N/A: Oh mi Dios! Hace muuuucho tiempo que no paso por aquí lol. Espero que me perdonen. Éste fue mi último año de bachillerato (universidad) y me gradué y ahora entré a la facultad de derecho *-* Nada, solo espero que me perdonen. Había comenzado este capitulo en marzo o abril, pero lo olvidé lol. Pero he aquí un capitulo. Aquí la cosa empieza, como quien dice. Los otros capitulos fueron algo asi como un gran prologo. Esta es la historia verdadera. Asi que espero sus opiniones! Besos
DISCLAIMER: Bleach no me pertenece. Propiedad de Tite Kubo.
..::FORGET-ME NOT::..
Por: Killerqueen04
Taiko Kurosawa era una chica que lo tenía todo. Un hermano espectacular que le compraba muchas golosinas y demás cosas durante sus viajes, además de adorarla muchísimo; tenía una gran popularidad en la escuela superior de Tokio y era admirada y respetada por todos —pues ¿Quién no podía respetar a la hermosa capitana del equipo de porristas?—. Sus amigas la adoraban. Sus amigos la sobreprotegían. Era hermosa: de grandes ojos grises y de hermosa cabellera naranja oscura. Labios delgados y rosados, mejillas de porcelana. Una diosa entre mortales. Ella lo tenía todo.
Bueno, casi todo.
La joven de dieciséis años había perdido a sus adorados padres en un accidente de tráfico cuando tenía seis años, por eso desde ese instante vivió con su hermano mayor, Yûki, quien había recién finalizado su escuela superior. Taiko adoraba a su hermano con todo su corazón y sabía que le debía mucho a los dioses por darle una vida tan buena como la que tenía. Kurosawa desconocía del sufrimiento —aparte de la muerte de sus padres— pues tenía una vida bastante envidiable. La suerte de Taiko era envidiada por muchos, pues todos la llamaban la "chica más suertuda de Japón".
Y aun así, Taiko solía sentir que algo faltaba en su vida.
La chica sentía que algo faltaba en su vida, pero ella no sabía qué. Por supuesto, su inconformidad la mantenía secreta pues sentía que era una total desconsideración quejarse cuando tenía una vida bastante buena, a diferencia de muchos de sus amigos. Pero aun así, ella no podía dejar de pensar que quizás algo sí faltaba en su vida. El problema era averiguar qué.
—Tierra llamando a Taiko Kurosawa. Tierra llamando a Taiko Kurosawa.— Mei Hisaye, su amiga de cabellos castaños y brillosos ojos verdes chasqueó sus dedos frente a su rostro. Las otras dos adolescentes, Mitsuki Miyaki y Kaori Ken, se rieron en voz alta.
Las mejillas porcelanas de Taiko se ruborizaron de forma inmediata, mientras que sus ojos grises brillaban con vergüenza. La chica de cabellos naranja llevó una de sus manos a su cabello y negó el rostro. —Lo lamento, estaba pensando,— admitió en un susurro. Las tres chicas la miraron extrañadas, a lo que ella respondió con una sonrisa avergonzada, —Nada, nada, sólo pensaba en cuanto desearía comer una donut con wasabi.— Sus tres compañeras exclamaron con asco.
—Yuck, Taiko. ¡No sé cómo puedes comer semejante atrocidad!— exclamó Mitsuki, haciendo una mueca de asco. Las otras dos chicas asintieron, aunque prefirieron guardar silencio y no criticar el pésimo gusto de Kurosawa. Todos sabían que la capitana del equipo de las porristas tenía un pésimo gusto a la hora de comer.
Entre comentarios de defensa por parte de Taiko, las cuatro adolescentes cruzaron las concurridas calles de Tokio. La chica de cabellos naranjas se paró en seco frente a una tienda de artículos electrónicos donde había algunos televisores de pantalla plana y exclamó feliz de la vida, asustando a sus tres amigas. Sus compañeras arquearon sus cejas al ver la actuación de la chica pero luego colocaron sus ojos en blanco al ver que la líder de las porristas simplemente estaba sufriendo de un ataque de fanática.
