Disclaimer: Digimon no es mío, sus personajes tampoco. Escribo por ocio y para sobrevivir esta eterna pandemia.
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9.5 pasos
–Tierra llamando a Sora, ¿estás ahí? –La pelirroja llevaba cinco minutos arreglando la misma playera. Todos en la tienda estaban conscientes que Sora solía ser exigente con su manera de doblar ropa, pero nadie se tomaba tanto tiempo.
–Claro que no está ahí –Mimi se colocó a su lado para comprobar a donde apuntaba la mirada de su compañera–. Es obvio que Sora está en planeta rubio.
-¿Planeta..? ¡Mimi! ¿Alguna vez te enseñaron lo que es el espacio personal? –Sora le dio un pequeño empujón, lo suficientemente fuerte para que su amiga se deslizara unos centímetros de su lado.
–Estoy segura de que no te importaría el espacio personal si fuera rubio, y misterioso.
–E increíblemente guapo –habló Miyako, quien limpió sus lentes para mirar de reflejo al trabajador de la tienda de frente.
Las tres chicas laboraban en una boutique en un centro comercial en Odaiba, lo que quería decir que la mayoría de la clientela era expresamente local, aunque de vez en cuando algún turista hípster podía cruzar sus puertas. Sora era quien llevaba más tiempo trabajando ahí, por lo que la habían ascendido a gerente de medio tiempo, era su labor que la tienda se viera deslumbrante, y por eso y nada más, se había tomado su tiempo arreglando el estante de ropa que daba justo frente a la tienda de música cruzando el pasillo.
Nada tenía que ver el empleado que había comenzado a trabajar ahí hacía cuatro meses y doce días, sin querer ser demasiado exacta. Sora no se consideraba ninguna experta en música, más bien solía caer en el mainstream, y por lo mismo no se había armado de valor por entrar a ese lugar. No quería caer en ridículo preguntando por algún artista pop. Miyako no exageraba al decir que el empleado que era increíblemente guapo; podría pasar por modelo si quisiera, y muy seguramente tenía a alguien en su vida.
Sora había analizado todas las posibilidades en los ratos muertos de la tienda, solía ensimismarse en historias y crearse escenarios en su cabeza, desde las posibilidades donde todo salía bien, a donde todo salía mal, y prefería no tomar el riesgo. No aguantaría la vergüenza.
–¡Que suerte que tengo al ver que mis tres chicas están aquí! –Taichi, su mejor amigo, solía visitarla cinco de los seis días que trabajaba. El centro comercial quedaba relativamente cerca de su universidad, por lo que, tras su práctica de fútbol solía pasar por Sora para caminar juntos a sus relativos hogares. El día que no la visitaba era porque estaba en alguna cita, y el castaño tenía un plan estándar que no solía fallarle: helado y una película, usando el descuento de empleada del centro comercial de la pelirroja.
–La suerte es verte sin compañía –se burló Mimi, apagando la música y cerrando las puertas del lugar.
–Deberías esperarme afuera, si alguien se entera que dejé a un invasor dentro de la tienda mientras cerramos me podrían correr.
–No exageres, a mí prácticamente me deberían pagar por el tiempo que paso aquí –más la mirada de Sora no daba espacio para bromas, y Taichi salió de la tienda a regañadientes, viendo desde fuera como una a una se iban apagando las luces.
Sora era la última en salir, al ser gerente de la tienda era ella quien se debía asegurar de contar el dinero por vez final y meterlo a la caja fuerte. Asegurarse de que la tienda se viera presentable para el gerente del turno matutino. A Sora le gustaba su trabajo, llevaba más de dos años laborando ahí y le gustaba que le dieran horarios flexibles, y poder tomar ideas sobre cómo usar telas en sus propios diseños.
Iba empezando su segundo año como estudiante de diseño, y pensaba especializarse en diseño de modas. Se sentía natural trabajar en una tienda, aunque sabía que pronto tendría que dejarlo atrás, y empezar a solicitar trabajos más… adultos. Pedir pasantías con algún diseñador o diseñadora, probablemente sin paga, pero acercándola a su meta final. Aunque sin duda le dolería dejar de ver al…
Volteó hacia donde había dejado a Taichi para helarse. Su amigo estaba manteniendo una animada conversación con el rubio de la tienda de música. Sora no tenía a donde huir, ya había activado la alarma y cerrado la cortina de la tienda. Ella y el rubio, que juraba debía tener un nombre, a penas y habían intercambiado miradas, ¡nada más! Ninguno de los escenarios que se había imaginado en su cabeza tenían a Taichi de por medio. Sin embargo, ahí estaba, a menor distancia que nunca. Respiró profundo y puso su mejor sonrisa antes de decir,
–Buenas noches.
