La noche era fría. Podía oír que llovía en el exterior y me removí en la cama, inquieta. Me había despertado el ruido del repiqueteo y el soplo del viento.

Estaba sola en mi habitación; Filo había ido a pasar la noche con Melty. Últimamente, gracias a la relativa calma en la que vivíamos, ella pasaba mucho tiempo con la princesa, y esa noche no había sido la excepción.

Me abracé a mí misma antes de sentarme al borde de la cama y me cubrí la espalda y los brazos con la capa de viaje que Naofumi-sama me había comprado unas semanas atrás. No esperé a que mis ojos se acostumbrasen a la oscuridad antes de ponerme de pie y salir de mi habitación.

Caminé sigilosa por el pasillo, reduciendo los pocos metros que me separaban de la habitación de él.

Tomé una bocanada de aire que me heló la boca y la garganta, la retuve y finalmente la dejé salir al mismo tiempo que mis nudillos desnudos golpearon la puerta de madera.

El ruido al otro lado de ella no se hizo esperar. Pude imaginar a Naofumi-sama saliendo de la cama en guardia, con sus ojos expresando curiosidad, cautela y molestia al mismo tiempo. Era una expresión que siempre me estremecía, y por supuesto que aquella noche no fue la excepción.

—¿Raphtalia? ¿Qué sucede?

—Yo... —De pronto no supe qué decir. —No podía dormir.

—¿Eh? ¿Tuviste alguna pesadilla?

El rostro de Naofumi-sama reflejaba el cansancio con el que había estado cargando los últimos días y que siempre intentaba ocultar. Me sentí mal por haber interrumpido su tiempo de descanso, aunque presentía que no había estado durmiendo en el momento en que llamé a su habitación.

—Naofumi-sama, ¿estaba trabajando en algo? ¿Puedo ayudarlo?

Evité responder a su pregunta porque no quería mentirle. Sin embargo, sabía que si le decía que no, me mandaría de vuelta a mi habitación. Y yo no quería quedarme sola.

Sin ser consciente, mi cola comenzó a agitarse detrás mío. La obligué a detenerse en cuanto me di cuenta; en cuanto Naofumi-sama se dio cuenta. Sentí la mirada de Naofumi-sama atravesando mi cuerpo por completo, y la temperatura de mi rostro aumentó.

—No. Estaba estudiando —me confesó.

—Naofumi-sama, eso no es bueno para usted. Debería estar descansando —. Me molesté un poco. A veces sentía que estaba ocupando el lugar de su madre.

—Tú también, pero estás golpeando mi puerta a las dos de la mañana.

Error. Yo no quería dejarlo solo.

—¿Puedo pasar?

Llevaba puesta solamente la ropa ligera con la que dormía y la capa de viaje sobre la espalda. El frío me recorría la columna vertebral y estana conteniendo los temblores sujetándome al borde de la tela con los brazos cruzados para evitar que esta se resbalara.

Naofumi-sama no parecía molesto, sino más bien desconcertado.

—Naofumi-sama, ¿puedo quedarme con usted?

Él se despeinó con la mano derecha desde atrás y lanzó un quejido bajo.

—Sí, está bien —. Se hizo a un lado y entré —. Pero que no se te haga costumbre.

El interior de su habitación estaba ligeramente más cálido que el pasillo. Cerré la puerta detrás de mí al tiempo que negaba con la cabeza y que él se alejaba para regresar al escritorio, donde descansaban una precaria lámpara y un libro abierto.

El tiempo y el silencio (roto por la lluvia que había aumentado su fuerza) se extendieron entre ambos a la vez que la vela se consumía.

Yo me había sentado sobre la cama y lo veía estudiar sin decir nada. Me tranquilizaba el simple hecho de estar cerca suyo.

—Naofumi-sama, dígame una cosa...

Las palabras que habían estado rondando en mi mente salieron de mis labios antes de que pudiera evitar pronunciarlas. Notaba la humedad colándose por las ventanas y volviendo pesado el ambiente.

Él cerró el libro con un golpe seco y me miró de reojo.

—¿Mh? Pensé que estarías dormida.

El pelo de mi cola se erizó un poco y mis orejas se irguieron.

—¿Qué quieres?

—Estaba pensando... —mis ojos se desviaron de manera automática al suelo, y me obligué a alzar la vista para ver por sobre el hombro de aquel que me había comprado —¿Ha estado alguna vez con una chica?

—¿De qué estás hablando? Claro que no. Creo haberte dicho ya que no dejé ninguna novia en mi mundo.

—No me refería a una novia.

—¿Eh? ¿Estás preguntándome si alguna vez le he pagado a una ramera?

La sola idea de imaginarme a Naofumi-sama en una situación como aquella me generaba un enorme rechazo mental.

—¡No! Naofumi-sama, usted no es esa clase de hombres.

—¿Entonces para qué me preguntas?

Se levantó y caminó hasta situarse delante mío con los brazos en jarra. Hasta entonces no me había dado cuenta de que llevaba solamente una prenda básica y sus pantalones. Sin embargo, no parecía tener frío.

