Capítulo 20

ESA MAÑANA, SAKURA SE LEVANTÓ CON DOLOR DE CABEZA. Su pie parecía estar normal, aunque todavía le molestaba un poco. A pesar de lo que le había dicho Tezuna la noche anterior, no podía quedarse quieta durante todo ese día en la cama. Se vistió y bajó hasta el comedor, despacio para no cargar el tobillo. Era más tarde quede costumbre y al parecer todos ya habían desayunado.

—Señorita Izuno, ¿no debería estar acostada?

Sakura se sobresaltó al escuchar la voz grave de O'Connell desde el umbral de la puerta.

—Me ha asustado.

—Pues más nos asustó usted ayer.

Sakura se sintió algo culpable al pensar en ello.

—¿Dónde están todos?

—La señorita Izumi se ha llevado a los niños a dar un paseo con el marqués de Stamford y lady Haruno ha ido a visitar a la señora Yotsuki. El conde de Ashford está en el estudio. Todos creían que usted descansaría durante todo el día como el médico le señaló.

Sakura observó el entrecejo fruncido del viejo mayordomo.

—¿Me está regañando, O'Connell?

—Nunca osaría hacer algo semejante. Solo estoy haciéndole una observación que espero que usted sepa comprender. No queremos que su salud se resienta.

—Es usted un hombre muy sabio, O'Connell —dijo mientras esbozaba una sonrisa.

—Menos mal que alguien se da cuenta...

Sakura rió abiertamente.

—¿Qué desea desayunar? Le diré a Chloe que le haga algo especial, ya sabe, para recuperar las fuerzas.

—Le estaría muy agradecida.

—No tiene por qué, señorita.

Después de que Sakura se comiera vanas tartas de frambuesa con un delicioso té, salió del comedor con intención de ir a la biblioteca; quizá si leía un buen libro pudiese descansar el pie sin que el día se le hiciera eterno. En el mismo momento en que se dirigía allí, la puerta del despacho se abrió.

A Sakura no le dio tiempo de retirarse antes de que Sasuke la viera.

—¿Se puede saber qué haces levantada?

Ahí estaba el encanto de la familia en todo su esplendor.

—No podía quedarme todo el día de brazos cruzados en mi habitación —le dijo desafiándolo con la mirada a que le dijera lo contrario.

Antes de que pudiera parpadear dos veces, él la tomó en brazos y la llevó dentro del estudio.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡Suéltame enseguida!

En cuanto cerró la puerta tras de sí, la llevó hasta uno de los sillones que había frente a la mesa y la depositó con cuidado en él.

—Y ahora me vas a escuchar —le dijo mirándola fijamente.

—Como si pudiera hacer otra cosa...

—Tienes que descansar el pie si no quieres que vuelva a empeorar.

—Ya no me duele.

Sasuke se sentó frente a ella inclinándose hacia delante para poder estar más cerca.

—Ya lo sé, pero eres demasiado impulsiva.

—¿Yo, impulsiva?

—Sí, ¿o ya no te acuerdas de cuando ayer me besaste?

Sakura enrojeció hasta las pestañas.

—No es de caballero recordarme eso.

—Yo nunca he dicho que sea un caballero. Y me encanta que me beses. Ya te dije que no debes esconder tu sensualidad conmigo.

Sakura apretó su espalda contra el respaldo del sillón. Teniéndolo tan cerca sentía que su lógica se desvanecía. Un mechón oscuro de su cabello le caía sobre la frente, y el impulso de tocarlo con los dedos para ponerlo en su lugar era irresistible. Estaba vestido con unos pantalones de montar de color beige y la camisa blanca abierta informalmente, que dejaba entrever la parte superior del pecho. Sakura sabía que los pensamientos que le provocaba verlo así no eran muy decentes, pero no podía evitarlos.

—Entiendo que se preocupen, pero no puedo estar todo el día acostada. Me dará un ataque —le dijo Sakura mientras recordaba qué era lo último que él le había dicho.

—Entonces quédate sentada, leyendo un libro o hablando conmigo.

—Creo que estar contigo es mucho más peligroso que ponerme a brincar.

Sasuke sonrió con expresión voraz.

—No es mi culpa que cada vez que te tengo cerca tenga que dominarme para no tocarte.

