Prólogo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Konoha, Inglaterra
Junio de 1820
El Diablo tenía predilección por Konohagakure…
En 1638, desató una tormenta en Widdecombe, arrancó el tejado de la iglesia con un relámpago y se llevó a un niño que había estado durmiendo durante el servicio.
Y esa no fue más que una de sus muchas apariciones personales. Satán aparecía con más frecuencia bajo la forma de un enorme sabueso negro o un potro fantasmagórico que galopaba en los páramos.
A nadie le sorprendía esta afición, pues nada podía adaptarse mejor a la naturaleza satánica de Konohagakure.
Las tormentas castigaban las tierras altas rocosas, que se erguían, tercas, en el camino de los galos del Atlántico. Vientos pesados y húmedos se arremolinaban en los valles y envolvían las aldeas en nieblas impenetrables, que cortaban durante días toda comunicación y toda posibilidad de viajar.
Y después estaban los pantanos que llenaban los huecos y hendiduras de las tierras altas y se contraían e hinchaban con cada cambio de clima y de estación.
Atravesando este territorio hostil, se retorcían estrechos caminos de una tierra firme, pero incluso estos podían ser peligrosos. De noche, en medio de la niebla o de una tormenta, no era difícil que el viajero desprevenido se perdiera y, si tenía un exceso de mala suerte, resbalara en una ciénaga de la que jamás podría salir.
Había quienes creían que las ciénagas eran trampas que colocaba el Diablo mismo, para chupar a las víctimas directamente hasta el infierno: esto le decía Kushina Namikaze a su hijo.
Era la primera visita que Naruto Namikaze, de veintitrés años, hacía a Konohagakure, y la primera vez que veía a su madre desde Navidad.
—Cuan considerado, el Archicanalla: después de ser asfixiado lentamente por las arenas movedizas, el infortunado pecador se topará con los tormentos del infierno, que afectarán menos a su sensibilidad.
La mujer señaló un retazo de tierra sospechosamente verde, en medio de las desoladas extensiones.
—Hay algunos de un verde lozano, como ese. Hay uno más grande, unos ochocientos metros más adelante, pero es gris, mucho mejor camuflaje.
La tarde había sido luminosa y tibia cuando salieron a cabalgar, pero ahora un viento helado giraba alrededor, y aparecían nubes grises que arrastraban a sus predecesoras blancas y envolvían la zona de páramos en sombras.
—Gracias por las indicaciones, madre —dijo Naruto—. Pero estoy convencido de que podré encontrar el camino al infierno.
—Creo que ya lo has encontrado. —La mujer lo miró y rió—. De tal madre, tal hijo.
El hijo se parecía más físicamente a su padre, pero en secretos y pecados a su madre.
Era un hombre alto, con su más de metro ochenta, con ojos como topacios azules, con tres marcas de nacimiento en cada mejilla, que hacían resaltar su rostro exótico. En la actualidad sus rasgos masculinos se encontraban pálidos e hinchados por meses de disipación, buscada con tanta diligencia como la que aplicaba a los estudios.
En ese momento, nadie habría sospechado que también la madre era aficionada a los pecados de la carne. El único que lo sabía, además de sus amantes, era precisamente el hijo. Naruto era su único confidente.
"Mi madre, la adúltera", pensó, contemplándola.
Al igual que él, detestaba los sombreros, y hasta le molestaban los que significaban una modesta concesión a la corrección social. Se había quitado el sombrero tan pronto como quedaron fuera de la vista de la casa. El espeso cabello rojo largo, le castigaba la cara y el cuello, agitado por el viento que arreciaba. Y cuando se volvió hacia él, lo contempló con sus ojos gris-violetas.
Naruto le hubiera gustado heredar el color de ojos de su madre, pero en cambio heredo el color de su progenitor, aunque todos decían que sus ojos eran de un azul más claro. A causa de eso además de su mirada desconcertante, y también porque se aislaba y le siseaba a cualquiera que se le acercara demasiado, los compañeros de Eton le habían puesto el sobrenombre de Kyūbi. El apodo lo siguió hacia Oxford.
—Será mejor que tengas cuidado —le dijo su madre—. Si tu abuelo descubre que el motivo de tu palidez no es sólo el estudio, te encontrarás con que esos planes que trazaste con tanto cuidado serán barridos por la tormenta de su justa ira.
