El resto ya se lo saben…
Los personajes no me pertenecen son creación de Rumiko Takahashi
Nota de la escritora: Esta historia fue ideada para el #fantober con la palabra #vampiro.
Es mi deber recordar a quien vaya a leer esta historia que se trata de un AU por lo que algunas características de los personajes pueden haber sido modificadas a razón de la trama. El universo está basado en el Japón del periodo Sengoku (ajá! como Inuyasha) pero me he tomado libertades creativas por lo que no encontraran exactitudes históricas.
Música de fondo e inspiración para este capítulo:
"The four seasons-winter in F Minor, RV. 297: I. Allegro non molto" de Antonio Vivaldi.
"Lung" de Vancouver Sleep Clinic
"Blood is red" de Handkerchief Thief
"Will he (Ryan Hemsworth Remix)" de Joji, Ryan Hemsworth
—El samurái y la princesa—
Hay una leyenda que seguro te será conocida, sobre una hermosa mujer atrapada por una bestia en un mundo frío y solitario.
La historia de una abominación que la obliga a permanecer a su lado con un único fin en esta vida, bailar y cantar para él. Hasta conseguir que su corazón se ablande y vuelva a latir.
Pero por lo general la mayoría de las veces lo único que la hermosa mujer consigue con su danza o su voz es distraer a la presa que su captor intenta cazar cuando lo necesita o también cuando lo desea.
La bestia lleva a la mujer por el mundo en una cajita de cristal gracias a la ayuda de la extraña magia que ha heredado. Con todo y que nunca ha sonreído, para él la bella mujer es sin duda su posesión más preciada.
Y lo que no muchos saben es que solo es acreedor de su fama como bestia por el nombre, pues se trata en realidad de un imponente Samurái. Un apuesto joven de tez ligeramente bronceada y cabello tan negro como un cielo sin estrellas siempre elegantemente trenzado. De lejos da la apariencia de cualquier hombre, pero cuando te acercas notas que sus ojos azules se han vuelto muy fríos por el pasar de los siglos, pero eso sólo acentúa la belleza de sus finos rasgos. Una muestra más de su rango y su cuna.
También se dice que la mujer no es su prisionera sino que se trata del amor de su vida, su alma gemela y que contrario a lo que las lenguas cuentan es ella quien le tiene preso a él. Una hechicera que ha cautivado a un gallardo capitán perteneciente a la nobleza, atrapado en un hechizo de sangre que solo se puede pagar con sangre.
Cual fuese la versión de la leyenda la única certeza es que ellos están destinados a vivir eternos.
Todo aquel que se haya topado con esta extraña pareja te contará que han sobrevivido de milagro a las puertas del mismo infierno. Historias de campesinos bebedores y de mentirosos. Historias de estafadores y vividores. De gente con ideas pervertidas y mentes corruptas. Asesinos y ladrones.
Son en su mayoría quienes relatan sobre el Samurái y la bella princesa.
Pero la verdad es que todos esos cuentos son mentira. Yo misma los he inventado y son el único medio que tuve para salvarnos a Ranma y a mi de una innecesaria cacería, el temor puede ser una muralla salvaguarda lo suficientemente alta y gruesa cuando se sabe contar.
Ranma es mi Samurái y yo soy su princesa.
Una vez, hace tantos años que incluso ha perdido el sentido seguir contándolos, fuimos simples humanos. Nobles comprometidos por deseos de nuestros padres desde la infancia. Una unión que traería fortaleza para los clanes.
Ajenos a dicha promesa no nos conocimos sino hasta que ellos decidieron que era nuestro momento.
La vanidad o el aburrimiento, tal vez incluso la idea de superioridad fue la causa de nuestra desgracia. A ninguno de los dos nos importaba mucho el otro, al menos en apariencia.
Todo el tiempo tratábamos fervientemente de odiarnos, odiarnos de verdad. Y todo fue igual de inútil. Sin saber que muchos, muchos meses después de conocernos y convivir, justo la noche de la fiesta de nuestro compromiso ante el emperador quedaríamos destinados ha estar juntos aún en contra de nuestra voluntad, por toda la eternidad.
Fuimos unos tontos desde antes.
Era una noche de invierno cuando fue una joven chica de lengua y modales extranjeros, de extrañas vestimentas y peinado exótico la que irrumpió a mitad de nuestro baile de celebración.
Su nombre era simplemente Shampoo y ella se había encaprichado por ganar el afecto de Ranma persiguiéndolo hasta dar por fin con él en el refinado palacio. Exigiendo la recompensa a un amor no solicitado por parte del joven capitán. Un romance que ella se había inventado a partir de un trato amable durante los tiempos de algunas batallas en la frontera luego de ganar la última guerra.
Decir que no sentí pena por la joven sería admitir que no tuve corazón, me dolía ver su impotencia y su desesperanza por un amor que él no podía corresponder.
La chica nunca podría llegar a ser amada como quería pues él ya amaba a la testaruda de su prometida, a pesar de que nunca lo había dicho en voz alta o admitido más allá de sus pensamientos.
—Si no eres mío— gritó entonces Shampoo cuando vio el rechazo en la mirada de mar del joven capitán —no serás de nadie.