–Cada día suenas más adulta, ¿ya terminaste?
–Todo cerrado e inquebrantable.
–Te tardaste más que usualmente, tuve suerte de que Yamato fuera lo suficientemente amable de hablar conmigo para no morir de aburrimiento. –¿Yamato? ¿Taichi lo conocía de algún lado? Debía ser así si ya lo trataba de nombre. No podía creer que el rubio ya tenía nombre, todo se volvía más real. Incluso le costaba convencerse de que en verdad le estaba sucediendo y no era otra escena cautelosamente orquestada por su cabeza.
–Lamento que te tuvieran que cuidar cual bebé, muchas gracias por evitar que se arrancara la cabeza.
–Sora, ¿verdad? –La pelirroja se quedó estática, ¿cómo es que sabía su nombre? –. Me da gusto que por fin pudiésemos hablar. Los dejo porque se me hace tarde, pero les deseo bonita noche. –Siguiendo el estereotipo de persona trabajando en una tienda musical, Yamato se colgó un estuche de guitarra en el hombro y caminó hacia la salida del centro comercial, Sora no podía sentir su cara de lo sonrojada que estaba.
–¿Hace calor, o soy yo?
–¿A qué te refieres?
–En ninguna de mis citas he sentido tanta tensión como la que sentí entre ustedes dos, ¡y he estado en una infinidad de ellas!
–No sé de qué me estás hablando, mejor recoge tu maleta y vamos andando, que aún tengo mucha tarea que hacer.
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No era mentira que tenía tarea por hacer, pero no había fuerza humana que la hicieran concentrarse ese día. Ni siquiera quiso preguntarle a Taichi cómo es que había conseguido entablar una conversación con el rubio… Yamato. Porque ya tenía nombre. Precisó que era mejor idea pretender que nunca habían hablado, así se mantendría vivo en su imaginación y nada más. Porque ahora que habían hablado, Yamato se volvía real, y todo lo real tenía un alto riesgo de arruinarse.
Sabía que estaba siendo melodramática, sabía que no había sido gran cosa y que habían intercambiado menos de diez palabras… sin embargo, él sabía su nombre. Seguro que Taichi se lo había dicho, si no, ¿qué más?
Se paró de su cama para avanzar hacia su computadora de escritorio, para darle una revisada final a su Currículum. Lo intentó hacer lo suficientemente vistoso, sin dejar de ser conciso para intentar conseguir alguna pasantía antes de verano. Se le hacía un agujero en el estómago al pensar que tendría que dejar la tienda, y a sus amigas y la rutina a la cual ya se había acostumbrado.
Sabía, también, que eso significaría mudarse de Odaiba y dejar la casa de sus padres. Ya no habría nada que la atara a Odaiba, y sabía que sus papás no se movían permanentemente a Kioto por ella, no había caso en atrasar lo inevitable. Pero daba tanto miedo ser adulta. Guardó la versión final (final en serio) de su currículum y esa noche mandó correo a siete de sus diseñadores favoritos.
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Ese sábado le tocaba el turno matutino en la tienda, lo cual no le molestaba pues tendría la tarde para ella. Ya tenía una lista de todo lo que quería hacer ese día, desde ir a comprar telas, hasta visitar el parque aprovechando la temporada de flores de cerezo. Sus días estaban tan ocupaos que apenas había tenido tiempo para vivir, y debía aprovechar toda oportunidad de hacerlo antes de convertirse en una adulta de verdad.
Estacionó su bicicleta afuera del centro comercial y pasó por un americano al único puesto de café que estaba abierto a esas horas, antes que el resto de los locales. El sitio podría pasar por fantasmal, no había más que los trabajadores de mantenimiento y unos cuantos intensos que hacían fila en las tiendas de tecnología antes de que estas abrieran. Revisó las manecillas de su reloj para asegurarse que no iba tarde y prosiguió a buscar las llaves de la tienda.
