Día 5 de la CJC Week 2020
Food, Drinks|| Kisses
Este tiene de todo y, honestamente, me gustó tanto este AU que posiblemente quiera extender esta historia.
Y sí, planeo hacer toda la CJC Week 2020 aunque ya sea 2021, lol.
¡Espero lo disfruten!
oOo
Mi odioso vecino
El atardecer desde aquel balcón era maravilloso. La luz se filtraba por las pocas nubes en el cielo y se reflejaba en las ventanas de los altísimos edificios del centro de la ciudad. Caesar aspiró su cigarrillo, demasiado tranquilo consigo mismo. Llevaba dos años viviendo en ese apartamento, en un edificio pequeño y antiguo que no tenía ascensor y que estaba cerca del restaurante en el que trabajaba. Estaba rodeado de parques y plazas, de arte y música y de gente de muchas partes del mundo. Una joya dentro de esa ruidosa metrópolis.
Sí, podría decirse que por fin había encontrado la paz en su vida.
Y nada podía perturbarla.
Nada, excepto…
-¡¿Cómo que no podrás ir?!-exclamó una estridente voz femenina que entraba por la ventana-. ¡Te avisé con tiempo, hace SEMANAS!
-¡Lo sé, pero no puedo, que tengo cosas que hacer!-exclamó una voz masculina con un fuerte acento británico-. Es época de pago de impuestos y todo lo demás, Hacienda está respirándonos sobre la nuca y no podemos cometer ningún error de contaduría.
-¡Es sólo UNA noche, Joseph!
-¡No puedo!
-¡Bien! ¡No te quejes después si te dejo por alguien más joven!
-¡Haz lo que quieras!
Ah, Joseph Joestar, su vecino. Cómo olvidar esas frecuentes peleas con el séquito de sus novias innecesariamente jóvenes. Era cosa de todos los meses y Caesar ya conocía su rutina: Joestar se sentía solo, se iba de fiesta una semana y volvía del brazo con una muchacha. Tenían su semana de luna de miel en la que tenían sexo innecesariamente escandaloso por todos los rincones del departamento y luego venía la semana de la gran pelea, en la cual su vecino tomaba una actitud desafiante y mandaba a volar a la muchacha en cuestión. Finalmente venía la semana de soltería tranquila y sosegada, pero rápidamente se sentía solo y volvía a salir de cacería, empezando de nuevo ese círculo vicioso. A Caesar le había parecido divertido al principio: Joseph Joestar, un hombre de mediana edad, cayendo el cliché de salir con mujeres más jóvenes para ignorar el vacío existencial de su propia vida.
Ahora simplemente le parecía vergonzoso y algo triste.
Caesar se sobresaltó al escuchar unos gritos ahogados y un distante portazo. Acabó el cigarrillo y lo apagó en el cenicero junto a él. Se estiró perezosamente, bostezó y entró a la sala. Sacó de su bar el clásico whisky que tanto le gustaba a Joseph (y que éste se negaba a comprar por su cuenta, el muy tacaño) y lo dejó sobre la mesa, con el oído atento. Esta parte de su rutina también era importantísima. Tenía que escuchar la aspiradora y el ruido de muebles moviéndose para saber que era seguro presentarse, pues Joseph tenía la manía de hacer aseo profundo apenas una de sus novias se iba para siempre. Como si no quisiera dejar rastro de ella.
Distraído, Caesar guardó sus cigarrillos en los bolsillos. Sabía que estaba muy viejo para sentir lo que sentía por ese idiota. Más que mariposas en el estómago, parecían polillas. Pero era inevitable no caer en sus encantos, con ese acento tan británico y flemático, ese maldito sentido del humor y esos bonitos ojos brillantes. Hace mucho tiempo (años o décadas tal vez) que no sentía algo así por un hombre. Sentir cosas románticas por alguna mujer era más recurrente e inevitable en su vida porque, bueno, las mujeres eran diosas.
Pero los hombres… especialmente de su edad, dejaban bastante que desear. Alcohólicos, violentos, competitivos, viciosos, traumatizados por la guerra y postguerra, metidos en otra… en fin, demasiado heterosexuales. Era finales de los sesenta y era una época complicada, Caesar lo sabía. Pero Joseph Joestar era la excepción a todos los hombres que había conocido, era divertido, inteligente, un poco idiota, amigable, fanático del orden y bullicioso. Y lamentablemente - como el gran historial de conquistas le hizo entender en seguida-, completamente heterosexual; así que Caesar reprimió las polillas en el rincón más inhóspito del desván de su mente y se dedicó a convertir esas emociones en un amor platónico disfrazado de amistad casual. Lo cual se le daba muy bien.
