Capítulo 4

SASUKE MADARA DE UCHIHA, NOVENO CONDE DE ASHFORD, apoyó la cabeza en el respaldo de la silla mientras cerraba los ojos, intentando calmar la punzada que sentía en las sienes. Ese dolor de cabeza lo estaba volviendo loco.

Desde los cinco años, cuando cayó de un árbol al intentar emular a su hermano mayor y quedó inconsciente durante horas, esas jaquecas, aunque no frecuentes, lo venían persiguiendo sin piedad.

Ahora, después de las últimas semanas, preguntarse por el motivo de su reaparición era estúpido. Lo raro era que no se hubiesen manifestado antes. Se frotó las sienes presionando durante unos segundos, y sintió un ligero alivio.

Las campanadas del reloj dieron las once. Sus sobrinos ya llevaban horas durmiendo. Ese día ni siquiera los había visto.

Había llegado a conocerlos bien en los dos últimos años. Desgraciadamente, el motivo de ello había sido el fallecimiento de su cuñada, Suiren, la esposa de su hermano y madre de los niños. Suiren era una de las pocas mujeres por la que había sentido un profundo respeto y cariño. No había estado presente cuando su hermano Itachi se casó, pero por sus cartas había sabido todo acerca de esa relación. Era como si hubiese estado presente en cada momento importante.

Lamentaba haberse perdido todo eso, al igual que el nacimiento de su primera sobrina, pero como segundo hijo del marqués de Stamford tuvo pocas opciones. De los hijos que no accedían al título se esperaba que ingresaran en el ejército o en la iglesia. Él desafió a su padre y no hizo ninguna de las dos cosas. Se enroló en un barco junto a Naruto Namikaze, compañero de Oxford. Namikaze también se encontraba en la misma situación, era el tercer hijo del marqués de Crawley.

Ambos, henchidos de una osadía que rayaba en la estupidez, decidieron buscar fortuna y forjar su propio destino. Después de diez años, eran dueños de una pequeña compañía naviera. Hacían varias rutas con Oriente, la India y América. Tenían inversiones en las minas de carbón en Escocia y eran socios mayoritarios en una fábrica textil en Yorkshire.

En la fábrica habían tenido que forzar cambios drásticos en cuanto al trato con los empleados y sus condiciones de trabajo. Habían reducido sus jornadas, hasta entonces abusivas, prohibieron trabajar a los niños y aportaron el capital necesario para que el edificio reuniera las condiciones sanitarias adecuadas. Tanto a Naruto como a él mismo siempre les había asqueado la manera de hacer dinero de algunos hombres a costa de la vida y el sufrimiento de los demás.

Todo cambió cuando su abuelo materno murió sin dejar descendencia masculina, salvo él. El único nieto varón. Nunca pensó que acabaría teniendo un título nobiliario. Su hermano mayor, Itachi, fruto del primer matrimonio de su padre, era el destinado a ser el siguiente marqués de Stamford, cosa que nunca le envidió. La vida de un futuro marqués era mucho más restringida y rígida que la de un hermano menor. A Itachi le habían señalado el camino; él lo había decidido por sí mismo, por lo menos hasta la muerte de su abuelo materno y la de su tío Homura, único hijo varón del conde de Ashford, que falleció sin descendencia reconocida.

Al tener que hacerse cargo de varias propiedades, su presencia como socio activo quedó relevada a la de socio en la sombra, y Naruto quedó como cabeza visible del negocio. Todo eso lo había dejado de lado para acudir a Cravencross.

Hacía dos semanas que se había trasladado allí, desde que le avisaron del grave estado de salud de su hermano. Todavía se acordaba del temor que sintió durante todo el trayecto hasta llegar a Cravencross.

Había hecho ese mismo recorrido un centenar de veces en los últimos dos años. Sus propiedades estaban relativamente cerca. Siempre que podía se había trasladado hasta allí para ver a Itachi y a sus sobrinos, aquellos pequeños que tenían la pasmosa facilidad de derribar todas sus defensas y llegarle directo al corazón. Sin embargo, el día que le avisaron que su hermano estaba gravemente enfermo, la distancia le pareció multiplicarse por dos.

