Capítulo 1

Venecia, 1840

—¡MALDICION!

—¿Qué Ocurre?

Tsunade di Senju levantó repentinamente la cabeza del libro que estaba leyendo al escuchar maldecir a su sobrina. Sakura tenía un genio muy vivo y a veces la boca la traicionaba.

—Lo que ocurre es esta carta.

—¿Qué?

—Es de mi padre. Dice que es hora de que vuelva a casa.

—¿A casa? ¿Qué casa? Ese hombre no sabe qué es eso. Mi hermana vivió y murió en un infierno. Ese es el único hogar que Kumade conoce.

Sakura leía una y otra vez las líneas que lord Toriichi le había escrito como si de esa manera pudiera cambiar su sentido.

—Creí que ya no me haría volver.

—Yo también —dijo Tsunade frunciendo el ceño—. Cuando murió tu madre pensé que te llamaría para que regresaras, pero no lo hizo, así que me pregunto: ¿por qué ahora?

—No lo dice, solo me ordena que tome el primer barco que vaya a Inglaterra.

—Pues no irás.

—No puedo negarme y lo sabes. Hasta que cumpla veintiún años es mi tutor legal.

—Ni siquiera es tu verdadero padre.

—A los efectos legales, sí lo es. Nadie sabe la verdad, solo tú y yo, y así debe ser. Es mi padre, así consta en mi partida de nacimiento y por lo tanto no se conseguiría nada sacándolo a la luz, solo que el nombre de mi madre acabara arrastrado por el fango. Ya en vida tuvo que aguantar que unieran su nombre a uno de los peores insultos que una mujer puede soportar. Sabes de lo que él sería capaz si me negara a regresar a Inglaterra, y no quiero que te ocurra nada por mi culpa.

—No soy una niña, Sakura Toriichi. Sé cuidarme sola y tu padre, o lo que sea, no me da miedo, es más, tengo ganas de retorcer su aristocrático cuello desde hace demasiado tiempo.

—Sé que no le tienes miedo, tía, pero deberías respetarlo, y yo no voy a arriesgarme. Iré a Londres y haré aquello para lo que Mei me preparó.

—¿Crees que lograrás engañarlo? Es muy astuto, Sakura.

—Yo seré aún más astuta.

—Deberás tener mucho cuidado. Si lo que desea es lo mismo que imaginamos, tendrás que ser muy convincente.

—¿Lo dudas?

—No —sonrió Tsunade—, pero mírate en el espejo. Sé que no eres consciente de tu belleza, pero nada más tienes que ver cómo te miran los hombres para comprender lo que te digo. Vas a tener que hacer un milagro para disimularlo.

—¿Te acuerdas de la anciana que hace dos días te pidió una limosna en la plaza de San Marcos?

—¿A qué viene eso ahora? Te juro, Sakura, que a veces me desconciertas.

Sakura tomó el chal que su tía llevaba sobre los hombros e interrumpió con una mano lo que iba a ser una protesta. Se dirigió hacia el espejo y se colocó el pañuelo sobre la cabeza. Después tomó unos pastelitos de encima de la mesita del té y se los metió en la boca. Del bolsillo izquierdo de su delantal de trabajo, que utilizaba para pintar acuarelas, extrajo unos pigmentos especiales. En menos de cinco minutos, se dio la vuelta imitando el andar de una anciana cansada por el paso de los años.

Con una voz rasgada y acento alemán, tendió una mano hacia su perpleja tía.

—¿Podría darme unas monedas Fräulein.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Tsunade llevándose la mano al pecho—. ¡Es increíble! ¿Eras tú?

—Exacto.

—El otro día no hubiese podido reconocerte ni tu propia madre. Parecías una anciana que no tenía ni para comer.

—¿Aún sigues pensando que no soy capaz de engañarlo?

—No, para nada. Pero debes tener en cuenta que no estarás unos pocos minutos con él, sino que vivirás bajo su mismo techo. No podrás cometer ni un solo error.

—No me descubrirá. Ten fe en mí. Además, espero que mi estancia allí sea breve. En cuanto comprenda que no sirvo para sus propósitos, me enviará de vuelta, ya verás.

Su tía desvió la mirada que se le había ensombrecido visiblemente. Sakura se acercó a ella y arrodillándose tomó sus manos.

—¿Qué te preocupa, tía?

