Capítulo 9
DESPUÉS DE LA NOCHE ANTERIOR, CUANDO POR EL INTERVALO DE UNOS MINUTOS se permitió bajar la guardia con el conde de Ashford, debía tener más cuidado que nunca. Empezaba a descubrir cosas en ese hombre que le hacían cada vez más difícil mantener su firme determinación de ignorar su presencia. Al contrario de todo lo que había decidido hacer, se encontraba buscándolo a la hora de la comida, mirándolo furtivamente cuando él estaba descuidado, analizando sus gestos, y prestando atención a cada una de sus palabras. Era peor de lo que había pensado.
Durante toda la noche, en la que dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, llegó a la lastimera conclusión de que lo que sentía por el Conde no era exactamente antipatía y mucho menos indiferencia. A cada momento se acordaba de la forma en que la había observado durante su conversación, como si pudiese desnudarla con su intensa mirada. Eso ponía en peligro su estancia allí y debía poner freno a todo contacto con él. Todavía sentía el contacto de sus dedos sobre su piel, porque el breve instante en que le tomó la muñeca fue como andar descalza sobre la hierba, sintiéndose más segura y asustada que nunca.
Esa mañana había decidido no volver a estar a solas con él. No pensaba exponerse a sentir algo más de lo que empezaba a admitir. Se vistió un poco más austera que de costumbre, si es que eso era posible, con un vestido marrón oscuro de cuello alto y cintura ancha. El cabello, del tono oscuro sin brillo que tanto le costaba conseguir, se lo recogió tirante en un moño y usó el maquillaje de siempre, con unas ojeras más pronunciadas, que por una vez no tuvo que fingir.
Ese era su día libre. No habría clases con los niños, por lo que estaba en total libertad para salir. Algunos de los empleados utilizaban ese día para ir al pueblo, otros para visitar a sus familiares y otros para estar junto a su pareja. Ella no podía hacer ninguna de las tres cosas. La familia estaba demasiado lejos, al igual que sus posibles pretendientes, que no habían sido muchos. En cuanto conocían su vena rebelde y su afilada lengua ponían tierra de por medio. Por lo visto, ser una mujer inteligente y capaz de defenderse por sí misma no estaba muy bien visto. En cuanto al pueblo, era demasiado pronto para ir, además de arriesgado. Su padre podía haber hecho llegar anuncios sobre su desaparición, y, aunque nadie que la viera podría relacionarla con aquella muchacha de unas semanas atrás en Londres; la aparición de alguien nuevo en las mismas fechas podía despertar sospechas.
Podía hacer otras cosas como leer, caminar por los jardines de la propiedad y escribir la carta que estaba retrasando a Fräulein Strauch, una vieja amiga de su tía. Vivía en Viena, aunque al igual que Tsunade siempre andaba viajando de un lado a otro. Confiaba en ella para que le comunicara a su tía que estaba bien y que no había tenido ningún problema en su trabajo. Tsunade entendería a qué se refería y se quedaría algo más tranquila.
Después de un copioso desayuno con huevos y jamón, dejó a Izumi y a Tezuna, que junto con los niños iban al pueblo a hacer unas compras. Intentaron convencerla de que los acompañara, pero al final desistieron, no sin antes hacerle prometer que la próxima vez iría con ellas.
Cuando caminó por el sendero que bordeaba la parte posterior de la casa, inspiró profundamente para llenar sus pulmones del aire limpio del campo y de la asombrosa y exquisita fragancia de las flores que se extendían más allá de donde llegaba su vista. Un movimiento detrás de un seto le hizo reducir el paso. Inclinándose hacia un lado para ver mejor, observó a un hombre que intentaba recuperar el aliento dejándose caer contra un árbol. Parecía respirar con dificultad mientras se doblaba lentamente hacia delante apoyando una de sus manos en la rodilla izquierda.
Era un hombre relativamente joven y desconocido para ella. Llevaba unos pantalones de color marrón que le quedaban anchos, como si fuesen de otra persona. Una camisa blanca remangada en los brazos y abierta en el cuello completaba su indumentaria. Iba inapropiadamente vestido, pero estaba claro que pertenecía a la alta sociedad. Sus prendas eran de la mejor calidad. Una sospecha se instaló como un rayo en su mente e hizo que se apresurara a ir junto a aquel hombre. Si no estaba equivocada, y algo le decía que no, ese desconocido no podía ser otro que el marqués de Stamford.
—¿Se encuentra usted bien?
El hombre levantó la cabeza mirándola fijamente a los ojos. Las marcas de la enfermedad aún se le reflejaban en la cara, demasiado angulosa y pálida para un hombre sano.
—Sí —dijo demasiado rápido y demasiado brusco, para después de un suspiro de fastidio decirle—. No, la verdad es que me encuentro mal.