–Parece que a los dos nos tocó madrugar hoy, –escuchó detrás de ella. Su inconsciente no logró identificar esa voz dentro de las voces que tenía registrada, por lo que dio un brinco asustada. Podía tratarse de un asesino serial–. Lo siento –reprimió una risilla–, no era mi intensión asustarte.
Su mente no estaba jugándole una broma, eso hubiera sido demasiado cruel, y medianamente impresionante, pues la persona frente a ella se veía increíblemente real. Llevaba el cabello despeinado, y toda la ropa oscura, lo cual se vería desaliñado en cualquier persona, en cualquier mortal, pero no en él.
Sora tiró las llaves del lugar, y unas cuantas gotas de su café con el brinco. ¿Podía dejar de temblar y actuar como una persona normal por dos segundos?
–No fue tu culpa, simplemente sigo dormida. –Ambos se agacharon para tomar las llaves, como se vería en cualquier película cliché, pero esto era la vida real y ella no podía creer que le estuviera pasando–. ¿No te salpiqué? –Logró identificar una mancha de café en su pecho, se cubrió la boca en remordimiento.
–Está bien, es negra, nadie se dará cuenta.
–Adentro tengo un quitamanchas lo suficientemente potente, ¿me dejas ayudarte? Es lo menos que puedo hacer por no tener control sobre mis reflejos.
Él aceptó y Sora apenas podía creer que estaban solos en la tienda oscura. Llegaron a los vestidores, donde Sora efectivamente guardaba el quitamanchas en cuestión.
–Espero no te esté retrasando y llegues tarde a trabajar por mi culpa –No había tenido una confirmación de su parte de ser la persona que trabajaba en la tienda vecina, pero a esas alturas de la conversación, no tenía sentido ignorar lo obvio.
–No te preocupes, nosotros no abrimos hasta las 10:30, –Eso era 30 minutos más tarde que ella, lo que quería decir que Yamato estaba preocupantemente temprano esa mañana de sábado. Con un par de gotas, la mancha de café había desaparecido cual magia, sin embargo, Sora no deseaba que su momento, momento real, terminara aún.
–¿Cuánto tiempo llevas trabajando ahí?
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Yamato estudiaba Ingeniería Aeroespacial, algo que pocos esperarían de alguien que trabajaba en una tienda de vinilos e instrumentos musicales. Pero él siempre había tenido la música en sus venas, habiendo recibido su primer bajo por parte de su papá cuando apenas tenía diez años. Con tanto estudio, se vio forzado a terminar el proyecto musical que comenzó en la preparatoria, más, sin querer dejar de lado su amor por la música, decidió tomar el trabajo de medio tiempo que su hermano le recomendó en una de sus muchas idas al centro comercial.
–Está justo frente a la tienda que tanto me gusta, vi que estaban buscando personal –le dijo su hermano unos meses atrás. Sonaba como la situación ideal, un trabajo de medio tiempo, en algo que le apasionaba, donde le podían otorgar un buen descuento, y cerca de su casa.
Sin embargo, lo que le hizo aceptar finalmente la oferta laboral de sueldo mínimo, fue la pelirroja que laboraba en la tienda que tanto le gustaba a su hermano. Todo lo que hacía, todo lo que tocaba lo hacía con delicadeza, como si cualquier prenda de ropa se tratase de una obra de arte de la edad media. Podía notar que cada que entraba un cliente a la tienda, sin importar que llegase cinco minutos antes de la hora de cerrar, le recibía con una cálida sonrisa y total hospitalidad.
En más de una ocasión quiso tomar el valor de hablarle, buscar alguna excusa, sin importar lo tonta que fuera, para invitarle un café, un té o lo que le apeteciera.
Debió haber adivinado que tendría novio.
El castaño iba prácticamente todos los días a visitarla, entraba a la tienda y le hacía reír de maneras que Yamato no lograría. La esperaba a que terminara de acomodar toda la tienda cada que le tocaba cerrar y le cargaba sus pertenencias. Ella se veía feliz a su lado, y él la trataba con respeto, así que no podía desear otra cosa, solo resignarse y aceptar la situación.
Eso hasta que vio al castaño con alguien más, en lo que estaba seguro era una cita, ¡y en el mismo lugar donde la pelirroja trabajaba! No podía creer la audacia, y no podía aceptar el coraje de saber que ella no se enteraría, ¿pues quién le iba a decir? Él no podía hacerlo, ni su nombre sabía, y sería extremadamente extraño, preocupante y sospechoso, que él llegase de la nada a avisarle que su novio le estaba siendo infiel.