Sakura sintió que un escalofrío le recorría la espalda. La verdad es que esas palabras no la ayudaban a refrenar sus pensamientos.

—¿Qué estabas haciendo? —le preguntó con fingida inocencia.

—Un día tendremos que hablar de tu tendencia a cambiar de tema.

—No estoy cambiando de tema, estoy intentando mantener una conversación decente.

—De acuerdo, si deseas engañarte... Estoy leyendo los informes que mi administrador me dio ayer sobre mis negocios.

—¿Qué clase de negocios?

—Ahora tendré que añadir "curiosa" a la lista de tus cualidades.

—Y yo tendré que añadir "maleducado".

—Y yo que creía que estaba ganando puntos —le dijo con gesto teatral mientras se llevaba la mano al pecho como si le doliese de verdad.

—Eres un payaso —le dijo Sakura sin poder contener la sonrisa.

Sakura ya pensaba que no le iba a contar nada cuando empezó a hablar.

—Soy el dueño de la mitad de una compañía naviera, socio en una empresa textil y también en unas minas en Escocia. ¿Está satisfecha tu curiosidad?

—Completamente, y como puedes ver no te ha ocurrido nada por contármelo. No te ha caído un rayo ni te has desplomado en la alfombra.

Sasuke intentó no sonreír, pero desde que conocía a Sakura, cada vez le resultaba más difícil no hacerlo.

—No sé por qué me fascina tanto tu faceta de sabionda. Puede ser porque me hace desear besar tus labios y embriagarme con toda esa pasión con la que impregnas cada una de tus palabras.

Sakura tragó saliva antes de hablar.

—Te encanta dejarme sin palabras, ¿verdad?

—Más me encantaría tenerte entre mis brazos.

—Jamás pensé que fueras tímido —le dijo Sakura.

Sasuke soltó una carcajada, que hizo que a Sakura le temblaran las rodillas.

—Touché, aunque si uno hace un desafío como ese tiene que estar dispuesto a pagar el precio.

—Yo jamás falto a mi palabra.

—Jamás hubiese pensado lo contrario —le dijo Sasuke antes de acercarse a ella y besarla.

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.

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—Oh, querida, me recuerda usted a alguien, aunque ahora no sé a quién —dijo la señora Trent mientras se daba un pequeño toque en la frente.

La señora Trent era todo lo que le habían dicho y más. Mujer de un barón, y viuda desde hacía una década, se había trasladado allí para descansar de la ajetreada vida en la ciudad. Solo iba a Londres a ver a sus hijas, todas casadas, y a ver a sus antiguas amistades. De ahí que Sakura todavía no la hubiese conocido. La señora Trent había regresado de la ciudad tan solo unos días atrás. Esa mujer era un terremoto. Gesticulaba con la misma rapidez con la que hablaba, aunque en su mirada había una calidez que reconfortaba y que hacía que le cayera bien.

—No digas tonterías, Gladys, a quién te va a recordar. Esta muchacha es única —dijo Tezuna guiñándole un ojo.

—Sí, por supuesto, eso no te lo discuto, Tezuna. Imagino que tendrá un montón de pretendientes.

—La verdad es que no —le dijo Sakura con una sonrisa.

—Estos muchachos de hoy en día son un poco lentos, ¿verdad, Tezuna?

—Sí, son todos unos burros.

Rieron a la vez sin poder contenerse. Desde que llegaron, Sakura tenía que reconocer que lo estaba pasando bien. La fiesta era alegre, llena de gente, tanto de los alrededores como de Londres, a quienes la señora Trent había invitado a su casa para pasar el fin de semana.

—Bueno, os dejo por unos momentos. Debo atender al resto de los invitados. Tezuna, ¿Por qué no vienes conmigo y me ayudas?

Tezuna la miró con el entrecejo fruncido antes de soltar un suspiro de resignación.

—De acuerdo, pero luego no digas que todo el mérito ha sido tuyo.

Las dos amigas se fueron discutiendo mientras Izumi y ella las miraban.

—Tu tía es una mujer increíble.

—Sí, lo es. A veces te dan ganas de estrangularla, pero es maravillosa.

Sakura vio que Izumi fruncía el ceño mientras apretaba su abanico con demasiada fuerza.

—No es por nada, Izumi, pero el abanico es un adorno, no un arma. Me da la sensación de que quieres atizar a alguien con él.