Volvía a sentir las manos frías al recordar el semblante de Itachi aquella noche. Igual de alto y corpulento que él, siempre había parecido tan fuerte como un roble. Jamás olvidaría su rostro demacrado bajo la tenue luz de las velas, ni sus facciones desencajadas, más delgado que nunca, delirando de fiebre y con una respiración rápida y quejosa.

Desde entonces, durante el transcurso de las dos últimas semanas, no se había separado de él, sobre todo al principio, durante los momentos más críticos en los que pensó que se iría para siempre. Había sentido impotencia, frustración y rabia por lo injusto de la situación. Su hermano ya había perdido demasiadas cosas en la vida, siendo la última la más dolorosa, su esposa, y había quedado viudo con tres niños pequeños que lo necesitaban más que a nada en el mundo.

Durante las noches que pasó en vela junto a la cabecera de su cama, muchas veces se había preguntado: ¿Por qué no era él el que estaba ahí tumbado luchando por su vida? El no tenía que hacerse cargo de una familia y no era ni la mitad de noble y justo que el hombre al que cuidaba.

Gracias a Dios que no había estado solo durante esos días y noches de las que ahora no parecía tener más que retazos confusos en la memoria. Lady Tezuma Haruno y Izumi, tía y prima respectivamente de la que fuera esposa de su hermano, lo habían ayudado a cuidar de Itachi y se habían hecho cargo de los niños. Ambas se habían trasladado allí tras la muerte de Suiren, con el fin de ayudar temporalmente con el peso de la casa. De aquello ya habían transcurrido dos años.

Se levantó del sillón y se encaminó a la puerta con cuidado, intentando por todos los medios no despertar el dolor de cabeza que parecía por el momento haberle concedido una tregua.

Subió los escalones que conducían a la primera planta, donde estaban las habitaciones privadas de la familia, para ver qué tal se encontraba su hermano esa noche. El médico les había dicho que por fin estaba fuera de peligro, pero que su recuperación sería lenta. Demasiado lenta para la paciencia de su hermano, que no hacía más que quejarse por encontrarse tan débil como un bebé.

Abrió la puerta y asomó la cabeza para ver si estaba despierto.

—Sasuke, entra. No hace falta que seas tan delicado. No puedo dormir.

Sasuke sonrió ante el fastidio tangible que reflejaba la cara de su hermano. Se acercó a la cama y se sentó en la misma silla que había usado durante las últimas noches, la misma que parecía haber echado raíces en el suelo.

—No intentaba ser delicado, solo pasar inadvertido.

—Muy gracioso, hermano —le dijo Itachi mientras alzaba una ceja.

Sasuke soltó una carcajada.

—¿Qué tal estás hoy? —le preguntó ya más serio.

—¿Tú qué crees? Llevo tumbado aquí dos semanas sin poder moverme porque en cuanto lo intento me doy cuenta de que no tengo fuerzas ni para ir al baño, y eso sin contar que no me pillen mientras lo hago porque si es así, uff... amigo se me cae el pelo. Napoleón fue un santo en comparación con la tía Tezuma y Izumi. Además, parecen saberlo todo, es como si tuviesen espías por la casa. Te lo digo en serio, esas mujeres dan miedo.

Sasuke se estaba desternillando de risa al imaginar a su hermano bajo los tiernos cuidados de la tía Tezuna.

—Ya sabes lo que dijo el médico, que la recuperación sería lenta. Debes tener paciencia.

—Ah, sí, dime, ¿qué harías tú? Los dos sabemos que ya habrías incendiado la casa.

A Sasuke le brillaron los ojos en señal de asentimiento. Su hermano lo conocía bien. De los dos, Itachi era el que siempre tenía más paciencia. Tenía que darle la razón a su hermano. Si él estuviese en su lugar, ya hubiese explotado.

