Capítulo 11
EL BAILE DE LA SEÑORA YOTSUKI ERA ESA MISMA NOCHE Y NO SABÍA QUÉ PONERSE. Todos sus vestidos eran de una fealdad imposible de superar. El único un poco más pasable era el que se había comprado en Londres para la cena con su padre y su anciano prometido. Sin duda, el vestido no le traía buenos recuerdos, pero era lo único decente dada la ocasión.
Se peinó con un moño tirante, como era su costumbre, dejando sueltos algunos mechones al lado de las sienes, lo que hacía que su expresión se suavizara levemente. Por lo demás, no podía hacer gran cosa Echaba en falta poder ser ella misma. En muchas ocasiones había presentado diversos papeles, pero solo por unas pocas horas, tras las cuales recuperaba su vida y su propia imagen. Este era el personaje más difícil de interpretar no solo porque no le permitía bajar en ningún momento la guardia, sino porque sus sentimientos se estaban entrelazando sin poder evitarlo con los miembros de esa familia. No había sido consciente de ello hasta que fue demasiado tarde para acotarlo. El deseo de ser quien realmente era se le hacía cada vez más intenso, golpeando sin piedad en su conciencia. La farsa que estaba, obligada a mantener la hacía cada vez más prisionera de sus sentimientos, intensificados por la necesidad de guardar silencio. Era como si tuviera que interpretar dos papeles, el de la institutriz y el de la mujer que finge ante sí misma que nada ha cambiado. Pero esa era la mayor de sus mentiras y su representación más audaz. Sabía que estar allí ya la había cambiado. Sabía que el día que tuviera que dejar atrás para siempre aquella casa y a quienes habitaban en ella, su corazón sufriría intensamente. Todos ellos, desde Tezuna hasta O'Connell se habían ganado su afecto en tan solo unas semanas.
Izumi le había brindado su amistad, no como aquellas mujeres de la alta sociedad entre quienes las sonrisas, las frases recargadas y los gestos eran un mero escaparate para obtener mejores influencias; un puro teatro en el que el final de una función siempre coincidía con el inicio de otra. Una conducta aprendida y perfeccionada de la que todos hacían su segunda piel. Izumi era sincera, sin subterfugios ni artimañas. Una verdadera amiga.
Después estaban los niños. Esos pequeños sí que la habían conquistado con sus travesuras, sus sonrisas y su cariño, que le entregaban sin que ella lo esperara. La habían sorprendido por su espontaneidad, su desinteresado afecto y su confianza.
Y..., luego estaba Sasuke. Jamás pensó que sentiría algo así por un hombre. No sabía exactamente qué nombre ponerle a ese sentimiento, pero era demasiado perturbador para ignorar por más tiempo su existencia. Aceptaba lo que le hacía sentir cuando estaba cerca, embriagando sus sentidos como una inexperta debutante que bebe por primera vez una copa de champaña, pero lo que la asustaba era no poder controlar esas sensaciones que parecían intensificarse con el paso de los días y que inevitablemente la llevaban a un terreno totalmente desconocido que la asustaba y excitaba a la vez.
Debía tener cuidado con todos los sentimientos que la amenazaban con hacerle olvidar por qué estaba allí.
Cuando bajó, todos estaban preparados para partir. Incluso el Marqués estaba sentado en la biblioteca tomándole el pelo a su hermano sobre el hecho de que este último tuviera que asistir a un baile en donde la mayoría de las mujeres lo perseguirían por pertenecer a la lista de los solteros de oro, cosa que a Sasuke no le hizo demasiada gracia.
Fueron en carruaje hasta la propiedad de la señora Yotsuki. Tezuna y Sasuke en un asiento y Izumi, y ella compartiendo el otro.
Sintió los ojos de Sasuke encima durante todo el trayecto. Esa velada iba a ser demasiado larga. Todavía no sabía cómo se había dejado arrastrar hasta allí. Aquel no era su sitio. Una institutriz, y encima con su aspecto, en medio de un baile, no cabía duda de que sería el blanco de algunos cotillees.
La rigidez de las normas por la que se regía la sociedad londinense era flexiblemente ignorada en la campiña, pero a pesar de que sentía que estaba fuera de lugar. La testarudez de Tezuna la había metido en ese lío. Tenía claro qué hacer. Entraría en el salón, vería como se acomodaban las viejas matronas y se sentaría a su lado para pasar inadvertida durante toda la velada. Sería como si no estuviese allí.
