Disclaimer: Todo de la Rowling. Mías son sólo las fantasías que salen de mi mente.
Escrito para el "Amigo Invisible navideño 2020/2021" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".
¡Gracias por leer!
Beta: Miss Lefroy Hrafna.
Pasar página
Harry y Draco llegaron cuando estaban terminando de cenar, sudados y llenos de barro, pero muy contentos. Saludaron, interesándose por el día que habían pasado. Draco fue directo a la ducha, mientras Harry y Teddy se ponían al día sobre lo que habían hecho, intentando convencer al chico de que, dado que estaba limpio y en pijama, no podía subirse encima de Harry.
—¿Vais a Bucarest a cenar, entonces? —preguntó Charlie cuando Draco salió vestido y fue el turno de Harry.
—Sí, hay un restaurante mágico que visité cuando era pequeño con mis padres. Quiero saber si sigue ahí. Si no, buscaremos algún sitio muggle.
—Es buena idea.
—Nos quedaremos de fiesta —advirtió Draco—. Si se nos hace demasiado tarde, seguramente prefiramos alquilar una habitación de un hotel que aparecernos de vuelta.
—Podéis usar la chimenea —le ofreció Charlie—. En el bulevar mágico hay algunas a disposición del público todo el día.
—No queremos despertaros tampoco. —Tonks se rio entre dientes, pensando que seguramente también querrían poder estar juntos sin preocuparse de hacer ruido en una casa donde dormían Charlie, ella y un niño pequeño.
—Como queráis.
—Vamos a ver una película, tío Draco —intervino Teddy en la conversación, sintiéndose ignorado—. Tío Charlie puede verlas en casa.
—Me parece una idea genial —aprobó Draco.
—Mañana iremos a ver crías de dragón y podré escoger postre.
—¿Podrás escoger postre? —se sorprendió Draco genuinamente—. Eso es que te has portado muy bien. ¿Aceptas peticiones del público?
—¡No! —se negó riéndose Teddy. Tonks se inclinó hacia Charlie, susurrándole que era una broma que siempre hacían entre ellos dos, porque Draco siempre pedía el mismo postre que eligiese Teddy, fuese el que fuese—. Elijo yo, no tú.
Se quedó un segundo de más invadiendo el espacio personal de Charlie, aspirando su olor, una mezcla de jabón y piel, que tenía un matiz masculino, sin adornar con ningún perfume. Charlie no hizo ningún gesto de parecer incómodo, riendo ante el comentario.
Harry y Draco se fueron por la chimenea hasta el bulevar de Bucarest, dejándolos solos. Charlie encendió el televisor y sacó varias cajitas cuadradas y delgadas.
—No sé muy bien cómo funciona. Normalmente yo suelo ver lo que pongan en la televisión, pero después de navidades decidí comprar un lector de DVD aprovechando las rebajas. Pensé que, si veníais, a lo mejor Teddy quería ver películas cuando estuviésemos en casa. Todavía no lo he estrenado.
Les tendió a ambos las cajitas, pidiéndoles que eligieran, que resultaron ser varias películas de dibujos animados. Tonks fue pasándolas, ayudando a Teddy descartar algunas hasta quedarse con sólo una, prometiéndole que intentarían sacar tiempo para ver alguna más o las buscarían cuando volviesen a casa en algún cine.
Charlie introdujo el disco plateado en el lector y trasteó con el mando a distancia, consiguiendo que las primeras imágenes apareciesen en pantalla. Viendo la cara de éxtasis de Teddy, Tonks se propuso investigar cuánto costaba un electrodoméstico como ese y probar si podía instalarlo en el televisor de su padre.
«También puedo comprar un televisor», pensó. «Teddy y yo podríamos ver películas en casa».
Aunque les había acompañado alguna vez al cine y le había gustado, no se había planteado poder ver películas en casa. Charlie apagó las luces y se sentó en el sofá. Era un sofá de dos plazas, pero ella era delgada y Teddy se apresuró a acurrucarse contra Charlie, disfrutando de la novedad de estar con él todo el tiempo.
Charlie pasó un brazo por los hombros de Teddy, que apoyó la cabeza en su pecho. Ambos miraban fijamente la película, así que Tonks aprovechó para observarle a él de reojo, lo más disimuladamente que podía, a la luz de las imágenes del televisor.