—Sí, eso es verdad, pero por lo que sé, hoy has tenido la visita de tres torbellinos que habrán mitigado en parte tu agonía.

Sasuke vio como las facciones de su hermano se relajaban y adquirían una expresión dulce ante la mención de sus hijos.

—Kenji no paraba de contarme todo lo que había hecho durante estos últimos días, sin dejar meter baza a sus hermanas. Saori estaba preciosa sentada en esa silla con sus piernas debajo del vestido, riéndose de todas las tonterías que hacía su hermano, y Azami, bueno, en algo tiene que notársele que es la mayor. Algunas veces pienso que es demasiado madura para su edad. Me miraba con sus enormes ojos azules intentando simular que todo iba bien; sin embargo, no pudo esconder el sufrimiento que hay en ellos. Fue la más consciente de la muerte de su madre y pude percibir su angustia hoy. Es igual de testaruda que su tío Sasuke. Se calla todo, sin compartir con nadie lo que le ocurre, pone siempre a los demás por delante de sí misma.

—Hermano, en eso no se parece a mí. Sabes de sobra que soy un egoísta sin remedio.

—Ya. Por eso lo has dejado todo para estar aquí y cuidar de mí, de mis hijos y de la propiedad.

—Quería tomarme un respiro —le dijo Sasuke con una sonrisa—. Y no lo he dejado todo. En cuanto pasó lo peor, me acerqué a Ashford a cerciorarme de que mi propiedad seguía en pie. Así que, como puedes ver, tus esfuerzos por hacerme parecer un buen samaritano son inútiles.

—No bromeo, Sasuke.

—Yo tampoco —le contestó ya más serio—. Eres mi hermano. Tú y los niños sois mi única familia.

Sasuke empezó a esbozar una sonrisa propia de un niño travieso, pensando en sus próximas palabras.

—¿No habrás creído que me ibas a dejar con tres niños, la tía Tezuma y Izumi, verdad? Te doy mi palabra de que si hubieses estado más tiempo inconsciente, me hubiese suicidado.

Itachi tuvo que soltar una carcajada ante la cara que ponía su hermano. Si Azami se parecía a él en su capacidad para controlar las emociones hasta rayar en lo perjudicial, Kenji se le parecía en su habilidad para hacer de todo una broma, sobre todo en los momentos más difíciles.

—Izumi me ha dicho que no piensa ir a Londres para la temporada como tenía previsto —le dijo Sasuke cambiando de tema.

Itachi frunció el ceño.

—¿Por qué? Ya ha retrasado demasiado su presentación en sociedad. Vino hace dos años con tía Tezuna para ayudar con la casa y los niños. Eran bastante pequeños y estaban muy afectados por la muerte de su madre. Por eso mismo no dije nada, pero ahora Azami ya tiene diez años y Kenji siete. Izumi debe volver a Londres y gozar de la temporada como las muchachas de su edad.

—Izumi no es ninguna niña.

—Lo sé —le dijo Itachi—. Por eso mismo. Ha perdido dos años por mi culpa y no dejaré que se sacrifique más.

—Ella no piensa que esté sacrificando nada, Itachi. Adora a los niños.

—Sí, ya lo sé, pero estarás de acuerdo conmigo en que si no fuera por la muerte de Suiren, seguramente ya estaría casada y esperando un hijo.

—Quizá no sea eso lo que desea.

Itachi miró a su hermano con una expresión poco amigable.

Sasuke levantó las manos en señal de rendición.

—Hace un mes contraté a una institutriz. Envié una carta a la agencia Wakefield. Tiene muy buena reputación. Justo antes de caer enfermo me contestaron diciéndome que tenían a la candidata perfecta, que cumplía con todos mis requisitos.

—¿Y cuándo se supone que debe llegar ese dechado de virtudes?

—Debería de haber llegado ya.

—¿Lo saben tía Tezuna y Izumi?

—No tuve tiempo de decírselo. Verás, he estado algo indispuesto últimamente —le dijo Itachi haciendo una mueca.

