Capítulo 2

ESTABA MÁS NERVIOSA DE LO QUE ESPERABA. Había cruzado su habitación más de veinte veces de un lado a otro, y todo por esa cena. Sí, por eso estaba inquieta. Siempre se había jactado de tener los nervios más templados del mundo, pero esta vez la estaban traicionando. Respiró hondo y se miró de nuevo en el espejo. Esa mañana había ido a Bond Street con Cassie a comprarse un vestido para la cena. Su padre no le había dejado alternativa. Durante el desayuno le había recordado que fuera a renovar su vestuario. Haberlo desoído hubiera sido como retarlo abiertamente y, la verdad, no quería comprobar qué ocurriría llegado a ese punto. No podía dejar salir su genio ni su rebeldía. Para que funcionase la farsa debía parecer la hija más devota, inocente y boba que un padre pudiera tener.

Cassie la llevó a ver a una de las modistas más cotizadas del momento. Se hacía llamar Madame Valentine, aunque quedó en claro nada más oírla hablar que de francesa solo tenía el nombre. Con un terrible acento intentaba hacerse pasar por alguien que no era. "Igual que yo", pensó Sakura con cierta ironía. Sin embargo, no todo era falso porque con las manos era una auténtica artista.

Estuvo más de una vez tentada de elegir uno de los fabulosos vestidos que Madame Valentine le enseñó. Eran magníficos, pero totalmente inadecuados para sus planes. Debía parecer desgarbada, sin gracia, tenía que disimular su figura, no realzarla.

Cuando fingió desinterés por las preciosas prendas que le enseñaban y que Cassie celebraba con una exclamación, le confesó entre susurros que nunca podría ponerse algo tan escandaloso.

Después de un buen rato, ya desesperada, le enseñó un vestido de muselina gris. Cuando lo vio, Sakura pensó que sería perfecto. Era liso, de líneas sencillas, y le tapaba hasta el cuello. Solo una pequeña franja por encima del pecho y en las mangas evitaba que se lo pudiese considerar insulso y monótono. Parecía para una matrona. Justo lo que necesitaba.

Madame Valentine intentó ceñirlo en las costuras para ajustado a su figura, pero Sakura se quejó constantemente de lo agobiada que se sentía en un vestido tan apretado, mientras fingía no poder respirar. Al final, la pobre modista, con gotas de sudor que le recorrían el cuello, optó por dejarlo un poco holgado, no sin que su ego sufriera a cada minuto de la visita. No le cabía duda de que la mujer había quedado agotada cuando, dos horas más tarde, abandonó su tienda con el vestido.

Aun así, había tenido que eludir a Cassie para que no le arreglara el pelo. Prácticamente tuvo que echarla de su habitación para que no le pusiera las manos encima. Se peinó ella misma recogiéndose el cabello tirante hacia atrás y soltando un pequeño tirabuzón a la altura de las sienes. No podía decirse que había mejorado mucho su aspecto, solo lo suficiente para que su padre quedara convencido de que había hecho caso a cada una de sus sugerencias. Respiró hondo, salió de mi habitación y bajó al comedor.

Mei siempre le decía que, para hacer una buena interpretación, primero debía olvidarse de sí misma y segundo disfrutar con lo que hacía. Sin embargo, en ese momento era incapaz de olvidarse de sus circunstancias y más aún de disfrutar. Sentía que las manos le sudaban y que un nudo le atenazaba el estomago.

Con aparente serenidad, entró en la salita contigua al comedor donde su padre y el misterioso invitado esperaban su llegada. Al instante detectó un reflejo en la mirada de su padre, que se acerco a ella con gesto decidido, inclinándose ligeramente para darle un beso en la mejilla.

—Buenas noches, hija. ¿No podías haberte arreglado mejor? —le susurró con evidente enfado.

Sakura no pudo reaccionar porque su padre ya se había girado hacia el invitado con una gran sonrisa, arrastrándola consigo.

—Sakura, te presento al duque de Weston.