Sakura siguió la mirada de Izumi hasta que descubrió la razón de su enfado. Itachi había asistido a una fiesta, por primera vez desde su enfermedad, y estaba rodeado de dos damas. Quedaba claro que estaban desplegando todo su encanto. Sakura entendía perfectamente a su amiga.

—De acuerdo, yo me encargo de la delgada y morena y tú te encargas de la otra.

Izumi la miró con extrañeza antes de percatarse de lo que quería decirle.

—Por Dios, Sakura, eres un caso —le dijo esbozando una sonrisa—, aunque no te creas que no tengo ganas de aceptar tu propuesta.

—Deberías ser tú la que estuvieras allí con él.

—Dime cómo. Esta mañana vino conmigo y los niños a dar un paseo y estuvimos discutiendo todo el tiempo.

—¿De qué?

—De lo mismo que llevamos discutiendo las últimas semanas. De mi presentación en Londres. Se cree que soy una niña.

—Sí, ese debe ser un rasgo que tienen en común los dos hermanos. ¿Pero sabes una cosa? No nos vamos a quedar de brazos cruzados. Vamos.

Sakura entrelazó su brazo con el de Izumi y lentamente la conminó a moverse a través del salón hasta donde se encontraba Itachi.

—Sakura, si esta es una de tus ideas, me das miedo.

—No te preocupes. Todo saldrá bien.

El Marqués se quedó mirándolas un momento antes de que ellas llegaran. Sakura pudo ver como sus ojos brillaron al posarse en Izumi. Cada vez estaba más segura de que el Marqués sentía algo por ella. Solo había que ver cómo la miraba y cómo su expresión se suavizaba cada vez que su amiga estaba cerca de él.

Las dos mujeres que estaban a su lado las miraron con malévola tirantez.

—Veníamos a reclamar el vals que le prometió a Izumi, Marqués.

Las dos mujeres abrieron la boca escandalizadas, y Izumi la miró estupefacta. Ambas sabían que él no le había prometido ningún baile.

—Por supuesto —dijo Itachi mientras miraba a Sakura con curiosidad—. No sé cómo he podido olvidarlo. Si me disculpan, señoras.

Tomó a Izumi de la mano y la condujo hasta la pista de baile, en donde las primeras notas del vals empezaban a oírse.

Sakura se despidió con una inclinación de cabeza de las dos arpías, que levantaron la nariz dándole la espalda antes de volver su mirada para contemplar el salón. Izumi estaba muy guapa esa noche con su vestido color azul marino, con un escote profundo, que, sonrió al recordar, había provocado el ceño fruncido de Itachi nada más verla esa noche. El Marqués también estaba muy atractivo. Recuperado prácticamente de la enfermedad, había recobrado algo de peso, lo que había suavizado sus facciones y lo hacía parecer más joven. El brillo de sus ojos esa noche hacía que las mujeres se sintieran atraídas por su mirada. Sin embargo, el hombre más atractivo que Sakura había visto esa noche era Sasuke. Su camisa blanca anudada con un sencillo, pero elegante nudo era lo único que destacaba sobre su traje negro, que remarcaba su cuerpo atlético y extremadamente masculino. El pelo lanzaba destellos azulados bajo las luces del salón y le hacía desear introducir los dedos entre ellos.

—Muy hábil, Sakura.

Sakura se sobresaltó cuando escuchó la voz de Sasuke a su lado. Menos mal que no podía saber en lo que había estado pensando.

—No sé de qué estás hablando.

—¿Por qué siempre tienes que discutirlo todo cuando sabes perfectamente a lo que me refiero?

—Porque así es más interesante y porque me encanta ver como se te inflama la vena del cuello.

—Eres terrible —le dijo Sasuke como si en verdad estuviera enojado.

—Milord, eso es lo peor que le puede decir a una institutriz recta y seria como yo.
Sasuke soltó una carcajada mientras la miraba embelesado. Esa mujer era preciosa y esa noche estaba bellísima. Con su vestido color turquesa y su cabello recogido con varios mechones cayéndole por la espalda podía llevar a cualquier hombre a la locura. Había tenido que controlar con la mirada a más de un hombre esa noche para que entendiera que si se acercaba a ella tendría serios problemas.

—Quiero que me prometa todos los bailes hasta el final de la velada.

