Caléndula
Eren derrama una lágrima sobre la tierra
y de esta, como en aquella vieja leyenda, brota una flor
llamada caléndula.
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Eren se enfrasca en sus recuerdos, mientras posa su triste mirada en el origen del horizonte que separa al cielo del mar, ese mar antes tan lejano y tan deseado, que ahora no es más que una porción de agua que no le hace sentir nada más que absoluta soledad.
Piensa en muchas cosas, en las que hizo, en las que no; se arrepiente, también, de lo que ha dicho y lo que no fue capaz de decir. Se convence a sí mismo, quizá para no sufrir tanto, que todas las personas viven con arrepentimientos, que él no es el primero ni mucho menos el último que lamenta algo en su vida.
Sin embargo, eso no aplaca en absoluto su dolor. Al contrario, lo agranda, como si ser consciente de aquello le hiciera ver que, seguramente y aun con todo lo que él ha hecho, Mikasa no se había arrepentido de haberlo conocido en ningún momento.
Respira lento, tratando de contener las lágrimas, y recuerda todo lo que le ha dicho y lo que le ha hecho. Aprieta sus puños, creyendo que dañarse podría reparar al menos algo de todo el daño que le generó a Mikasa. Pero no puede, porque ella ya no está allí, y si estuviera con él tampoco le permitiría que lo haga, porque así de amable era. Tanto que ni su propio dolor era importante si alguien sufría junto a ella.
Las lágrimas caen por sus mejillas hundidas, resaltando aún más ese aspecto carente de vida que ha adquirido con el pasar de los días. La cruda certeza de que Mikasa ya no estará, no importa dónde la busque, solo le agrieta un poco más el pecho y le quita un poco más de brillo a sus ojos.
El arrepentimiento suele llegar tarde, reflexiona, mientras sus lágrimas incesantes caen sobre la tierra ya húmeda. Su cuerpo se enfría y sus ojos se cierran, persiguiendo la cálida imagen de Mikasa, y esta vez es ella quien le ofrece su bufanda, sonriéndole como si él no tuviera culpa alguna, aceptándolo entre sus brazos sin reprocharle nada.
Más tarde, sobre ese mismo suelo, brota una flor que, según se dice, representa las penas de amor.