El ruido de la aspiradora lo sacó de sus cavilaciones, así que tomó la botella y salió de su departamento. Tratando de no verse muy ansioso, bajó por las escaleras al piso inferior y apenas tocó la puerta vecina cuando Joseph le abrió con una sonrisa cálida.
-Ya te estabas tardando.
-Buenas noches para ti también-gruñó Caesar, pasando sin invitación-. ¿Qué fue esta vez?
-¿Qué cosa?-preguntó Joseph, cerrando la puerta.
-¡El motivo por el que inventaste una pelea con tu novia!-gritó Caesar por sobre el ruido del aparato-. ¿Puedes apagar esa cosa?
-Déjame limpiar la habitación primero.
Joseph fue a su habitación y se encerró a pasar la aspiradora mientras Caesar sacaba dos vasos del mueble. Su vista se distrajo al ver una fotografía de la hija de Joseph y su esposo en su boda. Siempre le había gustado esa foto, porque además de ser hermosa, Caesar la usaba para molestar a Joseph con su yerno, que era japonés. Su vecino se irritaba de sobremanera con el tema, no por la nacionalidad del esposo, sino porque se había llevado a su hija a vivir al otro lado del mundo.
Buscó con la mirada si acaso había alguna señal de la (ex) novia y a simple vista sólo vio el cenicero con colillas manchadas con lápiz labial. Ligeramente irritado, tomó el objeto y lo vació en el basurero de la cocina. Luego lo lavó concienzudamente y lo secó con un paño.
-Si quieres hielo, saca sin problemas-le dijo Joseph a sus espaldas, guardando la aspiradora en un mueble.
-No, gracias. ¿Tú quieres hielo?
-Por supuesto que no.
Caesar volvió a la sala, dejó el cenicero y sirvió cantidades generosas de whisky. Joseph anduvo de aquí para allá, sacando ropa de cama y revisando muebles, hasta que volvió a la sala para recibir el vaso que Caesar le tendía.
-Salud-dijeron al unísono.
Bebieron en silencio unos segundos. Entonces Caesar tuvo que preguntar:
-Cuéntame entonces, ¿por qué se fue? ¿Qué inventaste esta vez, Joestar?
-Ella inventó la pelea sola-respondió Joseph, mirando a su alrededor-. No quise acompañarla a una cena importante con su jefe mañana. Bueno, eso después de ignorarla unos días.
-Todo un caballero.
-Hey, siempre le dije que no era nada serio-replicó Joseph, percibiendo el sarcasmo y mirando distraídamente la sala-. Se lo dije muchas veces, si ella no escuchó no es problema mío. Además nunca acepté ir a esa estúpida cena… ¿No has visto nada de ella por aquí, verdad? Siempre dejan algo, es exasperante.
-Sólo su dignidad y su tiempo.
-Ja-ja-ja. Muy divertido.
-Sólo vi el cenicero y ya lo limpié-respondió Caesar, riéndose en serio al verlo enojado. Era muy divertido hacerlo enfadar-. Te ahorrarías muchos problemas si fueras menos… licencioso. Con todos respeto, ¿no crees que estás muy viejo para comportarte de esta manera?
-¿Comportarme cómo?-quiso saber Joseph, pasando un plumero por los estantes de la sala.
-Esto de tu ciclo de novias.
-Ah, eso. Yo no le veo nada de malo, Zeppeli.
-No es que sea malo, no es saludable- dijo Caesar, sentándose en el sofá con elegancia-. Simplemente te dedicas a usar a las mujeres.
-Nos usamos mutuamente. ¿O tú crees que se acuestan conmigo porque soy joven y apuesto?
-Feo no eres.
-Pero sí viejo y con dinero, ¿verdad?-respondió Joseph, bebiendo un trago del vaso que tenía en la mano-. Tú deberías dejar de sermonearme y hacer lo mismo. Ya pareces cura.
-Nací en una familia católica italiana, no puedo evitar sermonear a la gente- dijo Caesar-. Pero cura no soy, Dios me libre.
