Capítulo 3
SAKURA SOLTÓ UNA EXCLAMACIÓN MUY POCO FEMENINA cuando el vestido se le enganchó en la enredadera que trepaba hasta su ventana. A un metro del suelo, sentía el frío de la noche en las piernas solo cubiertas por tan delicadas enaguas. Al tirar del borde de la falda, desgarró el dobladillo, pero la liberó para seguir descendiendo.
Después de que su padre se encerrara en su estudio, Livingston la ayudó a levantarse y la acompaño hasta su habitación. El viejo mayordomo no le dijo ni una palabra, pero su mirada expresaba su pesar por lo que acababa de presenciar. La verdad es que la había salvado de una paliza con esa oportuna aparición. Sakura se lo agradeció con un beso en la mejilla. Livingston había abierto los ojos desmesuradamente ante tal atrevimiento, pero ella hubiese jurado que, cuando el anciano mayordomo se dio vuelta para retirarse, una sonrisa se le asomó en los labios.
Después de eso, empaquetó sus cosas en la bolsa de viaje y esperó pacientemente a que la casa quedara sumida en el más absoluto silencio. Se cambió el vestido gris perla por uno azul marino abrochado por delante con una tira de botones. Era el más oscuro que tenía y el más maltrecho. A esas horas de la madrugada, le convenía pasar lo mas inadvertida posible.
Antes de llegar a Londres, había visitado a Shizune Katō, una escritora inglesa amiga de su tía. Ella la había puesto al día de la vida de Londres, de su enrevesada sociedad y también de sus peligros. Y uno de ellos, desde luego, era caminar sola por las calles de la ciudad a altas horas de la noche. Y, más aún, si quien se atrevía a hacerlo, era una mujer.
Por si acaso, llevaba su estilete en el botín derecho. Eso le daba una cierta sensación de seguridad. Aún se acordaba de la cara de su tía cuando descubrió que Dan, el maestro espadachín, la estaba instruyendo en el arte de la esgrima. Tsunade estuvo a punto de romperle la crisma, pero Dan con una sola sonrisa desbarató todas sus intenciones. Aún no comprendía por qué su tía no se había casado con él, cuando saltaba a la vista el amor que existía entre los dos. Un día se atrevió a preguntárselo y ella con un encogimiento de hombros le dijo que así eran felices.
Dan siempre le había dicho que tenía aptitudes y la animaba a continuar con su entrenamiento. Después, Hōki, el mayordomo de Dan y ex-contrabandista, le enseñó a lanzar el estilete y a defenderse con él, cuerpo a cuerpo.
Con la sonrisa torcida y la nariz rota, Hōki tenía más pinta de boxeador que de otra cosa. Sakura lo persiguió durante más de un mes sin darle descanso, hasta que el pobre Hōki, exclamando que en toda su vida no había conocido peor tortura que ella, le dijo con voz lastimera: "Me rindo. Si el señor Dan le deja tomar una espada, no sé por qué yo no puedo enseñarle a utilizar el puñal. Es un arma que como mujer podrá utilizar si algún día debe defenderse".
Dejando atrás los recuerdos, aligeró más el paso arrebujándose bajo el abrigo. Debía encontrar pronto un coche y salir de la ciudad. El traqueteo de unas ruedas sobre los adoquines de la carretera fue como música para sus oídos.
Tuvo que convencer al cochero para que la llevara fuera de la ciudad. Al principio se negó, pero cuando le enseñó las monedas que tintineaban en su mano, el cochero no puso ninguna otra objeción.
No había ningún plan. Lo único que tenía en claro en ese momento era que debía alejarse de Londres y poner la mayor distancia posible entre su padre y ella. No podía volver a Venecia. No por el momento. Con toda seguridad, en pocas horas el puerto estaría vigilado y el siguiente barco a Venecia tardaría varios días en salir. Podía intentar pasar inadvertida, con algún tipo de disfraz, pero no conocía la ciudad y prefería no arriesgarse. Iría hacia el norte hasta decidir un destino en donde esconderse por un tiempo. También tenía que cambiar su aspecto. En cuanto llegara a una posada, se instalaría por unas horas, el tiempo suficiente para comer algo y meterse en la piel de un nuevo personaje.