La imagen de la campeona olímpica de karate, Tatsuki Arisawa, se mostró en todos los televisores. La mujer, que era propietaria del mejor dojo de Japón daba una entrevista acerca de los jóvenes que participarían en las próximas olimpiadas representando el país. —¡Ella es tan genial!— exclamó Taiko, con ojos grises brillando por la admiración.
—Sí, mi padre la conoció en una reunión de trabajo,— comenzó Kaori, ganando la atención de Taiko. —Dice que es muy seria y agresiva, pero que en el fondo es buena persona,—
—A mí siempre me ha llamado la atención su tatuaje,— comentó Mei, mirando a la pantalla. —Ojos grises, cabello naranja… no me olvides… ¿Qué clase de tatuaje es ese?—
Taiko se encogió de hombros. —No sé, quizás representa a una persona a la que quiso mucho, ¿no?— Para Taiko esa era la única explicación al misterioso tatuaje de la campeona olímpica. Se imaginaba que Tatsuki lo había tatuado en memoria de un amor perdido. De alguien lo suficientemente importante como para no querer jamás olvidarle. —Es algo adorable, si me preguntan.— Añadió, sonriendo de lado ante la imagen de su ídolo.
Mitsuki se rió en voz baja, antes de susurrar, —Probablemente el amante perdido de Tatsuki Arisawa era familia tuya, Taiko. Ojos grises y cabello naranja… no hay muchos así en Japón— Las otras tres chicas se echaron a reír y la joven capitana negó la cabeza y le sacó la lengua con diversión.
Después de mirar un poco más las noticias, las cuatro chicas partieron cada una hacia sus respectivas casas. Taiko tomó su camino y sacó su móvil y sus audífonos. Se los puso a los oídos y comenzó a balbucear una de las canciones más populares del verano. El estribillo era uno pegajoso, uno que le hacía pensar que la música era una buena carrera a seguir… aunque la ingeniería también era tentadora. Aun le quedaba un año y medio en la escuela, por ello debía ir comenzando a pensar en qué carrera universitaria seguir. Su hermano era doctor y, aunque esa era una noble profesión, ella no se veía a sí misma como una doctora.
—¡Oye niña!— gritó un hombre casi traslucido. Taiko se detuvo en seco y le sonrió con amabilidad, antes de saludarle. Ese hombre era Takeshi Minamoto. El espíritu de un panadero de cincuenta y tantos años.
Sí, Taiko tenía la extraña habilidad de ver espíritus.
—Ohayo, Minamoto-san! ¿Cómo ha estado su día?— preguntó con amabilidad la muchacha, quitándose los audífonos. El espíritu se encogió de hombros.
—Estoy muerto, no es como si mis días fueran muy diferentes unos con otros, ¿sabes?— respondió Takeshi con cierta rudeza. Taiko la pasó por alto.
—¡Todos los días son diferentes, Minamoto-san! Incluso en la otra vida.—
—Lo dices porque estás viva,— Taiko mordió su labio inferior para evitar reírse. —De todas formas, sólo venía a decirte a que tuvieras mucho cuidado. He escuchado de otros espíritus que hay un cierto descontrol en el mundo de los espíritus,— masculló el hombre, llevando una de sus manos a su boca para que sólo Taiko lo escuchara.
—¿En el mundo de los espíritus?— Ella no conocía mucho acerca de ese extraño mundo, sólo sabía lo básico. Por ejemplo, ella sabía que existían unos espíritus llamados shinigamis que mantenían el balance de los mundos y que protegían las almas de los hollows, los espíritus malos del mundo. O algo así había escuchado. Minamoto asintió. —Eso no se escucha como algo bueno, Minamoto-san—
—¡Por supuesto que no, baka! Eso sólo trae graves problemas… pero de todas formas, yo ya te dije lo que sé. Si descubro algo más te lo avisaré. ¡Ten cuidado por ahí, niña!— Minamoto desvaneció frente a ella, dejándole en medio de la calle sola.
