Prólogo

Londres, 1825.

LADY MEBUKI TORIICHI, CONDESA DE KENSINGTON, se paseaba por la habitación mientras su doncella preparaba las cosas para la partida de su hija Sakura.

—¡Dios mío, Mei! ¿Cómo voy a poder seguir sin mi pequeña?

Nada más salir las palabras de sus labios, acalló mentalmente todo deseo, ahogando el dolor que suponía alejarse de su hija. Sabía que era lo mejor. No quería que el futuro de su pequeña fuera igual que el que le había tocado vivir a ella. Bajo el dominio de un hombre como Kumade Toriichi, lo más inteligente era mantenerla a distancia.

Mei, su doncella desde hacía diez años, dejó de doblar las pertenencias de Sakura para mirar a su señora y amiga.

—Mebuki, te ha costado mucho conseguir que lord Toriichi acepte dejar marchar a Sakura como para dudar ahora.

Mebuki la miró con aire de resignación.

—Lo sé, lo sé. Fue idea mía y no estoy dudando. Sé que si se quedara aquí, podría... Oh, Dios, no quiero ni pensar en lo que podría obligarla a hacer en cuanto se convirtiera en toda una mujer.

Mei se acercó a su señora y la tomó de las manos.

—No te preocupes, lo evitaremos.

—Sí, debes prepararla, Mei. Tú puedes. Instrúyela en tus artes para que cuando llegue el momento en que deba enfrentarse a él, sea capaz de engañarlo.

—Puedes confiar en mí. Le enseñaré todo lo que sé.

Mebuki dejó escapar un suspiro como si se hubiese quitado un gran pesar de encima.

—Gracias, Mei. Siempre te estaré agradecida.

—No debes decir eso. Sabes que quiero a Sakura como si fuese mi propia hija. Haría cualquier cosa por ella.

Mebuki sonrió al escuchar las conmovedoras palabras de su doncella.

—Cuando esté lejos de mí, ¿podrías recordarle cuánto la quiero?

—Mebuki, ella ya lo sabe.

—Sí, pero no sé cuánto tiempo pasará fuera y es tan pequeña... No quiero que me olvide. ¿Se lo dirás?

—Todos los días —sentenció Mei.

—Gracias.

Mebuki respiró hondo para alejar las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.

—Voy a ir a verla. Termina de empacar sus cosas. No te olvides de meter a Hezel en su maleta.

Hezel era la muñeca de trapo de Sakura. Mebuki se la había hecho cuando su hija tenía tan solo dos años, y desde entonces la pequeña no se había separado de ella.

—Sí, desde luego —dijo Mei con una sonrisa en los labios—. No me gustaría tener que volver por ella desde Italia.

Mei vio como Mebuki desaparecía por la puerta del dormitorio de Sakura. Le hubiese gustado poder ayudarla más. Haberla sacado de aquel infierno que era su matrimonio y devolverle así parte de lo que había hecho por ella, pero eso era imposible. Mebuki Toriichi le había tendido una mano cuando más lo había necesitado. Diez años atrás, cuando un accidente le dejó visibles secuelas, se encontró con que la carrera que tanto esfuerzo le había costado construir se desvanecía sin poder evitarlo. Toda la fama que había conseguido con su arte, como actriz del Drury Lane, no le sirvió de nada y acabó prácticamente en la calle. Eso la condujo a frecuentar la compañía de personas de dudosa reputación.

Mebuki la conoció cuando estaba a punto de cruzar la línea. Lady Toriichi, que siempre había sido una gran amante del teatro y de los clásicos, la reconoció cuando ella se disponía a servir de cebo para robar a la duquesa de Winchester. La salvó de cometer esa estupidez ofreciéndole un trabajo como su doncella personal. Con el tiempo, no solo le concedió eso, sino también su más sincera amistad. Le dio una lección, a ella, que pensaba que lo había visto todo. Le enseñó que todavía quedaban personas nobles y de buen corazón, capaces de preocuparse por los otros sin esperar nada a cambio. En el mundo en el que ella había vivido, aquello era prácticamente impensable.

Mebuki se acercó a la pequeña cama con dosel situada bajo la ventana del cuarto de Sakura. Sonrió al recordar como su hija había suplicado que la colocaran allí para poder ver las estrellas durante la noche. En Londres aquello era bastante difícil, pero a Sakura eso no le importaba. ¡Cómo iba a echarla de menos!

Sabía que su hija estaría bien. Su hermana Tsunade, la única pariente que le quedaba, la cuidaría como a una reina.

