Capítulo 14
IZUMI SALIÓ DE LA HABITACIÓN DE KENJI después de comprobar que el niño estaba bien. Gracias a Dios no había tenido fiebre, aunque era mejor que ese día se quedara en la cama. A decir verdad, no sabía cómo iba a conseguir eso con ese niño inquieto. Le preguntaría a Sakura qué tenía pensado para ese día. Era posible que alguna de sus actividades se pudieran llevar a cabo en el cuarto de Kenji y así distraer al niño. Le resultaba extraño que Sakura no se hubiese levantado todavía. Era siempre una de las primeras en aparecer en el comedor, aunque esa mañana eran ya las nueve y no había señales de ella. Quizá estuviese algo indispuesta. La noche anterior cuando fue a su cuarto no le había visto buena cara, pero era normal después de lo sucedido esa tarde.
O'Connell apareció por el pasillo con paso firme.
—¡O'Connell!
—¿Sí?
—¿Ha visto a la señorita Izuno esta mañana?
—No, señorita, pero lord Sasuke me ha comunicado que la señorita Izuno está indispuesta y que no debe ser molestada hoy.
—¿Y cómo...? Bueno, gracias, O'Connell.
—A su servicio —le dijo el mayordomo para después seguir su camino.
¿Cómo sabía Sasuke que Sakura estaba enferma? Lo más seguro era que esa mañana ambos se hubieran despertado temprano y se hubiesen encontrado abajo. Sí, esa era la respuesta.
Todavía seguía con sus pensamientos cuando oyó unos pasos seguidos de un jadeo por las escaleras.
Se apresuró a ver quién llegaba tan cansado y ahogó una exclamación al ver a Itachi parado en mitad de la escalera tomado de la baranda e intentando inhalar aire. Izumi bajó con rapidez los escalones que los separaban y se puso a su lado.
—¿Estás bien?
Itachi levantó la mirada con rapidez al escucharla. Al parecer no se había dado cuenta de su presencia hasta ese momento. "¡Siempre igual!", pensó Izumi, "¡nunca me ve!", y eso era algo que le dolía demasiado.
—Estoy bien, Izumi —le dijo con voz entrecortada.
—Todavía no estás del todo recuperado.
—¿Es eso un reproche? —le preguntó Itachi con una sonrisa. Izumi sintió, como cada vez que él sonreía de esa manera, que las rodillas le temblaban.
—No, no es un reproche. Solo es que me preocupo.
Itachi la miró fijamente antes de desviar la mirada. Por unos instantes, Izumi creyó ver algún tipo de emoción, pero claramente eran imaginaciones suyas. Una mujer enamorada suele ver lo que desea y no la realidad. Debía resignarse, volver a Londres y hacer su presentación en sociedad, pero eso se le hacía cada vez más difícil. En primer lugar estaba Itachi. Solo con pensar en no verlo se le hacía un nudo en la garganta. Luego estaban los niños, de los que no se podía separar porque se habían convertido en parte esencial de su vida.
—La verdad es que he estado dando un paseo por los alrededores con Sasuke, que esta mañana estaba muy madrugador. Mi hermano quería que fuera una caminata corta, pero ya sabes lo terco que soy a veces. No le he dicho nada, pero al final ya no podía más. Subir las escaleras ha sido la gota que colmó el vaso.
—¿Quieres que te ayude?
—No, ya que he llegado hasta aquí, haré la hazaña completa.
—De acuerdo, pero me quedo contigo por si acaso cambias de opinión —le dijo Izumi con el ceño fruncido.
Itachi empezó a subir despacio con Izumi a su lado. Podía sentir la mano de ella a escasos centímetros de su brazo, preparada por si él sentía la necesidad de apoyarse. Cuando hiciera su presentación en sociedad, se aseguraría de que los hombres que la pretendieran fueran los adecuados. Izumi era demasiado tierna e inocente como para darse cuenta de las intenciones de algunos que eran de todo menos caballeros.
Al llegar a la puerta de su habitación, se giró hacia ella con una sonrisa.
—Bueno, al parecer no estoy tan mal como parece.
Izumi no pudo compartir su sonrisa.
—Estas mucho mejor, pero deberías tomártelo con calma. Ya sabes lo que dijo el doctor. La recuperación es lenta. No debes excederte y arriesgarte a recaer.