—He ensayado lo suficiente la ingenuidad para estar seguro de que no me descubra —dijo Naruto—Puedes quedarte tranquila; en Navidad tendré un aspecto engañosamente sano, cuando tenga que recibir el discurso anual destinado a guiar mi conducta durante el resto del año.
Después veré cómo revisa, quizá por centésima vez, cada centavo de los informes académicos, buscando una excusa para hacerme echar de la universidad. Pero no encontrará esa excusa, por mucho que la busque. Tendré mi título, con honores, al final del siguiente término de Pascua, y se verá obligado a recompensarme con un año de viaje al extranjero, como ha hecho con los otros.
—Y no regresarás —dijo la madre.
Se alejó y volvió la vista hacia los páramos que los rodeaban.
—Si regreso, nunca estaré libre de él. Si no encuentro trabajo fuera del país, estaré atado a los cordones de su bolsa hasta el día en que se muera.
Era una perspectiva insoportable.
El abuelo de Naruto, el conde de Rawnsley, era un déspota.
El padre de Naruto, Minato, era el más joven de los cuatro hijos del conde, quienes vivían todos en Rasenrengan Hall, en Gloucester, con sus esposas e hijos, y donde Su Señoría podía controlar cada minuto de vigilia en sus vidas.
Los adultos podían irse por breve tiempo y hasta quedarse en Londres durante la temporada, y los niños, a veces, iban a la escuela; pero Rasenrengan Hall era el hogar de todos ellos... o la prisión, y el amo los gobernaba de manera absoluta. Siempre, donde quiera que estuviesen, debían comportarse y pensar como él les había ordenado hacerlo.
Lo hacían porque no tenían alternativa. No sólo controlaba todo el dinero de los Namikaze, sino que era un malvado. Aplastaba el más pequeño atisbo de rebelión y no tenía escrúpulos con respecto al modo de hacerlo.
Por ejemplo, cuando los latigazos, los sermones y las amenazas de condenación eterna no surtían efecto con Naruto, lord Rasenrengan volvía su indignación hacia los padres del niño incorregible. Eso había resultado. Naruto no podía mantenerse al margen, viendo cómo sus padres eran castigados y humillados por las faltas de él.
Por lo tanto, aunque había nacido con un carácter fuerte y rebelde, Naruto aprendió desde muy pequeño a reservarse sus sentimientos y opiniones.
Como su comportamiento público estaba estrictamente regulado, lo único que podía considerar propio era su mente, y esta era excepcionalmente buena. Eso también lo había heredado de la madre, pues los Namikaze no se destacaban por la agudeza de su intelecto.
El desempeño de Naruto en Eton había sido tan brillante que su abuelo se vio obligado a enviarlo a Oxford. Del mismo modo, un año después, lord Rasenrengan tendría que financiarle un año en el exterior.
Naruto dispondría de un año en el continente para buscar trabajo. Estaba seguro de que lograría sobrevivir y no lo preocupaba la pobreza, al comienzo. Ya llegaría el momento en que ascendería. Lo único que debía hacer era concentrarse, igual que en los estudios... y mantener bajo estricto control su debilidad sensual.
Al pensar en esto último, tanto su atención como su mirada volvieron a su madre. Se había quitado los guantes y jugueteaba con los anillos.
¡Por Dios, cómo le gustaban las chucherías!... Y los vestidos a la moda, y la sociedad... y sus intrigas románticas.
Se preguntó por qué habría ido a Konohagakure, pues, si bien había nacido y se había criado allí, no conjugaba con su naturaleza. Era una mujer hecha para la alegría en sociedad, las fiestas, las murmuraciones y los admiradores que bullían a su alrededor.
Naruto imaginaba encontrarla desesperadamente aburrida y, sin embargo, la halló más tranquila de lo que recordaba haberla visto jamás. Supuso que se debía a la reciente enfermedad que había sufrido.
Pero, de todos modos, no podía dejar de preguntarse por qué había pedido que la llevaran precisamente allí, cuando el médico le sugirió un cambio de aire. El padre de Naruto le contó que había sido terminante al respecto.