Taiko respiró hondo y se echó a caminar hacia el apartamento que compartía con su hermano a un par de calles más abajo. Se puso los audífonos pero no tuvo tiempo de encender el móvil porque escuchó a lo lejos un rugido de lo que ella imaginó era un hollow. Los vellos de su nuca se erizaron al escucharle y su corazón dio un vuelco al imaginar a las pobres almas que estaban en peligro eminente. Se quedó paralizada, y es por eso —y únicamente por ello— que logró ver la rápida sombra negra que saltó por los tejados en dirección del grito.
"¿Será posible que sea un shinigami?" Nunca en su vida había visto uno, por ello ella no sabía si esa rápida sombra era uno de esos héroes anónimos que mantenían los mundos balanceados. Sintiendo la curiosidad en su estómago, Taiko observó hacia la calle que conducía hacia su casa —hacía la seguridad—, luego miró hacia donde la sombra había corrido —al peligro—.
Basta decir que la curiosidad pudo más que sus deseos de ir a casa a ver un programa de comedia grabado.
La capitana del equipo de porristas corrió calle abajo, siguiendo su instinto. El grito del hollow venía desde un par de calles más abajo, así que imaginó que ese sería el camino que seguiría el supuesto shinigami… si es que era uno. Mientras corría, Taiko se amarró su larga cabellera naranja en una coleta de caballo, dejando su perfilado rostro al descubierto.
Su alma abandonó su cuerpo cuando giró la esquina y vio un hollow gigante en medio de la calle. Era grande, de cuerpo blanco y deforme; tenía largas garras azules en sus manos y piernas, y una boca enorme repleta de colmillos. Era un ser terrorífico. Taiko se quedó parada en medio de la esquina, observando al espíritu gigante rugir con furia.
La jovencita se limpió la capa de sudor que tenía en su frente, respirando agitada. Tenía miedo, y una parte de su ser —imaginó que era la supervivencia— le rogaba a gritos que se fuera de ese peligroso lugar. Pero ella decidió quedarse. Ver ese enorme espíritu la hacía sentir…
La hacía sentir viva.
Era algo extraño e irónico, pues aquella criatura podía ser capaz de matarle. Y allí estaba ella sintiéndose viva. ¿Por qué? Taiko no tenía ni la más mínima idea. La cosa era que eventos como ese le hacían sentir que había algo más en su vida… que ella había vivido eso. Una especie de deja-vu.
Dejó de respirar por unos instantes cuando la rápida figura negra salió de la nada y con un grito de guerra comenzó a pelear contra el enorme hollow. "Un shinigami… tiene que ser un shinigami," pensó. La figura era hábil y rápida; sabía moverse con tanta naturalidad que Taiko no pudo evitar pensar que ese shinigami había nacido para pelear. Lo escuchó lanzar un nuevo grito y luego, ante sus ojos, el hollow se desvaneció en cientos de pedazos que a los segundos, se volvieron nada.
Ya no había nada en medio de la calle. Sólo la figura de negro que ahora envainaba sus largas espadas a la cintura.
Taiko se había quedado sorprendida. No tenía palabras y su mente estaba en blanco. Eso que había visto había sido una de las mejores cosas que jamás en la vida pensó ver. El héroe anónimo, que para su extrañeza tenía una cabellera corta y naranja eléctrico, se cruzó de brazos, mirando hacia el firmamento. Por lo que la joven podía apreciar, el héroe anónimo vestía completo de negro, con unas extrañas ropas que ella imaginó que eran su uniforme.
Lo más extraño para la chica era que él emitía —porque definitivamente tenía que ser él— una especie de aura —si es que podía ser llamado de esa forma— que era fuerte, pero al mismo tiempo protectora. La calidez que se extendió por su pecho era extraña e incomprendida. ¿Por qué sentía que había percibido eso antes? ¿Por qué? Taiko tenía la misma sensación que se tiene cuando se percibe un aroma familiar, uno que, aunque sabemos que nunca hemos percibido, nos parece extrañamente familiar. Como si en otro momento, o vida, lo hubiéramos conocido.