—Eso no va a pasar —le dijo Itachi mirándola fijamente.
Durante unos segundos, un tenso silencio se instaló entre los dos. Parecía que Itachi estuviese sopesando su valentía para decirle algo.
—Me gustaría hablar contigo de tu presentación en Londres —le dijo más serio—. Creo que ya la has retrasado demasiado por mi culpa. Hace dos años no me di cuenta de las cosas a las que renunciabas por ayudarme, pero ahora que todo está bien deberías pensar en ti.
—Si he esperado dos años, no importan unos meses más. Todavía no estás bien y los niños me necesitan —le dijo Izumi enérgicamente.
—De acuerdo, pero no serán unos meses, sino unas semanas. En cuanto esté recuperado quiero que hablemos para organizarlo.
Antes de que Izumi pudiese replicar nada, Itachi había entrado en su habitación.
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—Adelante —dijo Sakura desde la cama.
Izumi asomó la cabeza por el vano de la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Claro —le dijo Sakura con la voz ronca.
—¿Estás bien?
—La verdad es que he pasado una noche horrible. Creo que tuve fiebre, pero ahora estoy algo mejor.
Izumi se apresuro a tocarle la frente con la mano.
—Estás un poco destemplada. ¿Por qué no me avisaste?
—Pensé que si descansaba se me pasaría.
—Gracias a Dios no es grave. Parece ser un enfriamiento. Ayer estuviste demasiado rato con la ropa mojada.
—¿Cómo está Kenji?
—Está bien —le dijo Izumi mientras se adueñaba de la silla que había cerca de la mesa y se sentaba junto a la cama.
—Debería levantarme ya.
—De eso nada. Hoy te quedas en la cama.
—¿Todo el día? —exclamó Sakura como si la hubiesen condenado a trabajos forzados.
—Eres peor que Kenji o él peor que tú. No lo sé, pero no he conocido dos personas más nerviosas. No os va a pasar nada por descansar hoy. Es más, si os veo a alguno de los dos levantados de la cama no respondo de mí.
Sakura sonrió ante las palabras de Izumi.
—Vaya carácter. Ya sabía yo que lo tenías bien escondido.
Izumi soltó un bufido.
—Si lo sacara cuando tengo que hacerlo, no me sentiría a veces como una estúpida.
Sakura frunció el ceño. Parecía que Izumi estaba molesta por algo.
—¿Te ha ocurrido algo?
—No, ¿por qué?
—Porque me da la sensación de que te gustaría decirle un par de cosas a cierta persona.
—No tiene importancia.
Sakura no quiso preguntar más si Izumi pensaba que era una chismosa, aunque no hizo falta porque al cabo de unos segundos empezó a hablar sin parar.
—No puedo creer que quiera que me vaya. ¡Ahora! Como si de repente le hubiese entrado prisa por perderme de vista.
—¿Quién? —preguntó Sakura totalmente perdida.
—Y encima dice —siguió Izumi como si no la hubiese escuchado— que he retrasado lo suficiente mi presentación en Londres y que debo pensar en mí. ¿Cómo puede saber él lo que es mejor para mí?
Sakura ya no necesitó más información para comprender de quién estaban hablando. Había notado el nerviosismo de Izumi cada vez que estaba cerca del Marqués. Ese tipo de nervios que solo una mujer puede comprender.
—¿Así que el Marqués te ha dicho que te vayas?
Eso sí que llamó la atención de Izumi.
—¿Cómo sabes que estoy hablando de él?
—He visto como lo miras.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Si no quieres contármelo, lo comprendo, pero sé que sientes algo por él.
Izumi se quedó sin palabras. Después de unos momentos de asombrado silencio, bajó los hombros en señal de rendición.
—¿Tanto se me nota?
—No.
—Pero tú te diste cuenta.
—Yo soy muy observadora y además soy mujer. Pero no debes preocuparte porque nadie lo adivinaría.
—No hace falta que me digas que soy una estúpida por albergar estos sentimientos, pero no puedo evitarlo. He tratado de no sentir nada por él, y cada vez que me lo proponía fracasaba de manera absoluta. Quizá tenga razón y lo mejor sea que me aleje de esta casa y de él.
