CJC Week 2020.Día 1. Hamon/ Training A Caesar le están pasando cosas con el tonto de Joseph Joestar y no sabe cómo lidiar con eso en un día normal de entrenamiento.
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-¡El último que llegue se quedará sin cena!-gritaba Messina parado sobre el agua.
Caesar nadaba a toda velocidad, seguido de cerca por Joseph que a cada brazada acortaba más la distancia entre ambos. A Caesar le dolían horriblemente los músculos, pero era la última vuelta y reguló su respiración para hacer de ese último entrenamiento del día menos doloroso. De todas maneras, jamás se quejaría. No frente a JoJo.
La figura de Loggins se veía a unos diez metros. No era muy lejos, pero Caesar podía percibir que su respiración estaba agitada y que perdía velocidad. Joseph ya lo había adelantado y braceaba con furia y cero estilo hacia la meta. ¡Ah, no iba a permitir que un novato en esto del hamon le ganara así nada más!. Caesar sincronizó su inhalación y exhalación con el movimiento de su cuerpo pues, como había dicho Messina esos últimos días: "si su respiración es fuerte, sus músculos también lo serán". Se sintió ligeramente revitalizado y comenzó a nadar más rápido para alcanzar a ese tonto inglés.
Sólo unos metros más, sólo unos metros más, se decía. Dejó de preocuparse por su contendiente y se concentró exclusivamente en llegar a los pies de Loggins, que también estaba sobre el agua. Cerró su mente ante cualquier otro estímulo y de pronto su mano izquierda tocó un zapato. Se detuvo con brusquedad y sacudió la cabeza para quitarse el pelo de los ojos y alzar la vista: Loggins lo miraba con seriedad, pero con una ligera expresión de orgullo en sus ojos.
-Felicitaciones, Caesar. Has ganado. De nuevo.
Un chapoteo le indicó que Joseph acababa de llegar.
-¿Me quedaré sin cenar?-farfulló detrás de la máscara. Parecía que eso lo molestaba más que haber perdido.
-Por perezoso te pasa, Jojo-le dijo Loggins, medio en serio, medio en broma-. Ok, suficiente entrenamiento por hoy, pueden irse. La cena se servirá en una hora.
El hombre se marchó saltando ágilmente en el agua como si fuera una superficie sólida. Caesar y Joseph se miraron y comenzaron a nadar con calma hasta el muelle, que estaba a unos veinte metros más allá. Entre quejidos, subieron como pudieron y apenas sus cuerpos estuvieron completamente fuera del agua, se dejaron caer en la madera uno al lado del otro, jadeando.
-Me duele todo-se quejó Joseph-. Me duelen músculos del cuerpo que no sabía que tenía.
Caesar se rió y volteó su cabeza para mirarlo. El empapado cabello castaño le cubría la frente y sus brazos, extendidos a sus costados, brillaban con la luz del atardecer por las miles de gotas que los cubrían. Caesar se ruborizó, carraspeó y cerró los ojos para no seguir tentándose con tocar esa piel y apartar el cabello de ese rostro ufano.
Hacía tiempo que Caesar se había dado cuenta de que le "pasaban cosas" con Joseph. Al principio creyó que era algo superficial, una especie de admiración por el talento y al increíble suerte de ese tonto para pensar fuera de la caja y salir de situaciones peligrosas, como cuando le metió esa paloma asquerosa en la boca o cuando engatusó a los Hombres del Pilar para que le perdonaran la vida. Luego creyó que esas "cosas" que sentían era amistad cuando agarró a Joseph del brazo para evitar que se cayera del Pilar del Infierno cuando estaba a punto de llegar. Pero en esas semanas de entrenamiento, de risas, de compañerismo, de exasperación y sudorosas rutinas, Caesar por fin podía reconocer que "esas cosas" que le pasaban eran simplemente: le gustaba Joseph.
Lo cual era alarmante porque: 1) Nunca le había gustado un hombre antes; 2) El hombre en cuestión era un tonto y probablemente heterosexual y 3) Estaban entrenando para enfrentar a tipos muy poderosos que querían dominar el mundo.
Sí, no era el mejor contexto para el romance.
Pero, ¿eso quería? ¿Romance? ¿Una relación? ¿Sólo sexo? Se estremeció. Nunca había tenido sexo con un hombre, nada más allá de unos besos y caricias. ¿Quería eso con JoJo? ¿O quería algo más?
Caesar abrió los ojos para toparse con los azules de Joseph, mirándolo fijamente.
-¿Por qué nunca te quejas?-le preguntó Joseph, con genuina curiosidad.
-¿A qué te refieres?
-Nunca te quejas de dolor o cansancio, aunque Lisa Lisa y sus secuaces nos lleven al borde de la muerte.
-No soy un niño como tú-espetó Caesar. Quería sentarse, pero realmente estaba muy cansado, así que se volteó para quedar boca arriba-. Pero sí me canso. Estoy agotado, de hecho. Apenas puedo moverme.
-No pareces cansado.
-Lo estoy, me duele todo.
Joseph estiró el brazo y le dio un golpe en el antebrazo.
-¡Ouch!-se quejó Caesar, sobándose, lo que también le hizo doler su músculo ya fatigado-. ¿Por qué hiciste esto, idiota?
-Quería comprobar que eras humano.
Caesar emitió un sonido de disgusto y exasperación y se sentó, con las piernas flexionadas. Joseph lo imitó y se quedó mirándolo. Lo sabía, podía sentir sus ojos pegados en él.