A partir de ese momento, cada que los veía juntos desde la ventana de frente, diseñaba un plan en su mente para avisarle, de alguna manera y otra, que ella merecía estar con alguien mejor. Y no, no se refería expresamente a él, aunque sí que era mejor, ¡él no sería infiel!
La sorpresa que se llevó Yamato cuando el novio de la pelirroja lo paró para hablar con él, eso no era parte de su plan, mucho menos era el descubrir que era un sujeto agradable, y extremadamente sociable. Lo trataba como si fueran amigos de la infancia, con completa confianza y normalidad. Lo que había llegado al momento que tanto había esperado, poder hablar con ella. Con Sora.
Y ahí estaba, con ella en un cuarto de menos de 5 metros cuadrados, hablando de banalidades como sus trabajos, conociéndose. Hasta que ella empezó su turno laboral, y él caminó resignado a su propia jornada, pasando la mañana con base en reojos al otro lado del pasillo.
–Disculpa, estoy buscando un disco de un artista extremadamente underground que probablemente nadie conoce porque soy una persona alterna –escuchó la voz de su hermano, Takeru, la cual podía ser reconocida a diez metros a la redonda. Sonrió.
–¿Qué no tienes otro centro comercial que visitar? Tokio es una basta ciudad.
–Ningún otro centro comercial cuenta con mi hermano favorito, ¿o sí? –Yamato le despeinó la cabellera, lo cual aún podía hacer sin problema pues su hermano seguía siendo más bajo que él, y más le valía quedarse así.
–¿Qué te trae por estos lares?
–Hikari y yo estábamos tomando fotografías para una clase y aproveché para visitarte –guiñó su ojo, un gesto común en su hermano menor. Miró a Hikari afuera de la tienda, a quien saludó levantando la mano. Hikari era la mejor amiga de su hermano desde hacía años, más no la conocía mucho, dado que Takeru y él no compartían techo.
–Claro, visitarme. Puedes admitir que viniste a la tienda en frente, sería más doloroso que me siguieras mintiendo.
–Un día deberías salir de tu zona de confort y entrar, te sorprenderías las prendas interesantes que tienen, además las chicas que trabajan ahí son tan amables, quizá hasta podrías conseguirte una nueva amiga.
–Ya no me desconcentres, tengo que continuar trabajando.
–¿Te veo en la noche para cenar?
–¡Ocho en punto! –Takeru se despidió, dando largos pasos para alcanzar a Hikari. Yamato los siguió con la mirada, llevándose las manos a la boca cuando miró a Hikari saludar a Sora como si fueran hermanas. Ya lo había dicho antes, y Tokio era una ciudad lo suficientemente basta, pero Odaiba parecía ser un pueblo diminuto.
Yamato solicitó un minuto para ir a la parte trasera de la tienda, y poder sacar su celular al momento en que vio a Takeru y Hikari salir de la tienda de ropa.
–Takeru, sé que esto sonará extraño y no quiero más preguntas, pero ¿de dónde se conocen Sora y Hikari? –escribió con prisa, sin emoticones, directo al punto.
–Dice Hikari que ella y Sora se conocen de toda la vida –contestó a los pocos segundos, Takeru se la vivía pegado a su dispositivo móvil–. Ella y su hermano Taichi son muy unidos. Por cierto, Sora, ¿eh? 😉 😉 😉
Yamato quiso aventar su celular, y de paso pisarlo. Cerca de diez millones de habitantes en Tokio, ¿y así funcionaban las cosas?
Más valía dejar el asunto pelirrojo por la paz, estaba tocando terreno muy sensible, y lo que menos quería Yamato en su vida era drama. Los cables estaban muy cruzados, y todos parecían estar conectados de cierta manera así que debía aceptar que Sora estaba con un patán que le era infiel sin hacer nada al respecto, dado que si lo hacía Sora terminaría a Taichi, Taichi caería en depresión, Hikari dejaría de salir con Takeru y Takeru lo odiaría para siempre por arruinar su feliz vida.
No valía la pena.
