Joseph sólo quiere ver a Caesar usando un vestido y el cumpleaños de Smokey parece ser la ocasión perfecta.

Día 2 de CJC Week 2020.

Games/Competition

Makeup/Tequila

Este tiene de todo, espero les guste.

oOo

2. Tequila y mezcal

Joseph dio una patada a la puerta del departamento, sobresaltando a Caesar, quien tenía la nariz metida en un libro.

-¡Arg! ¿Qué te pasa, tarado?-le gritó el italiano.

-¿Se te olvidó? ¡Es el cumpleaños de Smokey! ¡Lo llevaremos a recorrer Nueva York!- anunció Joseph teatralmente-. Ya es mayor de edad y tenemos que emborracharlo y llevarle mujeres licenciosas ahora que es legal.

-Tentador pero no, gracias.

Joseph se acercó a zancadas al sillón donde estaba Caesar y agitó una bolsa frente a su cara.

-Traje ropa especial para la ocasión.

-JoJo, déjame en paz-gruñó Caesar, tratando de volver a su lectura, pero Joseph fue más rápido: le arrebató el libro de las manos y lo lanzó lejos-. ¡JOJO!

-Es solo un libro, deja de reclamar-le dijo Joseph, haciendo el amague de sacar el contenido de la bolsa.

-No quiero ver lo que traes ahí, conociéndote es algo tonto o brilloso que me hará ver ridículo-dijo Caesar, suspirando.

-No es tonto, sí tiene algo de brillo y te prometo que te verás divino.

-Eso me suena a amenaza.

Joseph se rió alegremente y acarició la mejilla de Caesar con delicadeza. Este lo miró con cara de pocos amigos.

-Oh, Caesar, ¿recuerdas cuando te cubrí con Lisa Lisa cuando no llegaste a tiempo a su entrenamiento especial de hamon? ¿La semana pasada? Si mal no recuerdo, me dijiste "Gracias, JoJo, te debo una"-dijo, imitando el acento italiano.

-¿Y me lo vas a cobrar ahora?

-Sí. Irás conmigo sin quejarte. Como un buen Caesarino.

-¡Deja de llamarme así!-exclamó Caesar, levantándose.

-¿A dónde vas?

-A ponerme ropa decente para salir contigo. Y no, no me pondré nada de lo que haya dentro de esa bolsa. No es parte del trato.

Joseph lo vio caminar hasta la puerta de su habitación y recoger con cariño el libro que había caído cerca, murmurando como "no hay respeto en esta casa". Sólo entonces se le ocurrió una idea para salirse con la suya.

-Te propongo algo, Caesar. Juguemos a alguna tontería. Si gano, irás conmigo con la ropa y el estilo que yo elija. Si tú ganas, bueno, te dejo con tu libro.

-¿Si gano me puedo quedar aquí leyendo y de verdad me dejarás tranquilo?-preguntó Caesar, apenas volteándose a mirarlo.

-Tienes mi palabra.

-No es como que valga mucho-murmuró Caesar.

-¡Hey! ¿Cuándo te he fallado? Me ofendes, Zeppeli.

Era cierto que se había ofendido. Joseph disfrutaba de inventar juegos para molestar a Caesar, porque sabía que era irascible y competitivo. Caesar también inventaba competencias absurdas para apostar o decidir cosas importantes, como quién pagaba la cuenta de la luz o quien sacaba la basura. Se podría decir que esos juegos eran la base de su relación. Una sala relación de amistad y de roommates neoyorkinos. ¿O era algo más? Joseph miró la espalda de Caesar y un estremecimiento lo recorrió al imaginárselo con la ropa que había traído exclusivamente para él. Se mordió los labios con impaciencia.

Como fuese, se conocían hace un poco más de cinco años, y en todo ese tiempo, ninguno había fallado en pagar una apuesta. Esa tarde no sería la excepción: Joseph iba a lograr su cometido. Vio que Caesar ahora lo miraba como si sopesara la oportunidad. Joseph sabía que era cosa de molestarlo un poco más para que cediera, pero se quedó callado, esperando que el otro dijera o hiciera algo. Finalmente, el rostro de su amigo se iluminó con una sonrisa autosuficiente para decir:

-Va bene, pero yo elijo el juego.

-Como quieras.

Caesar recorrió la habitación con la mirada y al cabo de unos segundos, sonrió con malicia. Ante la mirada de duda de Joseph, sacó dos pequeñas alfombras que estaban cerca de la cocina y las puso una al lado de la otra. Acto seguido, movió la mesa del comedor hacia el rincón junto a sus sillas y se paró cerca de la puerta de la entrada.

-Haremos una carrera sentados en esas alfombras, desde este punto-dijo, señalando una línea del piso de madera cerca de donde estaba-, hasta acá-indicó, caminando hasta la cocina.

-Es broma, ¿verdad?-preguntó Joseph, mirando con aprehensión ese espacio-. ¿Quieres que arrastre mi trasero como por… nueve yardas?

-Sigo sin entender por qué tu país y éste no usan los metros como todos los demás-murmuró Caesar-. Sí, quiero que arrastres tu trasero. Descuida, yo también lo haré. El primero que cruce la línea de la puerta de la cocina, gana. Ah y no se puede usar hamon.

