CJC Week 2020
Día 4: Holiday/Confession
All I want for Christmas is you
Joseph miró el reloj de la sala: eran cerca de las tres de la mañana. Reprimiendo un bostezo, dobló el papel de regalo, le pegó la cinta adhesiva y volvió a dejar el paquete bajo el árbol. Con delicadeza, volvió a acomodar los regalos y les echó un último vistazo para asegurarse de que no se notara en absoluto que había abierto todos y cada uno de ellos.
Era experto en eso, desde pequeño no podía resistir la tentación de abrir los regalos antes de Navidad porque no podía controlar su ansiedad. Con los años, dejó de sentir culpa también porque entendió que era más sencillo fingir sorpresa al abrir los regalos que estar de mal humor e irritable durante días por no saber qué eran.
Y la Navidad de ese año, en la isla Air Supplena, no iba a ser diferente.
Considerando todos los eventos de febrero: los Hombres del Pilar, la casi muerte de Caesar, la casi muerte propia y sumarle a una Europa iniciando una guerra estúpida, Joseph Joestar sólo quería pasar unas fiestas de fin de año en paz. Era lógico entonces que se hubiese escabullido de su habitación a abrir los regalos de Navidad de la sala.
Volvió a mirar los regalos bajo el árbol. Había un pequeño problema que, si bien no era grave, lo molestaba. Estaban todos sus regalos: el de Lisa Lisa (una bufanda verde que le hizo sentir que ella no se había esforzado lo suficiente considerando que era su propia y recién descubierta madre), también el de Suzie (unos cómics maravillosos, cómo se notaba que lo conocía bien), el de Messina (unos guantes espectacularmente cómodos para su prótesis, se los había probado ya) y el de granny Erina y el del tío Speedwagon (un lujoso set de rasurado y cuidado para el cabello, algo muy útil y bonito considerando lo salvaje de su melena).
Pero no estaba el regalo de él.
¿Caesar Zeppeli no iba a regalarle nada después de todo lo que habían pasado juntos? Sigilosamente, se dirigió a su habitación y mientras subía las escaleras, las imágenes de un muy malherido Caesar se le pasaron por la cabeza: sangre, gritos, Lisa Lisa llorando y aplicando hamon sanador para mantenerlo con vida, meses de terapia y sanación en el hospital. Hubo un periodo largo en que no lo vio, porque Joseph mismo había pasado una temporada en otro hospital recuperándose de la batalla con Kars. Suzie lo había cuidado y mantenido al tanto de la recuperación de Caesar y, apenas Joseph pudo moverse, se apresuró a visitar al estúpido italiano.
Joseph entró en su habitación, se quitó los calcetines y se dejó caer pesadamente en la cama. Apretó los ojos para evitar recordar a Caesar inconsciente en una camilla, escena que lo había perseguido todo el año. A veces tenía pesadillas, que sólo se disipaban cuando veía a Caesar sonreír y bromear mientras entrenaban. Porque claro, habían vuelto a entrenar juntos, ¿qué otra cosa podía hacer Joseph? Su abuela quería que volviera a Estados Unidos y que fuera a la universidad o que trabajara, no estaba muy feliz con la decisión de seguir siendo un maestro del hamon,
Pero por la sonrisa autosuficiente y los chispeantes ojos verdes de Caesar Zeppeli, Joseph seguía en Italia. No podía hacer otra cosa por el momento, aunque quisiera. Ya no podía ignorar ese sentimiento dulce y punzante que sentía en el pecho cada vez que veía a ese arrogante italiano. Pero compartía el sentimiento de granny Erina. Estaba harto de entrenar, de toda esa mierda de luchar, del hamon, de la herencia de su abuelo, de todo. Honestamente sólo quería una vida tranquila y feliz, lejos de seres poderosos y superpoderes. Pero tampoco quería alejarse de Caesar y no quería apartarlo de su vida sin antes explicarle, sin antes decirle…
¿Qué? ¿Qué iba a decirle? ¿Que con diecinueve años estaba perdidamente enamorado? ¿Que quería que estuviesen juntos, aunque solo fueran amigos? ¿Que quería que viajara con él a Estados Unidos? Joseph se removió incómodo en la cama. Hasta le había comprado un obsequio de Navidad. Sí, así de trastornado estaba. Con un suspiro de resignación, se estiró para sacar un paquete que estaba bajo su cama. Lo examinó a la escasa luz que entraba por la ventana, preguntándose si acaso debía entregárselo o simplemente debía omitirlo e irse a Estados Unidos, así sin más.