—Sabe que eso es imposible. Más de dos bailes y estaría deshonrada. Sí, ya sé que desea hacérmelas pagar, pero si lo intenta le pateo una espinilla.

—¿De verdad eres institutriz? ¿No has trabajado antes de estibador en los muelles?

—Oh, eso me ha dolido —le dijo Sakura posando su mano al lado del corazón, lo que hizo que Sasuke se fijara en su escote y su respiración empezara a acelerarse.

—Me lanza mis mismas palabras. Eso es jugar sucio, señorita Izuno. Ahora no tendré más remedio que cumplir mi amenaza.

—Eso ni lo sueñe, sin embargo, debido a que hoy me siento generosa, le reservaré el próximo vals.

—Estoy estupefacto por tal honor. ¿Podría dejarme también besar el suelo que pisa?

—Es cuestión de pensarlo, lord Uchiha —le dijo Sakura mientras le ofrecía la más dulce de las sonrisas.

—Te das cuenta de que estás jugando con fuego, ¿verdad?

—Lo hago porque sé que no dejarás que me queme.

Esas sencillas palabras, llenas de sentimiento, le hicieron comprender a Sasuke que Sakura estaba bromeando porque confiaba en él. Con esa frase le había dicho que se sentía segura a su lado. Eso hizo que un extraño calor se extendiera por su pecho.

—Si yo estuviera en tu lugar no estaría tan segura.

—Me arriesgaré —le dijo Sakura mirándolo fijamente a los ojos.

—Siempre me han gustado las mujeres valientes.

El tono de admiración que había detectado detrás de sus palabras hizo que Sakura se sonrojara.

Ambos se quedaron mirando lo que parecía una danza de deseo cuando Tezuna se les unió.

—¿No bailáis ninguno de los dos? Si yo fuera más joven me tendrían que sacar de la pista a rastras.

—¿No nos harás creer que ya estás mayor para bailar, verdad? —le preguntó Sasuke mientras la miraba con picardía.

—Bueno, si quieres podemos intentar descubrirlo.

—Será todo un placer.

Sasuke acompañó a Tezuna hasta la pista de baile no sin antes recordarle a Sakura que el siguiente baile le tocaba a ella.

Izumi sentía que flotaba por la pista. En brazos de Itachi parecía más liviana que nunca. Tenía la sensación de que sus pies apenas rozaban el suelo y que la mano de él apoyada en su espalda la quemaba a fuego lento. Sin poder mirarlo a los ojos, porque temía que pudiera leer en ellos, intentaba detener el vertiginoso correr de su corazón, que latía desbocado.

—¿Qué tramáis Sakura y tú?

Izumi levantó la cabeza al escuchar la pregunta.

—No tramamos nada.

—¿Entonces a qué ha venido lo de antes?

Izumi intentó pensar deprisa.

—Sakura y yo pensamos que quizá estabas cansado de tanto hablar y como parecías no tener escapatoria...

—Decidisteis rescatarme, ¿es así?

—Sí, así es. ¿Te ha molestado?

—No, en absoluto. La verdad es que esas dos mujeres me estaban haciendo desear huir.

Izumi sonrió y Itachi sintió que la habitación se iluminaba.

—Estás preciosa esta noche —le dijo, sintiendo un extraño placer al ver como las mejillas de Izumi se sonrojaban.

—Gracias.

—No sé cómo voy a hacer para contener a la fila de pretendientes que tendrás en Londres.

Izumi sintió que el mundo se hundía a sus pies.

—Creía que ese era el propósito. Venderme al mejor postor.

Izumi apenas pensó en sus palabras antes de pronunciarlas. Sintió como Itachi se ponía rígido ante ellas y como le estrechaba con más fuerza la mano en un acto reflejo.

—Si piensas eso de mí, me decepcionas, Izumi.

—Lo siento, he hablado así porque me enfurece que creas saber lo que más me conviene.

—Es que sé qué es lo que más te conviene.

—¿Cómo? ¿Acaso me has preguntado?

—Sí, y no me has dado ninguna buena razón para cancelar nuestra marcha a Londres.

—Te he dicho que no quería ir, y eso debía de haber sido suficiente.

—No cuando esa negativa está basada en tu absurda idea de esconderte del mundo para el resto de tu vida.