—Me preocupa todo. Me he esforzado para prepararte lo mejor posible, pero eres joven y todavía no has visto la cara amarga de la vida. Hay personas que son crueles, egoístas, ambiciosas, que no temen las consecuencias de sus actos porque no tienen conciencia. Mi hermana se casó con una persona así y créeme, tu madre también era una mujer muy inteligente.

—Pero tú misma lo has dicho, tía, me has preparado. He viajado contigo por todo el continente. Sé hablar cuatro idiomas perfectamente. He estudiado filosofía, ciencia, literatura y he leído todo aquello que ha caído en mis manos. He hablado con amigos tuyos, grandes hombres y mujeres, científicos, artistas que cambiarán con sus logros este mundo, y Mei me enseñó el arte del transformismo. Me enseñó a adoptar distintas identidades y a interpretar un personaje como si fuera yo misma. Tía, mírame. No puedo estar mejor preparada.

—¿Pero qué experiencia tienes tú? Me hablas de teoría, pero ¿qué ocurrirá cuando tengas que enfrentarte a una situación real, a un hombre de carne y hueso?

—Pues rezar, tía —dijo Sakura sonriendo.

—¡No estoy para bromas, jovencita! —exclamó Tsunade.

—Ya lo sé, pero quería que dejaras de fruncir el ceño como si quisieras matar a alguien. Me has llamado jovencita y eso me ha puesto nerviosa. No lo hacías desde que cumplí quince años y me metí disfrazada en la fiesta que diste en Bruselas.

Tsunade tuvo que sonreír a su pesar.

—Sí, es verdad, pero es que aquel día te hubiese dado de buena gana unos azotes. Hacerte pasar por un joven conde francés... Lady Bascombe babeó por ti durante toda la noche y su marido estuvo a punto de retarte a duelo cuando le dijiste que debería controlar mejor a esa vieja arpía que tenía por esposa, y para rematarlo discutiste con el coronel Von Friedrich sobre la política del príncipe Klemens von Metternich-Winneburg.

Sakura soltó una carcajada al recordar la cara del pobre Coronel.

—Sí, creí que aquel día le daría un ataque. Me dijo que no había crítica posible al hombre que había sido el alma del Congreso de Viena y que restauró el equilibrio político, pero ¿qué iba a hacer yo? Estaba haciéndome pasar por un joven e impetuoso conde francés.

—Sí. He de confesar que a veces te metes tanto en el papel que me das miedo.

—Si te digo la verdad —le dijo Sakura con una mirada picara—, aquel día no lo hice porque me dejara llevar por el personaje. Lo hice porque quería sacar de sus casillas al Coronel. Siempre con esa cara de pescado, imperturbable, y ese mostachón... —Sakura hizo un mohín con los labios simulando que se tocaba el gran bigote que Von Friedrich lucía con tanto orgullo.

—Pues lo conseguiste. No sabía que ese caballero tenía un tic nervioso en el ojo derecho hasta aquella noche. Al principio, pensé que estaba intentando seducir a todo lo que llevaba faldas, con tanto guiño. Pero bueno, no nos desviemos del tema. Compréndeme, Sakura, tu madre te dejó en mis manos. Confiaba en que yo te cuidaría y te protegería, y en estos momentos no siento que esté haciendo ninguna de las dos cosas.

Sakura miró fijamente a su tía, que se veía angustiada. Siempre parecía tan segura de sí y tan serena, que verla así la hizo dudar por unos instantes de su propia determinación. Quizá su tía tuviera razón y ella fuera una ingenua. Se creía lo suficientemente preparada como para salir airosa de aquella farsa, pero la verdad es que Tsunade estaba en lo cierto. Al preguntarle sobre la experiencia que tenía, había dado en el blanco, porque a pesar de haber viajado, de haber conocido a gente fascinante y de haber atravesado situaciones que muchas chicas de su edad nunca hubiesen considerado posibles, la verdad era que nunca había tenido que enfrentarse a un verdadero peligro. Su tía siempre había estado a su lado. Incluso en las ocasiones en que su propia temeridad la había llevado a desafiar las convenciones sociales y el buen juicio, no había sentido ningún temor. Todo ese arrojo que algunos llamaban valentía, y que su tía denominaba estupidez, por primera vez le flaqueaba y, a su pesar, no sin fundamento. Realmente, ¿sabría engañar al hombre que arruinó a su madre? Intentando tranquilizar a su tía e incluso a sí misma, Sakura respiró profundamente antes de hablar.