Teddy, cuyos ojos empezaban a pesarle, acurrucado contra él, le hizo sentir nostalgia en el corazón. La primera vez que el niño había hecho eso con Harry se había sentido como si traicionara a Remus, que nunca podría conocer esa sensación. Ahora agradecía que Teddy tuviese suficientes personas alrededor para no echar de menos ninguna experiencia de ese tipo.
Se acomodó, intentando ponerse en una posición más cómoda. Charlie volvió la cabeza y, al descubrirla mirándole, le sonrió antes de volver a prestar atención al televisor. Tonks se sonrojó, sintiendo de nuevo la oleada de calor. Charlie volvió a mirarla de reojo, todavía con la sonrisa en los labios, antes de bajar la vista hacia Teddy y acariciarle el cabello. Teddy se frotó contra él como un gatito, medio dormido. Charlie levantó la vista de nuevo y esta vez no la apartó.
Tonks parpadeó, dándose cuenta de repente, qué era lo que estaba ocurriendo. Avergonzada, desvió la mirada al televisor, sonrojándose. Se mordió el labio, intentando no mirar a Charlie de nuevo, pero fracasando en el intento. No obstante, el momento había pasado, este volvía a estar atento al televisor, aunque su sonrisa se había ampliado y parecía satisfecho.
Observándolo acariciar el pelo de Teddy, que había empezado a respirar profundamente, ya dormido, le pareció que era una estampa a la que podría acostumbrarse. Se maravilló de lo rápido que se había acostumbrado a aquella sensación, teniendo en cuenta que apenas habían pasado el día allí y que era su primera noche. Se sentía como haber recalado en una isla tras nadar durante mucho tiempo en el océano. Cuando la visita terminase, iba a echar mucho de menos aquella paz.
Empezó a considerar que quizá era momento de empezar a pasar página, como decía su psicobruja. Sabía que el recuerdo de Remus siempre estaría ahí, porque había sido una persona muy especial para ella, pero aquellos sentimientos que se habían empezado a despertar en las últimas horas, en la familiar compañía de Charlie; en los últimos días, cuando este les había invitado a la reserva; en navidades, cuando había disfrutado de su conversación y de cómo lo pasaba Teddy con él; en los últimos meses, pensando en él cada vez que Teddy preguntaba cuándo irían a ver dragones; aquellos sentimientos no podían estar mal si la hacían sentirse feliz.
«Estaría bien para ti, ¿verdad, Remus?», se preguntó mentalmente. Una imagen de él acudió a su mente, con aquella sonrisa amable y afable que solía dedicarle. Estuvo segura de que, donde fuese que estuviese, estaría bien para él, pero, sobre todo, supo que, de haber estado allí en ese momento, le hubiese dicho que debía estar bien para ella. «Debes ser feliz, Dora», le pareció que susurraba la voz de Remus en su oído.
Suspiró con nostalgia, y Charlie se volvió a mirarla de nuevo, con aquella sonrisa sincera que estaba empezando a hacer que se derritiese por dentro.
«No es tan fácil», pensó súbitamente al ver que Charlie miraba hacia abajo, sonriendo más al ver a Teddy profundamente dormido. «Está Teddy. Él merece ser feliz. No puedo permitir que alguien que se ha convertido en una persona importante para él, como Draco o Harry, salga de su vida si en un futuro la relación se rompe».
Un sentimiento de pena le inundó cuando vio la paradoja que se le planteaba. Por un lado, era la primera vez que sentía algo por alguien desde que Remus había fallecido. Algo lo suficientemente fuerte como para hacerla pararse a replantearse las cosas: el viejo enamoramiento por Charlie había resurgido con timidez y sabía que, si se lo permitía, podría desarrollar sentimientos más profundos. Su forma de tratar a Teddy había sido decisiva, jamás podría enamorarse de alguien que no tratase a su hijo de aquella manera. Teddy formaba parte de su vida y quien quisiese estar con ella debía aceptar al niño incondicionalmente.
«No puedo exigirle a nadie que sea su padre, por supuesto», admitió. «Esa faceta ya la suplen Harry y Draco de sobra. Pero quien sea, debe querer al niño con sinceridad».