Miró por la ventanilla del coche un poco más tranquila. El sol todavía no despuntaba por el horizonte, aún quedaban varias horas para que amaneciera. Seguramente para entonces ya habrían descubierto su desaparición.
Ese era el primer momento, desde que dejó atrás la casa de su padre, en que se permitió relajarse, recostándose sobre el sillón gastado y maloliente del coche mientras cerraba lentamente los ojos. Le escocían por dentro como si alguien le hubiese tirado un puñado de arena. Aunque eso no era lo peor. Tenía las mejillas doloridas. Había tenido que disimular con maquillaje el moretón que rápidamente se le había extendido a lo largo de la mejilla. El labio le dolía, sobre todo allí donde se le habían clavado los dientes, y le habían dejado una pequeña, pero escandalosa herida.
Había sido demasiado ingenua al pensar que podía controlar por sí sola la situación, y no era que hubiese subestimado a su padre, pues le habían contado hasta la saciedad lo que ese hombre era capaz de hacer, sino más bien que se había sobrestimado a sí misma.
Mei le había dicho que siempre esperara lo inesperado, y ella, cabezota de por sí, había confiado en lo evidente, porque ¿quién querría a una chica tonta y fea? Pues no podía haber estado más equivocada y así estaba ahora, huyendo en la noche como una fugitiva y con un lío descomunal al que enfrentarse.
Se durmió durante un rato y al despertar por un bache nada caritativo descubrió que ya había amanecido. Le había dicho al cochero que condujera hasta al amanecer y entonces la dejara en la posada más cercana. En todas ellas pasaban coches con distintos destinos. Con un poco de suerte, desde allí podría enlazar con alguno que se dirigiera más al norte. La posada más cercana resultó ser The Red Rose.
Antes de entrar, despidió al conductor pagándole un poco más de lo acordado, para comprar implícitamente su silencio.
La posada, aunque no muy grande, era entrañablemente acogedora.
Su nombre bien podía deberse al gran número de rosales que adornaban a ambos lados el camino de la entrada. Pintada de color rojo, tenía grandes ventanales por los que se filtraba la luz para iluminar las dependencias.
Lo primero que vio al atravesar la puerta fue el mostrador. Tras él se encontraba un hombre grande y robusto, con cara de pocos amigos, que miraba unos papeles como si fueran su peor enemigo.
—¡Yui! ¡Ven aquí!
Sakura dio un respingo al escuchar el vozarrón que desgarró el silencio.
Una mujer de mediana estatura y redondeada en aquellos lugares que más atraían a los hombres salió por el pasillo con las manos apoyadas en la cadera, los brazos en jarra y el ceño fruncido.
—¿Quieres no gritar? ¡Vas a asustar a nuestros clientes!
—A nuestros clientes les importa un comino lo que hagamos —le dijo el hombre entre dientes.
—Desde luego que así nunca conseguiremos tener clase.
—¿Clase? ¡Dios mío! Ahora se cree que es la reina de Inglaterra.
—Bueno, ¿qué quieres? —le espetó la mujer dando golpecitos con la puntera del zapato en el suelo.
—Que me digas dónde está el pedido de vino que debía haber llegado esta mañana.
—No lo sé. ¿Contento?
El hombre le enseñó los dientes de tal manera que a Sakura le erizó los pelos de la nuca. Una vez vio hacer lo mismo a un mastín antes de dejar al pobre señor Cagliani sin medio pantalón y con ocho puntos de sutura en la pierna derecha.
—El vino debería estar ya aquí, pero echando una ojeada a los papeles, ¿con qué me encuentro?
—¿Es una pregunta, Inoha?
—¿A ti qué te parece?
—Me parece que estás un poco alterado.
—¡Maldición, mujer! ¿Cómo no voy a estarlo? La hoja del pedido sigue aquí, no la mandaste y te dije que lo hicieras el jueves.
—¿Y qué? ¿Es que tengo que hacerlo todo yo?
—¿Todo? Yui, haz el favor de irte si no quieres que pierda la poca calma que me queda y te dé la zurra que mereces.
—Tú no te atrevas a tocarme, porque si lo haces no te meterás nunca más en mi cama. ¿Entiendes?