—Eso me parecía —le dijo Sakura mientras se acercaba—. Si promete no morderme, le ayudaré a sentarse en aquel banco.
El Marqués la miró divertido esbozando una amplia sonrisa.
—Usted debe ser la institutriz.
—Sí, y usted, el marqués de Stamford.
—Sí, así es. De acuerdo, ayúdeme a sentarme antes de que haga el peor ridículo de mi vida desvaneciéndome en mitad del jardín.
Sakura lo acompañó hasta el banco de piedra ofreciéndole el brazo para que Itachi se apoyara en ella, lo suficiente para que su orgullo no quedara del todo magullado.
—¿Sabe alguien que ha salido a dar un paseo? —le dijo una vez que estuvieron sentados.
—Me ha parecido detectar un tono de reproche en su pregunta.
—Lo siento —le dijo Sakura deseando morderse de vez en cuando la lengua—. Es que Izumi y Tezuna me dijeron que todavía no estaba bien como para levantarse, pero que usted no compartía esa opinión.
—Sí, es el modo que tienen de decir que soy testarudo.
—No creo que ellas... —Itachi la miró con una ceja levantada—. Está bien, sí, querían decir eso —le dijo Sakura con expresión divertida.
—No las culpo. Lo de hoy les da la razón. Estoy demasiado débil como para poder dar siquiera una vuelta —dijo entre dientes.
Sakura pudo sentir en sus palabras la frustración que le causaba ese hecho. Con seguridad, por su complexión, antes de su enfermedad debió de ser un hombre fuerte y robusto. Debía de haber adelgazado al menos diez kilos. Por lo menos eso era lo que denotaban sus pantalones tres tallas más grandes y su camisa holgada. Lo que la enfermedad no había podido destruir era su atractivo, porque era un hombre guapo. No tanto como Sasuke, ni tampoco con esa apariencia peligrosa que tan nerviosa la ponía, pero sí uno de los hombres más guapos que había conocido.
—Ha esperado a que se fueran para poder salir de la habitación, ¿verdad?
—A cualquiera que se lo cuente le sonaría patético. Un hombre de mi edad y posición haciendo travesuras como si fuese un crío, pero si conoce a Izumi y a Tezuna, comprenderá que era mi única opción. Estando como estoy, sin fuerzas, no puedo enfrentarme a las dos sin salir claramente derrotado.
Sakura rió abiertamente, lo que hizo que el Marqués también esbozara una sonrisa.
—¿Le hace gracia mi situación?
—No, es que Kenji suele poner la misma cara cuando no se sale con la suya.
La sola mención del nombre de su hijo hizo que los ojos del Marqués brillaran con luz propia.
—¿Ese pequeño le da muchos problemas?
—No, es un encanto, al igual que Azami y Saori. Tiene usted unos hijos encantadores.
—Lo sé. Ellos también hablan maravillas de usted.
Sakura se atragantó pensando en lo que le habrían contado los niños.
—Tenía mis dudas cuando fui a la agencia, pero después de ver a mis hijos y escucharlos, sé que tomé la decisión acertada. Se los ha sabido ganar y no son nada fáciles. Se lo agradezco.
—Es mi trabajo, milord.
—No lo crea. Mi hermano y yo tuvimos institutrices que eran más parecidas a un general de caballería que mujeres amables y comprensivas.
—Sí, eso me ha quedado claro.
—¿Lo dice por Sasuke?
Sakura no pudo evitar hacer una mueca ante la mención de su nombre, lo que hizo que el marqués de Stamford soltara una carcajada.
—Es un cascarrabias, ¿verdad?
—Yo no diría tal...
El Marqués volvió a levantar la ceja. A ese hombre tampoco se le escapaba una.
—Sí, lo es —dijo Sakura totalmente resignada a que el Marqués la despidiera por hablar mal de su hermano.
Contrario a eso, volvió a soltar otra carcajada.
—¿Le parece divertido?
—No, es que creo que por fin Sasuke ha dado con la horma de su zapato. Conozco a mi hermano, señorita Izuno, y sé que a veces puede ser autoritario, intimidante y sumamente molesto. —Sakura hubiese añadido a la lista unos cuantos calificativos más—. Pero es el mejor hombre que he conocido en toda mi vida.
A Sakura le llegó al alma la vehemencia con que el Marqués había dicho esa última frase. Izumi le había dicho que Sasuke quería y admiraba a su hermano mayor. Ahora estaba en posición de afirmar que el marqués de Stamford sentía lo mismo hacia su hermano menor.
—Creo que él opina lo mismo de usted.
La cara de Itachi adquirió una expresión cálida.
—Sí, ese cascarrabias me quiere. Tengo suerte.
—No tengo claro si eso es tener suerte —le dijo Sakura con un brillo de picardía en sus ojos.
Antes de que Itachi pudiera contestar a eso, unos pasos enérgicos llenaron el silencio que los envolvía y los obligaron a girar la cabeza.