Por unos instantes, la joven deseó colapsarse de rodillas al suelo y llorar. ¿Por qué? No tenía ni la más remota idea. Pero algo en ese héroe anónimo la hacía sentir hueca… vacía. Ese mismo sentimiento que llevaba años sintiendo y que no lograba explicar. Algo faltaba en su vida. Algo importante. Algo vital. Pero ella no sabía que era. Entonces, ¿por qué lo sentía ahora?
El shinigami, luego de unos segundos mirando el firmamento, comenzó a caminar hacia al frente, ajeno a la presencia de la chica. Taiko, sintiendo una extraña oleada de emociones en su estómago, decidió detenerle, pues él sin duda algunas necesitaba saber que era asombroso. La muchacha abrió sus labios para gritar pero una fuerte mano en su hombro la sobresaltó. Taiko se volteó asustada y se encontró con un chico de cabellos negros y ojos esmeraldas.
Hotaru Kei, su mejor amigo, la miraba extrañado.
— ¿Qué haces aquí?— preguntó, arqueando una de sus cejas. Taiko consideraba a Kei como la segunda persona más importante en su vida. Él era su mejor amigo desde que ella tenía uso de razón.
Taiko se volteó y miró hacia donde minutos atrás había estado el shinigami anónimo.
Ya no estaba.
—Nada,— mintió a sabiendas de que Kei era lo suficientemente inteligente como para saber que ella no estaba haciendo "nada" allí. El muchacho frunció sus pobladas cejas negras, mirándole fijamente con sus ojos esmeralda, antes de asentir lentamente. —¿Vas hacia tú casa?— cuestionó la chica, sonriendo de lado.
—No, iba hacia tú casa, de hecho. Quería que comenzáramos a estudiar de aritmética.—
—Oh si, el examen es la próxima semana, ¡lo había olvidado!— exclamó, mordiendo su labio inferior. —¡Venga, vamos a casa entonces!— Taiko haló a Kei por su brazo, pero, mientras corría hacia su casa hablando del examen, su mente no podía dejar de repasar al shinigami anónimo.
Como todas las tardes, Taiko siguió a sus tres amigas por las concurridas calles de Tokio. Era viernes y habían decidido ir a un restaurante de comida rápida a almorzar y a pasar un rato divertido. La muchacha había llamado a su hermano y le había dicho que iría a su casa más tarde. También había invitado a Kei, pero él se había excusado porque sentía un fuerte dolor de cabeza. —Espero que Kei-kun se sienta mejor,— suspiró, mordiendo el sorbeto de su refresco mientras caminaba junto a las otras tres chicas.
—Estará bien. Probablemente ya se tomó un analgésico y está descansando.—
—Yo digo que Kei-kun debería sonreír más y eso contribuiría a que no le dieran tantos dolores de cabeza,— comentó Kaori.
—Pero él sonríe… no tan a menudo como debería pero lo hace— defendió Taiko, echando el vaso a un contenedor de basura. —Por cierto, ¡mi hermano me llevará a ver una competencia en el dojo de Tatsuki-sama! ¡Quiero su autógrafo!— exclamó con entusiasmo la chica de cabellos naranjas, provocando que sus tres compañeras se rieran de su actuación.
No pasó mucho tiempo cuando las cuatro chicas cruzaron una avenida principal y se dirigieron hacia las tiendas que estaban al extremo de dicho sector. Los televisores gigantes que estaban en los edificios mostraban anuncios comerciales acerca de nuevos productos de belleza, nuevas series animadas, entre otras cosas de interés general.
La capitana del equipo de porristas se echó a la boca una barrita de goma de mascar, antes de quedarse paralizada al percibir algo… algo que había percibido días atrás cuando el héroe anónimo había salvado la vida de varias almas al vencer a un hollow. ¿Podía ser que ese extraño sentimiento fuera proveniente de ese shinigami? "¡No! No seas tonta, Taiko. Estás enloqueciendo," se dijo a sí misma, mascando con lentitud la goma de mascar. Los vellos de su nuca se erizaron levemente, mientras que su corazón palpitaba con fuerza.