Sakura carraspeó para hacerse notar, porque presenciar una conversación privada que estaba adquiriendo un tono bastante íntimo le parecía descortés, aunque sumamente divertido.
La mujer, que pareció percatarse de su presencia, relajó la postura y con una sonrisa deslumbrante se acercó a ella.
—Hola, buenos días y bienvenida a The Red Rose.
—Gracias —le dijo Sakura.
—Inaho, atiende a la señorita y por lo que más quieras, compórtate.
Inaho puso los ojos en blanco ante la blasfemia. Yui quería clase cuando ella misma hablaba como un marinero en medio de un burdel.
—¿Desea una habitación?
—Sí, por favor —le contestó desde el otro lado del mostrador.
—¿Podría decirme si pasa algún coche por aquí que vaya al norte?
—Pasan algunos, señorita. Mañana debería llegar el que se dirige a York, y el viernes el que va a Norwich. Y luego casi a diario pasan loches con destino a Bath y a Londres.
Sakura guardó esa información para analizarla después. Lo primero, ya que era imposible que su padre pudiese localizarla tan pronto, era refrescarse y descansar un rato.
La tensión acumulada durante las últimas horas y el hecho de mi haber dormido prácticamente nada la habían dejado extenuada. También el estómago se rebelaba ante la falta de alimento.
—Tami, acércate.
Sakura se giró para ver a una muchacha de corta edad, delgada y vivaracha, que se acercaba a pasos apresurados.
—Sí, señor.
—Acompaña a la señorita a la habitación de arriba, la que está más alejada del pasillo, y asegúrate de que tenga todo lo que necesite.
Tami asintió vigorosamente con la cabeza, por lo que varios mechones de un rubio platino casi irreal se le soltaron del recogido.
Sakura subió las escaleras tras la muchacha, mientras sus piernas protestaban con cada escalón. La posición en el carruaje sin poder apenas moverse había hecho que los músculos se le agarrotasen. Al llegar a la habitación se apresuró a entrar.
La jovencita constató que todo estuviese bien y se marchó prometiendo subir agua caliente en unos pocos instantes.
Cuando oyó cerrarse la puerta, dedicó unos segundos a contemplar la habitación que le habían dado. Era pequeña, pero a simple vista cómoda. Y en ese momento eso era un tesoro para su cuerpo dolorido. Un gran ventanal entreabierto, para refrescar la habitación, hacía que pareciera más grande y luminosa y la dotaba de un aire casi acogedor. Había una pequeña cómoda situada al lado de la puerta y, frente al ventanal, se encontraba la cama grande y tentadora. Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de su estupor. Era Tami con el cubo de agua caliente. Tendría que ser suficiente para asearse un poco.
—¿Desea que le suba algo para cenar, señorita, o prefiere bajar al comedor?
No estaba bien visto que una mujer viajara sola, y menos que comiera sin acompañante en una posada.
—La verdad es que estoy cansada y preferiría comer aquí.
—¿Le parece bien un poco de pastel de carne?
—Eso suena delicioso, gracias.
Tami sonrió enseñando unos dientes diminutos y algo torcidos que le daban un aire travieso.
Cuando la muchacha se hubo marchado, se acercó a la ventana para deleitarse con la esplendorosa belleza de los rosales. Manchas de diversos tonos rojos, blancos, rosados, violetas y amarillos asomaban por encima de los tallos como si compitiesen entre ellas estirando el cuello para poder ver sobre todas las demás, empujándose entre sí sin ningún pudor.
Le hubiese gustado poder disfrazarse de un joven caballero y haber bajado a la taberna de la posada, pero eso no era muy prudente. Hasta que no se alejara de allí con un nuevo aspecto no podía llamar la atención. Aunque su apariencia de institutriz la hacía prácticamente invisible, no podía contar con que pasaría totalmente inadvertida, porque siempre podía haber alguien observándola que pudiera recordarla. Cuanto menos la vieran, menos se acordarían si preguntaran por ella. Se había confiado ya una vez y, si de algo podía presumir, era de aprender deprisa de sus errores.
Se quitó los guantes y los dejó encima de la cómoda. Después de refrescarse un poco, sacó el espejo que siempre llevaba consigo y analizó su aspecto, pensando qué arreglos hacer en su atuendo y en sus facciones.
