Capítulo 1
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Konohagakure, Konoha Principios de Mayo de 1828
Naruto estaba de pie en la biblioteca de Myōboku Manor, mirando por la ventana. A lo lejos, los páramos extendían su lúgubre belleza. Lo atraían con fuerza, como le había sucedido en sus fantasías enfermizas durante los meses de su enfermedad en Londres, cuando cayera enfermo de tal gravedad que estaba demasiado débil para sostener la pluma siquiera.
En agosto, Iruka Umino, el empleado de un abogado, lo encontró casi inconsciente, echado sobre un documento manchado de tinta.
—Iré a buscar a un médico.
—No. Médicos no, por el amor de Dios, Konohagakure. Lléveme a Konohagakure. Tengo dinero ahorrado... guardado... debajo de las tablas del suelo.
Umino podría haberse fugado con la pequeña alcancía, y el cielo sabía que necesitaba dinero, viviendo, como lo hacía, de su magro sueldo de empleado. Pero no sólo hizo lo que Naruto le pedía sino que se quedó a cuidarlo. Se quedó incluso después de que Naruto se recuperó... o eso pareció.
Pero esa aparente recuperación no engañó al mismo Naruto. Desde el primer momento de esa enfermedad, igual que la de su madre, años antes, sospechó que no era más que el principio de! fin.
En enero, cuando comenzaron los dolores de cabeza, se confirmaron sus sospechas. A medida que pasaban las semanas, los ataques se volvieron cada vez más crueles, como había ocurrido con los de su madre.
La noche anterior a la pasada, tuvo ganas de golpearse la cabeza contra la pared…dolor... desgarrador en la cabeza... no podía ver bien... no podía pensar.
Ahora comprendía bien lo que su madre había querido decir.
Pero, aun así, habría soportado el dolor, no habría mandado a buscar a Kabuto la mañana del día anterior si no hubiese sido por el espectro de débil luminosidad que vio. Fue entonces cuando Naruto comprendió que había que hacer algo... antes de que las tenues ilusiones visuales se convirtiesen en fantasmas, como le había sucedido a su madre, y lo llevaran a la violencia, tal como había pasado con ella.
—Yo sé lo que es —le había dicho Naruto al médico, cuando fue a verlo el día anterior—. Sé que es la misma enfermedad del cerebro, y que es incurable. Pero preferiría terminar mis días aquí, si puede ser. Preferiría no... Terminar... como mi madre, si puede evitarse.
Naturalmente Kabuto debía satisfacerse a sí mismo y llegar a sus propias conclusiones. Y Naruto sabía que había una sola conclusión posible. La madre había muerto ocho meses después de la aparición de la "primera imagen visual", los "fantasmas" que comenzara a ver despierta, y no sólo en sueños, como había dicho.
Lo máximo que Kabuto podía prometerle eran seis meses. Dijo que la degeneración avanzaba más rápido que en el caso de su madre, merced a un "modo de vida insalubre".
No obstante, Kabuto le había asegurado que los ataques violentos podían moderarse con grandes dosis de láudano.
—Su padre, por temor a una sobredosis, fue muy tacaño con el láudano —le explicó el médico—. Luego, cuando fue su abuelo, me recriminó haber convertido a la desdichada mujer en una adicta al opio. Y después aparecieron los falsos expertos, que lo denominaron "veneno" y dijeron que había sido la causa de las alucinaciones, ¡si lo único que hacía era aminorarlas y tranquilizar a su madre!
Recordando la conversación, Naruto sonrió. La adicción a los opiáceos era la menor de sus preocupaciones, y una sobredosis a su debido tiempo podría brindarle un bienaventurado alivio.
A su debido tiempo, pero todavía no.
Por fuera, se lo veía saludable y fuerte, y en Konohagakure se vio libre del odio a sí mismo que lo perseguía desde su último año en Eton, cuando lo atrajo la tentación en forma de mujer y descubrió que no podía afrontarla.
Tal como había dicho su madre, en este lugar no había tentaciones. Cuando sentía la vieja comezón y se sentía inquieto, cabalgaba por los páramos largo y tendido, hasta que quedaba exhausto.
