Un buen resultado

NANATSU NO TAIZAI © NAKABA SUZUKI

Sinopsis: Zeldris se ve envuelto en una cita a ciegas y se dispone que sea la peor. Pero la presencia irritante, pero atrayente de Gelda cambiaría esos planes y podría acabar por soportar a la mujer toda la noche y, posiblemente, una vida entera.

Nota de la autora: Meses, sí. Meses de no aparecer por estos lares y patear mi regreso en demasía, pero sinceramente la universidad desde agosto y otros temas personales me alejaron de los fanfics. Sin embargo, ahora estoy renovada y mejor, además, siento que el distanciamiento me sirvió para ver las cosas de otra forma y espero se refleje en mis siguientes historias.


Capítulo único: Un buen resultado

Zeldris soltó un suspiro cuando vio la hora marcada en su celular. Estar treinta minutos antes del horario estipulado estaba siendo una tarea agotadora, en especial si no quería estar. No obstante, la insistencia de su hermano fue demasiada y cedió para una cita a ciegas.

¿Quién aceptaba algo así en pleno siglo veintiuno? Alguien como él que tenía como hermano al idiota de Meliodas.

«Tendrás una cita con una vieja conocida. No deseo que mi hermano esté siempre estudiando y jugando videojuegos».

Esas palabras Zeldris las maldecía por tenerlo esperando a una persona que no conocía bien. Meliodas se había mantenido misterioso en ese aspecto, explicando que cualquier información que haría que supiera con quién iba a salir. Para empeorar la situación, solamente tenía el dato de que la chica solía llevar el cabello trenzado.

—Eso descarta a la mayoría de las chicas que han pasado —murmuró. La baja temperatura hizo que su aliento se convirtiera en un vaho prominente y recordó la tierna idea de que era fuego de dragón—. Matar dragones con mi Cazador de Demonios sería más interesante que esperar una cita.

Giró y dio un vistazo al restaurante detrás de él. Bocattini era una célebre casa de comidas de pastas donde obtener una reserva era imposible, pero con Meliodas unido a ese mundo gracias a su taberna, una mesa no fue difícil. Aunque eso no era señal de que Zeldris fuera a disfrutar la noche.

Acomodarse y vestirse para cenar en un sitio como ese dejaba evidente que su cita era arrogante. Si hubiera querido conocerlo, hubiera elegido un espacio más relajado como un bar o casa del té. Espacios tranquilos y que Zeldris disfrutaría incluso si la persona no acababa de convencerla.

—¿Y quién dice que no puedo llevarla donde quiera? —pensó Zeldris de pronto. Meliodas no estaba para ver si entraba. Podía pedir que movieran la reserva y acabar con su cita—. Esa chica aprenderá lo que es salir en una cita con Zeldris Daemon.

Sacó su celular para verificar la hora, controlando que en cinco minutos sería el tiempo pactado. Utilizo el momento para mirar a su alrededor notando la ausencia de alguien con el cabello trenzado. Sin más opciones, revisó en su casilla de mensajes para no hallar nada.

—Definitivamente será una buena noche.

—Entonces supongo que eres tú —dijo una voz rompiendo la burbuja de pensamiento de Zeldris.

El joven dio un brinco ante el repentino sonido, trastabilló y cayó. El ruido de su trasero dando en el suelo fue seguido por una repentina risa femenina que lo sacó de sí. Alzó su vista, notando a la chica que no paraba de reír.

Era rubia, medianamente alta y llevaba su cabello trenzado.

—Ah, eres tú —le contestó molesto. No había sido encantador verse como un idiota frente a la persona que había planeado hacerle tener una cita intolerable—. Llegas justo a tiempo. Creí que ibas a demorar más —agregó con tono mordaz.

Zeldris notó como la risa de su cita se desvaneció y adoptó un rostro de sorpresa que pasó a cierto malestar. Sonrió para sus adentros, aquella situación acabaría en unos cuantos minutos.

—Me habían dicho que esperara este tipo de respuestas, pequeño —respondió ella—. No me estás sorprendiendo.

El joven frunció el entrecejo con notable enfado. Se había burlado de su estatura.

—¿Cómo te atreves a llamarme pequeño? Tengo un maldito nombre.

—Te llamaré así toda la noche de ser necesario —replicó la chica con cierta presunción. Zeldris refunfuño—. ¿Me vas a decir ese nombre o también podré decirte pequeñín?

—¡Ah, maldición! —protestó él con potencia—. Mi nombre es Zeldris. ¿Qué hay de ti, princesa? —ante la última palabra, le tocó a la chica frunció el ceño—. Dos podemos jugar sobre los sobrenombres.

—Supongo que así serán las cosas —contestó la rubia, atraída por la idea. Los ojos verdes del chico brillaron por un desafío. Se lo daría—. Mi nombre es Gelda.