La luna se perdió en el cielo y la oscuridad recorrió el cuerpo del samurái. Y entonces este cambio por completo, se hizo más alto, su cabello se volvió rojizo como el fuego y cuatro colmillos se asomaron en su sonrisa macabra.
Y mientras todos los invitados corrían despavoridos y aterrados buscando un lugar donde refugiarse la joven rechazada fue directo hasta donde yo estaba de pie junto al novio y me clavó una daga en el pecho. Y Shampoo se desvaneció en una columna de humo.
La sangre brotaba, no solo por donde la herida sino por algunas de mis venas abiertas repentinamente y el terror de estar muriendo me carcomía más que el dolor físico que estaba viviendo.
Fue cuando me desplomé en el suelo de madera esperando mi final que sentí los fríos labios de Ranma en el único espacio de piel que mi kimono de seda dejaba al descubierto. Justo en la curvatura de mi cuello.
A pesar del caos que reinaba su tacto fue dulce, primero sentí el desconcierto pero conforme mi respiración se aquietaba y mi corazón dejaba de moverse con la misma velocidad llegó la paz y luego la alegría de su caricia y fueron las palabras de amor pronunciadas en un bajo susurro solo para mí las que se llevaron el último latir.
Ahora ambos estábamos malditos. Yo por permitirlo y él por hacerlo.
La siguiente vez que escuché un ruido fue cuando Ranma pronunció mi nombre en medio de la oscuridad. Sus manos estaban sobre mis hombros moviéndome desesperadas y creí que todo lo que había pasado antes solo había sido un mal sueño.
Así que cuando desperté me desconcertó el ver que el lugar donde nos encontrábamos era una especie de cripta. Vestidos elegantes con las ropas que seguramente deberíamos haber usado en nuestra boda.
—¿Qué ha sucedido?— pregunté con la voz pastosa mientras me sentaba con su ayuda.
—Creo que estamos muertos— lo dijo con firmeza, como si no le quedara duda alguna.
Tomé aire y una risa ronca respondió a la incredulidad —no, no podemos— negué aunque la mano sobre mi pecho no conseguía encontrar el latir de mi propio corazón —no— lo miré incrédula.
—Lamento mucho esto Akane— ahora era dolor lo que reemplazaba su temple de Samurái y noble.
Negué sintiendo como las lágrimas se acumulaban en mis ojos —¿cómo? ¿qué pasó?— traté de reprimir el dolor y la angustia y el miedo pero creo que no fui lo suficientemente rápida.
Ranma me rodeo con sus brazos y luego grácil me cargó para sacarme del ataúd de madera. Yo me dejé acunar contra su cuerpo, como una frágil muñeca de porcelana. Lívida y sin vida.
—Te juro Akane que buscaré la forma de remediar esto— susurró entre mis cabellos sueltos, aferrando mi cuerpo con más fuerza. Incluso clavando sus dedos entre mis omóplatos y mi cintura.
—¿Quién era esa mujer?— fue una pregunta mi contestación a su dolor. También necesitaba respuestas.
Se separó de mí, sin soltarme aún. En ese momento no sabía si era por la oscuridad, pero sus ojos parecían de un azul más claro y más brillante. Como dos diminutas llamas de fuego al vivo.
—Cuando estábamos recuperando la frontera cercana al mar que se une con el país Imperial vecino varios barcos arribaron a las costas con refugiados. Ayudé personalmente a un grupo de mujeres de una tribu amazona a asentarse en los campamentos dispuestos.
Una risa ronca, amarga se escapó de mis labios —le contaste una historia de amor a una de ellas cuando sabías que no podrías cumplir con tus promesas ¿es así? ¿O pensabas que podrías tener una amante en mi casa?
—No, claro que no. Akane aunque creas todo lo contrario yo…— su mirada se desvió de la mía —yo siempre te he sido fiel.
—¿Por el deber?
—Porque te quiero tonta— gruñó bajo y luego sonrió de lado —incluso después de la muerte me sigues tentando a sentir y pensar y hacer más por seguirte. Por buscar como complacerte sin que lo notes.
Busqué su mandíbula con una de mis manos para que me mirara de frente —¿Y tuvimos que llegar hasta aquí para que me lo dijeras?— también le sonreí —al menos no estamos solos.
—No— luego bajó más su rostro hasta que sus labios casi rozaron los míos —te cuidaré de todo peligro— tomó aire con fuerza —incluso si ese peligro puedo llegar a ser yo mismo.
Ni siquiera le respondí. Solo lo besé. Ni la ironía o la tristeza de nuestras nuevas circunstancias podían opacar este beso. Nuestro primer beso.
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La primer víctima que tuvimos a mal matar fue solo una respuesta al instinto.
Por supuesto acordamos que estaba fuera de discusión volver con nuestras familias. Me despedí a la distancia y en silencio de mis hermanas y de mi padre cuando nos quedó a lo lejos el mundo que conocíamos.
—Cuando encontremos la cura volveremos— susurró Ranma sobre mi cabello luego de que besó la coronilla de mi cabeza mientras me abrazó por la espalda.
Yo me aferré a esa promesa como un salvavidas. Aún lo hago.