La casa, que se veía ya desde lejos, era una enorme construcción que parecía sacada de una de las novelas góticas de la señora Radcliffe. En la entrada, un criado les abrió la puerta del coche. Sasuke se apeó primero y ayudó luego a que bajaran las damas. Cuando toco su mano, Sakura sintió un hormigueo de calor que ascendía por el brazo hasta entumecerle los sentidos. Demasiado rápido retiró la mano, como si se hubiese quemado, lo que hizo que el Conde la mirara con una interrogación en los ojos negros.
La entrada de la mansión estaba custodiada por enormes columnas corintias que la hacían sentirse devorada por las grandes fauces de algún mítico animal.
La señora Yotsuki los recibió con una efusividad desmedida mientras los invitaba a pasar al salón. Sakura, que apenas había podido reparar en nada, se quedó fascinada con la decoración de aquella enorme habitación. Casi todos los invitados habían llegado ya, dada la cantidad de personas que colmaban la sala y que se detenían a cada paso para hablar con el resto de los invitados, como si fuese una danza de antemano preparada. En una de las esquinas, la orquesta se disponía para empezar con su concierto, y en el centro de la pared opuesta, unas grandes puertas se abrían hacia el jardín y dejaban entrar la brisa de la noche, así como el embriagador aroma de las flores que, mezclado con el perfume de las damas, conformaba una maravillosa esencia.
Grandes arañas de cristal descendían del techo y hacían que la sala estuviese iluminada como si fuese de día. Los espejos que cubrían por entero las paredes multiplicaban por diez las personas que en ellos se reflejaban, por lo que el espacio se dilataba dando la sensación de ser mucho más amplio. Grandes jarrones con flores exóticas se encontraban estratégicamente situados para engrandecer visualmente el entorno con su colorido.
Las damas iban a la última moda, muy distintas a la recatada y anticuada institutriz que ella representaba. Tezuna le había dicho que iba a ser una velada aburrida y sencilla. Además de testaruda, había que añadir mentirosa a su lista de cualidades. Desde luego, aquello no tenía nada de sencillo y, por la cantidad de invitados, estaba claro que además de vecinos había también quienes provenían de Londres.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Izumi apoyando una mano en su brazo—. Estás más pálida de lo normal.
Izumi estaba deslumbrante esa noche. Había visto el brillo de reconocimiento en los ojos de Itachi antes de salir de la casa, al igual que el rubor en las mejillas de su amiga cuando el Marqués le había dicho lo encantadora que se veía. Había notado algo extraño en la conducta de Izumi cada vez que se encontraba cerca del Marqués, pero hasta esa noche no había comprendido la razón. Eso era algo que debía analizar con detenimiento.
—Estoy bien, no te preocupes, es que no acostumbro a asistir a este tipo de veladas.
—Querida, siempre he pensado que hay mucho más dentro de ti. No me defraudes esta noche —le dijo Tezuna apareciendo como por arte de magia a su lado.
Sakura la miró con recelo. Tezuna siempre hacía unos comentarios que le ponían los pelos de punta, como si supiera que escondía algo.
—Intentaré estar a la altura —le dijo con una sonrisa.
Tezuna le guiñó un ojo antes de perderse entre los invitados.
Sasuke estaba unos pasos detrás de ellas hablando con el señor Yotsuki, que al parecer no pensaba soltarlo. Era el centro de atención de muchas de las féminas que se encontraban en el salón. Sakura sintió que se enfurecía. Todas aquellas mujeres lo devoraban con la mirada como si fuera un dulce. Juraría que más de una, en ese momento, se estaba relamiendo, y muy a su pesar no podía culparlas, porque ella misma era víctima de su felina atracción, pero ¡no hacía falta que fuera tan evidente que babeaban por él! ¿Acabaría ella mirándolo de la misma manera? No, eso era imposible.
Se enderezó, y alzó la barbilla con determinación. Estaba pensando más de la cuenta en ese Conde que parecía dejar embobada a toda mujer que se le ponía por delante.
—Señorita Haruno, qué placer verla.
Hidan, el hijo de la señora Yotsuki, tomó la mano de Izumi antes de que ella pudiese siquiera reaccionar. Sakura no sabía por qué, pero además de parecerle un mequetrefe presuntuoso, sentía que ese hombre no era sincero. Miraba a Izumi con evidente lascivia, como si la desnudara impúdicamente en medio del salón. Su amiga reaccionó soltando su mano lo más rápido que pudo y distanciándose de él unos pasos.
