Disclaimer: Todo de la Rowling. Mías son sólo las fantasías que salen de mi mente.

Escrito para el "Amigo Invisible navideño 2020/2021" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".

¡Gracias por leer y comentar!


Meses después

Tonks cerró la ventana después de que la lechuza entrase y apoyó la frente contra el cristal, agradeciendo el frescor. Junio estaba resultando un mes caluroso y húmedo, pero las nubes se negaban a descargar agua. Los expertos del Ministerio predecían tormentas eléctricas con grandes chaparrones para la primera semana de julio. Cerró los ojos unos segundos antes de volverse para recoger la carta de la lechuza.

Los dos días restantes en Rumanía habían pasado rapidísimo. Tras desayunar juntos ese día, los cinco habían paseado durante todo el día por Bucarest, guiados por Charlie. Habían disfrutado de los monumentos, que Charlie mantuvo al mínimo imprescindible para que Teddy no se aburriese y, aunque les quedaron muchas cosas por ver, lo hicieron con calma, para no agotarle.

Los tres chicos se habían turnado para llevar a Teddy a hombros, así como la enorme mochila que Tonks había preparado para él, intentando anticiparse a todos los posibles accidentes que este pudiese sufrir, en previsión de otro accidente como el de la reserva.

El último día lo habían pasado en la reserva, en la cabaña de los domadores. Charlie les había explicado que toda aquella zona era reserva natural y que debían montar guardia por turnos, patrullando para prevenir incursiones de cazadores furtivos en busca de las valiosas propiedades de las escamas, sangre, cuernos o garras de dragón.

Teddy había quedado encantado con Lenny, el crup de Charlie. Tonks había puesto los ojos en blanco cuando Harry sugirió que quizá podrían preguntar a Hagrid por un cachorro de una buena camada. Afortunadamente, lo había hecho sin que Teddy le oyese y Draco se había apresurado a decirle, cáusticamente, que él no pensaba sacar a un chucho pulgoso a pasear por el Callejón Diagon y que tampoco pensaba mutilar a ningún pobre animal para llevarlo al mundo muggle.

Su relación con Charlie había cambiado. No había necesitado acariciarlo o besarlo para saber que ahora compartían mucha más conversación e intimidad. La última noche, Teddy había insistido en volver a dormir con Draco y Harry, por lo que estos se retiraron temprano, agotados por el paseo turístico. Ella y Charlie se habían quedado en la cocina, abrazados a una infusión caliente, hablando de todo y de nada, riendo y sonriéndose mucho. Aquello la había llenado de tanta satisfacción como la noche de sexo y lamentó que el viaje fuese a terminar pues, ahora que había recordado todas aquellas sensaciones, las echaría de menos.

Sólo se habían vuelto a tocar de alguna manera que diese a entender que eran algo más que amigos cuando Charlie los había guiado por el bosque que había alrededor del claro donde estaba la cabaña de la reserva. Charlie había ayudado a Harry, Teddy y Draco para sortear una pequeña cornisa de roca sujetándoles de la mano para evitar que se cayesen.

Cuando había sido su turno, Charlie no la soltó, manteniendo sus dedos entrelazados con los de ella durante el trayecto. Si Harry o Draco se dieron cuenta, no hicieron ningún comentario. Ella le había apretado la mano fuertemente, sintiéndose agradecida por esas sutiles confirmaciones de que Charlie, igual que ella, seguía dejándose llevar, como le había propuesto.

Al despedirse para volver a Inglaterra, Teddy se había abrazado a Charlie como un pequeño mono, preguntándole cuándo podría volver a ver los dragones y conminándole a ir a su cole para que pudiera presentarle a sus amigos muggles. Draco y Harry habían conseguido despegarlo cuando apenas faltaban un par de minutos para que el traslador saliese, despidiéndose con un abrazo de Charlie, que se había arrodillado para permitir que el niño pudiese abrazarle una última vez, emocionado por el cariño que este le mostraba.

Ella no se había acercado, preguntándose cómo despedirse de él. Había accedido a dejarse llevar, pero en ese momento sólo veía las implicaciones de poner miles de kilómetros de distancia. El pecho había empezado a dolerle durante el paseo por el bosque. Sabía, por experiencia, que era una mezcla entre ansiedad y no querer separarse de Charlie. Le aterrorizaba que poner toda Europa de por medio rompiese aquello que apenas les había dado tiempo a asentar; no por Teddy, porque confiaba en la promesa de Charlie ciegamente, si no por los sentimientos del uno hacia el otro.

—Vamos, Teddy, acerquémonos a la terminal de trasladores para ver qué objeto nos ha tocado —había dicho Harry, guiñándola un ojo y alejando al niño.