Viajábamos lento. Descubrimos que el sol nos dañaba, picando la piel como si fueran agujas dejando marcas similares a ronchas a punto de supurar cuando nos pegaba de forma directa. Pero las marcas desaparecían en cuanto nos resguardábamos de este, como si nunca hubieran existido.
Sentía un hambre atroz y una sed que no se podía calmar por más agua que bebiera. Sabía que Ranma la estaba pasando igual de mal, pero por su dignidad o su fortaleza como guerrero era algo que no demostraba.
En uno de los días de trayecto salimos por fin de los bosques y nos vimos deambulando por las calles de una ciudad lejana del sur que reconoció Ranma como las tierras del clan Kuno. Se decía que el daimyo no tenía pensamientos coherentes luego de haber perdido a sus hijos por la guerra.
Así que tras seis días de recorrido desde la capital del Imperio fue cuando los hombres del daimyo Kuno nos encontraron por el camino de piedras y tierra. Ranma inventó que estábamos de viaje de novios y que una banda rebelde nos había atacado por sorpresa matando a todo nuestro séquito.
Una historia bastante plausible.
Intuíamos que por el lugar donde nos habíamos despertado en la cripta, y por nuestros ropajes, nuestras familias seguramente habían hecho todo lo posible por evitar que se esparcieran los rumores de lo sucedido. ¿Esperando alguna solución tal vez? ¿Esperando tal vez la resignación?
Los soldados nos llevaron ante su señor y este nos recibió como sus invitados de honor cuando vio nuestras ropas lujosas aún bajo el lodo seco y por supuesto por la insignia de la casa Saotome en la armadura de Ranma.
Luego de que comimos en el salón con nuestro anfitrión y nos dispusimos a descansar en la habitación que nos habían asignado el hambre y la sed volvieron a aparecer, casi como si lleváramos años sin probar bocado.
Sentía el vacío. Y frío, mucho frío.
—¿Te sientes mal Akane?— me preguntó Ranma rodeándome con su cuerpo para tratar de hacerme entrar en calor.
Los dientes comenzaron a chocar entre sí cuando no pude evitar titiritar por el frío tan repentino que sentí.
—Tengo mucho, mucho frío Ranma— respondí encogiéndome más entre sus brazos. Podía percibir su silueta pero no podía sentir el calor necesario para evitar enfriarme a cada segundo.
En el espacio habían dispuesto braseros de hierro prendidos con maderas aromáticas y la ropa de cama era gruesa y debería haber sido suficiente. Pero yo sentía como si estuviera desnuda a mitad de un lago congelado bajo una fuerte nevada.
Ranma se levantó —iré a solicitar más fuego, no tardaré.
Salió rápido de la habitación y yo me encogí más entre las colchas rellenas de plumas.
Mirando las sombras tras las puertas de papel distinguí la silueta de mi marido moviéndose para seguir a alguien luego del encuentro con esa persona. Seguramente alguno de los sirvientes del palacio.
Algo curioso sucedió entonces a los pocos minutos, una doncella de la casa entró con un nuevo brasero. Tras de ella otras dos cargaban los maderos para encenderlo. Pero no me miraban. No respondieron nada cuando les agradecí tampoco. Y como si me temieran se apresuraron a hacer todo.
—¿Podrías traerme té caliente?— le dije a la última que estaba por salir de la habitación cuando terminaron su tarea —para mí y para mi esposo, por favor.
La doncella asintió con su vista siempre hacia el piso y salió disparada para alcanzar a las otras dos.
Cerré los ojos un instante, un poco más aliviada por la nueva fuente de calor. Juro que solo fue un instante en el que me perdí de lo que sucedía a mi alrededor.
Cuando volví a abrirlos los braseros estaban apagados y escuchaba ruidos húmedos dentro de la habitación, como si el agua se estuviera derramando por el piso.
Aterrada me levante de inmediato y entonces lo vi en una esquina. Agazapado con la espalda curva. Como una bestia sobre su presa.
Separé mis labios para hablar pero al hacerlo mi lengua degustó un sabor particular, delicioso. La promesa de un manjar, la promesa del alivio a mi hambre y mi sed.
Caminé siguiendo el sabor primero y luego el aroma, caminé en dirección a donde esas sombras seguían moviéndose en la esquina, caminé y cuando me puse en cuclillas un par de luces azules me observaron con curiosidad.
Enfoqué mejor mi vista y me di cuenta que esa sombra agazapada, casi en una postura animal se trataba de mi esposo.
Su boca se abrió de forma grotesca y pude ver los cuatro colmillos, que habían aparecido cuando lo sucedido con Shampoo, asomados bajo sus labios goteando algo espeso.
—Akane— su voz sonaba grave, sobrenatural —bebe— me ordenó dejándome ver lo que colgaba de entre sus brazos.
Primero fue el horror de darme cuenta que se trataba de la doncella a quien le había pedido el té minutos antes y luego… nada.
Destellos de lo sucedido. Mis manos manchadas del líquido rojizo, mis labios pegajosos con la sensación de algo dulce y tibio recorriendo mi lengua y luego pasando por mi garganta. Algo que jamás había probado.
Delicioso.
Un manjar.
Una oleada de calor se acurrucó en mis entrañas, el alivio al hambre, a la sed, al frío y al vacío.