Joseph no pudo confirmar que eso iba en serio hasta que vio a Caesar acomodar las alfombras en la "línea de salida" y sentarse en una de ellas con las piernas flexionadas. Esto va a ser divertido, pensó, sentándose a su lado. Era como las competencias de la escuela. Pan comido.

-Preparato?

-Sí.

-¡Ya!

Joseph intentó avanzar, pero sin éxito: apenas se movió unos diez centímetros. Por unos valiosos segundos se quedó mirando cómo Caesar se alejaba a toda velocidad moviendo sus piernas y trasero como si fuera una oruga. ¿Tanto quería seguir leyendo su aburrido libro en lugar de salir con él? ¡Obviamente había elegido ese ridículo desafío porque era muy bueno!, ¿cómo rayos podía deslizarse tan rápido? Le llevaba un metro o más de ventaja. Mierda, esto no era tan difícil, Joseph, concéntrate, se dijo. No podía dejar que Caesar ganara, no podía, menos en esta ridícula competencia. Desesperado, movió sus piernas y su trasero hacia adelante y avanzó una distancia considerable. Lo intentó una vez más y descubrió cómo debía coordinar piernas y trasero.

-¡Ja! ¡Ya descubrí la técnica!-gritó, arrastrándose para alcanzar a su rival.

-¡Muy tarde, JoJo! ¡No me alcanzarás!

Joseph sabía que sí. Ganaría. Sus piernas eran más largas que las de Caesar y abarcaba más distancia. Además quería verlo perder, quería verlo con el vestido, quería pintar esos labios y así tener una excusa perfecta para acercarse a su boca. De tan solo imaginarse esa situación fue motivación suficiente para alcanzar a su rival. Ya sólo quedaba un metro y los dos se movían velozmente, hombro a hombro, pegándose codazos y riendo a carcajadas.

-¡Gané!-chilló Caesar finalmente, al llegar a la línea.

-¡Claro que no!

Se detuvieron y se miraron, jadeando. Joseph le hizo a Caesar el gesto que mirara hacia atrás y vieron cómo la alfombra del primero había cruzado completamente la línea. La alfombra de Caesar estaba unos cinco centímetros detrás de la meta.

-Oh no-gimió Caesar.

-Oh sí-dijo Joseph, radiante-. En la escuela me enseñaron que debes pasar completamente la línea de llegada para ganar.

-Ya lo sé-gruñó Caesar, dejándose caer en el suelo-. Merda.

oOo

-Esto no era parte del trato-gruñó Caesar, treinta minutos después.

Joseph le daba los últimos retoques a los labios de Caesar, ahora de un morado brillante. Sus rostros estaban tan cerca que Joseph podía sentir la respiración del otro cerca de su nariz. Por esa misma razón, se demoró más a propósito en la boca. Y para disfrutar tener sujeta la barbilla de Caesar. Sí, era un masoquista, pues tuvo que luchar contra el impulso de besarlo.

-Una apuesta es una apuesta, Caesar.

-¡Dijiste que era solo ropa!

-Y estilo, ¿tú nunca pones atención? Además, este hermoso atuendo se perdería sin un maquillaje adecuado. Listo, ya puedes mirarte.

Había aguantado diez minutos a Caesar rezongando por ponerse un vestido precioso en tonos celestes y con un exuberante busto falso que se le veía tan bien. Joseph había tragado saliva al verlo, ruborizado y enojado a la vez. Luego tuvo que aguantar otros cinco minutos más la retahíla de insultos en italiano que le mandó Caesar cuando le dijo que debía maquillarlo. Pero lo había convencido y los resultados habían sido maravillosos.

Mientras Caesar giraba la silla para mirarse y se miraba boquiabierto frente al espejo, Joseph aprovechó de ponerse su viejo vestido rosado sin que el otro lo notara. De pronto Caesar gimió como si le doliera algo.

-Te dije que te verías divino-le dijo Joseph, subiéndose el cierre de la espalda.

-No saldré a la calle así-murmuró Caesar, tocándose la cara y poniéndose de pie.

-Una apuesta es una apuesta, Caesar. Y si te sirve de consuelo, yo también iré a juego-le dijo Joseph, acercándose.

-¿Qué?

Caesar se volteó rápidamente y su expresión cambió de horror a asombro. Joseph se estaba acomodando el tocado extravagante en la cabeza y le sonrió a Caesar, guiñándole un ojo. Se dio una vuelta para mostrarle el vestido en su magnitud.

-¡Te presento a Joseph Tequila!

-¿T-tequila…?-balbuceó Caesar, parpadeando lentamente.

-Bueno, el tequila lo guardo bajo la falda-admitió Joseph, encogiéndose de hombros-. Tú puedes ser Caesar Mezcal, que es como un tequila más artesanal, te gustará, lo prometo. Aunque si quieres ser Caesar Tequila, puedes ser Caesar Tequila. Compré tequila suficiente para ambos. Y limones. Y sal.

La cara que le puso Caesar fue digna de fotografiar. Tuvo nuevamente el loco deseo de estrecharlo entre sus brazos y arruinar su maquillaje a besos. Pero se contuvo. Necesitaba más tequila en el cuerpo para intentar hacer una cosa así. La noche recién empezaba.