueco de mi mejilla y cuello,

resbalándolos un capricho,

mientras abría los ojos incrédula ante lo que estaba sucediendo,

Parecía que estabas bajo un hechizo de enamoramiento.

¡Tenía un Draco Malfoy muy cerca!

tan cerca que podía sentir su aliento

y no paraba de intimidarme,

ni dejar de mirar mis labios

como queriendo probarlos.

Mi respiración se agitó,

tus finos dedos rozaron mis labios rosados,

entreabiertos,

ásperos,

parecías desesperado,

era la primera vez que me encontré en esa, situación

no sabía cómo reaccionar,

repentinamente la tristeza me embargó porque sabía

que no era la única,

para ti era una chica más,

si aquellos rumores eran ciertos.

—¿Tienes miedo, sangre sucia?

—Eres un miserable —le espeté apartándome—,

era la primera vez que había conseguido herir su orgullo de serpiente

y desdibujar su sonrisa triunfante,

te quedaste mirándome,

mientras con paso firme decidí marcharme.

Te ignoré durante semanas, como Ron me ignoraba a mí,

no quería encontrarme contigo,

después de Transformaciones dijiste —Granger, tengo que hablar contigo—

no recuerdo bien que fue lo que pasó,

ni lo que discutimos

recuerdo que fueron tus labios contra los míos,

en una lucha continua, voraz y desesperada

entre cazador y presa,

entre dos imanes que se atraen tanto como se repelen,

y por una vez parecía que no me odiabas.

Tenías el pelo alborotado y la corbata aflojada,

deslizabas tus labios por mi cuello,

llenándolo de besos,

agarrándome con fuerza,

mientras con orgullo te deleitabas.

—Hacía tiempo que deseaba hacer esto —rugiste mientras me reía,

me sentí feliz, me sentí querida,

aunque fuera cierto que Draco Malfoy hubiera besado antes a otras chicas.

Estaba más contenta de lo habitual,

algo que no pasó desapercibido por Ron Weasley,

pero bajo ningún concepto podía contarle nada a nadie,

ni siquiera a Ginny.

Hermione desaparecía en los descansos y por las tardes,

argumentando que tenía que ir a la biblioteca a por más manuales,

me veía con Draco donde nadie pudiera vernos,

en los baños, en las aulas vacías, en la Sala de los Menesteres o en la Torre de Astronomía.

Ambos se encontraban como dos amantes fugitivos,

para compartir besos desesperados, caricias desenfrenadas y sucias palabras al oído.

Las manos de Hermione acariciaban el rubio cabello,

era curioso que el chico que le hizo la vida imposible desde que lo conoció,

y la odiara durante tantos años

fuera el mismo que ahora le demostrara tanto afecto,

¡Qué ironía de la vida!

Delante de todos tenían que actuar como si todo fuera de normal,

como siempre, se insultaban por los pasillos

y se ponían cara de asco al cruzar,

pero ellos continuaban viéndose a escondidas todo lo que podía,

de quinto a séptimo año,

mientras el tiempo pasaba

y compartían dulces palabras de amor.

Era la primera vez que Hermione se sintió así,

eran sensaciones nuevas,

desconocidas,

pero agradables

como los aleteos de un pájaro que vuela contra el viento por primera vez,

sabía que era un secreto,

que era un amor prohibido

porque se había enamorado de un mortífago,

su peor enemigo,

aquel que estaba amenazado de muerte por el Señor Tenebroso,

a quien bajo su yugo le había encomendado una terrible misión,

ella simplemente era la amiga de Harry Potter, el niño que vivió,

y era una sangre sucia,

una don nadie.

Sufría por la situación,

sufría sintiéndose una traidora a sus amigos,

sufría por llevarlo en silencio

sufría por ser una cómplice del crimen,

por sentirse una asesina

su único consuelo era abrazarlo con fuerza cada noche que se veían,

deseando que no fuera la última,

aunque sabía que la guerra estaba cerca,

ella era la esperanza que él necesita.

Era consciente de que si la pillaban con un mortífago la expulsarían,

pero le atraía de una forma inexplicable y misteriosa,

no podía evitar estar con él

y sentirse así.

Aunque no dijera nada, ella sabía lo que estaba pasando,

sus asustados ojos grises lo decían todo,

cada vez más tristes y pardos,

también había visto la Marca Tenebrosa tatuada en su antebrazo.

Se reunían cada noche a las orillas del Lago Negro,

en la noche susurraba el nombre de Hermione

que se perdía entre las caricias del viento

y se despedían cada amanecer con tristeza,

sin lágrimas pero siempre en silencio.