A la mañana siguiente me desperté con mis brazos alrededor de la cintura de Ranma y los suyos apretándome con fuerza contra él. Podía incluso oír una especie de latido en su pecho. Pero no era un latido, era algo diferente.
—Una vez mi madre me contó de estos monstruos— habló mientras pasaba sus dedos por mi espalda, perezosamente, y yo alcé mi rostro para verlo.
Su cara estaba manchada de sangre seca, su pelo suelto rodeando su rostro antes de caer sobre sus hombros y sus ojos azules parecían muy brillantes. Su semblante en general estaba mucho mejor que cuando habíamos llegado a la mansión del Daimyo.
—¿Entonces somos monstruos?— pregunté cuando él comenzó a limpiar con su pulgar la sangre que sabía también estaba alrededor de mi boca.
—Tendremos que viajar mucho para encontrar una cura— respondió en lugar de admitir que lo éramos.
Lo entendía, también Ranma era importante para mí y llamarle monstruo me parecía injusto. Había luchado valientemente en las guerras que hubo y se había ganado su título de capitán por su labor, no por su apellido.
Asentí, anhelando con todo mi ser que sus palabras fueran una premonición a esa deseada solución.
—Tendremos que conseguir también sangre hasta entonces de manera regular. Sangre fresca o moriremos de frío y dejaremos que las bestias en nosotros dañen a la gente.
Volví a asentir.
—Y no podemos dejar cadáveres— habló en voz baja.
Cuando dijo eso seguí la dirección de su mirada hacia lo que había a nuestros pies. La doncella, con una daga en el pecho, envuelta en un kimono.
—¿Tú hiciste eso?
Se forzó a responderme, percibía la vergüenza en su modo de actuar. Él debía un juramento a proteger a los indefensos y esa doncella de quien habíamos bebido los dos era un ser indefenso.
—Había empezado a mostrar los mismos signos que nosotros unas horas después de que su corazón se detuvo.
Lo abracé con más fuerza —hiciste lo correcto.
Aún era muy temprano, el alba poco se había asomado y nos dio tiempo suficiente para vestirnos y prender en fuego la habitación. Con todo y el cadáver de la sirvienta.
Y volvimos a escapar.
A medio día de distancia el remordimiento me empezó a dañar, esa joven tenía que haber sido la hija de alguien, la hermana de alguien, la madre de alguien. Muchos ojos llorarían su pérdida.
Podía incluso sentir su historia recorrerme las venas.
Detuve mi andar en seco mirando mis manos, las uñas todavía tenían rastros de la sangre —no podemos volver a tomar la vida de un inocente Ranma— le dije a mi esposo con una seguridad en cada palabra —no podemos.
Ranma me miró en silencio primero cuando lo busqué tras de mí para escuchar su respuesta y luego caminó para alcanzarme y me rodeó el cuerpo con sus manos para besar mi frente —no, no volverá a ocurrir— susurró luego sobre mis labios antes de besarme con lentitud —esposa mía.
Él también sentía este vínculo ahora entre los dos.
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¿Donde buscar la cura a nuestra maldición?
La primera idea que nos cruzó la cabeza era ir directo a la fuente misma, la causante de esta extraña condición.
Encontrar a Shampoo no fue tan complejo, pero si un poco caótico. Ella nos terminó encontrando.
Una semana después de lo sucedido en la mansión del daimyo llegamos al campo de refugiados donde se debería de haber encontrado la tribu de las amazonas. Pero como era de esperar ya no estaban ahí.
Sin embargo el campo era nuestra única primer pista.
Los vecinos de las mujeres de dicha estirpe nos contaron que la líder del clan tendría cosa de un par de meses de haber fallecido.
Ranma sujetó mi mano mientras andábamos, cobijados por la oscuridad de una noche sin luna, hasta el sitio donde los restos de la anciana que mi esposo había conocido como Cologne descansaban.
—De verdad ¿vamos a profanar su tumba?— pregunté nerviosa.
Esto era otra clase de anti natura. Cada acción nueva que debíamos afrontar era el equivalente a perder un poco de humanidad en mí.
—Escuchaste a las otras mujeres— respondió acomodando la pala sobre la tierra con la hierba recién sesgada.
Asentí tomando el pico entre mis manos para ayudar a agilizar esta corrupta acción. Para mi ventaja no era la típica dama de sociedad. Había sido la hija menor de un general samurái. Perdí a mi madre cuando aún era pequeña así que la mayor parte de mi educación la obtuve entre los campamentos del ejercito que lideraba mi padre.
Mi hermana mayor intentó, a sus posibilidades, aleccionarme en cosas propias de una dama. Pero siempre fui una chiquilla escurridiza y ninguna de las institutrices tampoco consiguió alejarme mucho de las armas y los entrenamientos. Peor aún cuando mi mismo padre estaba feliz y orgulloso de verme interesada.
Así que sí, un pico para ablandar la tierra no hubiese sido tampoco extraño entre mis manos si siguiera viva.
Se preguntaran ¿porqué molestar los restos de una amazona?
Era una suerte que las noticias sobre nuestra desventura no hubiesen llegado aún hasta el campamento. Pues algunas mujeres, al saber que estábamos preguntando sobre la tribu de amazonas, nos habían alcanzado en la tienda de campaña que el ejército había dispuesto para mi esposo y para mí.
