Capítulo 5
SAKURA SE DESPERTÓ AL DESPUNTAR EL ALBA. A pesar del cansancio del día anterior, no pudo permanecer por más tiempo en la cama. Desde que era una niña, se había habituado a levantarse al amanecer, y la fuerza de la costumbre era más poderosa que la súplica de su cuerpo dolorido.
Revisó su vestuario, que por cierto no era muy amplio, y decidió ponerse el vestido azul marino con cuello alto. Era un poco asfixiante, pero ese día necesitaba la tranquilidad que le reportaba estar cubierta. Le iba un poco suelto por los lados, lo que le daba la oportunidad de seguir disimulando su silueta. Los pechos debían ir vendados como hacía desde su llegada a Londres. No los tenía muy grandes, pero sí lo suficiente para que su busto tuviera aceptación entre el género masculino. Sabía que para muchos hombres, las mujeres solo existían del cuello hacia abajo, y hasta parecían hipnotizados por esa parte de la Anatomía femenina.
Se maquilló con ligereza palideciendo su tez y dándose una sombra debajo de los ojos. La dichosa verruga debía estar en la comisura de los labios. Muchas veces sus pretendientes le habían dicho lo deliciosa que era su boca ligeramente carnosa. Sabía que de esa manera nadie se fijaría en ella. El pelo oscurecido de un tono negro pálido iba tirante, recogido en un moño, mientras las gafas le ocultaban los ojos. De esa manera parecía toda una institutriz. Gruñó un poco por lo bajo cuando miró detenidamente el resultado. No se la veía tan mal como la noche anterior. Seguía sin ser bien parecida, pero había suavizado parte de su disfraz. ¿Por qué? Mejor era no conjeturar sobre la respuesta. Seguramente de modo inconsciente había pensado en los niños, porque tampoco era cuestión de que salieran corriendo nada más verla. Sí, ese era el motivo y no que quisiera estar más presentable para cierto caballero.
Armándose de valor, bajó a la sala del desayuno. El lugar estaba concurrido. A la mesa había sentadas tres personas. Uno era el conde de Ashford. La mirada irremediablemente se le desviaba hacia él, que monopolizaba todo el espacio con su presencia. Con una taza de café en la mano, leía lo que parecía un periódico. A su derecha, estaba sentada una joven de belleza clásica, su perfil parecía sacado de una escultura griega. castaña angelical, era refinada en sus formas y sus movimientos tenían una elegancia innata. Enfrente de ella se sentaba una mujer madura, de ojos vivos y pelo canoso. Su ceño algo fruncido y su prominente mentón daban cuenta a las claras de que era una mujer con determinación. En ese momento, giró la cabeza y posó los ojos en ella. Una sonrisa traviesa se extendió por sus labios. No sabía por qué, pero esa mujer le caía bien.
—Oh, querida, ven, siéntate y desayuna algo.
En ese instante, se sentía como la diana en un concurso de tiro. Todas las miradas se clavaron en ella. La de la joven, recelosa, y la del conde de Ashford, bueno, quién sabía lo que pensaba ese hombre. Tenía una ceja arqueada mientras intentaba atravesarla con la mirada. Parecía sorprendido de que no hubiese salido corriendo durante la noche anterior. ¡Ja! Si se creía que se la intimidaba fácilmente iba a llevarse una desilusión. No había hecho nada más que llegar, pero si se quedaba lo suficiente iba a ser un verdadero placer lograr que ese presumido mordiera el polvo. No había nada más fascinante que un buen reto y un digno contrincante, y sentía que tenía ambas cosas a la vista.
—Gracias.
—Permítame que le presente a lady Tezuna Haruno. Es tía política de mi hermano y tía abuela de los niños —le dijo Sasuke mientras miraba a la mujer mayor.
—Es un placer.
—¿Dices que quieres un té? —le preguntó lady Tezuna alzando la voz.
—Tía Tezuna tiene problemas de oído —le explicó Sasuke con una sonrisa que hizo que la habitación pareciera tambalearse bajo sus pies—. Debe hablarle más fuerte.
—He dicho que es un placer —repitió con mayor intensidad.
—Sí, sí, que quieres un té. O'Connell, tráele una tetera a la señorita.
Sasuke sonrió más abiertamente, y estaba claro que a su costa.
—Y esta dama es Izumi Haruno, sobrina de Tezuna.