Negó la cabeza y comenzó a caminar hacia donde estaban sus amigas. Miró el cielo y al verlo nublado sonrió ampliamente. Parecía que llovería. —¡Ah, va a llover!—
—Eres a la única que eso le parece divertido,— masculló Kaori, frunciendo su nariz con disgusto. La joven miró el cielo nublado y gruñó. Su cabellera se echaría a perder gracias a la lluvia.
—¡Pero si la lluvia es hermosa! Es como si con ella los dioses limpiaran las impurezas del mundo… como si el cielo y la tierra se conectaran gracias a ella.— Sus tres amigas le miraron como si hubiera perdido la mente.
—Sólo a ti se te ocurre semejante analogía, Taiko-chan—
Cierto, sólo a ella se le ocurrían semejantes analogías. ¿A quien más se le podía ocurrir eso? ¡Era estúpido! Sonrió con cierta tristeza y asintió, siguiendo a sus amigas. Se mantuvo callada, asintiendo y sonriendo sólo cuando era estrictamente necesario. Sus tres compañeras hablaban sobre la presentación de una banda sur coreana en el estadio de Tokio, además de platicar un poco sobre quiénes eran los chicos más atractivos de la escuela.
Cuando comenzó a llover, sus tres amigas se quejaron, antes de despedirse y marcharse hacia sus respectivas casas. Taiko sacó su sombrilla amarilla con patitos impresos y se dispuso a caminar hacia la casa que compartía con su hermano. Se sentía sola, no podía evitarlo. Aunque era la chica más popular de la escuela, Taiko sentía que no encajaba allí. Mordió su labio inferior, y con uno de sus nudillos limpió la imprudente lágrima que se deslizó por sus mejillas. "No seas tonta, Taiko. Ellos son tus amigos… sólo debes evitar decir tantas tonterías…" se dijo mentalmente, con tristeza. ¿Por qué debía cambiar su forma de ser para encajar en un grupo? ¿Por qué no había personas que la aceptaran como era ella? La chica suspiró y siguió su camino.
Con la relajación de escuchar el agua de la lluvia chocar con su paraguas, la chica se puso a pensar en los extraños sueños que estaba teniendo últimamente. Uno de ellos era en respecto a un apuesto hombre de cabellos castaños y ojos de igual color… con un mechón en su frente y que le llamaba a ella "el sol de las noches". A pesar de que la sonrisa que él formaba en sus finos labios se prestaba para ser una amigable, su aura era tan fuerte y malévola que ella no podía evitar temblar. Él la aterraba. Y no entendía por qué, pues nunca había conocido a un hombre como ese. Y si le preguntaban, Taiko no le encontraba ningún sentido a ese sueño.
No obstante, entre todos los sueños que había tenido en las últimas semanas, el que más le llamaba la atención era uno donde había un chico joven, mucho más joven que ella, con ropas hermosas y cabello corto y negro. El chico la había mirado con amabilidad, pero no con la misma amabilidad falsa del primer hombre, sino con una pura. Con una amabilidad y cariño puro que la hacía sentir feliz. Recordaba haber caminado con ese chico durante largas horas que parecían ser eternas, y nunca ella se había sentido más feliz y segura como en esos momentos. Entre las muchas cosas que habían hablado, ella sólo recordaba algunos términos, como "revivir," "dos acompañantes," y los nombres de "Sora" y "Ul…"
La chica se detuvo de repente cuando sintió una fuerza excesiva detrás de ella. Era un aura acojonante, capaz de provocar que los vellos de su nuca y de sus brazos se erizaran con miedo. Tragó seco y entrecerró sus ojos antes de darse vuelta con lentitud. Se encontró con que una figura alta y robusta, además de estar vestido de blanco, estaba detrás de ella. Bajó su paraguas para poder verle bien, provocando que la lluvia humedeciera su cabello naranja y su uniforme escolar.
La figura no era humana. De eso Taiko estaba cien por ciento segura. Nadie podía tener un cuerno en medio de la cabeza y una máscara pegada al cráneo… además de que se le notara la mandíbula al descubierto. No obstante, eso tampoco era un hollow, pues había visto algunos como para saber cómo eran, y mucho menos era un fantasma.