—Tía Tsunade, tú nunca me has fallado. Me has cuidado y me has protegido. Me has preparado y me has convertido en la mujer que soy, y por ello te estaré eternamente agradecida. Has sido una madre para mí y te quiero por ello, pero sabíamos que tarde o temprano esto ocurriría. Ahora solo queda levantar el telón y esperar que la representación sea perfecta.

—¿Cómo lo consigues?

—¿Qué cosa?

—Que todo parezca sencillo.

—No lo sé, pero así es como lo veo, y de verdad siento que todo va a salir bien. Confía en mí.

—De acuerdo. Cuéntame exactamente que es lo que tienes pensado.

Sakura sonrió pícaramente.

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Un rato después, en la soledad de su habitación, Sakura miraba las aguas del Adriático intentando desterrar la sensación de alarma que se había apoderado de ella desde el momento en que leyó la carta de su padre. Su padre... ¡Qué ironía! Esa palabra que debería de sonar hermosa en sus oídos no significaba nada para ella, solo la dejaba vacía. Cuando salía de sus labios le confería un sabor amargo imposible de evitar y, a pesar de acordarse apenas de él, lo odiaba por lo que le había hecho.

Mei solo le había contado retazos de una historia cargada de dolor: la de su madre, que había tenido que sufrir por la ambición desmedida de un hombre inescrupuloso. Y ahora ese desvergonzado reclamaba que ella volviera para darle una vida de la que todos habían intentado protegerla, pero para la que también le habían enseñado a defenderse. Había llegado el momento de hacer uso de todas esas enseñanzas.

¿La obligaría a hacer las mismas cosas que a su madre? Pues no se lo permitiría. Su madre no había tenido más remedio que someterse a su mando para protegerla, pero no dejaría que hiciera lo mismo con ella. No fallaría así a su memoria y al sacrificio que había hecho para que ella tuviera una oportunidad.

Tomó el colgante que descansaba sobre su pecho con dedos trémulos, como hacía siempre que quería acordarse de su mamá. Era lo único que tenía de ella, porque ni siquiera los recuerdos, a pesar de sus esfuerzos por no olvidar, permanecían fieles en su memoria. Habían ido diluyéndose con el transcurrir de los años sin que nada pudiera hacer por retenerlos. Lo único que le quedaba eran pequeños destellos. Una canción, un olor, alguna sensación.

Habían transcurrido quince años, pero algunas veces todavía se sentía como la niña que buscaba los brazos de su madre para acurrucarse, sabedora de que nada malo podía ocurrirle entre ellos.

Había desplegado todo su optimismo y seguridad ante su tía, pero calló la punzada de temor que sentía. "Debo tener fe en mí misma", se dijo por centésima vez. Podía hacerlo, es más, debía hacerlo. Sakura sacudió la cabeza a ambos lados como si despertara de un mal sueño. Pero ¿qué le sucedía? Ella nunca había sentido miedo ante un reto, por el contrarío, siempre la estimulaba el riesgo, la hacía sentirse viva. "Un momento de debilidad lo tiene cualquiera", pensó.

Corrió las cortinas que enmarcaban la ventana de su cuarto mientras volvía a repasar su plan. Miró hacia la cama sobre la que tenía las maletas preparadas para el viaje. Ya no había vuelta atrás y con un leve suspiro terminó de recoger sus cosas.

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Londres, unas semanas después.

—Estoy muy contento de que estés de nuevo en casa. Aquí es donde debes estar, con tu verdadera familia.

Sakura contempló a través de sus enormes gafas a lord Kumade Toriichi, séptimo conde de Kensington. Esas habían sido las dos primeras frases coherentes que su padre había podido articular desde que se sentaron los dos en el estudio hacía ya más de quince minutos.

Sakura había conseguido su objetivo principal: impresionar a su padre hasta dejarlo mudo. Había creado un personaje durante mucho tiempo solo para ese momento, y el resultado no podía ser más alentador. La expresión de lord Toriichi cuando la vio entrar no tuvo precio.

Gracias a la receta de Mei, su color de pelo había pasado de ser rosa claro a convertirse en un negro apagado que llevaba recogido austeramente en la nuca. Sus cejas rosas pasaron a oscurecerse y eran más anchas en su totalidad, y había alargado su nacimiento hasta casi juntarlas. Los ojos, ocultos tras las gafas, eran apenas definibles. Su cara mortalmente pálida y salpicada de pecas completaba sin duda el cuadro que había fulminado las intenciones, fueran cuales fuesen, que tenía su padre. El vestido, más holgado que lo habitual, no definía su figura y le daba una falsa sensación de desgarbo que no trató de disimular.

