Despertó al día siguiente, Kagome despertó aun sin olvidar los pensamientos que tanto la intrigaron la noche anterior.
Se levantó de su cama, estiró un poco su cuerpo y fue por un café. Aún eran las 4:00 am, no era correcto llamar a su familia a esa hora. Kagome solía levantarse día a día muy temprano, ya que este había sido el único método útil a la hora de materializar sus proyectos.
Leyó un poco de su libro favorito, pero no lograba encontrar sosiego. Optó por darse un baño, y ya lista, comenzó a hacer sus alimentos para llevar a su rutina diaria, y empacó su mochila.
Sango no solía levantarse muy temprano, de cualquier modo, ella ya estaba por terminar sus estudios, y su horario se había reducido considerablemente, hasta que sus pasantías se hicieran presentes.
Kagome salió de la casa, al menos iría al hospital, algo encontraría por hacer en el proceso.
– Kagome, ¿qué haces aquí? Faltan como tres horas para que tu turno comience. – La recibió en el hospital una mujer de unos 30 años o más con una impecable bata que afirmaba ser de un médico.
– Doctora Hitomiko, quería saber si quizás puedo serle útil desde más temprano. Me pareció mucho más productivo que el quedarme en casa perdiendo el tiempo. – Respondió Kagome amablemente.
– En realidad es indiscutible tu argumento, y sabes que la ayuda extra jamás está de más aquí. - respondió la mujer con indiferencia dándole la espalda a la chica – Vístete, y a ve a urgencias.
La joven asintió con la cabeza y eso hizo lo que Hitomiko le pidió.
Transcurrió toda la mañana en el área de urgencias dando de alta a los pacientes y revisando el estado de los que apenas llegaban. Había trabajado sin parar durante 5 horas, y la tensión comenzaba a nacer. Se recostó contra una pared y suspiró, en verdad era un día extraño, pero en ese momento pasó Hitomiko.
–¿Ya te cansaste? Sabes que al terminar tus estudios tendrás un horario triplicando este, al igual que tus actividades ¿te replantearás? – criticó la doctora a la chica al mirarla.
– No estoy cansada, sólo pensativa, es todo. – respondió rápidamente la joven. – Esta es mi pasión, ayudar a las personas, no necesito replantearme.
– Está bien, ese no es mi problema de cualquier modo. Sólo te diré que aproveches tus pasantías, porque todo cambiara. – Dijo la fría mujer pasando por el lado de Kagome – Vete ya, has terminado por hoy, y tienes horario partido hoy.
La joven asintió y se marchó a su respectivo armario dispuesta a cambiarse.
Salió del hospital y tomó rápidamente su teléfono para así comunicarse con su familia.
– ¿Kagome? ¿Cómo has estado hija? ¿has comido bien? – preguntaba la voz al otro lado de la vocina.
– Mamá, claro que sí. He trabajado muy duro para que todo resulte muy bien. Pero cuéntame ¿cómo estás? ¿el abuelo? ¿Sota?
– Todos están bien hija, el abuelo está rezando en este momento, Sota en la escuela, y yo estoy preparando comida. ¿Por qué? ¿Algo ocurre? – La joven se alegró de saberlo, pero la sensación no dejaba de atormentarla.
– Sólo quería saber de ustedes mamá, me alegra que estén bien.
–¿Vendrás pronto?
– Sólo al terminar mi semestre mamá.
– Está bien, cuídate hasta entonces. ¿De acuerdo hija?
– Si mamá, gracias. Debo irme. –Dijo la joven viendo el café que solía vender los pastelillos favoritos de Sango decidida a entrar.
Colgó la llamada y empujó con fuerza la puerta de entrada ya que ésta solía estar trabada, pero en esta ocasión fue tan ligera como una pluma, y ese impulso sólo chocó contra algo al otro lado.
–¡Auch!, ¡fíjate que haces, tonta! – Se escuchó al otro lado de la puerta.
– ¡Disculpa! ¡Perdón! – Dijo Kagome entrando al lugar dispuesta a pedir una disculpa más formal al joven que ahora tenía una mano cubriendo la mitad de su rostro.
– ¡¿Por qué empujas la puerta así?! Qué diablos eres ¿un animal? – Insistía el joven molesto, aún sin retirar la mano que tenía en su rostro, dejando que mechones de su larga y negra cabellera se enredara en sus dedos.
– Óyeme tu, ya me disculpé. La puerta es oscura y además la puerta hoy está mas suave que de costumbre.
– Perdone, la puerta estuvo trabada un tiempo, es mi responsabilidad siempre tenerla óptima, perdonen el inconveniente, les daré sus cuentas gratis y lo que gusten en compensación. – Dijo un anciano dueño del lugar acercándose a la escena.
– ¿Ya lo oíste? Así que no hay razones para ser tan grosero. Mejor levántate, enséñame tu rostro. – Dijo la joven firmemente.
– ¡Já! Cómo sea, ten más cuidado, no estás sola en el mundo. – Dijo el joven levantando el rostro, retirando su mano y mirando a la muchacha. – Me voy.
– ¡No, espera! En verdad lo siento, te lastimé en serio. – Dijo preocupada la azabache al ver como una gota de sangre se resbalaba por su frente, pegando el fleco de su cabello al mancharlo.