Draco les había seguido inmediatamente, apretándola el brazo con una sonrisa de ánimo. Ella se la había devuelto, agradeciéndole el gesto. Ninguno de ellos era tonto, pero habían sido respetuosos, dejándoles a su aire y concediéndoles espacio.

—Sigo dejándome llevar —había dicho Charlie solemnemente, tendiéndole una mano, que ella había aceptado inmediatamente. Él la había atraído hacia sí, abrazándola por primera vez en dos días—. Cada vez estoy más convencido de que estoy haciendo lo correcto.

—Yo también estoy dejándome llevar. —La opresión de tristeza en su pecho había crecido.

—Gracias por decírmelo.

—Debo irme —había musitado Tonks.

—Intentaré que podamos vernos pronto.

—No hagas promesas —le había pedido Tonks, asustada—. Una promesa significaría una ilusión y las ilusiones pueden romperse.

—Ya hice una promesa. Por Teddy —le había recordado Charlie—. Sigo decidido a cumplirla.

Tonks sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero parpadeó, intentando no llorar.

—¿Puedo besarte? Antes de irme. —Tonks había recordado el momento, la mañana anterior, cuando Charlie le había hecho esa misma pregunta. Este no había contestado, acercándose a ella e inclinando la cabeza.

Tonks se había bebido sus labios con avidez, intentando grabar la sensación, su textura, el sabor de su boca, el roce de su lengua contra la suya, el pequeño mordisco en su labio interior cuando se separó. Charlie le enjugó las lágrimas, que no se había dado cuenta de que había derramado, con los dedos pulgares.

—Ve con ellos —se había despedido Charlie, rozándole los labios con un beso una última vez antes de soltarle las manos—. Yo me quedo aquí para hacerlo más fácil.

Volver a la rutina fue más fácil de lo que había imaginado. Teddy se había pasado parloteando sobre dragones todo el mes restante. Tonks se había asustado, imaginando la de cosas que podrían habérsele escapado en el colegio delante de los compañeros, pero Harry le había restado importancia, alegando que ningún adulto en su sano juicio lo achacaría a algo que no fuese la imaginación y que los niños muggles también necesitaban soñar con la magia.

Habían regresado el martes por la noche, aprovechando los días festivos que habían conseguido enlazar con el fin de semana. El jueves se había rendido a la evidencia de que no sólo echaba de menos los días de descanso. Había acabado por aceptar que su melancolía no era sólo por la depresión post vacacional. Cuando el domingo por la noche una enorme lechuza había picoteado en la ventana con un grueso sobre, un nudo se le había formado en la garganta. La había dejado entrar, recogiendo el sobre y dejando la ventana abierta, pero el animal había buscado el respaldo de una silla alta para posarse y había escondido la cabeza bajo el ala, agotada.

Había dos cartas en el interior del sobre. Una para Teddy y otra para ella. Doblando la segunda y guardándola en el bolsillo de su camisa, había llamado a su hijo, sentándose con él a leer la suya juntos en el sofá. Charlie le había escrito acerca de lo mucho que le echaba de menos, de lo que había hecho en la reserva los últimos días, de las nuevas películas que había comprado y había comentado los últimos episodios de la superheroína francesa que había visto, acordándose de él mientras lo hacía.

Había ayudado a Teddy a componer una breve carta, animándole a escribir él mismo parte de ella, algo a lo que el niño se había aplicado arduamente durante un buen rato.

—¿Puedo guardarla en mi caja de tesoros, mamá? —había preguntado, antes de correr a su habitación y sacar el cofre de madera que Draco le había regalado en su último cumpleaños.

Dentro, junto a la bufanda de las Holyheads Harpies que le había regalado su tía Ginny, la vieja insignia de prefecto de Draco, la miniatura de la Saeta de Fuego que Hermione y Ron le habían dejado bajo el árbol en las últimas navidades, las entradas de cine de todas las películas que había ido a ver y un par de fotografías mágicas que Harry había depositado solemnemente allí dentro, había depositado la carta con cariño.

Tonks había sacado las fotografías, mirándolas. En una de ellas, tomada por Draco, Teddy sonreía a cámara en brazos de Harry, al lado de Tonks. En la otra, los padres de Harry, Sirius, Pettigrew y Remus sonreían y saludaban a la cámara.

—¿Tío Charlie será como Harry y Draco, mamá? —había preguntado súbitamente Teddy.

—¿A qué te refieres?

Teddy había cogido la foto que tenía en la mano, mirando a su padre. Harry se había encargado de contarle mil veces lo valiente que este había sido, el cariño que mucha gente le había profesado, su fortaleza, su valentía. Teddy había crecido con padres gracias primero a Harry y luego a Draco, pero también había podido llegar a conocer a su verdadero padre a través de las historias que oía.