Sasuke sintió que la punzada en la sien izquierda retornaba con mayor intensidad.

—Bueno, con la institutriz aquí, Izumi podrá volver a Londres con mayor prontitud. De todos modos, deberías decírselo antes de que llegue. No creo que le haga mucha gracia enterarse por otra persona.

—Sí, tienes razón, debes decírselo.

—¿Yo?

—Sí, claro, yo aún estoy demasiado enfermo.

—Cobarde...

Itachi sonrió de oreja a oreja.

—De acuerdo, se lo diré, pero que conste que mi opinión sobre ti ha decaído considerablemente. —Se levantó, caminó hacia la puerta y cuando ya estaba con un pie fuera de la habitación, se volvió hacia su hermano—. Que duermas bien, delgaducho.

Con unos increíbles reflejos, cerró la puerta lo suficientemente rápido para que la almohada no le diera de lleno en la cara. No cabía duda de que su hermano estaba recuperando las fuerzas.

Decidió bajar al estudio de nuevo. Naruto le había enviado el balance de los últimos tres meses de la fábrica textil y de la compañía naviera, además de un informe sobre las minas.

Había retrasado echarle un vistazo una y otra vez, y puesto que el sueño le rehuía como si fuera su peor enemigo, más le valía hacer algo útil. Además, una copa del coñac francés de su hermano podía hacer maravillas. Masajeándose la nuca con la mano izquierda para relajar la tensión acumulada en el cuello, bajó las escaleras hasta que los pies de O'Connell lo detuvieron en seco.

O'Connell había sido el mayordomo de la familia durante los últimos treinta años. Su pelo canoso y su espalda ligeramente encorvada delataban su envejecimiento. Pero eso era lo único en lo que se diferenciaba del O'Connell que él recordaba de niño. Su mirada, aguda y penetrante, y su perfeccionismo casi enfermizo en el trabajo eran sus cualidades más representativas. Siempre parecía saberlo todo.

De niño, su hermano y él temían mirarlo a los ojos cuando cometían alguna travesura, porque el mayordomo parecía poder meterse en sus pensamientos. Sencillamente le ponía los pelos de punta.

Sasuke levantó la mirada y se encontró con los sabios ojos del anciano.

—¿Ocurre algo, O'Connell?

—Sí, milord. Ha llegado una señorita que dice que es la nueva institutriz.

—¿Ahora? ¿A las doce de la noche? —preguntó con irritación.

—Sí, señor, y por su indumentaria yo diría que la intempestiva hora de llegada es consecuencia de algún tipo de incidente.

Sasuke nunca pudo entender por qué O'Connell tenía tendencia a recargar las frases de esa manera.

—¿Dónde está?

—La he hecho pasar a la biblioteca.

—¿Por qué no al estudio?

—Me pareció que la dama agradecería el gesto. En la biblioteca podría restablecerse más rápidamente del arduo viaje.

—O'Connell...

El mayordomo hizo una mueca que dejaba ver a las claras su fastidio.

—Los sillones son más cómodos y el hogar está encendido.

—Ya.

—¿Le digo a Leslie que prepare una habitación?

—Sí, por favor.

—Muy bien, milord.

Sasuke se encaminó a la biblioteca pensando qué podría haber sucedido para que la institutriz apareciera a esas horas. No tenía muy buenos recuerdos de sus institutrices, mujeres encorsetadas hasta la barbilla que le tiraban de las orejas cuando no prestaba la adecuada atención. Aunque él no se quedaba atrás. La enorme araña depositada en el cuello de miss Elliot había sido lo más caritativo que había hecho por ellas. Sin duda, la entrevista con la señorita cómo se llame no iba a mejorar en nada su dolor de cabeza.

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Estaba hecha un verdadero asco. Sí, esa era la palabra que la describía a la perfección en ese momento.

Desde que partió de la posada esa misma mañana, todo le había salido del revés. Un sinfín de percances habían convertido un viaje de dos horas en uno interminable de ocho.