—Encantada, Excelencia —le dijo mientras hacía de manera algo torpe la debida reverencia.

Su padre la ayudó a mantener el equilibrio cuando pareció que de un momento a otro se caería sobre su trasero.

—Sakura, parece que estás un poco torpe hoy. ¿Te encuentras bien?—le preguntó el conde de Kensington remarcando la última palabra.

—Por supuesto, padre. Solo estoy un poco cansada.

—Pobre niña. Es normal después de un viaje tan largo. Todos sabemos que las mujeres son de constitución débil. Deberías cuidarla Kumade.

¿Constitución débil? ¿Las mujeres? Sakura pensó que si le daba una patada, quizá ese cavernícola se enterara de quién era el débil.

Hasta ese momento, el duque de Weston había permanecido perforándola con sus pequeños ojos sin vida. Su mirada no tenía ni expresión ni brillo. "Debe rondar los setenta años", pensó. Por lo menos era lo que aparentaba con la cara surcada de arrugas, y las manos temblorosas apoyadas en un bastón, que parecían a punto de resquebrajarse en cualquier instante.

El Duque le ofreció su brazo, cambiando su bastón de color marfil a la otra mano.

—¿Me concede el honor de acompañarla, milady?

Sakura accedió al instante. Su padre la miraba complacido. "Para él seguro que todo está saliendo a pedir de boca, pero la velada será muy larga", se dijo. Tendría tiempo de sobra para que aquel anciano, que no parecía sorprendido por su aspecto, terminara decepcionado.

Salvaron los escasos metros que había hasta el comedor y tomaron asiento alrededor de la gran mesa color caoba que dominaba la sala. Unos candelabros de plata iluminaban la estancia y conferían a la cena un ambiente más íntimo. El reloj de caja larga Tompion, uno de los principales fabricantes de relojes ingleses, marcaba los segundos como si fueran los latidos de su propio corazón. A su espalda, una repisa sostenía un jarrón de porcelana china, con docenas de rosas en su interior, e inundaba con su fragancia hasta el último rincón.

—Tu padre me ha hablado mucho de ti, y he de reconocer que ardía en deseos de conocerte.

Sakura detectó un guiño desagradable en esa mirada que creyó vacía. Se fijaba en ella como si fuese el primer plato de aquella cena. ¡Ese hombre debía de estar ciego! Bueno, si no le importaba su aspecto, quizá sí reparara en su comportamiento.

—Es muy amable, milord.

—Llámame Latham. Al fin y al cabo soy un viejo amigo de la familia.

—No creo que sea correcto.

—¿Por qué?

—Porque apenas lo conozco.

—El Duque te ha dado permiso, Sakura. No seas descortés.

La voz de su padre fue dura y las aletas de la nariz se le abrieron como si fuera un caballo furioso.

—De acuerdo. Lo llamaré Latham, si ese es su deseo.

El Duque se pasó la lengua por el labio inferior como un galo que se relame cuando contempla la leche.

—Es mi deseo. Que no te quepa duda de eso. Y ahora, ¿por que no me cuentas cómo era tu vida en Venecia? ¿Qué tal es la sociedad?

—Pues no podría decirle. No conocía a mucha gente.

—¿No salías, querida?

Sakura dejó la deliciosa sopa de pescado que habían servido de primer plato para contestar al Duque mirándolo con suma inocencia.

—Oh, no tenía tiempo. Entre mis oraciones y los pobres a los que iba a visitar, terminaba terriblemente agotada. Verá, no soy de constitución fuerte, además sufro de constantes jaquecas. En ocasiones paso toda una semana en cama.

—¡Tonterías! —bramó el conde de Kensington.

El Duque también parecía contrariado por las últimas palabras de Sakura, y la furia que no había podido controlar su padre hizo que el ceño del viejo Duque se frunciera aún más. Con un breve temblor en el párpado izquierdo miró a Kumade.

—Me dijiste que era una mujer fuerte.

—Y lo es, Latham.

Sakura tuvo en ese momento la primera prueba de que no andaba muy descaminada en sus suposiciones.