Nos contaron que las amazonas, al parecer por órdenes de la nieta de la líder, habían enterrado a la mujer con antiguos libros y objetos variados en una ceremonia tradicional del clan.
Ranma esperaba encontrar en esos libros la respuesta que necesitábamos.
Horas después de retirar la tierra descubrimos gruesos tablones de madera y bajo estos el cuerpo envuelto de la mujer. Rodeada de flores ya marchitas y muchos frascos diminutos. Amuletos de metal y cerámica. Madera e incluso algunos de piedras preciosas. Eran un llamado a los ladrones ignorantes si se enteraban de que había en estas tierras una líder amazona.
—No toques nada— dijo Ranma con voz firme cuando estiré mi mano para tomar uno de los gruesos libros forrados en piel que estaban entre los pliegues de la tela.
El olor era fuerte e insoportable.
—¿Entonces lo vas a tomar tú?
Ranma negó y caminó hasta donde unos árboles. De atrás de uno de ellos trajo aferrando del hombro a uno de los soldados raso, el chico caminaba torpe y con la mirada perdida. Incluso empañada.
—¿Qué hiciste?— pregunté con horror.
Alzó un hombro como ofrecimiento de una disculpa —es algo que aprendí, sin saber como, en la posada donde conseguí un poco de arroz un par de noches atrás.
Me puse frente al joven, parecía casi un niño. No tendría más de 15 años.
—¿Lo hechizaste?
—No exactamente, solo le dije que debía mantenerse callado y que debía obedecerme. Luego le pedí que se escondiera tras los árboles hasta que fuera yo a buscarlo— Ranma se acarició la mandíbula antes de suspirar largo y cansado —tampoco me gusta esto pero... no podemos tocar nada dentro de la tumba. No sabemos que pueda pasarnos.
Entendía el punto de su observación. Aún así… se seguía sintiendo incorrecto —Bien— concedí y me hice a un lado.
Observé como Ranma le susurraba al chico que hacer, nerviosa de que fuera al pobre a quien le pasara algo.
No sé que era lo que esperaba. Luces fantasmales, el espíritu vengativo de la anciana apareciendo por donde el chico que había hechizado Ranma estaba escondido o tal vez a los soldados del ejercito descubriendo lo que éramos subiendo por la colina listos a matarnos con antorchas prendidas.
Pero nada sucedió cuando el soldado entró al espacio de tierra y sacó los tres libros que había.
—¿Podremos tomarlos ahora?— pregunte a Ranma cuando lo ví acercarse al soldado.
—No es correcto robarle a los muertos, pero esto ya no está dentro de la tumba— una sonrisa ladina y no pude evitar poner los ojos en blanco —supongo que ya no pasará nada.
—¿Cómo puedes bromear con algo así?
Ranma alzo los hombros y me miró con diversión —¿Y por qué no? Nuestra situación no puede empeorar Akane, tal vez debamos encontrar algo de distracción en lo macabro para no amargarnos ¿no crees?
Torcí los labios, no muy convencida por su observación. Pero entendía lo que quería decir con esas palabras insolentes. ¿Porqué preocuparnos cuando no nos podía ir peor? Esto ya era lo peor.
—Bien, llevemos entonces los libros hasta la tienda para buscar algo que nos ayude.
—Toma— nombró con tono firme al soldado —lleva esos libros hasta donde me hospedo— ordenó Ranma al joven y este se encaminó sin decir nada de vuelta al campamento.
Vimos el montículo de tierra con pereza y cansancio, pero teníamos que terminar el trabajo y volver a llenar la tumba.
Hacerlo fue más rápido así que en menos de una hora ya caminábamos de vuelta por el campamento. Ranma me guiaba entre las tiendas de los soldados con nuestras manos aferradas. Pasando de largo hasta donde la arena hacia evidente la presencia de una playa.
Estábamos algo alejados del campamento. Solos él y yo. La sensación era agradable y si las circunstancias hubieran sido otras esta noche hubiese sido nuestra noche de bodas.
—Lo sé— susurró de repente Ranma cuando me detuve a mirar las estrellas.
Giré mi cabeza, curiosa para que explicara que era lo que sabía.
—Esta noche se hubiese celebrado nuestra boda.
Ranma también observaba con cierta nostalgia el cielo oscurecido. Luego su mirada caminó con lentitud hasta encontrarse con la mía.
—Siento mucho esto Akane— dijo en voz baja —pensé que luego de casarnos todo mejoraría entre nosotros, que podría decirte que en serio estaba feliz de poder compartir mi vida contigo y que mi anhelo primordial era mostrarte el nuevo mundo que habíamos conquistado tras la guerra.
Una emoción creció en mi interior.
—Entonces el compromiso ¿no era una carga para ti?— quise cerciorarme.
Ranma negó moviendo su cabeza pero en sus labios se mostraba una sonrisa cálida que me acaricio con solo observarla.
—No podría haber pedido nada más a los dioses— caminó la distancia que nos separaba para quedar frente a mí —nunca me canso de pensar en ti, en tus bonitos ojos avellana y lo vibrantes que pueden ser cuando estas tan contenta.