El cochero se había sentido indispuesto durante el trayecto. Seguramente el olor a alcohol que desprendía había tenido que ver con ello. Lo había notado cuando se acercó a preguntarle a cuánta distancia estaba Cravencross. Entonces había tenido que retroceder varios pasos para no caer fulminada por su aliento, pues parecía que la reserva entera de whisky de toda Escocia había pasado por su garganta.

Después, la rueda trasera derecha se había salido de su eje, accidente que podía haberles costado la vida a todos, pero gracias a Dios nadie resultó herido, solamente algunos nervios desquiciados como el de una gruesa mujer de unos cincuenta años que chilló durante un cuarto de hora hasta que finalmente se desmayó. Fue un detalle que todos agradecieron de corazón. Como consecuencia de los contratiempos, tuvieron que esperar a que arreglaran el coche bajo una lluvia intensa, que a los pocos minutos había formado grandes charcos y un montón de barro en el que desgraciadamente se hundió hasta las rodillas. Menos mal que llevaba botines, ya que los cordones fuertemente anudados le impidieron perder el calzado. Hubiese sido humillante haberse presentado descalza, con el dedo gordo del pie sobresaliendo por un enorme agujero que su media no podía contener.

Como toque final, había llegado a esa enorme mansión, en la que se suponía debía causar una perfecta impresión, a las doce de la noche y hecha un desastre. Sabía que estaba impresentable porque la ceja alzada del mayordomo con mirada de «yo lo sé todo, no se me escapa nada» lo expresaba sin disimulo alguno.

Seguramente a esas horas estarían todos durmiendo. Ya se imaginaba que despertarían al marqués a mitad de la noche por la llegada de la institutriz. ¿Tendrían una mazmorra allí abajo como en los viejos castillos? Podía imaginar los titulares de los periódicos: «Institutriz recibe su justo castigo por perturbar los sueños de su señor». Seguro que usarían con ella el potro de tortura.

El marqués sin duda sería un hombre estirado y sumamente estricto. La miraría con altanería encogiendo la nariz como si hubiese olido algo en mal estado y la invitaría, con un gesto apenas perceptible a abandonar su casa para echarla directamente a la calle.

Así no era como había pensado que saldrían las cosas al concebir lo que a todas luces ya se revelaba como un plan estúpido. Su estúpido plan.

Había convencido a Izuno de que su vida no estaba acabada. Le había dado parte de su dinero, el suficiente como para comprar un pasaje a Venecia y llegar a casa de su tía Tsunade. También le había dado una carta para que se la entregara a su tía. En ella le explicaba lo que le había ocurrido desde su llegada a suelo inglés y su alocada idea para permanecer en él, hasta estar segura de poder reunirse con ella.

Sabía que Tsunade pondría el grito en el cielo cuando leyera sus palabras, pero al final comprendería que había sido la mejor solución.

Su tía acogería a Izuno y cuidaría de ella hasta que naciera el bebé y la institutriz pensara cómo rehacer su vida. Tsunade ya había ayudado con anterioridad a otras mujeres que se encontraban en esa misma situación, cosa que Sakura había admirado y compartido. Era injusto que las consecuencias de algo que sucedía entre dos personas recayera plenamente en una sola cuando salía a la luz. Mientras que el hombre, en el peor de los casos, solo recibía una pequeña reprimenda, la mujer acababa deshonrada de por vida.

Mientras Izuno surcaba las aguas del mediterráneo con la esperanza en el bolsillo, ella ocuparía su lugar como institutriz. En un principio le pareció perfecto. Porque ¿qué mejor tapadera que esa para pasar inadvertida por un tiempo? Sin embargo, ahora tenía ciertas dudas, aunque debía reconocer que era lo mejor que había podido hacer. Más arriesgada había sido su idea de ir a Escocia. Era casi seguro que el viejo Sarutobi estuviese en el continente y si fuera así, se habría encontrado en la calle con otro plan que idear y sin dinero. De esta manera, estaría tranquila y segura hasta que su padre dejara de buscarla y de vigilar los muelles. Eso le supondría estar allí unos meses, porque por la desesperación con la que su padre se aferraba a la idea de entregarla en matrimonio al Duque, deducía que no cejaría en su empeño fácilmente. Removería cielo y tierra para encontrarla. Solo podía esperar estar equivocada.