—Harry y Draco cuidan de mí —había respondido Teddy, sencillamente.

—¿Tú quieres que tío Charlie cuide de ti también?

—Sí. Y quiero que me lleve a ver los dragones todos los días, y ser como él cuando sea mayor.

—A mí también me gustaría —había admitido Tonks.

—Podría venir a casa, igual que hemos ido a la suya —había propuesto Teddy, guardando todo en el cofre antes de cerrarlo.

—Se lo propondré en tu carta, si te parece bien. Pero tienes que entender que es adulto y probablemente no pueda aceptar de inmediato.

De inmediato. Se había dado cuenta que había dado por hecho que Charlie aceptaría.

—Además —había añadido, sabiendo que no estaba de más ser previsora—, su familia vive aquí. A lo mejor prefiere quedarse en su casa, pero lo veremos igualmente.

Lo había acostado, leyéndole la carta de Charlie de nuevo en lugar de un cuento. Después, se había sentado en sofá, recordándose que todavía no había ido a ver el televisor de su padre y había acabado decidiendo que compraría uno, aunque sólo fuese para que Teddy pudiese seguir esa serie de dibujos animados.

Había sacado la carta del bolsillo. Con una sensación de anticipación, la había desplegado, leyéndola. Al terminar, volvió a hacerlo una vez más, sintiéndola insuficiente y, a la vez, satisfactoria.

Charlie no había sido muy elocuente. Jocosamente, había comentado que no había mucho que escribirle, salvo que quisiese que le contase lo mismo que le había dicho a Teddy. Pero le aseguraba que la echaba de menos y pensaba en ella. Había reiterado su promesa de volver pronto a Inglaterra, a ver a Teddy. Y a ella, había añadido, subrayándolo para remarcarlo. Había concluido la carta hablando de un dragón galés que le tenía preocupado porque una infección en sus garras no terminaba de sanar, antes de enviarle besos.

Las cartas se habían vuelto una constante. La enorme lechuza pasaba en su casa tanto tiempo como donde fuese que estuviese durmiendo Charlie esa semana, en función de si estaba de guardia en la cabaña o en su casa. La distancia era enorme y apenas podían cartearse una vez a la semana. Los sobres se volvieron más abultados semana a semana.

Charlie mandaba fotografías de la reserva, de los dragones y de él mismo en las que iban dirigidas a Teddy. Este las había guardado junto a las demás hasta que Draco se fijó y apareció en casa con un álbum forrado de cuero para él. Teddy le enviaba dibujos a cambio, le escribía cuentos y adjuntaba cualquier manualidad en la que estuviese embarcado esa semana.

Las cartas que intercambiaba con ella se habían vuelto más extensas. Charlie dedicaba una gran parte a hablar de su trabajo, de sus dragones, de su vida en la reserva. Pero la mayoría del pergamino lo utilizaba para hablar de ellos dos. Le contaba cosas de su vida, de cómo se sentía. Tonks le correspondía. Le había hablado de la Academia de Aurores, de Ojoloco Moody, de Remus, de Harry y Draco, de su trabajo, de su madre, de su padre… Sentía que, cada vez que escribía o abría una de aquellas cartas, ambos abrían un poco más su corazón al otro.

Pronto, decirse que se echaban de menos no había sido suficiente. Charlie, medio en broma, le había adjuntado una foto mágica que le había sacado un compañero en la reserva, vestido solamente con unos pantalones cortos chamuscados, diciéndole que no querría que se pusiese celosa de todos los regalos que le mandaba a Teddy de ese tipo. Se había atrevido a contestarle en serio, admitiendo que había guardado la foto en el primer cajón de su mesita de noche tras haberla utilizado para rememorar aquella noche de su hotel.

Había esperado con un manojo de nervios en el estómago la respuesta de Charlie durante toda la semana, sin saber si había traspasado algún límite. La carta de Charlie había sido extraordinariamente gruesa aquella semana.

Había escrito que la añoraba, pensaba en ella y la echaba de menos todo el tiempo. Que recordaba a menudo aquella noche de hotel y le pesaba estar tan lejos como para no poder repetirla. Le había hablado de cómo recordaba aquella noche, del tacto de su piel bajo sus dedos, de lo completo que se había sentido dentro de ella. Tonks se había sonrojado, planteándose quemar la carta, asustada de que alguien pudiese leerla, pero finalmente había acabado en el cajón, junto a la fotografía.