Tami subió con el pastel de carne, medio vaso de vino y una tarta de frutas. A Sakura le pareció un verdadero festín. En la cena de la noche anterior casi no había probado bocado, por lo que llevaba veinticuatro horas sin tomar nada. Había intentado acallar los rugidos de su estómago, pero al ver y oler el aroma de la comida, estos se revelaron en tropel. En apenas diez minutos devoró todo. Eso era impropio de una dama, pero muy oportuno para una mujer hambrienta.
Nunca había sido remilgada para comer ni tampoco le había hecho falta. Al contrario que otras chicas de su edad, no había tenido que vigilar constantemente su figura. Su tía Tsunade, a la que un dulce le hacía estragos en las caderas, siempre le había recordado la suerte que tenía al poder comer de todo sin preocuparse por los kilos de más. Entonces pensó que quizá podía simular ser un poco regordeta. Eso no sería difícil de conseguir. Con una prenda gruesa debajo de sus vestidos holgados, en un santiamén obtendría el efecto deseado.
Con un suspiro entrecortado se sentó en la cama, que se hundió parcialmente bajo su peso. Era una tentación que la invitaba a acurrucarse bajo sus sábanas para dejar pasar las horas. Sin embargo, eso debía esperar. Tenía que decidir qué hacer. Había pensado en viajar a Escocia. Allí conocía a un amigo de su tía, el viejo Sarutobi. Era un erudito raro y bohemio, pero sumamente encantador. Con un poco de suerte, lo encontraría en casa y no en el continente como era habitual en él en esa época del año. Sí, tomaría el coche que se dirigía a York y desde allí continuaría hasta Escocia.
Con un plan ya esbozado en mente, decidió dar un pequeño paseo. Cerró la puerta con cuidado y atravesó el pasillo camino a las escaleras. Un llanto desgarrador proveniente del interior de una de las habitaciones la hizo detenerse a mitad de camino.
"No es asunto mío", se dijo mientras reanudaba el paso. No había andado ni un metro cuando su conciencia la aguijoneó como si fuera una avispa. Parecía una mujer joven la que lloraba, y por la falta de voces y ruidos en la habitación, apostaría a que estaba sola. Su tía Tsunade siempre le decía que se entrometía y que tenía un don especial para meterse en problemas; sin embargo, por mucho que lo intentaba, no podía cambiar. ¿Qué se le iba a hacer? Era su que seguramente estaba cometiendo un error, alzó la mano enguantada y golpeó dos veces en la puerta. Los sollozos cesaron al instante y dieron paso a un profundo silencio. Durante varios segundos que le parecieron siglos, no se oyó nada al otro lado. Cuando pensaba que ya no obtendría ninguna respuesta, una voz débil y temblorosa le contestó desde el otro lado de la puerta.
—¿Quién es? ¿Qué desea?
—Hola, me llamo Sakura. Ocupo una habitación cercana a la suya. La he oído llorar y me preguntaba si podría serle de ayuda.
—No, váyase.
Sakura retrocedió un paso. ¿Qué esperaba? ¿Que le abriera la puerta y le contara su vida?
—No quiero molestarla, pero me pareció que necesitaba ayuda.
—¿Es que no me escucha? ¡Le he dicho que se fuera! Por favor —exclamó llorando de nuevo.
Ahora sí que no le cabía duda de que algo iba mal. La mujer parecía desesperada, o por lo menos eso era lo que denotaba su tono de voz. Por enésima vez se dijo que aquello no era de su incumbencia, pero su instinto la hacía mantenerse allí, de pie, quieta mirando la puerta, dándose un montón de razones que justificasen lo que iba a hacer. Quitándose una de las horquillas que le sujetaban el pelo en un prieto moño, se agachó hasta quedar a la altura de la cerradura.
Miró a ambos lados del pasillo para comprobar que no había nadie y tomando aire se dispuso a cometer un delito. En menos de un minuto sintió que la cerradura cedía ante sus manos que, como una vez le dijera Hōki, eran muy hábiles para una damita.