Sus manos la buscaban, deseando que nunca se fuera,

Draco decirle que ella era lo que necesita,

sus quejidos eran lo único que le devolvían a la realidad,

sacándolo de su ensoñación,

deseando que jamás termine,

los furtivos besos con sabor a menta

mientras jadeaba,

le pedía que no lo dejara.

Era feliz cuando estaba con ella,

jugando a ser dos conocidos

disfrazados de extraños

que se besaban el alma,

las palabras no salían de su boca,

aunque sus labios callarán.

Le había pedido que se uniera su bando,

que se fuera con él, para protegerla,

que se pusiera del lado del Señor Oscuro,

pero ella en incontables ocasiones se negó,

la lealtad hacia sus amigos y Dumbledore

era más fuerte que su amor por Draco Malfoy.

Una lucha entre el corazón y el cerebro,

entre el deber y sus deseos,

un pecado compartido,

un secreto entre dos.

Veía como se marchaba, como su capa negra ondeaba al viento,

y sentí que le faltaba algo, cuando él se iba,

no podía detenerlo

y tampoco tenía fuerzas para ello.

Sabía que iba a ser la noche siguiente,

la noche en que tenía que matar a Dumbledore,

el rostro de Draco palidecía ante las insistencias de los mortífagos de lanzar

la maldición asesina,

pero no fue capaz,

no fue él quien lo hizo,

fue Snape quien selló el cruel pacto

que ponía fin al destino del viejo mago

que había sido pactado.

Hermione desde la torre de Gryffindor lo vio marcharse de Hogwarts

asumiendo que nunca jamás lo volvería a ver,

su corazón se quebraba

a pasos agigantados

mientras las lágrimas le nublaban la vista.

Semanas más tarde Severus Snape me citó en el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras,

—Señorita Granger —siseó hablándome de espaldas,

—Sé de su atrevimiento a reunirse con cierto alumno a ciertas horas de la noche—,

en ese momento mi corazón se detuvo,

mientras él se encaraba

—Sepa usted que eso le supondría la retirada de todos los puntos de su casa—,

de pensarlo solo me angustiaba,

—Le ruego terminantemente que deje de verse con el señor Malfoy—,

Snape empezó a caminar mientras divagaba

con la mirada perdida.

—Le contaré una historia,

una vez conocí a una Gryffindor,

era valiente, honesta y amable,

la más inteligente de su clase,

éramos buenos amigos,

aunque fuéramos de distintas casas,

las dos que más se odiaban.

Hasta que un día conoció a un chico,

era un insolente y arrogante,

se interpuso entre ambos

y fuimos perdiendo el contacto,

ella se enamoró de él —continuó mientras oteaba el horizonte—,

—Nunca la dejé de querer,

aunque se alejara de mí,

con los años

ambos acabaron teniendo un hijo,

un muchacho con los mismos ojos de su madre,

Lilly Potter—,

una lágrima furtiva resbaló por el inmutable rostro del profesor.

—El amor no correspondido entre una Gryffindor y un Slytherin

es lo que el propio Salazar Slytherin llamó la maldición de Gryffindor,

tenga cuidado —concluyó.

No podía dormir

las palabras del profesor me retumbaban en la cabeza,

la voz de Draco me perseguía

pero su voz ahuyentaba mis pesadillas,

sintieron sus brazos rodeándome

y me despertaba sobresaltada cuando amanecía.

La guerra estalló,

estaba preocupada

yo apenas sabía nada

de él,

la última vez que lo había visto fue aquella noche

cuando desertó de Hogwarts.

Apenas hablaba con Harry ni con Ron,

no comía, no dormía, no podía estar concentrada,

los días volaban y eran eternos,

solo deseaba que a Draco no le pasara nada,

desesperada con los horrocruxes

que un pedazo del alma de Voldemort

custodiaban.

Un día fuimos capturados por los carroñeros

y llevados ante la Mansión de los Malfoy.

Había conseguido olvidarme de él

hasta que lo volví a ver,

inmóvil, elegante,

impecablemente vestido de negro,

con la cara consumida por la preocupación

y los latidos de mi corazón se detuvieron.

Apenas me miraste,

los sentimientos se me agolpaban en la garganta,

en un nudo que no podía deshacer,

era incapaz de hablar

ni de reaccionar,

no sabía que iba a acontecer,

pero una mujer con la risa escandalosa,

escalofriante y tenebrosa,

se iba acercando cada vez más

—Bellatrix, yo lo haré —la detuviste con el brazo

pero noté cierta amargura en tu pesar.