Naruto se le acercó:
—Quisiera que pensaras en mi propuesta de venir a quedarte conmigo, en el continente.
—No seas ridículo —le respondió su madre—. No puedo vivir en una buhardilla. Y no digas que me echarás de menos —agregó, irritada—. Nunca te he servido de nada. Hice todo lo posible para arreglármelas sola, cosa que, como bien sabes, no es nada fácil. Señor, estoy muy cansada de esto. No tienes idea del alivio que significa estar aquí, lejos de la tentación, de las eternas conspiraciones, y planes y mentiras. Y fingir, siempre fingir. No es de extrañar que me duela la cabeza. Está tan acostumbrada a trabajar que no sabe cómo parar. Cuando no hay nada en que pensar, hace algo.
Se apartó el cabello de la cara, hábito que también tenía su hijo, y que siempre había irritado al abuelo.
—Ese es el problema de los secretos —dijo la mujer—. Nunca puedes librarte de ellos. Te persiguen... como fantasmas.
Naruto sonrió:
—Tus pecados no son tan graves, madre. Dicen que la abuela de Mito Uzumaki cambia de amantes como de sombreros.
Kushina pareció no oírlo, mientras dejaba vagar la mirada por las desoladas extensiones que tenían delante.
—Soñé que mis pecados tomaban forma de fantasmas —dijo en un tono extraño, quedo—. Me perseguían, como las furias de los mitos griegos. Era aterrador... y muy injusto. No puedo ir en contra de mi naturaleza. Tú lo entiendes.
Naruto lo entendía muy bien. Aunque odiase esa debilidad en sí mismo, hiciera lo que hiciese, no podía controlarla. No podía resistir la fragancia de una mujer; casi no podía resistir pensaren cualquiera de ellas. Cada tanto, esa necesidad lo impulsaba... Dios, qué distancias recorría, a qué subterfugios recurría. Y después siempre quedaba asqueado.
Naruto sabía que lo de su madre no era tan malo, pero sucedía que ella estaba bajo una constante vigilancia, y él no, y, además, como era mujer y más pequeña, sus apetitos también lo eran. Sin embargo, incluso sus pequeñas escapadas se habían cobrado tributo en su salud.
Naruto sabía que tendría que hacer caso de la advertencia que eso significaba. Hacía muy poco que su madre estaba recuperada. Hacía más de seis meses que el señor Orochimaru, el famoso médico de los Namikaze, le había diagnosticado una "consunción". Había pasado todo ese tiempo entre una chaise longue y la cama.
Naruto no podía permitirse un período tan prolongado de debilidad. Si lo hacía, se retrasaría en los estudios... y se demoraría el viaje al exterior... y las ataduras con su abuelo se prolongarían...
Ante perspectiva tan sombría, sacudió la cabeza.
—Es Konohagakure—dijo, con ligereza—. Cada metro de esta tierra parece sufrir una maldición. No me asombra que sueñes con fantasmas y demonios. Me extrañaría que no te sucediera.
Su madre rió, le dio la espalda y sintió que su melancolía se disipaba tan velozmente como se había abatido sobre ella.
Desde ese momento hasta el fin de la visita de dos días de Naruto, la madre pareció ser otra vez tan vivaz como siempre. Junto con otras leyendas sobre Konohagakure, le contó lodos los chismes de Londres que había sonsacado a sus amigos y le relató anécdotas un tanto escandalosas que hacían ruborizar y reír al padre, al mismo tiempo.
Alejado de Rasenrengan Hall, Minato Namikaze era más humano, dejaba de ser la marioneta de su padre y, sin embargo, trataba a su esposa como a una niña descarriada, situación que les vino bien a los dos durante años.
Cuando Naruto se marchó, todo parecía estar bien.
No tenía idea de que su padre también tenía secretos que, a medida que transcurrían los meses, a Minato Namikaze se le hacía cada vez más difícil ocultar.
La frecuencia de las cartas de Kushina Namikaze era, en el mejor de los casos, tan irregular como la de Naruto. Por eso no sospechó nada, aunque no tuvo noticias de ella hasta principios de septiembre.
No fue sino hasta poco antes de Navidad cuando el tío Deidara, el hijo mayor y heredero del conde, apareció inesperadamente en Oxford y, supo después, contra las órdenes del conde, Naruto se enteró de la verdad.