—Todos sabemos que las mujeres siempre exageran —continuó Toriichi en un intento de conformar a su amigo—. Díselo, Sakura.

—¿Qué, padre? —preguntó fingiendo inocencia—. No entendí bien lo que has dicho. Ya sabes que no oigo bien con el oído izquierdo.

El Duque pegó un salto de su silla como si se hubiese pinchado con un alfiler.

—¿Está sorda?

Sakura se apresuró a responder, porque su padre parecía cercano a una apoplejía.

—No, milord, oigo bien con el derecho.

—Ya basta de decir insensateces, Sakura.

Sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Su padre no había gritado. Ni siquiera parecía furioso, pero la fría calma con la que había azotado cada una de sus palabras la hizo estremecerse.

—Kumade, me temo que no llegaremos a un acuerdo. No es lo que me habías prometido.

Cuando la mandó llamar, había sospechado de sus intenciones sin lugar a dudas, porque un hombre así solo pensaba en las mujeres como mercancía que se trueca y se vende al mejor postor, así se tratara de su mujer o de su propia hija. Sin embargo, una cosa era saberlo y distinta, comprobarlo de primera mano. El sabor amargo que dejaba el rencor por años de injusticias acumuladas acudió a sus labios como el agua en un manantial. Había aprendido durante años a contenerse esos sentimientos, canalizando su furia, utilizándola para ser constante y fuerte. Para mantenerse firme y así poder cumplir con la promesa hecha a la mujer que le había dado la vida.

El Duque de Weston se levantó de la silla con esfuerzo e indico de ese modo que daba por terminada aquella pérdida de tiempo. Lord Toriichi lo tomó del brazo rogándole que se quedara. Sakura debía de imaginarlo. Todas las serpientes se arrastran.

—Latham, no sé lo que le ocurre a mi hija esta noche. Quizá sea el cansancio, o los nervios, pero te prometo que servirá perfectamente a tus propósitos.

Por lo que se veía, su padre no tenía tiempo para sutilezas. Ni siquiera le importaba que ella estuviese allí escuchándolo todo. Era tan arrogante que le dieron ganas de estrangularlo con sus propias manos.

—No creo que sea correcto hablar de esto delante de tu hija.

—No te preocupes. Mi hija es una dama abnegada y sumisa que sabe que indefectiblemente deberá casarse pronto.

—Sí, desde luego, pero pensé que le comentarías este asunto en privado, antes de conocernos esta noche.

Sakura tuvo que apretar la servilleta entre los dedos para no estallar en ese mismo instante.

—Padre, no puedo casarme. Eso es imposible. Hace años que decidí consagrar mi vida a Dios.

—¿Que vas a hacer qué? —preguntó el duque de Weston absolutamente perplejo.

Sakura hizo un pequeño mohín con los labios.

—Veo que usted también sufre del oído.

Su padre le tomó el brazo con tanta fuerza que supo que le quedarían marcas por un tiempo.

—Tú no vas a ir a ninguna parte, ¿entiendes?

—No, padre. Es la primera noticia que tengo.

Sakura vio en sus ojos las ganas que tenía de abofetearla y sabía que si se contenía era por la presencia del Duque.

—Bueno, yo me voy, y cuando lo hayan decidido me lo comunican. Sin embargo, Kumade, tengo que decirte que no estoy nada contento. No me importa que sea fea, sorda o boba, ¡pero necesito un hijo!

El duque de Weston parecía también haber olvidado su presencia.

La manera de apretar el bastón entre los nudosos dedos demostraba que había llegado al límite de su paciencia y de su autocontrol.

Un minuto más y Sakura estaba segura de que el viejo Duque perdería la compostura.

Lord Toriichi se levantó inmediatamente y le lanzó a su hija una mirada cargada de odio. La hizo sentir como si le atravesara el pecho con diez cuchillos. Después de eso se marchó tras el duque de Weston deshaciéndose en mil disculpas, mientras ella pensaba que quizá había llegado demasiado lejos con su farsa. Había azuzado demasiado a su padre haciéndole perder los estribos. ¿Pero qué podía hacer? ¡La quería casar con aquel vejestorio para conseguir quién sabe qué! Además tenía que admitir que una parte de ella había disfrutado mucho viendo al gran conde de Kensington morderse la lengua y casi morir envenenado por ello.