La verdad es que en aquellos tiempos en los que era una ansiosa pupila del contrabandista, jamás pensó que sus enseñanzas poco convencionales y nada éticas la ayudarían a entrar en la habitación de una joven llorosa que no quería que nadie la molestara.
Entró en la habitación con sigilo y cerró la puerta tras de sí. Había una mujer apoyada en el alféizar de la ventana intentando ahogar sus sollozos con la mano. Temblaba ligeramente moviendo los hombros como si fuese a romperse en mil pedazos. Sakura sintió el impulso de acercarse a ella. No sabía cómo, pero en la medida en que le fuera posible, decidió en ese mismo momento que intentaría ayudar a esa joven. Por su aspecto parecía tener más o menos su misma edad.
—Hola.
La mujer cortó un hipido muy poco femenino en su sobresalto al oír a Sakura. Se volvió hacia ella con rapidez mientras se llevaba una mano al pecho y agrandaba los ojos de manera exagerada.
Sakura sabía que debía decir algo y pronto. Alguna cosa para calmarla porque parecía que se pondría a gritar como una loca en cualquier momento.
—No se asuste —le dijo Sakura mientras daba un paso hacia ella.
La joven retrocedió en un acto reflejo, lo que hizo que Sakura se parase en seco, enseñándole las manos como si así le mostrara que no debía temer nada.
—Soy yo quien llamó hace un momento a la puerta. Sí, ya sé que me dijo que la dejara tranquila, pero oí que lloraba y la conciencia no me permitió alejarme sin comprobar que realmente se encontraba bien.
Sakura notó que la muchacha parecía un poco menos tensa.
—No pretendía entrometerme, pero parecía tan desesperada desde el otro lado de la puerta que...
Si no fuera porque veía el pecho de la mujer subir y bajar, inhalando y exhalando aire, pensaría que estaba ante una estatua de piedra. Juraría que ni siquiera había pestañeado. Por una vez en su vida, tuvo que reconocer que no sabía qué hacer. Balbuceó sus últimas palabras pensando en la estupidez que había cometido.
Por lo menos, la joven aparentaba estar bien físicamente, lo que la llevaba a pensar que su angustia se debía a otra cosa. Retrocedía en busca de un lugar donde sentarse cuando una sola palabra de la muchacha la dejó clavada en el sitio.
—¡No!
—¿Qué? —preguntó Sakura pensando que lo que le estaba diciendo era que no buscara donde sentarse, porque la echaría de allí en ese mismo instante de una patada.
—¡No se vaya, por favor!
Sakura comprendió que aquella joven de grandes ojos azules había malinterpretado su gesto creyendo que se marchaba. Le había pedido que se quedase. Eso era un adelanto. Quizá con un poco de suerte pudiese tranquilizarla.
—No, claro que no. Solo iba a sentarme, si no le importa. ¿Cómo se llama?
—Sakura.
—¡Vaya, eso sí que es casualidad! Yo también me llamo así.
—Sakura Izuno —le contestó mientras sorbía por la nariz y se secaba torpemente las lágrimas que le brillaban sobre las mejillas.
—Encantada, señorita Izuno. Yo soy Sakura... Sakura Inuzuka —le dijo, recordando que ese era el apellido con el que se había registrado en la posada.
En ese momento, la señorita Izuno pareció algo confusa.
—¿Cómo ha entrado? —le preguntó.
—La puerta no estaba cerrada con llave —le mintió Sakura esperanzada de que la señorita Izuno en su estado de congoja no se hubiese percatado de ese detalle.
—¡Ah! —dijo como si así estuviese todo claro.
—¿Quiere sentarse y contarme qué le preocupa? A veces contar lo que nos perturba nos libera de ello o hace la carga menos pesada. A menudo magnificamos nuestros problemas y los vemos más grandes de lo que en realidad son.
La joven movió la cabeza con feroz determinación, negando esa posibilidad como si le fuera la vida en ello.
—Bueno —dijo Sakura—, quizá podamos hablar de otra cosa. ¿De dónde es usted?
—De Reading —le contestó la señorita Izuno rápidamente—, pero llevo vanos años en Londres.
—¿Tiene familia allí?
—N... no —farfulló Sakura Izuno.