Ante eso Izumi lo miró furiosa.

—Creo que no me conoces.

—Pues yo creo que te conozco lo suficiente. Me importas, Izumi, y mucho, y no quiero ver como desaprovechas las oportunidades que te ofrece la vida.

—¿Y qué me dices de ti?

—No estamos hablando de mí, pero si quieres saberlo, yo ya tuve mi oportunidad. Conocí a la mujer de mi vida y la perdí. Mi caso es diferente.

—No, tu caso es igual. Tú dices que yo me escondo de la vida en tu casa y yo te digo que tú te escondes detrás de un fantasma.

Itachi la miró con una furia apenas contenida. El resto del vals lo bailaron en silencio. Izumi sabía que esas palabras la habían sentenciado porque él jamás se las perdonaría.

—¿Izumi, qué ocurre?

Sakura intentó que Izumi le dijera algo entre los sollozos que se escapaban de su garganta. Después de que Itachi la dejara junto a ella, Izumi susurró una disculpa y desapareció tras las puertas que daban al jardín. Sakura la siguió ya que sabía que algo andaba mal.

—Por favor, dime qué sucede, me estás asustando. ¿Ha ocurrido algo con Itachi?

Al mencionar su nombre, Izumi soltó un sollozo más fuerte. Ya sabía de dónde provenía el problema.

—Está bien, tranquilízate y cuéntame qué ha ocurrido.

—¡Que lo he echado todo a perder! Tenías que haber visto cómo me ha mirado. A un insecto lo hubiese contemplado con más afecto.

—No puede haber sido tan terrible, Izumi.

—Le dije que se escondía detrás de un fantasma para no vivir la vida.

Sakura soltó un silbido poco femenino que hizo que Izumi volviera a llorar.

—Hay que decir que cuando te decides a hablar lo haces a lo grande.

—Oh, Sakura, no me estás ayudando.

—Entiendo que estés mal, pero no es para tanto. Solo has dicho una verdad que todos sabían, pero que nadie se atrevía a decir. Quizá no hayas escogido el momento oportuno o las palabras apropiadas, pero el mensaje es el correcto. Si es un hombre inteligente, tarde o temprano comprenderá que tenías razón y que se lo has dicho porque te importa.

—Yo creo que no me perdonará. Tú no has visto con qué frialdad me ha mirado. Era como si hubiese visto a una extraña.

—Lo que no sé es cómo ha llegado la conversación a ese término. La última vez, que os vi estabais bailando un vals.

—Estuvimos conversando mientras bailábamos. Me habló de mi presentación en Londres, yo me enojé, el me dijo que me escondía en su casa y yo le dije que el se escondía tras un fantasma, y entonces me miró como... como..., oh, Sakura, no va a perdonarme.

—No te preocupes. Eso fue la sorpresa por lo que le dijiste. Conociéndote, no creo que pensara que le fueras a soltar eso.

—¿Por qué no?

—Porque eres una mujer muy...

—¿Previsible?

—No —le dijo Sakura con una sonrisa—, lo que iba a decir es que eres una mujer muy dulce que prefiere morderse la lengua antes que molestar a nadie.

—Entonces es que soy idiota.

—No, Izumi, eres una mujer maravillosa.

—Eso me lo dices porque estoy llorando.

—Te lo digo porque es la verdad, porque eres mi amiga y... sí, también porque estás llorando.

Izumi no pudo contener una risilla.

—Gracias.

—De nada. Y ahora vamos a entrar; si no, dentro de unos minutos tendremos a la caballería buscándonos.

—De acuerdo.

Cuando cruzaron la puerta que daba al salón, intentaron pasar inadvertidas hasta que Izumi se tranquilizara. Pero tenían que haber supuesto que la suerte no estaría de su lado.

—Oh, querida, está muy pálida, ¿se encuentra bien?

"Es demasiado pedir que nadie haga preguntas", pensó Sakura. La señora Yotsuki las paró en seco. No la había visto en toda la noche y justo en el peor momento hacía acto de presencia. Tezuna y la señora Trent venían detrás de ella. Sakura pensó que solo les había faltado vender entradas.

—¿Te encuentras mal, Izumi? —le preguntó Tezuna con el ceño fruncido cuando estuvo junto a ellas.