Tsunade siempre había sido como un soplo de aire fresco. Impulsiva y rebelde, había hecho que su infancia estuviese cargada de risas y maravillosos recuerdos. Con la muerte de sus padres, se convirtió en el pilar en que apoyarse y el hombro en el que llorar. Después Mebuki conoció a Kumade y no volvió a verla. Le daba demasiada vergüenza que su hermana descubriera la clase de mujer en la que se había convertido. Ahora tendría que enterarse de su historia, aunque no de sus labios, pero con solo saber que su pequeña estaría a salvo se sentía compensada con creces por ese pesar que la inundaba cada vez que imaginaba la reacción de Tsunade al enterarse de cómo había sido su vida.

—¡Mamá!

Mebuki se sentó en la cama mientras su hija, aún medio dormida, la llamaba. Con su carita en forma de corazón, era lo más bonito que había visto en la vida. Ese era uno de los motivos que la llevaron a tomar la decisión. Con tan solo cinco años, ya se podía vislumbrar la belleza de Sakura. No tenía dudas de que sería una mujer muy hermosa, y eso, en aquella casa, para su marido, era un arma muy poderosa. No. Su hija no sería una marioneta, ni una furcia. ¡Jamás! Antes tendría que pasar por encima de ella.

—¿Mamá, eres tú?

Sakura se frotó los ojos con los puños cerrados intentando salir de su letargo.

Sus rizos de color rosáceo se movieron al girarse hacia su madre.

—Sí, cariño, estoy aquí.

Sakura la miró con sus enormes ojos verdes.

—¿Ya es de día, mamá?

—No preciosa, pero no falta mucho.

—¿Hoy es cuando vamos a ver el mar?

—Sí —le contestó con la voz estrangulada por la emoción—. Hoy verás el mar, tomarás un barco y pronto estarás en casa de tía Tsunade.

—¿Y tú no vienes?

—No, mi amor, ya te lo he dicho varias veces. Mamá tiene que quedarse, pero tanto Mei como tu tía estarán contigo.

—¿Pero por qué, mamá?

—Porque debo quedarme, y a tu tía le vendrá bien la compañía de la cosita más dulce que existe.

—Esa soy yo —dijo Sakura con una risilla.

—Exacto. Verás lugares nuevos, conocerás a otra gente. Será toda una aventura, y así cuando estemos otra vez juntas tendrás un montón de cosas para contarme.

Sakura se arrojó a sus brazos, y le fue prácticamente imposible aguantar el nudo que le atenazaba la garganta.

—Cariño, tengo algo para ti.

—¿Qué cosa?

Mebuki se quitó el colgante que tenía colgado a la altura del corazón y se lo tendió a Sakura.

—Mamá, ¿vas a darme tu colgante?

—Sí, para que me veas siempre que tengas ganas.

—Pero eso no puede ser —le dijo Sakura frunciendo la naricilla como si su madre hubiese dicho la tontería más grande del mundo.

—Mira.

Mebuki abrió el colgante y quedaron a la vista dos mitades ovales de plata. En una de ellas estaba su retrato en miniatura.

—¡Pero si eres tú!

—Claro, ¿lo ves? Puedes verme cuando lo desees.

—¿Y qué es esto? —le preguntó su hija señalando la otra mitad del colgante.

—Es el escudo de tu padre.

—Pero papá no tiene un trébol en su escudo. Yo lo he visto encima de la chimenea y es un águila.

"Dios", pensó Mebuki, "¿cómo se le explica a una niña que el que creía su padre no lo es en realidad?".

—Sakura, este es el escudo de tu verdadero papá.

—¿Entonces Kumade no es mi papá?

—No, cariño, pero es un secreto.

—¿Por qué?

—Porque nadie debe saberlo. Solo nosotras.

—¿Mei lo sabe?

—Sí, hija, Mei lo sabe y algún día te contará la historia.

—¿Por qué no me la cuentas tú ahora?

—Porque todavía eres demasiado pequeña para entender ciertas cosas.

—¡Soy mayor mamá, tengo todos estos años! —le dijo Sakura levantando la mano con los cinco deditos bien abiertos.

—Sí, mi vida, eres mayor, pero no lo suficiente.

—¿Vendrás a verme, mamá?

—Eso espero.

Mebuki abrazó de nuevo a su hija consciente de que esa esperanza era vana. La besó una y otra vez acurrucándola en su regazo, pidiéndole a Dios que cuidara de ella porque algún día su pequeña tendría que enfrentarse al mismísimo diablo.


Advertencia:

🍀 Esta es una adaptación sin fines de lucro, los créditos correspondientes de esta historia pertenecen a Josefina Lis. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto.

🍀 Recuerden no pretendo obtener ningún crédito de esta historia es una adaptación simplemente para disfrute de las personas que les gusta el Sasusaku igual que a mí, por favor no reporten esta adaptación y permitan que otras personas tengan la oportunidad de leerla. Promovámoos el hábito de la lectura no lo saboteemos. ¡Gracias!