Se levantó de la silla para salir de allí y subir a su habitación. Parecía que estaba huyendo, pero francamente no creía que quedarse allí esperando el regreso de su padre fuese la mejor idea. Con un poco de suerte, quizá pudiese esquivarlo hasta que se hubiese calmado. Nada más pensarlo, apresuró el paso. Cuando ya estaba subiendo la escalera, una voz fría y cortante como la hoja de su estilete la detuvo al instante.

—¿A dónde crees que vas?

Sakura levantó la mirada hacia el techo buscando algo de inspiración divina, pero al parecer por esa noche no iba a recibir más. Como si no hubiese sucedido nada especial momentos antes, se giró hacia su padre con una expresión de pura inocencia en el rostro.

—Iba a subir a mi cuarto. ¿Quiere algo, padre?

—Ven aquí.

Sakura se acercó lentamente al hombre que se creía con todo el derecho a disponer de su vida.

De un metro ochenta de altura por lo menos, su aspecto no reflejaba fielmente su verdadera edad. Debía de tener al menos cincuenta años, pero el pelo desprovisto de canas y el cuerpo esbelto y atlético que había conservado sin duda debido al adecuado y constante ejercicio lo hacían parecer mucho más joven.

Cuando estuvo cerca, se detuvo en seco esperando que fuera suficiente.

—Acércate más.

Esa última palabra había sonado como el silbido de un látigo al cortar el aire. Cuando había dado tan solo dos pasos, se vio arrojada al suelo. Había sido tan rápido que de no ser por el dolor palpitante en la mejilla y el sabor metálico de la sangre en los labios, no hubiese podido decir qué le había ocurrido.

—¡Levántate, puta!

Sakura sintió que temblaba como una hoja, pero no se dejó intimidar. En esos momentos en los que el miedo la acorralaba como un sabueso insaciable, debía mantener la calma. Se levantó lentamente apoyándose en la pared.

—¿Quién te crees que eres? Yo te lo diré: no eres nadie. ¿Me entiendes? ¡Harás lo que te ordene! ¿Me escuchas?

Sakura alzó el mentón manteniendo la boca cerrada. Sabía que con ese gesto lo estaba desafiando, pero la furia que sentía hizo desvanecer toda su cautela. Demasiado tarde se dio cuenta de que esa demostración de orgullo la hacía vulnerable. Mei siempre la había prevenido sobre eso: «Nunca demuestres tus verdaderas emociones. Actúa». Cuando se quiso incorporar, ya se encontraba de nuevo en el suelo con la otra mejilla lacerada.

—¿Te atreves a desafiarme? Si es así como debe ser, así será. Parece que verdaderamente eres una estúpida.

—¿Milord?

El conde de Kensington se volvió con cara de pocos amigos hacia el viejo mayordomo que llevaba sirviendo en esa misma casa desde que era apenas un adolescente.

—Livingston, ahora no es el momento.

—Sí, milord —dijo el mayordomo como si el hecho de que Sakura estuviese tirada en el suelo no fuera algo anormal.

Livingston no se movió de su sitio y arrancó con ello un gruñido de los labios de lord Kumade Toriichi.

—¿Qué ocurre? —preguntó con impaciencia.

—Mientras estaba cenando recibió este mensaje, milord.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —bramó el Conde.

Livingston permaneció impasible ante esa muestra de ferocidad. El señor le había ordenado que no se lo molestara durante la cena, bajo ningún concepto, pero recordárselo no haría más que empeorar la situación. Ya era viejo y llevaba suficiente tiempo en aquella casa como para no saber que el Conde siempre debía llevar la razón, aunque dijese que el sol brillaba por la noche.