—Encantada —le dijo Sakura.
Izumi asintió con la cabeza, dando a entender que era mutuo, sin embargo, Sakura no estaba muy segura de eso. La miraba como si hubiese sido un insecto repugnante del que deseaba deshacerse.
—Esta es la señorita Sakura Izuno, la institutriz de la que os he hablado —dijo Sasuke dirigiéndose a las dos damas, mientras se levantaba de la silla dejando la blanca servilleta encima de la mesa.
—Bueno, no se quede ahí y desayune algo, después hablaremos.
—¿Pero...? —dijo Sakura a medio camino de su asiento.
—Tía Tezuna y Izumi le informarán mejor que yo. No volveré basta la hora de comer. Si para entonces aún le queda alguna duda, estaré encantado de poder aclarársela.
Esa última frase había estado cargada con más pólvora que la que se utilizaba en los cañones.
O'Connell apareció con una tetera mientras los pasos del conde de Ashford aún resonaban en la habitación.
—Siéntese, por favor.
Sakura hizo lo que Izumi le sugería.
—Siempre va con prisa este muchacho. ¿Qué tenía que hacer? —preguntó Tezuna mientras fruncía el ceño.
—No lo sé, tía, creo que iba a acercarse a Bath, a hablar con el administrador.
—¡Vaya! ¿Para qué querrá Sasuke a un predicador?
Izumi le hizo un gesto a Sakura de que lo dejara estar. Mirándola con unos cálidos ojos color miel, la escrutó detenidamente. Algo le decía que tras esa apariencia angelical escondía algún resentimiento. No había que ser adivino para saber hacia quién iba dirigido. Esa familia tenía algo en común. Sabían perforar con la mirada.
—He de confesar que su contratación ha sido una sorpresa para todos.
—¿No lo sabían?
—La verdad es que no. Itachi, es decir, el marqués de Stamford, cayó gravemente enfermo hace unas semanas. Gracias a Dios está fuera de peligro, pero su recuperación será lenta. Debido a ello no nos comentó nada acerca de usted.
—Lamento si mi llegada les ha causado alguna molestia, pero no tenía idea de que el Marqués hubiese estado enfermo.
—¿Molestia? ¿Qué es una molestia? Habláis tan bajo que no me entero de nada —dijo lady Tezuna con cara de fastidio.
—Perdone, milady, he dicho que lamento si mi llegada les ha causado alguna molestia. Al parecer no sabían que venía.
—Muchacha, no debe disculparse. Será un placer tenerla con nosotras. Dios sabe que toda ayuda es poca con esos tres pequeños.
—¿Cuándo podré conocerlos?
—Después de desayunar, si quiere —le contestó Izumi.
—Eso sería perfecto. Gracias.
—¿De dónde es usted, joven? —le preguntó Tezuna entrecerrando los ojos.
¿Es que toda la familia había tomado clases de intimidación? Sakura se quedó con la tostada a medio comer.
—De Londres.
—Una ciudad hermosa y cruel —le dijo con una sonrisa en los labios.
—Estoy de acuerdo con usted, milady.
—Jovencita, agradezco tu muestra de respeto, pero si vas a vivir aquí y vas a educar a mis tres niños, nos veremos muy a menudo y la verdad no creo que soporte que me llames milady o lady Tezuna, o cualquiera de esas chorradas.
—¿Chorradas? —preguntó Sakura divertida por aquel insólito comentario en boca de una dama.
—Querida, pensé que la dura de oído era yo.
Sakura sonrió abiertamente. Aquella mujer era más aguda de lo que parecía y tenía un sentido del humor que empezaba a gustarle.
—De acuerdo, nos dejáremos de chorradas, Tezuna.
—Eso está mejor. Bueno, y ahora si me disculpáis, debo ir a ver a O'Connell. Ese viejo anquilosado seguramente no le habrá dicho a Chloe que tenemos invitados para cenar.
Como después se enteraría, Chloe era la cocinera y también una mujer de armas tomar. Por lo visto, tenía enamorado a O'Connell que, con su retórica, más que conquistar sus favores, la volvía loca.
Después de que Tezuna se hubo retirado, se quedó a solas con Izumi. El silencio que se instaló entre las dos fue tenso, como una cuerda estirada al máximo.