—¿Eso es lo que deseas? —le preguntó Sakura incorporándose en la cama hasta quedar sentada.
—Claro que no —le contestó Izumi con un dejé de desesperación—. Sé que me sentiré desgraciada desde el mismo momento en que salga de esta casa. Los niños son muy importantes para mí, no me imagino sin verlos todos los días, y Itachi, ya sabes lo que siento, sería lo más difícil que hiciera en la vida.
—Estás completamente enamorada, ¿verdad?
—Sí, y mucho me temo que no soy correspondida.
—Entonces lucha —le dijo Sakura con apasionamiento.
—¿Cómo?, si él ni siquiera me mira. Cuando estamos en la misma habitación, le soy totalmente indiferente, y cuando se fija en mí es para hablarme como si fuera su hermana pequeña.
—No creo que eso sea cierto.
—¿A qué te refieres?
—Pues que no conozco al Marqués tan bien como para hacer una valoración certera, pero, si mi instinto no me engaña, hay algo más que amor fraterno en su trato contigo.
—¿En qué te basas?
—No puedo decirte algo concreto, pero he visto cómo te mira cuando piensa que nadie lo observa. Quizá no sea amor, pero sé que no le eres indiferente como mujer.
—Pero eso no me sirve, Sakura. Sé que, aunque él llegara alguna vez a sentir algo, no le haría caso a ese sentimiento.
—¿Por qué?
—Porque, tras la muerte de Suiren, dijo que jamás volvería a casarse. La quería muchísimo. Y yo lo comprendo —dijo Izumi totalmente derrotada.
—Eso no significa que no pueda volver a enamorarse, Izumi. ¡Claro que dijo que no volvería a casarse! En ese momento acababa de perder a su mujer, a la que según me has dicho amaba profundamente. Esa reacción es totalmente normal.
—No quiero hacerme ilusiones, Sakura.
—¿Y por eso abandonas antes de intentarlo? ¿O es que quizá tengas miedo de que él pueda llegar a sentir algo por ti?
—Claro que no, pero es que no sé qué hacer.
—Yo te ayudaré si quieres.
—¿Cómo?
—Para empezar, haremos que le sea imposible no fijarse en ti. Recuerda que soy una artista del disfraz.
—Me estás dando miedo.
—No seas exagerada. No estoy hablando de cambiarte la cara, solo de hacer algunos retoques en tu aspecto.
—¿Como cuáles?
—Pues tu peinado, por ejemplo. Si te cortáramos algunos mechones para que te enmarcaran la cara se suavizaría tu expresión.
—También podríamos hacer algo con mi ropa.
—Sí —le dijo Sakura mientras pensaba en los colores que le vendrían mejor a Izumi. Ahora llevaba uno azul pastel que la hacía parecer demasiado pálida.
—Podríamos aprovechar que mañana viene Demetria y encargarle varios vestidos.
—¿Quién es Demetria?
—Es la modista del pueblo. Es muy buena con las manos. Muchas mujeres de Londres envidiarían sus creaciones.
—¿Y dices que mañana viene?
—Sí, Sasuke le ha mandado una nota para que venga. Quiere que te haga vestidos nuevos.
—¿A mí?
—Pues claro. Ya que no tienes necesidad de ir disfrazada, no puedes seguir llevando esos vestido sueltos y, perdona, francamente horrorosos.
—¡Pero no me había dicho nada!
—Dijo que no quería tener que pelear contigo cuando te negaras solo por llevarle la contraria.
—¿Ha dicho eso?
—Exactamente.
—Es un presuntuoso.
—Veo que conoces su faceta más encantadora —le dijo Izumi con una sonrisa.
—No te quepa duda.
—En el fondo es un buen hombre.
—Muy en el fondo —le dijo Sakura.
Izumi soltó una carcajada.
—Empiezo a pensar que a ti te gusta Sasuke.
Sakura la miró como si la hubiese insultado.
—Eso no lo digas ni en broma.
—Bueno, solo era una idea.