—Espero que me conceda un baile esta noche.
—Lamentablemente, los tengo comprometidos todos —le dijo Izumi en un intento de librarse de su compañía.
—¿Y no puede declinar alguno y concedérmelo a mí?
—Eso no sería correcto, señor.
—¿Y es más correcto dejar hecho pedazos a un hombre? Usted no puede dejarme así, Izumi —le dijo deslizando el nombre en sus labios como si fuera una orden—. Le pido que lo reconsidere.
A Sakura se le estaba acabando la paciencia con ese imbécil. Estaba claro que a Izumi le desagradaba, pero era tan correcta que no se atrevía a desairarlo. Si hubiese sido por ella, Yotsuki ya habría recibido su merecido.
—Perdone, pero no me había dado cuenta de que usted estaba sordo al igual que su padre —le dijo Sakura con una representación muy teatral. Izumi no pudo evitar soltar una risa ante la ocurrencia de Sakura y la cara de pocos amigos de Hidan Yotsuki.
—¿De qué está hablando? —le preguntó el hombre entre dientes.
—De su sordera. ¿Cómo, si no, se explica que no la haya escuchado decirle dos veces que no bailará con usted? Francamente es una lástima, tan joven...
—Yo no estoy sordo, señorita Izuno.
—Ah, perdone, entonces debe de ser otra cosa.
—¿Se puede saber quién la ha invitado a usted?
Izumi se puso tensa ante la clara insinuación del hijo de la señora Yotsuki de que Sakura no era bien recibida.
—¿Hay algún problema con que la señorita Izuno nos halla acompañado? —Las palabras de Sasuke retumbaron en los oídos de Hidan como una advertencia. Lo miraba como el halcón que vuela directo a su presa esperando que haga un movimiento en falso para caer sobre ella sin piedad.
—No, claro que no.
Hidan Yotsuki no hacía más que tragar saliva. Acababan de bajarle los humos y Sakura no pudo sino alegrarse por ello.
—Entonces discúlpese por haber sido tan grosero —dijo Sasuke con una calma escalofriante.
—Yo no lo habría expresado mejor —le dijo Sakura a Sasuke en un susurro.
—No quepo en mí de gozo al saber que cuento con su aprobación —le contestó Sasuke con una sonrisa en los labios que hizo que Sakura le sonriera a su vez.
Hidan se había puesto de color escarlata, ya fuera de furia o de vergüenza ante el intercambio de comentarios delante de sus narices, sin embargo, ante un hombre como Sasuke, la retirada era la salida más inteligente.
—Siento haberla ofendido, señorita Izuno.
—Acepto sus disculpas, señor.
Haciendo una suave inclinación, Yotsuki desapareció entre los invitados sin atreverse a mirar de nuevo a Izumi.
—Ese hombre no se da por vencido, me pone los pelos de punta.
—La próxima vez que sea tan pesado prueba atizarlo —le dijo Sakura a su amiga olvidando por un momento su papel.
Izumi la miró con la boca abierta, mientras que Sasuke soltó una carcajada.
—Me encantaría ver eso, Sakura —le dijo el Conde mirándola fijamente a los ojos—. La verdad es que las institutrices están llenas de recursos que yo desconocía por completo.
Sakura había detectado un tono de admiración en sus últimas palabras. No podía explicar por qué, pero que él pensara así la hacía sentirse maravillosamente bien. Esa noche estaba demasiado guapo. Allí plantado con sus largas piernas enfundadas en ese pantalón negro y sus anchos hombros sin artificio alguno en la chaqueta para realzarlos, era una figura imponente e inquietante. La profundidad de sus ojos negros la estremecían. ¿Qué se ocultaría tras ellos? ¿Cómo serían cuando miraran con ternura? ¿Y con pasión? Ella nunca lo sabría. Las mujeres lo admiraban y los hombres lo respetaban, escuchándolo hablar atentamente. Ese era el efecto que causaba la tremenda seguridad que desprendía.
—Todo está en el manual —dijo Sakura con ironía, haciendo eco de las últimas palabras de Sasuke.
—¿Existe un manual para institutrices? —preguntó Izumi inocentemente.
Sasuke soltó otra carcajada, lo que hizo que varios de los invitados volvieran su atención hacia ellos.