Aquí hallaría refugio, y pensaba disfrutarlo todo el tiempo que pudiese.
Oyendo pasos en el corredor, Naruto se alejó de la ventana y se apartó el cabello de la cara. Lo llevaba demasiado largo para la moda, pero hacía años que la moda había dejado de tener importancia para él, y ciertamente no le molestaría cuando yaciera en el ataúd.
Tampoco lo molestaba mucho pensar en el ataúd hacía ya un tiempo. Había contado con varios meses para hacerse a la idea de morir. Ahora, gracias a la promesa del láudano, se le había aliviado la ansiedad.
La droga lo atontaría, le evitaría tener conciencia plena del desdichado ser en que se convertiría, y, al mismo tiempo, los que lo cuidaban no tendrían motivos para temer por sus vidas.
Moriría en medio de algo parecido a la paz y a la dignidad. Eso era mejor que las multitudes de desdichados en las letrinas de Londres. Mejor que lo que había soportado su madre, sin duda alguna.
Se abrió la puerta de la biblioteca y entró Iruka, trayendo una carta. La puso boca abajo sobre la mesa, y el sello quedó bien a la vista.
Era el sello del conde de Rasenrengan.
—Maldición —exclamó Naruto.
Abrió la carta, la leyó y se la pasó a Iruka.
—Ahora entenderás por qué preferí ser un don nadie —dijo Naruto.
Iruka se había enterado de la identidad verdadera de Naruto el día anterior, al mismo tiempo que supo del estado de salud de este y que se le brindó la oportunidad de marcharse, si lo deseaba.
Pero Iruka había luchado y fue herido en Waterloo. Después de los horrores vividos allí, cuidara un simple loco era un juego de niños.
Más aún, para gran alivio de Naruto, la actitud de Iruka siguió siendo práctica, con ocasionales raptos de humor patibulario que le levantaban el ánimo.
—¿Será el carácter irascible propio de la edad? -—preguntó Iruka, devolviéndole la carta—. ¿O el anciano caballero siempre ha sido así?
—Es insoportable —respondió Naruto—.Creo que es así de nacimiento. Y muy convincente. Durante casi toda mi juventud, yo estaba convencido de que siempre era el que tenía la culpa. No hay modo de tratar con él, Iruka. Lo único que se puede hacer es ignorarlo. Y eso no será fácil.
Ceñudo, echó un vistazo a la carta.
La tía sobreviviente, la viuda de Deidara, había estado de visita en Konohagakure poco tiempo antes y divisado a Naruto en uno de sus galopes por los páramos. Luego le escribió al conde una descripción muy exagerada del atuendo que usaba Naruto para cabalgar —o, más bien, de la falta de él— y le comunicó una buena cantidad de las habladurías locales, gran parte de las cuales consistían en especulaciones ignorantes acerca del excéntrico recluso que habitaba en Myōboku Manor.
La carta del conde ordenaba presentarse a Naruto con el cabello cortado como correspondía y ataviado con decencia ante un consejo familiar el doce de mayo y explicar su actitud.
Naruto juró para sus adentros que si lo querían, tendrían que ir a buscarlo y que nunca lo atraparían vivo.
—¿Quiere dictar una respuesta, señor? —preguntó Iruka—. ¿O la arrojamos al fuego?
—Yo mismo escribiré la respuesta. De lo contrario, serías tachado de cómplice y él te haría sentir el peso de su justa ira. —Esbozó una leve sonrisa—. Entonces, la arrojaremos al fuego.
El doce de mayo de 1828, el conde de Rasenrengan y la mayor parte de su familia cercana estaban reunidos en la sala de Rasenrengan Hall, en el momento que una parte del techo ancestral que tenían sobre ellos eligió para derrumbarse.
En cuestión de segundos, muchas toneladas de madera, piedra y diferentes elementos decorativos los sepultaron y convirtieron a Naruto Namikaze, uno de los escasos miembros de la familia que no asistieron, en el nuevo conde de Rasenrengan.