Un rato después, cuando Izumi abandonó su habitación, Sakura soltó un suspiro. Debía tener cuidado si no quería que los demás empezaran a sospechar sobre sus verdaderos sentimientos hacia Sasuke. Eso iba a ser difícil, ya que cada día que pasaba descubría que sus emociones iban adquiriendo fuerza sin que nada de lo que hiciera lograra evitarlo. ¡Quizá eso era el amor! Un escalofrío le recorrió la espalda. Se metió debajo de las mantas y trató de pensar en otras cosas.
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Al día siguiente, tal y como le dijera Izumi, apareció Demetria Garrick. Era una mujer menuda y con un aspecto frágil, pero nada más lejos de la realidad. Con una energía desbordante, les enseñó varios tejidos para que pudiesen elegir. A Izumi le recomendó la seda amarilla y el tafetán de color rosado. Sakura quiso elegir un marrón oscuro y un azul marino, pero ambas mujeres se negaron. Al final la convenció del azul marino, pero solo si accedía a hacerse el de seda verde esmeralda para las ocasiones especiales.
Demetria le prometió a Sakura enviarle esa misma tarde el vestido azul, ya que al verla con su atuendo pasado de moda estuvo a punto de darle una apoplejía.
—Querida, es un verdadero pecado lo que hace usando este tipo de vestidos. Con la figura que tiene, debería mostrarla y no esconderla debajo de ese saco.
—Señora Garrick, seguro que con sus vestidos veremos a una nueva Sakura —dijo Izumi mientras le guiñaba un ojo a su amiga.
—Eso ni dudarlo. Estará absolutamente maravillosa —le contestó la señora Garrick mientras le tomaba las medidas a Sakura.
Estuvieron discutiendo sobre el corte de los vestidos. La señora Garrick quería bajar los escotes ya que, según ella, era lo que estaba de moda, mientras que Izumi y Sakura siempre lo terminaban subiendo un par de centímetros. Al final, el verde esmeralda de Sakura y el rosado de Izumi serían confeccionados según el criterio de la señora Garrick.
Después de que Demetria se marchara, Izumi y Sakura volvieron a sus actividades.
Sakura pasó el resto de la mañana con los niños, aunque las clases ese día fueron bastante flexibles, ya que ni Kenji ni ella se encontraban del todo recuperados. Al llegar la tarde, estaba ligeramente cansada, algo que no era habitual en ella. No había visto en todo el día a Sasuke y eso extrañamente le disgustaba.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Izumi mientras esta se llevaba una taza de té bien caliente a los labios.
Ambas descansaban tomando el té y observando a través de los cristales la fina lluvia que caía sin piedad.
—En que estoy algo fatigada y no estoy acostumbrada a sentirme así.
—Pero eso es del todo normal después del enfriamiento que padeciste. Lo que temo es que Tezuna también vuelva a casa con un resfriado. No ha parado de llover en toda la tarde.
—Podías haber ido con ella.
—¿Y dejarte aquí con los tres niños y enferma?
—Ya estoy recuperada. Di la verdad, lo que no querías era ver a la señora Yotsuki.
—Más bien al que no quería ver era a su adorado hijo.
—Sí, ese hombre parece estar embobado contigo.
—No lo entiendo.
—¿Qué cosa? ¿Que puedas despertar admiración en un hombre? —le preguntó Sakura mientras removía el té con la cucharilla.
—No, lo que no entiendo es qué hace aquí Hidan Yotsuki —le dijo Izumi mirando fijamente por los cristales.
—¿Cómo sabes que está aquí?
—Porque acabo de verlo pasar con su caballo.
En ese momento, O'Connell llamó a la puerta.
—Señorita Izumi, el señor Hidan Yotsuki desea verla.
Izumi hizo una mueca de fastidio.
—Dile que no puedes atenderlo —le dijo Sakura con un ademán.
—Eso sería una descortesía.
—Más descortesía es la suya al presentarse aquí sin haber sido invitado y sin haber avisado previamente.
—O'Connell, dile que la señorita Izuno y yo lo recibiremos encantadas.
—Eso es mucho decir —le dijo Sakura con una ceja levantada.
—Sakura, por favor, es nuestro vecino.
—Y también un engreído prepotente.
—Sí, ya lo sé, pero intenta disimular.
En ese momento, Hidan Yotsuki, completamente pasado por agua, entró en la habitación con paso enérgico.
—Mi querida señorita Haruno, qué placer ver...