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Las últimas cuatro semanas que había vivido Sora debían haber sido las cuatro semanas más ajetreadas de su vida, sin dudarlo. Entre las clases, el trabajo, y las múltiples entrevistas de trabajo, apenas había tenido tiempo de bañarse, y comer. Dormir se había convertido en un lujo. Pero todo había valido la pena, pues en su bandeja de entrada, encabezando todos sus correos electrónicos se encontraba una invitación para comenzar a trabajar de pasante con su diseñadora favorita.
El trabajo comenzaría en tres semanas, lo que quería decir que debía dar su aviso de renuncia esa semana, y sabía que debía hacerlo y que su jefa la apoyaría como siempre lo había hecho, pero le dolía tanto, que había procrastinado su renuncia hasta el fin de la semana, cuando ya no podía aplazarlo ni un día más.
Las dos semanas que siguieron pasaron como un parpadeo, y Sora se aferraba todos los días un poco más a la realidad que vivía, y la comodidad de su día a día. Estaba por dar un paso enrome ya habiendo conseguido un departamento más céntrico, comprando muebles y amenidades para este. Mimi había sido de gran ayuda, dando recomendaciones bastante útiles, pues ella llevaba viviendo sola por un tiempo considerable, ya tenía experiencia en independencia.
Su último día laboral la sorprendieron con pastel, globos y karaoke después de la hora de cierre. Se apresuró a dejar la tienda perfecta, para poder disfrutar de su fiesta de despedida sin ningún tipo de culpa, y fue cuando lo vio, a Yamato.
Quizás había sido su imaginación, la experta en jugarle trucos sucios al ser más inteligente que ella misma, pero había sentido que el rubio ha había estado evitando. A penas habían pasado de extraños a conocidos y ya le había molestado lo suficiente como para ignorarla. Lo vio cerrando la tienda de música y Sora quiso pensar que no era casualidad que estuviera cerrando el mismo día de su despedida.
–¡Yamato! –habló con un tono lo suficientemente alto como para llamar su atención, sin entender de dónde había sacado el valor–. Es mi fiesta de despedida y me preguntaba si, ¿quisieras unirte? Sé que debes estar ocupado, siendo viernes en la noche, pero…
–¿Tu despedida?
–Eh, sí… –tomó un mechón de su corta cabellera, por alguna razón le dolía la boca de su estómago–. Hoy es mi último día trabajando aquí, por eso me hicieron una fiesta. Hay pastel –se encogió de hombros, se sentía pequeña.
La verdad era que Yamato sí tenía planes ese día, y si quería seguir su plan de mantenerse alejado del drama ni siquiera tendría que mentir e inventarse una excusa para zafarse de la invitación de Sora. Pero sonaba verdaderamente honesta, y ni podía negar que le entristecía que ya no la vería casi todos días a solo 9.5 pasos de distancia, no que los hubiera contado antes. Así que respiró profundo, aceptar su invitación no podría lastimar a nadie.
Tan pronto como sus compañeras de trabajo vieron a Sora regresar con el rubio a su lado, Sora les lanzó una mirada no tan amenazante. Con base a señas les hizo prometer que no lo asustarían.
La fiesta fue amena, a pesar de no haber alcohol, uno hubiera apostado dinero que si lo había, por la manera en que Mimi y Miyako se habían adueñado del karaoke.
–¡Pero trabajas en una tienda de música, debes cantar! –La lógica de Miyako no tenía fallas, pero Yamato se mantuvo firme a su postura. Sin embargo, Mimi y Miyako podían ser muy convincentes, y a pesar de no tener efecto sobre Yamato, Sora terminó con el micrófono entre sus manos, haciendo una nota mental de que algún día les haría pagar.
–Muchas gracias por la fiesta, no puedo creer que ya no trabajaremos juntas. –Sora abrazó a sus amigas, y demás compañeros laborales.
–Lo dices como si no nos volvieras a ver, y tú señorita Takenouchi, no te podrás librar tan fácil de nosotras.
–¡Además! –Mimi tardó más en romper el abrazó–, mañana tenemos una cita para comprar muebles, no lo olvides.
Sus amigas caminaron con prisa, seguramente queriendo darle privacidad a Sora y Yamato, quienes se quedaron solos. Sora no entendía cómo había sido que después de semanas de haberla evadido, había decidido quedarse hasta que su despedida terminara. Su corazón latía muy fuerte, jugaba con sus dedos para calmar sus nervios.