Sakura miró a Izumi, que cada vez tenía menos color en la cara. Si no decían algo pronto, las tres damas iban a empezar a sospechar cosas raras.

—Izumi se sintió algo indispuesta y me pidió que saliera con ella al jardín.

—¿Qué te ocurre? ¿Te duele algo? —preguntó Tezuna ya abiertamente preocupada.

—No te preocupes, tía, es solo un pequeño mareo. Quizá si pudiera descansar un rato...

—Por supuesto, querida —dijo la señora Trent—. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Ven, te acompañaré a una de las habitaciones para que puedas echarte.

Tezuna y ella las acompañaron seguidas por la señora Yotsuki, que parecía no querer perderse nada. Cuando ya estaban cerca de la puerta, Izumi soltó un pequeño chillido.

—¿Qué sucede? —le dijeron todas a la vez, salvo la señora Yotsuki, que pegó un salto como si hubiese visto a un ratón—. Dios mío, ahora también yo tendré que echarme un rato —dijo la pobre mujer mientras intentaba recuperar el equilibrio.

—Mi... mi abanico, no lo tengo, y es el que me regaló Suiren, Dios mío, no puedo perderlo.

Sakura vio que Izumi parecía a punto de echarse a llorar de nuevo.

—No te preocupes, yo lo buscaré, ¿te acuerdas de la última vez que te diste cuenta de que lo tenías?

—Sí, cuando salí a la terraza lo llevaba.
—Entonces no será difícil encontrarlo. Ahora vuelvo.

Sakura bajó las escaleras pensando que ojalá tuviera razón.

Llevaba un rato mirando cuando por fin vio el abanico en la esquina de la terraza. Sintió un alivio inmenso al saber que Izumi no lo había perdido.

—Vaya, vaya, es todo un placer volver a verla.

Sakura sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. Ese hombre parecía no haber escarmentado.

—La última vez que nos vimos le prometí que seguiríamos nuestra conversación, y yo nunca defraudo a una mujer.

Hidan Yotsuki salió de las sombras con sumo sigilo. Sakura no sabía que estaba en la fiesta esa noche. Tenía en la cara una expresión burlona que contrastaba con la mirada de depredador de sus ojos.

—Yo creo que las cosas quedaron bastante claras, señor —le dijo Sakura intentando que sus palabras fueran lo más cortantes posible.

—Pues me temo que no, querida. Una osadía como la suya no puede caer en el olvido. No habrá pensado que iba a olvidar como se despidió de mí. ¿Una vulgar institutriz que no sabe cerrar las piernas atacando a un caballero? Eso no puede permanecer impune.

—Creo que está borracho o demente, y ninguna de las dos cosas son de mi incumbencia. Y ahora si me perdona, debo entrar —le dijo furiosa.

Sakura intentó actuar con rapidez, pero Hidan estaba preparado. La atrapó antes de que ella pudiera dar un paso o que pudiera alcanzar su estilete. La aferró entre sus brazos para que no pudiera girar y darle una patada.

—Suélteme, bastardo.

—Veo que ya empieza a utilizar el vocabulario de ramera.

Sakura echó la cabeza hacia atrás dando en el blanco. Yotsuki soltó un aullido de dolor al recibir el fuerte golpe en la nariz, que empezó a sangrar al instante.

—Esto me lo vas a pagar.

La arrastró hacia el jardín, donde la luz era más tenue y el bullicio de la fiesta, más lejano. Sakura sabía que si la llevaba hasta allí sus posibilidades de escapar serían escasas. Abrió la boca para gritar cuando la mano de él se la tapó, asfixiándola. Sakura se la mordió y logró que la soltara, aunque la tomó nuevamente tras dos pasos desgarrando el hombro del vestido al tirar con fuerza de ella.

—Pequeña estúpida —le dijo Hidan mientras le daba un bofetón que la tiró al suelo y la dejó aturdida—. Esto no tiene por qué ser así. Solo quiero lo que a otros les das con tanta facilidad. Yo podría darte placer.

Sakura lo miró con furia.

—Si me tocas te mato.

Yotsuki soltó una carcajada.

—Cuando acabe contigo, solo desearas que te dé más.

Yotsuki cayó sobre ella mientras Sakura se debatía con toda su fuerza. Le dolía el mentón y sentía que la cabeza le daba vueltas. Cuando pensaba que no podría escapar, un bramido de furia rasgó la noche.