Me estremecí y él debió haber interpretado que tenía frío, porque tomó el abrigo de la silla y me lo pasó.

—Naofumi-sama —me puse de pie pero no tomé el abrigo, sino que casi pegué mi cuerpo al suyo —, déjeme ser la primera.

—¿La primera en qué?

Me puse en puntas de pie, odiando no tener puestas las botas que me acercaban más a la altura de Naofumi-sama, y cancelé por completo la distancia que separaba nuestros rostros.

Cada una de mis terminaciones nerviosas reaccionó, haciendo que mis manos tomaran el rostro de Naofumi-sama por ambas mejillas para evitar que se separara de mí. Lo noté duro por la perplejidad, y temí que me apartara, pero aquel miedo me abandonó instantes más tarde, cuando los labios de mi examo se abrieron para moverse a un ritmo tan torpe como el mío. Noté sus manos en mis bíceps y me pegué más a su pecho, queriendo acaparar cada centímetro de su cuerpo. Mi estúpida cola no dejaba de agitarse de un lado a otro y por una fracción de segundo deseé quitármela.

Comencé a sentir que me faltaba el aire y Naofumi-sama debió de haberse dado cuenta porque presionó poco mis brazos alejándome de él.

—Naofumi-sama, hace mucho tiempo que estaba esperando esto.

Lo rodeé casi sin darle tiempo a reaccionar, de modo que yo quedé de espaldas al escritorio con la lámpara encendida, y él, de espaldas a la cama.

Arremetí nuevamente contra él, impulsada por la adrenalina y la agradable sensación de hormigueo que me provocaba en las yemas de los dedos el contacto de mis labios contra los suyos.

Naofumi-sama se encontraba aún confuso y yo me aproveché de eso, exigiendo a su boca abrirse más para que mi lengua pudiera darse paso en su interior.

La temperatura había aumentado en el interior de la habitación y, contrastando con el descenso del exterior por la lluvia que se había convertido en tormenta, había empañado los vidrios de la única ventana.

Con la misma decisión con que daba mis estocadas, avancé unos pocos pasos, obligando a Naofumi-sama a retroceder a ciegas hasta que sus rodillas dieron contra el borde de la cama y se detuvo.

Desabroché el cordel de mi capa de viaje permití que se deslizara susurrante hasta el suelo.

Naofumi-sama me abrazó y se dejó caer en la cama. Rápidamente pasé una pierna a cada lado, sosteniendo mi cuerpo con las rodillas.

Naofumi-sama jadeó y noté que estaba alarmado por lo que ocurría.

Sabía que él había sido inculpado de haber cometido un crimen horrible contra Perra, y supuse que mis actos podrían estar provocando en él sensaciones encontradas. Naofumi-sama luchaba su propia guerra interna, y yo estaba dispuesta a ayudarlo de todas las formas posibles.

—Naofumi-sama —susurré, acariciándole el cabello enredado —, quiero estar con usted.

—Raphtalia...

Mi nombre salió acompalado de un halo de vapor por entre sus labios.

—Déjeme entregarle todo lo que tengo. Naofumi-sama, le debo mi vida.

—Raphtalia... —Presentí que si lo dejaba seguir hablando, iba a romper con aquella burbuja de ensueño en la que estaba viviendo, así que lo volví a besar.

Permití que mis rodillas dejaran de soportar todo mi peso y me senté sobre él. Podía notar que el miembro de Naofumi-sama estaba duro y eso me sorprendió. Había temido que yo no le gustara.

Sus manos buscaron a tientas mi rostro y lo hallaron para acariciar mis mejillas un momento y luego descender hasta mis hombros para volver a separarme.

—Raphtalia, ¿qué...?

—Naofumi-sama, ¿de verdad no se ha dado cuenta? Estoy enamorada de usted —Quizás si se lo decía en ma cara dejaría de verme como a una hija.

》Naofumi-sama, estoy segura de que no nos hemos encontrado por casualidad.

》Por favor, Naofumi-sama. Acépteme —. Me lancé sobre su cuello y deposité mis besos húmedos en él, ascendiendo desde la clavícula hasta debajo del lóbulo de su oreja izquierda. Notaba su respiración entrecortada y su miembro duro entre las piernas. Contenía los jadeos y su cuerpo se estremecía cada vez que yo depositaba mis labios sobre su piel.

Finalmente, Naofumi-sama accedió. No con palabras, sino correspondiendo a mis acciones. Nuestros besos seguían siendo torpes, pero habíamos encontrado nuestro ritmo y estábamos en una sintonía propia.

Hablamos poco. Nuestras manos, expertas en combate, se encontraban ahora en un campo de batalla nuevo e inexplorado, donde debían valerse del instinto y los sentidos como nunca antes.

Los minutos transcurrieron de manera extraña, como si pudiera acelerarse o disminuir su velocidad.