Sakura intentaba entablar una conversación porque desde que entró por la puerta parecía que la estaba interrogando y no quería que se asustase.
—Yo también he estado en Londres —le dijo—. Señorita Izuno, no quiero parecer una entrometida, pero claramente hay algo que la hace sufrir. No hace falta que hablemos de ello ahora si no se siente con fuerzas, pero muchas veces las cosas no son tan horribles como parecen a simple vista.
Sakura Izuno levantó el mentón y la miró con desolación.
—Yo no estoy de acuerdo con usted, señorita Inuzuka.
—Ya veo. Usted no ve salida porque está muy involucrada, pero, quizá una persona ajena a su problema podría ver su situación con Objetividad y ofrecerle una alternativa.
Izuno soltó un fuerte sollozo, a la vez que se levantaba como un resorte de la silla. "¡Bravo!", se dijo Sakura a sí misma. "Si es así como vas a tranquilizarla, te estás luciendo".
—¡Es que no lo entiende! ¡Yo no tengo ninguna alternativa!
Sakura se levantó, incapaz de verla sufrir de esa manera por más tiempo. Se acercó lentamente a ella y le tomó una mano entre las suyas. Estaba helada.
No se desespere, por favor. No se rinda. No hasta que haya hablado. Ahora voy a pedir un té. Creo que nos vendrá bien a las dos. Siéntese mientras vuelvo.
No tardó más de unos minutos en encontrar a Tami. Le encargó una tetera bastante grande como para nadar en ella y unas galletas. Cuando subió, la señorita Izuno parecía más calmada, aunque su mirada permanecía fija en el vacío.
Tami subió prácticamente detrás de Sakura. Dejó la bandeja y después se marchó haciendo un pequeño gesto con la cabeza.
Sakura sirvió dos tazas de té e hizo que su acompañante tomara una entre las manos, animándola con un leve empujoncito a llevársela a los labios.
El té caliente pareció relajar a las dos, que suspiraron a la vez cuando bebieron el primer sorbo.
—Puede llamarme Izu —le dijo la señorita Izuno sin levantar la mirada de su taza.
—¿Izu?
—Sí, eso es. Mi madre se llamaba Sakura, al igual que mi abuela que vivía con nosotros. Era un lío. Cada vez que llamaban a alguna de nosotras acudíamos todas a la vez, así que me empezaron a llamar Izu, por mi apellido, y ahora todos me llaman así.
Sakura pudo contemplar como los rasgos de Izu se suavizaban al hablar de su familia.
—Izu, de acuerdo. A mí puede llamarme Sakura.
—Uff... será difícil recordarlo.
Sakura sonrió abiertamente. Izu le había hecho una pequeña broma y eso, en ese momento, era más de lo que esperaba. Parecía que lo peor había pasado.
—Sé que quiere ayudarme y le estoy muy agradecida por ello, pero no puede. Nadie puede.
—No hable así y deje que sea yo misma quien decida si puedo ayudarla o no. Cuénteme lo que le ocurre. Yo no puedo pedirle que confíe en mí puesto que apenas me conoce, pero déjeme intentarlo.
En ese momento, Izu pareció tomar una decisión. Esa mujer que había aporreado su puerta incapaz de dejarla en paz, con su determinación, su amabilidad y su optimismo la había hecho pensar por solo unos segundos que su vida no estaba acabada. Eso no era verdad, porque sabía que no había vuelta atrás para ella. Sin embargo, la señorita Inuzuka con su sola presencia le daba paz y le transmitía confianza.
No le había contado a nadie lo que le ocurría. Sentía demasiada vergüenza, pero por una ilógica razón o porque sencillamente se encontraba al límite de sus fuerzas, algo en su interior le decía que aquella mujer no la juzgaría, y sabía que no podía soportar aquella carga sola por más tiempo.
—Yo...
—¿Sí?
—Yo soy institutriz. Llevo dos años trabajando para la agencia Wakefield. Es la más prestigiosa de Londres y prácticamente de toda Inglaterra. A la agencia acuden las mejores familias del país para contratar los servicios de las institutrices para sus hijos. Para mí fue un golpe de suerte. Mis padres habían muerto. Ya no me quedaba familia y tenía escasos amigos. ¡Ya sabe! Una buena familia venida a menos. Nadie quería relacionarse conmigo. Con mi excelente educación y mi procedencia me contrataron sin reservas.