En una pequeña sala de estar, en una casa de Wiltshire, Hinata Hyūga leía el periódico de semanas atrás donde se relataba el episodio, y lo repasó varias veces hasta estar segura de no haber pasado por alto ningún detalle.
Después se concentró en los otros tres documentos que tenía sobre el escritorio. Uno era una carta escrita por la tía recién fallecida del conde actual. En ella decía que su sobrino se había convertido en un salvaje.
El cabello le llegaba hasta las rodillas y galopaba medio desnudo por los páramos, en un caballo blanco que había recibido su nombre de un dios pagano sediento de sangre.
El segundo documento era el borrador de una carta del conde a su nieto "salvaje". Hinata pudo hacerse una idea muy clara del motivo por el que el heredero no había asistido al funeral.
El tercer documento era la respuesta del actual conde a la odiosa carta del abuelo, y la hizo sonreír por primera vez desde que había llegado el duque de Sennin y le había hecho esa extravagante propuesta.
La madre de Sennin había sido una de Namikaze, el árbol francés del que provenía la rama inglesa Namikaze, siglos atrás, y, por lo tanto, prima lejana de Rasenrengan. Además, Sennin era el prometido de Natsu, abuela de Hinata y vizcondesa viuda de Byakugan.
Los dos asistieron al funeral de los Namikaze, después del cual, un abogado hostigado había pedido ayuda al duque como pariente varón más próximo: había que firmar documentos y atender cualquier cantidad de asuntos legales, y el actual lord Rasenrengan se había negado a asumir tales responsabilidades.
En esa calidad, el duque y Natsu habían viajado a Konohagakure. Allí descubrieron que el nuevo conde era víctima de una enfermedad terminal del cerebro.
La sonrisa de Hinata se esfumo. Obito Uchiha, su primo, estaba muy afligido por la noticia. En ese momento, estaba oculto en el establo, llorando sobre una vieja carta de su amigo de la infancia, el Kyūbi Namikaze, tan arrugada y plegada que ya resultaba ilegible.
La muchacha apartó los papeles y levantó la miniatura que Obito le había dado.
Supuestamente el minúsculo retrato representaba al amigo de Obito. Pintado hacía años por un artista bastante inepto, no le decía gran cosa.
Sin embargo, Hinata, con sus veintiún años, tenía la cabeza demasiado bien puesta para basar la decisión más fundamental de su vida en un retrato de poco más de cinco centímetros de diámetro.
Para empezar, sabía que ella misma no era ninguna beldad, con su nariz y barbilla puntiagudas y ese imposible cabello azul oscuro. Y no estaba convencida de que sus ojos grises, a los que varios pretendientes habían compuesto alabanzas, bastante tontas por cierto, fuesen suficiente compensación.
En segundo lugar, la atracción física carecía de importancia. No se le pedía a Rasenrengan que se enamorase de ella, ni a ella de él. Sennin le había pedido que se casara con el conde y tuviese un hijo con él, para evitar la extinción de la descendencia Namikaze.
Y se lo pidió a ella porque pertenecía a una familia increíblemente fértil, famosa por producir muchos varones. Ambas características eran cruciales, pues el conde de Rasenrengan no tenía mucho tiempo para concebir un heredero. El médico le había dado seis meses de vida.
Por desgracia, no bahía ningún documento que aclarase demasiado la enfermedad cerebral en sí misma. Lo poco que Hinata y Sennin sabían se los había comunicado el criado del conde, Iruka.
Su Señoría no había ofrecido detalles, y Hinata creía que sonsacarle información habría sido desconsiderado.
Hinata arrugó el entrecejo.
En ese momento, entró su madre en el cuarto y cerró con suavidad la puerta.
—¿Realmente estás pensándolo?—le preguntó, sentándose cerca del escritorio de Hinata—.¿O sólo haces demostración de dudas para bien de papá?
SÍ bien se había tomado tiempo para reflexionar, Hinata no tenía dudas. Sabía que la tarea que le encomendaban no sería agradable, pero no la angustiaba en lo más mínimo.