Luego, sin hacer caso de las advertencias de su tío, Naruto alquiló un coche de postas y enfiló hacia el norte.
Encontró a su madre donde Deidara le dijo que estaba.
Era un asilo para lunáticos, privado, exclusivo y muy caro.
Naruto la encontró en un pequeño cuarto pestilente, atada a una silla. Llevaba un vestido de algodón manchado y en sus pies delicados gruesas y ásperas medias. Su largo cabello rojo estaba oculto en un casquete oscuro. Al principio, no lo reconoció. Cuando al fin lo hizo, lloró.
Naruto, en cambio, no lloró sino que maldijo para sus adentros, mientras le desataba las crueles ligaduras, cosa que atrajo al empleado a la carrera, pero el muchacho estaba demasiado perturbado para advertirlo. Llevó a la madre a la estrecha cama, la acostó y se sentó al lado, estrujándole las manos heladas, y escuchó, con las entrañas bulléndole, el relato de su madre sobre lo que le habían hecho.
Le contó que había enfermado otra vez y, en su debilidad, reveló sus secretos. Ahora el conde lo sabía todo, y por eso la encerró, para castigarla por ser una mujer lasciva. Los cuidadores mortificaban su carne para que se arrepintiese: la mataban de hambre, la vestían con trapos pestilentes y la hacían dormir sobre sábanas roñosas.
La sumergían en baños helados. Le afeitaban la cabeza. No la dejaban dormir: golpeaban a la puerta, llamándola prostituta, Jezabel y le decían que el Diablo iba a buscar el alma de ella.
Naruto no sabía qué pensar.
Aunque la madre sollozaba sin control, su discurso era coherente. Sin embargo, el tío Deidara le dijo que había atacado al padre con un cuchillo e intentado incendiar la casa principal de Konohagakure.
Que oía voces, veía cosas imaginarias y gritaba que había fantasmas y que garras crueles le desgarraban la cabeza.
Minato Namikaze no había hablado a nadie sobre el estado de su esposa y trataba de cuidarla con ayuda del médico de la zona, el doctor Kabuto. Pero el conde los había visitado en Konohagakure un mes antes y, horrorizado por lo que veía, llamó a médicos de Londres. Llegaron a la conclusión de que necesitaba "el cuidado de expertos" y les recomendaron el manicomio privado del señor Momochi.
—No me mires así—lloraba ahora Kushina—. Estaba enferma, nada más, y el dolor era espantoso, me destrozaba la cabeza de tal modo que no podía ver bien. No podía pensar. No pude contener la lengua. Eran muchos secretos, Naruto, y yo estaba demasiado débil para no revelarlos. Oh. Por favor, querido, sácame de este lugar perverso.
A Naruto no le importó cuál era la verdad. Sólo supo que no podía dejarla allí. Buscó alrededor algo con que arroparla, para mantenerla abrigada y poder llevársela, pero sólo estaban las pestilentes ropas de cama.
Estaba arrancándolas de la cama cuando volvió el empleado con refuerzos... y el abuelo de Naruto.
En el instante en que el conde entró, Kushina se convirtió en una diablesa. Vomitando obscenidades y amenazas con voz gutural, que a Naruto le costaba creer que fuese de ella, se abalanzó hacia lord Rasenrengan. Cuando Naruto intentó apartarla, le clavó las uñas en la cara.
Los empleados la sujetaron y pronto la esposaron a la cama, donde alternó espantosos juramentos con sollozos que partían el alma.
Como Naruto protestara por las dolorosas ataduras, los empleados, por órdenes del conde, lo sacaron de la habitación, y después también del edificio. Expulsado, Naruto se paseó ante el carruaje del abuelo, repasando la escena en su mente una y otra vez.
No podía dejar de estremecerse, porque no lograba sacudirse la enfermiza comprensión de lo que su madre debía de sentir.
En sus impredecibles momentos de lucidez, como el que gozaba en el primer momento que la encontró, podía mirar alrededor y reconocer su propio estado y el lugar donde estaba. Pudo imaginarse su ira y su pena al ser tratada como un animal sin conciencia.