—Gracias, padre —le dijo Sakura con una voz suavizada, apenas audible.

Lord Toriichi se removió inquieto en la silla pensando en cómo una niña que a la tierna edad de cinco años ya despuntaba como una futura beldad podía haber cambiado tanto y tan desfavorablemente en los últimos años. Eso desde luego dificultaba sus planes, pero con un poco de suerte y de persuasión no los truncaría.

—Lo primero que debes hacer es ir de compras. Ese vestido no es el más aconsejable para resaltar tus cualidades. Veo con cierto pesar que tu tía ha descuidado tu imagen.

—No es eso, papá. Tía Tsunade ha sido como una madre para mí, pero no me interesa mucho la moda. Siempre he pensado que una mujer debe ser práctica. ¿Para qué esos vestidos? No son nada cómodos, y además tampoco me hacen mucha falta porque, ¿a dónde voy a ir?

—¿Tu tía no te llevaba a actos sociales?

—Uff, lo intentó, pero yo siempre tenía muchas cosas que hacer. Entre las causas de caridad, el asilo para los pobres y el orfanato no me quedaba mucho tiempo.

—¡Maldición!

—¿Qué has dicho, padre? —le preguntó Sakura con un tono de voz que fingía manifestar que lo que había escuchado la había escandalizado.

—He dicho "maldición".

Lord Toriichi apartó los papeles de encima de su escritorio para demostrar su evidente molestia.

—¡No debes decir esas cosas! ¡Es pecado!

—Pero por Dios... ¿Qué ha hecho tu tía contigo?

—¿Por qué estás enojado?

Sakura tuvo que contener un grito de júbilo al ver las reacciones del gran lord Toriichi. Estaba siendo más fácil de lo que pensaba sacarlo de sus casillas, pero tampoco debía excederse. No sabía si había exagerado el disfraz y el papel sobremanera, pero había tenido que jugársela y por el momento parecía que había acertado y que lo había engañado sin que sospechara nada. Además, su padre apenas había estado con ella en los cinco años que estuvo viviendo en esa misma casa, así que ¿por qué iba a notar algo? Para Kumade Toriichi las mujeres pasaban inadvertidas hasta que tenían suficiente edad para poder utilizarlas.

Era comprensible que no desconfiara de su actuación. Se había marchado siendo una niña pequeña para volver como una mujer. Todo el mundo sabía que a veces las grandes bellezas pierden todo su potencial en la adolescencia tras los cambios normales de la edad.

—No estoy enfadado, Sakura —le dijo lord Toriichi mesándose los cabellos y suavizando el tono de voz, lo que le recordó a Sakura a un encantador de serpientes—. Simplemente me duele ver cómo han descuidado tu educación, pero no te preocupes, que aquí subsanaremos esa falla. Por lo pronto, quiero que salgas con Cassie, la doncella que te he asignado, y que compres algún vestido para mañana por la noche.

Sakura le había contado a su padre que había viajado hasta Londres con una vieja amiga de su tía Tsunade, de ahí que no fuese acompañada por una doncella personal.

—¿Qué sucede mañana por la noche?

—No está bien que una joven demuestre curiosidad.

Los ojos de su padre brillaron de tal modo al decir eso que Sakura sintió escalofríos.

—Pero ya que lo preguntas, mañana en la noche vendrá un invitado a cenar. Quiero que lo conozcas. Es un viejo amigo de la familia, y un gran hombre.

Le resultaba familiar esa situación. Mei se la había descrito en numerosas ocasiones. Le había contado el modo en que su padre hacía los negocios y cómo había conseguido amasar una fortuna de esa manera. Había rezado para que esa no fuera la razón de su forzada vuelta al hogar, pero si no se equivocaba, algo no muy probable, lo que tenía pensado para ella distaba mucho de ser lo que un padre desea y espera para su hija. Su farsa, su disfraz, su actuación, todo había sido preparado durante largo tiempo por si alguna vez tenía que enfrentarse a una situación así, lo que su madre, Mei y Tsunade tanto habían temido. Podía equivocarse, pero su instinto le gritaba que no y le daba señales de alarma en todo momento. Lo que le hizo a su madre, al utilizarla para sus mezquinos fines, humillándola, arruinándola, seguramente había comenzado con el mismo comentario: "Ven querida, voy a presentarte a un amigo". Si creía que a ella podía engañarla tan fácilmente, iba a llevarse una gran sorpresa.