A pesar de que el intercambio de deseo ardió y aumentó, acabando por incluir palabras de amor y melancolía por estar separados, Tonks no había mencionado nada a nadie. Draco y Harry sospechaban algo, pero no tenía ni idea de cuánto sabían. Su madre la había notado extraña y le había hecho algún comentario que Tonks había esquivado lo más eficazmente que había podido. Molly había dado por hecho que estaba enamorada e intentaba sonsacarla en cada comida dominical a la que asistía cuando los demás no escuchaban. Tonks había guardado silencio, sonrojándose al imaginar qué pensaría esta si supiese las cosas con las que su hijo y ella fantaseaban en sus cartas.

La primavera había dado paso al verano. El colegio de Teddy había organizado una representación de fin de curso. Teddy iba a ir vestido de dragón, pues estaba relacionada con San Jorge y la maestra no había tenido valor de negarse. Por aforo, no podían asistir más que unas cinco personas de cada familia. Teddy había insistido en que una debía ser para Charlie, a pesar de que había intentado razonar con él sobre lo que implicaría hacer un viaje de tantos kilómetros por una función escolar.

—Tiene razón —había comentado cáusticamente Draco ante uno de los enfados frustrados de Teddy sobre el tema—. Invitar no significa que pueda venir, ¿entiendes eso, Teddy?

—Sí, tío Draco. Pero yo quiero invitarle a él.

—Entonces debería mandársela —había dicho Draco, mirando a los ojos a Tonks—. Si no puede venir, siempre puedes avisar a otra persona.

—Molly se va a poner como una fiera —se había negado Tonks, contando—. Mi madre, Molly, Harry, tú y yo.

—Entonces no iré yo.

—Tú tienes que venir, tío Draco —se había quejado Teddy.

—Pues iré con la Capa de Harry, tanto me da. Los muggles ni siquiera se enterarán.

—Odio cuando os ponéis de su parte —había espetado Tonks.

—Somos sus tíos —había replicado Draco mordazmente—. Es nuestro trabajo.

Había sonreído, sabiendo que no era cierto. Ambos eran estrictos con Teddy cuando había que serlo, pero había reconocido que Draco tenía razón. Charlie seguramente contestaría explicando que no podía venir y no habría más problemas. Teddy había escrito su carta, metiéndola en el sobre junto a la invitación.

—Ha mejorado mucho con la escritura —había observado Draco, que había estado ayudándole.

—Leer y escribir una carta semanal ayuda mucho a practicar. Más que muchos deberes —había bromeado ella con una sonrisa cansada.

La carta de Teddy había partido, la semana anterior, con otra suya al lado donde Tonks le reiteraba a Charlie todas aquellas palabras que se habían escrito en los últimos meses.

«Sigo dejándome llevar, Charlie», habían rezado las palabras escritas sobre el pergamino. «Hacia ti, que es donde fluyen todos mis sentimientos, excepto aquellos que no me pertenecen, como los ríos caen hacia el mar sin remedio. Pienso en ti cuando me levanto. Pienso en ti cuando veo a Teddy escribirte sus cartas. Pienso en ti cuando estoy sola en mi cama y dejo que mis dedos se deslicen dentro de mis bragas».

Parpadeó, volviendo de entre sus recuerdos, y se volvió hacia la lechuza, que ululó indignada, tendiéndole un sobre mucho más delgado de lo acostumbrado, apenas del grosor de una hoja. Era jueves, y la lechuza no debería haber llegado hasta el domingo. Eso quería decir que Charlie la había enviado de vuelta a Gran Bretaña nada más llegar, sin permitirle descansar.

—¿Es de tío Charlie, mamá? —preguntaba Teddy, saltando a su alrededor con emoción.

—Sí. —Tragó saliva, abriendo el sobre. Sacó dos notas breves, escritas a toda prisa.

«Tonks:

Seguramente, cuando la lechuza llegue y leas esto, estaré de camino.

He pedido unos días en el trabajo para la función de Teddy. Te daré más detalles cuando te vea en persona. Hay buenas noticias. Avisaré a mi madre de mi viaje con otra lechuza, pero le diré que no me alojaré en La Madriguera. ¿Está bien para ti? Puedo alquilar una habitación si te resulta incómodo o no tienes sitio. Me conformo con un sofá. Siento no haber preguntado antes, pero todo ha sido muy precipitado.

Pasaré primero a ver a mis padres, pero cenaré con vosotros.

Tuyo, siempre tuyo. Charlie».

—¿No hay para mí? —preguntó Teddy, desilusionado.

—Claro que sí —le dijo, leyendo la nota rápidamente antes de tendérsela, permitiéndola leerla por sí mismo.

«Teddy:

Llegaré hoy mismo. Podré ver tu función escolar. ¿Cenamos juntos?

Besos. Te quiere, Charlie».

Teddy había empezado a gritar de emoción, pero ella sólo podía leer las palabras del pergamino una y otra vez, con el corazón bombeándole de emoción ante la perspectiva de ver a Charlie y de tenerlo en casa.