-Eres el estereotipo de un italiano de mediana edad, sólo te falta ser mafioso.
-Molto divertente, vero?
-En inglés, por favor-pidió Joseph.
-¿Te parece muy divertido, no?
-Es que enserio, Zeppeli. ¿Cómo es que nunca te casaste? No eres tan feo tampoco.
-Gracias por el "tan"-replicó Caesar-. Pero el matrimonio no es lo mío. Prefiero las relaciones formales sin papeleo de por medio.
-Ah, eres de los míos.
-Disculpa, pero entre nosotros, tú eres el único que se ha casado. Y tus relaciones no son formales, Joestar, por favor. Cambiando todos los meses de novia…
-Escandaloso, ¿verdad?
-Sí, temo que tus escarceos sexuales me espanten para siempre el sueño de lo escandaloso que eres.
-Envidioso.
Caesar lo miró con ojos entrecerrados mientras Joseph seguía limpiando. Sí, era envidia, pero no de él. Era envidia por ellas. Le encantaría tener la oportunidad que tenían esas jóvenes de compartir la cama con ese hombre. Bebió lo que quedaba de su vaso con impaciencia y se levantó para servirse más.
-Puede que tengas razón-reconoció Caesar-. ¿Quieres más?.
Joseph vació su vaso y se lo pasó al mismo tiempo que exclamaba:
-¡Ajá! ¡Así que sí estás envidioso!
-Tienes razón sobre lo de sermonearte, tu vida es cosa tuya-respondió Caesar, exasperado. Sirvió nuevamente ambos vasos y le pasó el suyo a su vecino antes de sentarse-. Solo cuídate, va bene? En cualquier momento aparecerá una mujer diciendo que tiene un crío tuyo o una loca que te asesinará mientras duermes. O peor, terminarás casándote por caliente y no por amor y serás infeliz.
-¿En tu escala de valores es peor que me asesinen a que me case de nuevo? ¿Qué clase de católico eres?
Caesar rió a carcajadas y Joseph le guiñó un ojo mientras terminaba de chequear muebles y repisas. Ese simple gesto le provocó sonreírle de vuelta estúpidamente. Ah vaya, el alcohol le estaba llegando a la cabeza. Se estaba haciendo viejo. Estaría bien conservado y todo, pero ya tenía cincuenta años. Y además estaba bebiendo demasiado rápido.
-Revisión completa, no encontré nada, pero limpiaré a fondo después. Bebamos por mi soltería, como siempre lo hacemos-respondió Joseph, sentándose frente a él.
-Como si te durara demasiado-dijo Caesar, alzando su vaso antes de beber.
-Eso sonó acusador, Zeppeli. ¿Cuál es tu problema con mi estilo de vida? Además de que estás celoso, claro.
-No estoy celoso-gruñó Caesar-. No tengo motivos.
-Bueno, me va mejor con las mujeres que a ti.
-El hecho de que yo prefiera las relaciones de bajo perfil, no significa que no las tenga, Joestar-replicó Caesar, ligeramente ofendido.
-Eso siempre dice la gente solitaria.
-Joestar, créeme, me va mejor con las mujeres que a ti, pero simplemente no ando alardeando de ello-dijo Caesar con severidad. Se estaba empezando a molestar en serio.
-Patrañas. Te conozco hace como dos años y jamás te he visto con alguna mujer.
-Pero no somos amigos desde siempre-argumentó Caesar.
-Ciertamente… ¿cuándo fue que me empezaste a caer bien?. No lo recuerdo.
-¿Sabes qué? Ýo tampoco-rió Caesar, bebiendo un generoso trago de su whisky-. Pásame el cenicero, por favor.
Joseph arrugó la nariz en un gesto de asco, estiró el brazo y se lo alcanzó. Caesar sacó la caja de cigarrillos y se registró los bolsillos buscando su encendedor.
-Yo recuerdo que llegaste al edificio hace unos años, dándote aires de grandeza por ser un chef italiano importante. Eras bastante arrogante, ¿lo sabías? Nos topamos en las escaleras una vez, cuando yo estaba abriendo la puerta…
-Ah sí, te encaré por ruidos molestos-recordó Caesar, con un cigarrillo en los labios. ¿Dónde había dejado su encendedor? Estaba seguro que lo había traído.
-Y yo te dije que no hacía ruidos molestos.
-Los ruidos sexuales cuentan como ruidos molestos, Joestar-dijo Caesar.