Pero alguien que quisiese así a Teddy y le tratase como Charlie le estaba tratando, estableciendo vínculos…
«¿Y si no funciona? ¿Y si descubro cosas que no me gustan y no me enamoro? ¿Y si para él es demasiado?».
Su prioridad eran ella y su hijo, tenía eso claro. No podría perdonarse hacer que su hijo perdiese una persona importante en su vida sólo porque ella había involucrado sentimientos románticos. Él no podía pagar sus platos rotos.
«¿Qué debo hacer, Remus?», se preguntó, sintiendo que una profunda congoja, demasiado conocida, se apoderaba de su pecho.
«Debes ser feliz», le contestó la voz de Remus. «La vida es demasiado corta como para no amar a quien deseas».
Aquellas palabras, pronunciadas una vez por ella misma, volvieron a su mente. Había sido valiente para amar a Remus con todo lo que había conllevado, sabiendo que estaban en medio de una guerra, que él estaba maldito, que era una locura. Se había dejado llevar y, a pesar de todo, no se arrepentía, ni siquiera ahora después de tantos años de dolor. Miró a Teddy: él era otro motivo para no lamentar aquella decisión.
«Ser feliz sin perjudicar la felicidad de Teddy», decidió. «Amar sin que Teddy deje de amar».
Esa decisión le obligaba a renunciar a Charlie. Conocía demasiado bien a Teddy como para saber que, a pesar de conocerlo desde tan poco tiempo, las señales indicaban que, si Charlie seguía en su vida, alcanzaría una relación estrecha con él, quizá tanto como con Harry y Draco; una que no había alcanzado con ninguno de los demás miembros de la familia Weasley. Debía respetar esa decisión de su hijo y fomentar una relación saludable, pues le agradaba cómo Charlie le trataba.
Triste y alegre a la vez, por haber encontrado dentro de sí la capacidad de seguir amando a pesar de elegir no involucrarse de esa manera con Charlie por el bien de Teddy, supo que, en cualquier caso, había abierto una puerta que llevaba demasiados años cerrada y que no debía de haber permitido que fuese así. Se consoló pensando que, probablemente, Charlie no se fijaría en ella de ese modo, así que en cualquier caso, todo estaría bien.
—¿Debo llevarlo a la cama? —susurró Charlie, todavía con aquella sonrisa, devolviéndola a la realidad.
—Sí, lo llevaré —dijo Tonks en voz baja, levantándose del sofá para cogerle en brazos—. No me extraña que haya caído redondo. Debe estar agotado.
—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Charlie, sorprendiéndola.
—Claro.
Este cogió suavemente al niño en brazos, que se removió en sueños, acomodándose en su hombro. Juntos, fueron hasta la habitación y le depositaron en la cama, tapándole. Charlie se apartó tras hacerle una caricia en el pelo. Ella se sentó en la cama, sin saber muy bien qué hacer. No había prestado atención a la película y le parecía absurdo pedir terminar de verla, sobre todo porque Teddy lo exigiría al día siguiente, pero tampoco tenía ganas de irse a dormir. Sintiendo que el momento de intimidad que habían compartido los tres había pasado, se entristeció.
—Es pronto para acostarme todavía —dijo Charlie, pareciendo un poco nervioso—. Tengo más películas, no sólo de dibujos animados. No he visto ninguna, así que si te apetece…
—¡Sí! —exclamó antes de que su cerebro registrase la petición completa—. Sí, claro que me apetece.
Volvieron al salón. Bajo la titilante luz del televisor, Charlie le preguntó qué le apetecía ver. Nerviosa como una adolescente en su primera cita, se encogió de hombros, pidiéndole que eligiese cualquiera. Charlie se dejó caer en el sofá. Al no estar Teddy, Tonks ocupó todo su lado.
—Puedes ponerte como quieras —la invitó Charlie con aquella sonrisa que le revolucionaba las mariposas.
Intentando no sonreír como una tonta y recordándose el propósito de no complicar las cosas con Charlie por el bien de Teddy, se apoyó en el reposabrazos y subió los pies al sofá, sintiendo el calor de la pierna de Charlie en ellos, pero sin atreverse a tocarle. Con aquella barrera entre ellos, se sintió más segura de poder controlar sus sentimientos.