—¿Le caigo mal, verdad? —le preguntó Sakura sin pensarlo dos veces. Sabía que esa pregunta era del todo inadecuada, pero si tenía que quedarse allí por un tiempo, quería saber a qué atenerse.
La cara de Izumi demostraba que la había sorprendido.
—Esa pregunta es muy impertinente.
—Yo diría que igual de impertinente que su forma de mirarme —le contestó Sakura.
Izumi la miró perpleja.
—Es usted muy atrevida, señorita Izuno.
—Tiene razón —le dijo Sakura algo avergonzada por su impulsividad—, pero es que nada más entrar en la habitación no pude dejar de sentir que no soy de su agrado. Puedo verlo en sus ojos y no alcanzo a comprender cuál es la razón de su renuencia hacia mí.
Un destello de algo parecido a la culpabilidad cruzó por los ojos color miel de Izumi.
—No tengo nada contra usted —le dijo respirando hondo—. Lamento si la he hecho sentir incómoda, pero intente comprenderlo, acabo de enterarme de su contratación como institutriz de los niños. Unos niños a los que adoro y a los que llevo cuidando desde hace dos años.
Sakura empezó a entender por qué Izumi había estado a la defensiva desde que la vio. Se sentía amenazada.
—Imagino que Tezuna y usted han estado cuidando de los niños, y esto les habrá parecido una intromisión, pero yo solo he venido a hacer mi trabajo. No creo que deba echarme la culpa por ello.
—Yo no la culpo.
—Pero está molesta, ¿no es así?
—Quiero mucho a esos niños, señorita Izuno.
—Yo no voy a ocupar su lugar, señorita Haruno. Solo seré su maestra, mientras que usted es su familia. A mí me verán como a una quisquillosa sabelotodo que los aburre hasta lo indecible. Créame, querrán librarse de mí en dos segundos. ¿Son muy imaginativos?
—¿A qué se refiere?
—A arañas en mi cama, agua sobre mi puerta, fantasmas con sábanas blancas...
Izumi sonrió sin poder contenerse. Se le iluminó la cara y le brillaron los ojos.
—Vaya, creo que esa es respuesta suficiente —dijo Sakura con pesar—, sin lugar a dudas necesitaré ayuda. ¿Querrá usted...?
—¿Lo dice en serio?
—Creo que nunca he dicho algo tan en serio.
—Si es solo para que me sienta mejor, entonces déjelo.
—No es por eso, sino porque usted los conoce mejor que yo. Confían en usted. A diferencia de lo que opinan otras institutrices, yo considero que la familia directa debe ser partícipe de la educación de los niños. Mi impresión es que usted es lo más parecido a una madre para ellos. Haré mejor mi trabajo si me ayuda. Necesito que esté de mi lado. Así que, ¿podrá soportarme sin sentir ganas de estrangularme?
—Umm, lo intentaré —le contestó—, y como dice mi tía, una mujer muy sabia, déjese de tonterías y llámeme Izumi.
Sakura no pudo contener una carcajada.
—De acuerdo, Izumi, y ahora por qué no me presenta a esos tres pequeños.
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Los tres niños la miraban como si fuera la bruja del Norte. Sus caras iban del fastidio absoluto a la indiferencia más extrema. Desde luego, ese sí que iba a ser todo un desafío. Izumi le había presentado a los niños después de decirles que desde ese momento iba a ser su institutriz. La mayor de los tres era una niña de unos diez años. Delgada y de facciones clásicas, tenía unos ojos azules del color del mar embravecido. Con el pelo negro y su postura erguida parecía ya toda una dama, sin embargo, sus ojos estaban llenos de tristeza. Ella sabía reconocer esa mirada, porque durante años la había visto en el espejo cuando se miraba en él. Su nombre era Azami y ni siquiera la miró. El siguiente era un hombrecito de unos siete años. Se parecía a alguien que conocía y no tardó ni tres segundos en darse cuenta de que ese alguien era el mismo que la fastidiaba desde que había llegado allí, el conde de Ashford. La única diferencia era que los ojos del niño eran azules, mientras que los de su tío eran negros como un pozo sin fondo. Se llamaba Kenji. La más pequeña se llamaba Saori. Era absolutamente preciosa. Con tan solo cuatro años hablaba hasta por los codos, y cuando permanecía callada sus enormes ojos negros ávidos de curiosidad lo miraban a uno como si pudieran leerle el alma. Con unos rizos rubios que le caían sobre la frente y un mohín adorable en los labios, salió corriendo hacia ella y se abrazó a sus piernas.