-Sí, eso mismo me dijiste esa vez-comentó Joseph, levantándose para sentarse junto a Caesar-. Te dije que escucharas música o algo y que me dejaras en paz.
-Y después se te ocurrió tener sexo en el balcón solo para molestarme, cómo olvidarlo. Y en el único horario en el que puedo dormir por mi trabajo. Muy maduro… Dove cazzo è?! ¿Dónde mierda está?
Joseph se rió por el exabrupto y sacó un encendedor del bolsillo, lo encendió y lo acercó galantemente a la cara de Caesar. Éste, sorprendido, acercó su cigarrillo y aspiró una bocanada de humo.
-¿Desde cuándo tienes encendedores en esta casa?-preguntó, ligeramente cohibido por el gesto.
-Se dice "gracias"-respondió Joseph-. Y lo tengo desde que vienes seguido. No te sientas tan especial, no es que avale tus vicios tampoco.
-Pensé que era de la última muchacha.
-No, es mío.
-Grazie. Y, solo para que lo sepas, yo tampoco avalo tus vicios.
-No tengo vicios.
-Ah, ¿disculpa? ¿De qué estábamos hablando recién?-preguntó Caesar, bebiendo un trago.
-Bueno, dejando de lado las mujeres…
-...mujeres jóvenes...-corrigió Caesar.
-Bueno, aparte de eso, no tengo vicios.
-Estás obsesionado por tu trabajo.
-¡Mira quién habla!-exclamó Joseph, dándole un golpe amistoso en el brazo antes de beber un trago.
-Joestar, soy un chef famoso. Tengo que trabajar bastante si quiero seguir así, mi profesión es…
-Sí, ya lo sé, siempre me dices lo mismo cuando te tomo el pelo-rió Joseph, rascándose la barba entrecana-. A todo esto, ¿no trabajas hoy? Es tarde.
-Sí, pero más tarde. Vendrá un crítico esta noche, pero dejé a Messina a cargo, por algo es mi sous chef. Privilegios de ser el jefe, supongo.
Podía sentir la mirada de Joseph fija en él y esto lo incomodó más que de costumbre. Notó que los hombros de ambos estaban rozándose y, seguramente por efectos del alcohol en su cuerpo, una corriente cálida le recorrió la espalda. De modo que se alejó un poco.
-¿Por qué me miras?-le preguntó a Joseph, tratando de sonar calmado.
-Estoy sorprendido.
-¿De qué?-preguntó Caesar, aspirando su cigarrillo.
-De por qué no tienes novia. Esposa. Lo que sea-respondió Joseph, bebiendo un trago-. Es decir, eres italiano, esto de ser seductor te corre por las venas. Aunque pierdes puntos por no ser mafioso. Aburrido.
-Ah, tú estás confundiendo a los italianos con los franceses. Y de todas maneras, es un estereotipo bastante estúpido, ¿sabes? Es como si yo te dijera que los británicos son fríos y snobs y hablaran como si tuviera un palo en el trase...
-Tengo doble nacionalidad, ¿sabes?-lo atajó Joseph, vaciando su vaso-. También me criaron unos años en Estados Unidos.
-Bueno, todo el mundo sabe que los estadounidenses son imbéciles y se creen dueños de todo… ¡ouch!-exclamó Caesar, cuando Joseph le pegó en el brazo.
-Tengo una idea-dijo Joseph, sonriendo pícaramente, como si se le acabara de ocurrir una travesura- y probablemente sea por causa del whisky.
-Oh, no-gimió Caesar-. La última vez que me dijiste eso terminamos tirando globos con agua desde el balcón.
-Te voy a enseñar a seducir mujeres al estilo Joestar. El mejor de dos mundos.
Caesar se atoró al beber y tuvo que toser para poder volver a respirar.
-No tienes que enseñarme nada, Joestar, créeme-farfulló.
-Claro que sí. Si yo estoy por morir, tendré a Suzie y a Holy. Pero tú… ¿quién te acompañará cuando seas un viejo agonizante?
-La multitud de sobrinos que tengo en Italia, supongo-dijo Caesar-. Y créeme, no necesito ayuda para conquistar mujeres.
-Entonces, comparemos ambos estilos. Imagina que soy una mujer en un bar… ¿cómo te acercarías?
-Per l'amor di Dio, ¿qué te hace pensar que busco mujeres en bares?