Además ese tonto no le había hecho ningún regalo, ¿se merecía acaso que él le diera uno? Joseph sonrió al mirar el regalo envuelto en un brillante papel. El regalo era sólo una excusa para poder estar con él a solas y confesarle lo que sentía. Tenía que dárselo, era más dramático y cursi cerrar el asunto así. De todas maneras, sabía que Caesar no sentía lo mismo. Joseph estaba seguro que lo veía como un hermano y, además, el italiano tenía cierta reputación de casanova. No, era mejor decirle lo que sentía y después podría irse en paz a Nueva York en el endemoniado barco que lo esperaba en Nápoles en unos días más. No quedaba mucho tiempo.
Con un suspiro, volvió a dejar el paquete donde estaba, se acomodó en posición fetal y se obligó a dormir, pese a que la cena de Nochebuena y los nervios estaban causando estragos en su sistema digestivo. Reguló su respiración y al cabo de unos minutos, su cuerpo pareció relajarse.
Suzie cocina realmente bien, pensó mientras sus ojos se sentían pesados.
Realmente bien…
La extraña sensación de que alguien lo observaba lo volvió a la realidad. Abrió un ojo, sorprendido y gruñó al percibir un haz de luz que entraba por la ventana. Alguien había abierto las cortinas. Con un gruñido, se tapó la cara con una almohada y se acomodó para seguir durmiendo.
-JoJo-dijo una familiar voz a sus espaldas.
Por un segundo, Joseph pensó que estaba alucinando, pero por si acaso se sentó en la cama con tanta velocidad que se sintió ligeramente mareado. Parpadeó con dificultad para enfocar a Caesar, que estaba sentado junto a él, observándolo.
-¿Caesar? ¿Qué- qué haces aquí? ¿Qué hora es?
-Las siete, los demás siguen durmiendo-informó el italiano-. Supongo que en cualquier momento despertarán para que bajemos a abrir los regalos.
-¿Me despertaste temprano para que fuéramos a entrenar? Bro, es Navidad.
-Buon Natale- dijo Caesar-. Y no, no vine a levantarte para entrenar, aunque lo necesitas, apuesto a que olvidaste la técnica de la semana pasada.
-Feliz Navidad para ti también, Caesar-dijo Joseph con sarcasmo, dejándose caer en la cama-. ¿Para qué me despertaste entonces si no es para seguir torturándome?
-Quería darte tu regalo-dijo él, guiñándole un ojo. Solo entonces Joseph notó que Caesar tenía una mano escondida en su espalda.
Joseph se sentó rápidamente. Con que sí le había comprado algo para Navidad.
-¿Ahora? ¿Por qué no lo pusiste en el árbol?-Joseph lo miró con ojos acusadores.
-Porque sabía que lo abrirías antes-dijo el otro, encogiéndose de hombros-. Y quería dártelo en persona.
-No puedo contra esa lógica-admitió Joseph-. ¿Por qué tanto secreto, me compraste algo indecente? Por favor, dime que sí.
-Claro que no-rió Caesar-. Pero cierra los ojos.
-Ni modo
-No lo envolví.
Con una última mirada de exasperación, Joseph cerró los ojos y extendió las manos. A cada eterno segundo que pasaba, se iba poniendo muy ansioso. Y se sentía extrañamente vulnerable. El corazón palpitaba con furia en los oídos, alerta. Sintió que Caesar se movía sigilosamente. Y justo cuando empezaba a sentir que todo eso era una especie de broma e iba a abrir los ojos para darle un puñetazo al italiano, sintió que algo se acercaba a su cara. Conociendo a Caesar, seguramente sería un pastel con crema o algo para rayarle la cara, así que instintivamente se apartó.
Abrió los ojos y entonces ocurrió algo que jamás pudo prever: el rostro de Caesar estaba muy cerca y con una expresión de frustración. Antes de que pudiera preguntarle qué estaba haciendo o golpearlo, la mano de Caesar lo tomó de la barbilla y le plantó un beso en los labios sin más preámbulos.
El cerebro de Joseph sufrió una conmoción y un cosquilleo similar al del hamon le recorrió la columna. Los labios cálidos de Caesar jugaron con los suyos unos segundos antes de que la mente de Joseph volviera a funcionar de nuevo. Caesar Zeppeli lo estaba besando. No, no parecía estar ebrio, rara vez se embriaga, ¿se habrá pegado en la cabeza?, quizás él mismo se había pegado en la cabeza y ahora estaba muerto y no lo sabía, ¿estoy soñando aún?, ¿estoy en un universo paralelo? ¿Kars había dominado el mundo finalmente?