Las situaciones desagradables eran de esperar. Las enfermedades lo eran, ya fuesen de la mente o del cuerpo; si no hubiese sido así, no se habrían dedicado tantos esfuerzos a hacerlas desaparecer.
Pero, por otra parte, las enfermedades eran muy interesantes, y para Hinata los locos eran los pacientes más interesantes de todos.
El caso de lord Rasenrengan, que combinaba una misteriosa dolencia neurológica con un comportamiento aberrante, no podía ser más fascinante.
Si el Todopoderoso le hubiese mandado una carta firmada, ratificada por testigos y notarios, no podría haberse sentido más segura de que él, en su infinita sabiduría —respecto de la cual la muchacha había albergado dudas más de una vez— la había creado a ella especialmente para este propósito.
—Estaba cerciorándome de que no hubiese nada en que pensar —le dijo Hinata a la madre—. No lo hay.
Su mamá la contempló durante largos instantes.
—Sí, he oído la llamada celestial... tan claramente como tú, y yo tampoco dudo. Pero papá es otra cuestión.
Hinata no lo ignoraba. Su mamá la entendía. Su papá, en cambio, no. Ninguno de los varones de la familia, incluidos los Sennin. Hinata estaba segura de que la idea del matrimonio había sido instilada en el cerebro del duque por su abuela, al mismo tiempo que lo había convencido de que era de él. Por fortuna, Hinata tenía un talento envidiable para hacer que los hombres creyesen lo que a ella se le antojaba.
—Convendría que dejáramos que Natsu lo convenciera —dijo Hinata—. De lo contrario, demorará las cosas poniendo montones de obstáculos innecesarios, y no tenemos tiempo que perder. No se puede saber cuánto tiempo Rasenrengan conservará la razón, y tendrá que estar lúcido para las cuestiones legales.
Esa no era la única preocupación de Hinata. En ese mismo momento, el conde de Rasenrengan podría estar en una de sus audaces cabalgatas, arriesgándose a una caída fatal en el pantano.
Y entonces jamás tendría la oportunidad de hacer algo realmente valioso en su vida.
Antes de que pudiese expresar su aflicción, su madre dijo:
—Natsu ya ha comenzado a ablandar a tu padre. Igual que yo, ya sabía cuál sería tu respuesta. Iré abajo y le haré señas de que le dé el golpe de gracia.
Se levantó.
—Gracias, mamá —dijo Hinata.
—No tiene importancia —repuso la madre, con vivacidad—. No es lo que yo habría querido para ti, aunque vayas a ser condesa de Rasenrengan. Si ese joven no fuese amigo de Obito, y si no hubiese cuidado al idiota de tu primo durante toda la carrera en Eton, y seguramente salvando su inservible pescuezo cientos de veces... —Se le humedecieron los ojos y le tembló la voz cuando continuó—: Oh, Hinata, no debería dejarte ir. Pero no podemos permitir que ese pobre muchacho muera solo. —Apretó el hombro de su hija—. Te necesita, y eso es lo único que debe importar, lo sé.
Naruto Namikaze estaba atrapado en su propia biblioteca.
Habían pasado menos de dos semanas desde que el duque de Sennin se presentara ante su puerta.
Y ahora el francés estaba de vuelta... con una licencia especial y una mujer que insistía en que Naruto se casara con ella sin perder el tiempo.
Naruto podría haberse librado del francés y de su absurda petición sin ninguna dificultad. Pero, por desgracia, junto con lady Byakugan y la muchacha que Naruto aún no había conocido y que no tenía deseos de conocer, Sennin también había llevado a su futuro nieto, Obito Uchiha.
Y a Obito se le había metido en la cabeza que sería el padrino de boda del amigo.
Cuando a Obito se le metía algo en la cabeza, era casi imposible hacerlo desistir. Eso se debía a que Obito era uno de los hombres más estúpidos que hubiesen existido jamás. Hacía mucho ya que para Naruto estaba claro: esa era, precisamente, la razón de que Obito fuese su único amigo... y no podía soportar la idea de herir sus sentimientos infantiles.
Era imposible enfurecerse apropiadamente con Sennin tratando, al mismo tiempo, de no acongojar a Obito, que estaba fascinado con la perspectiva de que su mejor amigo se casara con su prima.