En un instante, Sakura se sintió libre de las manos de Yotsuki. Sasuke lo había sujetado por la espalda y lo arrojó al suelo. Antes de que Yotsuki hubiera tenido tiempo ni siquiera de pestañear, Sasuke se lanzó sobre él dándole un puñetazo tras otro, castigándolo sin piedad. Yotsuki empezó a suplicar que se detuviera, pero Sasuke parecía no oírlo.

—Por favor, detente —le dijo Sakura.

Su dulce voz llamándolo hizo que se detuviera. Yotsuki estaba llorando a la vez que le suplicaba. Sasuke lo soltó antes de que la furia que corría por sus venas le hiciera perder la razón. Había querido buscar a Sakura cuando no la encontró por el salón. Cuando salió, un quejido lo puso alerta. Se encaminó hacia el jardín y entonces durante un momento el corazón se le detuvo. Cuando la vio tumbada luchando con un hombre que intentaba abusar de ella, quiso matar a ese malnacido.

Dejó al deshecho de Yotsuki que apenas podía hablar, se acercó a Sakura que estaba sentada en el suelo mirándolo fijamente. Se agachó para poder cerciorarse de que estaba bien. Le tembló ligeramente la mano cuando le apartó varios mechones del cabello que se le habían soltado. Sin poder contenerse ni un minuto más le abrió los brazos, lo que hizo que Sakura se lanzara a ellos sin pensarlo. Él la acunó contra su pecho.

—¿Te ha hecho daño?

—No, has llegado a tiempo.

Sasuke sintió que un nudo lo golpeaba en el estómago. Solo de pensar en lo que hubiera ocurrido si él no hubiese salido a buscarla haría que se le helara la sangre. Sintió como Sakura empezaba a tiritar.

—Vámonos, voy a sacarte de aquí ahora mismo —le dijo mientras se quitaba su chaqueta y la cubría con ella.

La ayudó a levantarse tomándola por la cintura. Cuando la tuvo frente a él, le cerró el abrigo. De ese modo, impidió que tuviera frío y que se viese el vestido desgarrado que prácticamente le dejaba el pecho al descubierto. Al mirarla más detenidamente vio como un inmenso moretón se le iba formando en la quijada. Sakura supo que algo ocurría cuando las manos de Sasuke, tiernas y protectoras, se tensaron sobre sus brazos como unas tenazas. Lo miró a los ojos y lo que vio en ellos le cortó la respiración. Sus ojos estaban fríos como el acero y en ellos había una rabia contenida.

—Te ha pegado. Ese hijo de puta te ha pegado —dijo mientras se daba la vuelta para ir por Yotsuki otra vez.

Sakura corrió tras él.

—Sasuke, estoy bien. Si le vuelves a pegar, vas a matarlo.

Sasuke la apartó para seguir su camino. Sakura lo abrazó por la espalda haciendo que se detuviera por un instante.

—Por favor, Sasuke, estoy bien. Déjalo. Por favor. —Sasuke se giró mirando a Sakura—. Por favor, déjalo.

La súplica que había en sus ojos hizo que parte de su rabia se aplacara. Sabía que estaba asustada, aunque intentara disimularlo. Verla así despertó en él la necesidad de protegerla, de mimarla y de besarla hasta que olvidase por completo lo que acababa de ocurrir.

—Está bien. Vámonos —le dijo mientras observaba de reojo a Yotsuki.

—Si me entero de que vuelves a mirar o a tocar un solo pelo de alguna otra mujer sin su consentimiento, será lo último que hagas.

Dicho esto, Sasuke rodeó la cintura de Sakura con fuerza, como si temiera que ella fuera a desaparecer, y la condujo por la parte lateral de la casa hasta donde estaban los coches.

—No podemos irnos así —le dijo cuando vio que el cochero le abría la puerta.

—No te preocupes. Entraré un momento y hablaré con Itachi. Él tendrá que arreglárselas con Tezuna y Izumi.

—Maldición —dijo Sakura entre dientes—. Siempre salgo de los bailes de la misma manera. A este paso voy a implantar una moda.

