Capítulo 6
—¿DESDE CUANDO ES INSTITUTRIZ?
La pregunta de Kenji llenó el silencio de la sala de estudio.
Habían subido allí después de la comida. Había sido un almuerzo agradable a pesar de la presencia del conde de Ashford, que parecía que tenía en todo momento un aire burlón. Se alegró mucho al comprobar que, a diferencia de otras familias de la nobleza en la que los niños no comían con los adultos, en la familia del marqués de Stamford esa formalidad no se observaba.
Sakura había decidido que esa tarde les hablaría de sus clases y de la que iba a ser su rutina a partir de ese momento. No habían pasado tantos años desde que ella había tenido que pasar por eso mismo. Sin embargo, en su caso tanto Mei como su tía Tsunade habían tenido el de no hacer de su educación una secuencia interminable de datos, fechas y cifras.
Esperaba que los niños no vieran su presencia allí como una nueva técnica de tortura, pero no debía engañarse, eso iba a ser difícil.
—Hace dos años que trabajo para la agencia Wackfield —le respondió.
—¿Se ha cargado a algún niño de aburrimiento?
¡Cielos, era igualito que su tío, pero con siete años!
—¿Has dicho cargado?
—Sí, es la jerga de los marineros.
—¿Y cómo sabes tú cuál es la jerga de los marineros?
—Por mi tío Sasuke. Me cuenta historias de cuando formaba parte de la tripulación de un barco.
—No me extraña —se le soltó antes de que pudiera contener la lengua.
—¿Sabe? Una vez lucharon contra unos piratas —le dijo el niño con el pecho henchido de orgullo.
—¿Y no sería él el pirata?
Kenji soltó una risa que la hizo sonreír también.
—¡No!, pero es lógico que se confunda, usted es mujer y no sabe nada de piratas.
—De eso no estaría tan seguro. Es más, una vez navegué con uno.
Los ojos del niño expresaron curiosidad por unos momentos.
—Eso se lo ha inventado.
—Si eso es lo que crees...
Kenji solo aguantó diez segundos antes de hablar.
—Creo que debería escuchar su historia para poder juzgar por mí mismo.
—Eso es una sabia decisión. ¿Tú también quieres escucharla, Azami?
La niña levantó los hombros en señal de indiferencia. Bueno, no había que desanimarse. Le iba a llevar tiempo que Azami confiara en ella, pero con paciencia todo era posible. No había que esperar conseguir resultados el primer día.
—Yo sí quiero —dijo la pequeña Saori mientras se sacaba uno de sus rizos de la boca—, ¿Hay una princesa?
—No, pero hay una hermosa dama —le dijo a la niña al ver su cara de desilusión.
—Uff, una dama... ¡Vaya historia de piratas! —soltó Kenji.
—Creía que ibas a esperar hasta que la contara para dar tu opinión sobre ella.
—Sí, pero tengo que decirte que el principio deja mucho que desear.
—Una historia no solo se compone de un principio, ¿sabes? También hay un desarrollo y un desenlace. A veces lo que empieza de una manera poco convincente puede terminar siendo algo inspirador. Bueno, allá vamos.
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—¡Vaya, ese Dragón Negro sí que era todo un pirata! —exclamó Kenji media hora después.
Saori la miraba con los ojos como platos y Azami en mitad de la narración había desviado su mirada de la ventana para escuchar atentamente la aventura. Kenji, por supuesto, había hecho toda clase de preguntas, con lo que se había revelado como un auténtico devorador de historias.
—Lo que no consigo entender es por qué tanto el Dragón Negro como el capitán DeVille luchaban a muerte por el amor de Violet.
—Descuida, cuando tengas unos años más lo entenderás.
—Eso dice mi tío.
Por una vez tuvo que estar de acuerdo con el conde de Ashford. Para un chiquillo de siete años, enamorarse no era más que una estupidez pasajera. Algo totalmente incomprensible.
—Ha sido genial, pero la parte en la que Violet lucha con la espada y le gana al teniente del navío francés es inventada.
—¿Por qué?
—Porque las mujeres no saben nada de espadas.
—¿Quién dice que no?
Kenji la miró perplejo.