—No es más que Hina —decía Obito, construyendo mal las frases, como siempre—. Para ser una chica, no está nada mal. No es como Naori... pero no le desearía a nadie que se casara con mi hermana, y menos a ti, aunque en ese caso serías mi hermano, porque no se me ocurre nada peor para un tipo que tener que escucharla todo el día.
Gaara sí puede manejarla, pero es más grande que tú y, aun así, me atrevería a decir que le cuesta bastante. Pero ellos ya están atados, así que estás a salvo de ella, y Hina es muy diferente. Cuando Sennin nos dijo que querías casarte, y él estaba pensando que Hina podría servir, yo dije...
—Obito, yo no quería casarme —lo interrumpió Naruto—. Es un error absurdo.
—Yo no he cometido ningún error —dijo Sennin. Estaba de pie ante la puerta, grave el rostro distinguido, los brazos cruzados sobre el pecho—. Tú diste tu palabra, primo. Dijiste que reconocías tu deber y que le casarías si encontrases la muchacha dispuesta a hacerlo.
—No importa lo que dije... si es que dije eso —replicó Naruto, tenso—. Cuando llegaste tú, me dolía la cabeza y había ingerido láudano. En aquel momento, no estaba en mis cabales.
—Estabas en un estado completamente racional.
—¡No es posible! —exclamó Naruto—. Si hubiese estado lúcido, jamás habría aceptado algo semejante. No soy un maldito buey. ¡No pasaré mis últimos meses engendrando!
Ese fue un error. Los ojos negros y redondos de Obito empezaron a humedecerse.
—Está bien, Kyūbi —-dijo—. Yo le apoyaré, como tú siempre me apoyaste a mí. Pero, si no lo hubieses prometido, Sennin no habría dicho que lo hiciste, ni habría hablado con Hina. Ella se sentirá muy decepcionada... aunque lo superará, porque no es de las que se dejan abatir. Pero imagínate que podríamos haber sido primos, y, si fueras a tener un mocoso, yo podría ser el padrino, ¿sabes?
Naruto echó una mirada maligna al detestable duque, y esa fue su perdición. El había llenado la cabeza de Obito con la clase de ideas que tenía la seguridad de hacer germinar en su corazón infantil: ser padrino de boda del amigo moribundo, convertirse en primo de Naruto y luego en padrino de sus imaginarios hijos.
Y el pobre Obito, con su corazón rebosando buenas intenciones, jamás entendería por qué era imposible. Nunca entendería por qué Naruto quería morir a solas.
"Yo te apoyaré", había dicho... y sin duda lo haría. Si Naruto no se casaba con su prima, Obito estaría con él. De cualquiera de las dos maneras, Naruto no tendría posibilidades: no lo dejarían morir en paz.
Cuando ya no estuviese en condiciones de pensar por sí mismo, Obito o Sennin o su esposa convocarían a expertos para tratar al demente.
Y Naruto sabía cuál sería la consecuencia: moriría como su madre, encerrado como un animal... salvo que antes se matara.
Pero no tenía prisa por ir a la tumba. Todavía tenía tiempo e intenciones de disfrutarlo, de regodearse en su salud y su fuerza cada uno de los momentos preciosos que le quedaban.
Hizo esfuerzos para calmarse. No estaba atrapado. Sólo daba la impresión, porque ahí estaban, por un lado Obito, tan leal como estúpido, hablando de ahijados, y Sennin, por el otro, bloqueando la puerta.
Todavía Naruto no estaba débil e impotente, como había estado su madre. Encontraría el modo de librarse, siempre que mantuviese la cabeza fría.
Media hora más tarde, Naruto galopaba por un estrecho sendero que llevaba a Hagsmire. Iba riéndose, porque su estratagema había dado resultado.
Había sido bastante fácil fingir un ataque súbito de remordimientos. Años de práctica con su abuelo dieron a Naruto la facilidad de fingirse arrepentido y agradecido por los esfuerzos de Sennin.