—¿Pero se puede saber de qué os reís? —preguntó Tezuna acercándose a ellos.
—La señorita Izuno nos estaba ilustrando sobre las infinitas cualidades que debe poseer alguien de su profesión.
—Sasuke, te juro que cada vez te entiendo menos —le dijo Tezuna con una mueca.
—Pues ya somos dos —dijo Sakura entre dientes.
En ese momento, Tezuna sonrió a una mujer mayor que intentaba mantener el cuello derecho a pesar del enorme tocado que llevaba en la cabeza.
—La señora Decket está desvariando. Se cree que todavía es una jovencita y así lo único que va a conseguir es sacarle un ojo a alguien —dijo en un susurro ya que la señora en cuestión se estaba aproximando.
—Tezuna, ¡qué placer verte! Estás estupenda. Y tú, Sasuke, muchacho, hacía mucho tiempo que no te dejabas ver.
Sakura no pudo sino sorprenderse ante la parafernalia de esa señora. Con un ademán incansable de manos, gesticulaba como si fuese la presentadora de un espectáculo. Las arrugas en los ojos, cansados por el tiempo, pero chispeantes aún, evidenciaban sus años. No seguía las directrices de la moda, sino que prefería el atuendo de una jovencita. Tezuna no había exagerado con lo del peinado, era monstruosamente alto. Difícilmente podía circular por el salón sin que alguien saliera lesionado. Sasuke había sonreído al verla, a pesar de que lo había llamado "muchacho". Debía de caerle bien, porque francamente, no imaginaba a alguien con la suficiente osadía como para referirse a él de esa manera y salir indemne. La mujer lo tomó del brazo dándole unas palmadas.
—¿Cuándo vas a acabar con ese estado de soltería?
—Señora Decket, no creo que eso ocurra pronto. No he conocido todavía a la mujer que sea capaz de soportarme.
—Eso es evidente.
Esas palabras, que Sakura creía haber pensado, salieron de sus labios con el volumen suficiente para que cuatro pares de ojos la miraran sin pestañear. Los de Sasuke no tenían desperdicio. Nunca había sentido la necesidad de querer ser invisible hasta ese momento en el que el silencio era como un martilleo constante en sus oídos.
—Quiero decir —dijo Sakura intentando salvar la situación— que es evidente que la mujer que sea la esposa de lord Sasuke Madara de Uchiha debe ser paciente, dulce y atenta.
La picardía brilló en los ojos del Conde.
—¿De verdad cree eso, señorita Izuno? Porque una mujer así me aburriría hasta la médula.
—Ningún hombre quiere una mujer que le haga frente —le dijo Sakura algo agitada.
—Parece olvidar una cosa, Sakura, y es que yo no soy cualquier hombre.
—Eso está claro —dijo la señora Decket paliando la tensión que se había instalado entre ellos dos en apenas unos segundos.
Sakura tuvo que darle la razón. Él no era cualquier hombre. Era el hombre que la enfurecía hasta tal punto que le hacía olvidar su papel, sus modales, y que zarandeaba su autodominio sin el más mínimo esfuerzo. Era el que estaba despertando en ella sensaciones que la hacían sentir vulnerable, alegre, extraña, excitada y tremendamente confusa. Era el hombre que la hacía sentir viva y a la vez segura.
—Si vienes a Londres, ya me encargaré yo de presentarte a algunas jovencitas maravillosas —le dijo la señora Decket guiñándole un ojo.
—Prudence, no creo que Sasuke sea precisamente tímido con las mujeres —le dijo Tezuna a la mujer, que no se soltaba del brazo de Sasuke.
«De eso tampoco me cabe duda», se dijo Sakura. Esta vez no había expresado sus pensamientos en voz alta, aunque había tenido que morderse la lengua para evitarlo.
—Señora Decket, es usted muy amable, pero creo que es mejor que yo mismo me encargue de encontrar a mi futura esposa —le dijo Sasuke poniendo su mano encima de la de ella, lo que hizo que la dama se sonrojase como una debutante.
Pero bueno, ¿es que no había ni una sola mujer que no cayera rendida a sus pies? ¿Es que era ella la única que conocía su lado cínico y pedante?
Después de unos minutos más de conversación trivial, Tezuna se marchó con la señora Decket, a la que tuvo que arrancar del lado del Conde. A Izumi la sacó a bailar Sasuke, y ella, con la excusa de tomar un poco de ponche, se escabulló hacia una esquina donde había unos asientos libres, al lado de una enorme palmera, eran el refugio perfecto para observar sin ser visto.