—Claro, padre —le dijo al recordar que no había hecho ningún comentario acerca de comprarse un vestido—. Si ese es tu deseo...

—Lo es, y ya que estamos, si puedes hacer algo con tu peinado te lo agradecería.
—¿Qué hay de malo con mi peinado?

—¡Harás lo que yo te diga! —bramó lord Toriichi dando un paso hacia ella.

—No intentaba contradecirte, padre.

Sakura bajó la cabeza sumisamente para no provocar más su furia. Sabía que él había estado conteniéndose desde que ella entró por la puerta. Su paciencia, que no parecía ser mucha, había llegado a su fin. Mei se lo había advertido en numerosas ocasiones, pero al ver cómo le latía el pulso en la vena hinchada del cuello, la ira que desprendían sus ojos fríos como el acero y los cambios radicales de humor, se había quedado sin aliento. Debía ser más lista y simular que bailaba al son que él quisiera tocar. No debía hacerle perder el control. No todavía.

El conde de Kensington volvió a sentarse tras su escritorio y, como si ella fuera un insignificante mosquito, la despidió con un gesto despectivo.

Sakura se levantó y antes de salir de la habitación hizo una última pregunta a sabiendas de que aquello no era nada aconsejable. Sin embargo, no deseaba tener que pasar ni un solo minuto más con él ese día, y eso merecía el riesgo.

—Padre, estoy muy cansada. Si no le molesta, ¿podría retirarme a mi habitación?

—Sí. Así estarás mejor para mañana.

Sakura cerró la puerta del estudio tras de sí y soltó por fin el aire que había estado conteniendo y que durante todo el día le había provocado un nudo en el estómago hasta sentir calambres. Subió las escaleras que daban al primer piso y cruzó el pasillo hasta la penúltima habitación. Entró en ella sintiendo que por fin podía relajarse durante un rato. Era la alcoba que había pertenecido a su madre. Tenía pocos recuerdos de su niñez en aquella casa, pero aquel dormitorio le traía recuerdos que ni siquiera el tiempo había podido borrar. Su madre cepillándose la larga cabellera hasta dejarla suave como la seda, el crepitar del fuego en el hogar y su perfume a jazmín que impregnaba cada rincón de la estancia. Todavía se acordaba de los momentos en que su madre la dejaba quedarse con ella mientras se arreglaba para asistir a esas largas veladas con su padre. A ella le fascinaba verla. Cuando terminaba con los últimos retoques y se giraba para que le diera su opinión, a ella siempre le parecía una princesa, como las de los cuentos que Mei le leía antes de dormir. Sin embargo, algo se repetía siempre en aquellas ocasiones y era la tristeza que desprendían los hermosos ojos verdes de su madre, imposible de esconder incluso a una niña. Solo mucho después había descubierto el porqué de esa mirada vacía, perdida y derrotada. Con ella no iban a hacer lo mismo. No lo permitiría. Su madre, Mei, tía Tsunade, todas habían luchado para librarla de ese destino y no iba a defraudarlas.

Había imaginado a Kumade Toriichi de muchas maneras, pero la realidad era aún peor. Sus recuerdos de él eran nulos, ya que en los escasos años que pasó allí apenas lo había visto. Siempre fue como una sombra. No lo veía, pero notaba su presencia cuando estaba cerca. Era como si su cuerpo presintiera el peligro que la acompañaba. La había tratado como si no hubiesen pasado quince años, como si hubiese estado allí desde siempre. Por lo que se veía, él también sabía actuar y era bueno en ello. Cualquier persona que no conociera su naturaleza podía caer rendida ante sus falsos encantos; sin embargo, había cosas que no podía esconder, como esos gélidos ojos que miraban llenos de ambición, la boca apretada en una delgada línea, dura como el mármol, y su genio incontrolable que saltaba si no conseguía lo que deseaba. Gracias a Dios su primera entrevista con él había sido corta, porque, aunque se sentía con fuerzas para luchar contra lo que le tuviera preparado, había estado nerviosa como una chiquilla ante su presentación en sociedad. Cuando llegó la noche, estaba tan cansada del viaje y tan agotada de darle vueltas a los posibles planes de su padre que se fue a la cama sin cenar y se durmió prácticamente al instante.