-¡Es algo hipotético!-exclamó Joseph-. Vamos, sedúceme.
Caesar fumó el último resto de cigarrillo, lo apagó y se acomodó en el sofá para ver mejor a Joseph. Sabía que éste no lo dejaría en paz a menos que le siguiera la corriente. Y sicneramente, no perdía nada. Joseph se veía demasiado atractivo con su cabello revuelto, la camisa un poco abierta y los ojos chispeantes y coquetos por el alcohol. No tenía necesidad de imaginarse a ninguna mujer hermosa, su vecino ya lo era. Pero seducir hombres, en su experiencia, era diferente de seducir mujeres. Con ellas, Caesar podía ser más dulce y sutil. Con ellos… tenía que ser más directo.
Haciendo acopio de valor y sintiéndose francamente ridículo, se enfocó en tratar a Joseph como una mujer hermosa y musculosa. Así que dijo en el tono más seductor que pudo:
-Buona notte, signorina, ¿te puedo invitar a un trago?
Joseph entrecerró los ojos, lo miró de arriba hacia abajo y exclamó, completamente fuera de personaje:
-Espera, ¿en serio les hablas en italiano para engatusarlas? ¡Qué cliché!
-El italiano es un idioma muy seductor, ¿sabías? Todo el mundo cree que el francés es el mejor, pero está sobrevalorado-comentó Caesar, medio exasperado, medio divertido. Decidido a seguir con el juego, acortó la distancia un poco. Sin dejar de mirar a Joseph a los ojos y usando la voz más sensual que sólo usaba en caso de emergencias, murmuró-. Por ejemplo: voglio perdermi nei tuoi occhi, ragazzo.
Un ligero rubor cubrió las mejillas de Joseph, que parpadeó repetidamente, aturdido.
-Ok, sí funciona- reconoció, esquivando la mirada-. ¿Qué significa?
-Significa "mucho gusto en conocerte"-respondió Caesar, divertido. Le extendió la mano que Joseph estrechó, suspicaz-. Me llamo Caesar Zeppeli.
-Oh por dios, ¿tú eres el chef famoso?-preguntó Joseph con voz aguda, fingiendo asombro.
-Joestar, por favor, nadie sabe que soy un chef famoso a menos que esté en el mundo gastronómico-suspiró Caesar-. Ya te saliste de personaje.
Joseph se rió mientras traía la botella y servía más alcohol. Bebió un poco y luego se inclinó sobre Caesar, que retrocedió instintivamente. ¿Estaba actuando o ya estaba muy borracho?
-El italiano funciona, debo reconocerlo-comentó, sonriendo coquetamente-. Me llamo Joseph Joestar.
-¿No será Josephine?-corrigió Caesar, sonriendo mientras bebía-. ¿No se supone que eres una mujer para este caso?
-Soy un crítico de comida-dijo Joseph, seriamente. Caesar ya estaba demasiado confundido para saber si estaba en personaje o no-. Trabajo para la revista...eh… una revista gastronómica internacional muy famosa, signor Zeppeli.
-Buen acento-admitió Caesar, riendo a carcajadas
-Ahora que lo pienso, nunca he probado tu comida, Zeppeli. ¡Nunca me has cocinado nada!
-Para eso tienes que pagar, querida, lo siento. Mi restaurante queda en la Quinta con...
-¡Te estoy hablando en serio!-exclamó Joseph-. Nunca he probado ni siquiera un huevo frito hecho por ti.
-¡Huevo frito!-repitió Caesar, ofendido-. Me ofende esa sugerencia, Joestar, soy chef ejecutivo de uno de los mejores restaurantes de Nueva York.
-¿Qué me prepararías?
-¿Qué es lo que quieres comer?
Caesar había preguntado eso con una voz ronca y sugerente, sin despegar sus ojos de los de Joseph. Podía culpar al alcohol de su atrevimiento, porque sano y sobrio jamás hubiese hecho algo así. Extendió sus dedos para rozar y acariciar la barba de su vecino, que no se apartó y murmuró un "no sé".
-Mirándote, signorina Josephine… seguramente un carpaccio de pescado como aperitivo y luego un plato de spaghetti al nero di seppia con queso parmigiano. Acompañado de un excelente vino blanco que tengo guardado en mi casa para ocasiones especiales-dijo, sorprendiéndose a sí mismo de ser tan poco sutil. ¿Cuál era su problema?