Qué distinta era su situación de la que había vivido tan solo unos meses atrás. En Venecia había acudido a muchas de las más célebres fiestas de la ciudad. Había ido como Sakura Toriichi, vestida como una joven de su edad y rodeada de aquellos a los que más quería.
Muchas de aquellas declaraciones las había tomado por lo que eran, caprichos sin ningún sentimiento profundo que lo respaldase, sin embargo, una de ellas había sido diferente y había sufrido al tener que rechazarla. Era de un muchacho belga no mucho mayor que ella que la había seguido a todos los bailes, soirées y eventos a los que había acudido. La había esperado fuera, bajo una lluvia incesante durante horas para darle unas flores en pleno invierno. Había sido un buen amigo, pero no había despertado en ella ningún sentimiento de mujer, ninguna emoción más allá de un sincero afecto. Aquello le enseñó que el amor no entiende de razones. Ashura era un hombre sincero, tierno, y parecía que sus sentimientos hacia ella habían sido verdaderos. Entonces, ¿por qué no había podido corresponderlo? ¿Por qué no se había sentido atraída por él y sí por aquel hombre que no hacía más que desafiarla? Cada vez estaba más convencida de que el corazón era ciego. Era como navegar en medio del océano sin brújula ni estrellas, totalmente a la deriva, esperanzada y confiada en que el instinto consiguiera llevarla a buen puerto, liso, para una mujer que intentaba controlar todas las situaciones, era como pedirle que viajara a la Luna.
—¿De verdad cree que escondiéndose va a evitar que la saque a bailar?
Sakura sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. ¿De dónde había salido? ¿No estaba bailando con Izumi? ¿Cómo demonios la había localizado tan pronto?
—No me estoy escondiendo, no tengo por qué hacerlo, y desde ya, le anticipo que no voy a bailar —contestó Sakura mirándolo tras sus gruesas gafas.
Sasuke no estaba dispuesto a que se saliera con la suya. Lo había retado y todo el mundo sabía que nunca le daba la espalda a un desafío. Además, no sabía por qué y no trataba de averiguarlo a esas alturas, pero hacer que Sakura saltara constantemente con aquellos destellos de mal genio lo divertía demasiado como para dejarlo. Sus enfrentamientos verbales con la institutriz se estaban volviendo toda una adicción.
En ese momento era un placer observarla. Estaba envarada, con la barbilla levantada y la nariz encogida, desafiante.
—Debería aceptar que tarde o temprano, esta noche, bailará conmigo.
—¿Pero qué le ocurre? ¿Ha hecho una apuesta o algo así? ¿O es que está usted también cegato? No entiendo a qué viene ese interés en que baile.
—Nunca se ha dicho que yo desatendiese a las damas a las que acompaño. Sería una falta de cortesía bailar con Izumi y Tezuna y no hacerlo con usted.
Una sonrisa ganadora apareció en los labios de Sakura, lo que hizo que Sasuke alzara una ceja.
—No se preocupe que yo lo libero de tal sacrificio. Puede dedicar su tiempo al resto de las damas de este salón, que por cierto parecen deseosas de su compañía.
—¿Está celosa, señorita Izuno? —le preguntó Sasuke con sorna.
—Ni mucho menos —le dijo entre dientes—, solo lo decía porque realmente no entiendo qué ven en usted.
—Eso ha dolido —le dijo Sasuke poniéndose una mano en el pecho de manera teatral.
—No lo suficiente.
—Es usted demasiado dura, lo que me hace pensar que quizá lo sea porque esté a la defensiva. ¿De qué tiene miedo? ¿Es que no sabe bailar?
—Por supuesto que sé bailar —le dijo Sakura poniéndose en pie de un salto.
—De acuerdo, entonces vamos.
—No creo que sea correcto. Al fin y al cabo soy la institutriz.
Sasuke la tomó del brazo arrastrándola con él antes de que la última sílaba saliera de sus labios. Ni siquiera podía decirle nada porque estaban rodeados de invitados ávidos de conseguir cualquier tipo de cotilleo. Atravesaron el salón y salieron a la terraza. La noche era fresca, pero deliciosamente agradable.
—Aquí no hay público y se escucha perfectamente la música —le dijo acercándose a ella—. Así que me pregunto... ¿Qué otra excusa me va a poner?