Yotsuki se quedó parado en mitad de la habitación cuando sus ojos se posaron en Sakura.
—Es la señorita Izuno, la institutriz. Ustedes ya se conocen —le dijo Izumi con presteza.
—No puede ser.
—Lo ha sorprendido, ¿verdad? La señorita Izuno se disfrazó porque tenía miedo de que nosotros no quisiésemos aceptar a una institutriz tan joven.
—Ya veo —dijo Yotsuki mirándola de arriba abajo con un brillo de apreciación en las pupilas.
—Tengo que decirle que es usted una mujer demasiado hermosa como para ir ocultándolo.
—Gracias, señor Yotsuki —dijo Sakura con un gruñido.
Hidan pareció salir en ese momento de un ensueño y volvió a mirar a Izumi.
—Estará preguntándose a qué se debe esta visita.
—Así es —le dijo Izumi algo inquieta—. Puede sentarse, señor Yotsuki.
—Pues verán —les dijo mientras tomaba asiento enfrente de ambas mujeres—, pasado mañana mi madre ofrecerá un concierto en nuestra casa. Será a cargo de Sienna Mangieri. La gran actriz y cantante italiana. Nos complacería enormemente que pudieran asistir.
—Pues no lo sé. Mi tía justamente ha ido esta tarde a visitar a su madre y todavía no ha regresado. Imagino que ella ya nos habrá invitado.
—Ah, entonces perfecto. De haberlo sabido no las hubiese molestado, aunque a decir verdad no me arrepiento porque así he tenido el placer de verlas.
Izumi y Sakura pusieron la mejor de sus sonrisas.
—Es usted muy amable, señor.
—Solo digo la verdad —dijo Yotsuki mientras le tomaba la mano a Izumi para besársela.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió y puso fin al tenso silencio que se había instalado entre los tres.
—Siento interrumpir —dijo el marqués de Stamford desde el vano de la puerta—. No sabía que teníamos un invitado.
Sakura pudo comprobar que al Marqués tampoco le hacía mucha gracia la presencia de Yotsuki. Su sonrisa se había esfumado al ver al invitado y sobre todo, pensó Sakura, al ver como le sostenía la mano a Izumi. La mirada fulminante que le echó a Yotsuki fue suficiente como para hacer tambalear a la mismísima torre de Londres. Hidan soltó la mano de Izumi con rapidez, tartamudeando al iniciar la frase.
—E... estaba invitando a las damas a un concierto en casa de mi madre.
—¿Y para eso debe tomarle la mano a la señorita Haruno? —le preguntó el marqués de Stamford entre dientes.
—No, claro.
Sakura jamás había visto a un hombre ponerse de pie con tanta velocidad. Izumi la miró con preocupación al ver que Itachi miraba a Hidan como si quisiera partirle la cara. Sakura intentó pensar en algo que acabara con el agobio de Izumi y que además evitara que Yotsuki saliera de allí con un ojo morado.
—Señor Yotsuki —dijo mientras se ponía de pie con una sonrisa encantadora—. Imagino que estará muy ocupado, así que ¿por qué no me permite que lo acompañe a la puerta?
Hidan accedió enseguida ofreciéndole su brazo para salir de la habitación.
Pero el Marqués parecía no estar dispuesto a dejarlo marchar tan fácilmente. Solo se apartó de la puerta después de unos tensos minutos en los que Sakura juraría que sintió temblar al señor Yotsuki.
Una vez que estuvieron en el vestíbulo, Hidan pareció contrariado.
—Creo que ese hombre se toma demasiadas atribuciones con respecto a Izumi.
—Es lógico —le dijo Sakura mirándolo fijamente—. Izumi vive bajo su techo y era prima de su difunta esposa. Por ambas razones es su obligación cuidar su bienestar.
—¿Y el suyo también?
—¿A qué se refiere?
—A que se tomó muchas molestias en cambiar su aspecto y me pregunto por qué.
—Ya se lo dijo Izumi.
—Ah sí —respondió con una sonrisa demasiado maliciosa como para obviarla.
—De todas maneras eso no es asunto suyo.
Yotsuki se detuvo de golpe para mirarla fijamente. Sus ojos brillaban con lascivia y Sakura supo en ese instante que aquel hombre no era lo que aparentaba.