Sus pensamientos se esfumaron cuando oyó abrirse la puerta. Estaba tan ensimismada repasando mentalmente el desastre del día que no pudo evitar dar un respingo ante la interrupción. Se giró para ver al hombre que la había contratado y por un momento dejó de respirar.

Cerró los ojos. Era el hombre más atractivo que había visto en su vida. Sus ojos negros como la noche la estaban observando detenidamente. Penetrantes y agudos, resultado sin duda de una afilada inteligencia, le conferían un aura de misterio que la cautivaba por completo.

Sus largas pestañas suavizaban su mirada, le restaban algo de dureza y la dotaban de un brillo algo pícaro. Tenía el pelo negro azabache, más largo de lo que la etiqueta marcaba. Se le ondulaba ligeramente en las puntas, por lo que parecía un pirata. Incluso su piel estaba un poco bronceada. Su nariz patricia y sus labios perfectos lo hacían un hombre sensual, tentador.

Con su metro noventa de estatura, le parecía intimidante, sobre todo si se lo miraba sentada desde una silla. De hombros anchos y buen porte, saltaba a la vista que estaba en forma. Los pantalones ajustados un podían disimular las musculosas piernas, mientras que su camisa de manga remangada dejaba ver los antebrazos fibrosos y atléticos.

¡Maldición! ¿No podía ser feo, tuerto o de dientes torcidos y amarillos, en vez de ser una mezcla de guerrero vikingo y dios romano? ¡Esto era lo que le faltaba al dichoso día!

Sasuke se paró en seco. Había entrado conteniendo el mal humor que el dolor de cabeza y la inoportuna llegada de la institutriz le habían provocado. Pero nada de eso era comparable con el susto que se llevó al verla. ¡Por Dios! Esa mujer tenía que avisar antes de que la vieran. No era simplemente fea, era..., no encontraba las palabras, toda su atención se centraba en una verruga monstruosa que tenía en la comisura de los labios. Y... y esa sombra que tenía debajo de la nariz, ¿era un bigote? ¿Le habían mandado una institutriz o un estibador de los muelles de Londres?

Podría tener los ojos bonitos, pero escondidos tras unas gafas grandes y de aumento no había manera de saberlo. El pelo era oscuro, o por lo menos eso pensaba, porque estaba prácticamente oculto bajo un enorme sombrero que parecía haber sido pisoteado por una manada de caballos. Estaba adornado con una pluma que caía torcida sobre su oreja izquierda. El pobre adorno debió haber conocido tiempos mejores; sin embargo, desprovista de casi todas sus hebras, parecía el esqueleto de una trucha.

Se la veía pálida y mojada. ¿Dónde diablos se había metido esta mujer? ¿Era barro lo que llevaba pegado al vestido?

En ese instante, se puso de pie y dejó un charquito de agua en el suelo, mientras alzaba la cabeza como respuesta a su metódico examen. Tuvo que admitir que admiraba ese gesto orgulloso.

—Buenas noches, milord. Soy la señorita Sakura Izuno, la institutriz.

Sasuke no esperaba que de esa mujer saliera una voz tan cálida y sensual.

—De eso no hay duda —dijo por lo bajo.

¿De eso no hay duda? Sakura lo había oído perfectamente. Sabía que su aspecto no era el más agradable, pero ese comentario sobraba.

—Yo soy el conde de Ashford.

—¿Conde? —preguntó algo confusa. Izuno le había dicho que trabajaría para el marqués de Stamford, enseñando a sus tres hijos.

—Sí. ¿Está sorda, señorita Izuno?