-¿Por qué me estás mirando fijo? El hecho de que no me queje no significa que no sea humano-dijo Caesar, rompiendo el silencio.
-Lo sé, pero es que nunca pierdes la concentración ni nada, ¿cómo lo haces?
-Supongo que es porque conocí a Lisa Lisa antes que tú y deduje en seguida que no saco nada con distraerme o desobedecerle-le respondió Caesar, sin mirarle.
-¿Nada te podría distraer, en serio?
Algo en el tono que usó obligó a Caesar a mirarlo. ¿Fue idea de él o sonaba como si le estuviera coqueteando? Sintió que su estómago se apretaba.
-No, nada-gruñó, mientras miraba cómo Joseph se apartaba el cabello de la frente y sacudía la cabeza. Su piel húmeda brillaba con el reflejo de la luz y la ropa empapada se ajustaba a su figura de tal manera, que Caesar exhaló pesadamente.
La mano de Joseph fue hasta el brazo de Caesar que había golpeado y comenzó a frotar con delicadeza su antebrazo. Caesar no pudo reprimir un escalofrío al percibir esa caricia y sabía que no tenía nada que ver con la brisa que estaba corriendo.
-¿Qué-qué haces, JoJo?-preguntó, tratando de sonar calmado.
-¿En serio nada te distrae?
Caesar no contestó mientras Joseph seguía acariciando el antebrazo cerca del codo. Tragó saliva cuando su amigo subió tocándolo hasta la manga de la camiseta que cubría sus hombros. Ante el pánico que estaba sintiendo Caesar, lo único que atinó a hacer fue a regular su respiración y quedarse lo más quieto posible.
-¿Nada de nada?-le preguntó Joseph, suavemente.
Los dedos de Joseph estaban ahora masajeando delicadamente bajo la tela, cerca de sus clavículas. Caesar apretó los dientes, no tanto por la sensación cálida de las manos de Joseph sobre la piel fría y empapada, sino justamente por el hecho de que el sujeto de sus deseos estuviese tocándolo. Voluntariamente. ¿Acaso lo estaba probando? Si era así, no tenía por qué ser de esa forma. Va bene, JoJo no tiene cómo saber lo que me está pasando con él, pero aún así torturarme de esta manera me parece cruel, pensó. Se esforzó en controlar su respiración para relajar sus músculos y tomó la mano de Joseph con brusquedad para apartarla.
-No, nada me distrae. Ahora déjame en paz, que necesito sacarme esta ropa empapada e ir a comer algo.
Antes de que el otro pudiera decirle algo más, Caesar se levantó de un salto y se alejó caminando, evitando en todo momento mirar a Joseph. Sentía que su corazón martilleaba con violencia en su pecho y que un calor incómodo emanaba de su cara. Es más, ya no sentía frío pese a que seguía estilando y corría viento.
-¡Caesar!-gritó de pronto Joseph, corriendo a su lado y colocando el brazo en sus hombros.
-¿Qué quieres?-gruñó Caesar.
Joseph se acercó a su oído, provocando un espasmo en el cuerpo de Caesar, y le susurró:
-Guárdame algo de comer, por favor, ¿sí?
Caesar no pudo evitar reír. ¿Tan tonto era Joseph como para creer que lo dejarían sin comer sólo por perder una ridícula carrera de nado?
-Ven a cenar de todas maneras, la maestra Lisa Lisa no te dejaría sin comer. No es esa clase de persona.
-¿Estamos hablando de la misma mujer que nos arrojó a un pilar que chorreaba aceite a riesgo de perder nuestras vidas en nuestro primer día de entrenamiento juntos, verdad?
-Estamos hablando de la misma mujer, sí-rió Caesar.
Se sentía más cómodo hablando así con Joseph, siendo sólo amigos y compañeros de entrenamiento. Nada más. Debía dejar de pensar estupideces cada vez que viese al otro siendo… bueno, siendo Joseph Joestar. Tendría que aprender a controlarse mejor para evitar mirarlo embobado y hacerse imágenes poco decorosas en su cabeza, como qué se sentiría besarlo o cómo reaccionaría su cuerpo si Joseph hundía sus dedos en su melena rubia o si lo tocara en..
Ok, eso no estaba funcionando. Mientras caminaban, trató de enfocar su mente en el momento presente, pero fue demasiado tarde: Joseph lo empujó contra el suelo y Caesar, distraído como estaba, cayó con estrépito sobre la madera del muelle, apenas teniendo tiempo de amortiguar el golpe con las manos.
-¡Solo hay suficiente agua caliente en las duchas para uno de los dos y ese seré yo, jajajaja! Bye, Caesar!-gritó Joseph, corriendo a toda velocidad hacia el castillo.
-¡JoJo, eres un miserable!-gritó Caesar, incorporándose rápidamente.
Suspiró al ver su sonrisa, sus ojos brillantes y su atlético cuerpo correr y alejarse, riéndose a carcajadas. Se imaginó el agua de la ducha cayendo sobre Joseph y de pronto sintió la boca seca y un hormigueo bajo el vientre. Va bene, esta clase de pensamientos haría difícil una relación meramente fraternal con ese idiota. Debía controlarse. Cerró los ojos y respiró, respiró y respiró, como si estuviera nadando de nuevo.
Le bastaron diez segundos para darse cuenta de que no había funcionado: su incómoda erección era prueba de eso. Resignado, suspiró. En ese momento, bien valía la pena dejar a JoJo el agua caliente. Personalmente, Caesar necesitaba con urgencia una ducha bien fría.