Sus dedos acariciaron el contorno de mi mejilla cuando pasó tras mi oreja algunos mechones sueltos de mi cabello desordenado por el esfuerzo antes realizado.
—Eres muy bonita Akane— dijo casi en un suspiró sin dejar de mirarme a los ojos —prometo cuidar de ti, amarte y respetarte. Darte consuelo, ser tu apoyo. Ser tu compañero siempre que me quieras a tu lado por el resto del tiempo que estemos en esta tierra.
Mi respiración se hizo más rápida y sonreí al escuchar sus palabras.
—Ranma— respondí sujetando con más fuerza su mano —prometo cuidar de ti, amarte y respetarte. Darte consuelo y ser tu apoyo, tu compañera siempre que me quieras a tu lado— tomé aire emocionada —por el resto del tiempo que estemos en esta tierra.
Fue una ceremonia simbólica. Con las estrellas y la noche como únicos testigos de nuestras promesas. Selladas con un beso tierno y emotivo. Y para ambos era suficiente.
Luego Ranma me cargó de manera nupcial hasta nuestra tienda de campaña donde se dedicó a hacerme el amor lenta y dulcemente.
Con sus manos acariciando cada espacio de piel, sus labios besando los caminos de mis curvas y su respiración mezclándose con la mía en cada jadeo.
Sentirlo dentro de mí fue como complementar una promesa que habíamos hecho desde el día que nos conocimos. Una eterna pelea por demostrar quien tenía más habilidad. Como dos pavo reales mostrando sus plumajes.
Sonreí al recordar cuando nos vimos por primera vez, donde me había retado a una lucha con los sables porque yo estaba practicando en lugar de estarme embelleciendo para conocerle.
Ranma había entendido aquel día que no obtendría conmigo una esposa abnegada. Pensé que era decepción lo que veía en sus ojos asombrados cuando estaba tumbado en el suelo con mi sable a solo unos centímetros de su agitado pecho.
Pero ahora sabía que jamás se había sentido más atraído por alguna otra mujer como en ese instante.
—Mi igual— susurró en la piel desnuda de mi espalda baja antes de besarla una y otra y otra vez.
Al día siguiente el clima se había mostrado inmisericorde. Yo estaba cubierta por kimonos y mantas por igual, uno encima del otro y así sucesivamente como un panecillo relleno. Oculta mirando como mi esposo leía libro tras libro y ninguna respuesta satisfactoria aparecía.
Los libros solo contaban historias típicas de la cultura amazónica. Recopilación de una vida desde el nacimiento hasta lo naturalmente ocurrido con la líder de este increíblemente poderoso grupo de mujeres por causa de las inclemencias del tiempo.
Pero ni siquiera se mencionaba algo de folklore tradicional como en cualquier cultura o incluso algo remotamente sobrenatural.
—Iré a conseguir un poco de alimento— dijo cansado Ranma cuando se puso en pie luego de cerrar el último libro. Caminó hasta donde estaba yo escuchándole leer en voz alta y besó mi frente —no tardaré— me guiñó un ojo y yo le mostré la lengua y él salió riendo de la tienda.
Seguía titiritando bajo las capas de ropa. Pero a diferencia de la primera vez que había ocurrido este excesivo descenso de temperatura no estaba angustiada. Sabía cuál era el motivo.
Y es que habíamos gastado mucha energía la noche anterior, pero bien había valido la pena.
Me encogí más en mi sitio, con una boba sonrisa, cerrando los ojos para recordar mejor los detalles mientras acariciaba la sortija de matrimonio que Ranma había puesto en mi dedo pocas horas después de haberme hecho el amor.
Él también se había colocado por fin su alianza matrimonial. Ambas había estado guardadas en un espacio secreto a la altura de su pecho en su armadura. Las había llevado consigo desde la fiesta de compromiso.
Salí rápido de mis pensamientos cuando escuché gritos y órdenes de los soldados del campamento. Como si se estuvieran movilizando a causa de alguna amenaza.
Me puse en pie, llevaba puesta una armadura del ejercito porque eran más resistentes a los cambios de temperatura. Así que busqué un par de dagas, que coloqué en un cinturón alrededor de mi cadera y luego tomé uno de los sables que estaban igual sobre la mesa con el resto de las armas de mi esposo.
El frío atravesaba y se instalaba en mis huesos. Temblaba a cada paso pero algo me decía que si me quedaba en la tienda mi vida correría peligro.
Dejé atrás los libros de las amazonas, igual no nos habían servido de nada. Y salí.
Con el sable listo para atacar en caso de encontrar fuera de la tienda lo que estuviera haciendo movilizar a los soldados con tanta premura.
Pero nada, ellos corrían hacia el improvisado y temporal embarcadero. Indecisa entre esperar a Ranma o irme para buscarlo decidí hacer lo último y comencé a moverme hacia donde el resto del ejercito iba.
En el camino me encontré con Ranma cuando corría en dirección contraria a los soldados.
—¿Qué ha pasado?— pregunté conforme avanzábamos, Ranma revisaba que mi cinturón en la cadera estuviera bien sujeto.
—Han sonado las alarmas, al parecer se ha visto algo en el mar— dijo sujetándome del antebrazo para que caminara más lento y me dirigió una mirada de advertencia.