Antes de que pudiera procesar todo lo que estaba ocurriendo, Caesar se apartó con delicadeza y Joseph se atrevió a abrir los ojos. Su amigo tenía la mirada cabizbaja y pudo notar un ligero rubor en sus mejillas. Parecía tener una lucha interna.
-Lo siento, JoJo, yo…
-Oye, antes de que pierda la cordura, yo… eh, ¿a-a qué viene esto?
-Bueno, yo...
-¡Mírame cuando te hablo, Caesar! ¡Esto es una broma o qué! Falta para el Día de los Inocentes.
Caesar levantó la mirada y Joseph pudo ver en gloria y majestad su rostro completamente ruborizado. Pero sus ojos verdes eran fieros y decididos. Se veía realmente adorable y Joseph tuvo que luchar con el impulso de arrojarse encima.
-Yo… me gustas JoJo-musitó Caesar-. Claramente más que como un amigo, no sé si el beso ayudó a esclarecer eso.
Esta vez Joseph sintió un desagradable calor en sus mejillas y un retorcijón de tripas. Parpadeó varias veces, procesando lo que acababa de escuchar.
-¿Que-qué?
-¿En serio tengo que repetirlo?-resopló Caesar, frunciendo el ceño.
-¡Ah, bueno, perdón si te molesta que esté en shock tratando de descifrar lo que me acabas de decir!
-¡No hay nada que descifrar, me gustas y ya está!-bramó Caesar, cruzándose de brazos, ofendido.
Joseph se inclinó sobre él y tomó su cara para obligarlo a mirarlo. Se perdió en esos ojos que lo miraban, desafiantes.
-Pues tú también me gustas.
-¡No seas ridículo, no me tienes por qué seguir la corriente!-bramó Caesar, levantándose muy enojado.
-Eh, ¿qué?
-No tienes que decirme cosas que no sientes de verdad solo porque te dije que me gustabas-replicó Caesar-. Es una tontería, en fin, yo… mejor me voy-añadió, algo azorado.
-¡Caesar!
Joseph alcanzó a tomarlo del brazo y tiró de él para que volviera a sentarse.
-No te estoy siguiendo la corriente, estúpido, ¿por quién me tomas?-murmuró, sintiendo que hasta el corazón le sudaba de nervios-. Me gustas, Caesar, hace tiempo. De verdad. No sé por qué, porque eres un idiota, pero me gustas y me he quedado todo este tiempo aquí por ti, pensando en cómo decírtelo y…
Caesar acortó la distancia entre ambos y le dio un beso, pero esta vez apasionado. Joseph dejó de respirar momentáneamente cuando sintió la lengua del otro introducirse en su boca. Perdió la conciencia de cuánto tiempo estuvieron concentrados en la tarea de seducir al otro, como si siguieran compitiendo aún besándose apasionadamente. Cuando necesitaron respirar, se apartaron unos centímetros y se miraron.
-¿De verdad vas a volver a Estados Unidos?-preguntó Caesar, acariciando la mejilla de Joseph.
-Lisa Lisa te lo dijo.
-Sí. Me dijo que te vas mañana.
-¿Es por eso que viniste a darme mi regalo de Navidad?-le preguntó Joseph, sonriendo burlonamente-. Gran regalo, por cierto.
-¿Ah, sí? Pues no has visto el resto.
Caesar se apartó un poco más y sacó un sobre del bolsillo. Con una sonrisa pícara, se lo pasó a Joseph, que lo abrió. Habían pasajes de barco en él, desde Nápoles hasta…
-Nueva York-jadeó Joseph-. ¿Acaso…?
-Esatto, stupido, viaggerò con te- dijo Caesar-. Lisa Lisa viajará después cuando arregle sus asuntos aquí, quiere cambiar de aire, así que puedo seguir entrenando allá y, ¿quién sabe? Quizás me dedique a esto del hamon. Y tú puedes hacer lo que quieras hacer con tu vida y…
Joseph lo atrajo hacia sí en un apasionado beso y luego lo separó con brusquedad. Caesar se quejó.
-¿Sabes cuánto dura el viaje? Más o menos veinticinco días. VEINTICINCO. ¿Serás capaz de soportarme? No podrás escapar a ninguna parte, es decir, estaremos en un BARCO y no, tirarte al Atlántico no es opción.
Caesar se rió y le dio un tierno beso como respuesta.
oOo
Buone Natale: Feliz Navidad
Esatto, stupido, viaggerò con te: Exacto, estúpido, viajaré contigo.