Sasuke tuvo que sonreír a su pesar. Esa mujer lo asombraba cada vez más. Acababa de pasar por una experiencia terrible y, sin embrago, allí estaba, serena, bromeando acerca de la situación. La admiró como no había admirado nunca a ninguna mujer. No quería dejarla sola ni siquiera por un instante, así que finalmente escribió una nota a su hermano e hizo que se la entregaran.

Sakura se limitaba a mirar por la ventanilla del coche mientras se ponían en camino.

—No estás tan bien como quieres hacerme creer. Conmigo no hace falta que finjas.

Sakura lo miró a los ojos intentando decidir qué hacer. Era verdad que no estaba tan tranquila. Le temblaba todo el cuerpo y el miedo que no había sentido entonces, ahora corroía su interior con absoluto despotismo.

Sasuke decidió por ella alzándola para sentarla en su regazo, Sakura se acurrucó contra su pecho mientras él le frotaba la espalda con ternura.

—Yotsuki fue quien te atacó la otra vez, ¿verdad?

Sakura sabía que Sasuke no estaba tan despreocupado como pretendía parecer. La tensión de sus músculos cuando hizo la pregunta se lo indicó.

—Sí.

—Sakura, ¿por qué no me lo dijiste?

—Porque en aquella ocasión me defendí bastante bien yo sola y creí que le había dejado bien claro que no deseaba que volviera a acercarse a mí. Al parecer me equivoqué.

—Sí, así es. Prométeme que si alguna vez ocurre algo parecido me lo dirás.

—Yo...

—Prométemelo Sakura.

No era una sugerencia, sino una orden, que no dejaba lugar a discusión.

—De acuerdo, te lo prometo.

Sakura sintió que se iba relajando poco a poco. Los brazos de Sasuke actuaban como un bálsamo para sus sentidos. Se sentía segura y mimada, y eso en ese momento era lo único que le importaba. Le llegó el perfume a sándalo de su colonia y otro olor propio de él que era aún más seductor y masculino.

Sasuke le levantó el mentón con cuidado para no rozarle la herida.

—Tendría que haber hecho picadillo a ese bastardo.

—Me temo que eso fue lo que hiciste. Creo que tendrá que comer sopa durante un tiempo.

Sasuke no pudo contener una sonrisa. Esa mujer era increíble.

—¿Por qué sonríes así? —le preguntó Sakura.

—Porque jamás he conocido a ninguna mujer tan hermosa, valiente, sabionda y maravillosa.

—Eso es lo más bonito que me han dicho jamás, aunque lo de sabionda ha estropeado un poco el efecto.

—Para nada, porque eso es lo que más me gusta de ti —le dijo mientras se acercaba lentamente para besarla.

Solo fue un suave roce en los labios, pero Sakura sintió que su cuerpo se estremecía. Después volvió a besarla, pero de manera diferente. La besó con ansia, como si el beso anterior solo hubiese sido el comienzo de algo mucho más grande. La estrechaba con fuerza entre sus brazos sintiendo el latido desbocado del corazón de ella, que al igual que el suyo exigía que se rindieran a lo inevitable. Desgraciada mente, ese no era el sitio más adecuado y menos cuando solo faltaban unos minutos para que el cochero se detuviera frente a la casa.

—Casi hemos llegado —dijo Sasuke, que detestó la idea de dejar de tocar a Sakura.

Se amoldaba perfectamente a su cuerpo, como si fueran dos partes complementarias. La devolvió con delicadeza a su asiento. Vio como ella tenía las mejillas sonrosadas y los labios hinchados por sus besos, y pensó que era la mujer más hermosa que jamás había conocido. Todo su cuerpo respondía a ella con una intensidad desconocida. Solo le hacía falta escuchar su nombre para que algo en su interior despertara, y eso lo tenía desconcertado. Se decía a sí mismo que era el deseo lo que le hacía sentir aquello, pero el deseo era un viejo amigo que nunca le había jugado con esas cartas. Quizá la diferencia residía en que había pasado más tiempo con Sakura que con ninguna otra mujer que hubiera despertado su interés, o quizá en que Sakura rompía todas sus reglas. Estaba ardiendo de deseo por una institutriz que aparentaba ser bastante inocente, a la que le encantaba discutir y que trepaba a los árboles a recoger gatos en peligro. Si eso no era una locura, pocas cosas lo serían; sin embargo, no pensaba renunciar a ella. Era demasiado egoísta para dejarla marchar.