Llevé mi mano a su entrepierna por debajo de la ropa y encontré su miembro sin dificultad. Lo extraje y comencé a masajearlo hacia arriba y hacia abajo.

Naofumi ahogó un nuevo gemido y yo sentí que los músculos de mi propia entrepierna reaccionaban a ese sonido. Algo pegajoso cubrió su pene y la palma de mi mano, pero yo no me detuve. Con cada masaje notaba cómo el miembro de Naofumi-sama se ponía más duro y más erecto hasta que finalmente llegó a lo que supuse era su punto máximo. Entonces lo obligué a recostarse un poco con un movimiento de mi brazo, y mi torso siguió ligeramente su trayectoria.

—¿Estás segura? —preguntó en un susurro contenido. Diablos, ¡si no lo estuviera no habría llegado hasta ese punto!

Mi respuesta fue una mordedura suave en el lóbulo de su oreja, lo que le produjo un espasmo en todo el cuerpo.

Su mano diestra viajó hasta su boca, donde se introdujo un dedo que luego llevó hasta mi entrepierna.

Cuando lo metió en mi vagina, algo pareció romperse dentro de mí. Una especie de barrera imaginaria se quebró y dio paso al placer.

Su dedo exploró mi interior durante algún tiempo. Entró, salió y podría decir que hasta bailó dentro de ella. Al mismo tiempo, sentía que una llama se extendía desde aquella zona por todo mi cuerpo. Sin embargo, a pesar de la sensación de fuego inmenso placer que me recorría cada milímetro en ese momento, una especie de alarma me advertía que aquella no era la plenitud.

En algún momento me había recostado sobre mi espalda en la cama de Naofumi-sama y él estaba encima mío.

—Raphtalia, esto puede doler. Quiero que me avises si eso pasa.

—Naofumi-sama, no se preocupe.

Subí mis piernas y él me miró a los ojos. Podía sentir que en ese momento estábamos conectados.

Él introdujo nuevamente uno de sus dedos y se aseguró de que yo estuviese lo suficientemente mojada como para que él pudiera penetrarme con su miembro.

En cuanto una pequeña parte de su pene entró, yo cerré los ojos y eché mi cabeza hacia atrás, a lo que Naofumi-sama se retiró rapidamente.

—Naofumi-sama estoy bien. No se detenga —afirmé.

—¿Segura? —Tuve la impresión de que él seguiría hablando, así que me incorporé y volvi a besarlo. Mientras me recostaba, aún sin despegar mis labios de los suyos, guié su mano y su miembro hasta dentro mío. Se deslizó con cierta dificultad debido a la charla innecesaria, pero finalmente mi cuerpo reaccionó y en apenas unos segundos volvía a estar completamente mojada y lista para que Naofumi-sama comenzara con sus embestidas suaves y consideradas. Se estaba conteniendo, seguramente debido a que era mi primera vez con un hombre.

Naofumi-sama sabía mucho acerca de cómo tratar a una mujer a la hora del sexo a pesar de nunca haber estado con una.

Acaricié su cabello y lo ayudé a quitarse la prenda básica para que su torso quedara completamente desnudo. Había tenido muy pocas ocasiones para verlo así, y deseaba que esta no fuera la última. Yo también me quité mi ropa, y ambos quedamos completamente desnudos.

Agradecía que la tormenta ahogara nuestros gemidos y jadeos. No habría podido entregarme al placer si hubiera tenido que estar preocupándome porque Filo o la gente de Lurolona no nos oyera.

Las embestidas seguían siendo suaves, aunque un poco más rápidas que al principio del acto.

Debido a mi desnudez, Naofumi-sama se sentía atraído por mis pechos, y permití que se recostara sobre mí para que pudiera estar más cerca de ellos. Para mi sorpresa, Naofumi-sama comenzó a dibujar círculos con su lengua por sobre mis pezones, lo cual hizo estimularme más. Ahogué varios jadeos y arañé la espalda de Naofumi-sama sin causarle ningún daño gracias a su alta defensa. Posteriormente pensé que quizás fuera por su bajo poder de ataque que él me penetraba con tal dalicadeza.

—Raph... talia... Voy a... venirme.

Presioné mis piernas contra sus costados y enredé mis dedos en su cabello aún más enmarañado que antes. Tenía la necesidad de estar pegada a él hasta el último segundo. Sin embargo, en el último instante él extrajo su miembro y sentí que algo pegajoso y cálido caía sobre mi vientre.

Casi instantáneamente, Naofumi-sama se desplomó a mi lado.

Giré mi rostro para poder verlo. Me urgía saber lo que pensaba, y sabía que podría averiguarlo mirándolo a los ojos.

Me encontré con cansancio, con excitación, con placer y con amor en ellos. Los ojos verdes de Naofumi-sama reflejaban también un poco se vergüenza.

—Naofumi-sama, quiero que sepa que no estoy arrepentida de nada.

Él me acarició la mejilla y el cabello antes de quedarse dormido, y yo no demoré mucho en de