Sasuke apareció por el extremo del jardín con cara de pocos amigos y echando chispas por sus enormes ojos negros. Cuando llegó junto a ellos, y parecía quedarle muy poca paciencia.
—¿Qué demonios estás haciendo levantado?
—No aguantaba ni un minuto más tendido en la cama. Además, ¿a qué viene esa cara?
—Viene a que he subido a tu habitación y no estabas. Viene a que te he buscado por toda la casa y tampoco estabas. Viene a que nadie sabía dónde te habías metido. Viene...
—Entiendo lo que quieres decir, pero recuerda que ya soy mayorcito como para tomar decisiones sin consultar a nadie —dijo Itachi mientras levantaba una mano en señal de disculpa.
Sakura se movió en el banco, lo que hizo que Sasuke la mirara.
—Debí imaginarme que usted estaría metida.
—Yo no tengo nada que ver.
Sasuke la miraba fijamente como si pudiera traspasarla, arqueando una ceja con incredulidad.
—No sé cómo lo hace, pero cada vez que hay algún problema está metida en medio. Y ahora encima quiere que crea que esto ocurre por casualidad. No soy imbécil, señorita Izuno.
A Sakura la situación estaba empezando a irritarla. El hecho de que la culpara de algo que no había hecho era injusto.
—En este caso tengo que disentir —dijo Sakura levantándose enérgicamente y colocándose frente a él con la barbilla en alto y los puños apretados a ambos lados de su cuerpo—. Es usted un imbécil.
Sasuke estaba perplejo. Esa mujer a la que sacaba más de una cabeza de estatura estaba haciéndole frente. Y además lo había insultado. No pudo más que sonreír.
—¿Y puede saberse por qué sonríe ahora? —preguntó Sakura al límite de su autocontrol.
Sasuke miró a su hermano y ambos estallaron en carcajadas.
Sakura pegó una patada muy poco femenina al suelo mientras los dejaba allí plantados, no sin que antes ambos la escucharan maldecirlos. Cuando Sakura hubo desaparecido de su vista, Sasuke se sentó junto a su hermano.
—Creí que iba a explotar —le dijo Itachi en un intento de no volver a reír.
—Sí, tiene muy mal genio.
—Lamento haberme perdido estos días. Me hubiese entretenido con vosotros dos.
—No lo dudes. Esa mujer me saca de quicio.
—Ya lo veo, aunque en tu defensa tengo que decir que pareces tener el mismo efecto sobre ella.
Sasuke hizo una mueca con la cara mientras se quedaba mirando a su hermano.
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Qué cosa? —preguntó Itachi como si no entendiese de qué le estaba hablando.
—Salir por ahí sin que nadie lo sepa. No hay más que verte para saber que no estás del todo recuperado. Sé que estás harto, pero debes tener paciencia. Si intentas hacerte el valiente, lo único que conseguirás es una recaída, y si eso ocurre juro que entonces el que te mato soy yo.
—De acuerdo.
—Está bien, volvamos a la casa. Empieza a refrescar.
—No me trates como si fuese una viejecita achacosa —le dijo Itachi entre dientes.
—Desde luego, es lo que mereces.
—Sasuke.
—Dime.
—La señorita Izuno no te mintió —le dijo mientras soltaba otra carcajada.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que ella no tuvo nada que ver.
—Explícate.
—Estaba dando un paseo cuando, tengo que confesarlo, el cansancio pudo conmigo. Me apoyé en ese árbol para descansar. Fue entonces cuando me vio y me ayudó a sentarme. También me censuró por haberme ido sin avisar.
Sasuke miraba a su hermano, que parecía divertido ante la situación.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—No quería estropear el momento —le dijo mientras pasaba por su lado guiñándole un ojo—. ¿Sabes, Sasuke? Tendrás que pedirle disculpas.
—Cuando el infierno se congele.
Las carcajadas de su hermano mayor le dijeron que eso era exactamente lo que pensó que diría.
Después de dejar a Itachi en su habitación para que descansara un rato, Sasuke bajó al estudio para terminar de examinar el correo y las cuentas de la propiedad. Sin embargo, por el momento, eso iba a ser algo difícil, ya que la señorita Izuno se encontraba esperándolo. La observó mientras cerraba la puerta. Al contrario de otras veces, parecía nerviosa o al menos daba esa impresión por el movimiento de sus manos, que no paraba de retorcer sobre su regazo. Nada más verlo, se levantó dando un paso hacia él.
—Quiero que sepa que recogeré mis cosas y me iré. Solo le pido que me deje despedirme de los niños y de Tezuna y Izumi.
—¿De qué demonios está hablando? —le preguntó Sasuke acercándose a ella.