También se imaginaba con toda nitidez su pánico... al percibir que se le escapaba el control de sí misma y que la oscuridad se cernía sobre su razón. Estaba convencido de que su madre sabía lo que estaba sucediéndole porque se lo dijo: le dijo que estaba débil y que no podía controlarse.
Sabía que su mente, en otro tiempo formidable, estaba traicionándola, y eso era lo peor.
Y por eso, cuando salió el abuelo. Naruto se recompuso con gran esfuerzo y, tragándose el orgullo, le suplicó:
—Por favor, déjame llevarla a cualquier otro lugar —dijo—. Yo ayudaré a cuidarla. No tengo porque regresar a Oxford. Puedo terminar más adelante. Sé que mi padre y yo podremos arreglárnoslas con la ayuda de uno o dos criados. Te lo ruego, abuelo, déjame...
—Tú no sabes nada de esto —lo cortó lord Rasenrengan con frialdad—, No sabes nada de las triquiñuelas y subterfugios de su astucia de loca. Hizo hacer a tu padre el papel de tonto, y hoy ha hecho lo mismo contigo. Y ahora Momochi dice que es imposible saber cuánto daño ha causado que tú te pusieras de su parte, en contra de los que saben lo que hay que hacer, y que le hicieras promesas que no puedes cumplir.
Ahora estará alterada durante días, quizá semanas. —Se calzó los guantes—. Pero siempre ha sido así. Tú siempre has sido digno hijo de ella, en temperamento. Y ahora te propones arruinar tu futuro... para cuidar de una persona a la que jamás le ha importado nadie, aparte de sí misma.
—Es mi madre — dijo Naruto, rígido.
—Y mi nuera —fue la severa réplica—. Sé cuál es mi deber hacia mi familia. Se la cuidará como es debido, y tú regresarás a Oxford, a cumplir tus obligaciones.
Dos semanas más tarde, en medio de un violento ataque, Kushina Namikaze se desplomó y murió.
Murió en el manicomio del que Naruto no pudo rescatarla, mientras él estaba en Oxford, sepultando su ira y su pena en los estudios, porque no tenía otra alternativa. No tenía dinero ni poder para rescatarla, y el abuelo era capaz de castigar a cualquiera que se atreviese a ayudarlo.
No le contó a nadie lo sucedido, ni siquiera a Obito Uchiha, el único amigo que tenía.
Así, nadie más que la familia Namikaze —y sólo existía la familia inmediata— supo que Kushina Namikaze había muerto en medio de una furiosa locura, en el costoso infierno que era el manicomio del señor Momochi.
Y ni aun entonces la dejaron en paz. El abuelo dejó que los malditos doctores escudriñaran en su pobre cerebro muerto, para satisfacer su tenebrosa curiosidad. El tejido cerebral estaba debilitado, y encontraron restos de hemorragia.
Durante el último ataque, se había roto un vaso sanguíneo, uno de los muchos que podían haberse rolo en cualquier momento, por lo frágiles que estaban. Los médicos llegaron a la conclusión de que su temprana decadencia había sido el primer indicio externo del deterioro interno, que había comenzado mucho antes.
Los dolores de cabeza eran otros síntomas provocados por el lento derrame.
Afirmaban que nadie pudo haber hecho nada por ella. Sencillamente la ciencia médica no tenía modo de detectar a tiempo esos defectos, ni de curarlos.
Y así fue como Momochi y sus asociados se libraron de toda culpa... como si no hubiesen convertido los últimos meses de vida de Kushina en un infierno.
Y los Namikaze se ocuparon de que tampoco recayese ninguna culpa sobre la familia.
Se había "precipitado en un súbito declive", fue la historia que divulgaron, pues ningún Namikaze, aunque lo fuese por matrimonio, podía estar loco.
Ni un atisbo de locura había aparecido en la familia durante siglos, desde que Ashura de Namikaze llegó desde Normandía, con Guillermo el Conquistador.
Incluso entre ellos mismos, nunca mencionaban la demencia, como si así pudieran hacer que la verdad se borrase, como una visita inapropiada.
A Naruto le convenía. Si se hubiese visto obligado a escuchar las poco piadosas hipocresías de los que pontificaban sobre la locura de su madre, habría corrido el riesgo de cometer algún ultraje... y ser destruido, como lo había sido ella.