—Ya, ahora va a decirme que usted sabe manejar una espada.
—Sí, así es.
El niño se dobló en dos, muerto de risa. Cada vez que la miraba reía más fuerte mientras daba pequeños golpes con la mano sobre la mesa de estudio, como si así pudiese parar de reír.
Sakura sacó su estilete del botín derecho y con una rapidez cegadora lo lanzó para clavarlo en el mapa que había al final de la habitación.
—Joo —dijo Saori.
Kenji había parado de reír y la miraba como si fuera el mismísimo Dragón Negro.
—Si te levantas, verás que está clavado en Inglaterra.
Azami fue más rápida que su hermano.
—Es verdad. ¿Cómo lo ha hecho?
—Cuestión de práctica y habilidad. Kenji, ¿crees aún que no sabría utilizar una espada?
—Señorita Izuno, después de eso sería un tonto si le dijera que sí.
Sakura se levantó para recoger su daga y la guardó fuera del alcance de los niños dentro de su botín.
—¿Me enseñará cómo utiliza una espada?
—¿Y a mí me contará otra historia? —le preguntó Saori.
—¿Me enseñará a no tener miedo?
Esa última pregunta salida de los labios de Azami fue la que evitó que empezara a flagelarse por ser tan impulsiva y haberles hecho la demostración con el estilete. Había sido una estupidez, pero al escuchar la pregunta de Azami supo que había valido la pena.
—No puedo prometer algo así, pero sí puedo ayudarte a descubrir tu propia fuerza.
Azami asintió con la cabeza.
—Solo os pido una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntaron los tres a la vez.
—Que esta demostración quede entre nosotros.
—Eso está hecho —le dijo Kenji como si fuera un hombre adulto.
—Yo no diré nada —le dijo la pequeña Saori cerrándose la boca con dos deditos.
Solo quedaba Azami. La niña la miró y esbozó la sonrisa más hermosa que había visto en su vida. Esa era su promesa.
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La cena llegó como un escurridizo fantasma. Antes de darse cuenta, se estaba preparando para bajar al comedor, donde se reuniría con la familia y unos invitados. Le hubiera gustado no tener que hacer acto de presencia, pero Tezuna no le había dado opción. Con una suave sonrisa y una suspicaz mirada, había desechado todas sus excusas. La mujer tenía la exasperante tendencia a dejarla sin argumentos. Se miro en el espejo y con un bufido nada femenino se dio la media vuelta. Ese día había estado cargado de sorpresas. Se sentía algo cansada, pero extrañamente satisfecha. Había conectado con Tezuna y Izumi de una manera que no hubiera creído posible. Apenas se encontraban, y parecían antiguas amigas que se reconocían después de un largo período de ausencia. Se sentía reconfortada por esa acogida, que había endulzado en parte lo que había vivido durante los últimos días. Los niños la habían dejado sin palabras. A pesar de su inexperiencia en el campo, tuvo que reconocer que le encantó pasar la tarde con ellos, reñían la refrescante y maravillosa cualidad de ser directos y sinceros, la desarmaban a cada momento con sus ojos llenos de una inocente sabiduría. Algo diferente era el tío de los niños. Con él las cosas se habían complicado. Si no, que se lo dijeran a su cuerpo que la traicionaba cada vez que se encontraba en su presencia. La hacía ponerse nerviosa y a la defensiva. Nada tenía que ver con que fuera el hombre más atractivo que había visto en su vida, o por lo menos, eso era lo que había pensado una y otra vez durante las horas que llevaba en aquella casa. Sí, eso debía de ser cierto porque, como toda mujer que se reconocía medianamente inteligente, esa falta de control no podía deberse a la fragancia seductora que desprendía ese hombre, ni a su mirada misteriosa, ni a sus manos grandes y perturbadoras... Estaba perdida, ¿cómo había llegado a ese punto? Toda su inteligencia había quedado anulada por ese imberbe engreído y presuntuoso. No, eso no era verdad, solo estaba cansada. Decidió no dedicarle ni un segundo más a esa sarta de estupideces y salió de la habitación.
—¿Así que habéis contratado a una institutriz?