Por eso, cuando les pidió unos minutos para prepararse antes del encuentro con la novia, los dos visitantes salieron de la biblioteca.
Y él, a su vez, salió por la ventana, atravesó el jardín y luego corrió hasta los establos.
Sabía que no lo perseguirían hasta Hagsmirc. Ni su propio mozo de cuadra se aventuraría por ese sendero tortuoso un día como aquel, en que nubes de tormenta rodaban por el cielo.
Pero él e Isis habían pasado tormentas fuera de Konohagakure muchas veces. Había tiempo de sobra para encontrar el cuarteado montículo de granito donde se refugiaran tantas veces, cuando Naruto luchaba contra los demonios internos que lo empujaban hacia los viejos hábitos, la pausa ilusoria del vino y las mujeres.
Y, aunque lo buscaran, sus mal recibidos invitados nunca lo encontrarían y desistirían de esperar su regreso mucho antes de que él mismo cediera. Si no se había sometido ni a sus demonios internos ni a su abuelo, no se rendiría a un dominante noble francés, obsesionado por la genealogía.
Nunca más se sometería al Deber. El nuevo conde de Rasenrengan moriría en pocos meses, y ese sería el fin de la aborrecida descendencia Namikaze. Y, si a Sennin no le gustaba, que arrancara una de las ramas francesas y la plantara aquí e hiciera que el pobre tipo se casara con la prima de Obito.
Porque el único modo en que se casaría con Naruto Namikaze era que fuese hasta Hagsmire mismo, con todo el cortejo nupcial y el sacerdote, y, aun así, alguien tendría que sujetar al novio con un gran peñasco. Porque, antes de meter en su vida a ninguna mujer y dejarle ver cómo se desintegraba hasta convertirse en un animal sin conciencia, prefería hundirse en un pozo insondable de arenas movedizas.
A lo lejos se oyó el retumbar lejano del trueno.
O así le pareció a Naruto al principio, hasta que advirtió que, a diferencia del trueno, el retumbar era continuo y crecía sin cesar en volumen. Y, cuanto más alto y cerca se oía, menos parecía un trueno, y más... los cascos de un caballo.
Echó una mirada atrás y después otra vez adelante.
Trató de convencerse de que la reciente confrontación lo había agitado más de lo que sospechaba y que lo que creía oír no era más que un engaño de su cerebro declinante.
Los patanes ignorantes, que creían en la existencia de duendes que moraban en todo Konohagakure, bautizaron como Hagsmire ese lugar porque también estaban convencidos de que las brujas hechizaban esa zona. Cuando había niebla o tormenta, montaban en corceles fantasmagóricos y perseguían a las víctimas, hasta hacerlas caer al pantano.
El golpear de los cascos aumentó de volumen. "Aquello" se le acercaba.
Miró atrás, el corazón agitado, los nervios tensos.
Por más que trató de convencerse de que no podía estar ahí, sus ojos le dijeron lo contrario: una hembra de apariencia demoníaca, montada en un enorme bayo. Una melena desordenada de cabellos azules flameaba salvajemente alrededor de su rostro.
Cabalgaba a horcajadas, con audacia, y una capa de color claro volaba tras ella; tenía las faldas impúdicamente alzadas hasta las rodillas, mostrando los miembros de blancura fantasmal.
Aunque la mirada fue muy breve, la momentánea distracción resultó fatal, pues un instante después Isis viró con excesiva brusquedad en una curva.
Naruto reaccionó una fracción de segundo después de lo debido, y la yegua se deslizó por el borde del sendero, que se desmoronaba con facilidad, y resbaló por la pendiente... hacia el pantano que los esperaba abajo.
La yegua clara logró retroceder con dificultad del borde del lodazal, pero, al hacerlo, tiró a su amo.
Nota:
ISIS: La diosa Isis es referida como 'la gran maga' por la hazaña de resucitar a su hermano y esposo Osiris, asesinado por su hermano Seth, para luego procrear con él y dar a luz a Horus.
Hagsmire: Es el infierno para los búhos, mencionado continuamente en la serie de Guardians of Ga' Hoole Beyond.
Continuará...