Esa simple pregunta la sacó de quicio. Estaba claro que por alguna razón le caía mal. Desde que entró por la puerta la había mirado como si fuera menos que una babosa. ¿Por que? Si ni siquiera la conocía. Debía de ser uno de esos aristócratas estirados que se creían superiores al resto de las personas.

—Oigo perfectamente. Si he preguntado es porque me dijeron que trabajaría para el marqués de Stamford.

—Y así es, pero en estos momentos yo me ocupo de los asuntos de mi hermano.

¡Ah! Así que este era hermano del marqués, pero ¿por qué se ocupaba de sus asuntos? ¿Y dónde estaba el marqués de Stamford? Quizá su hostilidad se debiera a que no sabía que el Marqués la había contratado.

—Su hermano se dirigió a la agencia Wakefield para contratar una institutriz.
—Eso ya lo sé, señorita Izuno —le dijo Sasuke mientras se sentaba en uno de los brazos del sillón color caoba y estiraba sus largas piernas cruzándolas a la altura de los tobillos—. Lo que sí me gustaría es que me explicara por qué ha llegado a esta hora inconveniente y con ese aspecto.

A Sakura no le gustó el tono con el que había impregnado sus últimas palabras. ¡Como si ella se lo hubiese pasado en grande rebozándose en el barro y calándose hasta los huesos! Tendría suerte si de esta no contraía una pulmonía.

—¿Por dónde empezar?

—¿Por el principio? —preguntó Sasuke sarcástico mientras arqueaba levemente la ceja izquierda.

En ese momento, Sakura agradeció llevar un maquillaje espeso que la hacía parecer pálida y ojerosa, porque sin duda debajo de todo aquel artificio, estaba roja de furia. Le había hablado como si fuese una niña pequeña y no tuviera dos dedos de frente. Esa prepotencia era insufrible. Y ella que en un principio pensó que era un guerrero vikingo un dios romano... ¡Ja! Ese hombre era el príncipe de las tinieblas.

Miró de un lado a otro como si en cualquier momento le fuese a salir humo de las orejas. Tomó aire recordando que tenía que mantener el control.

Contó hasta diez sujetando su mal genio, con más voluntad de la que creía poseer, y le relató los momentos estelares de su desastroso viaje.

Ya veo. Eso fue lo único que le dijo, así que si lo que quería era comprensión y una palmadita en la espalda ya podía quedarse esperando, ese hombre era un grosero.

—¿Y puede saberse qué es lo que ve?

Sakura soltó la pregunta antes de que la prudencia le hiciera morderse la lengua.

Un amago de sonrisa se extendió por los labios de Sasuke, y Sakura debió contener la respiración. Esa sonrisa era fría como el acero. Desde luego, no le obsequió con ella porque le hubiese hecho gracia su impertinencia.

—Lo que veo, señorita, es que no sé cómo ha llegado viva hasta aquí después de todo lo que me ha contado. Es la cadena de sucesos más desafortunados e increíbles que he tenido la oportunidad de escuchar. Imagino que para una mujer como usted habrá sido una experiencia perturbadora.

—¿Cree que exagero?

—En absoluto —le dijo mirándola como si escudriñara su alma—. Es tan absurdo que tiene que ser verdad.

Sasuke esperaba no tener que verla a menudo. Era la institutriz por excelencia. Suficiente como para sentir compasión por sus sobrinos; sin embargo, había que admitir que la mujer tenía carácter. Se la veía tensa, con los puños apretados a ambos lados de su indeterminada silueta, y su esfuerzo por ocultárselo la estaba matando.

No le sorprendía que se hubiese enfadado, pero su dolor de cabeza, unido al recuerdo de sus institutrices, lo había puesto de un humor endiablado. Decidió que por esa noche la pobre mujer ya había tenido suficiente.

En ese mismo momento, Sakura soltó un resoplido muy poco femenino y dio un respingo cuando la potente voz de Sasuke llamó al mayordomo.

—¡O'Connell!

El mayordomo entró en la habitación cuando la última sílaba salía de los labios del Conde.