–Felicidades por haber sobrevivido a Mimi y Miyako. –Pasaba de la medianoche, ambos comenzaron a caminar hacia donde vivía Sora, pero él no sabía eso, y Sora tampoco estaba segura de estarlo alejando de su casa.
–Lamento no poder decir eso de ti, –sonrió. Su plan había sido quedarse un par de minutos, por no ser grosero, pero Yamato estaría mintiendo si no admitía que en realidad lo había pasado muy bien. Tenía mucho tiempo de no haberse reído tanto.
–Por favor no me recuerdes, ¡qué vergüenza!
–Cantaste bastante bien, no debería darte vergüenza. –Sus pasos resonaban con el cemento, siendo casi las únicas personas caminando por la calle–. Así que ya no trabajarás aquí, ¿uh?
–No –mordió el interior de su mejilla–, conseguí una pasantía con una diseñadora, y comienzo en una semana.
–Diseño de modas –la miró, percatando como desvió la mirada al asentir–. Quizá me podrías enseñar algún diseño tuyo en alguna ocasión.
–No son tan buenos…
–Si te aceptaron en una pasantía, quiere decir que sí lo son. –Sus pasos comenzaron a ir en sincronía, Yamato iba hacia el lado contrario de donde vivía, pero no le importó. Quería seguir hablando, quería seguir descifrando la vida de la pelirroja–, Mi hermano ama ir a tu tienda porque dice que le encanta ver como tratas las prendas con especial cuidado.
–¿Tu hermano? –se sonrojó, ¿hablaba de ella con su hermano?
–Eh, sí –esperó no haber cruzado la línea y haber parecido un intruso–. Se llama Takeru, va más a tu tienda que a visitarme cuando está en el centro comercial.
–¡Claro, Takeru! –Sora podía notar el parecido entre ambos: rubios, altos, y a pesar de ambos tener ojos azules, sus miradas eran completamente distintas–. Es amigo de Hikari, ¿conoces a Hikari?
–No muy bien, pero sé que son cercanos.
–Es lo más cercano que tengo a una hermana menor –se emocionó, Odaiba era tan diminuto–. Es la hermana de mi mejor amigo, lo conociste, ¿recuerdas? Castaño, cabezota.
–¿Mejor amigo? –Yamato no podía creer lo que escuchaba, todo ese tiempo había sido su mejor amigo… Decidió ser honesto, aguantando la risa–. No me lo vas a creer, pero creí que era tu novio.
–¿Taichi, mi novio? –Sora cubrió su boca con ambas manos, explotando en risas–. Supongo no es una locura, considerando que siempre está conmigo. Pero no, no, ¡es prácticamente mi familia!
–Que alivio que no sea tu novio. –Se pararon en una esquina, estaban a menos de una cuadra de dónde Sora vivía, y a pesar de ser tarde, ninguno deseaba terminar la conversación–. Una vez lo vi con alguien en el centro comercial y creí que te estaba siendo infiel.
–Típico de Taichi, sale con alguien nuevo cada quince días. –Sus ojos brillaban de tanto reír. Lo que le estaba pasando era algo real, y no un invento de su imaginación. Yamato se había creado historias sobre ella tal y como ella lo había hecho sobre él.
–Entonces, ¿estás soltera?
–Oh sí, muy soltera, además de estar intrigada. –Ya que se estaban honestando, no podía doler un poco de audacia–, no sé nada de ti, solo que trabajas en un lugar de música y te gusta usar tonos oscuros.
–Te diré esto, sé que mañana irás con ¿Mimi? –Sora asintió– de compras, pero el domingo no trabajo y podría ayudarte con tu mudanza, o un café. Te lo debo después de haber hecho que lo derramaras el otro día.
¿Era una cita? Sora aceptó, con la condición de que ahora él sería el foco de atención. Yamato la acompañó hasta la puerta de su pronta ex casa y se despidieron, por casualidad o por destino, Sora sabía que esa noche debía pasar tal y como había sucedido. Por vez primera su vida real comenzaba a ser mejor que sus múltiples fantasías.
Notas
Quería dejar esta historia para San Valentín, pero es probable que escriba algo más para esa fecha.
Gracias por leer, somos pocos sobrevivientes en el fandom, es importante nos sigamos brindando apoyo.
Xoxo, GossipChii