¿Qué era eso?
—H-Hola…— titubeó, dando un paso hacia atrás. Algo en su interior le pedía que corriera y que se alejara de semejante figura de forma inmediata. ¡Tenía que apartarse de esa cosa! ¡Tenía que hacerlo!
Pero dicen que muchas veces es más fácil decirlo que hacerlo.
Taiko se encontró paralizada por el miedo. Sus ojos grises evaluaban a la extraña figura que estaba frente a ella. Él no dijo nada, tampoco reaccionó ante el paso que ella había tomado hacia atrás. "Quizás si me aparto poco a poco no me haga nada," pensó, mordiendo su labio inferior. La muchacha dio un nuevo paso hacia atrás pero inmediatamente se arrepintió. Con una rapidez y fuerza brutal, la figura la tomó por el cuello y la alzó más arriba de su cabeza.
La chica lanzó un grito de terror cuando sintió que la fuerza de sus manos le prohibía el paso de aire a sus pulmones. ¿Iba a morir? ¿Moriría así? ¿Qué sería de su hermano? ¿Y de sus amigos? Taiko lanzó un par de patadas al aire, luchando por encontrar aire. ¡Ella no quería morir! ¡Ella tenía tantas cosas planeadas para hacer!
El extraño la lanzó por los aires y ella fue a caer de bruces en la acera, raspando sus rodillas y brazos. Su primera reacción fue respirar profundamente, dejándole paso al oxígeno a sus pulmones. Nunca había sentido tanta necesidad para respirar como en ese momento. Dio largas bocanadas de aire, antes de toser y entrecerrar sus ojos para liberarse de las molestas lágrimas de dolor. Su cuello, rodillas y brazos le dolían como los mil demonios, no obstante, ella, con la poca fuerza que tenía, se puso de pie y decidió correr muy lejos.
Sin embargo, la figura tenía otros planes, por eso desapareció de donde estaba y volvió a aparecer a centímetros de distancia de ella.
Taiko lanzó un alarido de terror cuando le vio aparecer de la nada, cayéndose de rodillas y volviendo a pegarse en sus golpes. —¡P-Por favor!— exclamó con miedo, con manos temblorosas. Él, a un par de centímetros de ella, alzó sus manos y uniendo sus dedos formó lo que parecía ser una esfera roja.
Una esfera que estaba dirigida a ella.
Ese era su fin.
Ella iba a morir. Moriría en medio de la calle, empapada y con rodillas golpeadas. Moriría sin saber qué había hecho mal. Moriría sin conocer a qué sabían los donuts que enseñaban en la televisión y que eran de una cadena norteamericana. Y más importante…
Ella moriría sin saber que era el amor. Moriría sin saber que se sentía la unión de dos labios… de dos amantes. Moriría sin saber cómo se sentía el sentir el corazón palpitar con fuerza ante la mirada de una persona especial… ella moriría sin ser amada.
Llevó sus manos a su rostro y ahogó un grito de terror. Sólo esperaba que Yûki no sufriera mucho. Tampoco Kei-kun. Ni sus amigas.
¿Dolería? Pues ella no estaba segura. Tampoco estaba segura de si ya todo había culminado, pues se sentía igual. Igual de viva, adolorida y asustada. Con lentitud bajó sus dedos de su rostro y se encontró con una figura negra frente a ella. Subió levemente su cabeza, olvidando que la lluvia le pegaba en los ojos, para fijarse en la persona. Su salvador estaba de espaldas, y por el color naranja eléctrico de su cabello, Taiko dedujo que debía ser el héroe anónimo que había acabado con el hollow el día anterior. Su aura era protectora y fuerte, lo mismo lo era su aroma masculino y picante… como la canela. La chica sentía ser envuelta por el manto del aroma y aura de él… se sentía protegida… y más importante…
Ella se sentía en casa.