– Ya no digas nada. – Dijo el muchacho caminando a la salida.
–¿Cómo te irás así? ¡Espera! – Y lo tomó de la manga de su blanca camisa de botones, sorprendiendo así al muchacho. – Mira. – Y tocó levemente con su mano la gota que se escurría por su frente. -Señor, ¿nos presta su baño? ¿Tiene algún botiquín?
– Sí claro que sí. Acompáñenme. – Dijo el hombre guiando a los jóvenes a un cuarto en la parte de atrás del establecimiento.
– En verdad lo siento, me siento sumamente culpable de este mal entendido, tengo esto.– dijo entregando su kit de primeros auxilios a la joven.
– Ya no se moleste señor, esta mujer es quien debe aprender a tener más cuidado. – dijo el molesto joven.
– Señor, esto ha sido un momento de mala suerte para él, porque golpearse con el seguro de la puerta justamente, fue en verdad muy mala suerte para él. – Justificó la muchacha.
– Y llegar a la cuidad y toparme con alguien así justo entrando si ha sido la peor suerte del universo. – Contestó el furioso joven de largo y negro cabello.
–Señor, vaya atienda su negocio, yo atenderé a este grosero. De cualquier modo, es mi campo. – El señor asintió a la sugerencia de la chica, y se marchó.
– Pobres de tus pacientes, tener una persona tan salvaje atendiendo sus heridas. – Renegó el muchacho entendiendo la afirmación de "este es mi campo" que dijo la chica.
– Seguramente, y estás por comprobarlo. Grosero.
Mientras la muchacha separaba las cosas que necesitaría para curar la herida entre las cosas del botiquín del anciano y las suyas propias que cargaba en su bolso, el joven permanecía mirando a la pared con los brazos cruzados en una actitud completamente altanera.
La muchacha levantó el rostro del joven con una mano y con la otra comenzó a lavar y limpiar la herida del joven con gasas y medicinas para limpiar heridas. A sorpresa de la chica, el joven no dijo una sola palabra. Permanecía de brazos cruzados y con sus ojos cerrados.
– Ay, lo siento mucho. Te lastimé en verdad, te dolerá un poco. – Dijo la chica al terminar de limpiar la sangre de la herida, viendo que su tamaño ameritaba más allá que una limpieza. – Tendré que suturarla, y dadas las circunstancias será a sangre fría. ¿o prefieres ir al hospital?
– Termina lo que iniciaste, tengo prisa y no puedo ir a ninguna parte. – Contestó el muchacho de una forma poco cortes y tosca.
– Solo será uno o dos, ese seguro en verdad fue peligroso.
–¡Hazlo rápido!
– ¿Sabes? Tienes un pésimo humor, quizás por eso estás teniendo un mal día. – Dijo la chica haciendo un nudo con hilo y aguja quirúrgica que tenía en su bolso. Solía cargar con algunas cosas para su facilidad en su trabajo, universidad y cotidianidad.
–¡Já! Que tonterías.
La chica suturó la herida del joven, tomó dos puntadas, y en el proceso el sólo fruncía levemente el ceño en señal de molestia por la aguja entrando y saliendo de su piel. Al finalizar, Kagome puso un vendaje adhesivo en la frente del muchacho.
-Listo, he terminado. – Dijo la chica peinando el fleco del joven con sus dedos, para sí dejarlo en su lugar y tapar un poco el vendaje. El joven en ese mismo instante abrió los ojos y la miró, y la chica sintió como su corazón se aceleraba inmediatamente y se sonrojaba. Era un efecto involuntario, no se había percatado de lo atractivo del facciones eran muy hermosas, y sus ojos eran peculiares, nunca había visto unos ojos así. Eran profundos, color ámbar, y brillantes como el mismo sol.
-Eh… lo siento… en verdad… Si tú, si necesitas algo… - La joven no era capaz de articular su oración, estaba estúpida en involuntariamente nerviosa, no sabía por qué, era la primera vez que le ocurría.
-Puedes ir al hospital que está a unas calles de aquí en diez días, pregunta por kagome y retiraré tus puntadas. Perdona, no tenía el otro hilo.
- Con que el hospital. Bien creo que iré, después de todo tu brusquedad al caminar la compensas con suavidad al curar.
Kagome sintió sus mejillas arder todavía más, había hecho un gran esfuerzo en articular su última oración y él, con su elogio mezclado con insulto lo había arruinado.
-Bien, nos vemos en diez días entonces. Adiós.
-Disculpa, ¿cómo te llamas? Así sabré de quién se trata cuando vayas.
-Me llamo Inuyasha. Hasta entonces.
Dijo el joven atravesando la puerta y saliendo del lugar.
– "Con que Inuyasha. ¿Por qué me quedé muda al verlo de frente? Seguro es porque nunca había visto unos ojos semejantes. La próxima vez seguro será diferente. Sí así será." – Pensó la muchacha mientras recogía todo.
Bueno, me alegra saludar por aquí nuevamente.
Trataré de publicar una capítulo semanal como mínimo, muchas gracias por seguir mi historia, en verdad es muy agradable tener su opinión y comentarios.
Besos!