—Eso no está nada bien. Una institutriz faltándole al respeto a un superior. Deberías estar agradecida de que me digne a fijarme en ti.
—¿Fijarse en mí?
Él intentó acariciarle la cara con la mano, pero Sakura dio un paso hacia atrás evitándolo a tiempo.
—Crees que desconozco qué es lo que tramas, pero lo sé. He conocido a otras aventureras como tú, que fingen ser damas, pero que cuando huelen el dinero se abren de piernas como una vulgar prostituta.
Sakura sintió que una furia incontrolable le hervía en la venas.
—Y usted presume de ser un caballero cuando solo es un vulgar charlatán que no merece ni que se le ignore.
Yotsuki soltó una carcajada.
—Vaya, así que la fulana tiene genio. Mejor. ¿Tienes una aventura con el Marqués? ¿O es el Conde quien te calienta la cama?
Sakura lo abofeteó sin pensarlo dos veces. La mano le dolía terriblemente, pero había merecido la pena. La sonrisa prepotente y burlona había desaparecido de la cara de Yotsuki, que ahora la miraba con perplejidad y odio.
—Esta conversación no ha acabado.
—Yo creo que sí —le dijo Sakura abriéndole la puerta para que se fuera.
Yotsuki la miró una última vez con una promesa en los ojos antes de marcharse. Al cerrar la puerta, Sakura dejó escapar el aire que había estado conteniendo sin poder evitar sentir un desagradable escalofrío.
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—Ese mequetrefe se toma demasiadas libertades contigo.
Izumi se quedó estupefacta. Jamás habría imaginado que a Itachi le cayera tan mal Hidan Yotsuki. Su reacción al verlo allí había sido desmedida. ¿Sería que estaba preocupado por ella? Claro que lo estaba, pero como un hermano hacia una hermana, se recordó con pesar.
—No tienes que inquietarte, Yotsuki no piensa en mí de esa manera.
Itachi se acercó más a ella y se ubicó en el sillón de enfrente.
—Créeme, Izumi, ese hombre piensa en ti de muchas maneras y ninguna buena.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque también soy hombre y he visto cómo te mira.
—Puede que sus intenciones sean honorables.
La mirada de Itachi se endureció aun más.
—Dudo de eso, pero suponiendo que así fuera, ¿te agradaría responder sus atenciones?
—No.
Itachi soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones. Se había enfurecido sobremanera al entrar en la habitación y ver a Yotsuki tocar a Izumi, aunque solo fuese en la mano. Ese hombre nunca le había caído bien. Era un niño mimado demasiado egoísta como para pensar en alguien más que en sí mismo. Si pretendía algo de Izumi, no creía que fuera amor, por lo menos no la clase de amor que ella se merecía. Yotsuki la trataría como una adquisición con la cual disfrutar hasta que la emoción por el juguete nuevo se hubiese extinguido, y estaba seguro de que eso no tardaría mucho en suceder, Izumi necesitaba a alguien que no solo fuese su marido, sino también su amigo, su amante y su compañero. Estaba seguro de que Yotsuki no podía ofrecerle ninguna de esas cosas.
—No me interesa el señor Yotsuki como pretendiente —le dijo Izumi al ver que el silencio se prolongaba entre los dos.
—No quiero que me entiendas mal, Izumi. Deseo que seas feliz, que te cases con un hombre que te pueda ofrecer todo aquello que te mereces, que te trate como la maravillosa mujer que eres y que todos los días se dé cuenta de lo afortunado que es de tenerte a su lado.
Izumi quiso gritarle: "¿Por qué ese hombre no puedes ser tú?", pero en cambio apretó los puños mientras una sensación de pérdida se extendía por todo su cuerpo. Él quería encontrar el hombre adecuado para que fuera su esposo, pero eso jamás podría hacerlo porque al hombre al que ella amaba con todo su corazón era a él mismo. No podía saber el daño que le causaban sus palabras. Al intentar darle esperanza y afecto, hacía que fuera más consciente de lo lejos que estaba de su amor y de lo mucho que ella deseaba que la amase. Le decía que era maravillosa y eso le clavaba un puñal, porque pese a sus palabras, evidentemente, no lo era lo suficiente como para que él se fijase en ella. Le decía que deseaba que encontrara a alguien que se diese cuenta de lo afortunado que era de tenerla a su lado, y ella solo podía llorar porque ese hombre no era él.