—Lo siento— me encogí de hombros y una sombra de sonrisa se dibujó en sus labios.
Cuando nos incorporamos con el resto de los soldados Ranma me sujetó de los hombros para darme indicaciones, él seguía siendo el capitán y tendría que organizar al resto. No podía darse el lujo de cuidarme.
—Estaré bien— afirmé acariciando un segundo su mejilla cuando me miró con preocupación —sabes bien que sé defenderme.
Asintió —permanece al final de las filas y ocupa el sable empujando más la fuerza de tu izquierda ¿de acuerdo?
—Sí.
—Si no te sientes a gusto con el arma…— miró las dagas a cada lado de mi cadera. Eran un arma poco común pero Ranma y yo habíamos estado practicando en las últimas semanas con estas por mero entretenimiento. Me había retado a que no aprendería y yo le estaba demostrando lo contrario.
—Lo sé, lo sé— me paré de puntitas y lo besé castamente —ten cuidado.
Su mandíbula se puso tensa cuando me miró por última vez, haciendo un esfuerzo para darse la vuelta y correr hasta el frente del pequeño ejercito ya listo para lo que fuera que estuviera llegando a través de la neblina.
A mis flancos un grupo de mujeres, igual vestidas con las ropas de ejército se acomodaron. Aunque no eran del ejercito del Daimyo Saotome, sus vestimentas eran de distinto color.
—Dama Saotome— dijo solemne una de ellas.
Yo la observé cuando respondí la reverencia con un leve movimiento de cabeza. De reojo analicé la figura de la mujer, se veía que era delgada pero con el cuerpo marcado a través del traje. Sus manos estaban aferradas a una especie de hacha de doble filo más ancha de las que usualmente se podían ver, como si fuera una espátula. Cabello castaño recogido en una coleta alta adornada con un listón blanco y sus ojos eran de un azul oscuro.
—¿Cómo te llamas?— le pregunté a la joven, por curiosidad.
Ella me miró rápido antes de volver su atención al frente —soy la dama Kuonji.
Otra hija de un general samurái. Reconocía el apellido, el general Kuonji comandaba una legión del Oeste y su única descendiente era su hija.
—Mi padre me envió por un grupo de refugiados para llevarlos a nuestras tierras a solicitud de nuestro Daimyo.
—Ya veo ¿recién acaban de llegar al campamento?
Movió su cabeza afirmando —¡vaya bienvenida! ¿cierto?
Torcí la boca —supongo que sí.
Pero la charla no duró mucho cuando la neblina nos mostró no un navío. Sino…
—¿Es una mujer?— preguntó asombrada la dama Kuonji y yo caminé un par de pasos para afinar mejor mi vista —eso es magia de sangre— susurró enfatizando cada palabra, no con miedo sino con molestia.
Ranma se giró por completo para buscarme y yo asentí. Iba a decirle algo a la dama Kuonji cuando me di cuenta que se estaba retirando junto con toda su comitiva.
—Haría bien en también retirarse dama Saotome— habló la joven sin detenerse —esa bruja está aquí seguramente por algún despecho y dispuesta a imponer una maldición. No hay remedio.
¿Cómo podría saberlo? ¿Cómo podría saber que tipo de magia usaba Shampoo? Quise ir tras la dama Kuonji y preguntar, porque ningún samurái que se respetara huiría incluso si se trataba de una bruja, pero en cambio bajé la colina corriendo al encuentro con Ranma.
Había cosas más importantes que atender y tanto mi esposo como yo lo sabíamos cuando la figura de Shampoo se mostró flotando sobre el agua calma.
—Espero— dijo la horrible mujer —que esta sea la comitiva de bienvenida porque has pensado bien lo sucedido querido mío.
Mi esposo dio un paso hacia el frente, con elegante porte señalando a la mujer con su sable como advertencia para que se detuviera. Y ella obedeció.
—Te buscaba— dijo él —y sin duda es muy conveniente para mí que llegues por tu cuenta.
Ella rio alzando sus cejas, una risa burlona —sabía que me querías ver, abriste la tumba de Cologne y eso definitivamente llamó mi atención.
Me detuve a una distancia prudente de la escena, camuflada entre los soldados que miraban en silencio lo que ocurría sobre la playa. Solo algunos se movieron para darme espacio entre sus filas.
—Así que ha sido todo una trampa ¿dame el precio que quieres para devolvernos a la normalidad?
—¿Devolvernos? — Shampoo miró donde los soldados seguían en fila hasta que su mirada chocó con la mía —¡Ah! Ya veo.
—A mi esposa y a mí— insistió hiriente Ranma.
Shampoo ladeó su cabeza con esa actitud de superioridad —entonces tu pequeña y tonta prometida no murió como esperaba y aún con lo que te hice ¿tú la desposaste?
—Habla ¿qué es lo que quieres?
Shampoo se acercó más a la orilla —no pienso hablar con tanto público— y acto seguido extendió sus brazos y la neblina se volvió púrpura extendiéndose desde su espalda hacia donde los soldados.
La neblina golpeo rápido las filas donde yo me encontraba, ví con horror como los hombres comenzaron a caer de rodillas, sin aliento y con las miradas perdidas en el suelo. Con la piel pegada sobre sus huesos como si algo hubiese tomado su energía.