Había pasado junto a la puerta en el mismo instante en que la muchacha desafiaba a su padre con un gesto intolerable. Había que reconocer que la chiquilla tenía agallas. Le dolió aquella bofetada que sabía de antemano que le propinaría, conociendo a aquel hombre como lo conocía desde que era un niño de pecho. Siempre había sido igual de cabrón. Pensaba que ya estaba demasiado cansado y cuarteado por la edad como para que algo lo sorprendiera, pero esa jovencita durante unos escasos y maravillosos segundos lo había hecho sentir orgulloso. Algo muy valioso para quien había tenido que vivir bajo el mandato de un hombre sin escrúpulos.

Admiraba el valor de la joven, aunque desde el punto de vista lógico hubiese sido una soberana estupidez. Pero qué locura tan hermosa. Ojalá él hubiese sido solo una décima parte de lo valiente que había sido ella. Eso lo hizo sentir incómodo. Ya había sido sobradas veces el espectador que se queda inmóvil sin hacer nada. Había pagado un alto precio por no haber ayudado aquella vez a la madre de la muchacha. No podía seguir echando más leña a su conciencia. En ese momento, supo que debía hacer algo y así lo hizo, apresurándose a cumplir con su determinación cuando vio que lady Toriichi intentaba levantarse de nuevo. "¡Qué jovencita tan testaruda!", pensó con admiración.

Lord Toriichi alargó la mano y le arrebató de un tirón la nota que el viejo mayordomo ya le estaba tendiendo. Sin mirar hacia atrás, se retiró a su estudio, no sin antes dejar unas palabras en el aire.

—Livingston, recoge la basura del suelo antes de retirarte.

Lord Toriichi tiró la nota junto a las otras, dentro del cajón del escritorio que dominaba su estudio. Estaba más que harto de esas sanguijuelas, de esos buitres que lo merodeaban sin cesar esperando la ocasión para caer sobre él. Las malas inversiones realizadas en los últimos años lo habían llevado a una situación económica insostenible. ¿Cómo se atrevió Mebuki a morirse? Todo había ido bien mientras la tuvo a ella.

Todas las mujeres eran unas putas, no se podía confiar en ellas, pero con una mano lo suficientemente fuerte como para dominarlas podían ser muy útiles. Mebuki lo había sido. La había mandado a los dormitorios y ella había vuelto con la información: inversiones, política, influencias, chantaje. Había tenido el mundo en las manos, y esa maldita había tenido la desfachatez de morir, ¡desgraciada!

Mebuki había sido muy hermosa. Lo suficiente como para que todos los hombres la desearan nada más verla. Era divertido comprobar como todos soltaban la lengua cuando el deseo los cegaba.

Su esposa..., qué inocente parecía cuando la conoció. No resultó difícil conquistarla. Tras la desgraciada muerte de sus padres, estaba conmocionada y muy vulnerable. La noche de bodas lloró como una niña cuando la penetró sin ningún tipo de preparación. Todavía se excitaba cuando se acordaba de sus ruegos para que se detuviera. Después de unos meses, ya ni siquiera luchaba. Se mantenía quieta mientras él buscaba alivio, y eso acabó con toda la diversión.

Cuando le ordenó por primera vez que sedujera a un político de un cargo importante, lo miró con absoluto odio y desprecio. Pero le duró muy poco. Comprendió quién era el que mandaba y tuvo que someterse a él. La amenazó con hacer daño a su única familia, su hermana Tsunade, y después cuando llegó Sakura todo fue mucho más fácil. Solo tenía que mirar a la niña para que Mebuki bajara la cabeza y preguntara qué quería que hiciese.

Sí, era fácil. Sabía cómo manejar a las mujeres. No le ocurriría lo mismo que a su padre, un pobre cornudo que se quitó la vida por una mujer adúltera y mentirosa. Una puta, que abandonó a su propio hijo para escapar con uno de sus amantes y no volver jamás. El había aprendido muy bien la lección.

Cerró el cajón con tanta fuerza que hizo que oscilara la luz de las velas que iluminaban parcialmente la habitación.