—¿Sí, milord?

—¿Está preparada la habitación de la señorita Izuno?

—Desde luego, milord.

Sasuke miró a O'Connell con cara de pocos amigos.

—Acompañe a la señorita hasta ella.

—Ahora mismo.

—Pero... —empezó a decir Sakura.

Sasuke levantó una mano para detener sus palabras.

—Mañana conocerá a los niños y al resto de la familia. Terminaremos de hablar entonces. Creo que es mejor que descanse. Parece no poder sostenerse en pie.

—De acuerdo —dijo débilmente Sakura.

Deseándole buenas noches, siguió al mayordomo. Subió por unas escaleras hasta el piso superior. Cruzaron un pasillo lleno de retratos, sin duda de familiares, y doblaron a la derecha. Otro largo pasillo se abrió ante ellos; la puerta de una de las habitaciones estaba entreabierta y por ella se podía ver un caballito de madera. Esa debía de ser la habitación de juego de los niños.

Siguió adelante hasta que O'Connell se detuvo en seco y de manera formal abrió la penúltima habitación. Luego de dejar su maleta en el interior, el mayordomo le hizo un breve gesto de asentimiento con la cabeza y después se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Estaba muy cansada y lo único que no le dolía de todo el cuerpo eran las pestañas.

La habitación era pequeña, pero preciosa. Estaba decorada con un gusto exquisito, o por lo menos a ella le parecía así.

La ventana era grande y estaba cubierta por unas cortinas de color beige con motivos florales en tonos malva. La cama estaba junto a la ventana, vestida con una colcha lila con ramos marfil. Una pequeña alfombra asomaba bajo ella como si tímidamente pidiera permiso para permanecer allí. Cuando se levantara por la mañana, sus pies descansarían sobre su tibia suavidad.

Junto a la puerta había una maciza cómoda de nogal con pies discales y tiradores originales del siglo XVII. En un rincón, una silla acolchada estilo francés parecía mirarla con aire regio. Encima de la cómoda, un espejo ovalado le permitía ver claramente su reflejo. Escuchó una maldición poco digna de una dama. La había farfullado entre dientes sin poder contenerse al ver su imagen. ¡Por Dios bendito, parecía un esperpento! No es que con su disfraz estuviera favorecida, pero aquello era horroroso.

Quitándose la ropa, mientras se ponía su camisón de algodón abrochado hasta el cuello, pensó en su situación. Nada la había preparado para encontrarse con el conde de Ashford. La ponía nerviosa, y no era solo por su enorme atractivo, porque era guapo a más no poder, sino también por su manera de mirar, de moverse, como un felino salvaje al acecho de su presa. Desprendía una seguridad en sí mismo que rayaba en el insulto y, sobre todo, por cada poro de su piel emitía un aura de misterio difícil de ignorar. Era como un desafío para cualquier mujer, una invitación para descubrir sus secretos.

Gracias a Dios que era un imbécil presuntuoso, porque si no, se hubiese encontrado en un buen lío. Había sido un acierto haber ido disfrazada así. En parte lo había hecho por la historia de la señorita Izuno. No quería que ningún aristócrata la persiguiera como un sabueso hambriento, pero ahora también le servía de escudo. La había hecho sentirse más segura frente a las emociones que ese hombre despertaba en ella. ¿Cómo era posible que su respiración se hubiese agitado de aquella manera y que su corazón se hubiese acelerado como un potro salvaje únicamente tras unos minutos a solas con él? Debía de ser producto del cansancio y la falta de alimento. Sí, seguramente era eso. No había que darle mayor importancia.

Vencida por el cansancio, descubrió la cama y saltó entre sus sábanas. Aquella cama, su suavidad, su frescura, debía de ser como estar en el cielo. Sin poder prestar atención a ninguno de sus otros pensamientos, los párpados, cada vez más pesados, ganaron su batalla a la vigilia. En menos de un minuto, Sakura Toriichi estaba profundamente dormida.