A mí solo me causaba un picor insoportable. Aterrada pensando en que Ranma estaba justo frente a Shampoo lo busqué con la mirada, él también miraba hacia donde estaba yo. Pero el ataque pasaba a su alrededor como si un campo invisible le rodeara.
—Es veneno— explicó Shampoo.
Ranma trató de moverse cuando nos miramos de nuevo a la distancia, pero sus pies parecían clavados a la arena. La mujer siseó —¿acaso no te quedó claro querido? Te dije que serías mío o de nadie.
Una furia burbujeó bajo mi piel, en algún momento había perdido el sable así que tomé las dagas que estaban en el cinturón y corrí con tanta rapidez y tanta fuerza que pude impulsar mi cuerpo por encima de la neblina.
Parecía como si estuviera volando y sin que Shampoo se lo esperara tampoco clavé una de las dagas en su pecho.
Ambas nos miramos con sorpresa, sus ojos se dilataron y luego me miraron de forma sombría en el instante que sus labios se abrieron repentinos en un tosido ronco escupiendo un poco de sangre.
—Ranma nunca será tuyo— susurré con odio en mis palabras —es mío. Y si no quieres devolvernos la vida estoy segura que si te mato el hechizo que nos pusiste se romperá.
Shampoo parpadeo lento —creo que te subestimé— una débil sonrisa amarga, llena del rojo de la sangre —no eres una dama de sociedad.
—No, no lo soy.
Su cuerpo olía a muerte y tuve un mal presentimiento cuando sus labios se curvaron de forma anti natural y escalofriante en más burlas —entonces que te quede claro, no es un hechizo. Es una maldición. La cura aún no existe.
Gruñí al darme cuenta que sus palabras hablaban con verdad y dejé que la daga resbalara por su pecho, usando mi propio peso para hacerlo, hasta su ombligo. Abriéndola en canal.
Cuando caí en la arena mis piernas cedieron al peso del impacto. Ranma estaba ya junto a mí ayudándome a ponerme de pie.
Los dos alzamos la mirada en el instante que una especie de grava ennegrecida cayó a nuestro alrededor. Shampoo parecía una figura de carbón recién sacado de las brasas. Vetas rojizas atravesaban lo que alguna vez fue su bella figura.
Su mirada descendió.
—Tal vez te encuentre en otra vida, querido... y esta vez me amarás lo quieras o no— dijo con voz grave y luego de eso explotó, empujándonos lejos por la fuerza.
Miles de soldados se perdieron ese día, el campamento quedó abandonado luego de lo sucedido. La dama Kuonji se llevó a todos los refugiados con ella a las tierras del Oeste. Refugiados que habían estado ajenos al extraño evento con la neblina.
La dama no preguntó nada y nosotros no ofrecimos tampoco una explicación a la fortuna de haber sido los únicos sobrevivientes del ataque de una bruja de sangre.
Por la noche, quedando ya solos, volvimos a prenderle fuego a todo para no dejar huellas de nuestro paso.
Hambrientos, sedientos y con frío resolvimos que lo mejor era embarcamos en una de las naves que dos personas fueran suficientes para poder navegar. Bueno… dos personas con nuestras características.
Ambos teníamos habilidades nuevas. Mejor audición, mejor visión. Éramos más rápidos, éramos más resistentes. Lo único que había que hacer era consumir sangre. Mantenernos siempre tibios y todo se resolvería.
Y mientras cruzábamos el mar los dos sabíamos que no toda esperanza estaba perdida. La bruja había dicho que la cura aún no existía. Era una promesa silenciosa de que algún día habría la forma de volver a ser humanos.
—Pide un deseo— dijo Ranma a la tercera noche en el alta mar mientras veíamos las estrellas recostados en la cubierta de madera del barco.
—Encontrar sangre ¿cuenta?
Él rió —¿no te está siendo suficiente la de los animales marinos?
—Suficiente no es mi ideal— arrugué mi nariz y luego me acomodé de lado para verlo —¿crees que desear por encontrar la cura sea una mala idea?
Él negó —tal vez si vamos a la aldea de las amazonas podamos descubrir algo— se giró también de lado para verme de frente, jugando con los cabellos sueltos que quedaron sobre mis mejillas —deberías desear por la cura.
Miré de reojo nuevamente las estrellas y eso pedí en silencio. Un deseo que no era tan sencillo, recuperar nuestras vidas humanas, volver con nuestras familias y tal vez algún día tener nuestra propia descendencia.
Cualquiera con sentido común te dirá que desear es para tontos.
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Quiero agradecer a GabyCo, Liliana, Bere, Ana, Cecilia, , NormaIsela (muack!), FabiolaAndrea, FioSherSan, Viviana, LuzIgneson, IsabelAiry, Yazmin, EroLadyLawliet, TatyGuerrero
Ustedes hermosas mujeres se tomaron un ratito de tiempo para responder mis preocupaciones respecto a hacer esto un mini fic. De corazón gracias! (P.D. si alguna quiere que cambie su nombre aquí por el seudónimo que tenga en Fanfic avísenme por mensaje directo y con gusto hago la modificación una disculpa de antemano pero no soy muy buena recordando todos los seudónimos)