—No se preocupe, eso es perfectamente normal. Saori abraza a todo el mundo —le dijo Izumi al ver la cara de tonta que había puesto Sakura. Desde ese mismo, instante supo que esa pequeña le había robado el corazón.
Azami se acercó a su hermana y con determinación soltó los bracitos de las piernas de la institutriz.
—Ya está bien, Saori. No molestes a la señora.
—No, no me molesta, es solo que no esperaba ese recibimiento.
—¿Va a darnos clases? —preguntó Kenji mientras alzaba una ceja exactamente igual que como lo hacía su tío.
—Sí, eso es. Os daré clases de historia, matemáticas, gramática, dibujo...
La voz de Sakura se fue apagando a la vez que veía la cara de horror que ponían los niños.
—Yo no sé leer —dijo la pequeña Saori.
Sakura se agachó hasta quedar a la altura de la niña y así poder mirarla a los ojos.
—Eso vamos a solucionarlo. Dentro de poco sabrás leer igual de bien que tus hermanos.
—¿De verdad? —le preguntó la niña como si aquello fuera el mayor tesoro del mundo.
—Lo prometo.
—Pues a mí me suena que eso de las clases va a ser un verdadero tedio.
—¡Kenji! —exclamó Izumi roja de vergüenza.
Sakura se acercó a él mirándolo fijamente.
—¿Ah, sí?, entonces tendré que pensar en algo.
—¿Qué?, ¿va a castigarnos?
—No lo sé, déjame pensarlo. No logro decidirme entre el látigo y las brasas ardientes.
Kenji sonrió dejando ver unos pequeños dientes perfectos. Entonces Sakura se bajó un poco las gafas guiñándole el ojo sin que los demás la vieran, con lo que el niño soltó una carcajada. Kenji haría estragos entre las féminas cuando fuera mayor. Los hoyuelos que se le formaban al sonreír le iluminaban la cara y le daban el aspecto de pícaro encantador que a todas las chicas parecía fascinar.
—¿Por dónde empezamos? —le preguntó Izumi ya recuperada del atrevimiento de su sobrino.
—¿Podrías enseñarme la habitación de estudio?
—Sí, claro, es por aquí.
Luego de dejar a los niños para que desayunaran tranquilos, Izumi le enseñó la habitación de estudio y el cuarto de juegos, ambas cercanas a las habitaciones de los niños y a la suya propia.
—¿Qué te han parecido? —le preguntó Izumi cuando terminaron su recorrido.
—Saori es adorable, y Kenji un granujilla.
—¿Y Azami?
—Azami es otra cosa.
—Te has dado cuenta.
—Sí. Es imposible no ver toda la tristeza que hay en sus ojos.
—Y eso no es todo —le dijo Izumi con voz llena de preocupación—. Ni siquiera su padre consigue que esa tristeza se desvanezca. Cuando, parecía que volvía a ser la de antes, que empezaba a superar lo de su madre, Itachi cayó enfermo. Se ha vuelto una niña muy introvertida y demasiado responsable para su edad. Siempre está pendiente de sus hermanos, y se lo guarda todo para sí, sin contar nada.
—Eso le pasa a algunos niños que pierden prematuramente a alguno de sus padres.
—¿Alguna vez has estado con un niño al que le ocurrió lo mismo?
—Sí, con una niña. También había perdido a su madre.
—¿Y se recuperó?
—Sí, con tiempo, paciencia y mucho cariño. Cuando Azami esté preparada hablará de ello, no antes.
—Comprendo —dijo Izumi—. Creo que no va a ser tan malo que estés aquí.
—¿Ya no tengo que preocuparme de que les des ideas a los niños sobre cómo deshacerse de mí?
Izumi soltó una carcajada.
—No creo que necesiten mi ayuda para eso, sobre todo Kenji.
—Sí, ese niño es astuto. Vi en su mirada que lo de las brasas ardientes le pareció buena idea.
Izumi ya se doblaba en dos de risa imaginándose a Sakura con el pelo chamuscado.
—¿Te lo estás imaginando, verdad? —le preguntó Sakura dando toquecitos en el suelo con la puntera de su botín.
—Basta, Sakura. Hacía tiempo que no me reía tanto.