—No debes preocuparte por eso, Itachi. No voy a casarme.
—¿De qué estás hablando? Claro que te casarás.
Izumi lo miró con furia contenida.
—No, no me casaré.
Itachi no podía creer lo que oía. ¿Desde cuándo Izumi no quería casarse y tener una familia? Suiren una vez le confesó que su prima deseaba tener un matrimonio como el de ellos y que quería tener un montón de niños para que llenasen la casa con sus risas y su cariño. ¿Qué había cambiado desde entonces?
—Tendrás que darme una razón para ello.
—¿Por qué?
—Porque dentro de unas semanas tenía previsto que te presentaras en sociedad.
—Lo siento, pero tampoco deseo presentarme en sociedad.
A Itachi se le estaba terminando la paciencia.
—Si no me dices por qué de repente te ha entrado esa aversión hacia el matrimonio, no voy a permitir que un capricho pasajero te impida disfrutar de aquello que te corresponde.
Izumi empezaba a comprender la impulsividad de Sakura. ¡Qué no hubiera dado por tener el coraje de su amiga y decirle las cosas bien dichas a Itachi!
—No soy una niña caprichosa ni frívola. Y me entristece que puedas pensar algo así.
—Entonces explícamelo.
—No puedo —dijo casi en un susurro.
—¿No confías en mí?
Izumi levantó la mirada en un segundo.
—Claro que sí, ¿cómo puedes dudar de eso?
—¿Entonces qué es lo que te impide contármelo?
—No sé si lo entenderías.
—Prueba.
Izumi se sentía acorralada. Sabía que Itachi no cejaría en su empeño. Era un hombre tenaz que no dejaba de perseguir a su presa hasta que la cazaba.
—No puedo enamorarme de nadie porque hace un tiempo que amo a un hombre.
Itachi había esperado mil cosas antes que eso. ¿Cómo que estaba enamorada de alguien? ¿Quién era ese imbécil?
—¿Quién es? —le dijo entre dientes.
—No lo conoces.
—¿Quién es, Izumi?
—Murió —le dijo sin mirar. Izumi había dicho una mentira a medias. Todos los que conocían a Itachi sabían que había muerto un poco al perder a su esposa.
Itachi la miró con el corazón estremecido. Sabía lo que era perder a una persona a quien se ama, pero Izumi era demasiado joven como para enterrarse en vida. Él no era quién para evaluar la intensidad de los sentimientos de ella, pero fuera lo que fuese que hubiese sido aquello, tenía que haber sido algo platónico, ¿o no? Él creía conocerla, pero ¿y si no era así? ¿Y si se había entregado a un hombre y al morir este sin hacerla su esposa ella creía que estaba deshonrada y sin posibilidad de casarse? Al verla allí sentada en el sillón con la cara pálida y los puños fuertemente apretados, le pareció tan frágil como el cristal. Se había enfurecido al escuchar que era incapaz de volver a amar a nadie. Cualquiera que la conociera sabía que tenía mucho amor para dar, sin embargo, la posibilidad de que fuera otro el motivo de su miedo, como el de haber dejado de ser inocente, era una cuestión que necesitaba conocer para ayudarla a conseguir la vida que se merecía. Si un hombre era como debía ser, no le importaría que Izumi no fuese virgen; sin embargo, tenía que reconocer que eran muchos los que se ajustaban a esa regla social, aunque fuese injusta y discriminatoria.
—Ese hombre del que hablas, ¿te comprometió?
Izumi sintió que se ponía roja como la grana.
—No, nunca hizo nada parecido y lo siento, pero no quiero seguir hablando de esto —le dijo sin mirarlo a los ojos.
Itachi no estaba seguro de si le había dicho la verdad. "Lo dejaré pasar por el momento", se dijo a sí mismo, "pero tarde o temprano descubriré qué ha sucedido".
—Está bien —le dijo mientras se levantaba del sillón—. ¿Izumi?
—¿Qué?
—Jamás te juzgaré por nada de lo que hagas.
Dicho esto, Itachi salió de la habitación y dejó a Izumi en medio de una multitud de emociones.