Estrecharon la mano en señal de saludo y por un reto que no había sido pronunciado. Para desconcierto de Zeldris, hubo una especie de electricidad que lo recorrió al primer contacto, minando dudas en su mente sobre qué había ocurrido. Ignorando el tema de inmediato, miró hacia Bocattini con una sonrisa leve en su rostro y preparado para ejecutar su plan.

—No sé qué te habrán dicho de esta noche, pero seré claro —comentó, serio. La chica enarcó ambas cejas con asombro—. No tengo interés en perder la mitad de mi salario que gano en computadoras en este restaurante. Solo quiero ir por una pizza, cervezas y bolos al Sweet Gluttony.

Gelda vio a Zeldris que todavía cargaba el ceño arrugado y luego echó un vistazo hacia el restaurante. En su interior, el joven daba por acabada la cita y se veía en media hora disfrutando de una bebida caliente junto a su computadora y su videojuego multijugador online favorito.

—Si te fastidia ir a un sitio poco lujoso podemos acabar esta cita y…

—No, al contrario. Tu idea es más atractiva que este restaurante —afirmó Gelda para sorpresa del chico—. Había escuchado que Sweet Gluttony inauguró su zona de bolos hace unas semanas. Es buen momento para probarlo.

A diferencia de minutos antes, esta vez la rubia brindó una sonrisa de auténtico interés causando extrañeza en Zeldris. ¿Cómo era posible que Sweet Gluttony fuera mejor idea que Bocattini? Desconcertado, asumió que buscaba mofarse de él.

—Creí que la princesa era delicada, pero al parecer busca ganarse mi respeto —objetó Zeldris riéndose entre dientes. Gelda bufó, igual de entretenida—. Vámonos. Los bolos nos esperan.

El joven extendió su mano a la rubia que accedió con gracia y comenzaron a caminar. Se sorprendió de que consintiera el gesto, pensando que estaban envueltos en una especie de disputa, sin embargo, una parte de él se vio tranquila cuando aquella corriente volvió ante el roce de su mano helada contra la enguantada. Se sentía muy cálido a comparación del clima.

—Mencionaste algo de computadoras. ¿Qué haces en específico? —preguntó Gelda rompiendo el silencio.

Zeldris se tomó su tiempo para observar ante su pregunta, y Gelda se sintió algo ultrajada por su mirada. Pero de repente él se dio cuenta de eso y desvío su mirada. No quería ver su rostro ahora.

—No es algo muy destacable —le dijo, intentando acortar el tema. Hablar de su trabajo no era de su interés—. En serio. No es algo que valga la pena, Gelda —insistió, ahora usando su nombre.

Ella lo miró con una ligera extrañeza. El pequeño joven que instantes atrás había actuado de forma tan grosera ahora parecía reacio a comunicarse.

—¿En serio? Parecía importante hace unos momentos —destacó ella—. Si tu trabajo es complicado, puedo entender que quieras acabar con esto.

Su auténtica curiosidad despertó sorpresa en Zeldris. Estaba muy extrañado. ¿Por qué mostrar tanta fascinación en lo que hacía? En citas anteriores, sus acompañantes siempre vieron aquel trabajo como algo raro y de una persona que no le gustaba convivir con nadie. Incluso cuando la tecnología estaba por todos lados, los encargados de mantenerla eran vistos como bichos raros.

«Ella solo quiere hacerme sufrir, ella solo quiere hacerme sufrir» recordó. Aunque eso parecía perder sentido a cada oración que añadían a la charla «Seguro es un plan de Meliodas para fastidiarme más».

Sin darse cuenta, alzó la mirada a Gelda que todavía lo estaba observando con curiosidad y eso le provocó otro sonrojo imprevisto.

—Lo que hago es básicamente un mantenimiento general —contestó entonces—. Reviso cada parte del equipo y en ocasiones realizo la instalación del software o hardware. No todos los dueños de una computadora saben cómo trabajan y acostumbran a cometer errores básicos. Pero lo principal es que no limpian sus equipos de forma adecuada.

La chica sonrió.

—Suena como si fueras un médico para las computadoras.

La observación causó una carcajada sincera en Zeldris.

—Es cierto, pero no soy muy bueno. Solo sé algo —expresó él, su voz perdiéndose. El vaho emanando de su aliento—. No tengo el conocimiento que quiero ni el suficiente para convencer a los demás de que soy bueno.

Eso llamó la atención de Gelda. Bajó la mirada hacia su mano antes de que su mirada se posara en el rostro de Zeldris. Sus ojos se cerraron, leyendo, evaluando. Él desconocía lo que ella había descubierto: ojos muy nerviosos, mejillas sonrojadas y labios entreabiertos que le daban una mirada inocente que encontraba casi irresistible.