—Pues ya iba siendo hora —le dijo riendo también.
—¿Qué hacéis vosotras dos?
Tezuna Haruno estaba detrás de ellas mirándolas como si fueran dos niñas traviesas.
—Nada, tía.
—¿Nada, eh? Bueno, cuando hayáis terminado, las espero en la salita. Me gustaría que me comentarais el horario que van a seguir los niños. No tardéis.
Sin detenerse más, con el porte de una verdadera reina, lady Tezuna dio media vuelta murmurando entre dientes.
—Estas jovencitas se creen que yo me chupo el dedo. Que no se reían de nada, ¡Ja!
Cuando bajaba las escaleras, Tezuna oyó las carcajadas que estallaron de nuevo en el piso superior, y sin poder contenerse, ella también rió.
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Sasuke espoleó a Bucephalus cuando le faltaban solo unos pocos kilómetros para llegar. Le encantaba hacer que el purasangre corriera como el viento. La mañana había sido peor de lo que esperaba, pues Izumo Kamizuki, el investigador que había contratado, no había averiguado nada del sabotaje. Las pistas eran unas cuantas, e indagar cada una de ellas llevaba su tiempo. Eso era lo que le había dicho Kimizuki cuando vio la poca gracia que le hacían sus noticias. Si hubiese estado Naruto, él mismo se hubiese encargado, pero estaba en medio del atlántico de vuelta de Nueva York. La posibilidad de ampliar sus negocios allí había sido demasiado atractiva como para dejarla pasar. No podía contar con su amigo y socio por unas semanas, y él estaba atado de pies y manos a Cravencross mientras su hermano no estuviese completamente recuperado. Aquel asunto no le gustaba nada. Los sabotajes no habían sido al azar, pues se habían perpetrado contra dos de sus mejores barcos. Uno de ellos había perdido la mitad de la mercadería y había tenido que cubrir gastos además de calmar a los clientes sobre la seguridad de futuras transacciones. El otro había llegado con un retraso de más de un mes. Extraños accidentes hicieron que tuvieran que permanecer en el puerto de Jamaica hasta nueva orden.
Si lo pensaba bien, no era tan extraño. Naruto y él habían acumulado algún que otro enemigo por el camino. Durante una época, habían trabajado en secreto para la Corona, de una manera poco popular entre los caballeros. Ser espía no estaba bien visto entre los hombres de honor, pero era un trabajo necesario y valioso. Muchas de las informaciones recabadas por espías habían servido para salvar vidas. No tenían un contrato permanente, pero en sus viajes por el continente y mientras estuvieron navegando, complementaron sus intereses con alguna que otra misión.
Otra posibilidad era la competencia. La Sea Star era la compañía a la que más daño habían infligido. Monopolizaba el mercado hasta que ellos llegaron y los obligaron a mantener una competencia sana, o por lo menos eso era lo que había creído hasta el momento. Ellos comenzaron a ofrecer rutas que la Star no tenía, además de las condiciones y la calidad, que también fueron un punto diferencial. El resultado fue que muchos de los clientes habituales de la Star se habían pasado a la competencia, y Danzō Shimura, el director de la compañía, había sido demasiado ambicioso para dejarlo pasar.
Tiró suavemente de las riendas, pues ya se veía Cravencross desde lo alto de la colina. No le había comentado a nadie el problema. Para todos había ido a Bath a encontrarse con Bekkō, el administrador de sus tierras. En ese terreno, no tenía de qué preocuparse pues todo marchaba bien. Bekkō era muy competente. Había llevado con diligencia las mejoras que le había ordenado, y estas habían empezado a rendir sus frutos.
Cruzando el patio, llevó a Bucephalus a las cuadras y se encargó el mismo del purasangre. Después de unos minutos, subió las escaleras apresuradamente, hasta que chocó con un revoltijo de tela azul oscura que terminó en el suelo. Era la institutriz.