—Es tú último ataque. Hoy acabaré contigo,— dijo él, en voz fuerte y varonil. Taiko lo contempló maravillada; él desvainó sus largas espadas y con un feroz grito de guerra, se lanzó hacia el espantoso ser que había tratado de asesinarla. El golpe de aire que emitieron ambos al comenzar a pelear la hizo llevarse las manos a su rostro para evitar ser lastimada. No podía definir bien quien estaba ganado, pues ambos eran demasiado rápidos, fuertes y letales. Se movían con tanta agilidad por entre los edificios y calles que Taiko se quedó asombrada.
Quizás la opción más acertada que ella debía de tomar por su bien era correr. Pero no lo hizo. Se quedó de rodillas, con una mano en su rostro, observándoles intrigada. Nunca había visto algo así… tampoco había vivido un ataque como el que había sufrido. Pero, lo único bueno —quizás— de todo aquello era que pudo ver una vez más al héroe anónimo.
Entrecerró los ojos cuando la criatura lanzó hacía una pared al shinigami, quien gruñó de dolor, antes de pararse y continuar peleando. Taiko deseaba hacer algo; deseaba con todas las fuerzas de su alma poder hacer algo. Él estaba peleando con una criatura que la había atacado… ella debía ayudarle.
"¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿QUÉ PUEDO HACER?" se repitió como en una especie de manta. "¿Qué puedo hacer?"
Por unos segundos, con sus ojos cerrados, Taiko sólo vio una larga cola de color azul ondear por entre la oscuridad de su mente. "Sabes mi nombre… sólo di mi nombre…" susurró en su mente. La capitana del equipo de porristas abrió sus ojos de par en par, asustada. ¿Qué diablos había sido eso? ¿Acaso ella estaba perdiendo la mente?
Probablemente porque había perdido su tiempo pensando en qué hacer, ella había pasado por desapercibido que el héroe anónimo estaba ganado el confrontamiento. Por ello se sobresaltó cuando la criatura lanzó un grito de dolor y estalló en cientos de miles de pedazos. El shinigami calló sobre sus pies a un par de metros más al frente que ella, con sus espadas a ambos lados de su cuerpo. Sus cabellos naranjas eléctricos estaban ensopados, pegados a su rostro y nuca por la lluvia.
—Deberías regresar a casa. La lluvia te hará daño,— dijo él, por primera vez hablándole a ella. Aún estaba de espaldas, por lo que ella no podía ver su rostro.
Taiko tragó seco, aun de rodillas en el suelo. —A-Arigato, shinigami-san.— Sacó de su rostro los mechones de cabello naranja que se le habían pegado por la lluvia. —En serio, gracias—
El shinigami se volteó casi de inmediato, y para sorpresa de Taiko, la miró con horror. Como si acabara de ver a un muerto viviente tras de ella. —N-No… no es posible,— Taiko se puso de pie, sintiéndose incomoda. ¿Qué estaba pasando? —¿Inoue? ¿Inoue?— Más rápido que un rayo, el shinigami estaba frente a ella, tomándole por los hombros y acercándola a su rostro. —¿Inoue, eres tú? ¿Por qué no puedo sentir tú reiatsu?— cuestionó, con voz ronca.
La chica trató de apartarse, pero cedió cuando se percató de que su agarre era mucho más fuerte que ella. ¿Por qué él la miraba de esa forma? ¿Por qué? ¿Quién era esa Inoue? ¿Qué era eso de reiatsu? Y… ¿por qué sus ojos color miel parecían estar tan adoloridos y… cristalizados? —L-lo siento, no sé quién es Inoue…— balbuceó, sintiendo su corazón arder. ¿Por qué le causaba tanta lastima el dolor de ese shinigami?
Él la miró unos segundos más, antes de soltar su agarre poco a poco. Taiko jamás había visto tanto dolor en una persona como en ese instante. Verlo alejarse, con sus ojos rojos y cristalizados, le hacían creer a Taiko que el corazón de ese chico había sido despedazado otra vez. Y eso le dolía… aunque ella no lo conociera.