-No entendí la mitad de lo que dijiste-murmuró Joseph, sin despegar la vista-. Y me llamo Joseph, no Josephine.
-Fingir ser una mujer random en un bar fue idea tuya, no mía, Joseph.-dijo Caesar, parpadeando lentamente, casi a propósito. Era primera vez que le decía por su nombre y no por su apellido.
-No soy buen actor, lo siento.
-Me doy cuenta-dijo Caesar, sonriendo.
-Reconozco que eres mejor actor que yo-replicó Joseph nerviosamente, tomando la muñeca de la mano de Caesar, que seguía en su mejilla, como si quisiera apartarla.
-¿Qué te hace creer que estoy actuando?-preguntó Caesar, acercándose un poco más. La parte racional de su cerebro le gritaba que se apartase o que le iba a llegar un golpe, pero esa parte era tan pequeña en comparación a la afectada por el alcohol, que la ignoró.
Notó que Joseph se ruborizó con violencia, pero que no se alejó ni se escandalizó.
-Que está funcionando-dijo, en un murmullo apenas audible y apartando la mirada.
-¿Qué cosa?
Los dedos de Caesar ya estaban rozando los labios de Joseph, cuando este volvió a mirarlo con intensidad, como si sopesara la situación. Caesar podía ver alguna de las pecas de su nariz, así de cerca estaban, ¿en qué momento se habían acercado tanto?. Por instinto y el poco de cordura que le quedaba, el italiano hizo amago de apartarse, pero entonces sucedió algo que le provocó una especie de cortocircuito neuronal.
Joseph lo estaba besando. Había acortado la distancia entre ambos con rapidez y ahora sus labios cálidos estaba sobre los suyos, probándolos con suavidad. Caesar reaccionó apenas, demasiado aturdido, pero cuando segundos después sintió la mano de su vecino tomarlo de la barbilla para obligarlo a profundizar el beso, volvió a percibir que tenía cuerpo tangible y lo besó con entusiasmo. Dejó de importarle el momento, el lugar, la situación, el después; sólo se concentró en saborear la boca de Joseph con la mayor delicadeza que pudo, tarea difícil ya que Joseph lo estaba besando casi con avidez. Caesar reprimió un gemido cuando el otro le mordió el labio con más fuerza de lo esperado y esto fue la señal que hizo que Joseph se apartara, totalmente avergonzado.
-Lo… lo siento-jadeó Joseph-. No sé… qué me pasó, discúlpame.
-Non scusarti, è l'effetto dell'italiano y de una botella de whisky-respondió Caesar en dos idiomas, jadeando.
Se quedaron sentados, evitando mirarse. En los segundos que siguieron, que parecieron minutos, Caesar sintió su mente extrañamente despejada. Sabía que debía irse o se arriesgaba a arruinar esa amistad para siempre. Si se iba ahora podían fingir que nada pasó o reírse después de su momento de borrachos. Miró de reojo el reloj de la sala: eran las ocho y algo. Irse a trabajar era la excusa perfecta, podía fingir nerviosismo por la visita del crítico gastronómico al restaurante, aunque tuviera todo bajo control. Por algo se había ido a beber con el idiota de su vecino.
Se levantó rápidamente, sin mirar a Joseph y se dirigió a la puerta como un autómata.
-Me voy a trabajar. Nos vemos.
Tenía la mano en la manilla cuando escuchó la voz de Joseph a sus espaldas:
-Signor Zeppeli, me parece que al menú que me ofreció le falta el postre.
Caesar sintió ganas de reír y de besarlo al mismo tiempo.
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Expresiones en italiano:
Va bene?: ¿está bien?
Per l'amor di Dio: Por el amor de DiosBuona notte, signorina: Buenas noches, señorita
Voglio perdermi nei tuoi occhi, ragazzo: Podría perderme en tus ojos, muchacho.
Non scusarti, è l'effetto dell'italiano: No te disculpes, es efecto del italiano.
Otras expresiones:
Sous chef: En gastronomía, es la mano derecha y/o segundo al mano del chef ejecutivo de un establecimiento.
Carpaccio: Láminas crudas de carne o pescado (o lo que se les ocurra), aliñadas con limón y adornadas con queso parmesano o de otro tipo
Spaghetti al nero di seppia: Esos que llevan tinta de sepia o calamar.