Sakura había decidido dar un paseo antes de comer. No había conocido aún los jardines que desde las ventanas de la gran mansión parecían demasiado hermosos para ser verdad. Con su llegada a las tantas de la madrugada, no había podido contemplar el paisaje que se revelaba como un verdadero Edén. Durante la mañana, había organizado las cosas para empezar las clases al día siguiente. Le había preguntado a Izumi sobre el nivel de cada uno de los niños y había discutido con ella el horario, de manera tal que tuvieran tiempo para realizar otras actividades. Cuando por fin terminaron, había visto la oportunidad de estirar un rato las piernas. Le encantaba dar largos paseos y respirar el aire fresco del campo. Tezuna la había animado diciéndole que no quería verla hasta la hora de la comida. Había sido tajante, con esa determinación que ya empezaba a resultarle familiar. Y entonces, cuando se apresuraba a salir, chocó contra una pared y fue a dar con su trasero en el suelo. Tenía que haber imaginado quién era el muro. Ahora le sonreía desde su metro noventa con un guiño de suficiencia que la estaba matando.
—¿Es que no sabe avisar?
—¿Y usted no sabe mirar por donde va? —le dijo Sakura.
—Es usted una impertinente, ¿lo sabía?
—No, pero ya me lo han dicho hoy dos veces.
—Vaya, todo un récord.
Sasuke no le tendió una mano como haría un caballero para ayudarla a levantarse, sino que directamente la tomó por debajo de los brazos y la puso en pie en menos de un segundo. A Sakura, el contacto de sus manos, a pesar de las capas de tela que había entre los dos, la hizo enrojecer hasta las pestañas. Ese hombre tenía un efecto demoledor sobre sus sentidos.
—¿Está bien?
—Un poco tarde para preguntarlo, ¿no le parece?
—¿Sabe?, no es usted impertinente, sino un verdadero fastidio. ¿Dan cursillos en esa agencia suya sobre cómo ser una sabionda?
—No, al parecer es un don natural.
—¿Y no podía ponerle freno a ese don?
—No —le dijo Sakura cansada de tanta tontería—. Y ahora si me permite...
Sakura hizo el amago de esquivarlo para pasar, pero Sasuke no se lo permitió.
—Imagino que habrá conocido a los niños.
—Sí.
—¿Y por qué no está con ellos?
—Vamos a empezar las clases mañana.
—¿Como un soplo de libertad antes de la condena? No sabía que usted tuviera piedad.
—¿Está traumatizado por alguna institutriz, verdad?
—¿Por qué dice eso?
—No lo sé, tal vez sea solo una conjetura mía de que ese es el motivo por el cual no me soporta.
Sasuke soltó una carcajada. Muy a su pesar se divertía provocando a la señorita Izuno.
—No sé cómo ha podido llegar a esa conclusión.
—Umm —refunfuñó Sakura por lo bajo—. Bueno, imagino que no querrá seguir perdiendo el tiempo con una insignificante empleada, así que si me permite pasar, lo dejaré en paz.
—¿A dónde iba?
Sakura tuvo que morderse la lengua para no soltarle un "y a usted qué le importa". Contando hasta diez para controlarse, lo miró intentando no reflejar el mal humor que le provocaba su presencia. Estaba claro que disfrutaba provocándola, y no estaba dispuesta a darle ese placer.
—Iba a dar un paseo.
—Es casi la hora del almuerzo.
—Iba a ser un paseo corto.
—¿Tiene respuestas para todo?
—Sí.
—¿Otro don?
—No, esta virtud surgió con la práctica.
Sasuke tuvo que hacer un esfuerzo para no volver a reírse.
No era una beldad, pero esa mañana parecía diferente a la mujer de la noche anterior. Estaba ligeramente mejorada. Sacudió la cabeza a ambos lados intentando despejarse. ¿De verdad estaba allí en la entrada de la puerta discerniendo sobre los sutiles cambios en el aspecto de la institutriz? Ya no cabía duda de que necesitaba un descanso.
—De acuerdo —le dijo mientras se apartaba de su camino.
Sakura se apresuró a pasar por su lado antes de que cambiara de opinión. Cuando estaba al final de las escaleras, el conde de Ashford la llamó.
—¿Señorita Izuno?
—¿Sí? —le preguntó volviéndose con evidente fastidio.
—No llegue tarde a la comida. Somos muy estrictos con la puntualidad.
Las ganas que tuvo de decirle lo mismo que Kenji le había dicho esa mañana a ella: "¿Qué?, ¿si llego tarde me van a castigar?" fueron descomunales; sin embargo, la idea que se le cruzó por la cabeza redujo su lengua al más profundo silencio, porque no quería ni pensar en la clase de castigos que se le ocurrirían a un hombre como el conde de Ashford.