Después del funeral, regresó a Oxford y sepultó sus sentimientos, como siempre, en el estudio, era lo único que podía hacer, lo único que el abuelo no lograría aplastar o retorcer, para que sirviera a sus tiránicos propósitos.
Por eso, al finalizar sus estudios, Naruto no sólo obtuvo el título sino que logró algo que hasta entonces ningún Namikaze había logrado: ganó el primer In Utteris Humattioribus.
En Rasenrengan Hall se realizó la tradicional celebración, la hipocresía acostumbrada. Naruto nunca había sido, en realidad, uno de los Namikaze, y sabía que su triunfo académico molestaba enormemente a la familia, como conjunto.
No obstante, debían conservar la apariencia de unidad familiar, y para Naruto fue más fácil fingir, teniendo la libertad tan cerca, tan pocas semanas, estaría en el continente, y no regresaría hasta que su abuelo estuviese enterrado en la tumba, con sus insignes antecesores.
Entretanto, Naruto podía desempeñar su papel como lo había hecho durante años y soportar la simulación y la hipocresía de la familia.
"Fingir, siempre fingir", había dicho su madre.
Y creyó que su mente se había hundido bajo tanto esfuerzo. Demasiados secretos... muy débil para conservarlos.
Naruto no sabía que los propios no habían sido los únicos secretos que su madre revelara.
Y no lo descubrió hasta veinticuatro horas después de la así denominada celebración.
Y lo único que pudo hacer Naruto fue quedarse de pie y escuchar, impotente, durante una hora interminable, el escalofriante discurso que destruía y dispersaba los pedazos de sus planes como si hubiesen sido polvo y lo dejaban sin nada más que el orgullo para sustentarlo.
Naruto fue expulsado de Rasenrengan Hall con seis libras y unas monedas en el bolsillo. Esto se debió a que lord Rasenrengan esperaba que humillara la cabeza, pronunciara discursos de arrepentimiento y suplicara perdón... y Naruto decidió que el conde podía esperar hasta el Día del Juicio Final a que lo hiciera.
El abuelo lo tildó de putañero, esclavo de los apetitos más bajos, de seguir sin pudor y sin descanso un camino que sólo podía conducirlo a la locura y una muerte odiosa por enfermedades vergonzosas contraídas de la gente de baja estofa que frecuentaba.
Si bien Naruto sabía que era cierto, se le ocurrió que podría haberse hundido más allá de la vergüenza, porque no sintió ni un atisbo de remordimiento en su corazón, sólo ira. No se sometería, no podía someterse al abuelo nunca más. Prefería pasar hambre y morir en un mugriento barrió bajo antes que retroceder, arrastrándose.
Se marchó sabiendo que tendría que sobrevivir por sus propios medios, pues el conde le causaría problemas a cualquiera que ayudara a su nieto errante.
Entonces Naruto fue a Londres. Allí asumió una identidad nueva y se convirtió en parte de las masas de seres insignificantes.
Encontró alojamiento: un cuarto húmedo entre las viviendas atestadas del East End, y empleo como estibador en los muelles, de día, y pasante en un estudio jurídico, por la noche.
En ninguno de los dos tenía futuro, pero no lo tenía en sentido general, pues las puertas de todas las casas respetables estaban cerradas para él. Sin embargo, aunque el trabajo en los muelles de vez en cuando escaseaba, los abogados lo mantenían ocupado.
No había mucho peligro de que se quedaran sin documentos. Y cuando la monotonía del trabajo amenazaba con aplastarle el ánimo, podía comprar un poco de distracción pasajera con una ramera más o menos limpia y una botella, por pocas monedas.
Los meses fueron convirtiéndose en años, y el abuelo seguía esperando que el nieto pródigo volviera arrastrándose a sus manos, y este, que el abuelo muriese.
Pero la epidemia de gripe que se llevó al padre de Naruto, al tío Deidara, a dos tías y a varios primos en 1826 dejó intacto al amo y señor de todos ellos.
Luego, en el verano de 1827, de súbito Naruto enfermó y comenzó a decaer.
NOTA:
Consunción: Deterioro físico progresivo de una persona o animal, acompañado de una perdida de peso y energía.