Ese pequeño gruñón era lo que necesitaba.

—Creo que eres bueno —sonrió Gelda mientras rascaba suavemente la parte superior de la mano de Zeldris—. El hecho de que contemples ayudar a las personas con cosas que incluso ellos deberían saber dice que eres bueno. Incluso no diría bueno, diría excelente.

El joven giró la cabeza salvajemente, tratando de encontrar la fuente de su voz hasta que sus ojos se posaron ante la mirada de la chica algo curiosa, pero segura. Con torpeza tiró de la bufanda a un lado, corriendo para mostrar su boca y hablar sin pensarlo dos veces.

—Es lo mejor que me han dicho en mucho tiempo.

Gelda lo miró con curiosidad.

—¿Hablas en serio?

—Sí, no soy de los que mienten. Muchas gracias, Gelda —le aseguró. Hizo todo lo posible por enmascarar la sonrisa que apareció en su rostro y apretó con fuerza su mano, revelando una conformidad ante el gesto que hacía tiempo no sentía—. ¿Y qué hay de ti? No creo que seas una princesa y vivas en la nobleza sin mover un dedo.

Ella le devolvió la suave sonrisa.

—Soy decoradora de interiores. Estudié en la universidad y luego me especialicé en la decoración —explicó. Su agarre sobre la mano se apretó, queriendo nunca soltarlo—. Debo admitir que no es muy interesante.

Zeldris negó con la cabeza.

—No digas eso. Considero que, si eres capaz de mejorar un ambiente para que se vea mejor, eres de mis personas favoritas.

Gelda se carcajeó suavemente, encantada a pesar de todos sus estallidos incómodos.

—¿Soy tu persona favorita?

Con su pregunta, pudo sentir que Zeldris se tensó a través del agarre de sus manos. Lo observó mientras él todavía se negaba a mirarla a los ojos, los engranajes giraban en su cerebro. Sus hombros temblaron un poco y no supo qué hacer. Gelda le movió las pestañas inocentemente, esperando su próximo movimiento. Era claro que no era bueno en este tipo de cosas, y tener a alguien que lo celebrara era demasiado.

—¿Qué sucede? —le cuestionó finalmente Gelda comenzando un acortamiento de distancias silencioso—. Te has quedado sin habla, Zel.

El aludido se sorprendió por el alias, esta vez, solo acortando su nombre. Ocultó su repentino enrojecimiento tras la bufanda y respondió.

—Es que…

Gelda se quedó viéndolo. Zeldris se detuvo.

—¿Qué? —preguntó.

—¿No me dirás que piensas?

Observó a la chica asombrada, no obstante, desconfiaba.

—¿Acaso te interesa lo que tengo para decir? —increpó Zeldris con cierta burla en su voz. Para su mayor extrañeza, ella asintió—. Eh, ¿esto no es un juego de manipulación tuya?

—Zeldris —respondió Gelda mientras le daba una mirada de muerte.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —aceptó él. Se adelantaron un poco más hasta que decidió hablar—. Debo confesar que todo esto de la cita a ciegas fue idea de mi hermano. Por eso, quería molestarte cambiando de restaurante o burlándome de ti. Pero no puedo —suspirando, admitió con un sonrojo—. No eres mala y eres interesante. Incluso con este frío y la nieve, está siendo una noche agradable, Gelda.

En cierto punto de su comentario había verdad. Era seguidor de la serenidad de su cuarto y su sala de estudio, pero debía aceptar que una noche con un clima y persona encantadora si podía provocar que se alejara de su encierro constante.

—Zeldris —dijo la joven. Lo miró por un momento, con una sonrisa en el rostro—. Sabes, eres el hombre más frustrante que he conocido —se quejó, aunque luego relajó los hombros—. Pero eso es encantador. Escucha, ¿quieres ir a Sweet Gluttony sin preocuparte de que sea una cita de verdad? Podríamos solo pasar el rato.

Zeldris lo miró con el ceño fruncido.

—¿Acaso no te gusto? —dijo con ojos de cachorro.

—Yo nunca dije eso —Gelda se tapó la boca y se alejó un poco para ver mejor al joven—. Solo quería quitarte una presión de encima. Pero si realmente te gusto…

Una queja murmurada escapó de los labios de Zeldris, pero no trató de ocultar su sonrojo. Suspiró y se rascó la nuca, pero no admitió la derrota.

—Aceleremos el paso —indicó él entonces—. Me muero de hambre.

—Sí admites que te gusto, podríamos ir rápido —señaló Gelda.

—¡Ah, Gelda! —gritó Zeldris antes de murmurar de nuevo—. Solo espero que esta primera cita salga bien.