Sakura desvió la mirada del Conde bajando la cabeza en un intento desesperado de terminar cuanto antes, y siguió hablando como si no hubiese escuchado la pregunta de Sasuke.
—Lamento profundamente mi comportamiento de hace unos minutos. No tengo excusa posible. Lo insulté y delante de su hermano. He olvidado por un momento mi sitio en esta casa y eso es algo imperdonable. Yo...
Sasuke estaba perplejo. Sakura Izuno, una mujer de armas tomar, estaba arrepentida. Sabía cuanto le habría costado pedirle perdón. Hacia escasamente un momento le había dicho a su hermano que se excusaría ante Sakura cuando el infierno se congelara, y eso que no tenía razón, sin embargo, ella sí lo estaba haciendo, incluso castigándose más allá de lo que él hubiese imaginado. Siempre lo sorprendía y eso era algo que empezaba a gustarle, y mucho.
—No diga tonterías, Sakura. Usted no va a ir a ningún sitio.
—¡Pero no puedo quedarme después de lo que le he dicho!
—¿Qué me ha dicho? ¿Qué soy un imbécil? No se preocupe, en este caso tenía razón.
Sakura cerró la boca que se le había quedado abierta al escuchar las últimas palabras del conde de Ashford.
—De todas maneras, a pesar de que tuviera razón, no debí decírselo nunca. Yo soy la institutriz y debo comportarme según mi posición.
—¿Se está creyendo realmente lo que me dice? Porque si es así, me decepciona. No voy a mentir diciendo que a veces no me saca de quicio, que es una sabelotodo irritante y mandona —Sakura se había puesto más erguida que nunca al oír esas palabras, mientras su pie había empezado a dar toquecitos en la maravillosa alfombra de Aubusson que decoraba el piso del estudio—, pero no por eso se va a ir. Los niños la necesitan, y Tezuna y Izumi sentirían su marcha. Es verdad que tiene que revisar la manera de expresar su opinión, sobre todo cuando habla conmigo, pero por lo demás no tengo nada que objetar.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Gracias.
Sakura ya se retiraba cuando Sasuke la llamó.
—Sakura.
—¿Sí?
—Gracias por ayudar a Itachi.
Sakura asintió con la cabeza. Sasuke la había sorprendido. No solo había reconocido ante ella que había sido injusto, sino que le había pedido que se quedara a pesar de no soportarla. Ese hombre podía ser muchas cosas, pero era un hombre noble. Que Dios la ayudara, porque esa era otra cualidad que nunca hubiese deseado descubrir en él.
Sasuke revisó las cuentas hasta tarde. Había intentado estar ocupado para no pensar en las noticias que le habían llegado de Londres. Otro de sus barcos había sido saboteado sin tener ninguna pista del origen del incidente. Naruto debería llegar en los próximos días. Se obligó a tener paciencia. En cuanto su amigo regresara, él se encargaría de supervisar e investigar sobre el asunto. Lo que lo tenía más nervioso era no poder hacerse cargo él mismo de la situación, pero lo de esa mañana le había demostrado que su hermano aún lo necesitaba. Había escrito una carta al detective para que le mandara un informe sobre lo que hubiese descubierto hasta entonces. Quizá si lo estudiaba detenidamente pudiese encontrar algo que se les hubiese pasado por alto. Estaban investigando a la Sea Star, y había puesto a Izumo Kamizuki tras la pista de varios hombres que por una u otra razón podían querer vengarse tanto de Naruto como de él.
Una sonrisa acudió a sus labios cuando pensó en ello. Seguramente la señorita Izuno sería la que encabezaría esa lista. Sabía que no podía ni verlo y eso lo irritaba. Lo que no tenía claro era por qué el hecho de que la institutriz, una mujer sin gracia y estirada, pensase lo peor de él lo enfurecía tanto. Era algo ilógico e inaudito, pero cierto. La cuestión es que tenía un carácter que le gustaba. No era bonita ni dulce como la inmensa mayoría de las mujeres que conocía. La verdad es que carecía de encantos, pero era abrir la boca y fascinarlo. Lo cautivaba su ingenio, la forma directa y sincera de decir las cosas, tan opuesta a los engaños y artimañas que solían utilizar la mayoría de las muchachas. A pesar de hacerle perder la paciencia, se encontraba muchas veces desafiándola solo para ver cómo dejaba a un lado su fachada de inalterable institutriz para convertirse en toda una fiera. Parecía ser una mujer apasionada. Nada más pensar en esto último, echó un vistazo a la copa de coñac que tenía encima de la mesa. Debía de habérsele subido a la cabeza, porque era imposible que se estuviese planteando la naturaleza de esa mujer.
Salió del estudio y se fue a descansar, porque el agotamiento le estaba empezando a pasar factura; de otro modo, no podría explicarse que la mujer que ocupaba la mayoría de sus pensamientos fuera una altiva, insufrible y fea institutriz.