Me imaginaba que Draco ya había torturado antes a otras personas,

pero no me imaginaba que se iba a ofrecer para torturarme

a mí,

ante la mirada desconsolada de Harry y Ron,

creo que él no podía soportar ver como Bellatrix

realizaba la maldición tortura en la misma habitación,

delante de él,

sin poder hacer nada.

Las lágrimas empezaban a caer descontroladas por mis mejillas,

tenía miedo, te mire a los ojos, temerosa,

suplicándote que no lo hicieras

me miraste con desdén y frialdad,

aunque intentabas no pensar en lo que estabas a punto de hacer,

"Lo siento, Hermione"

y pronunciaste Crucio.

Me desperté horas después,

inconsciente, con el cuerpo frío,

estaba dentro de una mazmorra, oscura y húmeda,

supuse que debía estar en los sótanos de la Mansión,

en ese momento pensé en el suicidio,

estaba tirada en el suelo, con la ropa raída y herida por toda la cara

y tenía una cicatriz en la mano que ardía al tacto,

al verla te imaginé resentido.

Había alguien en la puerta pero apenas distinguía la silueta,

en esos momentos oí los gritos desesperados de Ron,

a quien deseaba que no hirieras,

traté de incorporarme mientras la silueta negra borrosa se acercaba.

Eras tú, Draco,

me eché a llorar a sus brazos,

desconsolada

y acobardada,

no sé cuánto tiempo estuvimos así,

me parecieron horas, me aferraba a ti,

sin decir nada,

me acariciabas la frente con ternura.

—Perdóname —dijiste

—Si mi tía Bellatrix te hubiera torturado tal vez no… -

—Y no podría soportarlo —añadió

los brazos de Draco me daban paz en todo el caos que había,

me daban tranquilidad.

—Márchate, Granger —tu tono de voz se volvió más frío,

como de antaño solía tratarme cuando éramos niños,

—Es mejor que no nos veamos nunca más,

olvídate de mí,

esto nunca tuvo que ocurrir—

las palabras se clavaban en mi corazón,

como una estaca,

me dolía el pecho

y el costado,

me ardía el cuerpo

perdí la razón,

todo mi cuerpo

se hacía astillas,

poseída por un temblor.

No me creía lo que estabas diciendo,

se me nubló la vista,

no podía respirar,

sin poder creer lo que estaba oyendo,

me sentí morir

y lo hubiera deseado así.

Si hubiera imaginado que esto lo decías para protegerme,

aunque hubiera preferido que me hubieras matado antes,

Draco,

porque tus palabras volvieron a ser dardos.

Al final de la guerra,

ganó Voldemort y fuimos derrotados,

y como los Malfoy no le sirvieron de ayuda,

después de haberlos torturado y humillado lo suficiente,

fueron asesinados,

el mundo se volvía más gris y oscuro

y su amenaza crecía.

Aunque pasaran los años,

y tratará de olvidarte,

soy incapaz de hacerlo,

me casé con Ronald Weasley,

¿Quién se iba a imaginar que así soy infeliz?

Todas las noches cuando me voy a dormir

te recuerdo desde el primer día

hasta el último

aunque sé que nunca más podré volver a verte,

siempre te llevaré en mi corazón.

Y aunque pretenda fingir que nada de esto ha ocurrido

y que no me gustó estar contigo

o que fue un error

ahora mismo desearía estar a tu lado.

Me moriré de ganas de decirte

que te voy a echar de menos.

Adiós, Malfoy.

Hermione acabó de recitar el poema con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta mientras miraba la lápida en cuya piedra estaba grabada el nombre de su amado. La lluvia no cesaba de caer, empapando las velas y la corona de rosas sobre la tumba que ponía Tu esposa Astoria y tu hijo Scorpius no te olvidan. Estaba sola en el cementerio pero no le importaba, así podría tener intimidad para poder despedirse de él y decirle todo lo que antes no pudo decirle. No se marchó, permaneció allí con él.

—Feliz aniversario, Draco.


Nota de la autora: Gracias por llegar hasta aquí. Es la primera vez que escribo un poema ya pesar de que no me resultó sencillo, disfruté haciéndolo. Siento que no haya separación entre los versos, intenté poner punto y aparte en el documento de FF pero no me dejaba. ¿Qué te pareció? ¿Te gusto? ¿No? ¿Demasiado largo? ¿Muy cliché? Por favor, hazme saber tu opinión en un comentario o una crítica constructiva señalando errores o faltas de ortografía, te lo agradeceré infinito. Muchas gracias por leer. Un saludo a todo el fandom Dramione.