—¡Dios mío, usted es exasperante!
Sakura se tapó la boca en un intento de hacer desaparecer lo que acababa de decir. Sasuke, por otro lado, en vez de parecer escandalizado por su expresión, estaba desternillándose de risa, doblado en dos y sujetándose a la baranda para no caerse al suelo.
Sakura estaba estupefacta. Jamás lo había visto reírse de esa manera y, muy a su pesar, tenía que reconocer que le encantaba. Parecía un pilluelo. Su rostro estaba relajado y sus ojos chispeaban con magia propia. Su risa era ronca y fluida y le hacía cosquillear el estómago. Era la música más hermosa que había escuchado en mucho tiempo. Pero estaba enfadada con él, se reprendió mentalmente, intentando olvidar lo que le hacía sentir.
—Venga aquí —le dijo Sasuke cuando paró de reír.
—Ni lo sueñe.
—¿Cuántas veces puede equivocarse por noche? —le preguntó Sasuke con la misma cara que ponía Kenji cuando estaba ideando alguna de sus travesuras.
—Con usted es imposible llevar la cuenta, pero si no le molesta, puede apuntar una más. No bailaré con usted.
—¡Dios mío!, acaba usted de firmar su sentencia.
—¿De muerte? —preguntó Sakura con burla.
Antes de que tuviera ni siquiera tiempo para pestañear, se vio atrapada entre los brazos de Sasuke, que la sostenía con fuerza suficiente como para que no pudiese moverse.
—Suélteme, cretino —le dijo entre dientes.
—Jamás pensé que sería una cobarde.
—Y no lo soy.
—Demuéstrelo.
—Oh, está bien, pero suélteme primero.
Sasuke la soltó despacio. Aunque había que reconocer que era poco agraciada, la figura que había sentido bajo sus manos no encajaba con la que parecía perfilarse en esos vestidos anchos y toscos que solía ponerse. Había percibido unas curvas inquietantes, bien delineadas y esbeltas. Este jueguecito con la institutriz debía acabar porque le estaba afectando la cordura, si no, ¿cómo se entendía que estuviese pensando en el cuerpo de esa mujer?
Sakura le ofreció su mano con delicadeza cuando las notas de un vals empezaron a filtrarse por las puertas de la terraza.
Sasuke estrechó su mano con la de ella y posó la otra sobre su cintura.
—Ponga la otra mano sobre mi hombro, Sakura.
—Sé como se baila un vals —le dijo a la vez que colocaba su mano sobre él. En ese momento podía dar fe de que la chaqueta no llevaba ninguna hombrera de esas que solían usarse para que las espaldas parecieran más anchas. Lo que ella palpaba eran sus músculos fuertes y atléticos, que se dibujaban bajo su palma con cada movimiento.
Sasuke empezó a deslizarse por la esquina de la terraza al son de la música, llevando a Sakura casi en volandas en cada giro. Una sonrisa de triunfo apareció en sus labios, lo que hizo que Sakura soltara un gemido poco femenino. Antes de que se diese cuenta de que no iba a quedarse tan tranquila mientras él hacía gala de su victoria, Sakura le propinó un pisotón con su botín que le hizo rechinar los dientes.
—Oh, perdone —le dijo sospechosamente consternada.
—No hay de qué preocuparse —le dijo Sasuke entre dientes, intentando contener el dolor que se había extendido ya por todo el pie. ¿Pero esa mujer qué llevaba en el zapato, una plancha de hierro?
Sasuke imprimió más velocidad en cada vuelta, lo que hizo que al terminar la pieza Sakura quedase mareada. Se permitió apoyarse un momento en él, mientras recuperaba el equilibrio.
—Oh, perdone, he ido demasiado rápido —le dijo Sasuke repitiendo el tono de la disculpa que ella le había dado con anterioridad.
El cretino no estaba arrepentido en absoluto, sino que estaba disfrutándolo.
Sakura tomó impulso y le pegó una patada en la espinilla. Sasuke maldijo en tres idiomas diferentes antes de poder volver a apoyar el pie en el suelo.
—Me ha encantado bailar con usted —le dijo Sakura desde la distancia.
—De esta no va a librarse tan fácilmente, Sakura.
—Eso ya lo veremos, milord —le contestó levantando la cabeza.
—Sí, eso ya lo veremos —dijo Sasuke en un susurro mientras una sonrisa acudía a sus labios.