Sakura vio que Izu tomaba aire varias veces como si estuviera reuniendo fuerzas para seguir con su historia.
—Continúe, por favor.
—Al principio todo iba muy bien. Me escogieron para ser la institutriz de una niña de siete años. Aiko Iwana. La hija de Akame Iwana.
Izu miró con atención a Sakura como si esta tuviese que reconocer ese nombre.
—Perdón, pero he estado fuera del país durante muchos años.
Izu asintió con comprensión.
—El duque de Huntington.
—¡Ah! —exclamó Sakura.
—Al principio todo iba bien. La niña era adorable y por primera vez en mi vida me vi disfrutando de mi trabajo. Un trabajo del que, al principio, pensé que sería una desgracia.
Al decir la última palabra su voz había disminuido considerablemente, y dio a entender a Sakura que era eso exactamente lo que había ocurrido. Una desgracia.
—A los pocos meses volvió de Oxford el primogénito del duque, Radley. En unas pocas semanas nos hicimos amigos. Yo sabía que eso era algo prohibido. Una empleada jamás debe entablar amistad con sus señores, pero Radley se presentaba en la puerta de la habitación de la niña siempre que terminaba las clases, cuando salía a dar un paseo o cuando estaba leyendo un libro en el jardín durante mi tiempo libre. Parecía tan amable y comprensivo que no vi nada malo en hablar con él. Después de un tiempo, tengo que confesar muy a mi pesar que me vi deseando que llegasen esos momentos, porque como una estúpida me había enamorado de él. Sabía que no debía quedarme allí por más tiempo, que debía irme enseguida, pero me mentía a mí misma diciéndome que al día siguiente hablaría con el duque para dejar el puesto. Una noche... —exclamó mientras empezaba a llorar de nuevo.
Sakura se acercó a ella intentando consolarla.
—Tranquila.
Mordiéndose el labio, Sakura le hizo una pregunta que era la culminación de todas sus sospechas.
—¿Él te sedujo?
—No lo sé, porque como te he dicho yo estaba enamorada de él.
—El te sedujo —dijo firmemente Sakura sin dejar resquicio alguno de duda—. ¿Qué ocurrió después?
—Después nos vimos en secreto varias veces hasta que no pude soportar la situación por más tiempo. Nos podrían haber descubierto en cualquier momento y yo sabía...
—¿Qué?
—Yo sabía que Radley no me defendería. Cuando empecé a encontrarme mal, creí que me moría y así es como me sentí exactamente el día que descubrí que estaba embarazada. Se lo dije a él y me dijo que ya pensaría en algo, que lo dejara todo en sus manos. Ese algo fue su padre, a quien acudió sin esperar ni siquiera un minuto. El duque me invitó cortésmente a salir de su casa a cambio de guardar silencio sobre mi conducta licenciosa. Yo debía comprometerme a no volver jamás por allí. Le daba exactamente igual que llevara un nieto suyo creciendo en mis entrañas. La verdad es que después de todo salí bien parada en comparación con lo que les ocurre a otras chicas en la misma situación. Volví a la agencia, y pronto me encontraron otro trabajo. Al parecer no les resultó raro que no permaneciera en mi anterior puesto. Por lo visto, lord Iwana ya había contratado a cuatro institutrices en un año. Me dieron una nueva oportunidad y aquí estoy, de camino a Cravencross Park, sin saber qué hacer. En unos meses mi estado no podrá esconderse. Me despedirán y la agencia me echará a la calle. Me dirán que soy una furcia que no supo tener bien cerradas las piernas. Lo sé perfectamente, porque lo he visto con otras chicas de la agencia. Entonces estaré deshonrada, tirada en la calle con un hijo en el vientre y sin nada con qué mantenernos. Preferiría estar muerta.
—¡No diga eso!
Izu levantó la cabeza, muda ante la explosión de Sakura.
—Deje que lo piense un rato.
Sakura caminó a lo largo de la habitación mientras una idea empezaba a tomar forma. Era una idea lo suficientemente descabellada como para que se le ocurriese a ella.