—Así es —contestó Izumi a la señora Yotsuki, con una agradable sonrisa en los labios.
Nae Yotsuki era vecina de Cravencross desde hacía más de veinte años. Su propiedad colindaba al norte con la de ellos y, salvo por su innata curiosidad, era una mujer bastante agradable. Su marido había sido coronel en el ejército, pero retirado desde hacía más de diez años, le hacía la competencia a lady Tezuna Haruno en cuanto a su extrema sordera. Nae a veces hacía que todos dieran un salto cuando intentaba que con sus chillidos el pobre Coronel entendiera algo. El simplemente se limitaba a mirarla como si creyera que estaba viendo a una lunática y luego sacudía los hombros arriba y abajo con absoluta indiferencia, a lo que la señora Yotsuki siempre respondía: «Es tan gracioso mi Kiyoi, siempre con sus bromas.»
«Está más que claro que su Kiyoi la ignora», pensó Izumi. Menos mal que esa noche a los Yotsuki no los había acompañado su hijo Hidan. Estaba harta de que la persiguiera cada vez que tenía oportunidad. Había intentado ser amable, pero siempre dejándole claro que no correspondía a sus afectos. Su corazón pertenecía a un hombre desde hacía mucho tiempo, y sabía con toda seguridad que jamás podría enamorase de otro. Soltó un suspiro cuando vio a Sakura en la entrada del salón. Tía Tezuna y Sasuke todavía no habían bajado, y la presencia de un alma caritativa que la ayudara a lidiar con la avalancha de preguntas de Nae era más que bienvenida. No sabía qué le había hecho bajar la guardia con Sakura, pero la verdad es que así había sido y aún no podía explicárselo. Al principio había resuelto rechazarla, pero esa mujer la había desarmado en su propio campo. No sabía si había sido su tajante determinación, su escandalosa sinceridad o su humor en momentos de tensión lo que la llevó a aceptarla sin reservas, pero se alegraba de ello. Seguía teniendo sus recaudos, porque nadie podía conocer a alguien en tan solo unas horas, pero algo en su interior la conducía a pensar que su instinto esta vez no le fallaba. Tener de nuevo algo parecido a una amiga sería fantástico, porque desde la muerte de Suiren a veces se había sentido aislada en su propio mundo. Un mundo lleno de preguntas sin ninguna respuesta, un mundo en el que la única persona con la que compartir sus dudas y angustias era ella misma. En esa casa todos habían sufrido y no podía cargarlos además con sus propios problemas.
—Señora Yotsuki, deje que le presente a la señorita Sakura Izuno —dijo Izumi mientras con un gesto animaba a Sakura a acercarse.
—Oh, será un placer —contestó Nae mientras observaba detenidamente a Sakura.
Sakura sintió como si esa mujer le hubiese visto las enaguas. Su escrutinio había sido peor que el que la cocinera de su tía Tsunade le había hecho al pobre Enrico la víspera de Nochebuena. Enrico era el pavo que había pasado los últimos tres meses engordando para ese día.
—El placer es mío —le dijo Sakura forzando una sonrisa.
—Vaya, es usted mayor de lo que imaginaba.
—Sí, eso me dicen a menudo, pero ya sabe, las institutrices envejecemos antes.
—¿Y eso por qué, querida?
—Pues es el resultado inevitable de lo que debemos soportar.
Izumi no pudo sino sonreír ante la cara de estupefacción de Nae. Iba a ser refrescante tener a Sakura allí.
La señora Yotsuki reaccionó inmediatamente cuando Tezuna entró en la habitación.
—Oh, querida, estás estupenda —le dijo mientras se acercaba ella.
—¿Que estoy horrenda? —dijo Tezuna.
Nae se había quedado otra vez sin palabras; la sordera de esa mujer la desconcertaba. Parecía que aquella no era su noche. El Coronel, por su parte, estaba roncando en el sillón de la esquina con la cabeza colgando por uno de los lados.
—Ya veo que Kiyoi está tan animado como siempre —comentó Tezuna mientras levantaba la ceja izquierda—. Por lo que veo ya has conocido a Sakura.
—Sí, me la ha presentado Izumi.