—L-lo siento,— murmuró cuando él se apartó y le dio la espalda. —Gracias por salvarme… eres grandioso, aunque probablemente ya lo sepas.— Él asintió, antes de marcharse tan rápido como había llegado. La chica se abrazó a sí misma, sintiendo un horrible dolor en su corazón. Miró por unos minutos el camino que había tomado el shinigami tiempo atrás, antes de suspirar y seguir su camino, parándose solamente para tomar su paraguas.
—Así que no vas a decirme que pasó…— su hermano Yûki limpió con cuidado las heridas de sus rodillas, pasando con ternura el alcohol para que no le doliera tanto. Taiko trincó sus rodillas ante el ardor.
Suspiró, mirando a los ojos de su hermano mayor. —Sabes cuan torpe soy, niii-chan. Me caí al tropezar con una piedra en la calle. Iba pensando en cuan pegajosa es la nueva canción que utilizaremos en nuestra presentación de porrismo… y no me percaté del camino… lo siento, nii-chan.—
Su hermano le sonrió con ternura. —Debes tener cuidado para la próxima, Taiko. Una mala caída podría torcerte un tobillo y con ello tendrías que decirle adiós al porrismo.— Taiko asintió, sonriendo de lado.
—Prometo ser más cuidadosa, nii-chan— Taiko abrazó con fuerza a su hermano, quien le devolvió el abrazo. "Quisiera como primer acompañante a mi hermano Sora… lo extraño demasiado". Taiko se apartó de Yûki, forzando una sonrisa. ¿De dónde había venido esa voz? ¿Acaso esa era ella? ¿Y quién era Sora? —Iré a preparar la cena, nii-chan— dijo, básicamente corriendo hacia la cocina. Le faltaba aire…
¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué todos esos sueños y voces en su mente? ¿Acaso estaba perdiendo la mente? ¿Y ese shinigami? ¿Por qué la había llamado Inoue? ¿Quién era Inoue?
—¿Me escuchaste, Taiko?— La chica se sobresaltó al ver a su hermano frente a ella, mirándola fijamente. Yûki llevó una de sus manos a su frente, buscando si tenía temperatura alta. —¿Estás bien?—
Taiko sonrió con vergüenza, antes de reírse para evitar la preocupación de su hermano. —N-no es nada, nii-chan… ¿qué decías?—
Yûki suspiró, negando la cabeza. —Que mandé a comprar comida ya. Ya debe estar por llegar. Ve a descansar un poco, tan pronto llegue te llamaré, ¿vale?— Ella simplemente asintió.
El fin de semana pasó rápido. Taiko se había quedado en casa, ayudando a su hermano con los deberes de la casa. También había hecho algo de tarea y eso la había hecho despejar la mente. Con una amplia sonrisa en su rostro, la muchacha abrió las puertas de su aula y entró. Saludó a sus amigas y tomó asiento.
No pasó mucho para que el sensei entrara al aula y los mandara a todos a sentar y a callar. Y, de forma extraña, comenzó diciendo que en esa mañana se uniría un nuevo estudiante de intercambio. Taiko no le prestó atención, pues a su escuela siempre venían estudiantes de intercambio de otras escuelas de Japón. Era algo bastante normal.
Sin embargo, tan pronto la puerta se abrió y entró el estudiante, Taiko dejó su lápiz caer al suelo. Era el shinigami. El héroe anónimo que le había salvado y llamado con un extraño nombre. Lidiando con su sorpresa, la chica fue incapaz de darse cuenta que su mejor amigo, Kei, se llevaba las manos a su cabeza con una terrible jaqueca.
El shinigami se paró aun lado del sensei. —Denle la bienvenida a Kurosaki Ichigo. Es un estudiante de intercambio de la secundaria de Karakura. Estará un tiempo con nosotros…— ¿Kurosaki? Taiko sentía su frente fría. Ese nombre le sonaba familiar, pero podía jurar a los dioses que ella nunca había conocido a un Kurosaki. El shinigami caminó con naturalidad hacia la única silla disponible del aula. La misma que estaba a un lado de la de ella. Kurosaki tomó asiento y Taiko, incapaz de mirarle, se sintió escurrir por el asiento.
¿Quién era ese chico? ¿Y qué quería?