—¿Y no tienes nada que decir? Sería la primera vez que te muerdes la lengua.
—Oh, Tezuna, qué van a pensar las muchachas de mí.
—La verdad, que eres una chismosa, pero una buena amiga.
Nae sonrió. Conocía a Tezuna desde que ambas habían hecho su presentación en sociedad. Eran viejas amigas que siempre estaban peleando. Esa era su forma de demostrarse el afecto que se tenían.
—Bueno, será mejor que pasemos al comedor.
—¿Y Sasuke? ¿No cena con nosotros?
Tezuna se paró en seco mirando a su amiga como si esta le acabara de recordar que se había dejado olvidado el paraguas antes de salir de casa.
En ese momento, como si el pronunciar su nombre lo hubiese hecho aparecer por arte de magia, Sasuke entró en la habitación. A decir verdad, ahora que estaba él, parecía que el espacio se hubiese reducido considerablemente, como si el cuarto estuviese algo caldeado. Sakura ya no recordaba por qué se había puesto ese día ese vestido, porque estaba claro que las temperaturas estaban subiendo de manera alarmante para esa época del año.
—Buenas noches, señora Yotsuki, señor eh... Yotsuki —dijo con una expresión algo divertida al ver al Coronel, con medio cuerpo descolgado por el sillón.
—Nae, será mejor que llames a tu marido antes de que me haga un agujero en las baldosas con su cabeza.
—¡Kiyoi!
El Coronel dio un respingo mientras intentaba enfocar a los miembros que se encontraban a su alrededor.
—Eh... o sí, es muy divertido —dijo como si supiera de qué estaban hablando.
—Y luego dicen que yo estoy mal del oído —dijo Tezuna con una especie de bufido.
Izumi acompañó al desorientado Coronel, mientras su esposa hablaba animadamente con Tezuna. Desgraciadamente, solo quedaban Sasuke y ella. Intentó aminorar el paso para no ir a la par, pero era demasiado esperar que aquel presumido dejara la boca cerrada.
—No es de buena educación ignorar a las personas.
Sakura apretó el puño para no estampárselo en su bonita cara.
—Y yo pensaba que la impuntualidad era poco menos que un pecado capital para usted.
La sonrisa que Sasuke le prodigó estaba destinada a desarmarla, de eso no cabía duda. Lo había hecho con el solo propósito de ponerla nerviosa.
—Tiene buena memoria.
—Me lo dijo esta tarde. Hasta un mosquito lo recordaría.
Sasuke ya no le sonreía.
—Se cree muy graciosa, ¿verdad?
—Oh, aprendo rápido.
—Ya veo —dijo entre dientes mientras entraban en el comedor.
Sasuke tenía ganas de estrangular a esa sabionda prepotente con sus propias manos. Había que reconocer que era rápida, además de tener la exasperante cualidad de encontrarle respuestas a todo. Iba a disfrutar de lo lindo poniéndola en su lugar.
—Siento haber llegado tarde.
Todos se volvieron al escuchar esa voz.
Sakura no pudo evitar ver la mueca de fastidio en la cara de Izumi al oír al recién llegado.
—Lamento haber entrado de esta manera, pero dado que somos vecinos desde hace tantos años, le dije a O'Connell que dejara las formalidades a un lado.
—Es tan encantador mi Hidan, ¿verdad, Tezuna?
—Sí, como una urticaria —dijo por lo bajo.
Solo Sakura la había escuchado, pero entre el gesto de Izumi y el comentario de Tezuna se había hecho una idea de lo encantador que debía de ser ese tal Hidan.
—Sakura, este es mi hijo, Hidan Yotsuki —le dijo Nae.
Sakura dio un paso al frente para saludarlo, pero el hombre, con pequeños ojos de ratón, dio un paso atrás como si hubiese visto a un monstruo de dos cabezas.
A Sasuke no le gustó esa actitud. Nunca le había caído demasiado bien el hijo de los Yotsuki. Tenía siempre en el rostro una sonrisa falsa que le hacía desear borrársela de un puñetazo, y en ese momento más que nunca. Una cosa era que él se metiera con la institutriz y otra muy distinta que le hicieran un desaire en su presencia.
